Moneda al aire - Sergio Vázquez Jodar - E-Book

Moneda al aire E-Book

Sergio Vázquez Jodar

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Beschreibung

Jacobo Fandiño es un jugador de fútbol que acaba de fichar por un gran equipo pero no va sobrado de confianza. Bruna Vila es una periodista deportiva que lo borda con sus crónicas en un mundo atestado de señoros y clickbait. Vicente Parrado es un aficionado que se agarra a los viejos tiempos mientras cuida de su padre enfermo. Aunque cada uno trate de hacer su camino, los tres solo contemplan un destino: cuando llegue el verano, irán al Mundial.

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Seitenzahl: 351

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primera edición: octubre de 2023

© Moneda al aire, 2023

© Sergio V. Jodar

Diseño y maquetación: Anna Blanco Cusó

© Grupo Editorial Belgrado 76, S.L.

C/Grassot 89, bajos

08025 Barcelona

www.panenka.org

ISBN: 978-84-127411-1-7

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

 

 

 

A Raquel, por el silencio yla compañía que los protagonistasde este libro necesitaban.

Quedan 330 días

Quedan 330 días

Quedan 327 días

Un tal García da la cuarta Eurocopa a España

Quedan 326 días

Quedan 322 días

Quedan 313 días

Quedan 300 días

El gol se tiene o no se tiene

Quedan 279 días

Quedan 265 días

A Segarra le toca la lotería

Quedan 250 días

Quedan 227 días

Quedan 213 días

Quedan 200 días

La banca siempre gana

Quedan 183 días

Quedan 173 días

Quedan 162 días

Jacobo Fandiño es el rey mago

Quedan 157 días

Quedan 136 días

Quedan 120 días

Planeta D'Agostini

Quedan 100 días

Quedan 77 días

Quedan 50 días

La esperanza se va a Madrid

Quedan 36 días

Quedan 15 días

Quedan 14 días

Iremos al Mundial

AGRADECIMIENTOS

 

 

 

El fútbol es para humildes, porque es el único oficio en el que puedes hacerlo todo mal en un partido y ganarlo y puedes hacerlo todo bien y perderlo, David Trueba. Saber perder.

Quedan 330 días

Ni siquiera soy el peor jugador de la historia. Si escribís en YouTube “presentaciones ridículas fútbol”, la mía sale de las primeras. Hay un vídeo de un ranking con las más ridículas y yo ocupo el cuarto puesto. No, el cuarto no, el tercero. Os vais a reír, pero os digo en serio que el día de la presentación con el Atlético Mediterráneo no había empezado bien porque salí de casa sin cagar. Normalmente, mis días comenzaban a las ocho y un minuto de la mañana con la canción esa de Rocky a todo volumen. Posponía la alarma once minutos, los mejores del día, para qué nos vamos a engañar. Me levantaba, comía un plátano, bebía un vaso de agua caliente, tomaba un café sin azúcar y lo acompañaba con dos tostadas, una con aceite y la otra con aguacate. A los dieciocho minutos el cuerpo me pedía ir al baño con puntualidad británica o suiza o donde sea que lleguen a tiempo. Ni que comiera relojes. No me fío de la gente que sale de casa sin evacuar. Están locos. Si el día es una temporada con victorias y derrotas, cumplir las rutinas matutinas es ganar el trofeo veraniego: no es definitivo, pero lo encaras todo de buen humor.

Cualquier novedad alteraba toda esa liturgia. La noche antes de la presentación, sin ir más lejos, en la cama me puse boca arriba, después boca abajo, después para un lado y después para el otro. Me dio una rampa en el gemelo. Miré el móvil a las 00:08, a las 02:22, a las 04:18 y a las 5:50. Por la mañana, desayuné un café y medio plátano y me senté en el váter. Tenía el sistema digestivo parado y sabía que se pondría en marcha, como siempre, en el peor momento. Durante toda mi carrera deportiva había conocido a muchos jugadores que querían salir los últimos al campo por una especie de ritual esotérico. El fútbol de condicionales, que yo también conjugaba, se escuchaba por todos los rincones de España. “Si salgo al campo el último, me irá bien”. “Si entro con el pie derecho, meteré tres goles”. “Si llevo los guantes rosas, no me marcarán”. Yo estaba en la gama alta de jugadores supersticiosos. Me santiguaba al entrar al campo por si acaso, no porque fuera creyente. Pero si salía el último del vestuario era por una razón fisiológica: apurar al máximo en el baño. Mi abuela decía una frase que no entendí hasta los 9 años, y eso que parecía que la habían inventado para mí: “O que ten cu, ten medo”.

En el trayecto en taxi desde mi nueva casa, en Castelldefels, hasta el estadio, primero sentí un pinchazo en la barriga cada cinco minutos, luego cada tres y al final fue casi continuo. Necesitaba liberar aire sí o sí. Los asientos traseros del taxi eran de piel negra, o al menos de lo que quedaba de ella. ¿Iba a sonar? Bajé la ventanilla. Afuera tronaba pero no llovía. En la radio sonaba una canción de rumba y me separaba un cristal con el taxista, que acompañaba con la percusión al volante. Había que jugársela. Me moví hacia un lado y fui tan delicado como al abrir una botella de Coca-Cola que se acaba de caer al suelo. Nada. Dos calles después, el conductor aprovechó un semáforo en rojo, detuvo el taxímetro, pagué con tarjeta, incluidos dos euros de propina, y cuando iba a salir del coche me preguntó si era Jacobo Fandiño. “Qué va, qué va, dicen que me parezco mucho”, contesté antes de dar un portazo.

Lo primero que vi de mi nuevo estadio fue un cartel gigantesco y luminoso con el nombre: el Nuevo Malecón. Parecía un centro comercial. Había leído que antes estaba en el barrio de Poblenou, cerca del mar que inspiraba el nombre del equipo. Pero el ya antiguo Malecón se trasladó a la zona rica de Barcelona, a los pies de Vallvidrera, lejos de su gente y lejos del agua, donde pescadores inmigrantes de toda España habían fundado el equipo hacía más de cien años. También me había informado de que el estadio, en el que empezaría a jugar el Atlético Mediterráneo esa temporada, explicaba los problemas económicos del club. Había comenzado a construirse cinco o seis años atrás para ser el más grande del mundo gracias a sus 120.000 asientos. Pero con la construcción también había desencadenado un círculo vicioso: menos dinero para fichajes; menos títulos, y por lo tanto menos dinero; menos ilusión y menos público, y por lo tanto menos dinero. Al final, todo siempre se resume en el dinero. Yo había costado veinte millones de euros, mucho para ser yo, poco en comparación con una megaestrella. Supongo que por eso me había fichado el Mediterráneo y por eso estaba en el aparcamiento del Nuevo Malecón, donde me esperaban el director deportivo, Liarte, que tenía unas gotas de sudor en el bigote, y el vicepresidente del equipo, que me dijo su nombre pero no me enteré. Me pasa a menudo con las presentaciones. No es que me olvide del nombre, es que no lo escucho.

Mientras me enseñaban las estatuas de exfutbolistas del club, los jardines y los accesos al estadio, Liarte me gastaba bromas y me daba con el codito. Era el máximo responsable de mi fichaje, que la prensa había catalogado como “arriesgado”. Me contó que a la plantilla aún le quedaban algunos días de vacaciones y que el presidente no se pasaba por allí desde hacía cuatro meses. Me preguntó si conocía Primera plana, “el periódico de referencia”. Le dije que mi padre era suscriptor, aunque solo había visto el diario por casa algún domingo. Según había publicado Primera plana, Eugeni Cabestany, el presidente, había defraudado a Hacienda tres millones y medio de euros. Cabestany había dado una rueda de prensa para desmentir todo lo ocurrido, que en este mundillo ya sabéis que suele significar que la información es cierta. Desde entonces, no había vuelto a aparecer por las oficinas. “Y no creo que lo haga”, apostilló el vicepresidente como si escribiera un punto y aparte. Según decían en las tertulias, se quería presentar a las próximas elecciones del club.

Entramos al estadio, ellos con su moreno ibicenco, yo con mi blanco roto. Caminaban sin prisa y se reían a menudo. De vez en cuando aprovechaba para quedarme rezagado y ponerme la mano en la tripa. Los apretones son como las eliminatorias de Champions: siempre hay partido de vuelta. Hablaron de julio, su mes favorito. La Eurocopa, que no se había podido celebrar el año anterior por una huelga de árbitros, estaba en juego. Eso provocó que Eurocopa y Mundial se disputaran en dos años seguidos. Pocos prestaban atención a los nuevos fichajes. Era un buen momento para presentarme a mí, un mediapunta de 25 años, joven pero no tanto, ya en la edad de cumplir las promesas. Venía del Ínsula, un equipo que había descendido antes de marcharme, aunque es verdad que había sido el mejor jugador de la temporada con diferencia. De todas formas, no os voy a mentir, el Atlético Mediterráneo había pagado por mí más de lo que yo había demostrado hasta el momento. Lo sabían Liarte y el vicepresidente, lo sabían los aficionados y lo sabían hasta en mi casa.

Me enseñaron la sala de trofeos. Había como treinta o cuarenta, aunque el último lo habían ganado hacía más de cinco años. Al salir del museo, me interesé por los baños.

—¿Quieres ir? —me preguntó Liarte frunciendo el ceño.

—No, no —dije queriendo decir que sí—. Que cómo son los baños.

Se rieron. Tuve una segunda oportunidad antes de llegar a la sala de prensa. ¿No os pasa a vosotros, que en las segundas oportunidades casi siempre acertáis? Ojalá siempre hubiera tenido una segunda oportunidad. Hubiera sido uno de los mejores futbolistas del mundo.

A la segunda dije que necesitaba ir al baño. Liarte levantó un poco el brazo y lo estiró para que la manga de la camisa se le echara hacia atrás. Miró el reloj y torció la cabeza. Prometí que serían menos de dos minutos. En ese tiempo en el baño apenas conseguí quitarme la americana, desabrocharme el cinturón y remangarme la camisa. Para responder a mi pregunta, el lavabo estaba impoluto. Olía a ambientador de limón. Era casi perfecto, solo le faltaba un colgador. Me senté en la taza, que estaba helada, con la americana por encima del hombro. El pantalón tocaba el suelo y la corbata me rozaba el pene. Mientras los intestinos iban a lo suyo, entré a la página web de Primera plana. Fui directo a la sección de deportes y encontré la noticia de mi fichaje: “Jacobo Fandiño, una moneda al aire”. Qué perros. Navegué un poco más y en la sección Rumores cliqué en un titular que me lo pedía. “Este entrenador de fútbol ha criticado a su nuevo fichaje”. La noticia, que estaba sin firmar, explicaba que Segarra, mi nuevo entrenador, había valorado mi llegada con su círculo cercano: “Pedí unas natillas y me han traído un flan”. Me lavé la cara, me sequé las manos en la pared y salí al pasillo, donde Liarte continuaba mirando el reloj.

Entramos a la sala de prensa. Tres periodistas desafiaban el aforo de sesenta personas. El resto, me tranquilizó Liarte por lo bajini, estaban cubriendo la Eurocopa, la Copa América o de vacaciones. El periodista más joven se quedó de pie en una esquina. No debía de superar los 20 años. Los otros dos, a los que delataban sus micrófonos, hablaron entre ellos en la segunda fila hasta que el director deportivo rogó silencio igual que si pidiera un cigarro. Me restregué por el cuello una botella de agua fría, me desajusté la corbata y acerqué la silla a la mesa. Sentía que flotaba. Fue como si me viera por televisión desde el sofá de casa.

Liarte tomó la palabra. Comentó los detalles de la operación. “Nos aportará el plus de calidad que nos faltó la temporada pasada”, afirmó convencido. Reprodujeron un vídeo con mis mejores jugadas. Qué bueno era en los highlights. Mientras duraba el vídeo, pensé en dar un discurso solemne. La presentación más importante de mi carrera era el escenario ideal. De pequeño me entrevistaba a mí mismo después de un partido. Hacía de periodista y de futbolista.

—Bueno, aquí estamos con Jacobo Fandiño, capitán de la selección… —decía yo.

—He marcado un golazo y soy el mejor —decía también yo.

Odiaba los tópicos de los futbolistas. “Esto es fútbol”. “Se han impuesto las defensas”. “No tuvimos suerte de cara a portería”. “El partido lo han marcado los detalles”. “El que ha cometido menos errores se ha llevado el encuentro”. “El gol antes del descanso ha sido psicológico”. “Tuvimos nuestras oportunidades y no las aprovechamos”. “Nos ha faltado intensidad”. “Vamos a seguir intentándolo hasta el final”. “No bajaremos los brazos”. De todos los tópicos, uno se lleva la palma: “El fútbol es así”. Cuando Liarte me pasó el micrófono, dije con la voz temblorosa: “Es el equipo de mi vida, una oportunidad que no podía dejar escapar. Estoy deseando conocer a mis compañeros y entrenar para ganarme un puesto”. La verdad, nunca había tenido simpatía por el Atlético Mediterráneo, sobre todo por las rayas amarillas de la camiseta. Además, era un club inestable. Con tantos terremotos, era muy difícil caer de pie. Siempre me ha costado hablar con gente a la que acabo de conocer, no me gustaba demasiado entrenar y, entre nosotros, esperaba no tener que competir mucho por el puesto. Lo que más me apetecía en ese momento era salir de la sala de prensa y darme una buena ducha. Pero qué iba a decir. Aún tenía que contestar a las preguntas de los tres periodistas, que pidieron turno con las cejas.

—¿Cómo te defines como jugador?

“Sí, bueno, la verdad es que…”. Y me costó continuar. Odiaba esa pregunta. ¿Acaso no están los periodistas para poner palabras a lo que ven? No tenía ni idea del tipo de futbolista que era. Solía jugar detrás del delantero y mi función era surtirle de balones. En mi carrera tuve muchos entrenadores que me dieron órdenes contradictorias. Varios me habían dicho que lo más importante era esforzarse y defender, cosa que para mí era difícil, porque no me tiraba al suelo salvo contadísimas excepciones. Algunos me habían colocado en la banda, primero en la izquierda y luego en la derecha. ¿Dónde salió peor el experimento? Otros incluso se habían atrevido a ponerme de delantero centro para acercarme a la portería, pero en casi todos los partidos me veía obligado a pelearme con centrales que me sacaban dos cabezas. Disfrutaba cuando conducía la pelota en tres cuartos, con libertad, avanzaba al trote, con la cabeza levantada, y asistía al delantero. Los goles de los compañeros, si daba yo el pase, los celebraba más que los míos. La única división en el fútbol, y si me apuráis en la vida, es si quieres evitar goles, regalarlos o marcarlos. No supe bien cómo explicar todo esto y destaqué tres cualidades y tres defectos, lo primero que se me pasó por la cabeza.

—¿Quién es el mejor jugador del mundo?

“Bueno, yo creo que…”. Alerta. Peligro. Pregunta trampa. En el Atlético Mediterráneo jugaba Alonso Valenzuela, delantero chileno al que muchos consideraban el mejor del mundo. Tenía cinco Balones de Oro, los mismos que el alemán Fritz Hoffman, que jugaba en el Club Capital, nuestro gran rival y claro favorito al título de liga. El empate entre los dos jugadores podía deshacerse en unos días. España y Alemania iban a disputar la final de la Eurocopa, y Argentina y Chile, la de la Copa América. Entre Valenzuela y Hoffman existía una rivalidad cinematográfica: dos delanteros con una voracidad inagotable, favorecidos por un enfrentamiento legendario entre clubes y por un cara a cara constante patrocinado por los medios. A los dos se les caían los goles del bolsillo, pero Valenzuela era menudo y rápido, un jugador escurridizo que gambeteaba hasta llegar a la portería con frescura. Hoffman, en cambio, era un cíborg, un oficinista del gol que acampaba los noventa minutos en el área rival. Casi siempre marcaba al primer toque. Cuanto menos pensaba, más bueno era. Uno lo fiaba todo al trabajo; el otro, al talento. Si el fútbol fuera una tabla de Excel, ahí estaba Hoffman. Si el fútbol fuera un poema, ahí estaba Valenzuela.

Yo consumía mucho fútbol y como espectador nunca había tenido dudas. Valenzuela era mucho mejor. Eso sí, como futbolista sabía que lo tendría más fácil para adaptarme al juego de Hoffman. Se desmarcaba a la perfección y lo remataba todo. La prensa había publicado que el alemán entrenaba con melones, cocos y sandías. “Tiene más definiciones que un diccionario”, llegaron a decir de él. Valenzuela, para mi desgracia, era autónomo y bajaba mucho a recibir. Por todo eso no veía claro lo de jugar con Valenzuela, del que dije que era el mejor jugador del mundo y posiblemente de la historia. Ni siquiera nombré a Hoffman. En esos pasillos era el anticristo.

—¿Has hablado con el entrenador?

Bebí agua y cuando apoyé la botella aún no tenía la respuesta. La verdad era que no había hablado con él, solo sabía que Segarra era un técnico de la antigua escuela y bastante defensivo. En fin, que si decía que había hablado con él, estaba mintiendo. A lo mejor era una falacia innecesaria que podía ser desmentida al instante por Liarte o por el entrenador en unos pocos días. ¿Y si el míster odiaba las mentiras y estaba firmando mi sentencia de muerte antes de vestirme de corto? No solo le traían un flan, además era un flan mentiroso. Pero es que si decía que no había hablado con el entrenador, evidenciaría falta de comunicación. Tenía las de perder, así que respondí con mi afirmación favorita: una pregunta. Al periodista, que estaba enrollando el cable del micrófono, le valió la respuesta y la rueda de prensa por fin terminó sin que nadie me preguntara si tenía nivel para jugar en el Atlético Mediterráneo. No hubiera sabido qué carallo responder.

Ya solo quedaba la presentación en el césped. En el vestuario, después de atarme las botas, desbloqueé la pantalla con el 1410, mis dos dorsales favoritos. Hay números que acompañan toda una vida, como el día de nacimiento. Otros se adoptan con los años, por el inicio de una relación o la noche en la que salió redondo un partido. El 21 que iba a lucir yo en la camiseta era, como casi todos, un número más.

Entré en Twitter, donde tenía una cuenta falsa, por si las declaraciones habían causado revuelo. De momento, nada. Leí los tres wasaps que tenía. Uno era de mi nuevo representante, que me preguntaba qué día era la presentación. El segundo, con un escueto “suerte”, era de mamá, que disimulaba su enfado por haberle prohibido acompañarme. El último, de Antía, era un párrafo de insultos con punto final. Sin responder a nadie, guardé el móvil en la taquilla y desdoblé la camiseta, tan fea como por televisión, con esas rayas horizontales negras y amarillas por las que al Atlético Mediterráneo se le llamaba el Taxi o equipo ‘taxista’. Lo peor de la camiseta estaba por detrás. En lugar de “Fandiño”, ponía “Fandinho”. No dije nada de la equivocación y salí al césped.

¿Estuvisteis en la presentación? No creo, porque había menos de treinta personas. Por suerte, porque vaya tela. Quizás tendría que haber avisado de que no era muy hábil con los toques. No sé, de pequeño siempre alguien vacilaba y se ponía a dar toques. Yo prefería hacer otras cosas con la pelota. Por supuesto, en ese momento les hubiera pagado lo que hiciera falta para que dieran toques por mí.

El corazón me late muy rápido. Respiro hondo. Elevo la pelota y comienzo con los toques. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, y la pelota al suelo. Otra vez. Uno, dos, tres, y la pelota al suelo. Venga que ahora sí. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, y la pelota al suelo. Lo vuelvo a intentar. No llego a diez. Cambio de virguería. Aún estoy a tiempo de arreglarlo. Intento una lambretta. Se me queda la pelota en el culo. El ridículo continúa. ¿Me voy? ¿Finjo una lesión? ¿Un apretón? La mirada fija de Liarte me obliga a seguir. Se me queda la pelota unos metros por delante. La ataco para hacer una elástica. Mido mal. Al tocar la bola con la bota izquierda, me resbalo. Me quedo en el suelo. Tumbado unos segundos. Boca arriba. Quiero que se abra un socavón en el campo. Me levanto y cojo la pelota con las dos manos. Miro a la grada. La mitad tiene las manos en la cabeza. La otra mitad se ríe. La tercera presentación más ridícula de la historia. Ni siquiera es la peor. A vuestro alcance en YouTube.

Para compensar, besé el escudo sin que nadie me lo reclamara y le pedí a Liarte un rotulador para firmar camisetas. Era la única forma de solucionar aquello. Pero en el ridículo siempre hay un piso más abajo. No tuve ni que destapar el rotulador. Se lo quise devolver a Liarte mientras con la otra mano me despedía de los pocos que quedaban en las gradas.

—Quédatelo, vas a firmar muchas camisetas. El peor día de un futbolista es el de la presentación. Eres bueno, solo tienes que creértelo —dijo Liarte, pellizcándome el moflete.

Volví al baño donde había comenzado el desastre. La americana en la espalda. La corbata en el pene. Una moneda al aire. Me llegó un aviso al móvil: Liébana dejará de ser el seleccionador tras la Eurocopa y Gaztambide será su sucesor. ¿Gaztambide? Había sido mi entrenador años atrás y sacó lo mejor de mí. Habíamos mantenido una gran relación y aún nos mensajeábamos de vez en cuando. Destapé el rotulador. Su olor fue la segunda mejor noticia del día. Escribí en la puerta del baño. No tenía mucha tinta, así que tuve que apretar bastante y repasar varias veces la misma frase: VOY A IR AL MUNDIAL. Dudé en añadirle un interrogante, pero me acordé de lo que me acababa de decir Liarte y firmé como nunca lo había hecho. Con todas las letras de mi nombre completo. Jacobo Fandiño Roibás.

Quedan 330 días

Primero estampé el despertador y después me cagué en la puta, o al revés. La cosa es que era prontísimo, y yo a esas horas no sé ni que me llamo Bruna Vila Barón. Suena raro de narices, pero ya me había cargado unos cuantos despertadores, aunque a mi favor diré que hacía años que no me pasaba. Me había acostumbrado a levantarme temprano para llevar a Júnior al colegio, lo que no quiere decir que siempre que madrugaba tuviera mejor cara que una zombi. Los que me conocen bien (intento que sean pocos) saben que no pueden llamarme antes de las diez de la mañana. Si me despierto con el pie derecho, puedo llegar a decir “buenos días, cállate”, pero si no tengo ganas, como diría aquella, no tengo el chichi para farolillos. Mi récord es no vocalizar ni un murmullo hasta las cuatro de la tarde. Lo de romper despertadores es algo inconsciente, lo digo en serio. Se tienen que juntar la mala hostia y un susto del copón para que me levante, todavía en el otro mundo, coja el despertador y lo lance al suelo. Uso despertadores de la prehistoria para ahorrar y para utilizar objetos de otra época, como si no pudiera ser todo nuevo y bonito. Como si el progreso a veces se estancara.

Repuse las pilas que había perdido el despertador y comprobé la hora: tardísimo. Entre ducharme y desayunar elegí lo primero. Para la comida siempre hay solución: coger algo de casa y engullir hasta llegar a la moto o pillar un bocadillo por ahí y jalar en los semáforos en rojo. La vaina de comer mientras se conduce es que no se puede insultar a los Fitipaldis de la carretera, que son bastantes.

El café, el primero de tres o cuatro o cinco, sí que era innegociable. Me llevé el vaso al cuarto de baño y me di una ducha de agua fría con la radio de fondo. Una de mis (muchas) manías: no concibo cambiarme de ropa sin ducharme, así que como mínimo me lavo dos veces al día, antes de vestirme de calle y antes de ponerme el pijama. Ese día iban a ser tres porque había que sumar la de después del partido de pádel que, vamos a dejarlo claro ya, odio a más no poder. Un deporte para el que no hace falta entrenar para jugar bien no es de fiar. En el fútbol, el primer toque es descoordinado. En el baloncesto, nadie roza el aro al principio. Por no hablar del voleibol, el patinaje o el waterpolo, el deporte más difícil del mundo porque primero hay que sobrevivir, y luego ya si eso intentar ganar. Incluso el tenis, el pádel de los que miden bien, es más complicado. Además, no nos engañemos, es un deporte de ricos, por mucho que ahora lo hayan hecho asequible para la plebe. Es la enésima trampa del sistema: permitir que todos hagamos lo que hacen los que están forrados.

Fui descalza a la habitación y me quedé hipnotizada delante del armario. Siempre hacía deporte sola, como mucho con Sandra, una colega poli, o Esther, una colega de la uni, pero nunca les aguantaba el ritmo mientras inhalábamos contaminación por la Diagonal. Con ellas, cogía las primeras mallas y la primera camiseta que tenía a mano. Pues antes del partidito estuve un buen rato para preparar la mochila. Saqué y guardé prendas sin sentido, extendí sobre la cama, que otra vez se iba a quedar sin hacer, cuatro tops y dos faldas y dos medias y tres pantalones y un culote y cinco camisetas. Cogí varios modelos, al fin y al cabo, aplazar una decisión siempre es una forma de acertar, al menos en el momento. Los deportivos los tenía clarísimos, me había comprado los más cantones de la tienda. No tenía tiempo para secarme los rizos (qué sinvivir, ya tenía ganas de cortarme el pelo otra vez, y cuando me lo corto siempre me arrepiento) pero sí para pintarme la raya del ojo. Usar el eyeliner a la siete de la mañana es una forma de plantar cara a la vida. Es una mierda, sí, me van a caer hostias, seguramente, pero si vienes a buscarme me encontrarás con el ojo pintado. Bajé las escaleras de dos en dos (casi me caigo por un cordón desatado) y salí del portal dejando rastro de colonia, que yo misma olí porque me había olvidado de pillar, muchos años después, una copia de mi currículum, que metí con cuidado en el cajetín de la moto. Tenía la luz de la reserva encendida y me daba para treinta kilómetros de gasolina. El trayecto eran diez de ida y diez de vuelta. Sobrao.

Pasé cuatro semáforos en ámbar y alguno en rojo. Si cometo una infracción lo hago con decisión y sin poner en peligro a nadie más que a mí. Cuando llevo a alguien de paquete o me ven conducir, no me dicen que soy una loca, ni que me han dado el carnet en la tómbola. Me dicen que conduzco como un tío porque estoy todo el rato pitando e insultando a los peatones que invaden el paso de cebra. Y claro que cuando soy yo la que ando insulto a los coches que no se paran.

Aparqué la moto cuando faltaban dos minutos para las ocho, la hora en la que habíamos quedado en las pistas. No había nadie, así que aproveché para llamar a Dídac aunque me quedara un 10% de batería. Él me había metido en ese percal. Supe que no me lo iba a coger a la primera, como siempre. Tenía excusa, estaba en Londres cubriendo la Eurocopa para Primera plana. El cabronazo era el cronista de cabecera, casi sin buscarlo y sin celebrarlo. Escribía unas crónicas buenísimas y no lo sabía, o lo sabía y no se lo creía, más bien se avergonzaba. Contestaba a los elogios con un gruñido, no le daba importancia ni validez a lo que hacía, incluso fingía ser borde y soso. No era un creído, era todo lo contrario: alguien que se quería muy poco.

La semana anterior, Dídac me había enviado un wasap, que empezaba como siempre que me quiere decir algo que supone que me va a enfadar. “He pensado que…”. Lo que había pensado era proponer a su jefe que me fichara en Primera plana porque había una vacante en la sección de deportes. Pactó un encuentro entre el jefe y yo y creí que me estaba vacilando cuando puntualizó que el lugar eran las pistas de pádel de Vallparc, en plena montaña. Muy creisi todo.

“Nen, esto es una mierda, me piro”, le escribí con los pulgares, ya en el aparcamiento, con Barcelona a mis pies. “¿Me vacilas? Tus principios te la han jugado, déjalos en la moto y tómate el partido como una entrevista de trabajo”, me contestó al instante con las tildes bien puestas (usamos hasta la coma del vocativo). Supongo que me convenció porque yo me quería dejar convencer, aunque lo volví a ver crudo cuando entró al aparcamiento un BMW negro que brillaba más que el sol, uno de esos coches que parecen el vehículo del presidente. De la puerta de atrás bajó un tipejo que pegaba a la perfección con el coche: gordo, trajeado, pulserita con la bandera de España, gafas que se parten por la mitad, spoilers de calvicie y unos zapatos más caros que mi vida. El típico facha, para entendernos. El piloto y el copiloto eran casi idénticos. Hasta las mochilas, también de marca, eran calcadas. Solo se diferenciaban por el color de sus corbatas.

El piloto (corbatita azul turquesa) volvió al coche para mejorar su aparcamiento. No era difícil, vaya patata. El de la corbata roja lo acompañó para indicarle, pero solo repitió una palabra: endereza, endereza, endereza. Por descarte, el de la corbata de topos naranjas que caminaba hacia mí debía de ser el jefe de la sección de deportes. Le di el currículum antes que la mano y sonreí lo justo. Me miró uno de los colmillos, como todo el mundo, porque lo tengo torcido (lo que hacía yo era abrir más la boca). Llegaron los otros dos mendas y se presentaron, pero enseguida mezclé sus nombres porque los tres tenían la voz idéntica. Era tan grave que hacían temblar el viento al hablar. No me gustaron sus voces, esa fue mi coartada para que me cayeran mal. Busco motivos para odiar a la gente, aunque en realidad el proceso es al revés. Primero me cae mal alguien y luego encuentro la razón: su calvicie, su bigote, su lunar, sus tirantes, su voz. Incluso a veces son esas mismas cosas las que resaltaría si esa persona me cayera bien. Según quién lo mire, alguien puede ser inteligente o pedante, inocente o tonto, simple o sencillo, tímido o misterioso, extrovertido o pesado, cabezón o persistente.

—Tranquila, que nosotros no vamos a ser tus jefes —dijo el de la corbata roja mientras el de la corbata turquesa rechazaba mi mano para darme dos besos.

—Ni yo tampoco, si te pareces a Dídac —sentenció el de la corbata de topos naranjas, repasándome de arriba abajo.

Pues Dídac y yo, para que lo supiera ese, no éramos idénticos, tampoco del todo distintos. Nos habíamos conocido en la Universitat Autònoma de Barcelona, aunque no nos hicimos amigos hasta el segundo curso. Como suele pasar con las buenas amistades, al principio nos caímos como el ojete. Yo no lo soportaba porque era uno de esos pijipis que tienen pinta de tener dinero sin tenerlo. Él odiaba mi piercing en la nariz y que caminara con la cabeza tan recta. “Muy digna”, decía siempre. Pronto vimos que éramos el dúo perfecto, parecidos en las cosas importantes, distintos en las menores. Si yo lo dejaba todo para última hora, él directamente lo dejaba todo. En época de exámenes, me llamaba pasadas las doce de la noche y me decía: “Emborracharse es tan importante como estudiar”. Le seguía el ritmo porque cuanto menos dormía, y más si era por salir de fiesta, mejor rendía. Vivíamos con prisa. Sabíamos que el presente duraba lo que tardaba en pronunciarse. Al día siguiente me despertaba fresca y lo primero que hacía era llamarlo. Cuando me lo cogía, siempre a la segunda, le decía: “Estudiar es tan importante como emborracharse”.

Uno de los tres machirulos me dejó una pala (se rieron de que la llamara raqueta) y le dio un codazo al otro antes de entrar a los vestuarios. Cada uno al suyo, por desgracia para ellos. Puse los modelos de ropa en el banco de madera. Primero me probé las partes de abajo. Las medias negras eran un seguro, pero me iban justas. La falda era lo más cómodo, también lo más corto, y si saltaba se me vería medio cachete. Seguro que eso volvería tarumba a los compañeros de timba. Elegí el culote y unos pantalones cortos, la camiseta más ancha y me cambié el sujetador por un top que me aplanara las tetas, algo hinchadas por la regla. Si siempre pasaba olímpicamente de lo que pensara la peña de mí, no sé qué hacía delante del espejo como una pánfila. Estuve a punto de volver a vestirme de calle y dejar a esos tres salidos con la pollita flácida. Al final cogí la pala y salí a pasos muy lentos sin saber cómo los iba a diferenciar sin las corbatas.

Acordaron que formáramos pareja mi potencial jefe y yo. Peloteamos cinco minutos. Entre revés y revés me enteré de que íbamos a jugar contra los responsables de las secciones de política y cultura, el peor de todos. Tenía pinta de ser de los que en su biografía de Twitter ponen “políticamente incorrecto”. No llevábamos ni diez golpes y ya tenía ganas de reventarle la cabeza, con la pelota o con la pala. “A mí me gusta más que Dídac”, soltó riéndose. Nivelazo. “Espero no gustarte más que tu mujer”, le contesté. Se rio como se ríe la gente cuando no sabe si es una broma.

No hacía falta que ese loser me comparara con Dídac. Yo lo había hecho siempre. En realidad, lo hacía con todo el mundo. Cuando leía a un periodista que me gustaba, enseguida cotilleaba su edad y dónde estaba con la mía. Aún tenía tiempo, pero cada vez salía peor parada. En ese momento, mi carrera y la de Dídac estaban a punto de juntarse. Yo había salido de la facultad con trabajo después de estar dos años sin cobrar un chavo en una radio municipal. Tampoco noté mucha diferencia. Seguí buscando un curro a mi altura porque, siendo sincera, me consideraba (y me considero) brillante, visto cómo está el patio. Eso es así. Llamé a las puertas de los grandes medios para que me hicieran casito. Estaba obsesionada con encontrar un buen trabajo. Años atrás, cuando había decidido estudiar Periodismo, todo el mundo me había dicho que dónde iba y que no ganaría dinero y que me metiera a ADE o a Derecho. Hasta mamá calló, que era su forma de decir que no lo veía claro. Así que yo, un poco por ir a la contra y un poco por convicción, me propuse triunfar. Seguro que hubiera sido más fácil haber entrado en cualquier universidad privada y conocer a no sé quién y que me enchufara en alguna redacción. Jugaba con otro tablero, pero estaba dispuesta a ganar.

Era un reto aparecer en radios o periódicos, ser alguien en esta profesión que me estaba dando más disgustos que alegrías. No me quejo de ser periodista, eh, es un oficio maravilloso. Seguía en él porque, si me gustaba, cuando me ganara la vida dignamente ya tendría que ser la hostia. Dídac había salido por patas de la primera redacción en la que había estado más de un mes. Hizo la guerra por su cuenta y creó un blog. Escribía crónicas por las mañanas y trabajaba en una frutería por las tardes. Un día, sin saber muy bien cómo, hacía ya siete años, un editor de Primera plana leyó tres textos de su blog. Lo llamó para que se incorporara a la redacción como uno de los cronistas importantes.

La bola rebotó en el cristal. Intuí dónde iba a caer. Podía rematar al vidrio con fuerza (como con los despertadores) o golpear mientras me giraba hacia el otro campo. Opté por lo segundo. Coloqué muy cerca de la verja lateral la bola, que casi no botó. Con ese punto ganamos el partido. Obviamente, me habían tirado todos los puntos decisivos. Habíamos perdido el primer set 6-3, que ya tenía mérito porque esos hombrecillos presumían de que daban clases varios días a la semana y de que habían ganado no sé qué torneo para divorciados fracasados. Cómo son las cosas, acabé formando buena pareja con el jefe de deportes, que por fin descubrí que se llamaba Rafael. Al principio pensé que estaba de coña, porque cada vez que ganaba un punto decía “vamos, Rafa”. Para mí iba a ser Rafita, una forma de ridiculizarlo. En el segundo set me animé a competir e incluso intercambié algunas palabras con él. Enseguida se me quitaron las ganas. Me robaba algunos remates y me hablaba como si fuera su hijita mimada: que si sube a la red, que si déjala que se va fuera, que si mía, que si bravo, que si la próxima entra. Reconozco que el partido de ese deporte de fantoches no estuvo tan mal, de no ser por las conversaciones entre punto y punto. En el último set, aunque esté feo decirlo, me la saqué, como dirían ellos. Sobre todo desde que el jefe de política dijo que lo estaba haciendo muy bien para ser mujer. Golpeé como si la pelota fueran sus jetos. Al final nos dimos la mano y yo no sé por qué coño me disculpé, si por estar sudada o por haberles ganado. Nos duchamos y nos encontramos de nuevo en el vestíbulo.

Fer y Rober. Así se llamaban los jefes de política y cultura. Es penosa esa manía de podarse el nombre cuando pasan de los cincuenta. Se fueron dejando algunas perlitas. “A ver si nos vemos pronto, que nos has gustado mucho”, “si te contratan no cuentes en la redacción que nos has ganado, qué vergüenza”. Risas enlatadas para ellos y arcadas para mí. Rafita y yo fuimos a la cafetería, que tenía tres mesas de metal y olía a fritanga. Nos quedamos en la barra, él de pie y yo sentada en un taburete incomodísimo. Se comió casi todos los frutos secos en menos de un minuto y pidió un bocadillo de beicon. Una advertencia: un hombre folla como come. Rafita era egoísta, comía más con los ojos que con la boca y terminaba pronto. En la tele anunciaron Operación Triunfo. En esa atmósfera iba a tener lugar mi primera entrevista de trabajo en bastante tiempo. Rafita se cambió las gafas y revisó el currículum, del que diré sin miedo a equivocarme que era bastante potente. Desde los 20 hasta los 39 que tenía en ese momento, había estado cinco años sin trabajar: los mismos que tenía mi hijo.

Acumulaba bastante experiencia en redacciones precarias en las que había aprendido que los medios mienten, sobre todo en los nombres de sus cabeceras. El Imparcial está a favor de algún partido político, El Independiente depende del dinero de los bancos y La Información nunca publica noticias, solo rumores. Había estado mucho tiempo en la redacción de Tacos, uno de los cuatro diarios deportivos más importantes del país. Al menos el nombre iba acorde con mi pasión por los insultos. Hasta ese momento había hecho un poco de todo, incluyendo el horóscopo y las esquelas. En una de ellas, sobre un exfutbolista, escribí mi mejor frase: “Murió con treinta años más de los que tenía”. Precisamente por esa esquela me hizo una oferta Tacos. Dejé a un lado los medios generalistas y entré en el ecosistema de los diarios deportivos, que acababan siendo solo de fútbol, trataban temas morbosos y apenas había presencia de mujeres, ni en los artículos ni en las redacciones. Pero mi entrada en el diario coincidió con el auge de eso que se empeñan en llamar fútbol femenino, como si hubiera que ponerle siempre el apellido para dejar claro que es otra cosa. Si se le empezó a dar bombo solo fue porque vieron el filón comercial. Se fijaron en las mujeres por dinero. Qué novedad. Nuestro empoderamiento también fue su beneficio.

El Atlético Mediterráneo creó su sección femenina y en Tacos me lo dieron para cubrirlo, no tanto porque apostaran por mí, sino porque era tía. Me fue bien porque hacía de todo, lo que en el siglo xxi se llama multitasking, en el xx, mujer orquesta y en el xix, esclavitud. Como buena yonqui del trabajo, me gustaba que me explotaran. De entre todo lo que hacía, me flipaban las crónicas. Escribí muchísimas, desarrollé un estilo propio y al principio de la temporada en la que el equipo lo iba a ganar todo, me quedé embarazada.

Albert llevaba tiempo hablando de nuestro proyecto, que según él estaba incompleto sin hijos. Decía que las relaciones de pareja son parecidas a las de empresa: llega un momento en el que hay que ascender o irse. Yo le daba largas mientras, en lugar de decirme que me quería o que estaba enamorado de mí, repetía que quería que fuera la madre de sus hijos. Los amigos que tenían niños me lo daban en brazos y decían “te queda bien”. Una noche en la que yo había bebido más que él, como siempre, volvimos de un concierto tributo a U2. Gracias a ellos nos conocimos y Albert me había regalado una colección especial de vinilos. Al llegar a casa, abrió una botella de vino, sirvió dos copas y empezó a besarme por el cuello mientras me desabrochaba la camisa. Apagó la luz y nos desnudamos. Me subió a la encimera y propuso que lo hiciéramos sin condón. Yo estaba acostumbrada a que él follara con manual de instrucciones, así que tiré para adelante. Ya era mala suerte que en el primer chute la pelota entrara.

Cuando comprobamos juntos que el test de embarazo había dado positivo, él empezó a decir que perfecto, que iba a nacer al final de la primavera y así podríamos unir la baja con las vacaciones. Lo tenía siempre todo tan calculado que decirle que no era como tirar un boleto de lotería premiado. A veces parecía un horario de autobuses. Si hasta su nombre completo, Albert Bernabé Celdrán, le permitía formar como ‘ABC’.

Todos los septiembres yo necesitaba entusiasmarme con proyectos ilusionantes que acabaran fracasando. Nunca había pasado del primer fascículo ni de la segunda clase de inglés ni de la tercera sesión de spinning. Pero joder, esto era un niño. La palabra aborto no aparecía en nuestras conversaciones, pero no salía de mi mente. Le dejé caer a Albert que igual habíamos metido la pata con el embarazo, pero él se empeñó en elegir un nombre de niño (Albert, claro, como él) y otro de niña (ni me acuerdo).