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Recopilación de cuentos de un Cuentista de los de toda la vida, de los que hablan con sus personajes, de los que se quedan mirando al infinito buscando a saber qué, de los vuelcan un bote y no naufragan.
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Veröffentlichungsjahr: 2012
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Mis Mejores Cuentos
Daniel Campodónico
(Cuentista: DCF)
Título: Mis mejores cuentos
Diseño de la portada: Alex Ramirez
Primera edición: Enero, 2013
© 2013, Daniel Campodónico
© 2013, Alex Ramirez
Derechos de edición en castellano reservados para todo el mundo:
© 2013, Enxebrebooks, S.L
Campo do Forno, 7 – 15703, Santiago de Compostela, A Coruña
www.descubrebooks.com
ISBN: 978-84-15782-12-4
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de la propiedad intelectual.
ÍNDICE
Carta abierta a los artistas-6
Mis yoes-9
Buceo literario-11
Correo nacional-13
La crecida-15
El hombre infinito-17
El bufón del tiempo-23
Política deportiva-27
De narradores, personajes y escritores-30
La Pepa-32
El dibujo y la palabra-34
Dedicado:
A los viejos cuentistas, que me enseñaron a caminar entre gigantes
Agradecimientos:
A Alex Ramirez, fotógrafo, de la productora: www.rvfilms.tk
Y a mi lectora correctora: Susana Norma Fantini
Carta abierta a los artistas
Leí por ahí que un escritor nace cuando se sienta a escribir por primera vez. Pudiendo ocurrir esto a cualquier edad, yo debo de ser un cuentista adolescente. Cumplo hoy quince años con la cuadernola en el bolsillo.
Sí, sé que tengo una memoria extraña y jamás recuerdo fechas ni direcciones, títulos ni autores. Pero ella siempre recuerda lo que vale la pena ser recordado.
Como aquel día en que sentado en mi casa, frente a una hoja en blanco; comencé a escribir. Tardé un tiempo, pero luego de mucho esfuerzo levanté la vista para entonces cansada de la hoja y noté para mi asombro… que ya no estaba en casa, estaba en otro lugar. Confieso que esto al principio me asustó un poco; ahora… cuando uno de los personajes se me acercó, puso su mano en mi hombro y me explicó al oído que yo todavía estaba escribiendo, me terminé de espantar y salí corriendo. Pobres personajes, se habrán creído que estaba loco.
Desde entonces trato de empatarle a mi necesidad de expresarme, pero me gana siempre.
Mientras los músicos van llenando con sonidos el silencio absoluto del que parten; dibujantes y escritores partimos de una hoja en blanco; al tiempo que los actores desbordan todo espacio vacío que ocupan con su cuerpo. Por eso son los artistas fundamentales, los únicos capaces de crear a partir de la nada. Representantes de las cuatro artes eternas que existen desde siempre, desde hace cinco millones de años o más, ¿quién sabe?, desde que nos empezamos a comunicar, a decirle algo al otro. Desde entonces venimos remontado historia, tras historia, tras otra… hasta el principio de los tiempos, hasta la primera historia. La inspiración, creo yo, se originó en aquel instante en el que un homo sapiens, luego de haber logrado su primer razonamiento, salió corriendo desesperado a tratar de explicárselo a otro… y para colmo, ¡lo logra! Eso sí fue inspiración, y el resto es historia, nuestra historia, la que nos venimos contado desde siempre, desde aquella historia.
A las artes por infinitas les tocó ser juez eterno de la humanidad.
Porque los cuentistas nos pasamos los cuentos de mano en mano, y en cada ser humano hay un artista, y en cualquier lugar del universo donde un hombre se encuentre, estarán las cuatro artes con él. Por eso sepan todos los tiranos, monstruos pisoteadores de gente, sepan que su condena es eterna. Porque suyas serán las armas, el dinero y el poder; pero sepan que la memoria, el sentimiento, y la imaginación son nuestras.
Por eso los artistas no están entre la gente, son los sueños de esa gente. Y el bufón, siempre será el único que pueda burlarse en la cara del Rey y la gente lo aplaude por ello. Esas son las artes, ese es su poder, como el Dios más eterno y omnipresente que jamás hayamos conocido.
Por eso, yo admito que algunos cuentos son más míos que otros. Porque en algunos sé de donde traje sus semillas; otros se pierden en el tiempo y no sé de dónde vienen, pero vienen y son los más lindos. O como les digo yo: los colados en el tren de la memoria. Vienen corriendo detrás del último vagón y son muchos; por suerte siempre hay cuatro o cinco que saltan, se cuelgan y allí van, yo no sé de dónde vienen pero llegaron. Están aquí.
De allí que a mis quince años, quiera dedicar esta carta a todos mis lectores correctores y decirles:
Sepan que son un puñado, de entre todos los lectores, gente muy querida. La gente que siempre todo escritor a lo largo del camino va encontrando, y se eligen solos, naturalmente, cada quien a su manera y sin darse cuenta; como a los amigos. Algunos nos acompañan un trayecto, otros hasta el final. No siempre expertos, ni tan solo un poco entendidos, y a veces, ni siquiera escritores.
Lectores, eso sí; con la mirada distinta, la observación precisa, la palabra necesaria; pero sobre todo, con el atrevimiento de decirle al autor lo que le tienen que decir.
Como a los amigos, alcanza con los dedos de una mano…
Felices quince años para todos, y gracias, por darme la alegría de poderlos compartir.
Mis yoes
Lo estoy esperando agazapado tras este muro, porque sé que va a pasar por aquí. Lo sé porque lo estuve siguiendo y allí viene. Viste como yo, camina como yo, habla como yo; pero no soy yo. Aunque nadie nos distinga, ese no soy yo y apenas pasa junto al muro me pongo de pie y lo encaro. Él no puede creer lo que ve, intenta decir algo pero no le doy tiempo, de inmediato clavo la afilada hoja en su cuello y corro asustado, ya que por un momento, creí sentir esa puñalada en mi propio cuello y mientras corro, lo espeso de la sangre baja por mi garganta, toso, y solo para cerciorarme toco mi yugular. Estoy sano. Tiro el cuchillo en un contenedor y sigo a pie hasta llegar a casa.
Allí entro en silencio, no quiero molestarla. Voy hasta su cuarto y la veo sentada en su silla, mirando a la nada; de espaldas a mí.
—¡Papi, papi… volviste!
Si yo no hablé… ¿cómo supo que era yo? Habrá sido por mi olor… el sonido de mis pasos; ¿tanto me conoce?). Corre a abrazarme:
—¿Me trajiste los dulces que me prometiste?
—No… discúlpame, en el apuro se me olvidó —le dije mientras pensaba que ese desgraciado le había prometido dulces, ¿qué más le habrá prometido?, espero que no haya sido como el otro, aquel otro, el primero que maté de una larga lista. Aquel la lastimaba, era el peor de todos y por eso, lo arrastré con rabia hasta el bote y lo arrojé allá… en medio de aquel lago profundo, con mucho peso y aún vivo, para que sufra.
Sí, el primero fue por venganza y el resto, solo por perfeccionamiento.
Recuerdo el sabor del agua salada entrando por mis narices, recuerdo la desesperación y que todo a mi alrededor se puso negro; casi muero en el bote aquel día, pero yo sobreviví, y él no. Al llegar a casa, mojado aún, la encontré como era habitual: escuchando la radio y al correr hacia mí, pobrecita, tropezó con un mueble que aquel mal hombre había dejado en el camino, yo corrí hacia ella y la tomé en brazos, la alcé, la puse contra mi pecho y viendo lo blanco de sus ojos le dije:
—Otra vez olvidé traerte los dulces, pero ya voy a buscarlos, vuelvo en seguida
Y salgo tan rápido de casa, tan apurado voy, que no me doy cuenta de que alguien me está siguiendo; pero sí noto el plomo entrando por mis espaldas, y al escuchar el segundo disparo, caigo de rodillas y logro girar para ver a mi asesino corriendo, dando grandes zancadas casi sin mover los brazos… tal y como lo hago yo. Tal vez sea mejor así, pensé. Tal vez él recuerde llevarle dulces, a mí pobre niña ciega.
Buceo literario
Estábamos todos en silencio. Yo miraba la copa de grapamiel¹ y me recordaba el frío que hacía fuera; tú tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor, y sentados en una mesa tres niños pequeños devoraban pizzas, haciendo uso de sus manos, manchándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían fuera.
En ese momento entró ella al bar.
Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos. Pasó con toda su adolescencia junto a nosotros.
Yo levanté la vista, tú encendiste un cigarro. Me llamó la atención esa flor roja que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada. Vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a surgir palabras. Yo apuré la copa, tú fumabas y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo pa´ que me trajera otra grapa:
—¿Por qué camina usted así? —le preguntaste.
—Para no pisarlas —respondió el mozo encogiéndose de hombros y notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo.
Observé a los padres que seguían discutiendo fuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras. Tú apagaste el cigarro, yo me agaché para tocar el agua, y allí viste por encima de mi hombro como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha y ya las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa. Los padres entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar, llegaron donde los niños; pasó un trozo de pizza flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida. Pero a ti te molestó, porque ya no podías fumar. Claro, es que a esa altura los dos flotábamos. Si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear. El trago se me había quedado abajo y logré sacarlo a flote mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… Y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar.
¹Grapamiel: tradicional bebida uruguaya elaborada a base de grapa y miel de abeja.
Correo nacional
Se encuentra de espaldas, sentado a la mesa con un espejo colgado en la pared; sus manos con guantes escriben una carta:
Claudia:
Esta será la última carta que recibas de mi parte; si fue tu decisión dejarme, no insistiré. Solo quiero que sepas que yo aún te amo, y lo que siento por ti es inmortal.
Sé que no comparto tus gustos, cambiarme por tu amiga, la fetichista; es algo que jamás entenderé. Sus juguetes no se comparan a lo que yo te puedo dar.
Quiero que sepas que te extraño, y que te recuerdo siempre. Puedo verte de pie frente a mí, riendo, puedo tocarte, escuchar tu voz; porque cada vez que cierro lo ojos, mi amor me permite tenerte de vuelta.
Levanta la vista y su novia está parada frente a la mesa.
—¿Acaso esto es real?
—No, no lo es; tu amor me trajo de vuelta
—¿Por qué me abandonaste?
—Yo no te abandoné, vos falleciste; y llevas muerto ya seis meses, solo que tu conciencia aún no lo sabe. Mírate al espejo.
Gira y se ve putrefacto en el espejo, se asusta, y cuando vuelve la vista al frente, la chica ya no está. Ensobra la carta, escribe la fecha, la dirección, y dibuja un corazón flechado al final; entonces se quita los guantes y observa sus manos comidas por los gusanos.
Al día siguiente, el cartero arroja un sobre por debajo de alguna puerta, una chica algo machona lo levanta y al voltearlo, tiene aquel corazón flechado dibujado; mira la fecha y grita:
—¡Claudia…! —molesta— ¡Otra carta vieja de tu noviecito muerto!
La crecida
Una araña, una araña de considerable tamaño, cruza velozmente por encima de la mesada de la cocina cuando Elena (estará en el bar… seguro que está bebiendo con sus amigotes en el bar) ¡Paf!, la mata de un golpe con el palo de amasar; lo limpia debajo de la canilla y continúa haciendo las tortafritas. El perro comienza a ladrar fuera y no para; mientras la pequeña Andrea, acostada en la cama junto al ventanal de su cuarto, intenta dormir la siesta. Papi no me lastima, papi me quiere, piensa cuando una langosta voladora se estrella contra el vidrio y queda rebotando una y otra y otra vez contra el cristal hasta que Andreíta se levanta. …Cuando me toca, así me toca… aquí me toca; papi no me lastima, papi me quiere.
—Hip… sirva otra …hip… copa, cantinero y brindemos porque paró de llover.
—Dicen que en el norte llovió mucho más que acá, y que se viene la crecida por el río
—Y a quien le impor …hip… ta, si el agua viene y va, siempre es lo mismo …hip…; cantinero, …hip…, sirva la penúltima que me vuelvo pa’ casa.
En su hogar, Elena termina de fritar la última torta cuando ve como por debajo de la puerta se mete a la casa un extraño ciempiés y el perro que no para de ladrar y en eso, también entra la niña a la cocina:
—Mami mami, ¿papi dónde está?
Y ese perro por favor que no para; entonces Elena abre la puerta de la cocina que da al fondo para ver a una serpiente pasar a toda velocidad por enfrente suyo y más allá, el agua, revuelta y marrón, cargando con plantas y animales muertos, se aproxima en silencio y el perro que no deja de ladrarle al agua y a cuanto bicho le pasa por enfrente huyendo de esta.
Elena lo desata y entra presurosa a la casa donde, frenética, comienza a meter toda la ropa dentro de una maleta ante la atónita mirada de Andreíta, que recostada en el marco de la puerta acaricia al perro, casi de su altura, y lo abraza. En ese momento entra Francisco, que sin mediar palabra y ni enterado de la venida del agua; va directo al dormitorio, dejándose caer sobre la cama donde queda inmóvil. Elena comienza a sacudirlo y este balbucea, balbucea cosas sin sentido en un estado de semi-inconsciencia del que no parece despertar, pese a los esfuerzos de esta madre, que toma a su hija en brazos y maleta en la otra mano, sale por la puerta de enfrente. Ya con el agua por los tobillos, gana la calle y se encamina hacia arriba, hacia el centro del pueblo mientras que su esposo…
—¿Y papi, papi no viene?
Francisco sigue inconsciente en la cama y el agua…
El hombre infinito
—Es increíble la ventaja que le lleva a los demás competidores y se aproxima al último tramo donde acelera aún más y cruza la meta… La carrera de los cien metros llanos, olimpíadas 2085 ha terminado y como se esperaba, el japonés Sakamura, ha impuesto un nuevo record bajando la marca al increíble tiempo de dos segundos cuatro décimas, sí, escucharon bien, dos segundos cuatro décimas para correr cien metros. Me pregunto si tendrá sentido seguir compitiendo ahora… Jota Jota
—Yo no sé si habrá otra olimpíada después de esta, pero que este año nos vamos a llevar varias sorpresas… no tengo dudas, Romano
—¿Cuáles sorpresas? Si es un hecho que los japoneses, americanos y demás van a ganar en todas las competencias, la sorpresa sería si algún atleta normal, del tercer mundo, lograse al menos clasificarse…
El viejo apagó el televisor, apretando un botón en el control remoto; aquello era una reliquia que conservaba desde su juventud. Se levantó con dificultad de la poltrona, que le quedaba muy baja para sus piernas cansadas, entumecidas, atravesó el salón arrastrándolas pasito a pasito y se paró al pie de una larga escalera a observar los muchos peldaños que subían hasta su dormitorio. Respiró hondo y subió despacio esas escaleras, ya le costaba poder respirar, jadeaba a cada paso que daba; y se paró. Nunca había estado tan agitado, pensó y se desvaneció rodando escaleras abajo.
Pip…, pip…, despertó en un cuarto blanco, pip…, pip…, era el único sonido que escuchaba; con la vista algo nublada observó a su alrededor y creyó hallarse en el quirófano de un muy costoso y moderno hospital, por el cual él nunca había pagado. Sacó su mano derecha de entre las sábanas y la artritis, que se la había dejado deforme y casi inmóvil, ya no estaba. Apretó su puño con tanta fuerza como cuando tenía veinte años… o quizás más. Supo entonces lo que había ocurrido y cerró sus ojos: “Señor, sé que no te he hablado en mucho tiempo; espero que me escuches ahora…” y su oración se vio interrumpida por la repentina aparición de una enfermera, cuyos labios parecían frutillas de enero:
—Padre Antonio, hay un agente de la Federación espacial que desea hablar con usted; le diré que pase…
Y ni bien terminó de decir esto, el padre Antonio quedó solo en la habitación.
Aún desde la camilla, comenzó a observar a su alrededor con mayor detenimiento; no hacía falta ser doctor para saber que los equipos que allí se encontraban eran de última generación, de hecho… “Creo que ni siquiera hay de estos en la Tierra y quién habrá pagado…”
—Padre Antonio
—¡Mierda! Casi me matas de un susto
—Soy el Agente de la Federación…
—…de las naciones espaciales, ya lo sé
—Habrá notado entonces su mejoría física
—Sí… Parece que estiraron a este viejo un poco más
—Técnicamente, usted ya estaba muerto cuando lo encontramos; un infarto y dos huesos rotos, ¿recuerda?
—Las escaleras… sí
—Pues aquí no hay escaleras, ni siquiera tendrá que caminar aunque podrá hacerlo si lo desea
—Acércate un poco más… para poder tocarte
—¿Tocarme…?
—Sí, para saber si eres de verdad
—Soy real Padre Antonio, todo esto es muy real –y se lo dijo invitándole con sus manos a mirar alrededor.
