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Lucía tiene una vida cómoda y convencional en Cáceres, su ciudad natal. No ha tenido mucha suerte con los hombres, pero sí puede presumir de un buen trabajo en el departamento económico de su empresa. Hasta que Helmut, un guapo alemán que ha venido a poner patas arriba su centro de trabajo, la despide sin miramientos. A partir de entonces deberá repensar su lugar en el mundo. Siempre han decidido por ella, pero eso se va a acabar: gracias al empujón del aventurero Marcos, agarra la mochila y cruza el charco para empezar una nueva vida en Los Ángeles, donde entre glamurosas fiestas y alguna que otra estrella de cine, conocerá a Adam. En un recorrido por California y el Oeste americano que nos lleva desde Hollywood y Beverly Hills hasta Las Vegas, el parque nacional de Yosemite y San Francisco, Lucía encontrará las claves para entender el mundo y a ella misma. Y quién sabe, quizá también el amor.
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Seitenzahl: 362
Veröffentlichungsjahr: 2019
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2017 Martina Jones
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Misión California, n.º 195 - septiembre 2019
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQN y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-1328-859-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Primera Parte: la decisión
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Segunda Parte: diario de viaje
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Tercera Parte: una ruta y un destino
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
«Iba camino a descubrir mi destino. Como no sabía cuál sería, opté por explorar cualquier oportunidad que se me presentara».
Edward Bloom
Big Fish, de Tim Burton, 2003
–¡Pérdidas y ganancias! –las carcajadas de Sonia resonaban por toda la estancia a la vez que la indignación de Lucía aumentaba al recordar el episodio.
–¡Pues sí! Eso le dije. Que no era una empresa y no llevaba nuestra relación como una cuenta de pérdidas y ganancias.
–La verdad es que tienes un ojo para los tíos… ya te ha hecho muchas este Albertito, pero es que no es el único. –Julia había dejado de pintarse las uñas y la miraba con el ceño fruncido en una mezcla de diversión y lástima por su amiga–. ¿Te acuerdas de Diego, el que te hacía cargar con la mochila de los dos en las excursiones porque decía que la igualdad también era eso? ¿O de Rafa, que quería que dejaras los estudios para irte a vivir con él? ¿O de…?
–Me acuerdo, me acuerdo –atajó Lucía con mueca de hastío.
Ahora fue Teresa la que habló, desconcertada por lo que su amiga les había contado.
–Pero vamos a ver… ¿no fuisteis a medias con los gastos?
–Pues más o menos sí, o eso creía. Yo pagué los hoteles, él la gasolina y los peajes… y la comida una vez cada uno, aunque seguramente él se hizo cargo de alguna más.
–Pero se guardó todos los tickets de los cuatro días del viaje y los volcó en una tabla de Excel. Será rata el tío… –explotó Marta.
Sonia seguía sin parar de reír. Al fin se puso seria y añadió:
–Si llego a ser yo la que recibe ese correo pidiéndome que le haga un ingreso porque él se ha gastado más, le mando cerca… Por eso te pasa lo que te pasa, Lucía, por aguantarlo. Que no es la primera que te lía este tonto pelado –sentenció.
–¿Qué hiciste al final? –inquirió Sara.
–Pues qué voy a hacer, intenté recordar todo lo que había gastado, sumé los tickets que encontré por el bolso y, como más o menos coincidía con lo que me dijo, le hice la dichosa transferencia de cincuenta euros…
–¡Lo que yo te diga! ¡Tú eres tonta! ¡De buena, tonta! –No pudo contenerse Sonia.
Lucía le hizo un gesto para indicarle que no había acabado.
–Se los ingresé y le pedí al del banco que me pusiera en el concepto «Liquidación final de la cuenta».
Ahora las cinco amigas la miraron boquiabiertas. Fue Julia, economista como ella, quien recobró primero el habla:
–¿Significa eso lo que creo que significa? ¿Le has dejado por fin?
–¡Sí! –gritó Lucía con euforia, y todas se echaron a reír.
Seis horas, varias tarrinas de helado, un par de pizzas y unos cuantos mojitos después, todas las amigas disfrutaban de la noche en el pub de moda. Todas menos Lucía, quien lloraba desconsolada en el hombro de su amigo Satur.
–¡Venga, mujer, anímate! Que ese tío tampoco era para tanto. Estaba buenorro, y la verdad es que de cara era una lindeza, pero…
Aquello hizo que los sollozos aumentaran de volumen.
–¡No, no estaba bueno, perdón! Era horrible, estaba echando barriga cervecera, y ¿no me digas que no te fijaste cómo le crecían las entradas? Ese en un par de años está más calvo que yo.
Ahora Lucía se echó a reír entre hipidos y Satur se animó a continuar.
–Con esas pintas de niño bueno, tan repeinado y engominado siempre, ¡si eso ya no se lleva! No te pegaba nada. Además, aquí nos tienes a mí y a tus amigas para lo que haga falta.
–Sí, claro, eso decían todas hace un rato –volvió a ponerse seria– y ahora míralas. Ni una se acuerda de preguntarme cómo estoy. Ahí las tienes, cada una ligando con un tío.
–Qué lagartas –se burló–. Pues claro, boba, eso es lo que tienes que hacer tú también. ¡Con un buen polvo se te quitaban a ti estas tonterías!
–¡Pero qué bestia eres! Además, que ni loca me meto yo ahora en la cama de nadie. Ya he tenido bastantes pérdidas por el momento.
Satur se encogió de hombros sin entender a qué se refería.
–Ay, si yo fuera hetero… te ibas a enterar tú de lo que era una pérdida… ¡del sentido!
Hacía horas que el sol se colaba con insistencia a través de los minúsculos orificios de la persiana. Al girarse, un rayo le dio de lleno en el ojo izquierdo y Lucía gruñó con fastidio. Poco a poco fue tomando conciencia de la realidad, se frotó ambos párpados dejando un cerco negro en los nudillos y miró los dígitos fluorescentes del despertador. Daban ya más de las tres de la tarde del domingo y la cabeza le seguía martilleando como cuando llegó a casa, pero un agujero en el estómago la decidió a levantarse. Se desperezó como una gata y se puso lentamente en marcha.
Al menos había tenido la prudencia de no quedarse a dormir en el piso de aquel tío. No sabía qué le parecía más horrible, si verle por la mañana y enfrentar la siempre incómoda situación, o saber que el otro estaba pensando lo mismo que ella: «esto no era lo que me ligué yo anoche». De modo que por norma nunca metía a nadie en su casa, y así ella podía irse cuando le diera la gana. Ahora pasó por el cuarto de baño sin dignarse a observar su imagen en el espejo. ¿Para qué? Se hacía una idea de lo que se encontraría, y total, no pensaba salir de casa. Se recogió en una desmadejada coleta el largo cabello rizado sin tomarse la molestia ni de desenredarlo, se lavó la cara con agua fría y fue a la cocina a prepararse un plato de macarrones con tomate y atún. Comida de estudiante, sí, pero también lo mejor para la resaca.
Hacía ya más de cuatro meses desde que lo dejó con Alberto, y aunque poco a poco se había hecho a la idea y adaptado a su nueva vida de soltera, los domingos eran el día que peor llevaba. Durante la semana el absorbente trabajo en su empresa requería de toda su concentración, y a medida que el viernes se acercaba, sus pensamientos se dirigían hacia los planes del fin de semana. Luego con las cañas del mediodía y las risas y bailes nocturnos aquellas cuarenta y ocho horas pasaban volando. Pero era el domingo cuando todo aquello acababa y tenía un espacio disponible hasta el día siguiente, espacio que su cerebro rebelde aprovechaba para recrearse en un vacío que le atormentaba. Solía refugiarse en el sofá a ver alguna película de moco y pañuelo, de esas que no faltaban en las vespertinas horas dominicales, y que no lograban sino deprimirla aún más con los finales felices de eternos flechazos. Pero esta vez ni siquiera pudo contar con ese recurso. El día anterior había fallecido un político de trayectoria histórica para el país, y las cadenas se plagaban con documentales sobre sus logros y la siempre morbosa última hora de su despedida final. De modo que apagó la televisión con gesto de hastío y se quedó sin saber qué hacer.
Sin embargo, la muerte de aquel hombre de noventa y siete años le había impactado. Habría tenido que lidiar con unos buenos cuantos de problemas al frente de un gobierno nacional, pero había disfrutado también de una vida extraordinaria, repleta de viajes por todo el planeta, de personas interesantes y experiencias increíbles. No pudo evitar la comparación con su rutinaria vida, que se le antojó más gris y anodina que nunca. Al menos con Alberto tenía un proyecto de futuro, aunque quizá fue solo ella quien lo había imaginado, pero se veía casándose algún día con aquel chico guapo, espléndido con su flamante traje en las fotografías de la boda que ella exhibiría en su salón, dando a luz uno o dos preciosos retoños, yendo al parque con ellos a verlos jugar mientras charlaba con el resto de madres… en fin, todas esas cosas por las que se suponía que debía transitar la vida de una. ¿No? El caso era que ya no tenía ese camino marcado, a pesar de que fuera un camino que sí, lo reconocía, había sentido que le ahogaba en su momento, como le comenzaba a ahogar también la vida de single independiente y liberada de la que ahora tanto se jactaba.
De repente reparó en que el teléfono parpadeaba. Alguien le había escrito por el chat. Sin más ganas de reflexiones profundas que podían conducirla a algo que estaba segura de no querer ver, aprovechó esa lucecita para escapar de ellas y alcanzó el móvil.
¿Qué tal has dormido, guapa?, leyó perpleja.
«Pero, ¿y éste quién demonios…?».
Recordó que su ligue de la noche anterior le había pedido el número de teléfono y ella se lo había dado en un arrebato sin concederle mayor importancia. «¡Imbécil!», se dijo por cometer tal error de principiante. Bastante tenía ya con aquellos que la encontraban por Facebook y trataban de agregarla. Como si divertirse un rato juntos les diera derecho a revisar su vida completa, desde las antiguas fotos escaneadas de bebé hasta las excursiones con Alberto. Sí, también aquellas del viaje de la cuenta de Excel que había desencadenado todo. Sin ningún remordimiento, bloqueó el número en el móvil y se fue a dar una ducha. Ya estaba bien de tonterías por ese día. Decidió que se acercaría a casa de Satur a ponerse mutuamente al día. Nada le gustaba más a su amigo que una buena ración de cotilleos.
El espíritu colectivo parecía haberse contagiado de aquella sensación agorera en toda la empresa. Desde que una multinacional extranjera la compró hacía ahora un mes, los cambios comenzaban a notarse, y cada nueva decisión no era sino el preludio de las que seguirían. Por si acaso, todo el mundo parecía dispuesto a no llamar la atención de los nuevos directivos, de modo que las bromas matutinas y las conversaciones informales con el primer café que antes hacían de aquella oficina un lugar agradable, habían desaparecido por completo. Los recelos y una incipiente competitividad habían ocupado sus puestos. Hasta ahora nada de eso había sido necesario, pues la política de contratos indefinidos tras un año de correcto rendimiento y la estructura poco piramidal no lo propiciaban. Pero ante los rumores de que los recortes pasaran también por el alma de la empresa, sus propios trabajadores, la cosa cambiaba mucho. Nunca los echarían a todos, pero tampoco tenía pinta de que fueran todos los que iban a quedarse. De modo que habría que elegir. Y sería aquel gerente alemán desconocido hasta hacía quince días quien decidiría sus destinos.
Aquella mañana había convocado a los coordinadores de área en la sala de juntas, de la que habían salido con unas expresiones hieráticas que hacían imposible averiguar qué se habría cocido allí dentro. Entre ellos se encontraba Julia, la directora ejecutiva y también una de sus mejores amigas, que evitó cruzar la mirada al pasar por delante de su mesa. Fue la propia Lucía quien la animó a echar el currículo cuando se quedó vacante el puesto de responsable del departamento financiero. A partir de ahí, su ascenso fue fulgurante. En tres años ya era la que más mandaba en toda la empresa. Y es que su compañera era trabajadora y lista como pocas. No en vano le dieron el premio al mejor expediente de la promoción. Lucía miró el reloj. Quedaban un par de horas para el almuerzo. Entonces la pillaría y se lo sonsacaría todo.
Se disponía a emitir un par de facturas cuando vio cómo a Sol le sonaba el teléfono y tras una breve conversación tomaba rumbo hacia el despacho del temido alemán con rostro fúnebre. Era la más joven de la empresa y también el último fichaje. Llevaba ocho meses como community manager y desde que tuvieron noticia de los cambios no paraba de repetir que seguro que le tocaba a ella recoger los bártulos. Le alzó un pulgar hacia arriba en señal de ánimo y esperó a ver qué ocurría. En tan solo unos minutos, la joven salía del despacho con lágrimas en los ojos y se dirigía a toda prisa hacia la calle para dar rienda suelta a sus emociones. Lucía se levantó con intención de seguirla cuando fue su propio teléfono el que sonó.
–Helmut quiere verte. –La voz de Pablo, quien estaba haciendo las veces de secretario del gerente, sonó inexpresiva.
–¿Qué pasa, Pablo? ¿Por qué Sol ha salido llorando del despacho?
–Yo no sé nada, Lucía.
Ignorando si aquella respuesta era sincera o tan solo producto del miedo, no le quedó más remedio que aparcar el tema e ir a ver lo que quería de ella el tal Helmut, quien la hizo pasar con un gesto mientras conversaba en inglés con alguien al otro lado de la línea. Por los aspavientos que hacía y el elevado tono de voz, daba la impresión de estar discutiendo. Prestó atención rescatando de algún lugar remoto su anquilosado inglés de la secundaria y se dio cuenta de que estaba negociando la fecha de llegada de mercancías. Habría un retraso en la entrega y el muy avispado trataba de que le redujeran el precio por los perjuicios que no ocasionaría, pues ella sabía que contaban con excedentes para mucho más tiempo. Se dedicó a observarle de cerca, indiferente ya al demasiado rápido inglés de negocios que manejaba. Tuvo que admitir que era bastante guapo, de una belleza canónica poco habitual. Quizá demasiado joven para el puesto, pensó fastidiada, comprobando que ella misma le sacaba varios años. Rubio, alto, atlético, piel blanca y sonrosada y ojos de un frío azul, encajaba a medida con el patrón de chico alemán que una esperaba encontrar, aunque no en un lugar como aquel, sino quizá más bien en alguna fiesta nocturna en Ibiza. Abstraída en aquellos pensamientos, se sobresaltó al darse cuenta de que el ejecutivo había finalizado su conversación telefónica y se estaba dirigiendo a ella.
–Así que tú eres Lucía Pérez, la responsable de realizar las facturas de la empresa –pronunció con fuerte acento pero en un castellano intachable.
–Sí, soy yo.
–Encantado, Lucía. Y disculpa que no nos hayamos presentado antes. Ya sé que llevo dos semanas aquí, pero entenderás que la situación ha sido caótica estos primeros días y aún no he encontrado el tiempo para conocer a cada uno de mis empleados. –A Lucía no le gustó la forma en que pronunció aquello de «mis» empleados, pero se cuidó mucho de exteriorizarlo–. Permíteme ir al grano.
–Por supuesto –musitó, apocada a su pesar.
–El caso es que, como sabes, hace varias semanas Adinser adquirió la totalidad de las participaciones del hasta entonces socio mayoritario de Corex. Desde que se hizo operativa dicha transacción, la junta de Adinser ha velado porque nos ocupemos activamente de la supervisión y mejora de todo lo relativo a esta pequeña empresa –Helmut cogió carrerilla–. Como sin duda a ti, menos que a nadie, se te escapa, los resultados de Corex no han sido los mejores. Sin embargo, en Adinser hemos apostado por esta modesta empresa, pues consideramos que sus valores la hacen merecedora de centrar en ella nuestros esfuerzos, bla, bla, bla.
Aquello sonaba a discurso aprendido y repetido artificialmente en más de una ocasión, y Lucía le escuchaba a medias esperando a que llegara el momento de explicarle para qué la había llamado. Unos minutos después, ese momento llegó.
– … bla, bla, bla, bla…, de modo que no podemos permitirnos determinados excesos si queremos que esta compañía reflote y adquiera su mayor potencial. La austeridad y el eficiente uso de los recursos han de imponerse, y ello nos obliga a un ajuste de recursos humanos. De ahí que tu puesto vaya a amortizarse.
–¿Qué quiere decir? –preguntó ella, atónita.
–Nuestro departamento económico en Frankfurt se encargará de las que eran tus funciones. Dispones de dos semanas para cerrar los asuntos pendientes.
–Pero no pueden gestionarlo todo desde Frankfurt, no tiene sentido… –Ahora fue consciente de que en realidad nunca había llegado a temer por su puesto, y trataba con torpeza de encajar el mazazo.
–El área económica actual de Corex se fusionará con el área financiera, que quedará a cargo de una persona para gestionar los pagos y como intermediaria con la central de Adinser. Con eso será suficiente. Esta empresa lleva tres trimestres de pérdidas encadenadas. Es la mejor opción –zanjó Helmut con su fuerte acento que ahora le pareció mucho más desagradable.
Ante la inmovilidad de Lucía, quien parecía haberse clavado a su silla con aquel argumento final, recordó algo que articuló en la esperanza de, ahora sí, dar por finalizada aquella anunciada entrevista que había sido más bien un monólogo.
–Jesús Lozano, el responsable de recursos humanos, te está preparando los papeles. Puedes preguntarle a él cualquier duda sobre los pormenores de tu situación.
La cola para solicitar la demanda de empleo era interminable y Lucía aguardaba con impaciencia sin soportar por más tiempo la espera. Llevaba cerca de cuarenta minutos y comenzaba a hacerse a la idea de que aquel sería, con suerte, el único de los papeleos que lograría resolver en la mañana. Entonces, mientras observaba a la gente que esperaba con estoicismo en la larga fila, vio entrar a un chico cuya cara le resultaba muy familiar. Le miró con fijeza de búho durante unos segundos hasta que cayó en la cuenta. «¡Tierra, trágame!», era el tío al que le había dado su número de teléfono para después bloquearle cuando trató de ponerse en contacto con ella. El mismo con el que bailó pegada media noche en la pista hasta que desapareció con él ante las miradas divertidas de sus amigas, que ya empezaban a acostumbrarse a la nueva Lucía.
Giró la cara y se parapetó como pudo tras un señor fornido y de barriga prominente que esperaba su turno junto a ella. Observó la cola de nuevo y sopesó sus opciones. De buena gana hubiera salido de allí tratando de no ser vista, pero perdería la vez y tendría que volver otro día a esperar desde el principio… Aquella actitud no es que fuera muy madura por su parte pero eso tampoco le importaba demasiado. ¿Quién la iba a juzgar?
Finalmente se resignó y lo dejó en manos del destino. Quizá se echaría atrás al ver la multitud y decidiese volver en otro momento, quizá no la reconociera… pero aquellas ingenuas expectativas se frustraron de golpe cuando escuchó una voz tras ella:
–Lucía, ¿eres tú?
Ella se dio la vuelta simulando una sonrisa que resultó bastante artificial, aunque al chico pareció no importarle.
–Hola, ¡qué casualidad! –Dios mío, cómo se llamaba este tío, cómo se llamaba…
–Bueno, no te creas, si quieres hacer vida social es mejor venir aquí que al pub de moda… Cada vez hay más gente en el paro, ya veo que a ti también te ha tocado.
–Una reestructuración de la empresa –admitió con pereza. Lo que le faltaba, encima el tipo se iba a enterar de su vida.
–Ya. ¿Hace mucho?
–No, voy a arreglar ahora los papeles para empezar a cobrar el paro.
–Ajá. A mí se me acabó hace ya seis meses.
–Vaya, no lo sabía –dijo Lucía cambiando el tono, como si sintiera que debía dar el pésame o algo así–. ¿Y qué has hecho durante ese tiempo?
–Pues un poco de todo. Cuando empecé a cobrarlo me relajé, lo admito –él esbozó una sonrisa granuja junto a la que se le dibujaron dos hoyuelos perfectos–. Llevaba currando sin parar desde que acabé la carrera y me lo tomé como unas vacaciones largas. Me levantaba cerca del mediodía, retomé cosas que había dejado abandonadas por falta de tiempo, como estudiar idiomas o ir al gimnasio, y empezaba los jueves el fin de semana, igual que en los viejos tiempos de la universidad.
Lucía no pudo evitar sonreír a su vez. No sonaba tan terrible. A ella tampoco le irían mal unas sesiones de spinning para ponerse en forma, que con tanto tapeo y tanta caña se estaba poniendo un poco fondona. Y lo de jubilar al despertador y dejar de oír ese repiquetear abominable cada mañana no estaba nada mal. No había cacharro en el mundo que acumulara más antipatía.
–Pero a medida que pasaba el tiempo todo eso empezó a aburrirme y me angustié ante el final del subsidio. Me ponía malo solo de pensar que pronto tendría que dejar el alquiler y volver a casa de mis padres. Y cuantos más currículos echaba sin que nadie se dignara a llamarme ni para una triste entrevista, más frustrado estaba y más de mal humor me ponía. Me estaba volviendo un poco insoportable.
–Entonces, ¿has vuelto con tus padres? –quiso saber, picada por la curiosidad. Trató de recordar. Había estado en su apartamento unas semanas antes de las Navidades. No haría más de un mes, mes y medio como mucho.
–Hasta ahora he podido escapar. He hecho algún trabajillo –dijo bajando la voz– y con algo que tenía ahorrado he ido tirando. Pero ya me he cansado. Necesitaba romper con todo esto.
–¿Y qué vas a hacer?
–Me voy a Australia.
–¿Adónde?
Él soltó una carcajada ante su cara de estupor.
–A Australia –repitió–, a empezar allí una nueva vida. He conseguido un permiso de trabajo que puedo ampliar hasta dos años. Conozco gente que se ha ido y no le va mal. Además, aunque fuera de barrendero, podría dedicar el resto del día a surfear. Solo con eso creo que ya sería feliz.
Lucía comenzaba a imaginárselo con el torso desnudo surcando las olas cuando él adoptó un tono cómplice, bajando la voz de nuevo:
–Oye, por cierto, me podías colar. Me quedo a tu lado como si estuviera contigo y pasamos juntos.
«Pero tendrá cara este tío…».
No pudo evitar que esa frase se le leyera en la expresión, porque él se adelantó antes de que algo parecido saliera de sus labios.
–Venga, me lo debes, que no te dignaste ni a contestarme los mensajes y además me bloqueaste el teléfono.
Vio cómo Lucía se ruborizaba y, regocijado, asestó sin compasión el golpe final.
–Y apuesto a que ni siquiera te acuerdas de mi nombre.
–¿Adónde?
–Sí, eso fue lo que dije yo también –contestó Lucía.
–Pero… ¿a Australia, la que está a más de quince mil kilómetros, la de los canguros y los koalas, la de los tíos buenos surfeando?
Ella suspiró de forma clamorosa.
–Sí, sobre todo eso último. Con eso sí encaja bien.
Satur prorrumpió en una sonora risotada.
–Pero bueno, ¿tú de qué vas? ¿No es ese el tío del que pasaste olímpicamente?
–Sí, y qué. Eso no significa que no estuviera como un queso. Y surfeando tiene que estar mucho mejor. –Ante la mirada soñadora de Lucía, la falsa indignación de su amigo aumentó.
–Cariño, no hay quien te entienda. Pero apuesto a que después de haber hablado con él te gusta más que el día que le conociste.
–La verdad es que es guapo, sí. Y aventurero, y divertido. –Tras la espera en la oficina de empleo, donde el tiempo acabó pasando sorprendentemente rápido, los dos habían tomado un café en un bar cercano olvidando sus respectivas listas de papeleos pendientes, café al que Lucía había invitado para «acabar de saldar su deuda» con aquel simpático chico que había resultado llamarse Marcos.
–Pero qué más da, si se va a Australia. –Regresó ahora de sus ensoñaciones–. Y yo me quedo aquí a morirme del asco.
–Pues vete tú también. –Atajó su pragmático amigo antes de que aquello se convirtiera en un ataque de victimismo.
–¿A Australia? Tú estás tonto. ¿Qué se me habrá perdido a mí allí?
–A Australia, o donde tú quieras. No tienes trabajo ni novio.
–Gracias por recordármelo –gruñó Lucía.
–Ni siquiera un perro o un gato o un canario. Nada que te ate aquí. Eres libre, cariño. Free! ¿Es que no te das cuenta? Puedes hacer lo que te dé la gana.
–Anda, anda. Déjate de tonterías y cuéntame eso de tu rollito con el maromo que conociste en un concierto. Quiero todos los detalles. Todosssss.
Pero la semilla que su amigo Satur había dejado caer de forma aparentemente ingenua estaba germinando en terreno abonado. Lucía se encontró con demasiado tiempo libre, y no había amistades ni planes suficientes para rellenarlo, así que no tuvo más remedio que enfrentarse a ella misma. Satur estaba en lo cierto. No había motivos para la autocompasión, al contrario, estaba en una coyuntura privilegiada. Con el dinero ahorrado en todos los años de trabajo fijo más lo que le dieran por la indemnización, a poco que fuera, tenía para un tiempo. Podía hacer con su vida lo que le diera la gana. No tenía que esperar a nadie en casa, ni pensar en planes de matrimonio, ni levantarse cada mañana para ir a cuadrar cuentas a una oficina, ni siquiera para sacar un perro a pasear. Podía hacer lo que quisiera, sí. Lo malo era que no tenía ni puñetera idea de qué quería.
Recordó lo que le había contado Marcos. Había dedicado unos meses a mejorar el inglés y el alemán. Alemán ni loca, se dijo recordando al irritante y apuesto Helmut. Pero soltarse con el inglés no le vendría nada mal, sobre todo si quería aumentar su empleabilidad, ese palabrejo que utilizaban todos, desde los políticos en sus discursos hasta la chica que la atendió en la oficina del paro.
Y ese fue el instante que determinó el curso de los acontecimientos. La ruptura con Alberto, el despido fulminante, su encuentro con Marcos, el comentario de Satur… no fueron más que simples huellas que fueron trazando un camino hasta que estuvo preparada para ver la verdadera señal; porque fue ahí, cuando levantó la cabeza y dirigió la vista hacia el televisor, ese inseparable compañero que arrullaba y hacía más hogareño su solitario piso, ante las imágenes que se emitían de un documental de viajes, cuando supo cuál sería su destino. O, al menos, su próximo destino. Uno con el que siempre había fantaseado, pero de esa forma en la que a una no se le pasa ni por la cabeza asentar en la realidad. Y se dio cuenta de que era hora de hacerlo. De convertir las fantasías en sueños, los sueños en proyectos, y los proyectos en la realidad de su nueva vida.
No sabía qué seguiría después, solo contaba con el rumbo actual y con un billete que iba a comprar ahora mismo, se dijo lanzándose de cabeza al ordenador portátil.
Cinco de la tarde. Una cafetería en el centro de la ciudad. Como cada viernes, un grupo de amigas se ha citado para pasar un buen rato en compañía y cómo no, para degustar las deliciosas tortitas con nata que allí preparan tan bien. Hoy han podido acudir todas, lo cual a medida que pasan los años se vuelve más difícil. Esta tarde, las seis mujeres que componen el grupo y que a lo largo de los años se han mantenido en contacto a través de sus «viernes con nata», se arrebujan en una única mesa en torno a sus meriendas.
Julia no espera para abordar el tema que le preocupa desde hace semanas.
–No me coges el teléfono.
–No hablo con traidoras –le contesta Lucía con gesto airado. Por si no fuera suficiente con no haberla mantenido en su puesto, el rumor que ha recorrido la oficina en los últimos días la ha cabreado aún más. Parece que el implacable guaperas y Julia pasan demasiadas horas juntos. Y no solo en el trabajo.
La tensión se puede cortar con cuchillo. Todas guardan silencio mirando alternativamente a una y otra.
–Lucía, siento mucho lo del trabajo. Te juro que no pude hacer nada.
–Claro. Eres la mandamás de la empresa pero no has podido hacer nada.
–Yo no soy mandamás de nada, sobre todo ahora. Son los alemanes los que lo deciden todo.
–Y supongo que también se te ha olvidado cómo llegaste allí –siguió Lucía.
–Nunca he olvidado que fuiste tú quien me ayudó a entrar –contestó Julia, entre molesta y apenada–. Ojalá hubiera podido devolverte el favor, pero te digo que esto está fuera de mi control.
–¿Sigues siendo la jefa sí o no?
–Sí –admite–. Pero las decisiones sobre la absorción las toman desde Frankfurt. Helmut solo las ejecuta.
–Y encima le defiendes.
Lucía se muerde la lengua para no seguir hablando. En las dos semanas que trascurrieron desde su encuentro con el alemán, el paso de compañeros por su despacho para escuchar un discurso en esencia idéntico se fue sucediendo como algo habitual, hasta dejar la plantilla en un sesenta por ciento de lo que había sido desde hacía años. Mientras, lo único que se le había visto hacer a la que tenía que defender a sus trabajadores era encerrarse con él día tras día en su despacho. Y en algún que otro bar de copas.
Julia y ella eran amigas desde la universidad. Se conocieron el primer día de clases en la facultad de Económicas, cuando las dos miraban desorientadas a ambos lados con la ingenua esperanza de reconocer a alguien. Entablaron conversación, se sentaron juntas, y ya nunca se separaron. Y poco a poco, Julia pasó a ser una más del selecto club de los viernes con nata. Lucía siempre había admirado el tesón de su amiga para conseguir lo que se le metía entre ceja y ceja, que le había hecho primero quedar la primera de la promoción mientras ella se conformaba con ir aprobando sin demasiado esfuerzo y después hacerse con el puesto de directiva de la empresa. Y es que Julia, su Julita, era una mujer fuerte y decidida con la imagen de chica rubia adorable. De esas pocas rubias de nacimiento que parecían estar en peligro de extinción, bajita y delgada, siempre fiel a los pendientes de perlas, el pelo liso inmaculado y unas gafas de pasta que le sentaban extraordinariamente bien. En su papel de jefa estaba exquisita, era como una de esas perfectas directivas que además de tenerlo todo en la cabeza vuelve loco a todo aquel que pasa por su despacho.
Visto así, no era nada descabellado que aquel jovencísimo alemán hubiera sentido debilidad por la eficiente y atractiva jefa española.
Ante la expresión de culpabilidad de Julia, que no ha dicho ni una palabra más, Lucía no puede reprimirse por más tiempo. La conoce demasiado bien. De modo que lo suelta sin andarse por las ramas:
–Bueno, ¿y qué tal con Helmut?
Todas ven cómo la pobre chica se sonroja y atacan sin piedad cual sanguinarias hienas.
–¿Pero quién es Helmut?
–Nadie, Helmut no es nadie. Solo el nuevo gerente –trata de atajar el tema Julia, muerta de la vergüenza.
–¿El cabrón que ha echado a Lucía?
–Sí. Pero un cabrón muy atractivo –puntualiza ella echando leña al fuego.
–¿Y qué pasa con ese y nuestra Julita? ¿No te lo habrás tirado? –Sonia la mira maliciosamente.
Sonia es la fresca del grupo. Y no es algo despectivo, sino una realidad objetiva. De hecho, a ella le encanta que la llamen así. Le gusta alborotar y disfruta cuando consigue ruborizar a alguien. Para Sonia el mayor pecado mortal es pasar desapercibida, y eso lo lleva hasta las últimas consecuencias. También en el físico. Tiene el cabello teñido de un imposible rojo cereza con un corte a lo garçon todo desenfadado, como si se acabara de levantar, pero que le queda tremendamente sexy y siempre va con un buen escote y los labios jugosos e intensos a juego con el pelo. En una ciudad pequeña como la suya, es imposible que no llame la atención donde quiera que va. Que es justo lo que pretende. Carece de complejos y va sobrada en desparpajo. Sus amigas no tienen que temer que les oculte nada: si alguna aparece con una falda que le sienta como una mesa camilla, se lo dirá antes de plantarle siquiera el beso de rigor. De hecho, a veces podría escatimar un poco de sinceridad. Pero como lo hace desde el cariño, se lo perdonan. Por eso y porque es demasiado divertida como para enfadarse con ella.
–Hemos salido un par de veces –claudica Julia al fin, visto que no hay nada que hacer contra aquellas fieras en busca de carnaza.
–¡Estaba segura! –se jacta Lucía.
–Pero no tiene nada que ver con el trabajo –se defiende, incómoda.
–O sea, que te acuestas con el que ha echado a Lucía a la puta calle. Normal que esté enfadada –la apoya Teresa.
–Son cosas diferentes, ¿vale? La reestructuración de la empresa estaba cerrada desde antes de que él llegara.
–Joder, Julita, ¿y no pudiste hacer nada por Lucía?
Julia no aguanta más. No quería contarlo, pero le parece que está siendo tratada injustamente.
–¡Pues para que lo sepáis, conseguí aumentarle la indemnización en un cuarenta por ciento! –grita arrasada por las lágrimas.
Lucía la mira con una mezcla de sorpresa y pena. Ha estado muy enfadada, pero en el fondo sabe que su amiga nunca le haría daño. Además, desde que compró el billete de avión solo puede pensar en eso. Quién sabe si al final no habrá sido una suerte que la echen. Se saca un kleenex del bolso y se lo ofrece a Julia.
–Eso no va a resolverme la vida, ¿sabes?
–Ya, pero fue lo único que pude sacarle –contesta su amiga a la vez que agarra el pañuelo y se suena con fuerza.
–¿De cuánto hablamos? –pregunta la cotilla de Teresa.
–Cinco mil euros.
–¡Joder! No ha visto eso mi cuenta corriente en su vida.
Todas se callan. Lucía vuelve a mirar a Julia, primero muy seria, pero acaba sonriendo.
–La mía tampoco. Y reconozco que no me vendrá nada mal.
–Negocié a brazo partido, Lucía, te lo juro.
–Pero te tiraste a ese cabrón –dice. Ya la ha perdonado, pero no puede resistir sacárselo.
–Sí.
–¡Qué coño! –tercia Sonia, rompiendo el nuevo silencio que se ha creado–. Que yo le he visto y el tío está para mojar pan. A ver qué va a pasar si la muchacha se liga al chico nuevo en la oficina. Ni que fuera la primera.
Se alivia la tensión mientras todas asienten entre risas.
–Bueno, nos vamos por las ramas. Julia, desembucha –exige Sonia con una sonrisa descarada que exige todo tipo de detalles.
Julia accede a contarles su historia. Primero algo cohibida, y, a medida que avanza, sintiendo un gran alivio. Llevaba semanas sin aparecer por el café, y de verdad necesitaba un desahogo con sus amigas. Helmut había irrumpido en su ordenada vida convirtiéndola en puro caos de un día para otro. Apareció por la oficina con mucha decisión y cuatro papeles estudiados, pero sin ninguna idea de cómo funcionaba aquello, y ella había tenido que echar un montón de horas extra para que comenzara a conocer la empresa y todo lo que conllevaba. Él se había dado cuenta del filón que tenía en su nueva jefa y se apoyó en ella plenamente. Además, la atracción entre ambos fue patente desde el primer momento, y en cuestión de días desembocó en una pasión irrefrenable. Una cerveza al final de la mañana para relajarse de todas las preocupaciones, seguida de una comida con la excusa de empezar a conocer la gastronomía española, y Helmut y ella ya no se separaron más que para ir al baño. Desde entonces, el poco tiempo libre que a ella le quedaba era también para él. Cenas románticas, escapadas exprés de fin de semana, y sobre todo muchas, muchas horas en la cama.
Sus amigas se relamen con su historia, bromeando y felicitándola sin parar, pero ella les confiesa que está muerta de miedo. Subida a una nube de irrealidad, todo está siendo tan intenso que le asusta y a la vez teme que pueda estropearse en cualquier momento. En su vida solo existe Helmut. Helmut, Helmut, Helmut.
–Bah, tonterías. Cuando la oportunidad aparece hay que aprovecharla y se acabó. Tú disfruta, que ya llegará el día que se os pase lo de la fogosidad y el ardor sin límites.
Todas ríen ante el comentario cínico de Teresa, madre de dos pequeñas de uno y tres años que no pierde ocasión para desahogarse por cómo han engullido todo su tiempo y dedicación, pero también la de su amado Roberto.
–Cinco semanas hace hoy, que lo sepáis.
–¿Cinco semanas ya?
–Cinco, sí, cinco. El viernes pasado hice todo lo que me dijisteis. Nada más llegar me puse a preparar la cenita que me recomendó Sonia.
–¿No te olvidarías de la canela? –le recrimina.
–¡Qué me voy a olvidar! Si le eché el triple de lo que tenía apuntado.
Sonia se lleva las manos a la cabeza en un gesto que desata las carcajadas de las demás. De todas, excepto de Teresa, que sigue imbuida en su propio relato.
–La verdad es que con las velas y el vino nos fuimos relajando, hasta empezamos a darnos besos de esos apasionados como ni recordaba ya…
–Uuuuuh uuuuuuh –corean varias al mismo tiempo entre sonrisas traviesas.
–Ni uuuuh uuh ni nada. Yo me fui un momento al baño para cambiarme, y cuando aparecí con el picardías…
–¿Te pusiste el que te regalamos en tu cumpleaños?
–Sí, hija, sí, me puse el trapito ese de liliputienses que es como estar en bolas.
Se escucha algún silbidito de fondo.
–Si me dejarais terminar no silbaríais tanto. Total, que ahí aparezco yo con todo al aire y me encuentro el panorama: la pequeña que se había vomitado encima y había puesto la cuna perdida, llorando sin parar; Roberto intentando calmarla y poner remedio al desastre mientras la mayor, que se había despertado con el jaleo, pululaba alrededor con un berrinche de los suyos porque nadie le hacía caso. Me volví al baño para ponerme algo encima y cuando salí, Roberto ya estaba acabando de limpiarlo todo, con la camiseta manchada de vómito y un careto… vamos, como que se había pasado el momento erótico festivo. Después de tranquilizar a las dos fieras nos fuimos a la cama, él se quedó dormido a los tres segundos para no perder la costumbre, y yo me mojé las ganas en el café, como dice la canción.
Se hace un silencio en el que tratan de contener las carcajadas por solidaridad con Teresa hasta que Sonia lo rompe.
–Al menos te sirvió para esquivar todo el jaleo.
–Sí, por una vez se lo comió Roberto solito. Yo, visto el panorama, me encerré en el baño y me vestí muuuuy despacio –admite con una risa malévola.
–Seguro que este fin de semana sí que toca –anima tímidamente Sara.
Sara, a pesar de ser maestra, es la más introvertida del grupo, y también la más ingenua. Interviene en contadas ocasiones, y cuando lo hace, la mayoría de las veces es con algún comentario poco afortunado. Pero es dulce y cariñosa, y siempre está ahí cuando alguna la necesita. Aunque no se maneje demasiado bien en el mundo de los adultos, los niños y los animales la adoran. Es la persona perfecta a quien acudir cuando te vas fuera el fin de semana y necesitas que alguien cuide del perro, o que pase a echar un vistazo a los gatos. Además, entiende un montón de fútbol, de coches y en general de todas esas cosas que les gustan a los tíos. Así que cuando una necesita saber si habrá partido el finde que está planeando una cena romántica, o si el coche de ese tío que intenta camelársela cuesta lo que parece que cuesta, sabe que Sara la ilustrará. Sonia dice que si se cuidara un poco, con esos conocimientos no habría tío que se le resistiera. Porque tampoco es que sea un bellezón, pero no se preocupa nada de su físico. Lleva el pelo castaño claro en una media melena lacia, sin gracia alguna, no sabe lo que significa la palabra maquillaje y va siempre en vaqueros anchos y camiseta de chico. Si se explotara como Sonia, podría quitarle los ligues hasta a ella. Sonia a menudo bromea con que lo sabe y por eso tampoco le insiste mucho. Y Sara se ruboriza, le dice que ella sí que tiene un polvazo, y al decirlo se ruboriza aún más, porque ella es así, y acaba haciendo reír al resto. En definitiva, Sara es, como todas las demás, una pieza fundamental del engranaje. Pero volvamos a Teresa, que sigue dándole vueltas a eso de que le están saliendo telarañas:
–Qué dices. Este fin de semana vienen sus padres a ver a las crías, y el siguiente vamos nosotros a visitar a los míos. Otros quince días más de secano, por lo menos. Pero ya está bien de penas, ¿quién tiene algo más interesante que contarnos?
Lucía carraspea y todas las miradas se dirigen hacia ella.
–Si me dices que has vuelto con el Albertito te mato –salta Sonia sin poder contenerse.
