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Con la agudeza crítica que lo caracteriza, Loïc Wacquant recapitula en estas páginas las tres etapas de la "etnografía urbana" surgida en Chicago hace más de un siglo y sitúa históricamente la controversia sobre la etnografía de las relaciones raza, clase y moralidad dentro y alrededor del gueto negro en Estados Unidos en la era del neoliberalismo. Asimismo, denuncia el avance de lo que denomina "etnografismo", la creencia de que basta con la inmediatez del campo para producir conocimiento sólido. Este pensamiento, advierte, conduce a paralogismos que limitan el alcance de la investigación social: desde reducir la interacción al encuentro cara a cara hasta absolutizar los significados subjetivos, olvidar la historicidad de los fenómenos o confundir categorías nativas con conceptos analíticos.
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Seitenzahl: 570
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Universidad Nacional Autónoma de México
Loïc Wacquant
Traducción: Mario A. Zamudio
AVISO LEGAL Miseria de la etnografía de la miseria, de Loïc Wacquant. La obra Miseria de la etnografía de la miseria, de Loïc Wacquant, fue publicada originalmente en 2023. La Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial y la Facultad de Economía de la UNAM la publicaron, de manera impresa, en 2025. Directora general de Publicaciones y Fomento Editorial: Socorro Venegas. Subdirectora editorial: Elsa Botello. Formación: Inés P. Barrera. Corrección de estilo: Ileana Arias Leal. Lecturas: Ileana Arias Leal y Estela Palomino. Cuidado editorial: Angélica Antonio Monroy. Esta edición de un ejemplar (2.1 Mb) fue preparada por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. La coordinación editorial estuvo a cargo de Elsa Botello López y Camilo Ayala Ochoa. La producción y formación fueron realizadas por Hipertexto – Netizen https://hipertexto.com.co/. Este libro fue publicado en el marco del Programa de Apoyo a la Publicación de la Embajada de Francis en México / IFAL. Misère de l’ethnographie de la misère by Loïc Wacquant © Éditions Raisons d’agir, 2023 Primera edición electrónica en formato ePub: 3 de diciembre de 2025. D. R. © 2025 UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO Ciudad Universitaria, 04510, Ciudad de México, México. Facultad de Economía Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial www.libros.unam.mx ISBN: 978-607-642-134-5 Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio sin autorización escrita de su legítimo titular de derechos. Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Hecho en México.
Al Visigodo
“En cuanto al método, por lo demás,nunca se puede hacer nada que nosea provisional, porque los métodoscambian a medida que la ciencia avanza.”
ÉMILE DURKHEIM,Les règles de la méthode sociologique (1895).
El presente libro es un ejercicio de reflexión científica con el que no se pretende debilitar el trabajo de campo, sino consolidar sus fundamentos epistémicos y, por consiguiente, las reglas prácticas. Como lo sugieren los autores de la obra Le métier de sociologue [La profesión de sociólogo]: “la epistemología es una disciplina eminentemente política”;1 se desarrolla siempre de manera estratégica, en función de la evolución de los conocimientos y de las técnicas asentadas sobre las relaciones de fuerza y de sentido constitutivas del campo científico y, consecuentemente, en respuesta a los obstáculos y a los peligros propios de un momento de reflexión intelectual. A comienzos del siglo, la etnografía disfrutaba de una gran popularidad dentro y fuera del cenáculo académico; su capacidad de hacer entrar al lector en un “mundo social” extranjero, incluso extraño,2 los resúmenes, al mismo tiempo íntimos y vívidos, que podía elaborar de ese mundo, así como las enseñanzas cívicas que sugería en favor de la normalización cultural que llevaba a cabo, constituían, junto con la historia de ese mundo, el “rostro público” de la ciencia social. De ahí una presión, interna y externa, a practicar el exoterismo [parte de una tradición o religión que puede ser revelada a los no iniciados] que, al mismo tiempo que garantiza el éxito entre un público profano o experto, puede comprometer la arquitectura conceptual, el rigor metodológico y la validez empírica del trabajo de campo.
Ése es el peligro que quisiera señalar y, mientras sea posible, exorcizar por medio de una crítica meticulosa de lo que llamaría el empirismo moral—o moralizador, dado que, como se verá, la frontera entre uno y otro es peligrosamente porosa—de la etnografía urbana estadounidense y, singularmente, de la tradición del trabajo de campo descendiente de la Escuela de Chicago.3 El empirismo moral puede ser definido como una posición epistemológica y como una antropología filosófica; o bien, como una concepción del conocimiento y del ser en el mundo histórico basada en cinco principios: 1) el dato sensible es directamente accesible: todo está “en la superficie” y “a la vista”; 2) los conceptos analíticos guardan una relación de continuidad lógica y semántica con los conceptos autóctonos; 3) la teoría es una sistematización local de los hechos establecida post factum [después de los hechos]; 4) los agentes sociales son, ante todo, seres morales situados en “mundos sociales” locales, y 5) la vida en sociedad es, principalmente, una cuestión de símbolos y de sentimientos.
En el transcurso de este libro, se comprobará que las nociones de estructura, de mecanismo oculto, de discontinuidad epistémica, de intereses y de relaciones de fuerza, materiales y simbólicas, y de la lucha como motor de la historia, son las que vacilan cuando se pretende hacer desaparecer los cuerpos y los bienes desde esa perspectiva. Para los interaccionistas simbolistas que, durante mucho tiempo, han sido la fuerza motriz de la etnografía urbana en Estados Unidos, el proceso central en la elaboración de lo social es la comunicación, en línea directa con John Dewey y George Herbert Mead. Para la sociología genética elaborada por Pierre Bourdieu e inspirada en ese sentido por Max Weber—quien será el guía de mi crítica—, la dominación es la que estructura las relaciones y los universos sociales;4 pero, sobre todo, según el enfoque del trabajo de campo de factura empirista que predomina hoy en día en las ciencias sociales, la función activa de la teoría como instrumento razonado de elaboración de los hechos se ve disminuida, cuando no es negada francamente, porque, supuestamente, los datos han sido “recolectados” aquí y allá—como se hace con los hongos en una recolección en el bosque—antes de ser organizados tanto mediante una “inducción analítica” como para llevarla a cabo.5
En contra de esa visión, que estipula una epistemología específica para lo que, por conveniencia lingüística, se denomina “estudios cualitativos”, es necesario y basta reafirmar que, como todo hecho científico, el hecho etnográfico es “conquistado, construido y comprobado” con el propósito de despejar el horizonte del saber sociológico de los obstáculos que cierta idea romántica del hombre y de la sociedad pone en su camino.6 Contra la “thick description” [“descripción densa”] preconizada por Clifford Geertz, último refugio antropológico de la renuncia positivista,7 defenderé la “thick construction” [“construcción densa”] derivada de la sociología reflexiva de Pierre Bourdieu, una construcción al cuadrado que tiene como misión elaborar científicamente una construcción social ordinaria de la realidad que será necesario anclar, sin falta y sin ambages, en la triple historicidad del agente, del mundo y del conocimiento.
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Nota para el lector. Esta obra querría ser inteligible analíticamente y utilizable prácticamente en los diferentes campos sociológicos nacionales. Se centra en la tradición estadounidense de la etnografía llamada “urbana”, captada en un momento crucial de su historia, porque es genealógica y estructuralmente dominante a la escala mundial,8 considerada casi en todas partes como un modelo en el cual inspirarse, en bruto o mezclado con las corrientes de la época, y cuyos productos más consumados ilustran vívidamente los defectos y peligros del etnografismo. Corresponde a los investigadores de cada país llevar a cabo el trabajo de transposición necesario para adaptar los argumentos del libro a su propio medio científico y a su propia coyuntura intelectual. Sin dejarse llevar demasiado: así, por ejemplo, la generación de jóvenes etnógrafos de Francia, criados con el biberón “bachelardiano”, podrá pensar que la crítica del empirismo moral y de la heteronomía analítica no les concierne. Sería fácil demostrar que se inspiran en muchos de los trabajos publicados en la estela de los “problemas sociales” del momento. Una inyección de recordatorio epistemológico nunca está de más.
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1 Pierre Bourdieu, Jean-Claude Chamboredon y Jean-Claude Passeron, Le métier de sociologue. Préalables épistémologiques ([1968] 2022, pp. 96-100). Debido a que leyeron y reaccionaron a varios pasajes y versiones sucesivas de ese texto, doy las gracias a Javier Auyero, Timothy Black, Jérôme Bourdieu, Philippe Bourgois, Sébastien Chauvin, Mark de Rond, Matt Desmond, Chris Herring, Kimberly Kay Hoang, Yan Long, Jordanna Matlon, Ékédi Mpondo-Dika, Chris Muller, Étienne Ollion, Mary Pattillo, Amín Pérez, Virgílio Pereira, Ana Portilla, Annick Prieur, Franck Poupeau, David Showalter, Martín Sánchez-Jankowski, Victor Shammas y Ana Villareal. Sus críticas y sugerencias fueron muy valiosas para mí, incluso cuando no las seguí. Por otra parte, con el propósito de evitar la pesadez de la escritura inclusiva, opté por alternar el género masculino con el femenino en la designación de los sujetos. Las fotografías que dan inicio a cada parte del libro provienen de mis archivos de campo, tomadas en el barrio del hipergueto de Woodlawn, Chicago, entre 1989 y 1991.
2 Esa noción clave fue desarrollada por Anselm Strauss, figura importante del interaccionismo simbólico y coinventor, junto con Barney Glaser, de la “teoría fundamentada” (grounded theory), a partir de la psicología social de George Herbert Mead (Strauss, 1978).
3 A propósito de esa “escuela”, que, en realidad, no es una escuela, se puede leer a Jean-Michel Chapoulie (2001), así como el esclarecedor artículo de Christian Topalov, “Écrire l’histoire des sociologues de Chicago” (2003). Para tener una visión desde el interior, léase a Andrew Abbott (1999).
4 A manera de contraste, véase las obras de John Dewey, para quien la comunicación es “el mayor de los artes de vivir”: Democracy and Education. An Introduction to the Philosophy of Education (1916) y Démocratie et éducation. Suivi de Expérience et éducation (2022), así como de Max Weber, La domination (2013), para quien la dominación es “omnipresente” (lo que él expresa mediante el adjetivo Herrschaftlich).
5 Jack Katz (2001).
6 Pierre Bourdieu, et al., Le métier de sociologue…, op. cit., p. 24.
7 Clifford Geertz, “Thick Description. Toward an Interpretive Theory of Culture” (1973).
8 La prueba de la influencia continua, si no creciente, del empirismo moral de Chicago en Francia es la reciente publicación en lengua francesa de la obra casi mítica de 1967 de Barney G. Glaser y Anselm L. Strauss, La découverte de la théorie ancrée. Stratégies pour la recherche qualitative (2017), que es la continuación de las antologías de textos de Anselm Strauss, La trame de la négociation. Sociologie qualitative et interactionnisme (2004), y de Everett Hughes, Le regard sociologique. Essais choisis (1997). También lo atestigua la serie de traducciones de cuadernillos de pragmática epistemológica de Howard Becker, entre los que se incluye Faire preuve. Des faits aux théories ([2017] 2020), y una visión general de su trabajo por Jean Peneff (2014); la traducción, por Nels Anderson, de Le hobo. Sociologie du sans-abri (2018); los esfuerzos inagotables por dar a conocer las obras de Robert Park, entre ellos, los de Suzie Guth (2008), y la reedición periódica del “Que Sais-je”, de Alain Coulon (2020). Para ampliar el enfoque desde una perspectiva internacional, véase Christian Topalov (2015).
“Si dos hombres quieren entenderserealmente bien, primero han tenidoque contradecirse. La verdad es hijade la discusión, no hija de la simpatía.”
GASTON BACHELARD,Le matérialisme rationnel (1953).
Con este libro, pretendo aportar una triple contribución al debate y a la práctica sociológicos. En primer lugar, por medio de la crítica metódica de tres obras que, desde el principio, fueron consideradas canónicas sobre el tema, una contribución al estudio de las relaciones entre la raza, la clase y el Estado en la ciudad estadounidense que aclara, no únicamente las transformaciones, reales o imaginarias, del gueto negro estadounidense durante el cambio al nuevo milenio, sino, también, por extensión, las investigaciones sobre la pareja marginalidad y etnicidad en las ciudades europeas en la era neoliberal.1
Se trata, en segundo lugar, de un estudio de caso en la ciencia de la ciencia que provoca y, después, relata una controversia incorporada a los anales de la ciencia social estadounidense e internacional y que, por esa razón, puede servir como un analizador vivo de las funciones que desempeñan el capital intelectual y el capital burocrático en el funcionamiento de un campo de producción erudita; así como señala los peligros de la interferencia, que es inevitable, pero que es necesario esforzarse colectivamente por limitarla, de los factores sociales en la polémica científica, catalizador indispensable del progreso de la razón.2
En tercer lugar, por último, el título Miseria de la etnografía de la miseria hace reflexionar en la construcción del objeto etnográfico que desemboca en recomendaciones prácticas cuyo objetivo es tejer vínculos más estrechos y sólidos entre la teoría, lo empírico y la política del conocimiento en la conducción de la investigación de campo, especialmente cuando ésta se refiere a unos objetos contaminados y sobrecargados de fantasmas, lo que quiere decir que, al esbozar en estas páginas una radiografía del inconsciente social de la sociología estadounidense en torno al díptico raza y pobreza, se busca advertir a los investigadores europeos sobre el riesgo de importar conceptos, temas y objetos de estudio provenientes del otro lado del Atlántico sin “derechos de aduana” epistémicos.3 Es necesario y suficiente revelar los supuestos sociales y las debilidades científicas que esos problemas preconstruidos transportan a su propio ámbito para demostrar la imperiosa necesidad de la prudencia en la realización de la investigación de campo mucho más que en ningún otro registro de la sociología.4
El núcleo de este libro está constituido por la traducción de mi artículo “Scrutinizing the Street: Poverty, Morality, and the Pitfalls of Urban Ethnography” [“El escrutinio de la calle: la pobreza, la moralidad y los inconvenientes de la etnografía urbana”], secuencia de artículos publicados en 2002 en el American Journal of Sociology, primera revista de la disciplina al otro lado del Atlántico.5 El libro está precedido por una perspectiva histórica y analítica que proporciona los elementos necesarios para su comprensión y que arroja luz sobre la disputa real/falsa que habría de suscitar, lo que condujo a una censura rígida, a un silencio organizado por los estadounidenses y a un debate abierto y fructífero en los otros continentes, contraste que servirá para extraer los basamentos sociales de los debates sociológicos. Con el propósito de no ser sospechoso de haber reescrito la historia, conservé el texto original casi hasta la última coma. En el caso de las notas, por el contrario, fueron actualizadas y enriquecidas con el propósito de aclarar el contexto y la argumentación y, en algunos casos, fueron incorporadas a lo largo del texto en letra pequeña con el propósito de facilitar su lectura.
Esa traducción fue seguida de una reflexión sobre la epistemología política del trabajo de campo, en la que respondo a las réplicas a “Scrutinizing the Street” [“El escrutinio de la calle”] y extraigo las lecciones de sociología de las ciencias sociales de esa Streit, esa controversia que, como veremos, sigue siendo de actualidad, aun cuando haya adoptado formas nuevas. En efecto, veinte años más tarde, aunque la investigación de campo ya ha experimentado una nueva edad de oro en las grandes universidades del otro lado del Atlántico, los mismos defectos han seguido afectando a la etnografía urbana estadounidense y amenazan su estatus dentro y fuera del cenáculo universitario, como lo ilustra la furia política y científica en torno a la obra herética, aclamada primero y, después, desacreditada, de Alice Goffman: On the Run [En fuga].6 La demanda social de libros emocionantes que lleven a sus lectores a la “jungla” del gueto negro—o a lo que queda de él—sigue pesando sobre ese sector de la producción científica y frena la plena integración de la etnografía en el conjunto de los métodos de las ciencias sociales. Lo mismo ocurre con las feroces protestas de los investigadores, los doctorandos y los comentaristas de todo tipo contra el hecho de que los sociólogos de campo blancos estudien los “problemas” de las “comunidades de color”, que replantean la cuestión de la relación entre la identidad étnica del etnógrafo y la de sus sujetos, una cuestión que ya había contribuido a la astenia de la encuesta de campo sobre la raza y la clase en la ciudad en los años setenta y ochenta, como se verá más adelante.
Esbozaré someramente la escena y el perfil de los protagonistas. En la primavera de 2001, la revista American Journal of Sociology me invitó a escribir una nota crítica sobre tres libros que tratan de la raza y de la pobreza en la ciudad estadounidense: Sidewalk [La acera], de Mitchell Duneier, Code of the Street [El código de la calle], de Elijah Anderson, y No Shame in My Game [No me avergüenzo de mi juego], de Katherine Newman, quienes, desde su aparición, habían sido unánimemente aclamados como hitos del género.7 Conocía bien los trabajos anteriores de sus autores—investigadores reconocidos como autoridades en su campo—y estando yo mismo comprometido en un trabajo de campo etnográfico en el South Side de Chicago (trabajo que llevaría a la publicación de Corps et âme [Cuerpo y alma] y de Parias urbains [Parias urbanos]),8 tuve curiosidad por examinar detenidamente su última producción. Leí y releí los tres tomos y, contra mi propia voluntad, llegué a la conclusión de que, lejos de proporcionar modelos que se pudiesen imitar, son problemáticos en varios aspectos: una epistemología deficiente, tergiversaciones conceptuales, propensión al moralismo, carencia de reflexión y una ceguera desconcertante con respecto a la enorme riqueza de los materiales etnográficos que contienen; sin embargo, fueron aclamados. ¿Por qué, entonces?; ¿qué hacer? ¿Rechazar la oferta del American Journal of Sociology (siempre es más agradable y, sobre todo, más rentable profesionalmente publicar una reseña ditirámbica) y dejar resonar el coro de alabanzas o, bien, expresar mis reservas, con el riesgo de asumir la errónea función del malvado que impide dar vueltas etnográficas en redondo?
Me decidí a aceptar mi misión y me tomé varios meses para redactar pacientemente mi nota crítica, en un diálogo constante con Pierre Bourdieu, quien releyó las sucesivas versiones y me exhortó a aprovechar la ocasión para hacer una aclaración de epistemología sociológica en actas: la deconstrucción meticulosa de la tambaleante construcción de un objeto cargado de significados morales y políticos reveladores del inconsciente social y racial de la sociología estadounidense.9 De la docena de páginas que había previsto, el texto aumentó hasta ennegrecer 65 páginas impresas. Así, “Scrutinizing the Street” [“El escrutinio de la calle”] se convirtió en la nota crítica más larga de la historia de la revista American Journal of Sociology, pero, asimismo, en “la más controvertida jamás publicada”, dixit Michael Burawoy, presidente de la Asociación Estadounidense de Sociología en esa época. Su publicación fue seguida por tres críticas especialmente mordaces de Mitchell Duneier, Elijah Anderson y Katherine Newman, quienes, para avanzar rápidamente, a lo largo de 67 páginas, redujeron mi argumentación epistemológica a un conflicto (y un panfleto) político y pusieron en tela de juicio mi competencia profesional.10 Inmediatamente después, Andrew Abbott, el director del comité editorial de la revista American Journal of Sociology, declinó mi solicitud de responder a sus respuestas.
Durante los meses y los años que siguieron, los tres autores se negaron a cruzar espadas sociológicas conmigo e intentaron desacreditarme, de acuerdo con la expresión “si no quieres escuchar el mensaje, mata al mensajero”. Por correo certificado con el membrete de un bufete de abogados, me notificaron la prohibición de hacer circular sus tres respuestas a mi artículo con base en sus derechos de autor y crearon en el internet un sitio web ad hoc en el que se podía publicarlas. Enviaron a una larga lista de eminentes colegas el texto de sus tres respuestas (aunque no el de mi artículo), y se quejaron públicamente de que, supuestamente, yo había “violado el código ético” de la Asociación Estadounidense de Sociología. En dos ocasiones declinaron la oferta de debatir en público nuestras diferencias científicas: en noviembre de 2002, por invitación de William Julius Wilson, que deseaba organizar un simposio presencial sobre la ponencia en Harvard, bajo los auspicios de los Departamentos de Sociología y Estudios Afroamericanos y la Kennedy School of Public Policy, con el fin, según me dijo en un correo electrónico, de “iniciar el debate que no había tenido lugar en la revista American Journal of Sociology”; y, posteriormente, en enero de 2003, a invitación de Michael Burawoy, quien había propuesto dirigir una sesión plenaria sobre “La política y la ética de la etnografía” con los cuatro protagonistas a propósito de las reuniones anuales de la Asociación Estadounidense de Sociología que entonces él presidía. Ese rechazo a discutir públicamente los argumentos científicos desarrollados en “El escrutinio de la calle” resultó tanto más sorprendente cuanto que, paralelamente, el artículo estaba siendo ampliamente debatido fuera de Estados Unidos.
En octubre de 2002, la Escuela de Ciencias Sociales de Ámsterdam, junto con los sociólogos Abram de Swaan y Godfried Engbersen, el antropólogo Peter Van den Veer y el historiador Don Kalb, organizó un simposio sobre el tema “After Scrutinizing the Street: Some Implications for Conducting Urban Ethnography” [“Después de ‘El escrutinio de la calle’: algunas implicaciones para llevar a cabo la etnografía urbana”]. En marzo de 2003 fue organizada una mesa redonda sobre “El escrutinio de la calle” en la Universidad de York, en Toronto (con Tim Diamond, Terra Milbright, Ronaldo Walcott y Fuyuki Kurasawa). En junio de 2003 fue el turno del Laboratorio de Ciencias Sociales de la École Normale Supérieure de París de celebrar un seminario sobre “Heurs et malheurs de l’ethnographie urbaine américaine” [“Éxitos y fracasos de la etnografía urbana estadounidense”]. El debate eludido tuvo lugar, en noviembre de 2004, en la Universidad de Oporto, bajo el título “El paria, el sabio y el político: interrogantes sobre etnografía urbana”, y, en septiembre de 2005, en la Universidad Federal de Río de Janeiro, con el título “Qu’est-ce qui fait une bonne ethnographie? Épistémologie et politique de l’enquête de terrain” [“¿Qué se necesita para una buena etnografía? Epistemología y política de la investigación de campo”]. Por último, en junio de 2006, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Bristol, se analizó “El escrutinio de la calle” bajo el título “Theory, Politics, and Reflexivity in Ethnography” [“Teoría, política y capacidad de reflexión en la etnografía”].
En Estados Unidos, silencio radial. La losa de plomo profesional que pesa sobre el debate intelectual es tal que varios sociólogos negros de la nueva generación me escribieron para decirme hasta qué grado el “El escrutinio de la calle” los había “sacudido” y les “había hecho bien”, pero no podían arriesgarse a decirlo públicamente; sin embargo, numerosos colegas que enseñaban sociología urbana o etnografía hacían leer a sus estudiantes el simposio en su totalidad. No fue sino hasta mayo de 2010 cuando el Spring Institute de la Society for Social Research, la asociación de estudiantes de doctorado en sociología de la Universidad de Chicago, se atrevió a invitarme a responder a un panel de eminentes etnógrafos de la facultad sobre “El escrutinio de la calle”.11 El rechazo a debatir ese texto sería un obstáculo para recibir la versión en inglés de Corps et âme [Body and Soul-Cuerpo y alma]. De esa manera, tres representantes del interaccionismo simbólico fueron explícitamente encargados por la revista Symbolic Interaction de “ejecutar” el libro y, de esa manera, vengar a la Escuela de Chicago en una emboscada disfrazada de simposio.12
En cuanto a Howard Becker, decano de dicha escuela y mentor de Anderson y de Duneier, difundía vilezas en contra de “El escrutinio de la calle” en todos los países que visitaba, Francia entre ellos.13 En 2006, a iniciativa suya, la Revue Française de Sociologie publicó una nota crítica de Duneier sobre Body and Soul (¡a pesar de que la revista ya había hecho una reseña del original francés en 2001!)—traducción francesa de un artículo que, debido a su pobreza, ninguna revista había considerado publicar al otro lado del Atlántico—, con el supuesto pretexto de que debía contribuir desde el Hexágono “al debate” iniciado por “El escrutinio de la calle”, pero al que, convenientemente, la Revue Française de Sociologie olvidó invitarme.
¿Quiénes fueron los protagonistas de esa tragicomedia académica? Mitchell Duneier es un sociólogo formado en la Universidad de Chicago bajo la dirección de Edward Shils, el sostén del envejecido puente de la teoría parsoniana, para quien toda sociedad se mantiene mediante la adhesión de sus miembros a unos valores carismáticos (tema que veríamos resurgir en su pupilo).14 En 1993, su primer libro, Slim’s Table [La mesa de Slim], basado en su tesis doctoral, recibió el premio Distinguished Scholarship, el más prestigioso otorgado por la Asociación Estadounidense de Sociología.15 En ese libro describe con detalle las interacciones cara a cara entre jubilados negros de la clase obrera, con quienes comparte el almuerzo cotidiano en un restaurante-cafetería griego situado en el corazón de Hyde Park—barrio blanco y acomodado de la Universidad de Chicago; pero, curiosamente, el establecimiento es presentado como típico del gueto negro del South Side—. Duneier celebró la afirmación de una masculinidad afroestadounidense “respetable” que daba testimonio de la capacidad moral de los negros y oponía el medio obrero al universo desorganizado e inmoral de la subclase (underclass) urbana que entonces daba de qué hablar tanto a la crónica política como a la sociológica.16
La segunda etnografía de Duneier, titulada Sidewalk [La acera] y publicada en 1999, sumerge a sus lectores en el mundo social de los negros sin techo que eran revendedores de revistas en Greenwich Village, el barrio bohemio y aburguesado de Nueva York. La pretensión de la autora era persistir en su demostración de que los negros son seres animados por la moralidad, así como poner en alto el estandarte de la investigación de campo a la manera de Chicago. El éxito popular del libro más allá del cenáculo académico (donde ganó el premio C. Wright Mills de la Society for the Study of Social Problems), le abrió a su autora las puertas de la Universidad de Princeton, que le ofreció la nominación a una cátedra poco después de dicha publicación.
Elijah Anderson es el sociólogo negro al que se hace referencia en la etnografía llamada “urbana”. Hijo de una familia obrera del Oeste Medio industrial, llevó a cabo sus estudios en la Universidad de Chicago (donde obtuvo una maestría bajo la dirección de Gerald Suttles) y, poco después, con Howard Becker, en la Universidad de Northwestern, en el norte de Chicago, durante los años setenta. Su tesis, reelaborada y publicada en 1978 con el título A Place on the Corner [Un lugar en la esquina], se inspiró en el marco analítico basado en el libro de Erving Goffman, The Presentation of Self in Every Day Life [La presentación de uno mismo en la vida cotidiana], para describir minuciosamente la construcción microsociológica de un orden social local: el que unía a los regulars (habituales), a los hoodlums (delincuentes) y a los winos (borrachos) que frecuentaban la licorería de Jelly, en la esquina de una decrépita calle del gueto de Chicago.17
Siendo un profesor todavía joven, Anderson se convirtió en el colega de Erving Goffman en la Universidad de Pensilvania, donde, unos diez años más tarde, publicó Streetwise: Race, Class, and Change in an Urban Community [Conocimiento urbano: raza, clase y cambio en una comunidad urbana],18 obra distinguida con el Premio Robert E. Park de la Sección “Community and Urban Sociology” de la Asociación Estadounidense de Sociología (el premio lleva el nombre del fundador de la primera Escuela de Chicago). En esa obra, Anderson desentrañó el conflicto abierto que tenía lugar en el espacio público entre, por una parte, la clase media negra y blanca de un barrio rico de Filadelfia y, por la otra, los negros pobres de un gueto vecino devastado por el comercio de las drogas, o, dicho en otros términos, la manera como los habitantes de la ciudad estadounidense polarizada adquieren la “sabiduría de la calle” (street wisdom) que les permite negociar cotidianamente la frontera de clase y de raza que se abre entre ellos y que alimenta el temor y las obsesiones urbanas cuya encarnación es el símbolo de la subclase (underclass). Cada grupo tenía que luchar, no únicamente para proteger su perímetro físico, sino también para forjar “una comunidad moral compartida”, un tema que ha sido muy atractivo para la Escuela de Chicago desde los años veinte. Una decena de años más tarde, en Code of the Street, retomaría y refinaría esa temática, aplicándola al conflicto larvado entre las familias “decentes” y las familias “de la calle” en el seno mismo de los vestigios del gueto negro.
En cuanto a Katherine S. Newman, en el momento en que publicó No Shame in My Game sobre las tribulaciones de los jóvenes trabajadores de los restaurantes de comida rápida de Harlem, ya era una antropóloga de renombre que había abandonado su disciplina original por un importante puesto en la Facultad de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard, lo que le proporcionó los medios materiales, un aura profesional y un auditorio extramuros de una importancia sin comparación con los que habitualmente se concede a los antropólogos. En realidad, desde hacía ya una decena de años, ella era la antropóloga de referencia entre los círculos de especialistas que dominaban las investigaciones sobre la pobreza, la raza y las políticas públicas en Estados Unidos.
Newman obtuvo su doctorado en Antropología en 1978 en la Universidad de California, en Berkeley, bajo la dirección de Laura Nader—la hermana de Ralph Nader, tan radical como él—: escribió una tesis libresca de inspiración neomarxista sobre el derecho en las sociedades precapitalistas que le valió ser contratada por la Escuela de Derecho de esa misma universidad.19 Dos años más tarde, se unió a la Facultad de Antropología de la Universidad de Columbia, donde escribió Falling From Grace: Downward Mobility in the Age of Affluence [La caída de la gracia: la movilidad descendente en la época de la riqueza],20 libro notable y muy bien documentado sobre la experiencia del desempleo y de la movilidad social descendente entre los profesionales de la clase alta. Newman pertenece a esa corriente de la antropología estadounidense que repatrió la práctica etnográfica y estableció su campo de estudio en casa.21 En efecto, sus investigaciones se basan en entrevistas hechas a profundidad, antes que en la observación in situ. Tal es el caso de Declining Fortunes [Fortunas en decadencia], obra en la que profundizó en el tema de la traición de clase que ella situó en el centro del “sueño americano”, probablemente en relación con su origen social popular.22 Así, para escribir la obra No Shame in My Game, entrenó a un equipo de estudiantes de doctorado, financiado por la Russell Sage Foundation, que llevaron a cabo investigaciones de campo, cuyos materiales aprovechó vinculándolos con los datos demográficos, económicos y estadísticos;23 y lo hizo magistralmente, puesto que ese libro suscitó un amplio debate público antes de obtener los premios Robert F. Kennedy al Libro y el Sidney Hillman (que es una recompensa al periodismo de investigación).
Consecuentemente, los autores de los tres libros que me propongo escudriñar analíticamente son, todos ellos, investigadores en ciencias sociales experimentados y consagrados, de una ascendencia universitaria impecable. Los dos primeros fueron discípulos de Howard Becker y líderes de la nueva generación ascendente de los defensores del empirismo microsociológico a la manera de Chicago (posteriormente, Anderson y Duneier dirigieron, junto con Jack Katz, teórico de la etnografía de la ucla, la colección “Fieldwork Encounters and Discoveries” [“Encuentros y descubrimientos en el trabajo de campo”], en la editorial University of Chicago Press, cuyo título indica con claridad el prejuicio epistemológico). La tercera es una antropóloga muy conocida en los círculos de las investigaciones sobre políticas, lo cual quiere decir que la autora de esas líneas, entonces profesora en la Universidad de California en Berkeley, primera facultad de sociología del país, se enfrentaba a la fortaleza del individualismo moral que asolaba—y que todavía hace estragos—entre los interaccionistas simbolistas y en las facultades de políticas públicas. Un crimen de lesa majestad contra la etnografía llamada “urbana”, que entonces recolectaba los primeros frutos de una clara renovación.
Para comprender el despliegue de lo que la tradición académica nacional denomina “etnografía urbana”, una designación que, como se verá, no es tan evidente ni anodina como podría parecer, es necesario tomar en cuenta tres factores profundamente arraigados en la historia social y universitaria de Estados Unidos.
El primer factor es la concepción multisecular de la ciudad como lugar de disolución social, de perdición moral y de desorden político.24 Desde el origen del país como una colonia de pobladores agrarios, las élites culturales estadounidenses alimentaron un antiurbanismo virulento que habría de influir de manera duradera en la sociología urbana, empujándola, en algunas ocasiones, a esforzarse por rehabilitar la ciudad y a sus habitantes, y en otras, a retomar por su cuenta, para amplificarlo, el tropo de la desorganización, la oscilación de un polo a otro, mediante la disimulación de su determinación común.25 Así, como consecuencia de la ola de levantamientos de los negros en los años sesenta en las ciudades que estaban ingresando en la fase de la desindustrialización, el adjetivo urbano se convirtió en un cuasisinónimo de territorios y de poblaciones con problemas, entre los cuales el principal eran los afroestadounidenses pobres de la inner city, la ciudad interior, es decir, el centro pobre de las ciudades, un eufemismo geográfico comúnmente utilizado con el propósito de evitar calificar como tal el gueto y sus vestigios históricos.26 Ese antiurbanismo va acompañado del antiestatismo, de tal suerte que la vituperación de los habitantes de los barrios más desfavorecidos también va acompañada del menosprecio de los programas de asistencia social destinados a ellos, por lo que la estrecha asociación entre la blackness, o negritud, y el welfare, o asistencia social, hizo fracasar la llamada política de la “guerra contra la pobreza” lanzada en 1965 por el presidente Lyndon Johnson, antes de alimentar tres décadas de una guerrilla legislativa implacable contra la ayuda pública a los llamados desfavorecidos, es decir, a los indigentes.27
El segundo es que, en Estados Unidos, el estudio de la ciudad se apoya en el esquema del sentido común moral, ordinario y político, que divide a los pobres en categorías “merecedoras”, que suscitan compasión y, en ocasiones, admiración (cuando logran salir de su condición supuestamente por sus propios medios), y en categorías que “no son merecedoras”, cuya voluntad de trabajar y moralidad son puestas en duda y, por ello, es conveniente estigmatizarlas y disciplinarlas.28 También en ese caso, la etnografía llamada “urbana” habría de sumarse a la batalla simbólica que pretendía exonerar las categorías consideradas desviadas de la norma nacional idealizada, relacionando sus prácticas reprobatorias con sus condiciones sociales específicas y “normalizándolas”; por ejemplo, los fumadores de marihuana de Howard Becker, los hombres negros sin trabajo del gueto de Elliot Liebow y los hombres homosexuales de Humphreys que se daban cita en los baños públicos en los tiempos de la prohibición de la homosexualidad.29
Por último, el tercer factor, en Estados Unidos, la etnografía es un género metodológico que ocupa una posición que, en lo que respecta a la técnica, es subalterna y que, en el espacio de la sociología, está dominada en el aspecto académico. Únicamente fue establecida como una especialidad ya muy tarde, en los años sesenta, es decir, después de la consolidación de la ortodoxia del “positivismo instrumentalista”, que ha sostenido el paradigma dominante del funcionalismo estructural durante tres decenios.30 En realidad, no es posible comprender la virulencia de la controversia que iba a suscitar “Scrutinizing the Street” sin situar ese texto en la evolución de larga duración que experimentó la etnografía urbana a partir de su surgimiento en los años veinte hasta su florecimiento en los años sesenta y, después, su desvanecimiento a lo largo de casi treinta años.
La primera de las tres épocas de la etnografía urbana estadounidense fue la de su fundación por los investigadores de Chicago que trabajaban siguiendo la estela de Robert Park, un periodista convertido tardíamente en sociólogo e inventor del término “sociología urbana” en 1925, término que tomó prestado del movimiento de los militantes reformistas de los barrios desheredados mediante una calculada estrategia de legitimación erudita financiada por la familia Rockefeller.31 La idea de que la ciudad constituye un entorno en sí mismo, dotado de una forma propia, modelado por unas fuerzas objetivas y compuesto de un “mosaico” de barrios herméticos, y de que, a cada “zona natural” le corresponde una “región moral”, sentó las bases de los primeros estudios de campo sobre la ciudad estadounidense reconocidos en el ámbito académico.32
Es verdad que la audaz monografía de W. E. B. Du Bois, The Philadelphia Negro: A Social Study [El negro de Filadelfia: un estudio social], fue publicada veintiséis años antes, en 1899. En esa extensa obra—basada tanto en la observación directa de los 9 000 afroestadounidenses del séptimo distrito de la ciudad de Filadelfia como en un censo, en la realización de encuestas y en una extensa documentación histórica y estadística—, Du Bois hizo una detallada descripción de la comunidad negra urbana, de su perfil demográfico, de sus instituciones, de sus problemas más urgentes (la criminalidad, el pauperismo y el alcoholismo), de sus aspiraciones y de sus relaciones con la sociedad blanca; señaló la manera como el prejuicio de color se traducía entre los negros en una psicología social marcada por “el desaliento, la amargura, la hipersensibilidad y la irresponsabilidad”.33 Si bien ese estudio de campo no era etnográfico en el sentido contemporáneo, en el que habría reconstituido el punto de vista de los habitantes y el sutil tejido de las relaciones sociales y simbólicas en la vida cotidiana, sí es innovador por su factura holística y no deja de impresionar por su esfuerzo por relacionar las condiciones internas y las fuerzas externas, comenzando por la inflexible dominación blanca que la ciencia social estadounidense iba a dar por descontada durante cerca de medio siglo.34 Sin duda alguna, fue la primera gran sociografía urbana del siglo que comenzaba; sin embargo, a causa de su “raza”, Du Bois fue cuidadosamente condenado al ostracismo por la naciente sociología académica y The Philadelphia Negro [El negro de Filadelfia] siguió siendo una obra confidencial en gran medida hasta que fue publicada nuevamente, casi un siglo más tarde, a pesar de que su autor desarrolló los principios y las perspectivas de dicha sociología en sus estudios sobre “The Black North in 1901: New York” [“El Norte negro en 1901: Nueva York”] y en los Atlanta University Studies [Estudios de la Universidad de Atlanta], entre 1897 y 1914.35
Ahora bien, volvamos a Chicago. Un conjunto de estudios de la vida urbana “desde abajo” hizo que sus lectores ingresaran en unos mundos sociales desconocidos situados en las zonas inferiores del espacio social y físico. En The Hobo[El indigente o vagabundo], Nels Anderson, quien había sido él mismo un vagabundo en su juventud, describió la vida cotidiana de los trabajadores estacionales sin hogar que migraban de ciudad en ciudad trepándose a los trenes de mercancías.36 En Chicago, su capital y centro de tránsito, se insertaban temporalmente en un subproletariado compuesto, con sus propias instituciones, sórdidos hoteles, restaurantes de comida ilegal, tiendas de empeño, oficinas religiosas, que les proporcionaban alojamiento y comida a cambio de un simulacro de conversión, y la escuela de barberos donde uno se podía afeitar y cortar el pelo gratuitamente. Su punto de concentración, llamado “la jungla”, se encontraba en uno de esos “espacios intersticiales” de la ciudad de donde surgían las bandas delincuenciales estudiadas por Frederic M. Thrasher en The Gang (1927).37
El estudio de Thrasher es más impresionista, pero no menos impresionante por la variedad de datos que preparó para describir the ganging process [el proceso de formación de bandas], basado en el género, la edad, la clase y la etnia, pero, sobre todo, anclado en un territorio. Lo que hacía de un grupo de jóvenes una pandilla era precisamente la defensa manu militari de ese territorio en contra de la intrusión de los grupos rivales llegados de los barrios vecinos. Thrasher diseccionó las formas de sociabilidad cuyo soporte era la banda delincuencial, las causas de su reputación y los diversos tipos sociales que albergaba—“el gracioso”, “el marica”, “el presumido” y “el bromista”—. Involuntariamente, mostró que, en cuanto organización, la pandilla nace en un espacio de “desorganización”.
Ese interés por diferenciar los diversos tipos sociales correspondientes a lugares distintos se encuentra en The Gold Coast and the Slum [La Costa de Oro y el barrio de tugurios], de Harvey Zorbaugh.38 Ese autor contrastó las formas de vida social en seis “áreas naturales” que compartían un barrio heterogéneo de la Windy City, que comprendía tanto las zonas de viviendas-dormitorio y los tugurios, como el barrio bohemio y el enclave que albergaba a las “cuatrocientas familias” más ricas de la ciudad. De paso, proporcionó una primera visión empírica de la etiqueta, de las instituciones y de las divisiones internas de la alta burguesía estadounidense y de su mundo centrado en el cuidado de sí mismo, en el esparcimiento, en los viajes a lugares selectos y en las obras de caridad.39 Un medio fuertemente integrado que se oponía en todos los aspectos a la zona de las “casas de huéspedes” (rooming houses), en la que Zorbaugh vio la encarnación misma de la desintegración urbana en todo su horror: “El mundo de las casas de huéspedes no es, en ningún sentido, un mundo social, un conjunto de relaciones entre grupos por medio del cual se hagan realidad los deseos del individuo”, debido a la movilidad, al anonimato y al aislamiento de su población, situaciones que se traducen en “la apatía política, el relajamiento de las normas de comportamiento y la desorganización personal y social”.40
Con todo, la pequeña obra maestra poco conocida de esa época es The Taxi-Dance Hall [El salón de bailarinas pagadas], de Paul Cressey, que lleva a su lector a esos salones de baile de mala fama de la ciudad, generalmente atendidos por grecoestadounidenses, donde los hombres solteros, a menudo de origen asiático, podían “alquilar” una pareja, frecuentemente polaca, por diez centavos el baile, pago del que ella conservaba la mitad.41 Trazó el retrato y reconstruyó la carrera de los encargados, de las bailarinas y de sus clientes; muestra la manera en que las bailarinas, procedentes de entornos familiares inestables, eran explotadas en una pendiente descendente en el orden combinado de género, clase y etnia (un análisis “interseccional” adelantado a su época) a medida que el capital que era su cuerpo se deterioraba, para, en ocasiones, terminar prostituidas en los burdeles del gueto negro, en lo más bajo de la parte inferior de la jerarquía material y simbólica. Atrapadas en la sociabilidad del baile, constituían “un medio moral completamente desconectado de las formas convencionales de la vida urbana” que, durante un tiempo, les permitía llevar una especie de vida doble. Especificidad de la cultura local arraigada en una zona o en un territorio distintos, una visión cercana y romántica, el interés por las formas morales propias de un grupo que se apartaba de la norma convencional: otros tantos temas que uno va a encontrar en la etnografía urbana contemporánea y, especialmente, en los libros de Duneier, Anderson y de Newman.
Entre 1930 y 1960, la investigación de campo en la ciudad se desvaneció ante la propagación de la pobreza, debido a la Gran Depresión—en esa época, la “desorganización” golpeó a todos los ámbitos—y ante el irresistible ascenso de la sociología demográfica, política y cuantitativa, alentada en el plano teórico por el estructural-funcionalismo de Talcott Parsons y Robert Merton, cuando no procedía de un empirismo cientificista sin tapujos. Era la hora de la “ecología urbana” y del “análisis de las áreas sociales” llevados a cabo mediante cortes estadísticos sincronizados.42 La vida social a pie de calle desapareció de la vista.
Una excepción muy importante es el libro maestro de los sociólogos negros St. Clair Drake y Horace Cayton, Black Metropolis [La metrópoli negra], publicado en 1945, inscrito en la corriente de la llamada escuela de “casta y clase” animada por el antropólogo W. Lloyd Warner, quien trazó un retrato inolvidable de la estructura social y de la cultura cotidiana de Bronzeville, el gueto negro de Chicago en su apogeo.43 Drake y Cayton pasaron revista a las instituciones propias de “la ciudad negra en la ciudad blanca”: iglesias, prensa, empresas, logias masónicas, entretenimiento público, etcétera. Trazaron un cuadro de las clases sociales y de los estilos de vida, marcado por la oposición entre la burguesía respetable y la clase inferior disoluta; y revelaron la aspiración unificadora a la igualdad racial, a pesar de las distinciones de color marcadas en el seno mismo de la población afroestadounidense.
Un género etnográfico relacionado que floreció en esa época es lo que se conoce como los “estudios de comunidades”, conducidos por equipos de sociólogos o antropólogos que tomaban como objeto de estudio una ciudad pequeña en conjunto—el tamaño era de gran importancia en ese caso, porque definía un campo de investigación que se oponía marcadamente a la metrópoli de la etnografía urbana stricto sensu—.44 Esos estudios fueron elaborados en el rincón de la nostalgia para un mundo local en vías de extinción, hecho de densas relaciones de conocimiento mutuo, ancladas por medio de una economía centrada en sí misma que alimentaba una vida política y cultural, marcada por el espíritu de parroquialismo y por la dominación que ejercía una cerrada red de familias burguesas, desaparición causada, precisamente, debido al crecimiento y a la fuerza de atracción de las grandes ciudades que eran la sede del capitalismo industrial.
En los años veinte, los sociólogos Robert y Helen Lynd dirigieron a un conjunto de colegas que se trasladaron a Muncie, una población de Indiana de 30 000 habitantes blancos, que Robert y Helen consideraban como “típica” de las ciudades pequeñas de Estados Unidos. El resultado fue que hicieron una descripción holística de ese poblado, que publicaron en 1929 como Middletown: A Study in Contemporary American Culture [Middletown: estudio de la cultura estadounidense contemporánea], y, después, como Middletown in Transition. A Study in Cultural Conflicts [Middletown: estudio de los conflictos culturales], publicado en 1937.45 En la primera obra, insistieron en la división social entre la clase obrera y los patrones locales; en el desdén de la población por la cultura del libro, a pesar del aumento del nivel de educación; en el supuesto deterioro de la moral pública; en la nueva función del automóvil como símbolo de estatus; en la radio como parte de los entretenimientos; y, en fin, en el aumento del cinismo en la política, a pesar de las inquebrantables afiliaciones partidistas. La pareja Lynd insistió en la rigidez de la estructura de clases y desmontó el “mito” de la meritocracia social. En el segundo libro describieron el impacto de la Gran Depresión en la estructura social y descubrieron que esta última demostró ser sorprendentemente resiliente. La idea central perduró: los Estados Unidos “profundos” siguieron siendo los de los pueblitos pequeños.46 El enfoque de la pareja Lynd difirió claramente del enfoque de la Escuela de Chicago en su insistencia en las relaciones de poder y en la función de la división de clases y en su desinterés por las dimensiones espacial y moral de la vida urbana.
De 1930 a 1935, el antropólogo W. Lloyd Warner y sus colaboradores exploraron la estructura social, las instituciones y las prácticas simbólicas en Newburyport, una ciudad costera de Massachusetts de 17 000 habitantes. La investigación de campo—inspirada en la etnografía malinowskiana, en el estructural-funcionalismo durkheimiano y en la psicología social de George Herbert Mead—dio lugar a una serie de cinco volúmenes titulada The Yankee City Series [La serie sobre la ciudad yanqui], publicada entre 1941 y 1959, en la que exploraron la vida familiar y asociativa, el sistema de clases (con la famosa división en seis estratos), la estratificación y la integración étnicas, el mundo de la fábrica y la vida religiosa. Warner hizo una síntesis de todo ello en un volumen publicado en 1963, que es testimonio del apego de Estados Unidos a su “pequeña ciudad” idealizada, la que un buen número de etnógrafos se esforzaría posteriormente por redescubrir, anidada en el corazón de la metrópoli.47 Se debe hacer notar que ese apego todavía perdura en nuestros días: según una encuesta de Gallup de 2001, 35 % de los estadounidenses desea residir en una zona rural y 27 %, en una ciudad pequeña, contra únicamente 8 % que desea vivir en una metrópoli.48
La segunda época de la etnografía estadounidense se inició a principios de los años sesenta, con el surgimiento de una nueva generación de sociólogos formados en la investigación de campo por Everett C. Hughes, un canadiense expatriado en Chicago, donde se convirtió en el mentor de Erving Goffman, Howard Becker, Anselm Strauss, Fred Davis, Elliot Friedson y, entre otros más, de Joseph Gusfield.49 Para decirlo rápidamente, los defensores de lo que en ocasiones se llama, abusivamente, la “segunda Escuela de Chicago”, son sociólogos en la ciudad, no sociólogos de la ciudad. Esta última no era para ellos nada más que el contenedor de categorías diversas y descarriadas, subalternas y estigmatizadas, y, especialmente, de los medios socioprofesionales (músicos de jazz, jugadores de billar, conductores de taxis, personal de servicio, enseñantes, etcétera), que constituían el público objetivo de sus estudios. Con esa generación, la conexión entre las relaciones sociales y el territorio se deshizo; la inspiración teórica ya no provenía de la ecología urbana, sino de esa corriente de la psicología social descendiente de George Herbert Mead, cuyas raíces se remontan al pragmatismo de William James y John Dewey, a la que Herbert Blumer dio el nombre de “interaccionismo simbólico” en un libro homónimo publicado en 1966.50 Los trabajos de campo de esos autores fueron publicados frecuentemente en la revista que lleva un título revelador, Urban Life [Vida urbana], pero que, en 1972, como prueba del vínculo que se desarrolló con la ciudad, fue rebautizada como Journal of Contemporary Ethnography, es decir, Revista de Etnografía Contemporánea.
Poco importa la defección de los Chicago boys: la etnografía urbana experimentó una segunda edad de oro durante la década de 1960, estimulada por el “descubrimiento” de la pobreza en una sociedad de gran abundancia, por el aumento de la delincuencia, por los trastornos sociodemográficos de las metrópolis vinculados a los programas de “renovación urbana” y por la implosión del gueto negro.51 Los estudios de campo sobre los barrios populares, donde se concentraban las poblaciones estigmatizadas de la ciudad, tanto en el plano étnico como en el plano de clase, hicieron florecer, en la estela de los movimientos sociales que sacudieron a la sociedad estadounidense y de los planes de “renovación urbana” que rediseñaron el rostro de muchísimas metrópolis industriales, con el doble propósito de frenar su decadencia económica y contener la expansión de los barrios afroestadounidenses.52 Esos estudios etnográficos tenían como objetivo rehabilitar la imagen negativa de los grupos dominados y de sus espacios, una imagen que fue reactivada por el marcado resurgimiento del discurso antiurbano vinculado a la revuelta de los guetos.53
Dos autores imprimieron su marca en esa producción del lado de la sociedad blanca: Herbert Gans, en la Universidad de Columbia, y Gerald Suttles, en la Universidad de Chicago. Gans, inmigrante de Alemania a la edad de 13 años, asistió en Chicago al curso sobre el Método Etnográfico de Hughes, antes de hacer su doctorado en planificación urbana en la Universidad de Pensilvania. En The Urban Villagers: Group and Class in the Life of Italian-Americans [Los aldeanos urbanos: grupo y clase en la vida de los italoestadounidenses], se apoyó en ocho meses de observación activa con el propósito de desentrañar las densas redes de sociabilidad entre iguales y de documentar la vida institucional y familiar del distrito obrero italoestadounidense del West End de Boston, antes de que este último fuese arrasado para que erigieran unas torres de apartamentos de lujo, con el pretexto, precisamente, de que se trataba únicamente de un barrio marginal caracterizado por el desorden social y la incompetencia cultural de sus habitantes.54 En el seno de los grupos de jóvenes se estaba desarrollando una oposición entre quienes buscaban “la rutina” (y la lealtad personal) y los que buscaban “la acción” (y la oportunidad de liberarse de las camisas de fuerza sociales), cuyos análogos habrían de encontrarse en los estudios sobre el gueto. A contracorriente de la tradición nacional, Gans afirmó firmemente la prioridad de la posición de clase sobre la pertenencia étnica como la clave de las prácticas y de las estrategias sociales de los residentes del West End: “Los habitantes del West End no son aspirantes frustrados a los valores de la clase media. Su modo de vida constituye una subcultura de clase obrera distinta e independiente”.55
Gerald Sutiles, un antiguo marinero y doctor en sociología por la Universidad de Illinois, en Urbana, se unió al bastión de la sociología urbana cuando fue nombrado profesor en la Universidad de Chicago, en 1967. Allí fue donde hizo la síntesis de los enfoques ecológico e interaccionista en su obra The Social Order of the Slum: Ethnicity and Territory in the Inner City [El orden social de los barrios marginales: etnicidad y territorio en el barrio marginal], de 1968, un estudio sobre las relaciones interpersonales cotidianas en un complejo de viviendas sociales degradadas del West Side de Chicago que pronto sería destruido y donde residió durante tres años oculto bajo la identidad de un trabajador social.56 En ese complejo habitacional, negros, mexicanos, puertorriqueños y blancos de origen italiano se encontraban, sin jamás mezclarse, compartiendo un territorio en el que reinaba un “orden segmentado” de conformidad con la identidad étnica, la que, en ese lugar, predominaba sobre la posición de clase. Ese orden se impuso, no únicamente en las relaciones interpersonales, caracterizadas por “los antagonismos cara a cara”, sino también en las congregaciones religiosas, los comercios del barrio y las escuelas; y esa segmentación no se expresaba únicamente en el lenguaje, en los gestos y en la ropa, sino también, sobre todo, en el hecho de que el barrio de Addams, en el seno del West Side, padecía de un “aislamiento moral” del que Suttles sostuvo que era típico de las “zonas insalubres” (slums), opuestas en todos los aspectos a la sociedad de clase media. Por lo demás, los habitantes de esos barrios marginales dieron pruebas de una gran creatividad para inventar un orden moral que les era propio, habida cuenta de que el orden convencional era irrealizable.57
De esa manera, Gans y Suttles actualizaron la tesis de William Foote Whyte, en Street Corner Society: The Social Structure of an Italian Slum [La sociedad de la esquina: la estructura social de un barrio bajo italiano], según la cual los barrios de la clase más baja, lejos de estar “desorganizados”, como lo exigiría la ortodoxia chicagoense, simplemente se organizaron de manera diferente en respuesta a las restricciones y a las oportunidades propias de sus habitantes, debido al hecho de su posición inferior en el espacio social y físico de la ciudad. Publicada en 1948, prácticamente por cuenta del autor (la University of Chicago Press le exigió que subvencionase su producción), en la más total indiferencia académica, la monografía de Whyte fue redescubierta y vuelta a publicar en 1955, antes de verse retroactivamente elevada a la categoría de texto fundacional de la etnografía urbana a la moda de Chicago, sobre todo porque incluye un anexo metodológico en el que, por primera vez, se codificó la encuesta sociológica de campo en la ciudad.
Se trató de un desdén absoluto, debido a que Whyte se inspiró explícitamente en la antropología de Eliot Chapple y Conrad Arensberg, y a que se oponía frontalmente al enfoque chicagoense58—al grado de que Louis Wirth rechazó su tesis cuando fue defendida y exigió que Whyte prologara su estudio con base en una revisión de los trabajos de la Escuela de Chicago sobre la desorganización social, que Whyte publicó en 1943 en forma de artículo con un título vengativo: “Social Organization in the Slums” [“La organización social en los barrios bajos”]—.59 En realidad, en el momento de su trabajo de campo, Whyte ignoraba por completo la literatura sociológica sobre los barrios bajos [slums], producida por los investigadores de Chicago, porque él “se veía como un antropólogo”, y, cuando se familiarizó con ella, rápidamente se convenció de que “la mayor parte de esa literatura era inútil y engañosa”.60 El segundo punto de divergencia entre Whyte y la etnografía urbana de Chicago fue que: al contrario del interaccionismo simbólico, Whyte se enorgullecía de no prestar atención al sentido subjetivo que los miembros de las pandillas de Cornerville daban a sus conductas, para centrarse exclusivamente en los indicadores externos del comportamiento. El último punto fue la importancia que Whyte acordó al hecho de redactar “un informe detallado del comportamiento real, pero completamente divorciado de cualquier juicio moral”.61
Esos estudios sobre los barrios populares blancos encontraron su contrapartida en una ola de monografías de campo sobre el gueto negro que entonces estaba a punto de hacer implosión bajo los efectos conjuntos de la desindustrialización (que provocó que la mano de obra afroestadounidense resultase superflua), del éxodo de millones de blancos a los suburbios prósperos en reacción a la afluencia de afroestadounidenses (que socavó la base fiscal de las ciudades), de la movilización de los negros en pro de la igualdad civil y del surgimiento de los militantes del Black Power (que provocaban terror, no únicamente entre los blancos, sino también en la burguesía negra). De entre la oleada de publicaciones en las que se exploró de cerca la efervescencia de la cultura, de las instituciones y de las reivindicaciones afroestadounidenses, y que alcanzaron la condición de clásicos del género, se destacan tres libros, producto de los autores: Elliot Liebow, Ulf Hannerz y Lee Rainwater.
Además de esos tres autores, todos blancos, se puede leer con provecho, siguiendo la misma veta monográfica de ese prolijo periodo, los siguientes estudios tomados de las tesis de campo: Patricia Cayo Sexton, Spanish Harlem. An Anatomy of Poverty [Harlem español: una anatomía de la pobreza] (1965); Camille Jeffers, Living Poor. A Participant Observer Study of Priorities and Choices [La vida en la pobreza. Un estudio de las prioridades y opciones llevado a cabo por un participante observador] (1967); David Schulz, Coming Up Black. Patterns of Ghetto Socialization [Nacer negro: patrones de socialización del gueto] (1969); William Jr. Moore, The Vertical Ghetto. Everyday Life in an Urban Project [El gueto vertical: la vida cotidiana en un proyecto urbano] (1969), y Joyce Ladner, Tomorrow’s Tomorrow. The Black Woman [El mañana de mañana: la mujer negra] (1971). Consecuentemente, se trata de la generación joven de los sociólogos y los antropólogos que se embarcaron en un combate científico en ese terreno sensible y de una gran actualidad.
Hablando propiamente, el libro Dark Ghetto. Dilemmas of Social Power [El gueto negro: dilemas del poder social] (1965), firmado por el eminente psicólogo negro estadounidense Kenneth Clark, no consiste en una etnografía, sino que se basa en una encuesta de campo llevada a cabo por una organización caritativa entre algunos adolescentes delincuentes de Harlem, que provocó un gran escándalo en el momento de su publicación. (Se trata de un importante problema sobre el que volveré en las páginas 53-57: como en los estudios antes mencionados, se confunde gueto con hipergueto, es decir, lo que resta del gueto como instrumento de ostracismo social cuando ya ha perdido su función de extracción económica y, por lo tanto, el escudo protector de sus instituciones paralelas.) También distinguen a ese periodo dos autobiografías noveladas sobre el hecho de vivir y crecer en el gueto, la del negro estadounidense Claude Brown, con Manchild in the Promised Land [Hijo varón en la tierra prometida] (1965), y la del portorriqueño Piri Thomas, con Down These Mean Streets [Caminata por estas peligrosas calles] (1967).
De paso, cabe hacer notar la significativa contribución de los antropólogos estadounidenses en ese frente, generalmente olvidada en los panoramas elaborados por los sociólogos de la ciudad—prueba, si acaso era necesaria, de la ruptura entre esas disciplinas—. Comprende trabajos del folclorista Roger D. Abrahams, Deep Down in the Jungle. Negro Narrative Folklore from the Streets of Philadelphia [En las profundidades de la jungla: el folclore narrativo negro de las calles de Filadelfia] (1964), y del musicólogo Charles Keil, Urban Blues [Blues urbano] (1966); el libro colectivo dirigido por Norman E. Whitten y John F. Szwed, en respuesta al levantamiento negro en las ciudades: Afro-American Anthropology. Contemporary Perspectives [Antropología afroestadounidense. Perspectivas contemporáneas] (1970), acompañado por el de John Szwed (ed.), Black American [Estadounidense negro] (1970), y, más tardíamente, la observación participante llevada a cabo por la antropóloga negra Bettylou Valentine, Hustling and Other Hard Work: Life Styles in the Ghetto [La prostitución y otras ocupaciones difíciles: estilos de vida en el gueto] (1978), y la recopilación de fragmentos de vida hecha por su colega John Langston Gwaltney, Drylongso. A Self-Portrait of Black America62 [El sentido del ser: autorretrato de los Estados Unidos negros] (1980).
Con todo, poco después del término de la década de 1960, ese filón se agotó, y los antropólogos de los negros de Estados Unidos se reorientaron hacia campos de estudio más “exóticos” y menos riesgosos—así, Abrahams prosiguió sus investigaciones en el Caribe; Keil, en el Oeste de África, y Hannerz, en las Islas Caimán y, después, en Nigeria—,63 debido a que los investigadores blancos ya no eran bienvenidos en los vestigios del gueto y a que la controversia sobre la “cultura de la pobreza”, entremezclada con la explosiva disputa sobre el informe Moynihan (véase infra, pp. 56-57), creaba una perniciosa atmósfera intelectual. Esa tendencia perduró hasta mediados de los años noventa: consecuentemente, el panorama completo de las etnografías sobre Estados Unidos llevadas a cabo por los antropólogos del país durante la década de 1980 contiene tres publicaciones sobre el gueto negro con 245 referencias;64
