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¿Alguna vez te has preguntado si tu mundo y lo que te rodea en tu cotidianeidad es lo único que existe? Pues no. Desde mi lugar frente a la imaginación, quisiera demostrarte que hay tantas historias como seres que habitan o habitaron, con un lenguaje propio, con sentimientos singulares y que la intriga no siempre es lo que nos adentra en ellas. Una madre joven con un bebé muerto en medio de la nada en otra época histórica, creencias de antes y de hoy; una tormenta que asedia a dos niños en un hoy por si acaso; personajes oscuros tras bellas cabelleras de inocentes que hacen transacciones en cualquier café. Historias de amor, de reencuentros, de traiciones. Excentricidades que traspasan la realidad con solo un canal de aguas claras o un mundo subterráneo que de repente se transforma en curiosidad de turistas y que, sin embargo, estuvo allí durante cientos de años proveyendo la sal de la vida. Lo anterior es un solamente un decir de lo que contienen en su interior estas breves páginas, estos breves cuentos.
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Seitenzahl: 70
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corrección: Ayelén Salas Moyano
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Padován, Amalia Lucía
Mirar más adentro / Amalia Lucía Padován. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
76 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-669-7
1. Antología. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Padován, Amalia Lucía
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Prólogo
Estos breves cuentos intentan recorrer con la imaginación puesta en palabras hechos cotidianos que, frente a nosotros, en la superficie encierran vidas, dolores, risas, miedos.
Dice Gianni Rodari en su libro Gramática de la fantasía: “Una piedra arrojada a un estanque provoca ondas concéntricas que se expanden sobre su superficie afectando su movimiento a distancias variadas, a las ninfas y a la caña de pescar, al barquito de papel y a la canoa del pescador… Igualmente una palabra lanzada al azar en la mente produce un serie infinita de reacciones en cadena, implicando sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños… complicándolo el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la representación sino que interviene continuamente para aceptar, rechazar, ligar y censurar, construir y destruir”.
No podría expresar tan magníficas ideas sin haber recurrido a la anterior analogía de la piedra en el estanque de este renombrado estudioso y escritor para explicar al lector que detrás de cada cuento existen todas las posibles ideas e historias que cada uno quiera imaginar.
Solamente he tomado un pequeñísimo trozo de realidad en cada cuento; lo demás es un recorrido placentero por lo que puede ser y no lo fue, tal vez, o no lo será nunca. Cada cuento es “una piedra arrojada en un estanque”.
Amalia Lucia Padovan
Mirar más adentro
Luna, salva a mi niño
La joven permanecía sentada en el primer escalón de la iglesia con su niño en brazos. Dos campanadas anunciaron la siesta bajo un sol rajante y ráfagas de viento caliente con tierra arrastraban redondeles de cardos rusos.
La vieja se acercó. Acarició la cabeza del pequeño.
—Vamos, m’ija, ya no hay sol que lo caliente. Llame al cura que le dé la bendición
—No, mama, déjeme. Yo lo caliento mientras espero que la luna me lo cure.
—¡Si me van a derritir aquí lo do hasta que salga la luna!
—No me importa, vaya usté nomá pa las casa.
La vieja miró detrás de la iglesia el campo santo. Lleno de cruces blancas estaba. La peste había venido a llevarse a los niños esta vez.
—No te vi’a dejar solita —dijo, y se sentó a su lado.
—¿Se recuerda, madre, de mi hermanito el Pedro? Usté me lo dijo, que la luna se lo salvó
—Y pa qué, si vino el general ese y se lo llevó, y no era luna llena, esa no e güena
—También se lo llevó al Esteban el ejército. ¿Cómo vi’a enterrarlo si ni sabe que un hijo tiene?
—Pero diosito va mandarle otro, ya va ver.
—Cómo, si mi Esteban no güelve.
Las despertaron siete campanadas; el viento se había vuelto frío. Más frío se había vuelto el niño.
—Aquí está el padre Lui. Dice que viene a darle la bendición pa que descanse en paz el angelito.
La chica se paró apretando más el bulto contra su pecho y corrió hacia el cementerio.
—Tengo miedo, padre, la luna no siempre eh güena. ¿Y si me lo güelve lobo a mi nieto?
—No es esta zona de lobos, doña; solamente zorros y gatos monteses muertos de hambre viven en los cerros. Miedo tenga de las víboras y los alacranes; esos sí que son mortales. Entremos a rezar por ella y su hijo.
—Io no sé rezar, padre. Me’i olvidao de eso. Pedí, pedí y recontra pedí pa que rigresen nuestros hombres, ellos nos protegían, nos traiban comida, rimedios, teníamos nuestra verdurita. Se lo llevaron p’salvar América decían; io ni sé que e América. Nunca me moví d’aquí. Desierto le dicen.
—Entremos, doña. Dios todo lo sabe y todo lo ve.
Se hizo entrada la noche. La vieja quedó dormida en un banco de la iglesia. Afuera la luna llena iluminaba como una linterna buscando algo. El cura subió al campanario y, sudando, alcanzó a dar las doce campanadas.
Amaneció. En el campo santo una cruz blanca se sumó a las demás; echada estaba sobre el montículo la joven sucia de tierra y la cara llena de barro. Barro de lágrimas y tierra.
Las manos callosas de la vieja la levantaron de los hombros.
—M’ija, ¿cómo lo enterró sin la bendición del cura?
—La luna me lo salvó, mama. ¿O acaso no escuchó anoche aullar a lo lobo?
Dos hermanos en la tormenta
Uriel pedalea con todas sus fuerzas la bicicleta vieja y de caño horizontal alto. Tito, su hermano de doce años, agazapado en el carro que lo tira, se cubre con un nylon para atajar los goterones de lluvia.
—Dale, dale, pedaleá más rápido que se viene el aguacero —le grita. Uriel apenas lo escucha, tiene la cara mojada y casi no ve la calle.
—Falta poco, enano —dice el que pedalea.
Una camioneta, al doblar, da un banquinazo para no rozarlos.
—Nos salvamos por un pelo, Tito.
Los dos muchachos han llegado al lugar indicado: la esquina adonde está el contenedor de la empresa constructora y donde los espera Ángel.
—Tenían que venir hace más de una hora y en la camioneta de tu viejo, no en ese carro destartalado —los prepea ese hombre—. Vamos, carguen, carguen, que demasiado he hecho con separarles los escombros buenos.
—¡Pero eran cartones, no escombros, lo que teníamos que llevar! —lo enfrenta Tito.
—A mí no me grites, pibito. Laburá como tu hermano, dale —grita el hombre, Ángel, y le da un empujón al cuerpo endeble que va a parar al medio de la calle en un charco de lluvia.
—¿Qué hiciste, tarado? Es un niño —cuestiona Uriel y corre empapado a socorrer a su hermano.
Habían salido los dos chicos de su casa en los arrabales después de tomar el yerbeado con tortitas que les dejó su madre en el termo para que tomaran al volver de la escuela.
—Tengan cuidado con la tormenta, se viene brava —les dijo el vecino don Luis, que toma mate en la puerta de su casa.
Los días miércoles, como cada semana, les toca el turno a los Miranda para juntar cartones. El padre y la madre de Uriel y Tito trabajan haciendo ladrillos, y los chicos, después de la escuela, tienen que encargarse de cumplir con los cartoneros. Ellos también lo son.
—Y bueno, chicos —les repite cada día en medio de la semana—, es un trabajo, no es una deshonra. —Casi las mismas palabras desde hace dos años escuchan de su mamá los varones de la casa. Así los llama orgulloso Ramón.
Es casi de noche y las ráfagas de viento y agua son cada vez más fuertes.
—Te dije, Ramón, que hoy no tenían que ir los chicos al centro. Te pagó a vos el Ángel para traerle escombros en la camioneta —le dice la madre a su marido.
—Pucha, y a este cachivache se le mojaron los cables con la lluvia. Decile al vecino si nos puede acercar mientras sigo probando el arranque —le pide Ramón.
El hombre, Ángel, se ha esfumado. Uriel, a duras penas, sube a su hermano al carro. Tiene un tajo en la sien que sangra y no se despierta. Le toca el pecho, respira.
—Te desmayaste. Aguantá, hermanito, que el hospital está cerca —murmura el muchacho mayor.
Cuando llegan a la guardia, Tito entreabre los ojos y le chorrea un hilo de sangre sobre el párpado.
—Vos quedate en el pasillo —le indica un enfermero a Uriel.
No sabe si pasaron minutos u horas. Un médico le dijo que el chico estaba consciente, que le hicieron varios puntos y tenían que quedarse en observación dos horas más.
—Lo voy a matar al Ángel —balbucea con los dientes apretados Uriel.
—¿Qué decís? —Se da vuelta el médico al escucharlo.
—Nada, nada, doctor. El tipo que lo empujó nos dejó solos.
—Tomá mi celular. Si sabés el número de tus viejos, llamalos, o a algún pariente. Son menores ustedes —le ofreció.
