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Misterio y transparencia aborda el debate sobre lo opaco y lo transparente en relación con lo sagrado, especialmente desde la perspectiva de la interacción entre lo trascendente y lo inmanente. La "transparencia" es un valor en alza que responde a la aspiración del ciudadano moderno de controlar los gestores públicos. Sin embargo, al aplicarlo al ámbito religioso, surgen dificultades como la impenetrabilidad de un Misterio que, por definición, es incognoscible. La opinión de pensadores como Walter Benjamin, María Zambrano, Friedrich Nietzsche, Simone Weil, Ludwig Wittgenstein y Byung-chul Han, contrastada con las aportaciones del mundo del arte, con las fuentes bíblicas y con textos de la tradición cristiana, contribuyen a clarificar los términos "transparencia" y "opacidad" y evitar explicaciones simplistas que obvian sus matices, sus polisemias y sus paradojas. A su vez, el debate sobre la transparencia nos permite redefinir el marco conceptual que articula la relación entre inmanencia y trascendencia. El análisis de la peculiar opacidad de lo trascendente permite atribuir un significado más profundo a lo transparente. Entonces, el Misterio abandona el dominio de lo opaco para darse a conocer transparentándose, de manera sutil, a través de lo inmanente.
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Seitenzahl: 213
Veröffentlichungsjahr: 2017
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JOSEP OTÓN
MISTERIO Y TRANSPARENCIA
Herder
Diseño de portada: Purpleprint creative
Edición digital: José Toribio Barba
© 2017, Josep Otón
© 2017, Herder Editorial, S. L., Barcelona
ISBN DIGITAL: 978-84-254-4000-7
1.ª edición digital, 2017
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Herder
www.herdereditorial.com
ÍNDICE
Presentación
1. La complejidad de la transparencia
1.1. Las paradojas de la transparencia
1.2. La sociedad transparente
1.3. La transparencia distópica
1.4. Transparencias alternativas
1.5. Trascendencia y transparencia
2. La opacidad divina
2.1. Una opacidad obsoleta
2.2. Un Deus absconditus
2.3. Secreto, enigma y misterio
3. La transparencia desveladora
3.1. El desencantamiento del mundo
3.2. La desacralización de la mística
3.3. La sacralización de la inmanencia
3.4. Desencantamiento y desencanto
4. La transparencia religiosa
4.1. La transparencia vivencial
4.2. La transparencia cultural
4.3. La transparencia sapiencial
4.4. Luz y Misterio
5. La transparencia veladora
5.1. La nube densa
5.2. La transparencia de lo nuevo
5.3. La transparencia kenótica
5.4. La ambivalencia del velo
6. La transparencia reveladora
6.1. La transparencia interior
6.2. La transparencia de lo escondido
6.3. La transparencia del corazón
6.4. La transparencia de la creación
6.5. Autotransparencia y revelación
7. La mirada mística
7.1. La mística de los ojos abiertos
7.2. El profeta Balaam
7.3. Experiencias místicas y misticismo
7.4. Mística y transparencia
7.5. Vigías del abismo
7.6. La atención weiliana
7.7. La mirada contemplativa
8. La transparencia trascendente
8.1. La transparencia de la lente
8.2. La transparencia de la celosía
8.3. La transparencia del escaparate
8.4. La transparencia del velo
8.5. La transparencia narrativa
PRESENTACIÓN
La transparencia forma parte de la nueva generación de valores que la sociedad posmoderna reclama. El ciudadano actual ya no se conforma con las libertades fundamentales ni con la posibilidad de elegir a sus dirigentes, derechos conquistados en los procesos revolucionarios de los siglos XIX y XX. Ahora exige poder supervisar la actuación de los cargos públicos.
El individuo posmoderno se siente en la obligación de vigilar a los políticos y de no limitarse a delegar su responsabilidad ejerciendo periódicamente el derecho al voto. No le faltan motivos para desconfiar. La opacidad de algunos gobernantes hace sospechar que desde las bambalinas del poder se toman decisiones contrarias a los intereses de los electores. Los reiterados casos de corrupción así lo parecen indicar. Por otra parte, el desarrollo tecnológico proporciona nuevas herramientas que facilitan enormemente el acceso a la información favoreciendo un nivel de control insospechado en otras épocas.
En cualquier caso, hoy resultaría incomprensible una propuesta política que no incluyera una rendición de cuentas ante los votantes. Someterse a los pertinentes dispositivos de transparencia es un requisito ineludible para quien desee gestionar los recursos públicos.
Esta defensa de la transparencia como un valor irrenunciable se ha extendido a diversos ámbitos de la sociedad y afecta tanto a las organizaciones como a la vida de los individuos. Evidentemente, la religión no puede quedar al margen de este proceso colectivo, en particular las instituciones vinculadas al cristianismo, en las que sobreviven inercias de modelos sociales de otros tiempos.
No faltan noticias sobre archivos secretos, opacidad de las finanzas, confidencialidad de las reuniones y ocultamiento de escándalos, prácticas habituales que despiertan el rechazo de creyentes y no creyentes. El hermetismo clerical resulta sospechoso en una sociedad transparente. Sin embargo, sería injusto pensar que se trata de un caso único y que otras organizaciones escapan a la tendencia de volverse, con el paso del tiempo, endogámicas, crípticas y autorreferenciales.
Ahora bien, el debate sobre la transparencia plantea otra cuestión fundamental. Pone también en tela de juicio uno de los elementos esenciales de la urdimbre de lo sagrado: la opacidad de la trascendencia. El núcleo constitutivo de la experiencia religiosa concierne a una dimensión de la realidad —el Misterio— que escapa de la percepción humana y, por tanto, se resiste a ser transparente. Esta concepción del Misterio aparece como alternativa a la posibilidad de entender la existencia como un absurdo (Jean Guitton).
Por supuesto, la aplicación de las buenas prácticas de transparencia comportaría la reforma de las instituciones religiosas y actualizaría unas estructuras gestadas en otro contexto cultural. Aun así, seguramente, el ciudadano posmoderno continuaría recelando de lo religioso debido a este aspecto intrínseco constituido por lo misterioso. O tal vez no…
El concepto de «transparencia» proviene de las ciencias de la física y se utiliza en el campo de la política, aunque es una analogía no exenta de limitaciones. La presente obra se propone aplicar este concepto al discurso religioso con la esperanza de generar un diálogo fecundo tanto para la comprensión de la transparencia como de la trascendencia.
Dicho con otras palabras, confrontar Misterio y transparencia es una manera de ahondar en el significado de estos dos términos, explorando sus límites, sus ambivalencias y sus contradicciones. ¿El Misterio puede ser transparente? Y, por otra parte, ¿acaso la transparencia no es un fenómeno misterioso en sí mismo?
En el ámbito de lo religioso esta reflexión genera un sinfín de preguntas: ¿Dios es transparente? ¿Debería serlo? ¿Su ocultamiento encubre motivaciones oscuras? ¿Tendría sentido un mundo completamente transparente? ¿Las mediaciones religiosas ocultan el Misterio? ¿La experiencia de lo sagrado eclipsa la luz de la racionalidad? ¿La religión puede iluminar la existencia y hacerla más transparente?
Estas cuestiones revelan la complejidad de lo transparente y, por tanto, su opacidad. Mientras los discursos públicos tienden a simplificar la transparencia, un análisis en profundidad muestra sus contradicciones. De hecho, es invisible y, por consiguiente, escapa del control de la mirada. Por su parte, el Misterio no es tan opaco como se pudiera pensar, porque, si fuera completamente incognoscible, no podría ser objeto de reflexión.
Para entablar este diálogo recurriremos a la opinión de pensadores que han tratado específicamente esta temática. Es el caso Paul Scheerbart, un autor de principios del siglo XX cuya obra ha tenido un amplio eco en la historia del pensamiento y del arte. Otro autor fundamental es el filósofo coreano afincado en Alemania Byung-Chul Han, cuyo libro, La sociedad de la transparencia,1 es una lectura de referencia para cualquier estudio sobre esta cuestión.
Contrastaremos las opiniones de los pensadores mencionados con las de otros escritores (Walter Benjamin, María Zambrano, Friedrich Nietzsche, Simone Weil, Ludwig Wittgenstein…), con las aportaciones del mundo del arte y con textos de la tradición cristiana que abordan la transparencia desde una perspectiva religiosa. Conviene tener en cuenta que tanto en las fuentes bíblicas como en la reflexión de teólogos y maestros espirituales es habitual describir la experiencia del Misterio a partir del binomio «transparencia / opacidad».
Renunciando de antemano a una exposición lineal —y, por tanto, transparente—, el libro realiza un recorrido sinuoso que, si bien puede generar cierta confusión, muestra la complejidad del tema y la diversidad de interrelaciones que podemos establecer entre Misterio y transparencia, así como la variedad de rostros que pueden adoptar y la multiplicidad de significados que se les suele atribuir.
Sucesivas aproximaciones a estos conceptos, realizadas desde distintos puntos de vista, nos ayudarán a descubrir matices, contradicciones y ambigüedades. Volver a tratar una misma cuestión no obedece a un propósito reiterativo, sino al deseo de mostrar su ambivalencia y su carácter poliédrico. Análogamente a un cuadro cubista, la transparencia se consigue a base de yuxtaponer perspectivas complementarias y no con la exposición explícita de los contenidos.
De esta manera, el debate sobre lo opaco y lo transparente puede enriquecer el discurso teológico que intenta describir la vinculación entre trascendencia e inmanencia. Por otro lado, las reflexiones en torno a la experiencia del Misterio contribuyen a clarificar el sentido de los términos «transparencia» y «opacidad» y a evitar explicaciones demasiado simplistas.
Así pues, analizaremos los argumentos que justificarían la resistencia de lo sagrado a ser transparente y, a la vez, examinaremos las diversas estrategias con las que el ser humano, disconforme con la opacidad del Misterio, ha procurado conferirle cierta transparencia. Además, veremos cómo la tradición bíblica —sobre todo el Evangelio— apuesta por una religión más transparente frente a cultos opacos y arcaizantes. Asimismo, aboga por la transparencia interior como camino espiritual en contraposición a los excesos del ritualismo externo.
El capítulo «La complejidad de la transparencia» sirve de introducción y explora el significado de lo transparente, así como su polisemia, sus sinonimias y sus paradojas, a la vez que plantea las repercusiones de su uso en el ámbito de lo religioso. «La opacidad divina» aborda diferentes explicaciones que pueden ayudar a entender por qué motivos el Misterio es percibido como opaco. «La transparencia desveladora» describe el fenómeno del desencantamiento del mundo entendido como un intento de transparentar lo religioso, es decir, de racionalizarlo. «La transparencia religiosa» analiza cómo las religiones han procurado hacer también transparente —esto es, accesible— el Misterio. «La transparencia veladora» presenta las experiencias religiosas de revelación que, al mismo tiempo, se manifiestan como ocultación. «La transparencia reveladora» señala el camino de la autotransparencia como la vía que permite captar la diafanidad del cosmos. «La mirada mística» articula los temas expuestos a partir de la mística de los ojos abiertos. Finalmente, el libro concluye con «La transparencia trascendente», que recapitula las ideas presentadas y sugiere posibles puntos de interconexión entre Misterio y transparencia.
1. LA COMPLEJIDAD DE LA TRANSPARENCIA
La reivindicación de una mayor transparencia es una constante en el actual debate ciudadano. Se ha convertido en un requisito básico que afecta a múltiples ámbitos de la vida social. La sociedad mediática dispone de instrumentos muy eficaces y reclama su utilización para controlar a los representantes políticos.
Aun así, a pesar de la visión idílica que la transparencia suscita en el discurso cívico, no deja de ser una cuestión problemática que pone en entredicho los mecanismos que articulan la convivencia. Además, sorprende que un principio proveniente de las ciencias naturales tenga tanto eco en las ciencias humanas.
Entonces nos preguntamos: ¿resulta pertinente aplicar un concepto de la física a las relaciones sociales? ¿La transparencia solo acarrea efectos beneficiosos? ¿Es un valor en sí misma? ¿Qué aporta en el análisis de la trascendencia, de lo sagrado y, en definitiva, del Misterio?
1.1. LAS PARADOJAS DE LA TRANSPARENCIA
Durante los últimos años, sociólogos, filósofos, politólogos y ciudadanos en general se han interesado por la transparencia, un concepto que, gracias a su polisemia, resulta útil para describir, analizar e interpretar muchos de los procesos que están afectando a la sociedad posmoderna.
En realidad, se trata de un término que atañe al ámbito de la física. En sentido estricto, es una cualidad de algunos materiales que permite ver con nitidez a través de ellos. La razón estriba en que dejan pasar los rayos de la luz en vez de absorberlos tal como sucede con los cuerpos opacos.
Aunque relacionamos la transparencia con la luz, se trata de una propiedad que puede estar asociada a otros tipos de radiación, como los rayos X, los rayos ultravioleta o los rayos gamma. Así, un cuerpo opaco para un tipo de radiación puede ser transparente para otra.
Si nos centramos en la transparencia con respecto a la luz, encontraremos que entre ella y la opacidad se da una gradación. Un cuerpo diáfano deja pasar la luz casi en su totalidad. Un cuerpo translúcido deja pasar la luz, pero solo se ve lo que hay detrás confusamente, con cierta dificultad, sin poder distinguir los detalles.
Junto con «transparente» y «diáfano» habría que incluir adjetivos como «nítido», «límpido» o «pelúcido». Todos ellos se refieren a la capacidad de permitir el paso de la luz. En cambio, «nebuloso», «turbio» o «borroso» nos remiten a la capacidad de reducir la transparencia. Con las tinieblas, lo oscuro y lo lóbrego nos adentramos en el terreno de la opacidad.
Aunque en la naturaleza es posible encontrar elementos plenamente transparentes, como el aire o el agua, la mayoría de los materiales son claramente opacos. Algunos fenómenos, como la niebla, la calima o la bruma, se encuentran a caballo entre la transparencia y la opacidad.
Por otra parte, el cristal y algunas gemas nos recuerdan que existe una transparencia natural que ha intentado ser imitada por la mano del hombre a través de la fabricación del vidrio.
Etimológicamente, la palabra «transparente» procede del latín. El prefijo trans indica «de un lado al otro», «a través de», y el verbo parere significa «ser visible», «aparecer». Por tanto, literalmente se podría traducir como «aparecer a través de», aunque hay que tener en cuenta que en el latín clásico no se conocía el término transparere. Una paradoja de la transparencia, y no la única. Veamos algunos ejemplos.
Si bien identificamos presencia con visibilidad, lo transparente es una presencia invisible que, a su vez, hace visible algo que no está plenamente presente. Percibimos lo opaco a través de lo transparente. Sin transparencia no existiría opacidad. Además, lo que consideramos transparente no siempre lo es o no lo es del todo. La transparencia es compleja, ambigua, confusa y, en ocasiones, engañosa. Aun cuando el rasgo característico de la transparencia es la capacidad de hacer visible, lo transparente, por definición, no lo es.
Con frecuencia falsea la realidad al dar a entender que nada se interpone entre el observador y el objeto observado, de manera que el primero tiene la sensación de tenerlo a su alcance. Las vitrinas y los aparadores juegan con este equívoco. Permiten el contacto visual con algo que no es tangible de manera inmediata. Muestran una accesibilidad engañosa. La conjunción visual no va acompañada de la conjunción material. Lo mismo sucede con una pecera o un acuario. Hacen posible que nos sintamos dentro cuando, de hecho, estamos fuera.
Además, la vitrina y el escaparate, al captar la atención del observador para mostrarle algo, ocultan otros objetos. Centran la mirada del espectador en un punto mientras que el resto de su campo visual se difumina. Al tiempo que transparenta una realidad, vuelve opaca otras.
El velo, la tela que cubre una parte del cuerpo o un objeto para no ser visto, ejerce una función inversa. Esconde algo y a la vez dirige la mirada hacia lo que es digno de ser visto. Mientras vela, revela. Invisibiliza lo que merece la pena mirar. Lo oculta y, al mismo tiempo, indica su ubicación.
Este es el recurso empleado por el artista de origen búlgaro Christo, y su esposa, Jeanne-Claude, en sus instalaciones. Sus obras más famosas consisten en envolver con telas elementos naturales, edificios emblemáticos, espacios públicos y monumentos como el Pont Neuf de París o el Reichstag de Berlín. Tal estrategia de ocultamiento altera la percepción y la relación del observador con el paisaje circundante o con la construcción al conferirle una nueva relevancia o visibilidad.
La celosía es otro dispositivo cultural que juega con las propiedades de la transparencia. Al aproximarnos a esta rejilla se vuelve transparente, y al distanciarnos, opaca. El individuo oculto tras este delicado entramado puede ver sin ser visto.
Otro caso interesante son las lentes. Un requisito esencial es que sean transparentes; de otro modo no cumplirían su cometido. Ahora bien, aunque podamos ver a través de ellas, no muestran lo que vemos tal cual es. Alteran la imagen original: la aumentan o la modifican según las leyes de la óptica. Pero es precisamente al deformar la realidad cuando nos permiten percibirla tal como es. Engañándonos, nos revelan la verdad.
Estos ejemplos ponen de manifiesto que la transparencia no es un fenómeno tan simple como cabía esperar y que, en cambio, puede ser una potente herramienta conceptual que incita a la reflexión a través de sus paradojas.
En este sentido, es posible entender la transparencia como una metáfora. Además de su acepción literal, procedente de la física, se le puede atribuir un sentido figurado en virtud de sus analogías. Podemos aplicar el calificativo de «transparente» a cuanto es claro, evidente, y se comprende sin duda ni ambigüedad. Designa todo aquello cuyo significado resulta obvio y unívoco.
Y el término «transparentación», esto es, manipular algo para convertirlo en transparente, muy utilizado en el lenguaje científico, también puede ser aplicado a otros ámbitos del saber. Los investigadores utilizan tintes y otras técnicas para transparentar tejidos vegetales, animales o humanos y hacer visible lo que no se percibe a simple vista. El anhelo ilustrado de iluminar, con la luz de la razón, todos los rincones de la sociedad y de la cultura, es, de hecho, un deseo de transparentación. Los argumentos transparentan la verdad que subyace en un razonamiento.
En definitiva, un fenómeno físico, la transparencia, puede ser utilizado como metáfora porque nos sirve para describir fenómenos sociales, culturales o incluso religiosos. A su vez, toda metáfora tiene, en el fondo, algo de transparente. Es una idea que nos remite a otra; nos deja entrever otra idea a través de ella.
1.2. LA SOCIEDAD TRANSPARENTE
La sociedad democrática ha erigido la transparencia como un valor que la identifica. Durante los últimos años se ha insistido en esta dimensión de la gestión política generando una legislación que la promueva en distintos ámbitos de la Administración.
La transparencia, el acceso a la información pública y las normas de buen gobierno deben ser los ejes fundamentales de toda acción política. Solo cuando la acción de los responsables públicos se somete a escrutinio, cuando los ciudadanos pueden conocer cómo se toman las decisiones que les afectan, cómo se manejan los fondos públicos o bajo qué criterios actúan nuestras instituciones podremos hablar del inicio de un proceso en el que los poderes públicos comienzan a responder a una sociedad que es crítica, exigente y que demanda participación de los poderes públicos.1
«Transparente» ha pasado a ser sinónimo de «público» en el sentido que se aplica a toda información que no está restringida y a la cual puede tener acceso cualquier ciudadano. Se apela a este valor cívico frente a la lacra de la corrupción porque presupone rectitud, coherencia y responsabilidad. Nadie expuesto a la mirada vigilante de la opinión pública se atrevería a cometer una irregularidad. En cambio, su ausencia se identifica con el fraude, el engaño, la manipulación o la traición. Lo opaco rezuma malicia. El corrupto se ampara en la opacidad, en el disimulo de una falsa apariencia.
La obra de Paul Scheerbart ha sido fundamental para interrelacionar la transparencia física y la cívica. Este autor de novelas de fantasía utópica plantea en Lesabéndio una imaginativa historia en la que los habitantes del asteroide Pallas se enfrentan al dilema de elegir entre el progreso y la conservación del astro donde habitan. Podemos leer dicho relato como una fábula de uno de los problemas que actualmente acucian a la humanidad: los límites del progreso. Sin embargo, el libro fue publicado en Alemania en 1913.
En la novela aparecen frecuentes alusiones a la transparencia. Desde el punto de vista político, los habitantes de Pallas se reúnen para tomar decisiones por unanimidad, en una democracia de plena transparencia. Físicamente, «los pallasianos solo morían cuando sus cuerpos se quedaban completamente secos y casi transparentes».2 Y una posible salvación consistiría en trasladarse a otro asteroide «blando, gelatinoso y transparente».3
A pesar de la fantasía de Paul Scheerbart, Walter Benjamin repara en un detalle de sus escritos que ha tenido un gran eco y se ha convertido en una metáfora de una sociedad que aspira a una democracia real, en la que los ciudadanos tengan acceso a toda la información para adoptar las decisiones que estimen oportunas.
El filósofo berlinés afirma que este autor
concede gran importancia a que sus gentes y, a ejemplo suyo, sus conciudadanos habiten en alojamientos adecuados a su clase: en casas de vidrio, desplazables, móviles, tal y como entretanto las han construido Loos y Le Corbusier. No en vano el vidrio es un material duro y liso en el que nada se mantiene firme. También es frío y sobrio. Las cosas de vidrio no tienen aura. El vidrio es el enemigo número uno del misterio. También es enemigo de la posesión. André Gide, gran escritor, ha dicho: «cada cosa que quiero poseer, se me vuelve opaca». ¿Gentes como Scheerbart sueñan tal vez con edificaciones de vidrio porque son confesores de una nueva pobreza?4
La idea expuesta por Benjamin no es nueva. The Crystal Palace, edificio de hierro y de cristal construido con motivo de la Exposición Universal de Londres de 1851, influyó en el incipiente movimiento obrero. Simbolizaba el triunfo total de la razón humana y serviría de modelo para la nueva sociedad surgida de la revolución socialista.
En consonancia con la propuesta de Scheerbart, Le Corbusier y Mies van der Rohe hicieron realidad la arquitectura transparente al diseñar casas de cristal donde los espacios interiores fluyeran libremente, sin habitaciones cerradas por paredes opacas, y se confundiera el «adentro» y el «afuera».
El vidrio de las casas transparentes, que provoca una continuidad casi total entre lo interior y lo exterior, entre la esfera privada y la pública, es imagen de la conexión de la ciudadanía con el poder político. La permeabilidad visual que proporciona la transparencia sugiere la fluidez en la relación de los individuos con sus dirigentes. Los políticos rinden constantemente cuentas de sus actuaciones frente a los ciudadanos atentos a su gestión. Los electores exigen el acceso a la información para crear una sociedad gestionada sin la interferencia de intereses subrepticios ni de maniobras maquiavélicas.
La «transparencia» es un concepto que, usado convenientemente, pone al descubierto los resortes de la vida social, el origen profundo de comportamientos humanos o el sentido oculto de las manifestaciones culturales. Ayuda a interpretar la realidad y a hacer evidente lo que se nos muestra confuso. Hace que el mundo sea más inteligible.
La utopía moderna de lo transparente ha inspirado muchas de las reivindicaciones sociales del siglo XX. Pretende iluminar los recovecos de la cultura para rescatar a la humanidad del oscurantismo, la superstición y la manipulación.
Ahora bien, si abandonamos el terreno de los tópicos, descubriremos una transparencia más problemática de lo que a primera vista pueda parecer, sobre todo cuando abordamos determinadas cuestiones sociales. La transparencia puede ser un arma de doble filo, ya que no está exenta de provocar peligrosos equívocos.
1.3. LA TRANSPARENCIA DISTÓPICA
El anhelo de transparencia se vio interrumpido por la eclosión del totalitarismo. Los regímenes dictatoriales responsables de la Segunda Guerra Mundial invirtieron el sentido de la transparencia. El poder se basaba en el control de la población. Eran los individuos los que habían sido privados de la capacidad de ocultarse frente al Estado.
Los niños italianos estudiaban en sus lecturas escolares consignas que les infundían la convicción de vivir en un mundo transparente: «Son los ojos del Duce que te vigilan. ¿Qué es esa mirada? Es como un águila que despliega las alas y se eleva hacia el cielo».
El nazismo quiso transparentar la condición de los sujetos con ignominiosos símbolos: judíos, homosexuales, gitanos, delincuentes, disidentes… El empeño del régimen hitleriano, y también del estalinismo soviético, en someter a los individuos al escrutinio del poder alcanzó un alto grado de sofisticación.
Será George Orwell, con su novela 1984,5 quien quizá reflejará mejor este Estado policíaco de vigilancia continua y de transparencia totalitaria. El individuo es sometido a la omnipresente mirada del Gran Hermano y al control de la Policía del pensamiento, mientras el poder permanece oculto tras la falsa transparencia de la propaganda obsesiva. Los mensajes claros, explícitos y fáciles de comprender contribuyen a someter a los ciudadanos al engaño de sus gobernantes.
El triunfo de las democracias parlamentarias hizo posible el renacimiento del mito de la sociedad transparente. Las diversas leyes de la transparencia son buena prueba de ello. Y el símbolo emblemático de este ideal de transparencia sería el retorno de la arquitectura de cristal: la reconstrucción de la cúpula que corona el Reichstag de Berlín. Norman Foster diseñó en 1993 una gran estructura de vidrio para que el Parlamento alemán fuera transparente.
Aun así, la transparencia es susceptible de convertirse en una refinada estrategia de ocultamiento que finge pureza, sinceridad, confianza, mostrándose tal cual, sin filtros, ni velos, ni intereses de por medio. Por ejemplo, una conocida marca de automóviles alemana ha construido una fábrica transparente. Las paredes de cristal dan pie a seguir desde el exterior el proceso de montaje de los vehículos. Sin embargo, se ha descubierto que esta marca había engañado a sus clientes falseando los índices contaminantes de sus coches.
A menudo el exceso de información no deja de ser una forma sofisticada de ocultación tras una aparente transparencia. La sobreinformación desinforma. «Cuanta más información se pone en marcha, tanto más intrincado se hace el mundo», afirma Byung-Chul Han.6 Mostrarlo todo, sin discriminar lo relevante de lo anecdótico, sin secuenciar de forma graduada la información para que pueda ser asimilada, dejando que lo más estridente capte la atención del observador mientras le pasa por alto lo fundamental, es otra manera de esconderse tras lo transparente. La opacidad se camufla en la transparencia.
El desarrollo de las telecomunicaciones proporciona un conocimiento que aparenta ser cada vez más inmediato. Pero se trata de una falacia; los medios existen y se interponen entre el emisor y el receptor. Se identifica la instantaneidad con la inmediatez olvidando que la información no es pura, está mediatizada, está filtrada.
A finales de los años 80 el filósofo italiano Gianni Vattimo sostenía que los mass media desempeñaban un papel determinante en el nacimiento de la sociedad posmoderna. No obstante, opinaba que la eclosión informativa generada por estos medios no daba lugar a una sociedad más transparente, más consciente de sí misma, más iluminada, sino a una sociedad más compleja e, incluso, más caótica. A pesar de ello, confiaba en que en este caos de relatividad se fraguarían nuevas esperanzas de emancipación.
Mientras Theodor Adorno preveía que, a partir de su experiencia de la sociedad norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial, la radio, y luego la televisión, provocaría una homologación general de la sociedad semejante al mundo descrito por George Orwell en 1984, Vattimo constataba que el resultado había sido más bien el contrario. Pese a los enormes esfuerzos de los grandes monopolios informativos, los modernos medios de comunicación habían propiciado una explosión y una multiplicación generalizada de visiones del mundo.7 Algo muy alejado del sueño totalitario.
