Mis huellas... Mis cicatrices - Alba Rocío Sánchez Toro - E-Book

Mis huellas... Mis cicatrices E-Book

Alba Rocío Sánchez Toro

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Beschreibung

Al nacer me subí al tren de la vida y emprendí un viaje lleno de embarques y desembarques, estaciones, pasajeros y equipajes. Me apropié de los mandos como un maquinista y he tenido un viaje lleno de aventuras, con caminos difíciles, con pasajeros que han quedado en el camino y me dejaron con la nostalgia de los amores perdidos; otros se subieron para quedarse llenándome de sueños, fantasías, desafíos, esperas y despedidas sin regresos. Todos han tocado mi vida, en cada pasajero he buscado el amor; de todos he aprendido, haciendo de mi vida un impetuoso manantial de vivencias. Mi estadía en el tren ha valido la pena, aferrada a la esperanza llegaré a la estación final y tendré la emoción de pensar que hice todo para que mi equipaje me hiciera valiosa. Buscaré la luz y la inmensidad del mar, ese océano tan grande como alguna vez fue mi desdicha y dejaré atrás los recuerdos de un pasado cargado de desesperanza.

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Seitenzahl: 268

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alba Rocío Sánchez Toro

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-984-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

-

También para ti, señor Rau,

por al amor que trajiste a mi vida

al final de la escalera.

.

Me preparé con inteligencia para vivir sin temores a nada, ni a nadie; sin nostalgias, sin reclamos familiares, sin lloros, sin odios. Me preparé para ser fuerte, para vencer las impetuosas oleadas de la vida, para vencer mi destino. Me preparé para amar cada día, para conservar mis raíces intactas y poder volver a florecer; prepararse para todo esto requiere coraje porque son una parte de nosotros que jamás volverá.

DEDICATORIA

Dedicado a la vida, a los aprendizajes que ella nos tiene preparados, a los triunfos, al valor para enfrentar tantos retos; al amor que cuando tenemos la fortuna de encontrarlo nos aporta esa impresión de estar completos y nos da la seguridad para transitar por nuestro viaje existencial acompañados. Hay circunstancias en el amor que contribuyen a hacernos mejores, hay personas que aparecen en nuestra vida para dejar una huella profunda y valiosa en nuestra alma y nos permiten dormir con una sonrisa en los labios.

Dedicado con todo mi cariño a mis sobrinas y sobrinos a quienes amo con el alma y fueron promotores de esta idea, me animaron tanto a escribir, entonces… ¡Ahí les dejo mis amores! Busqué las palabras que en conjunto fueran capaces de expresar más allá de ellas, palabras con cierto vestigio de nostalgia y alguna gota de tristeza mojando la hoja, pero ninguna discordante desafinando el mensaje. Quiero hacer como los buenos escritores, que hacen lo que pueden para mantener los hilos lógicos y descartan lo contradictorio; supongo que también hubo un sentimiento de soledad que me impulsó a escribir cuando inicié estas memorias. Le di vida a circunstancias que habían perdido su encanto, he recreado mi historia después de que enfurecidos vientos soplaron mi vida y con todo lo vivido encontré un significado en los desastres.

No arrancaré ni una sola página del libro de mi vida, porque cada página está llena de lecciones; mi vida parece basarse en el dolor, la pérdida, el amor y la memoria, donde el dolor y la pérdida fueron los maestros que me hicieron crecer, el amor fue una ola que nunca pude esquivar y mi memoria es la materia prima de estos escritos, es una vida hecha de contrastes donde aprendí a ver los dos lados de la moneda y donde a pesar de tantas tragedias mi corazón seguía siendo sincero.

Tal vez no sea justo, pero hay una persona destinada a estar en la última página del libro, así que no dejen de leer porque pueden estar ahí. No sé cómo terminaré la historia, pero sí sé que nunca leerán que me di por vencida, que ningún viento me hizo cambiar la dirección, que con cada amor volví a nacer, con cada amor que terminó se me abrió una herida, que cuidé mi rareza como una flor, que realicé muchos sueños de mis ancestros y que cuando termine mi libro estaré llena de orgullosas cicatrices.

PRÓLOGO

Tu historia está al final de la escalera.

He pasado por tiempos complicados persiguiendo mis sueños, he caminado sola caminos difíciles y tristes, pero nunca he estado abandonada porque siempre me he tenido a mí misma como compañera y cómplice a lo largo del camino, dándome oportunidades para lograrlos. Vivo muy orgullosa de mis vivencias, ellas han forjado un bonito horizonte porque la resistencia ante las adversidades me ha sido útil, las destrezas que poseo las he ido adquiriendo con las experiencias, he alcanzado una madurez en paz, tranquila y dispuesta a ser feliz en lo que me resta de existencia, porque la vida ya es corta a mi edad.

Tomé todo lo bueno de cada situación, dejé a la deriva las nostalgias de amores perdidos porque esos ya no hacen parte de mi vida. Lo desconocido jamás me asustó porque me hice fuerte e invulnerable, mis pasos siempre fueron hacia adelante con mi estilo de vida, un paso más cada día, con tropiezos y caídas, pero las caídas fueron lecciones de las que aprendí y me levanté con mayor fuerza.

Me he adaptado a infinidad de situaciones, con algunas no me he identificado, pero he aprovechado cada experiencia y cada una de ellas me ha dejado enseñanzas. Como una montaña rusa, he tenido subidas y bajadas pero siempre he tenido el control de mi vida, he tomado muchas decisiones, he otorgado permisos a personas para llegar a formar parte de ella y ha sido mi decisión permitirles amarme o lastimarme teniendo presente que el amor es mi brújula.

Al nacer nos subimos al tren de la vida y desde muy joven me apropié de los mandos como un maquinista, mi viaje ha estado repleto de embarques y desembarques. Ciertos pasajeros quedaron en el camino y pasaron tan desapercibidos que ni siquiera supe cuándo desocuparon el asiento. Otros quedaron en el olvido porque simplemente subieron a dar un paseo. Otros bajaron y me dejaron huérfana de su amistad y compañía. Otros quisieron sentarse a mi lado, pero había otra persona ocupando el asiento. Otros viven en mi memoria porque llegaron a mi vida y me acompañaron en algún recorrido. Otros llegaron para quedarse, me llenaron de sueños, fantasías, desafíos, esperas y despedidas sin regresos. En cada uno busqué lo mejor, de todos aprendí algo y valoro los momentos gratos con esas personas que tocaron mi vida, el gran misterio era que no sabía en qué estación bajarían.

He tenido pérdidas irreparables pero inevitables y necesarias para continuar mi aventura. Jamás he perdido la mira y siempre he sabido dónde es el norte, tengo memoria de los caminos que he andado, sé de dónde vengo, quién soy y a dónde me dirijo todavía, porque aunque existe siempre un pasado, este jamás me ha condicionado, pero sí me ha servido de impulso para seguir adelante.

A lo largo de este transitar viví grandes soledades donde establecí vínculos poco exigentes, conservé mi independencia e individualidad, potencié mi libertad, enfrenté miedos como única manera de vencerlos y con los años todos esos miedos desaparecieron. Hoy no le temo a nada, soy dueña de mi historia, me siento orgullosa de ser quien soy, de creer en mí, de saber que sola he podido con todo y he llegado a donde estoy ahora. Aferrada a la esperanza llegaré a la estación final y tendré la emoción de pensar que hice todo para que mi equipaje me hiciera valiosa, dejando atrás los recuerdos de un pasado cargado de desesperanza. Conozco mi proceso, la niña rebelde, la joven que fui, la mujer que soy y la anciana que seré, son etapas de un impetuoso manantial de vivencias donde nunca fabriqué vínculos indestructibles con nadie.

Estoy preparada para disfrutar de nuevas emociones, para seguir dando pasos, para transitar por este viaje existencial acompañada de mis experiencias y madurez, de mi crecimiento espiritual, mis conocimientos y lo mejor, con mi mejor amiga, que soy yo misma. No llevo exceso de equipaje porque para avanzar hay que dejar maletas atrás y me faltan algunos trenes para subir y estaciones para bajar; por eso, solo llevo mis promesas de vivir la vida siendo feliz con los días que vivo ahora y los que están por venir. El grueso de mi equipaje son los aprendizajes que me han permitido ir por el mundo sin molestar a nadie. Estoy aquí, lo que significa que estoy viva y que mi camino continúa, que me quedan puertas por abrir, viajes por hacer, personas por conocer, libros por leer, muchas aventuras por vivir, y por supuesto, habrá errores por cometer.

Soy el eje de esta historia con sus comas, puntos suspensivos, signos de exclamación e interrogación. No soy perfecta, sigo en evolución, soy menos esclava de mis pasiones, no pierdo energía en situaciones con personas que es mejor dejar marchar y claro… llegaré al punto final.

Hoy después que el tiempo ha pasado, les agradezco a todos porque estuvieron en los momentos correctos. Gracias porque sus aportes me han hecho grande, porque en alguna medida me dieron felicidad y adopté la actitud con la que he caminado por la vida. Saboreo cada instante y tengo la edad en la que acaricio los sueños con mis dedos y en la que he encontrado la plenitud; estoy viviendo mi sueño muy cerca del cielo que me he forjado porque nunca perdí mi dirección.

Mi estadía en el tren ha valido la pena, no tendré nostalgias al dejarlo porque llegaré con un equipaje que no tenía cuando lo abordé, y cuando aparezca el momento de bajar mi asiento vacío dejará añoranzas y lindos recuerdos a los que continúen el viaje.

He dejado huellas y me han marcado con ellas, de la misma manera tengo cicatrices porque atesoro una historia.

Con todo mi amor.

.

PRIMERA PARTE

Mis huellas…

Mis cicatrices…

-1- INFANCIA Villamaría

Mi madre, sumida en los dolores de un parto, con su cuerpo extenuado, hizo sus mejores esfuerzos por dar a luz. Me deslicé de sus entrañas con la misma rebeldía que me caracterizó siempre, y me encontré en un mundo salpicado con tintes de dulzura y hostilidad, con un sol que irradiaba calor en los días primaverales y vientos que soplaban benevolentes las plantas de los jardines y el follaje de los árboles, fenómenos que acompañaron toda esa parte de mi vida que pasé lejos del mar, ese poderoso mundo acuático que se convirtió con el pasar de los años en un anhelo y que tengo hoy ante mis ojos en toda su majestuosidad, con su infinita belleza y su profundo misterio.

Una noche de marzo, cuando los relojes daban las nueve y quince de la noche, llegué a este mundo completa, con todas mis características vitales y con mi esencia íntegra, por lo que hoy no necesito que nadie me defina.

La vida me ha dado la oportunidad de escribir, corregir y mejorar todos los días mi historia. Creo tener recuerdos desde temprana edad, y siempre en lo sucesivo, he agradecido a Dios por cada instante de felicidad, por haber hecho de mi existencia una obra de arte abstracto, porque cada año mis amigos más ausentes me llaman a saludar y a expresarme lo importante que soy para ellos, porque cada uno caminó a mi lado en un trayecto, porque el mañana era inseguro y el futuro con todos ellos tendía a desdibujarse. Mi familia siempre ha estado ahí, y en los años de infancia, juventud y ahora, cada año decoran el jardín de mi vida con sus palabras y su amor. Cada vuelta al astro rey celebro mis experiencias acumuladas, festejo los cálidos días de sol y los cubiertos por lluvia inclemente o nieve, y recuerdo algunos momentos cuando mi mejor protección eran las palabras «trágame tierra» porque ni siquiera mi sombrilla y mi sonrisa eran suficientes. Cada año doy gracias a Dios por dejarme vivir en mi maravilloso mundo interior, porque ¿qué mejor regalo para mis cumpleaños que mi propia vida?

Pasaron los primeros siete años de vida en los que era una niña tímida, dulce y discreta, pero guardaba en el fondo una creciente rebeldía; la que a la postre ha servido para conquistar el cielo que hoy disfruto. Crecí en una familia compuesta por cuatro hermanas mayores y un hermano menor, a los que me referiré a lo largo de estos episodios porque cada uno merece mención honorífica por lo que han significado en mi vida.

Mi rebeldía era marcada y estaba motivada por la incapacidad de niña de controlar los impulsos; no sabía canalizar correctamente los enfados, esbozando de esta manera mi personalidad desde temprana edad. Manifestaba autonomía e imponía mis propias normas, pues estaba convencida de que lo que quería debía otorgárseme y así desafiaba la autoridad de mis padres. Tuve límites, ante todo mi madre de recio carácter trataba de imponer sus normas y ante mi rebeldía no ofrecía diálogo ni incentivos para un cambio; era de la convicción de que con amenazas y castigos funcionarían mejor las cosas. Acontecieron colisiones de personalidades y estallidos de discordia. Pienso que ninguna ganó nada con esa actitud, transitamos por una cruzada lastimera en donde yo crecí rebelde y con resentimientos, y ella quedó enfrascada en remordimientos por su poco afecto y su manera de reprender. Con todo esto, establecí mi propia identidad con gran claridad y me fijé ideales que fui cumpliendo a través de los años.

Recuerdo con transparencia algunos castigos que quedaron sellados en mi memoria, como verme atada a una baranda que circundaba un largo corredor de la casa. Insistía con ahínco para que mi madre me liberara, pero tanta súplica sin respuesta positiva ocasionaba peor rudeza en mi actitud, y terminaba por orinarme, tras lo cual, seguía con mis ojos los tibios ríos amarillos que corrían libremente por el inmaculado y brillante piso de madera a lo largo de varios metros. Sin embargo, tras ese voluntario escurrir corporal no obtenía la liberación y eso acrecentaba aún más mi insolencia. Mi interior hervía y una ira ciega ofuscaba mi razón. Cuando por algún motivo mi madre se acercaba, la tomaba por la ropa y comenzaba una guerra campal, en la que ella tironeaba con ímpetu, moviendo su cuerpo para todos lados y forcejeaba contra esas pequeñas manos que la sujetaban, mientras yo aplicaba toda la fuerza que tenía mi infantil cuerpo y no la soltaba hasta desgarrar su vestido. Por supuesto, la reacción de mi madre empeoraba y me castigaba duramente.

En otra ocasión, mi madre fue presa de un gran enojo por mi rebeldía y, con su razón ofuscada, me agarró con fuerza levantándome del suelo y se dirigió al lavadero, sitio en donde había un gran tanque de cemento lleno de agua muy fría para mi calenturiento cuerpo preso del enojo, a pesar de mis forcejeos por evitarlo, terminó por arrojarme de cabeza y me zambulló por completo, mientras mi respiración se cortaba y sentía como si mil agujas lastimaran mi piel. Constantemente y hasta pasados muchos años, se ufanaba por haberlo hecho. Fue una experiencia horrible, en ese momento entendí qué pedía mi madre, recapacité y accedí a sus peticiones, pero deseé no haber nacido; hubiera querido hacer un agujero y escaparme como una lagartija. Sin duda alguna, teníamos juntas una mala actitud, era una relación llena de desencuentros, con dolor y malos recuerdos latiendo a flor de piel. Ahora sé que todo eso ayudó a que mi independencia se diera cuando apenas tenía dieciocho años y entiendo por qué quise tomar clases de natación avanzadas y complementarlas con un curso de salvamento acuático luego de marcharme de casa.

En medio de todo esto, tengo mis añoranzas de esa época; destaco ese contexto de mi madre que no aprecié lo suficiente, nos cuidó sin recibir nada a cambio, pasó malos momentos de forma injusta por mis estúpidos errores infantiles, luchó al lado de papá por sacarnos adelante y por mantenernos a la altura que ella sabía que merecíamos. Mientras mi padre trabajaba, mamá estaba en casa cuidándonos, desde allí le colaboraba económicamente a papá, tenía alrededor de treinta gallinas y gallos, los cuidaba con esmero y recibía algún dinero por venta de huevos, que entraban a engrosar los recursos para el sostenimiento del hogar. Cuando ya estábamos todos estudiando, mamá emprendió un curso de modistería en un centro que impartía clases en el teatro municipal de Villamaría, allí obtuvo un diploma y se incrementaron aún más los ingresos del hogar. Recuerdo con frescura las telas tan preciosas que mi padre y mi madre compraban para hacernos los vestidos; era sagrada devoción estrenar los jueves y viernes de Semana Santa al igual que para cada Navidad y cada cumpleaños.

Llega también a mi memoria la edad de cambio de dientes, cuando el odontólogo tenía que pagarme por sacarlos, era una norma creada por mí, y que afortunadamente encontró eco en el dentista familiar san Pablo, a quien cariñosamente bauticé así desde pequeña, era Pablo Emilio el esposo de mi tía Mariela, hermana de mi madre.

Cuando inicié la escuela me destaqué por mi compromiso y responsabilidad, obteniendo las mejores notas hasta graduarme de la primaria básica y recibiendo las menciones de honor que llenaban de orgullo a mis padres. Fueron tiempos en donde se suavizaron las rebeldías y mientras crecía, sentí y valoré el verdadero amor, esa profunda ternura y calidez sin magnitud que siempre nos ofreció mi papá. Comencé a verlo como el mejor ejemplo de amor, como un ser lleno de luz que hizo el mejor trabajo como padre. Él nos protegió, nos entregó su vida y su tiempo, siempre me sentí amada, protegida, apoyada, blindada, y siento que jamás podré agradecer suficientemente ese amor infinito. Ese ser único puso su vida y sus fuerzas en construir nuestro hogar y brindarnos un mejor porvenir a todos, pero se nos fue demasiado pronto para devolverle en la misma medida lo que nos dio sin restricciones.

Para mi bautizo tuvieron la certeza de nombrar como padrinos a un amigo de mi padre y su esposa, Antonio Arias Bernal y Alicia Valencia. Siempre brillaron por su amor incondicional, su ejemplo, su religiosidad, su excelente crianza de la familia, tenían un estilo y esencia diferentes, eran encantadores sin la más pequeña tachadura, tuve la dicha de tenerlos presentes en mi vida como padrinos hasta su muerte. Los quise siempre desde cerca, siempre estuvieron presentes en los acontecimientos de mi vida: mi primera comunión con ese hermoso vestido confeccionado por mi madre, en mi primer matrimonio como testigos presenciales, en las navidades siempre con sus regalos, y hasta cuando en mi edad adulta llegaba mi padrino con su bastón a saludarme cuando sabía que estaba en casa de mi madre, ese hogar, construido por papá con paredes blancas, piso en madera pulido, ventanales a la calle, con la distribución, organización y orden perfectos, y de la que hice una réplica cuando tuve la oportunidad de tenerla.

Mi padre y mi padrino fueron dos seres a los que amé inmensamente y con ellos se fue parte de mi corazón; a ellos los llenaría de flores, estrellas y sonrisas, de palabras llenas de sentido que estuvieran al mismo nivel de su bondad. Hoy pondría en un sobre los corazones de todos aquellos a los que aprecié incondicionalmente y ya no están y haría una fiesta para celebrar el acontecimiento de compartir su existencia.

¡Qué lindo que existieron, y qué lindo lo que sembraron a lo largo de sus caminos! Alabado Dios por el don de esas vidas, si no hubieran existido habría un vacío en el mundo, en mi vida, en el tiempo y en la eternidad. Estoy segura de que Dios está sonriendo cuando escribo esto, y sé que también sonrió el día que los puso en mi vida porque Dios sabía cuánto yo los amaría.

-2- ADOLESCENCIA Villamaría

Con el pasar de los años se abrieron con impaciencia y agitación las primeras grandes ilusiones de mi vida. Comencé el tránsito de la adolescencia con curiosidades y asombros embargando mi interior; seguí cursando mis estudios en el mismo colegio con igual responsabilidad y compromiso, menciones de honor y orgullo. Mi rebeldía apaciguada en la escuela volvió en los mismos términos; desafiaba toda autoridad e iba en contra de la corriente la mayoría de veces, ponía distancia de cualquier persona que quisiera controlarme, mi opinión así fuera equivocada era firme, conocía mi naturaleza e iba a mi ritmo, me alejaba de las personas que no tenían empatía conmigo y que no tenían la capacidad de respetar mis opiniones, hacía cosas a sabiendas que no eran correctas y no medía consecuencias... Para mí era importante ganar en las discusiones, no vacilaba aunque tuviera dudas y mucho menos si sabía que estaba equivocada. Fui selectiva con quienes entraban en mi círculo y fui increíblemente leal con todos ellos, ganando también lealtades con mi personalidad.

Mis primeros latidos amorosos en esa época de adolescencia sucedieron cuando un compañerito de clases de catecismo, Gustavo, escribía en papelitos mensajes de «saludos» y yo le respondía «se las retorno». Qué época tan inocente y tan mágica. Cuando teníamos unos dieciséis años me enseñó a tocar la guitarra; me daba clases día tras día sin cansarse. Con el paso del tiempo nos hemos regocijado con esos recuerdos, ya somos adultos, cada uno con una familia conformada. Tenemos gratitud con la vida porque aún conservamos la amistad, porque tenemos largas charlas y porque los recuerdos de nuestra niñez y juventud nos dejan siempre con una sonrisa. Recuerdo también la tortuga disecada como regalo de Hector Fabio, mi compañerito enamorado. Las cartas de amor escritas con pluma roja con corazones y flechas que me escribía el vecino Enrique. Luego aparece un joven estudiante del mismo colegio y diferente grado, Jaime. Fue mi primer amor, era el centro de mi universo y todo lo que hacía y pensaba giraba en torno a él. Así mismo, tuve un excelente compañero de colegio, Pachito; era de esos que no te abandonan, que están presentes en cada minuto, en cada actividad, en cada travesura. Sucedieron luego otras afinidades con personas que eclipsaron mi vida. Recuerdo a Javier como uno de esos amores efímeros e inocentes, y a Jota a quien siempre vi con ojos diferentes. Me sentí constantemente atraída, tenía algo misterioso y mágico que me hacía soñar y aunque compartimos colegio, el mismo grado, el mismo salón, no surgió la relación con la que yo fantaseaba. Pasaron muchos años y de nuevo apareció en el camino, no quedé atrapada en ese solo recuerdo porque se convirtió en real. Con el paso del tiempo la magia se convirtió en algo tangible e intenso, floreció ese viejo sentimiento rompiendo mi rutina, me hizo soñar de nuevo y me creí en la necesidad de explorar la profundidad y alcance de ese sentir. Muy bonito revivirlo, en algún momento quise ajustar cuentas con ese pasado y con él, quedarme ahí, pero fue difícil un acoplamiento por las experiencias y exigencias de cada uno, aunque compartíamos cosas semejantes vividas y sufridas, las expectativas de un futuro iban en direcciones opuestas; él, muy confortable con los éxitos alcanzados y yo, ávida de aventuras. Fue un amor que quedó en la niñez con recuerdos del presente. Merece estas líneas por lo que compartimos, porque fue intenso y clandestino después de tantos años, porque con darnos la mano y abrazarnos después de muchos años de no vernos, nos sentimos unidos como si formáramos parte el uno del otro. Este recuerdo me hace sonreír. No fue, pero vive presente. Duró lo suficiente para hacerse eterno en mis fantasías, duró lo que duran los sueños que se interrumpen en la mejor parte. Esta es una historia de amor inconclusa.

Como adolescente ser diagnosticada con lupus eritematoso fue trágico para la familia, máxime cuando el diagnóstico va acompañado de un tiempo de vida no mayor a cinco años. Mi sistema autoinmunitario falla y la enfermedad me causa lesiones cutáneas severas. Durante varios años fui sometida a chequeos constantes de anticuerpos antinucleares (ANA) y antiADN de doble cadena, hemogramas completos, análisis de orina y perfil químico incluidas enzimas renales y hepáticas, fui medicada con hidroxicloroquina, antinflamatorios, corticosteroides, cortisona, inmunosupresores... La advertencia médica fue que las complicaciones podían incluir infecciones por inmunosupresión u osteoporosis por uso prolongado de tantos corticoides y que corría el riesgo de una enfermedad coronaria que podría contribuir a la muerte prematura. Lo cierto de la situación es que el diagnóstico sobre la enfermedad fue acertado por todos los síntomas y hallazgos médicos, pero sobre mi tiempo de vida equivocado; es probable que la terapéutica continuada y los medicamentos en altas dosis hicieran su efecto favorable, y aquí estoy. Sin exámenes ANA y sin cortisona desde hace varios años, etapa superada contra todo diagnóstico médico. Decidí que el lupus tal vez pudiera marcarme el cuerpo, pero no mi espíritu, así que opté por mantener fuera de mi pensamiento la idea de que era una enferma.

En toda esa juventud las amistades masculinas fueron siempre mis favoritas, pocas elegidas fueron mujeres. Tuve una amiga a quien quise como a una hermana, era mi confidente y compañera de travesuras, se radicó en otro país y dejamos el contacto por una temporada durante la cual fallecieron sus padres y ella no pudo asistir a ningún acto relacionado con el triste acontecimiento. Renovamos los lazos cuando volvió a Colombia en plan vacaciones encontrando que debía entregar la fosa donde descansaba el cuerpo de su madre, cosa que debía hacer antes de regresar al país a donde había emigrado, pero las fechas de su tiquete no daban tiempo y me encargó la tarea, la cual asumí con diligencia. Presencié la exhumación, hice reconocimiento de cadáver en un cuarto frío del cementerio, invadida de una abrumadora desolación y con lágrimas en los ojos. Estuve sola en ese proceso que tomé como propio, pero era un compromiso de amor con la madre muerta y con ella. Tuve las cenizas de su madre en mi regazo durante una misa, deposité sus restos cremados en el osario y adorné con mucho cuidado el sitio santo, regalándole una imagen, un rosario y flores de azahar. Me costó mucho llanto todo ese proceso. De esta amiga recibí una triste decepción poco tiempo después; por lo tanto, no diré su nombre, pero si ella lee estas notas, se identificará de inmediato porque debe llevar en su conciencia la carga de su falta.

Experiencias de colegio hubo bonitas y feas, como el día en que presumí ser la novia del chico lindo del salón. Lo pregoné porque me había dado un beso, pero delante de todo el grupo me desmintió, dijo a todos que no era mi novio. Fue un momento amargo, hubiera querido que me tragara la tierra, fue algo así como el océano que se estrella rugiendo en espuma contra las rocas llenas de algas; vivirlo fue aterrador, pero hoy es un recuerdo inocente y chistoso.

Tuve primos del alma con los que compartí vacaciones y bromas, fueron personas importantes en mi vida: Erney, Hernán, Alba Nidia, Beatriz y Luz Nelly, con quien la afinidad era abrumadora. Se le ocurrían cosas tan asombrosas que nunca saldrán de mis recuerdos, como un día de lluvia torrencial en Bogotá abriendo un paraguas dentro de un vehículo en mal estado para no mojarse; el auto tenía el techo roto y las sillas eran de madera, acondicionadas por el propietario por gusto propio y excentricidad. Ella emigró también en busca de oportunidades, hoy constituye un hogar feliz aunque lejos de su entorno familiar, nuestro contacto permanece con la luz de la complicidad intacto.

La vida nos llevó a todos por caminos diferentes pero sus espíritus siguen inolvidables, así que echo de menos esa conexión cercana porque fueron personas especiales que un día formaron parte de mi vida. No los olvido porque tengo esa imagen de primo protector de Erney, que me libró de problemas. Fuimos más como hermanos que como primos, fueron mis primos de confianza que nos dábamos seguridad y al hacernos un poco mayores compartimos algunos secretos. La vida nos fue ubicando en distintos sitios y nos distanciamos. Me da mucha tristeza no tenerlos cerca como antes, como en aquella infancia en la que éramos felices. Y es que cuando quiero evocar la felicidad los veo a ellos con su sonrisa confiada y su mirada segura. Ojalá pudiéramos ser niños otra vez.

Cuando supe que Erney vendría a Barcelona con la familia me alegré muchísimo. Me sentí invadida por imágenes, resonancias, palabras y sensaciones del ayer, me di cuenta que hay fuertes trazos de vida vivida, de emociones y sentimientos, como si de golpe el pasado vivido quedara resumido en una estampa de niños, en un laberinto donde se añora un regreso al pasado. Siempre fue uno de mis primos favoritos. Recuerdo cómo jugábamos de niños, cuando pasábamos vacaciones unos en la casa de los otros en El Español y Santa Rosa, esas eran de las mejores experiencias que tuve en mi niñez, todos metidos en un tanque simulando que era una piscina, o persiguiendo caballos y gritando, ¡qué recuerdos!

Me entusiasmó mucho saber que me visitaría, que retomaríamos el vínculo, que podía disfrutar de nuevo de ese buen humor que lo caracteriza y con el que me hacía reír siempre. Son muchas huellas positivas vivas en mi corazón, me alegré mucho verlo feliz, con esa hermosa familia que conformó con Lilí, por esa unión tan duradera y permanente. Fue muy grato ese compartir de días maravillosos en Barcelona con ellos, con esas princesas Johana y Paola a quienes adopté como sobrinas favoritas, encantadoras, decididas, curiosas, inteligentes, talentosas y profesionales. Fueron días geniales de ocurrencias, risas, caminatas y paseo al Parque Güell que marcó los recuerdos de todos.

Obtener mi graduación en secundaria me llenó de expectativas por un futuro. Rebosaba de esperanzas por todos los sueños que me había creado, quería hacer muchas cosas sobresalientes, hacerme independiente y no depender de mis padres, cumplir el sueño de viajar como en mis fantasías, en aviones, trenes, ferris, barcos. No ingresé de inmediato a la universidad, pero hice una carrera intermedia como tecnóloga y empecé una vida laboral. Fácilmente hallé trabajo en una farmacia de la localidad y comencé la carrera contra el tiempo, queriendo hacer millones de cosas.

No tardé en dejarme conquistar por quien fue secretamente mi primera aventura por más de dos años. Conservo vivo el recuerdo de la compra de una yegua de pelaje color marrón con un brillo innato, crines de color castaño que colgaban de su lomo y cabeza, y unas patas poderosas que atravesaban cualquier terreno. Como la potra era rebelde y furiosa, él decía que era igual a mí y, en honor a esas características, la llamó «La Mona». Esta relación terminó y en ese momento me di cuenta de que las aventuras son solo eso, nada de profundidad en el sentir, al distanciarse nada de apegos. Pienso que no estuve enamorada en realidad porque creo que solo nos dejamos engañar por una determinada manera de vivir, y esa manera de vivir era perfecta en su momento. Viene luego el recuerdo de los paseos familiares a termales, cuando un enamorado me protegía de la lluvia con hojas gigantes de árboles; también está en mi retentiva el celestino de mi hermano acompañándome a Medellín en una escapada de fin de semana, tiempos lindos, tiempos que evoco y reconozco como picardía.

La vida transcurría entre las jornadas de trabajo en la farmacia, mis lecturas constantes y salidas con mi hermana mayor. Un día cualquiera conocí a un chico con una capacidad de seducción tan poderosa para mí que ni un muro de hormigón la hubiera atajado, e inicié una relación a escondidas con él hasta llegar a su propuesta de matrimonio. Nos comprometimos, hicimos los preparativos de boda, mandamos a confeccionar el vestido de novia para la ceremonia, compramos las argollas y nombramos padrinos. Días antes de la boda les comuniqué a mis padres que tenía un novio e íbamos a casarnos y ellos no dudaron en decirme que lo mejor era irme a otra ciudad de inmediato para que no cometiera semejante error, objetaron la corta duración de la relación, lo precipitado del proceder, el nulo conocimiento de los antecedentes familiares de mi novio y otras cosas más, entonces acepté sin condiciones esa oferta y lo dejé con todos los preparativos hechos, me fui sin decirle nada y estuve cerca de un año lejos, sin sentir ausencias ni remordimientos. Creo que en el fondo lo que quería era decirles a mis padres que había crecido y era dueña de mi vida.

Hubo algunas otras circunstancias amorosas, pero no me involucré sentimentalmente, no quería estar encasillada, quería sentirme libre de ataduras, era mi ideal. En mi mente solo existía la aspiración de ser mejor, de ser más, de avanzar, de ser grande, y sabía que tenía que luchar con fuerza por mis metas. Sabía que los sueños no se cumplen sino que se trabajan. Comprendí que yo debía enfocarme en ser responsable únicamente de mí y una de las acciones que tomé fue evitar a toda costa tener hijos, rechacé toda posibilidad de tenerlos, estos me cortarían las alas para volar tan alto como mis sueños y apenas empezaba mi viaje. Analizaba mi forma de ser y pensaba que los hijos son un conflicto, son seres que condicionan la existencia de una madre, porque desde que nacen hasta que mueren le roban la individualidad, invaden su espacio y evolucionan a su conveniencia.

Para esa época era bastante cómplice con mi hermana Luz Marina, pasábamos considerable tiempo juntas y nos divertíamos mucho. En su compañía conocí a Leonardo, quien se convirtió en mi esposo pocos años adelante, y aunque es la época más repulsiva de mi vida, no puedo dejar de contarla.

-3- MALA ELECCION Manizales

Creí haber alcanzado un sueño cuando contraje matrimonio con Leonardo Zuluaga en la Parroquia de San Antonio de Padua, el 10 de enero de 1984 a las ocho de la mañana. Pensaba que era un sueño cristalizado al haber encontrado un compañero de aventuras, que sería infatigable y siempre dispuesto a acompasar mis locuras. Durante nuestro noviazgo no puse interés en conocer a su familia ya que me convenció de pertenecer a una de las mejores cunas.