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Mía es una joven pueblerina de 27 años. Su apacible vida cambiará por completo cuando decide tomar una decisión de último momento: huir. El retorno de Saturno comienza hacer de las suyas y Mía se verá envuelta en grandes líos amorosos y profesionales. Luego de protagonizar una escena de su propia vida al estilo Novia fugitiva, decide viajar a Buenos Aires para finalmente hacer lo que siempre había querido: actuar. Allí no solo deberá afrontar las dificultades propias del paso de una vida puramente rural a la gran capital (inseguridad, subtes, ruido, diversidad, paranoia, embotellamientos), sino también a personas maliciosas que le harán ver que el mundo no es de color rosa. Sus intentos fallidos profesionales, amorosos y económicos, sus constantes desilusiones, el corto amorío con un psicópata, entre otras cosas, desencadenarán una gran crisis personal. Este caos será el camino que la llevará a encontrar aquello de lo que hasta ese momento había carecido: el amor propio.
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Seitenzahl: 164
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Biancucci, Jennifer Sofía
Mis intentos fallidos : tomo 1 / Jennifer Sofía Biancucci. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
162 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-111-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de la Vida. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Biancucci, Jennifer Sofía
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Dedicado aquellos que alguna vez fallaron, se equivocaron y volvieron a comenzar.
Mis intentos fallidos
Jennifer Biancucci
Mis intentos fallidos
Intentar: (verbo) Hacer el esfuerzo y los pasos necesarios para realizar algo o lograr cierto objetivo o fin, sin tener la certeza absoluta de conseguirlo.
Fallido: (adjetivo) que no da el resultado perseguido o esperado.
¿Alguna vez intentaste algo que realmente deseabas y sorpresivamente resultó?
¿Alguna vez intentaste con mucho esfuerzo un plan que añorabas, pero, a pesar de tu esmero, se desvaneció?
¿Alguna vez procuraste usar unas fichas, pero, de pronto, el tablero cambió?
¿Alguna vez intentaste olvidar un gran amor colmándote de vicios y noches de descontrol?
¿Alguna vez intentaste revivir a gritos a alguien que ya se marchó?
¿Alguna vez fallaste y te llenaste de frustración? ¿Alguna vez te fallaron y te llenaste de rencor?
Intentar y fallar. En verdad duele. Fallar frustra, lastima, te llena de impotencia, de bronca desmedida. Cuando tenías todas las expectativas en algo, cuando invertiste tus años, tu tiempo, tu dinero, tu esfuerzo en un plan que “falla”, nos quedamos en la nada misma, solos, vacíos, preguntándonos como un puñal que retorcemos dentro ¿para qué?, ¿para qué puse tanto de mí?, ¿para qué tanto esfuerzo? ¡Maldita sea para qué!
El tiempo pasa. Y eso ayuda. O te hundís en una gran depresión que lo único que harás es revolcarte días enteros en la cama, sin querer comer o comiéndote todo lo que pasa, sin querer ver ni a las hormigas, con tu “todo vos” hecho un caos, o, desde ese mismo dolor, y después de unos cuántos días hecho un trapo, te volvés a levantar, vendás tus heridas y te reinventás de alguna forma, de a poco, zanahoria por zanahoria.
Ahora bien, sin el fallo en el intento, las cosas no podrían perfeccionarse, los experimentos no podrían revisarse una, y otra, y otra vez hasta que sean científicamente perfectos. Si no falla, no podemos pulirlo hasta hacer lo mejor posible. Si Jordan no hubiese fallado tantas veces, no sería Jordan. ¿Será el fallar algo eminentemente necesario? Si no fallamos, no aprendemos, no crecemos, no buscamos otras alternativas, no cultivamos otras conexiones neuronales para resolverlo. Fallar nos hace humildes, fuertes, nos saca del personaje del “todo lo puedo y me llevo el mundo por delante”, porque ¿sabes qué? No... no todo lo podés en el tiempo que querés, y está bien, y es necesario, y por algo así es. No somos un dios omnipotente.
Ojalá lo intentes. Ojalá lo logres. Pero si no sale como esperabas... quizás la vida tenga otros planes, y te sorprenda.
Capitulo 1
Los Enamorados a la Inversa
Cuando el arcano se presenta invertido, la duda del joven Hércules se transforma en una dolorosa decisión, no exenta de contradicciones y reflexiones. El enamorado invertido, arcano de dualidad y conflicto, puede señalar un encuentro peligroso, turbaciones, deseos insatisfechos, promesas no mantenidas. Dudas, vacilaciones, incertidumbre y una excesiva inestabilidad emotiva llevan a aplazar infinitamente una solución necesaria, porque toda la libertad de acción preconizada por el arcano derecho se vuelve en este caso sumisión a la necesidad y dependencia de los factores externos.
Crucial
Noviembre, 2017
No puedo respirar. Se taparon mis oídos y mi boca tiembla como una hoja durante el huracán. Estoy blanca y empapada de transpirar. El único sentido que irónicamente me responde es la vista. Y digo “irónicamente” porque desde los siete años que soy miope, he llevado conmigo unos grandes y blancos lentes que recibían la burla de los demoníacos compañeritos de primer grado.
“Cómo pasa el tiempo”, pienso frente al espejo. Faltan tres años... cuando quiera volver a mirar, estaré en los treinta. ¡¡¡LOS TREINTA!!! ¿Se entiende? ¿Alguien más en esta vida sintió la presión de “los treinta”? “Ok, Mía, (me digo frente al espejo aún blanca y temblando), ya no podés hacerte más la Peter Pan”.
Supongo que, cuando se alcanza una nueva década, suena algo así como “¡LOS TREINTA! ¡LOS CUARENTA! ¡LOS CINCUENTA!” en mayúsculas y con los ojos abiertos. Pero después te vas dando cuenta de que no es el número en sí, sino las expectativas que tenías para esa edad, las metas, los sueños y deseos que veías concretados para esa edad, y muchos de ellos quedaron en el olvido flotando en el aire; por “cuestiones de la vida” no se dieron, porque no te animaste, porque no lo lograste, porque cambiaron tus planes. Pareciese que en este juego uno va proponiendo las cartas que quiere jugar, pero la vida te mueve por donde se le dé la gana y, aunque pensemos que tenemos el control de todo, hay algo que no vemos, que mueve telepáticamente las fichas del tablero, y a lo que tenés que readaptarte o morir lento en el intento.
Aquí sigo inmóvil frente al espejo, el barullo de fondo y la mirada fija que se mira a sí misma. Mi mente no para, mis oídos continúan escuchando hacia adentro. Pienso en muchas cosas a la vez, deliro y vuelo, mientras que una voz interna resuena como un grito desesperante en una película de terror: “¡LOS TREINTA! Treeeiiiinnnntaaaaa”. Aunque estoy en los 27, la ansiedad me carcome por dentro.
Me falta el aire, sigo pálida. “¿Por qué se me ocurre hacerlo en pleno noviembre?”, vuelvo hablar con el reflejo. Divago. Recuerdo que mi prima Juanita, la “rara” de la familia, me contó que, entre los 27 y 30 años, astrológicamente, se produce un evento llamado “el retorno de Saturno”. Es como una especie de Señor de los Anillos, que viene a poner el dedo sobre la llaga, es decir, hacerte madurar a través de los sanos límites, hacerte responsable y llevar las riendas de tu vida vos solito, porque ya dejamos atrás esa adolescencia tardía, es momento de convertirnos en adultos plenos. Y no te queda otra que enfrentar aquello que te ha costado o has tenido dificultad desde pequeño, para convertirte en un cuasi experto en el tema. Pero ¡cómo duele ese enfrentar! ¡cómo pesa ese hacerse cargo de uno mismo, y no echar culpas atrás! ¡MOMENTO! ¿Hacerse cargo, dije?
Todos vienen y van. La decoradora pone y saca flores blancas de acá para allá, mi madre que no deja de adular. La tía Alicia con su vocecita de silbato falseado que grita sin parar. Mi padre empapó su traje de los nervios, y el perro terminó todo embarrado de jugar. Mi hermana Carla es la única que parece cuerda en este lugar, la única que me ve, la única que sabe escuchar.
Tocan la puerta del baño, tengo que reaccionar. “¡Yisus!”. Me tomo un trago de whisky caliente sin parpadear hasta el final. Suspiro. “¿Hacerme cargo, dije?”. Es hora, me vienen a buscar. Amanda, insistente, no deja de golpear. La irritante y falsa Amanda, la única y exclusiva wedding planner del pueblo. Ok, lo asumo, hoy me caso. Estoy a punto de entrar al lugar. Ahí vamos.
Mis tacones blancos comienzan asomar por la larga y peluda alfombra roja de la iglesia, al son del mágico Ave María que un coro se dispone cantar. Se escuchan risas, halagos, críticas, y hasta mocos en pañuelos sonar. Mi padre, que me lleva del brazo orgulloso y emocionado, parece titubear.
Y ahí lo veo a él, Franco. Con su sonrisa perfecta, dientes y carillas cual teclado de pianista. La vestimenta intachable y elegante, brillosos ojos café, lágrimas que caen sobre sus mejillas. En verdad creo que me ama, soy una afortunada.
Somos novios hace diez años, cuando yo era una señorita de 17 y él un grandulón de 27. El mundo entero se reducía a Franco. El primer novio que presenté a mi familia, “mi primera vez” y mi primer todo. Creo que nunca más volveré a enamorarme de esa forma, de esa manera tan entregada, tan intensa y romántica. Recuerdo que una vez le hice un tesoro escondido por todo el pueblo (sí lo sé, soy una cursi disfrazada de “Xena la princesa guerrera”), hasta me ponía a cocinar con lo que detesto hacerlo. Es el hombre perfecto: complaciente, responsable, respetuoso, a veces un poco frío en sus formas, pero un sol en las sombras.
Llegó el momento de subir el siguiente escalón. Mi padre me abraza y se sienta. Franco me agarra de la mano fuertemente, mirándome a los ojos y sonriendo. El padre Pablo, ícono religioso en la zona, está por comenzar la ceremonia.
Mis oídos vuelven a escuchar hacia dentro. “Blanca y radiante va la novia...”, más que blanca y radiante, pálida y desorbitada. Tengo calor y frío al mismo tiempo. Veo borroso. El vestido me ahorca. ¿Por qué lo elegí tan apretado? Parezco un matambre embadurnado.
—¿Acepta usted al señor Franco Achával como legítimo esposo, para amarlo y respetarlo, de hoy en adelante, en lo próspero, en lo adverso, en la riqueza, en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte los separe?
Intento responder, pero mis labios no captan al cerebro que emite señales de humo en este momento, la escena se transforma en un film de cámara lenta en el que el cura mueve su boca pronunciando la bendita pregunta, una y otra vez. Me voy desvaneciendo poco a poco, cuando de repente, logro escuchar:
—Señorita, ¿está bien?
—Sí. —Me repongo.
—Ok, continuemos. ¿Acepta usted al señor Franco Achával como legítimo esposo?
Silencio. Las decisiones siempre fueron un maldito talón de Aquiles en mi vida.
—¡¡¡Hacerme cargo!!! —Escupo sin titubear como un bocado incontrolable que sale de mí.
Todos se ríen. Franco comienza acariciarse el cabello, sus nervios están por colapsar, los míos son un carnaval.
Vuelvo en mí. Veo, escucho, y siento. Respiro 1. Respiro 2... Respiro 3...
Una fuerza incontrolable se apodera de mí. Con mis manos tomo la cara de Franco y lo beso como nunca antes, apasionadamente, haciendo ruborizar al cura que se escandaliza por la escena.
—Perdón —le susurro al oído.
Cierro mis ojos, giro hacia la puerta de entrada y huyo despavorida. Escapo de todos, incluso de mí.
Mi tía Alicia comienza a reírse de los nervios, mis padres se ponen rojos como la alfombra del lugar, el cura que tira agua bendita y el pueblo entero enloquecido comienza a criticar. Criticar y ensuciar, juzgar, apuntar con el dedo, porque siempre de afuera todo es más llevadero. ¿¡De qué iglesia me hablan si lo primero que hicieron fue desparramar oscuridad!?
Corro. Me saco los tacones blancos. Corro, más fuerte que cualquier animal enjaulado que logra escapar. Fuerte y salvaje, como un caballo en el mar. Corro como Forest Gump sin pensar y sin parar, como un grito desesperado de libertad.
Corro hasta encontrar una bici estacionada en el bar, pedaleo y a rodar, con el viento en la cara volando el salar. Llego a la laguna de Luro, mis pies están lastimados, pero no sentí ni una piedra pisar. Corro hacia al muelle. Estoy sola. Comienzo a llorar. Lloro con culpa acumulada. Grito y logro soltar... Finalmente, después de tanta represión, comienzo a respirar.
Me recuesto sobre el muelle, el vestido blanco ya no es blanco y se despedaza el tul que cuelga de la espalda. El cielo se pinta de celeste, el sonido de las olas trae luz a mi mente: “Para escuchar a los demás hay que ser sabio y paciente, para escucharse a uno mismo hay que ser VALIENTE”.
Separación
Arden esos que siempre te vieron,arden de imponente mar,arden de desvelo,arden de soledad.
¿Qué nos hemos hecho? ¿Qué NO hemos hecho?Si yo te amaba con el almay tú, con gran esmero.
No tengo más nada que entregar,lo he dado todo, de par en pary esta simbiosis que nos abrazabaun día, simplemente, se dejó volar.
No sé bien aún quién soy,ni lo que quiero.Temo jamás volver a sentir este amor de nuevo.
Quizás el tiempo cure y vuelva a reencontrarme,y gustarme frente al espejo.Y ardan las ganas, las caricias, la cama y lo nuevo.
Espero que de míte quede lo mejor,que hayamos sido aprendizaje,guías del camino y del anclaje,guías de la vida, maestros espirituales.Y que un día, por fin, pueda volver a saludartesin culpas ni rencores,sin bronca ni temores.
Te deseo un amor bonitote mereces todo lo lindo,has sido parte de este caminoy hoy, finalmente, te despido.
Sentenciadores
Los días fueron pasando y la película tragicómica continuaba dando que hablar en todo el pueblo de Pedro Luro, pues era el chisme con el que pasaban el tiempo los lugareños para no aburrirse de sus propias vidas. Cada vez que salía a la calle, me topaba con “las miradas” expectantes, como si fuese una especie de payaso con lepra. Todo tipo de miradas ajenas: algunos miraban con lástima, a otros, incluso, les causaba vergüenza, otros con tonos burlescos, pero las miradas que más detestaba eran las del desprecio. Había pasado de ser la joven buena, cuerda y simpática, a ser el monstruo loco que clavó al hombre perfecto en el altar frente a todos.
En mi casa la situación era asfixiante, tanto que, después de una ardua pelea con mis padres, me mudé a lo de mi hermana Carla. Ella no me comprendía, pero, al menos, no me juzgaba ni castigaba por lo que había hecho, solo me escuchaba, y aunque a veces disentía, me ofrecía calma y paz, lo que tanto en silencio pedía.
Mis amigas, las verdaderas, Daniela y Luciana, ese par que siempre había estado, siguió estando. Pero creo que nadie comprendía lo que había hecho, ni siquiera ellas, ni siquiera mi ego. Me estaba asfixiando y nadie se daba cuenta, tenía el peso de un barco sobre mi espalda, ya no podía sostener la pujante presión del contexto. Era lo que quería el resto, o yo. Y, aunque me sentía una fracasada frente a la relación fallida, en mi interior sabía que, por fin, me había elegido a mí. Sin tener siquiera noción de los giros de la vida que aún faltaban, había comenzado el camino del amor, del propio amor, ese que tanto nos cuesta, ese del que tan poco nos han enseñado.
Franco había sido un buen hombre y muy buen compañero. Compartíamos todo, hasta algunos secretos. Teníamos peleas, diferencias y algunos celos. Nos gustaba viajar, divertirnos y descubrir todo lo nuevo. Todavía no sé bien por qué se apagó el fuego. Recuerdo una vez que salimos a una fiesta, lo vi cara a cara, cerquita, nariz pegada con otra mujer que le hablaba. Mi estómago comenzó a revolverse y un dolor agudo en el pecho impedía que respirara. Mis chicatos ojos no distinguían si lo que veía era un beso, o “estaban hablando cerca pues no se escuchaban por la música”, lo cierto es que eso había hecho ruido bien adentro, y después de una discusión, quedó en el olvido guardado en un cajón añejo. Pero no era solo eso lo que había rajado la “taza de porcelana” (la confianza), había sido la suma de “pequeñas cosas” que no podían pegar lo roto con pegamento, las mentiras tenían patas cortas, y yo era la CIA enmascarada.
Ahora comenzaba a darme cuenta de por qué necesitaba irme. La persona en la que me estaba convirtiendo no me gustaba. No quería ser la “perseguida”, la insegura, la que tenía que revisarle las cosas para ver qué nueva mentira encontraría. No me estaba gustando en lo que me estaba transformando, la venus escorpiana mostraba la hilacha. Si ya la confianza se había desvanecido y no lograba reparar la “taza de porcelana”, pues entonces, era momento de marcharse.
Ahora bien, Mía, podrías haber elegido rajar antes del altar, ¿no?
Dejar vivir
Cuando esté por hablar mal de alguien que poco conoce, diríjase a su baño y busque un cepillo de dientes. Cuando lo encuentre procure que esté en buen estado para llevar a cabo el cepillado. No olvide poner un poco de pasta dental que le dejará un fresco aliento por si tuviese que hablar, besar o solo por pura comodidad. Mientras se cepilla los dientes y se mira en el espejo, procure identificar qué cosas encuentra de esa persona en usted. No comience a criticarse y darse látigos. Sea compasivo con la persona y con usted mismo. ¿Qué espeja? ¿Qué le enseña eso que le molesta del otro? O mejor aún, cepíllese los dientes, sonría y déjese de joder, que cada uno en esta vida hace lo que puede con su realidad y lo que mejor le sale con su verdad. Sea feliz. ¡No joda y a vivir! ¡A tomar por culo y olé!
Irse
La vida continuaba. Seguí yendo a trabajar al jardín y ejerciendo mi tan adorada profesión: maestra jardinera, que en realidad ya ni siquiera era mía, pues extrañamente cada vez tenía menos paciencia. Imagínense, “La tierna y divina maestra jardinera del pueblo, ¡se volvió una ogra desalmada!”, hermoso titular para una tarde de charla. De vez en cuando, escuchaba los sincericidios que los niños traían de casa: “Seño, mi mamá dice que sos una arrotanta” (atorranta). No sabía si reírme o llorar. Claramente elegía la primera opción a pesar de mis compañeras y sus caras viborezcas.
De Franco no me había enterado nada, excepto que su familia ahora me odiaba, y que muchas chicas ya estaban dispuestas a consolarlo. A veces quería buscarlo para disculparme y hablar, pero después de pensarlo, me arrepentía y prefería dejar el tiempo pasar.
Y así fue... el tiempo pasó. Exactamente ocho meses de aquel pintoresco episodio. ¡Un parto! Y era momento de volver a nacer.
Es una lluviosa noche de julio en Luro. Solo se escuchan las gotas golpear contra el techo, ese es el privilegio del pueblo, el silencio al anochecer. Abro la ventana y la brisa da en mi cara con olorcito a tierra mojada. Refucilos y truenos aparecen de la nada.
Viene mi hermana Carla, y trae nuestro chocolate preferido con un té caliente. Comenzamos a hablar mirando el fuego.
—Hablé con mamá y papá, te quieren ver, te extrañan.
—Carla, en estos nueve meses les importó más el qué dirán que su propia hija.
—En eso tenés razón. Pero ya sabés cómo son. Andá a casa. Te necesitan.
—Hay algo que no te conté. —Carla mira sorprendida—. Todo este tiempo, y lo que pasó, me hizo replantearme muchas cosas, entre ellas quién soy, qué es lo que quiero. Siempre respondí al deseo del otro, nunca escuché lo que realmente YO quiero. Y estoy harta de tener que hacer caso omiso a mis deseos.
—Andá al grano. Me asustás.
—Me voy a ir, Car. Me voy del pueblo. Voy a probar suerte con el cine o la actuación. Me voy a Buenos Aires.
—¿¡Qué?! —Carla escupiendo el té.
—Lo que escuchás. Vos sabés todo lo que yo quería ser desde chica, y no pude. Querían una carrera que pueda estudiar en el pueblo, se las di. Querían un novio estable, se los di. Llegó el momento de lo que yo quiero. No echo culpas afuera, pero ¡tengo que hacerme responsable de lo que quiero de una vez por todas!
