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¿Por qué nos atrae el mal? ¿Hasta qué punto conocemos a las personas que nos rodean? ¿Qué se esconde tras la figura de la femme fatale? Estas preguntas atormentan a Neus, una joven pintora fascinada desde pequeña por la inteligencia, el misterio y la belleza de su amiga Mireia. Pero ¿quién es Mireia en realidad, aparte de una prometedora doctoranda en psicología experimental? En Mireia, Premio Lletraferit de Novela 2022, Purificació Mascarell construye una trama en torno a la locura femenina que recupera un episodio de infausta memoria: el trato que recibieron más de ocho mil mujeres en el Hospital de la Salpêtrière de París, donde las internas fueron sometidas a verdaderas atrocidades en nombre de la ciencia por Jean-Martin Charcot, su máximo responsable. Escrita con ritmo adictivo y precisión de orfebre, esta historia sobre los engaños de las apariencias y la dominación nos propone un vertiginoso descenso a los abismos del poder, a la cara más oculta del alma humana. Allí donde, tal vez, se encuentren todas las respuestas.
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Seitenzahl: 112
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Purificació Mascarell
Editorial Dos Bigotes
Primera edición: octubre de 2023
Segunda edición: enero de 2024
MIREIA © 2022 Purificació Mascarell
© de la traducción del valenciano: Purificació Mascarell
© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, S.L.
Publicado por Editorial Dos Bigotes, S.L.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-127657-0-0eISBN: 978-84-128338-3-6
Depósito legal: M-28892-2023
Impreso por Estugraf
www.estugraf.com
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Mireia es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
EL HOMBRE
EL RETRATO
EL SEXO
LA HISTERIA
LA LIBERTAD
TÍTULOS DE DOS BIGOTES
«Lo que ocurre es que no hay ningún plan. Que todo es azar. Y que solo nosotros podemos preservarnos a nosotros mismos».
John Fowles, El mago
«Nada me resulta más agradable que ofrecer una imagen totalmente falsa de mí mismo a quien ocupa un lugar dentro de mi corazón».
Robert Walser, Jakob von Gunten
«Los sueños son las únicas cosas verdaderas. Lo demás no son más que figuraciones».
Frances Hodgson Burnett, El señor de la casa de Coombe
¿Sabías que se tiró por la ventana con el niño de tres años en brazos? Estaba tan desesperada por la muerte de su marido que se lanzó desde un segundo piso a un patio interior. Todavía sobrevivió un día, recibió los sacramentos, hizo testamento. Y compartió funeral con su esposo. De ahí las fechas. ¿Lo ves? «Ramón Simarro. Pintor. Murió a los 33 años, en 7 de mayo de 1855». «Cecilia Lacabra de Simarro. Murió a los 30 años, en 8 de mayo de 1855». El niño se salvó de milagro. Tan solo le quedó una cojera leve. Y ya te he contado todo lo que fue capaz de hacer después.
La sonrisa de Mireia. La larga y suave cabellera de Mireia. Los ojos, las espesas pestañas. Y la piel radiante. Tan parecida a la Lilith del pintor John Collier. Y tan inteligente.
¿Por qué nos atraerá el mal?
Antes de empezar a interesarme por el tema y ver las fotografías de Jean-Martin Charcot, me imaginaba a las mujeres histéricas con el corsé a medio desatar y las mejillas encendidas. Mujeres victorianas de cintura estrechísima dándose aire con abanicos improvisados tras una acalorada discusión familiar.
Después ya no. Después solo podía pensarlas como en la iconografía del Hospital de la Salpêtrière.
Cuerpos dislocados, contracturados, en posiciones imposibles. Gestos de espanto, amenaza, dolor. Rostros en plena convulsión o en estado catatónico. Mujeres enajenadas por la hipnosis, o con la lengua deformada fuera de la boca, o retorcidas dando un salto acrobático sobre la cama del sanatorio. Sonámbulas cloroformadas, adictas al éter, a la morfina. Llantos, espasmos, risas, vómitos. Ansiedad, delirio, epilepsia, éxtasis.
El efecto en quien observa es de fascinación y de repulsión. Odias mirarlas, pero las miras con la angustia placentera de un auténtico voyeur.
El niño de la leve cojera, el hijo del pintor muerto por tuberculosis, de la mujer suicida de Xàtiva, estuvo en la Salpêtrière como médico visitante entre 1880 y 1885. Luis Simarro Lacabra conoció a aquellas mujeres diagnosticadas de histeria. Asistió al escabroso espectáculo de las Lecciones del martes. Un circo de freaks con aval científico y sustrato misógino.
El niño huérfano, milagrosamente salvado de la muerte tras el desconsolado salto materno, había dado muestras tempranas de su atrevimiento intelectual.
Criado por el hermano de su padre, durante los años de escolar setabense ya exhibe un incipiente criticismo. Si el alma es un elemento espiritual, ¿cómo puede afectarle el fuego del infierno?, pregunta a los maestros, boquiabiertos. Se traslada a Valencia para cursar el bachillerato, protegido por su paisano Vicente Boix. El erudito lo recomienda para impartir clases de historia natural en el colegio de San Rafael. Los religiosos no tardan en expulsarlo: lector devoto de Darwin, se atreve a difundir las ideas evolucionistas entre los estudiantes.
La Revolución de 1868 lo encuentra empezando los estudios de medicina en la Universidad de Valencia. Entre los maestros, Juan Bautista Peset y Vidal. Enseguida manifiesta su compromiso con la causa radical y la defensa del librepensamiento. Al frente de la Juventud Republicana local, participa en las barricadas del alzamiento de 1869. Realiza cursos sobre higiene laboral en el Centro Republicano de la Clase Obrera entre 1870 y 1871, donde conoce a Amalio Gimeno, Ignacio Pinazo o Constantí Llombart. Y en 1872 pronuncia, en el Ateneo de Valencia, un inflamado parlamento en defensa del positivismo. Le valdrá el suspenso del profesorado conservador, a pesar de ser el alumno más brillante de su promoción.
Se verá obligado a terminar la carrera en Madrid, donde entra en contacto con la Institución Libre de Enseñanza. Con el apoyo de Francisco Giner de los Ríos, organiza cursos de divulgación científica. En 1876 gana una plaza en el Hospital de la Princesa y, un año después, es nombrado director del Manicomio de Santa Isabel, en Leganés. Fruto de sus firmes convicciones positivistas, propone el estudio anatomopatológico de los organismos de los pacientes fallecidos, es decir, analizar los restos físicos para encontrar posibles causas de la locura. Pero choca con las autoridades eclesiásticas y le obligan a dimitir en 1879. El Sexenio Revolucionario y la Primera República ya han terminado. Los experimentos finalizan. Comienza la Restauración borbónica.
Es entonces cuando se irá a París. A punto de cumplir los treinta, soltero todavía y ansioso por impregnarse de Europa. Un cambio de aires, una fuga de la tradición científica española que lo ahoga y lo expulsa por igual.
En aquel París sin Torre Eiffel, con la novedad viajera del Orient Express y la estética simbolista y decadentista en pugna contra el naturalismo imperante, el médico valenciano ingresa en la masonería. Ya nunca abandonará los valores de la escuadra y el compás.
En aquel París conmovido por las interpretaciones teatrales de Sarah Bernhardt y los pinceles impresionistas de Monet y Renoir, el hijo de Ramón se adentrará en las metodologías de Charcot.
Lástima: por pocos días no se cruzó en la Salpêtrière con un joven médico vienés interesado en la hipnosis y las enfermedades mentales femeninas. La estancia de Sigmund Freud empezó justo cuando el doctor Luis Simarro regresaba a Madrid para pasar a la historia como el pionero de la psicología científica española.
De aquellos cinco años parisinos sabía mucho Mireia. Porque Mireia preparaba una tesis doctoral sobre ese niño de Xàtiva que se quedó sin padres por culpa de los dos males románticos por antonomasia: la tuberculosis y el amor más allá de la muerte.
Fue Mireia quien me mostró las fotografías de las mujeres histéricas tomadas por Albert Londe, Désiré-Magloire Bourneville y Paul Regnard a finales del siglo XIX dentro del hospital regido por Charcot.
También fue Mireia quien me relató el suicidio de Cecilia.
Yo jamás pienso en la muerte de cada enterrado. Tal vez porque he crecido en su compañía. Mi padre es el conserje del cementerio. También se encarga del mantenimiento. Arranca las malas hierbas de las aceras, rastrilla la grava, riega los cipreses. Los muertos no ensucian. Es un trabajo tranquilo. Demasiado, a veces. Pasé tantas horas de pequeña en el cementerio que dibujar las lápidas se convirtió en un pasatiempo necesario para soportar la soledad y el silencio.
Nunca me ha dado miedo ese mundo de flores secas y mármoles fríos. Pero podía resultar aburrido. Si venía Mireia, no.
Si venía Mireia, paseábamos entre las tumbas cogidas de la mano y mirábamos las fotografías de los muertos. Muchas nos hacían reír. Encontrábamos semejanzas grotescas entre los muertos desconocidos y los vivos conocidos. Siempre nos gustó ese juego. Éramos buenas descubriendo parecidos, Mireia y yo.
Me gustaría contar cómo ese juego perdió la gracia.
Me gustaría contar cómo se convirtió en una pesadilla.
«Lo recuerdo todo, pero no entiendo nada», escribe Italo Svevo en La conciencia de Zeno. A mí me pasa igual.
No sé exactamente cómo contar esta historia. Nunca he sido una buena narradora. Las imágenes son mi lenguaje natural. Las formas, los colores, las perspectivas. Tal vez escribir sea como ensuciar un lienzo en blanco y esperar a que alguien se acerque para darle sentido.
Escribo desde la ausencia de Mireia. Y desde el extrañamiento. Aún trato de entender lo que ocurrió. Vuelvo una y otra vez a aquellos días para recomponer las piezas de un rompecabezas que se me deshace entre los dedos. Las piezas se resbalan, se desintegran, muchas se han perdido y no sé cómo encontrarlas, ni tan solo si han llegado a existir.
La oscura jugada que me envolvió. La que envolvió a Mireia. Y la zona de sombra en la que construimos un peligroso nido.
Los hilos de la telaraña se entremezclan en mi cabeza: las lápidas del cementerio, los naranjos brillando al sol de la Casa Sumsi, la espalda de la Calipso pintada por Herbert James Draper, las mujeres del Hospital de la Salpêtrière, el fuego susurrando en la estufa, las Arcadetes de Alboi, los cuerpos desnudos a la luz de las velas. Descubrimientos y encubrimientos. Apariencias, medias verdades, mentiras absolutas. Un trompe-l’oeil en bucle. La vida como una matrioska que nunca se agota, que siempre esconde otra figurita siniestra en su interior.
Todo comenzó una mañana helada de diciembre. Pero yo no sabía que estaba empezando. Yo solo doblé la esquina para adentrarme, como de costumbre, en el pasillo de las lápidas antiguas. Llevaba el caballete debajo del brazo, y los pinceles y la paleta dentro del maletín que siempre se me abre y esparce los materiales por el suelo.
Ante las tumbas de Ramón y Cecilia vi a un hombre de mediana edad con el aspecto más sorprendente que haya visto jamás en un cementerio. Parecía Lord Byron. Enseguida pensé en Shelley, en Bécquer, en Larra. Rostro pálido, enmarcado por una cabellera larga y oscura, el sombrero en la cabeza, delgado, alto, totalmente vestido de negro. Una figura de otro siglo con los ojos extraviados. Como si se hubiera escapado de la pintura de Antoni Gisbert, esa que muestra una fila de liberales a punto de ser fusilados junto al mar.
Me miró un instante. Yo me dispuse a dirigirme hacia él y, en aquel preciso momento, el maletín se abrió y los trozos de tela sucios, los tubos de pintura, los frascos de aceite de linaza, todo el material de pintura acabó en la grava.
Cuando levanté la vista, el hombre misterioso se había esfumado. Apresuré el paso para ver cómo salía del cementerio. Pero no hallé rastro alguno de él por más que lo busqué.
Supe que también me gustaban las chicas en la universidad.
Tenía una compañera que pintaba con las manos, con los dedos, las uñas, las palmas. Nunca usaba el pincel ni ningún otro utensilio. Decía: Yo pinto como se pintaba en las cuevas, antes de toda civilización, ¡mira! Y acariciaba con el dedo corazón la superficie blanca del lienzo, dejando su colorida huella dactilar.
Un día me llevó a su cueva, un oscuro y diminuto piso de estudiantes. Y me acarició con sus manos expertas, deslizando cada uno de sus hábiles dedos a lo largo de todo mi cuerpo.
Yo siempre he pintado con pincel. Y siempre he querido hacer un retrato de Mireia. Pero ya la había pintado alguien mejor que yo.
Piel blanca, sin mácula. Frondoso cabello de tonos cobre y un tacto que se adivina pura esponja. El cuerpo, de extremidades largas y elásticas, resplandece completamente desnudo en la soledad de un bosque tupido. Como única compañía, la enorme serpiente que se acomoda, confiada, a las sinuosas formas femeninas. El reptil abraza las caderas, oculta el sexo de la joven detrás de su piel fría y deja al descubierto dos senos perfectos. Cómplice, la mejilla de la joven frota la cabecita plana de ojos negros del ofidio. Una lengua viperina, picante y veloz, vibra cerca de la carne tersa, apetitosa.
El retrato es de John Collier. Pintado más de un siglo antes del nacimiento de Mireia. Y en cambio es ella. No puede ser otra.
Lilith. La creadora de la estirpe, la fundadora del linaje. Pandora. Judit. Circe. Salomé. Cleopatra. Medusa. Mesalina. Dalila. Helena de Troya. Lucrecia Borja. La Esfinge. La Sirena. La Harpía. La Vampira. La Diablesa. La belle dame sans merci.
Una progenie de mujeres libres y, por eso, peligrosas. La condensación de los miedos patriarcales a la pérdida de privilegios milenarios. Proyección de la fobia masculina a perder el control. Por ingobernables, deben estigmatizarse. Id con cuidado porque son letales. Insensibles, crueles, perversas. Se apoderan de vuestra vitalidad, envenenan las almas más fuertes con su maldita belleza.
La compacta melena, una trampa seductora; los ojos, dos faros que arrastran al puerto de la perdición; la voluptuosa piel, una tentación mortal que debería estar prohibida. Prohibida por decreto divino.
Cuenta la leyenda que Lilith fue la primera mujer, anterior a Eva. Que Dios la creó del mismo polvo que a Adán. Y que por eso se rebelaba, llena de cólera, cada vez que Adán trataba de someterla a su arbitrio. Cuando él quería tumbarla en el suelo para poseerla, ella se oponía con firmeza: ¿Por qué he de acostarme debajo de ti? Yo también estoy hecha de polvo y, por tanto, soy tu igual.
