Miradas inocentes - Kayla Gabriel - E-Book

Miradas inocentes E-Book

Kayla Gabriel

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Beschreibung

La calurosa y sofocante Nueva Orleans era el último lugar donde querría estar un hombre oso escocés. Rhys Macaulay ya había tenido suficientes problemas adaptándose a su nuevo rol como Guardián Alfa. No necesitaba otra distracción, pero cuando una atractiva y voluptuosa rubia llamada Echo entró en su vida, todo cambió. Lo único en lo que podía pensar era en seguir la primitiva necesidad del hombre oso de poseer, aparearse y proteger.
       Por desgracia, Echo tenía otras cosas en mente, además de una noche loca con un apuesto extraño. Ella tenía sus propios poderes. Siendo una psíquica que veía fantasmas, el destino le asignó un papel que la llevaría a frustrar un malvado plan. El instigador y la mente maestra, el rey vudú Pere Mal, hará lo que sea necesario para poner sus garras sobre ese poder... Incluso si tiene que matarla, matar a Rhys, y destruir el mundo entero para conseguirlo.
       Miradas inocentes es una emocionante y sensual aventura, y la primera entrega de la serie Guardianes Alfa. Si amas a los cambiaformas con una atracción por mujeres voluminosas, los romances con suficiente magia para que se te erice la piel y un deseoso final feliz, ¡haz click ahora!

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Miradas inocentes

Guardianes Alfa - Libro 1

Kayla Gabriel

Miradas inocentes: Copyright © 2019 por Kayla Gabriel

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida en ninguna forma o por ningún medio electrónico, digital o mecánico incluyendo, pero no limitado a fotocopias, grabaciones, escaneos o cualquier tipo de almacenamiento de datos y sistema de recuperación sin el permiso expreso y escrito de la autora.

Publicado por Kayla Gabriel

Gabriel, Kayla

Miradas inocentes

Diseño de portada derechos de autor 2019 Por Kayla Gabriel, autora

Imágenes/Crédito de la foto:Depositphotos: VolodymyrBur; GraphicStock; Fotolia.com: satyrenko

Nota del editor: Este libro fue escrito para una audiencia adulta. El libro puede contener contenido sexual explícito. Las actividades sexuales incluidas en este libro son fantasías estrictamente destinadas a los adultos y cualquier actividad o riesgo realizado por los personajes ficticios de la historia no son aprobados o alentados por la autora o el editor.

Extracto

La calurosa y sofocante Nueva Orleans era el último lugar donde querría estar un hombre oso escocés. Rhys Macaulay ya había tenido suficientes problemas adaptándose a su nuevo rol como Guardián Alfa. No necesitaba otra distracción, pero cuando una atractiva y voluptuosa rubia llamada Echo entró en su vida, todo cambió. Lo único en lo que podía pensar era en seguir la primitiva necesidad del hombre oso de poseer, aparearse y proteger.

Por desgracia, Echo tenía otras cosas en mente, además de una noche loca con un apuesto extraño. Ella tenía sus propios poderes. Siendo una psíquica que veía fantasmas, el destino le asignó un papel que la llevaría a frustrar un malvado plan. El instigador y la mente maestra, el rey vudú Pere Mal, hará lo que sea necesario para poner sus garras sobre ese poder... Incluso si tiene que matarla, matar a Rhys, y destruir el mundo entero para conseguirlo.

Miradas inocentes es una emocionante y sensual aventura, y la primera entrega de la serie Guardianes Alfa. Si amas a los cambiaformas con una atracción por mujeres voluminosas, los romances con suficiente magia para que se te erice la piel y un deseoso final feliz, ¡haz click ahora!

Índice

Un avance

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

¿Listos para más?

Acerca del Autor

Books in English by Kayla Gabriel

Un avance

Sí, Rhys había intentado sacar una respuesta de Echo, y lo consiguió. Su rubia y sensual posible compañera fue despojada de su camisa y quedó tan solo en un brasier de encaje rosado, con sus carnosos labios suplicando por un beso. Justo en ese momento, Echo lo observaba con una mirada rebosante de deseo, mientras Rhys luchaba por mantener sus impulsos primarios en su lugar.

Él culpó a la lencería que ella llevaba; en sus días, las mujeres solían estar o totalmente vestidas o sin nada de ropa, y como era de esperarse, no había nada más encantador que una mujer que se mostraba con una opción intermedia. Aunque Rhys ya había visto fotos de modelos llevando este tipo de ropas y había investigado los atuendos de la mujer moderna por internet, el ver a Echo en ropa interior fue infinitamente más excitante. Intentó no mirar su brasier, pero la forma en que la fina tela quedaba pegada a su cuerpo le hizo querer ver lo que había bajo esos jeans ajustados.

Él solo quería dejarla completamente desnuda, voltearla y dejar su indudablemente perfecto trasero en el aire, y follarla hasta que se hartara de gritar su nombre. Si alguna vez hubiera sentido tanta tentación por una chica en Escocia, sin duda la habría tomado en un pasillo de algún oscuro castillo.

Desafortunadamente, Echo no era ninguna moza lujuriosa. Primero que todo, ella era moderna. Segundo, ella sería su compañera, y lo último que Rhys quería era arruinar las cosas entre ellos apresurándose. Solo porque sabía que terminarían juntos no era razón para impacientarse. La chica que sería la madre de sus hijos merecía el sol y la luna, no una simple revolcada como lo haría cualquier animal en celo.

—No, a menos que me beses primero —le respondió mientras jugaba con su brasier.

Bueno, si era un beso lo que quería...

Rhys deslizó sus manos por la cintura de Echo y la volteó, bajando su rostro hacia el de ella. Él esperó, con sus labios a un latido de los de ella, alargando el momento tanto como pudo. Echo resopló, dejando al descubierto su hambre y deseo. Se inclinó hacia él, con su piel desnuda tocando sus brazos, y sus ojos totalmente cerrados. El momento perfecto.

Capítulo uno

Pere Mal

Dominic “Pere Mal” Malveaux se recostó sobre la endeble cerca del techo del Hotel Monteleone. Entrecerró los ojos ante la vista del amanecer mientras contemplaba el cielo de Nueva Orleans. Cada vez que necesitaba pensar, dejaba atrás su lujosa habitación en el penthouse de Monteleone y subía a la piscina del techo. Esto lo tranquilizaba y le daba paz y quietud, lejos de sus tantos subordinados y su incesante ineptitud. También le ofrecía una excelente vista del resto de la ciudad y del río Misisipi.

El día de hoy, la vista era tan espectacular como siempre, pero su placer fue opacado por una sensación poco familiar. Incertidumbre, quizás. Estaba a punto de descubrir el secreto ancestral que el sacerdote vudú Baron Samedi había dejado atrás, una especie de acertijo que revelaba el secreto tras las Siete Puertas: la forma más rápida de cruzar el Velo, esa pequeña barrera entre este mundo y el más allá. La ruta más corta hacia el reino de los espíritus, y el lugar al que Pere Mal ansiaba llegar.

Combinando sus propios poderes con los de los espíritus de sus temibles ancestros, sería invencible. Pere Mal era fuerte, pero una vez que destruyera el Velo y juntara los dos mundos, nadie lo podría detener. Le Medcin, aquella bastarda fastidiosa e impertinente, se arrodillaría ante sus pies. La gente era ingenua, y creía que las mentiras de Le Medcin sobre una fuerza mayor eran ciertas. Hubo un momento en que Pere Mal las había creído también.

Pero ahora… Pere Mal sabía que Le Medcin era una víbora mentirosa. Pere Mal la haría caer, completamente. Justo después de hacer que esa aprendiz de sacerdotisa se arrodillara ante él. Apretó los puños de tan solo pensar en Mere Marie, nombre con el cual se había bautizado actualmente. Esa zorra arrogante. Ella no era nadie cuando Pere Mal la encontró por primera vez siguiendo ciegamente los principios del vudú sin un entendimiento auténtico, sin apreciar el arte de balancear la magia blanca y negra. Sin su “tío Dominic” mostrándole el camino, ¿qué sería de la pequeña Marie ahora?

—Jefe.

Pere Mal se volteó para ver a su mano derecha, Landry, cruzando el impecable patio, luciendo perturbado. Landry era físicamente opuesto a Pere Mal, y eso los hacía un dúo interesante. Landry era bajito, de un metro sesenta. Su piel tenía una palidez única, que a pesar de su obvia herencia afroamericana, era casi tan blanco como la leche. También llevaba puesto un traje ajustado y aburrido. Si Pere Mal no le exigiera un atuendo de trabajo apropiado, él sin duda llegaría con unas bermudas de baloncesto, zapatillas y una camiseta andrajosa. En comparación con el alto, piel canela y elegante Pere Mal y su gracia del Viejo Mundo, Landry lucía exactamente como lo que era, un subordinado escurridizo que hacía el trabajo sucio, saltando para cumplir las órdenes de Pere Mal.

—Landry —dijo Pere Mal, dándole a su empleado una mirada mordaz que hizo detener el paso de Landry—. Pensé que habíamos dejado claro lo que pasaba cuando estaba aquí en el techo.

Landry bajó la cabeza, pero avanzó de todas formas.

—Sí, monsieur —dijo Landry, con su francés machacando su acento de clase baja. Claro, Pere Mal suponía que no todos podían hablar en acento haitiano nativo como él y su exprotegida Mere Marie.

—Y aún así —continuó Pere Mal, mirando a Landry por encima de su nariz—, estás aquí.

—Encontramos a la bruja. Tal vez. Creo —dijo Landry, deteniéndose a unos pasos del barandal donde estaba recostado Pere Mal. Landry se removió en su lugar un momento, inquieto por su mirada—. Supuse que querría saberlo cuanto antes.

—Entremos —dijo Pere Mal, alejándose del barandal y caminando hacia el pasillo—. No quiero comenzar una discusión ¿pero crees que puedes entrar en mis pensamientos siempre que te dé la gana?.

—Señor —dijo Landry, asintiendo aliviado.

Entraron por el camino que antes usó Landry, con Pere Mal adelante, y se abrieron paso hasta unos sofás acolchados a un lado del bar. Durante los fines de semana, el lujoso bar de madera se llenaba de gente ruidosa; justo ahora, estaba completamente solo y en silencio. Perfecto para la conversación que se avecinaba.

—Muy bien. Dime lo que encontraste —dijo Pere Mal, sentándose en el sofá más grande. Landry se sentó en el sofá de dos cuerpos a su lado, jugando nerviosamente con la desagradable corbata verde que llevaba puesta.

—Espere un segundo —dijo Landry. Acoplando sus manos en su boca para ordenar—. ¡Amos! ¡Amos, trae a la chica! —gritó.

Landry tenía una pequeña mueca traviesa en sus labios mientras uno de sus subordinados arrastraba una escuálida adolescente a la habitación. La piel de la chica era color caramelo, era una mestiza nativa perfecta, y llevaba puesto un vestido ajustado azul eléctrico que hacía resaltar sus ojos color miel. Por el momento, esos ojos estaban llenos de lágrimas, su largo cabello estaba revuelto y su rostro mostraba miedo y furia al mismo tiempo.

Pere Mal encontró su belleza cautivadora, pero le desagradaban las lágrimas. Si él buscara humanidad, nunca se habría convertido en un sacerdote vudú de tal magnitud. Nunca habría aprendido todos los secretos ancestrales ni recitado las palabras que lo despojaron de su humanidad e inmortalizaron su alma. Cuanto más lejos se encontraba de sus inicios mortales, más le desagradaban los humanos y sus lamentables emociones. Las lágrimas de la chica, el brillo satisfactorio en los ojos de Landry… Pere Mal reprimió un bostezo de aburrimiento.

—La encontré bailando en un club en la calle Bourbon. Es una bocona, me contó que podía leer las energías, diciendo cómo su madre manejaba una cabina en Le Marché —gruñó Amos. Volteó su mirada hacia la chica, dándole una fuerte sacudida—. Dile sobre la mujer que vio tu mamá en Le Marché.

—No te vo’a ayudar —resopló la chica—. Me arrastraste por to’a la ciudad. Ni siquiera creo que me vayas a pagar por to’os los bailes priva’os que te di.

Landry aclaró su garganta.

—Justo en este momento, mis hombres cargan a tu mamá en una furgoneta —le dijo a la joven mujer—. Tú y tu mamá nos ayudarán a encontrar a esa bruja, o las mataremos a las dos.

La chica abrió y cerró su boca varias veces, como un pez buscando respirar fuera del agua.

—Andrea —dijo Amos, sacudiendo su brazo de nuevo—. Comienza a hablar.

—E… ella… Mi mamá dijo que esa chica blanca iba a su tienda to’o el tiempo, buscando cosas para, no sé… hacer sus hechizos más simples o algo así. La mujer ve fantasmas, creo. Mi mamá dijo que ella le dio un mensaje de mi tío una vez.

—¿Puede hacer algo más? —preguntó Pere Mal, con curiosidad.

—No creo —dijo Andrea, curvando sus labios—. Ni siquiera estuve ahí. Mamá solo dijo que la chica era una tonta por caminar por ahí desprotegi’a. Era muy poderosa y to’o eso.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Pere Mal, ignorando la actitud de la chica.

—Echo… algo. Echo… —Andrea se frotó el rostro, pensando— Cabba…algo. No puedo recordar e’sactamente. ¿Caballero?

—¿Y cómo pudo ocultar su poder? —presionó Pere Mal.

—Una Capa de Bruja —interrumpió Amos, luciendo confiado—. Es un té algo desagradable, pero funcional. Borra tu poder, y te hace invisible para otros magos. —Pere Mal entrecerró sus ojos, pensando cómo este lacayo sabía sobre herbolaria. Lo dejó pasar, carente de interés para preguntar.

—Muy bien. Continúa —dijo, señalando a la chica.

—¿Qué hay de mi ‘amá? —preguntó, levantando la voz.

—La tendrás de vuelta en unas horas, sana y salva. Ella nos ayudará a encontrar a la bruja —suspiró Pere Mal.

—Médium —corigió Amos. Pere Mal le dio una mirada sorprendida que rápidamente se convirtió en una mirada furiosa, y Amos trastabilló, arrastrando a la chica con él.

Pere Mal caminó hacia una enorme ventana, y estudió el cielo mientras unía las piezas de su plan.

—Que la madre rastree a la bruja —ordenó Pere Mal—. Consigue su nombre también. Búsquenla y síganla hasta que se encuentre en un lugar silencioso. La quiero para mañana al atardecer.

—¿A dónde la llevarás? —preguntó Landry.

Ninguno de los negocios de Pere Mal se realizaban en el Hotel Monteleone. Él consideraba el Hotel su hogar lejos de casa, y no podía arriesgar la comodidad de su suite personal, incluso ante algo tan importante como encontrar a esa chica. El solo pensar en estar cara a cara contra la primera de las Tres Luces hizo que los labios de Pere Mal se curvaran para asemejarse a una sonrisa. Tras un momento de consideración, Pere Mal respondió:

—La casa Prytania. Asegúrate de que una de las brujas proteja el cuarto para ocultar la presencia de la chica y evitar que escape.

—Sí, monsieur —accedió Landry, y se dio la vuelta para salir.

—Landry —dijo Pere Mal, haciendo una pausa.

—¿Sí, señor?

Pere Mal le dio a Landry una mirada seria.

—Esto es importante. Hazlo personalmente. No puede haber errores —le dijo.

Landry tragó saliva, y asintió agitado.

—Sí, señor.

Pere Mal se dio la vuelta, despidiendo a Landry. Su corazón lleno con algo cercano a la alegría. En solo unas cuantas horas, él tendría a la bruja en su posesión. Ella sería la primera llave para descubrir los secretos de Baron Samedi, para abrir el Velo por completo.

Pere Mal no pudo evitar frotar sus manos, regocijándose.

“Pronto”, se dijo.

Capítulo dos

Echo

Miércoles, 10 a.m.

—No es que no entienda —dijo Echo en un suspiro, volteando sus ojos hacia la derecha para mirar la difusa aparición de un joven adolescente nativo que flotaba a su lado con una expresión ansiosa.

—Pero señora —dijo el fantasma—. ¿No cree que la gente debería saberlo? ¡La ciudad entera está en peligro!

Echo dudó, sin saber cómo responder. El problema de hablar con el joven Aldous era que, al igual que la mayoría de los fantasmas, no tenían contexto. Una vez que un espíritu cruzaba el Velo y entraba al otro mundo, no volvía a sentir el paso del tiempo. Mucho menos se daba cuenta de que el mundo seguía sin ellos. Los espíritus aparecían en el reino de los mortales porque algo los aferraba a él, evitando que siguieran hacia lo que fuera que los esperara del otro lado.

Además de anclados, los espíritus existían como fragmentos de memoria. Eran pequeñas piezas de almas humanas suspendidas en el tiempo, actuando con la única información y entendimiento que tenían: las circunstancias exactas del momento de sus muertes.

Eso no los hacía buena compañía o, al menos, eso opinaba Echo. En especial, cuando se trataba de fantasmas como Aldous, ingenieros civiles de la antigua Nueva Orleans, totalmente enfocados en el diluvio que podría reducir la población considerablemente… como lo logró en 1908.

—Aldous, si te prometo que iré al Ayuntamiento y hablaré con el alcalde en persona, ¿me dejarías resolver mis asuntos? —preguntó Echo.

Aldous asintió de forma fantasmagórica antes de desvanecerse por completo. Echo suspiró mientras entraba en el Faubourg Marigny, buscando el punto perfecto para entrar en el Mercado Gris. A veces conocido como Le Bon Marche o el Mercado Vudú, el Mercado Gris era una amplia red de negocios dedicados a los practicantes de varios tipos de magia y otros menesteres de los Kith —aquellos que podían hacer magia— …bueno, cualquier cosa en realidad.

Entrar en el Mercado Gris tenía su truco, cada cierto tiempo se abrían entre una docena y cientos de puertas a la vez, cada una correspondiente a una única y casualmente aleatoria parte del mercado. Era algo parecido a una tartera rellena de perlas, cada una conectada a sus vecinas por una serie de lazos en forma de laberinto. Las perlas consistían en tiendas de libros de hechizos, dispensarios de herbolarios, burdeles exóticos, y cualquier clase de casa de adquisiciones oscuras, inquietantes y polvorientas.

Las entradas y salidas del Mercado Gris estaban brillantemente escondidas a simple vista. Algunas eran puertas reales, aparentando ser la entrada de casas o bares. Un humano pasaría a una tienda o a un edificio, mientras que un brujo podría descifrar y decir el santo y la seña únicos del portal, que le darían acceso al mercado.

Echo cruzó la calle Chartres, buscando algo y nada a la vez. Eso significaba que no estaba buscando nada en particular, pero sí buscaba algo que estuviera fuera de lugar, una pista de magia flotando por ahí... Distinguió una cabina telefónica de Bell South en buenas condiciones justo al lado de una casa derrumbada de estilo “rústico”, con sus habitaciones ordenadas en fila de manera en que uno podía verlas desde la puerta principal hasta el patio trasero. Ya que era el año 2015, Echo asumió que esas nuevas cabinas telefónicas no se verían en todas las calles hoy en día. Ella cruzó hasta allí y entró por la puerta, tragando saliva antes de dar el primer paso hacia adentro.

Entró sin esfuerzo en el Mercado Gris, cruzando la cabina telefónica hacia un sucio callejón. Miró a su alrededor y caminó por el pasillo para encontrarse con una de las plazas principales del mercado, en el Carré Rouge. Esta sección del mercado siempre estaba iluminada con la luz de la luna, y se encontraba principalmente llena de vampiros buscando bancos de sangre, donantes vivos, burdeles… o una combinación de los tres. El resto del mercado lucía iluminado por unas luces tenues matutinas de una fuente indeterminada, pero en el Carré Rouge, siempre era más oscuro. Y más tenebroso, en opinión de Echo.

Echo tembló y se apresuró a salir del Carré Rouge, conteniendo la respiración hasta llegar al área principal del mercado. Una mezcla de aspectos, sonidos y olores llegó a sus sentidos mientras entraba en el enorme Mercado Gris. Quizás habría cerca de trescientas tiendas ambulantes montadas en la calle principal, acomodadas en líneas irregulares. Los vendedores tenían todo tipo de cosas, desde manzanas caramelizadas cubiertas con hechizos de amor y pociones prefabricadas económicas, hasta varitas simples y bolas de cristal para adivinos. El mercado principal comerciaba baratijas, mientras que los practicantes más expertos buscaban sus cosas más allá, en la docena de cuadras de locales privados.

Echo revisó los puestos por igual y se dirigió a la parte más alejada del mercado, mientras le echaba un vistazo a la tienda Hierbas y Pociones de Robichaux. Estaba todo tranquilo en el mercado. Durante las mañanas del mundo humano, la mayoría de los Kiths dormían para evitar la luz del sol o, simplemente, porque necesitaban recuperarse luego de trabajar hasta la madrugada. El mercado siempre estaba más ocupado después de medianoche, por lo que muchas tiendas no abrían sino hasta después de mediodía.

Abrió la puerta principal, sonriendo ante el familiar tintineo de la campana que le avisaba a la señora Natalie la presencia de visitantes. Echo estaba sorprendida de ver la tienda vacía; nunca antes había entrado en la tienda sin ver a la anciana herbolaria esperándola con una sonrisa y unos cuantos chismes sobre Kiths. Cerró la puerta y observó el escritorio vacío por un minuto, luego se estremeció. La registradora estaba en la parte de atrás de la tienda, rodeada a cada lado por tres filas de libreros hechos de madera blanca. Cada pasillo tenía estantes de plantas agrupadas por familia y propósito, con los especímenes vivos creciendo bajo jarrones de campanas de vidrio, y productos secos en botellas de todas las formas y tamaños. Aunque la colección era algo exagerada, los contenedores estaban muy bien arreglados y etiquetados.

Echo encontró lo que estaba buscando destapando un jarrón de cerámica, y usó las pinzas que tenía dentro para tomar unas cuantas hojas, y luego meterlas en una bolsa plástica pequeña que llevaba en su bolso. Las hojas que compró antes aquí se habían echado a perder en menos de una semana, por lo que tenía que hacer este viaje con más frecuencia.

—¿Puedo ayudarla, señorita?

Echo Caballero se sobresaltó y casi derriba varios contenedores del estante opuesto, que parecían contener varios tipos de ranas y tritones secos. Se frotó la cabeza y miró al hombre parado al final del pasillo, que bloqueaba la salida. Lucía muy fuera de lugar; en principio, porque llevaba un traje oscuro desarreglado. No era común para los hechiceros, mucho menos vendedores Kith que frecuentaban el Mercado Gris. Aparte de eso, el hombre no era Natalie Robichaux, la dueña de la tienda.

—Esto... solo buscaba algo de Capa de Bruja —dijo Echo, frunciendo el ceño.

Levantó la bolsa plástica para mostrar que lo había encontrado.

—Ya veo, ya veo —dijo el hombre. Dio un paso hacia ella, con una mirada pensativa en su rostro y las manos en su espalda.

—¿Dónde está la señora Natalie? —preguntó Echo, con la garganta seca. Algo no estaba bien ahí.

—Ella salió —dijo el hombre sin pensar—. Soy Amos, su... sobrino.

Echo mantuvo una expresión vacía, pero quería reír. La señora Natalie era nativa del Congo, de piel tan oscura como el cielo de medianoche. El acento de este hombre era local y su tez era color oliva, pero ciertamente caucásica. Eran pocas las probabilidades de que él estuviera relacionado con la señora Natalie por lazos sanguíneos. Aún así, ella vaciló. No quería saltar a conclusiones precipitadas, por lo que mantuvo la boca cerrada.

—Ya veo. ¿Puedes venderme esto entonces? Tengo que irme —dijo Echo.

—Por supuesto —dijo él, retrocediendo unos pasos y con un gesto en la mano, como dándole paso a Echo.