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Una mujer visita a su madre enferma en el hospital. Al salir de la habitación, se encuentra con un hombre que llora desconsolado. "Maté a mi mujer", le confiesa. Pese al terror inicial, algo hace que la narradora no salga corriendo y se quede con aquel hombre misterioso, a solas en un pasillo oscuro. Arranca así una relación ambivalente entre ambos, de curiosidad, rechazo y deseo, que como un torbellino avanza página tras página. Con una voz ágil y llena de humor negro, la narradora tratará de saber qué hay de verdad en esa confesión inicial, quién es aquel extraño y cuáles son los motivos por los que decide adentrarse en ese vínculo oscuro, pese a todas las señales de alarma. Una novela que ahonda en las pulsiones que nos empujan hacia el vacío, hacia relaciones torcidas, perturbadoras, monstruosas, lejos de lo políticamente deseable y correcto.
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Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2024
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[LIBROS]CONTEMPORÁNEOS
[LIBROS]CONTEMPORÁNEOS
Rosenberg, Yanina
Momento Estocolmo / Yanina Rosenberg. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-631-6632-28-9
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A860
© 2024, Yanina Rosenberg
© 2024, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
ISBN 978-631-6632-28-9
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Diseño de la colección: Pablo Alarcón | Cerúleo
Diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Fernando Lendoiro
Foto de tapa: Adobe Stock, FMSTUDIO, Krit
Foto de contratapa: Alejandra López
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Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
A Diego, Simón y Fiona.
A Berta y José.
Si todas las muñecas me sonríen, ¿por qué estoy triste? ¿Porque es de noche, está oscuro y papá se fue a la sala? ¿O porque me prometió la Luna y en la ventana no hay nadie?
Shira Gefen y Etgar Keret
Si una bola de cristal pudiera decirte la verdad sobre vos, sobre tu vida, tu futuro, ¿qué le preguntarías? Me inclino despacio y beso la frente de mamá, que duerme cubierta de un sudor frío y pegajoso. ¿Le preguntarías por el sentido de la vida o por la cotización del dólar? ¿Por los ovnis, la clonación humana, el Merval, los beneficios de la macrobiótica? Como si quisiera decir algo, mamá despega los labios arrugados por la sed. ¿Y por nosotros? ¿Preguntarías por nosotros?
Kaufman, asomado entre los matraces y tubos de ensayo, me sonríe desde el recuerdo. Aprieto los párpados para espantarlo, muevo la cabeza como para sacarme su voz de encima, y en eso estoy cuando escucho:
—¿Volviste porque te gusta mostrarme el pituto? —Una voz femenina seguida de un par de risas que chapotean en la ronquera.
Abro los ojos. A dos camas de distancia, una pelirroja le habla a un chico de no más de veinte años, con facciones finas pero chupadas, ojos azules demasiado grandes para su cara, en la cabeza un lustre de quimioterapia. ¿Jugador de básquet, de fútbol, atleta? La mujer, de impecable ambo violeta, lleva sus manos debajo de las sábanas. El chico mueve los hombros y con ayuda de los codos repta hacia atrás para levantar un poco la cabeza. Al ver que lo miro, me sonríe un qué mirás, nena. Corto la hipnosis con su pelada, me miro las zapatillas, vuelvo a mirar a mamá, le doy otro beso y agarro la cartera. Debo haberle puesto cara de pobrecito, y es ley que la cara de pobrecito genera un mal karma, como si mirar a los que no tienen pelo fuera a hacerte perder el propio.
Me acerco a la puerta y de forma automática suena un pitido que se corta cuando empujo la chapa y cede el pestillo. Un vaho tibio me pega en la cara, abro la boca en un bostezo que parece interminable. La luz fluorescente rebota en las paredes libres de cuadros, en las puertas metálicas de los ascensores, en las baldosas de granito, en las esquinas redondeadas que hacen imposible distinguir dónde empieza el piso, dónde termina la pared. El pasillo es estrecho, pero se agranda en forma de embudo hacia la zona de los ascensores. No hay sillones ni mesas ratonas ni floreros de vidrio con calas; ni siquiera un velador de pie. A un lado del pasillo, veo el trío de sillas donde a veces paro a tomar aire. Me acerco y me dejo caer en una de ellas, escucho cómo cruje mi estómago vacío. Me descuelgo la cartera, la abro para buscar el celular. Veintiuno doce, leo apenas toco la pantalla. Marco el teléfono del radiotaxi, que a esta altura ya sé de memoria, y espero hasta escuchar las intermitencias del teléfono que llama. Suena cinco veces, seis, antes de que me salude la grabación de siempre, antes de que me transfieran a la voz de una mujer. Pregunta mi número de teléfono, le digo que no estoy en casa, que hablo desde un celular y me dice que está bien, que le diga el número. Antes de dictarle el anteúltimo, la línea agarra interferencias, la comunicación se entrecorta, su voz se aleja, dice que no me escucha, no me escucha, no la escucho; yo me paro y la cartera cae abierta al piso pero la dejo ahí mientras me apuro por el pasillo en busca de señal. Paso la zona de los ascensores y me adentro en otro pasillo que, similar al anterior, también se estrecha en forma de embudo. ¿Hola? Hola, holaaa, digo alargando la a en un fa sostenido pero suave, con cuidado de no levantar demasiado la voz. El tono grave y palpitante del teléfono indica que la comunicación se cortó. Vuelvo sobre mis pasos, me detengo junto a los ascensores, frente al ventanal que descubre la ciudad de noche, el otro pabellón del hospital, la imagen de un millón de rectángulos, algunos con las luces encendidas y gente en bata, otros vacíos, estáticos, en la oscuridad. Un escalofrío me hace sacudir los hombros como en un ridículo baile tropical. Vuelvo sobre mis pasos y veo el pasillo desierto, las luces fluorescentes que parpadean. Sigo sin señal. Debería bajar y llamar al radiotaxi desde la calle, esperar abajo aunque afuera haga un frío de congelador. Me apuro hacia el embudo de la izquierda, hacia el trío de sillas donde dejé la cartera, pero me paralizo al ver sentado, en el mismo lugar donde estuve hace unos segundos, a un hombre de traje, ¿abogado, ingeniero, contador?, que, inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, las manos sobre la frente, llora con ganas. Genial. Sigo sin moverme, incluso contengo la respiración. A un tipo así no se lo ve llorar de esa forma todos los días. ¿Debería decirle algo, preguntarle por qué llora, si está bien? Aunque, por cómo llora, preguntarle si está bien sería una idiotez. Doy un paso adelante, y uno de los tubos fluorescentes parpadea y se apaga. Doy otro paso. Y otro. Si el tipo escucha la goma de mis zapatillas contra el piso quizás se dé cuenta de que no está solo, levante la vista, me mire, sienta vergüenza y deje de llorar. Pero no me escucha, no me mira, ni siquiera se entera de que existo. Le digo hola, permiso, y me agacho a un lado de la silla, el brazo estirado para alcanzar mi cartera. Y ahí, tan cerca del tipo, siento cómo la silla vibra con cada espasmo; consecuencia de sus movimientos, su perfume, mezcla de flores, almizcle y madera, salta de su cuello directo a mi nariz. Engancho el dedo índice en la manija trenzada y tiro de la cartera para arrastrarla por entre sus piernas. La manteca de cacao y un paquete de Mentos caen al piso y ruedan hacia la pared. Se ve que en algún momento le rocé la pierna porque el tipo, de la nada, despega las manos de la frente y se endereza en el asiento para mirarme con el iris traslúcido por las lágrimas, aunque ya no llora.
—¿Estás bien?
Por cómo me mira me doy cuenta de que hice mi pregunta más idiota. No me responde. Se muerde el labio de abajo, lucha con un borde de piel reseca mientras se pasa las manos por las mejillas húmedas. Quisiera decirle algo más, pero qué. Bajo la mirada. Debería irme. Quiero irme. Ahora mismo. Ya. Respiro hondo, doy media vuelta y, despacio, empiezo a caminar. Avanzo en diagonal hacia los ascensores cuando escucho que la silla cruje apurada, un sonido de plástico reseco que choca contra el metal. Giro la cabeza, como quien echa una última mirada a una casa vieja antes de mudarse, y encuentro al tipo parado frente a mí, sus ojos ¿suplicantes?, como si quisiera decirme algo de vida o muerte.
—Mi mujer —dice con un temblor de urgencia, y yo frunzo el entrecejo sin decir nada. ¿Qué pelotudez podría decirle ahora?—. Mi mujer… —repite, y pienso que tiene los ojos más brillantes, más expresivos que vi en mi vida.
Aprieto los labios y muevo apenas la cabeza para darle un dudoso te escucho, un seguí hablando, un obvio sí.
—Mi mujer… —vuelve a decir, y porque mantiene sus ojos en los míos, desvío la mirada.
¿No mirar? ¿O debería mirar?
Con la uña del pulgar entre mis dientes, la cabeza apenas inclinada hacia atrás, la vista rebotando entre sus ojos y la pintura saltada de la pared, lo escucho decir:
—La maté, la maté… —en el tono de alguien hundido en la desesperación—. Yo maté a mi mujer. —Retrocede unos pasos, se deja caer sobre la silla, inclina el cuerpo hacia adelante y se exprime la frente para volver a llorar con el indudable impulso de la culpa.
—¿Te traigo un poco de agua? —digo marcha atrás con pasos lentos, calculados, para no tropezar con nada.
El tipo sigue llorando, las manos ahora sobre la cabeza, los dedos que rastrillan el pelo grasoso. Y yo, por mirarlo fijo, por prestarle atención a él y nada más que a él, me choco de espaldas contra la pared. Con disimulo, estiro un brazo, tanteo el metal de las puertas, pero no encuentro el botón del ascensor. Doy vuelta la cabeza, unos pasos hacia el costado, y mi mano alcanza el maldito circulito. Aprieto el redondel de metal con la flechita hacia abajo y la luz roja del centro se enciende, pero levanto la vista y leo en el display que el ascensor está en el lejano piso dos. Mientras espero, piso tres, piso cuatro, sigo con eso de morderme la uña del pulgar, y cuando tiro para arrancar la media luna ya fracturada, la piel de alrededor empieza a sangrar en mi boca. Piso seis, siete. Quisiera quejarme, gritar, cuando noto el repentino silencio. ¿Y el tipo? ¿Ya no llora? Piso ocho, leo y me doy cuenta de que, en mi pelotudez, le di la espalda. Genial, el tipo me confiesa que es un asesino ¿y yo le doy la espalda? Debería esperar quietita el ascensor, sin decir ni una palabra, sin siquiera respirar ni darme vuelta, pero me doy vuelta y compruebo que el tipo ya no llora, ni se rasca la cabeza, y que ni siquiera está sentado, sino a medio metro de donde estoy con sus ojos de asesino serial fijos en mí.
—¿Te traigo agua? —repito como si el agua fuese el ajo de los psicópatas.
El corazón me late a mil por hora y mis latidos, que parecen conectados a los campos magnéticos del lugar, se suman al ritmo de un tubo que parpadea. Los poros del tipo, magnificados por la luz y por las lágrimas, me dan ganas de vomitar.
—Agua, el agua hace bien —digo, y él me hace que no con la cabeza.
Vuelvo a tocar el botón del ascensor como si con eso pudiera apurarlo. El tipo se me acerca todavía más y abre la boca para decir algo. Su aliento áspero de un café con leche fermentado mete sus partículas putrefactas directo en mi nariz y a mí me vuelve a subir el ácido de las náuseas.
—Tranquilo —le digo aunque soy yo la impaciente—, te traigo agua. —Ahora sin signos de interrogación.
Y no alcanza a decir:
—Está bien.
Que escucho el sonido neumático del ascensor ubicándose al ras del piso y abriendo al fin sus puertas.
—Agua, te traigo agua y vuelvo —le digo aunque se nota a la legua mi cero intención de volver.
Apuro al botón de cerrar puertas al tiempo que le ordeno al que tiene la P y la B que me lleve a planta baja. Recién cuando el ascensor me encierra, suspiro aliviada. Me miro al espejo. La cartera abierta se sostiene de uno de mis hombros por una sola trenza; paso la hebilla de metal y después reúno ambas manijas bien cerca de la base de mi cuello. Los labios resecos me hacen pensar en la manteca de cacao y en los Mentos que quedaron en el piso. Me muerdo la lengua para diluir un poco la saliva espesa en mi paladar. Mi pelo parece recortado de un puercoespín. Me mojo los dedos con la lengua y trato de aplastarme el mechón que sube desde mi frente y tilda de punk mi corte francés. Al llegar a planta baja corro hacia la calle, las puertas automáticas se abren, y el cambio de temperatura me atraviesa con un ruidoso escalofrío. Debería llamar al radiotaxi, pienso, pero acelero mis pasos casi hasta el cordón de la vereda. Debería ir derecho por Zabala hasta Álvarez Thomas, por ahí algún taxi debe pasar. Pero no, porque los verbos que le siguen a un debería nunca me convencen ni me inspiran confianza, avanzo por Crámer, bordeando las vías del tren en dirección a Lacroze. No solo no hay taxis ni colectivos a la vista, sino que no hay autos, ni motos, ni chorros, ni motochorros, ni perros, ni gatos, ni sapos, ni grillos, ni moscas de la fruta ni mosquitos con dengue; no hay ventanas con luces encendidas ni luces encendidas sobre las ventanas; no hay tapetes de bienvenida ni jaulas con pajaritos de cabezas hundidas entre las plumas; no hay estrellas, ni luna llena, ni cuarto menguante, ni indicio de luna; no hay agua corriendo por las cañerías ni repiqueteos de duchas o inodoros; ni siquiera hay una mísera rata explotada barrida por algún vecino debajo del cordón. Bajo la vista y paso por mis zapatillas de cuero, por la línea descubierta de las medias, por la botamanga del jean, y después, antes de llegar a la cintura, de forzar todavía más la curvatura de mi cuello, levanto un brazo para ver los coloridos rectángulos de patchwork de mi campera. Estoy vestida, menos mal, me digo y confirmo que estoy despierta. Estoy en la realidad de todos los días, y no dentro de una de mis pesadillas. O sí. Pero no. Debería haber ido por Zabala, pienso, pero sigo camino. Casi corro. El vapor blanco del frío me tiñe el aliento, y por momentos desacelero resignada para escuchar el sonido de mi estómago. A media cuadra de Lacroze alcanzo a ver mi oasis de agua dulce y palmeras abanicadoras, un kiosco que tiene las rejas puestas y las luces apagadas, pero con la palabra abierto en su cartel de leds.
—Hola, holaaa… —digo sacudiendo la reja.
Un hippie con barba de virulana hasta el ombligo me mira con cara ¿de falopeado, de dormido? Y si no estaba ni falopeado ni dormido, seguro se estaba masturbando.
—¿Sí? —me dice jadeante, pero los músculos alrededor de su boca apenas se mueven. La expresividad de la inexpresividad.
—¿Me das un paquete de Cerealitas, por favor?
El hippie, que respira hondo y me mira como si le hubiera pedido un elefante para cruzar el océano Índico, repta hacia el otro lado del mostrador y agarra las galletitas. Vuelve con un ritmo de yarará moribunda, los brazos que le cuelgan en la terca dejadez de la marihuana, y se acerca a la entrada, a pasarme el paquete de galletitas por entre los barrotes de la reja.
—Uno cinco cero —dice y se le escapa el pariente cercano de un eructo.
Abro la cartera, y sin sacar la billetera busco el cambio justo y le pago. Mientras recibe la plata quisiera darle charla, preguntar qué pasa hoy que no hay nadie en la calle, si será por el frío o qué sé yo, pero el hippie ya se vuelve apurado al fondo del local, al humo de su porro, ¿o a su calzoncillo pegajoso? Miro la calle desierta, dormida, completamente fantasmal, y después vuelvo a mirar el interior del local, las cajas de Marlboro, los paquetes de Halls, de Mentos, de Beldent, a la variedad de Cerealfort y chocolates Cofler, aireado, con almendras, con confites, clásico, bicolor, el sticker de Coca-Cola en la heladera, y entonces saco unos billetes más y grito:
—Un agua, ¿me das también un agua?
Y ese grito me sorprende a mí misma. Pero más me sorprende verme volver sobre mis pasos, enfilar de nuevo por Crámer estando tan cerca de Lacroze y del seguro paraíso de los taxis, tan cerca de la tarta de zapallitos en la heladera de casa, de mi cama, de mi espumosa almohada cervical. Me sorprende también recibir el cálido aliento del sanatorio, subir al piso doce, bajar del ascensor y ver que el asesino confeso sigue sentado, quieto, esperando y sin llorar.
—Gracias —dice el tipo apenas bajo del ascensor, aunque más que agradecido suena irónico—, pensé que no volvías. —Ahora su gesto deja entrever algo entre el reproche y la necesidad.
¿Y si es mentira lo que dijo? ¿Y si habló desde la desesperación, desde la culpa? ¿Si exageró? ¿Si en realidad no mató a nadie y todo era, no sé, una metáfora de algo?
Me acerco, con pasos lentos, pesados por mi propia culpa, y estiro el brazo con la botella de agua. El tipo me mira, asiente y después de volver a agradecer agarra la botella. Y la agarra con tantas ganas que me aprieta fuerte, tan fuerte que me duelen todos los huesos de la mano.
—¿Qué hace una chica tan linda sola a esta hora?
Por primera vez su voz suena tranquila, amable, pero yo me retraigo en la silla. Los tipos que le dicen linda a una chica en las primeras treinta palabras de un diálogo, sin ser tíos o abuelos o al menos primos lejanos, son pervertidos, violadores o asesinos seriales.
Abro la cartera, que descansa cómoda en la silla del medio, entre nosotros, y saco el celular. Acaricio la pantalla, derecha, izquierda, arriba, abajo, en la actitud de quien lee mil docenas de mensajes recibidos. Sonrío como si me hubieran escrito algo gracioso. Aprieto los labios, formo una trompita. Siento sus ojos fijos en mí, pendientes de mi respuesta. Desarmo la trompita, lo miro de reojo y, sí, su mirada trepa por mi mentón, por el cuello, ¿por el pelo que se afina en forma de flecha sobre mi nuca? Muevo la cabeza para sonarme el cuello, y también para despegarme sus ojos de encima.
—Saqué a pasear al perro y pensé que esto era un shopping, así que lo até al árbol de la entrada y entré a comprarme zapatos —digo y enseguida me arrepiento. Está claro que cuando la pelotudez abre la boca, es imposible amordazarla.
El tipo me pone unos ojos de animé. Ya no los tiene ni tan líquidos ni tan hinchados, ni tiene los párpados delineados por el rojo de la angustia. Abre la boca para decir algo, pero rápido la cierra, junta los labios y después los estira para volver a separarlos, para sonreír. Fuerza una especie de carcajada que no suena falsa sino rebosante de sorpresa, el relincho de un caballo feliz.
—Claro, si estamos en época de liquidación —me sigue el juego y respiro hondo, aunque asiento con sonrisa de nena a la que una tía solterona le dice qué grande que estás, nena.
Vuelvo la vista hacia la pantalla ahora negra de mi teléfono y a eso de leer mensajes imaginarios. El tipo estruja la botella de agua ya vacía hasta sacarle todo el aire, le enrosca la tapa y, después de girar el cuerpo hacia la izquierda, la tira al tacho de basura que ¿siempre estuvo ahí? La emboca con timing de ganador. Vuelve a enderezar el cuerpo, pero enseguida inclina las piernas hacia la derecha, hacia mí.
—¿Cómo se llama? —dice con voz firme, sin titubeos, aunque una de sus piernas repica nerviosa.
¿Debería decirle mi verdadero nombre? ¿O debería inventarme uno? Le sonrío a lo chica de doce educada por una carmelita descalza. Ahora, ¿por qué cuernos no me tutea si antes…?
—Podés tutearme —demoro la respuesta, no me decido, ¿debería decirle o no cómo me llamo?
—Digo, cómo se llama… —Ve que lo miro como se mira a un esquizofrénico—. Tu perro, el que dejaste atado al arbolito de la entrada para comprarte los zapatos.
Asiento con un único y amplio movimiento de cabeza.
—Holly Golightly.
—Ah, mierda, ¿y te entiende cuando lo llamás?
—Más que cualquier hombre.
—No. —Suelta otro relincho feliz, ya no queda nada del hombre que lloraba con pose de Cenicienta—. No puede ser, ¿tan chiquita y ya tan despechada?
—Ni chiquita ni despechada. Esas cosas las sé porque las sé. Son lecciones que vienen grabadas en el ADN, el sello de agua que nos pone la partera después de cortar el cordón umbilical. Es la lógica inductiva de los escotes y las minifaldas. La biblia para la dogma industry de la mujer.
El tipo abre la boca, como si de golpe la mandíbula le pesara, y después frunce el entrecejo. No puedo adivinar si está por decir algo o prefiere tirarse por la ventana, ir para el lado de los relinchos o ponerse otra vez a llorar. Se acomoda en la silla y, de la nada, devuelve su cara al grado cero de la expresividad.
—Cuando yo tenía trece años, vivíamos en una casa con jardín, por Floresta, y teníamos un boxer al que le decíamos Achu —dice—. En realidad se llamaba Axel, por Axel Rose —aclara—. ¿Lo ubicás?
—Más o menos.
—No importa. La cosa es que el bicho era una luz. Superpiola. Para que te des una idea, cuando quería salir, hacer sus necesidades, arañaba el vidrio de la puerta de calle. Mamá le abría, mamá o yo o cualquiera de mis hermanas, y el tipo salía, daba la vuelta manzana lo más campante y, después de hacer lo que tenía que hacer, volvía y golpeaba la puerta, el vidrio de la puerta, para que le abriéramos.
—Un capo total —digo entusiasmada, pero él pone cara de velorio.
¿Y ahora qué cuernos dije?
—Hasta que un día nos tocó el timbre una vecina, una vieja que parecía la bruja del setenta y uno, la del Chavo, ¿la ubicás a esa? —Mi sí es más un cabezazo al aire que un sí—. Te decía, un día se apareció la vieja esa en casa quejándose de que cómo dejábamos salir solo al perro, que era un perro, que los perros son siempre perros y que, por más educado que sea, sigue siendo un perro y no puede andar por la calle así como así, como una persona más. Una loca de mierda. —Al escucharse decir mierda se sobresalta—. Perdón.
Me río y por primera vez cruzamos miradas. Dos líneas, dos arrugas finitas, le salen de cada ojo, más bien de la línea del párpado, como delineador de Cleopatra.
—¿Y ustedes qué hicieron?
—Nada. Mi vieja no le dio ni la hora. Le dijo a todo que sí y le cerró la puerta en la cara. Qué iba a hacer, si el bicho era un santo.
—No entiendo qué le molestaba. ¿Le cagaba la entrada de su casa?
—No. El problema era que el perro andaba solo por la calle como una persona, sin nadie que lo cuidara o lo llevara con una correa. Para la mina, los perros, por ser perros, tenían que actuar como perros, no como personas. Yo qué sé, supongo que se creía un ser superior. O quizás tenía miedo de que en la calle la confundieran con el perro, no sé…
—¿Y entonces? ¿Empezaron a sacarlo ustedes? Digo, al perro…
—Ojalá… —alarga la a del suspenso hasta que al fin dice—: a las dos semanas apareció en la esquina de casa con la cabeza reventada de un tiro.
—Me estás jodiendo.
—No me lo olvido más. Esa mañana le abrí la puerta yo. Me acuerdo de que antes de que saliera le rasqué la cabeza como siempre, como a él le gustaba, y le di unas palmadas en el lomo, a lo que Achu respondió saltándome encima y tirándome al piso. Me dejó sangrando una mejilla, porque era bueno pero bruto. —Suspira ruidoso—. Había pasado más de una hora cuando nos dimos cuenta de que Achu no había vuelto. Con mis hermanas salimos a buscarlo. Horrible. Tenía la cabeza abierta, sangre para todos lados, el cerebro afuera, las venas, todo a la vista. Uno de los ojos se le había salido de la cara y estaba tirado en la vereda al lado de una caja de Marlboro. El pobre Achu…
El tipo baja la cabeza y apoya los codos sobre sus piernas, pero antes de que se agarre la frente y se ponga a llorar, me apuro a decir:
—¿Y ustedes qué hicieron? ¿Llamaron a la policía? ¿Hicieron la denuncia, algo?
—Resulta que la mina era viuda de un teniente coronel.
—¿Y? Yo le rompo la casa a piedrazos.
—A la mina había que reventarla a piedrazos —dice con tanta rabia que me acuerdo de su mujer, de su confesión y del miedo que se puede sentir tan cerca de un tipo que ¿será o no será un asesino?—. No, meterse con la viuda de un milico nunca es buena opción, mucho menos en ese entonces…
Ve que pongo cara de susto, de haber visto un fantasma, y después asiente.
Me doy cuenta de que estoy rompiendo la ley suprema de la infancia, que de verdad estoy hablando con un completo desconocido, en un lugar casi desierto, que me pregunta cosas personales, como mi nombre o mi edad, alguien que lo primero que hizo al verme fue decir que había matado a su mujer. Genial. Falta que me ofrezca un caramelo y que yo se lo acepte. Mejor no le contesto, alzo los hombros. El tubo fluorescente, tan oportuno, salvador, vuelve a chispear y entonces concentro mi atención en los gastados filamentos de tungsteno. Por un momento el tipo también mira el tubo, como si hubiera seguido el camino desde mis ojos para ubicar qué es lo que tanto me maravilla.
—Claro, vos sos muy chica para saber.
No. Ni muy chica ni muy grande, ni muy flaca ni muy gorda, ni muy rubia ni muy morocha, ni muy peinada ni muy despeinada, mi muy educada ni maleducada, ni muy roja ni muy negra, ni muy rosa ni muy celeste, ni muy machista ni feminista, ni muy tabla ni muy tetona, ni muy perra ni muy gata, ni muy Hume ni muy Descartes, ni muy cuadrada ni muy redonda, ni muy banal ni muy profunda, ni muy vulgar ni perfecta, ni muy primera ni muy segunda, ni muy polar ni muy bipolar, ni muy tuya ni muy mía, ni muy este ni muy ese, ni muy qué ni muy cuánto, ni muy una ni muy otra, me hubiera gustado decirle. Pero solo le digo:
—No. —Y debería quedarme callada, pero como los debería nunca son mis puntos fuertes… —: ¿Y tu mujer?
—¿Mi mujer qué? Yo tenía doce años, todavía ni la conocía a mi Cielita.
¿Cielita? ¿En serio le dice Cielita? ¿A la que mató le dice Cielita? ¿Será porque la mandó al cielito?
—No, digo. —Hamaco una pierna y con la punta de la zapatilla dibujo círculos sobre el piso—. ¿Ella…? ¿Es verdad lo que dijiste sobre ella? Que vos… Lo que dijiste antes. —Sigo con la calesita de la pierna—. Eso, que vos… —Saco los ojos del tubo de luz y lo miro.
No alcanzo a terminar la frase que el tipo vira su expresión hacia una menos amigable, más oscura, blindada. Inclina el cuerpo hacia adelante, apoya los codos sobre la falda, las manos sobre la frente y, de la nada, sin esfuerzo, actor consagrado, empieza a llorar.
¿En serio? ¿Otra vez? ¿Y ahora qué mierda…?
Basta. Debería irme, levantarme, caminar lento, pasos suaves, cortos, disimulados, un, dos, un, dos, derecho, izquierdo, derecho y de nuevo izquierdo, despacio, lo suficientemente despacio para que no se dé cuenta de que me estoy yendo a la mierda; debería respirar hondo, contar hasta tres, cinco, diez y, con un chasquido que corte la indecisión, darme vuelta y correr hacia el ascensor, hacia la calle, hacia la tarta de zapallitos en mi heladera, el Milka aireado de postre, la frazada hasta el mentón, pero por qué, por qué, no sé por qué, ignoro, como siempre, mi debería, y me acerco al tipo, aunque despacio, llena de dudas, y le apoyo una mano en el hombro:
