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El día a día de Franco transcurre entre estelas de harina y panes crujientes recién sacados del horno, tiene una esposa y dos hijos que lo aman con devoción y un próspero negocio que le permite soñar con poder llevarlos finalmente a conocer el mar. Sin embargo, un diagnóstico médico inesperadamente cambia su vida para siempre y, mientras su familia hace lo imposible por mantener la ilusión de que Franco mejorará pronto, el destino le mostrará que la esperanza puede presentarse de muchas maneras… Aquella misteriosa chica de largo cabello castaño y penetrante mirada de ojos verdes, que oculta un secreto en su manera de ver el mundo, será quien lo acompañará bajo la tempestad en su batalla contra la muerte y lo animará a creer que, aún en los momentos más dolorosos, se puede aprender a admirar la belleza en la simpleza de las cosas y que, tarde o temprano, toda tormenta pasa. Solamente hay que sobrevivir a ella.
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Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Rodríguez Guerra, María Gracia
Motivos para quedarse / María Gracia Rodríguez Guerra. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
296 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-085-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de la Vida. 3. Novelas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Rodríguez Guerra, María Gracia
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A mi querido suegro, Carlos,cuyo espíritu valiente me inspiró para escribir esta historia.
Motivos para quedarsev
Si de repente te lo quitaran todo, si de repente se hiciera la oscuridad,¿qué es lo que te daría la fuerza para continuar?
Si estuvieras en el cielo, subiría por vertesi hubieras caído en el infierno, bajaría por tisería capaz de caminar entre las nubes blancas del paraísoy las brasas ardientes del averno todo con tal de llegar a ti.Pídeme que conquiste el mundoy yo lo haré por ti,pídeme que enfrente a la muertey yo lo haré por ti.Cruzaría la tierra y el océano enteroy lograría lo imposiblesolo para verte sonreír.
Me he enamorado de tu mundo y lo he vuelto míocon el único propósito de hacerte feliz.
La autora
Prólogo
Dos años antes
Nuestra casa estaba cerca de la playa, lo recuerdo bien. Yo llevaba dieciocho meses desde el diagnóstico. Al principio me dijeron que había mejorado, que mi situación se veía bastante prometedora: no tenía que tomar tantas pastillas y solamente visitaba la clínica una o dos veces al mes. Estuve en tratamiento por casi un año y según los estudios, me había curado… O eso fue lo que todos creímos. No obstante, con el pasar de los meses, comencé a empeorar progresivamente. Hizo metástasis y no iba a faltar mucho tiempo para que los médicos decidieran acompañar la radioterapia con una quimio aún más agresiva. Incluso cada tanto tenía que recurrir a una cánula de oxígeno cuando sentía que me faltaba el aire.
Estaba atardeciendo cuando le dije a mamá que iría a la playa porque necesitaba un momento conmigo misma, ella respondió que no había problema y antes de que me fuera, me dio un tierno beso en la frente. Mi corazón se encogió brevemente y estuve a punto de arrepentirme por lo que había estado pensando durante las últimas semanas, mas nadie pudo quitármelo de la mente.
Me senté en la arena que aún mantenía un poco de la calidez del sol de aquella tarde de verano y contemplé el horizonte infinito por lo que me pareció una eternidad. Con las primeras estrellas brillando en el firmamento oscurecido, me puse de pie y caminé lentamente adentrándome en el agua salada. La espuma de la orilla bailaba entre mis pies acariciándome los tobillos, pero a medida que más avanzaba, esta cubrió mis rodillas y mi cintura. Las olas dificultaban mis pasos como si estuviesen diciéndome que no lo hiciera, sin embargo, yo continué hasta que me taparon por completo. Mis pulmones me quemaron demandando oxígeno y se me hizo un nudo en la garganta, estiré mis brazos en un intento instintivo por llegar a la superficie y entonces el mar finalmente me tragó y cerré los ojos.
Cuando volví a abrirlos, el amanecer había teñido el cielo de un rosado único e irreal. Me incorporé y descubrí que me encontraba en la misma playa. Miré mis manos y me asusté al atisbar la piel blanca translúcida y sacudí la cabeza convenciéndome de que solo era una impresión mía. Un rayo de sol de aquel nuevo día acarició la arena con timidez, yo alargué el brazo para que se posara en mí y este me atravesó limpiamente. Ahogué un grito y me puse de pie con brusquedad, mi cuerpo no proyectaba ninguna sombra. Temblando, me acerqué al agua y sumergí mis pies, pero no pude sentir nada.
Primera partev
1
Una brisa sopló desprendiendo las cenizas de la punta de mi cigarrillo y cerré los ojos disfrutando de esa frescura repentina luego de aquella calurosa tarde de verano.
—¿Ya estás fumando de nuevo? —Julián apareció desde el fondo del patio, yo me encogí de hombros tratando de obviar una risa recostado contra la puerta que daba a la cocina—. ¿Cuántos llevas hoy?
—No sé, la cajetilla está por ahí —respondí restando importancia mientras me estiraba desperezándome, me acababa de levantar de una buena siesta.
Julián blanqueó los ojos pasando junto a mí de camino a la alacena para buscar la libreta de la panadería y preparar la lista de materia prima que nos haría falta para las próximas dos semanas.
—Me pregunto cuándo entenderás… —murmuró fastidiado y yo le sonreí socarronamente—. ¿Qué es tan divertido?
—Nada —alcé los brazos en son de paz sosteniendo el cigarro con la boca y Julián negó hojeando el cuaderno y torciendo el labio con un semblante pensativo—. ¿Necesitas ayuda?
—No… —contestó cerrándolo y volviendo a enganchar la lapicera en la tapa—. Está bien, yo terminaré de hacer el inventario —asentí y le di otra calada a mi cigarrillo viéndolo regresar al cuarto de horneado, en el fondo del patio.
Devolví la mirada al cielo apenas oscureciendo y preguntándome qué hacer para cenar, recordé de pronto las sobras que habíamos guardado en el refrigerador.
—Estaba pensando que para comer hoy… —sugirió su voz detrás de mí.
—Podríamos recalentar lo que quedó de anoche —la interrumpí completando la oración y me di la vuelta hacia ella.
—Sí, eso —dijo Elena y se acercó para darme un beso. Yo soplé el humo hacia un costado y apagué la colilla en el cenicero para tomarla con ambos brazos—. Franco… —musitó y supe lo que diría a continuación: —¿Has probado los chicles de nicotina que Julián te trajo? —le respondí que sí apoyando mi mentón sobre su cabeza con ternura—. ¿Y entonces por qué la caja sigue intacta encima de tu mesa de luz? —«¡Atrapado!».
—Elena, preferiría… —odiaba ese tema de conversación.
—Anoche tuviste otro ataque de tos… —me recordó aún aferrada a mi pecho dibujando círculos con su índice sobre mi camiseta azul, yo solo atiné a aclarar mi garganta—. Sabes que lo hacemos por tu bien, estamos muy preocupados de que… —se quebró—. No queremos que nada malo…
—Shh… —la tranquilicé acariciando los rizos de su corto cabello castaño—. Estaré bien, no te angusties.
—¿Pero cómo puedes estar tan seguro de ello? —se apartó para observarme con los ojos vidriosos.
—Te lo prometo —le susurré enjugándole una lágrima que bajó por su mejilla y ella suspiró volviendo a acurrucarse debajo de mi cuello.
v
El verano se fue sin más y ya que el dinero no nos alcanzó para irnos de vacaciones, decidimos guardar lo que habíamos juntado para el año próximo. De igual manera, nos tomamos unos días para descansar y reabrimos la panadería hacia el final de enero suponiendo que estábamos en las puertas de otro año normal sin siquiera imaginarnos lo que nos esperaba.
2
En febrero llegaron los primeros vientos del cambio. Apareció en nuestra puerta con timidez, pero con la seguridad de que este era el lugar en el que debía estar. Lucía frágil con su largo cabello caoba y sus ojos verdes como esmeraldas, sin embargo, resultó ser la persona más fuerte y decidida que vi jamás… Y no conocía el significado de la palabra “rendirse”.
Aquella mañana tranquila no hubo muchos clientes, Julián me estaba acompañando en la panadería mientras conversábamos sobre distintas cosas en el instante en que una chica joven de no más de veinte años entró en nuestro negocio y nos saludó con una cálida sonrisa. Me llamó la atención, puesto que jamás la había visto. En realidad, no era que no hubiera compradores nuevos de vez en cuando, pero algo en ella la hacía parecer diferente a cualquier otro… Aunque tampoco fui capaz de decir qué. No pude evitar notar que Julián se quedó viéndola boquiabierto y tratando de obviar una risa, le hice una pequeña reverencia a ella respondiendo a su amabilidad y le pregunté qué necesitaba. Unos minutos después, la chica se había ido y yo regresé a mi reposera del otro lado del mostrador.
—¿Hola? —Julián seguía tieso mirando hacia la puerta—. ¿Hay alguien en casa?
—¿Eh? ¿Qué? —musitó regresando de su ensimismamiento.
—Te has petrificado.
—Yo… —esta vez no me contuve y largué una carcajada que hizo que él se volviera a mí.
—Te ha gustado, ¿a que sí? —él sonrió avergonzado encogiéndose de hombros, yo negué con un gesto y me acomodé para retomar el artículo del periódico que había estado leyendo.
—Seguramente no volverá —afirmó Julián dando por terminado el asunto y poniéndose a limpiar la mesada y la balanza.
No obstante, para nuestra sorpresa, la misteriosa joven regresó al día siguiente.
—¿Eres de la zona? —la chica levantó la vista para confirmar que yo le estaba hablando a ella.
—No realmente.
—¡Oh! ¿Y entonces qué te trae por aquí otra vez? —indagué con mayor curiosidad.
—Me gustó el vecindario —hizo una pausa —además el pan estuvo delicioso, así que decidí volver y buscar un poco más para mis amigos en la residencia.
—Ya veo —respondí sonriéndole y terminé de embolsar su compra—. ¿Necesitas algo más?
—Estoy bien —yo asentí y la cerré.
—De acuerdo, espero que vuelvas pronto entonces… —y estuve a punto de…
—Seguramente sí. ¡Gracias! —dijo y desapareció sin dejarme siquiera formular la pregunta.
Cerré el negocio a eso de las ocho y media, poco después de que dejaran de entrar más clientes, y bajé la persiana. Me estaba sacudiendo el polvo de las manos y Julián apareció desde adentro con la libreta de la panadería para hacer el inventario de lo que había quedado de hoy. Yo fracasé al obviar una sonrisa pícara.
—¿Qué?
—Nada —él frunció el ceño.
—Dímelo —jugó a hacerse el amenazante.
—No me lo vas a creer, pero… —Julián me escudriñó con atención —volvió —abrió los ojos de par en par y yo asentí para confirmarle que lo que estaba oyendo era cierto.
—¿Le preguntaste su…?
—No me dio tiempo —negué sacudiendo lentamente la cabeza y él bajó la mirada con decepción—. Ey… —murmuré intentando animarlo—. Descuida, la próxima vez te prometo que te conseguiré su nombre —le palmeé la espalda con afecto y me dirigí hacia el interior de la casa.
v
Durante las dos semanas que siguieron Julián se convenció de que la “magia” de aquel primer encuentro solo había fruto de su imaginación, de que, de haber surgido la posibilidad de hablar con ella, no habría accedido a tener una cita con él y en el caso de que sí, su relación habría sido un romance fugaz o esos amores destinados al fracaso.
—El amor a primera vista no existe —se encogía de hombros fingiendo indiferencia—. Igualmente tampoco nos conocíamos y ni siquiera estoy seguro de haberle gustado o de que hubiéramos congeniado —no obstante, yo sabía que en el fondo él tenía la ilusión de volver a verla.
¿Cómo me daba cuenta? Sencillo, bastaba con prestar atención a los detalles del día a día que lo delataban: la manera en la que se volvía hacia la puerta con el rostro iluminado cada vez que alguien entraba al negocio o su mirada perdida mientras esperaba sentado junto a mí del otro lado del mostrador soltando algún que otro suspiro ocasional. Además, las tardes en las que Julián no trabajaba conmigo, al cerrar la tienda a la noche, con sutileza me preguntaba sobre los clientes que habían venido ese día, secretamente rogando escuchar de aquella chica, y finalmente después de afirmar con certeza que no volvería a saber de ella, una tarde su deseo se cumplió.
—“Esperanza” —sus ojos me miraron fijamente—. Así se llama.
3
El corazón de Julián era puro, cualquiera hubiera sido capaz de notarlo si se detenía a observar con un poco más de atención. Asimismo, irradiaba una luz que hacía que el lugar en el que estuvieras luciera más acogedor, invitándote a quedarte… Y yo hubiera querido permanecer a su lado la vida entera, lo deseaba con todo mi ser, mas no me lo permitirían. Suspiré tratando de ahuyentar ese pensamiento y no pude evitar quedarme contemplando su sonrisa avergonzada cuando entré en la panadería la primera vez. Nuestras miradas se encontraron y a él se le formaron dos hoyuelos en sus mejillas ligeramente ruborizadas, yo le sonreí sintiéndome halagada por su reacción y me volví hacia Franco, su padre. Él hizo una pequeña reverencia para recibirme y me preguntó qué necesitaba con un gesto amable y yo solo pude apretar el puño repudiando al destino. Con disimulo, miré en sus ojos cafés y atisbé la casi imperceptible sombra de esa bestia que crecía lentamente en su interior, pero que aún no se manifestaba. Me entregó una bolsa de papel y descubrí de quién Julián había heredado esa sonrisa tan bonita.
Al día siguiente regresé y en cuanto el delicioso aroma a pan recién horneado me llegó con una brisa al abrir la puerta del local, percibí un nudo en mi garganta. Mis manos empezaron a temblar y una lágrima quiso escapárseme, por lo que tuve que morderme la lengua para contenerla. Franco se encontraba solo y con ganas de conversar, no obstante, lo único que yo deseaba era que me entregara mi compra para irme sin provocar una escena. No pensaba ponerme a llorar en frente de él. ¿Qué pensaría de mí? “¡Qué chica más extraña!”, diría seguramente. Le sonreí contestando sus dudas sobre dónde vivía yo y la razón por la que había vuelto a su panadería con la mayor amabilidad que pude y desaparecí con la bolsa no bien él me la entregó. Creo que se quedó con una pregunta en la boca.
Durante dos semanas no me atreví a volver, sencillamente no podía. Cada vez que pensaba en él, trataba de imaginar si es que así me habría visto yo antes… ¿Realmente uno puede estar al borde de la prueba más difícil y no tener siquiera un indicio? Pasé varias tardes sentada en el jardín de la residencia percibiendo la brisa meciendo las margaritas y los dientes de león dispersos entre el suave césped verde, los rayos del sol acariciando las hojas del limonero y los gorriones que sobrevolaban sus ramas sobre las que se posaban para cantar alegremente antes de levantar vuelo y perderse en el gigantesco cielo azul. Me maravillaba la magia de las cosas simples de la vida y me arrepentí profundamente de la decisión que había tomado aquella noche… Aunque no pudiera recordar nada más.
«—Estamos aquí porque nosotras mismas lo decidimos.
—¿Cómo?
—Renunciamos… —explicó ella con un hilo de voz y se volvió hacia el inmenso horizonte.
—¿Y por qué no me acuerdo?
—Eso siempre pasa al principio, con el tiempo quizá empieces a recuperar algunas piezas… Pero dudo que nos devuelvan los rostros de nuestros seres queridos —hizo una pausa —no al menos hasta que consigamos llegar del otro lado —y me miró—. Lo único que podemos hacer es esperar».
Reflexioné sobre las cosas que ya no haría e indefectiblemente volví a pensar en Franco y entonces me di cuenta de lo que esto podría significar en realidad. Todavía tenía una oportunidad de experimentar una parte de todo a lo que había renunciado por cobardía, aún era capaz de saber lo que se sentía amar y ser amada, resarcirme ayudando a alguien a sobrevivir a la oscuridad.
Percatarme de ello me dio el valor suficiente para regresar.
Solo encontré a Franco ese día en la panadería y en su semblante sorprendido, y a la vez complacido, advertí que estaba muy feliz de verme aunque tratara de esconderlo para no parecer extraño. Por un momento, temí que indagara por qué yo había desaparecido así, mas él no me conocía lo suficiente como para cuestionármelo de manera abierta y suspiré secretamente aliviada por ese hecho. Terminó de embolsar ambas hogazas de pan y no pude ignorar su rostro iluminado. Le agradecí con una reverencia y entonces Franco se aclaró la garganta algo avergonzado y me miró a los ojos. Apenas torcí la cabeza con curiosidad y él se rascó la nuca antes de hablar.
—No me gustaría que lo pienses mal, pero… ¿podría preguntarte tu nombre?
—Por supuesto —le sonreí para calmarlo y él me devolvió el gesto—. Me llamo Esperanza.
4
Marzo se sintió como esas películas cuyos finales resultan predecibles antes de llegar siquiera a la mitad de la cinta, no obstante, no dije nada y solo me limité a disfrutarlo en silencio. Solía acomodarme en la reposera del jardín para leer el diario y escuchaba a Julián ir y venir hablando consigo mismo en voz baja. Encontré un par de bosquejos de cuentas en el reverso de viejos recibos de la panadería y lo descubrí reorganizando su armario para buscar aquellas camisas que él no usaba para ir a clase, sin mencionar su rostro iluminado cada vez que su teléfono sonaba, las risas que no podía contener y la enorme sonrisa que casi siempre intentaba disimular.
—¿Quién es? —preguntaba sin levantar la vista del periódico en alguna ocasión cuando estábamos solos en la panadería.
—Nadie —respondía él sin dejar de teclear con entusiasmo, yo negaba socarronamente y devolvía mi atención a los titulares de la sección de deportes.
Una semana después, resolví aumentarle el sueldo y me regocijé viéndolo sostener el sobre emocionado al contar los billetes y comprobar que había más de lo esperado. Elena no tardó en notar a nuestro hijo en las nubes y enseguida vino a confirmar sus sospechas conmigo.
—¿De verdad? —indagó y yo asentí dándole otro sorbo a mi taza de té, ella suspiró complacida retomando el bastidor y continuó con su bordado de flores con cuidado para no pincharse con la aguja.
A Marcos parecía darle igual, pero para Elena y para mí, el hecho de que nuestro hijo mayor se hubiera enamorado era todo un suceso aunque Julián no hubiese querido compartir el momento a momento con sus padres. Sin embargo, sí vino a decirnos el día que finalmente él y Esperanza comenzaron a salir y nosotros estuvimos muy contentos.
Esperanza era una chica amable, apasionada y al mismo tiempo, sencilla. No iba a la universidad como Julián, pero curiosamente vivía en un lugar parecido a una residencia para estudiantes y tenía un trabajo que adoraba en un hogar para ancianos. A simple vista, daba la sensación de ser una chica común y corriente, pero si la observabas un poco más de cerca, podías descubrir una belleza particular en su penetrante mirada de ojos verdes y en el movimiento de su hermoso y largo cabello chocolate intenso, además de un encanto en su manera de hablar que era casi imposible de ignorar.
La noche que Julián la trajo a cenar a casa por primera vez, Esperanza se había puesto un adorable vestido media campana de color azul y llevaba el pelo semi recogido con un lazo a juego y algunos rizos escapándose. Traía en sus manos un precioso ramo de margaritas que le entregó a Elena previo a un breve abrazo que ambas compartieron con entusiasmo. Luego se acercó hacia donde me encontraba con algo de timidez, yo quise ocultar una sonrisa nerviosa y apagué el cigarrillo en el cenicero antes de que ella estirara su mano para que se la estrechara.
—Ahora sí nos conocemos sin un mostrador de por medio —bromeé y ella soltó una risita avergonzada.
Se la apreté con suavidad y entonces su otra mano envolvió la mía y percibí una calidez peculiar, me miró fijamente en silencio por un momento con el semblante cambiado y me soltó para ir con Julián que la llamó desde el comedor. Yo me quedé de pie allí, desconcertado por lo que acababa de pasar, pero me convencí de que solo había sido una impresión mía y ayudé a Elena a terminar de acomodar los cubiertos en la mesa.
Marcos permaneció la mayor parte de la noche concentrado en su teléfono que no dejaba de vibrar y exageraría si dijera que le dirigió más de tres frases en total a la invitada de su hermano. A Esperanza pareció no importarle e incluso me atrevería a decir que ella entendía por qué él podía comportarse de esa manera, sin embargo, Elena lo codeó en más de una ocasión para que dejara ese aparato y no fuera tan maleducado. Al tercer llamado de atención, Esperanza se dio cuenta de nuestra evidente incomodidad con respecto a la conducta de Marcos y nos hizo saber, con una sonrisa, que no había ningún problema y que si nosotros lo creíamos correcto, que le permitiéramos irse. El chico estuvo muy complacido por ello y se fue a su cuarto no bien acabó de comer el postre.
Conforme el resto de la velada transcurrió, Elena y yo nos percatamos de que Esperanza no hablaba de las cosas al igual que la mayoría de las personas de su edad: no se centraba en temas triviales relacionados con sus gustos o proyectos para el futuro y, en cambio, dejaba bien en claro su percepción sobre la vida… y la muerte. No obstante, por alguna razón, Eli y yo supimos que no tocaba esos temas para pretender ser más interesante, sino que en realidad lo hacía porque era lo que ella de verdad creía. La oí conversar animadamente con mi esposa y reflexionando sobre sus palabras, me dio la sensación de que para Esperanza no existía el futuro, parecía que ella vivía en un constante presente que no iba más allá de lo que haría el resto de la semana. Al principio no me pareció extraño, puesto que lo tomé como una filosofía de vida, sin embargo, el tiempo y los hechos pronto me demostrarían lo contrario.
—A las personas les gusta negar la cruda realidad de que todos vamos a morir algún día y hasta les suele molestar cuando uno saca ese tema a colación —explicó ella sosteniendo su humeante taza de café con ambas manos —aunque yo creo que es la manera que han encontrado de sobrellevar esa zozobra de no saber el momento exacto en que sucederá.
—¿Tú querrías saber? —le preguntó Elena y Esperanza se encogió de hombros sonriendo con un gesto apesadumbrado.
—Aún no tengo una respuesta para ello.
5
Las semanas comenzaron a volar al igual que las hojas de los árboles teñidos de los tonos rojizos y anaranjados propios del otoño. La gente entraba y salía de nuestro negocio abrazando bolsas de papel con bollos y rollos de canela calentitos, hogazas de pan dorado y corteza crujiente y galletas con chips de chocolate, nuestro nuevo aditamento a la variedad de delicias de la panadería. No aseguraría que estábamos ganando una fortuna, aunque sí diría que fue de nuestras mejores épocas. Julián asistía diariamente a la universidad y durante las tardes, me acompañaba un rato en el negocio antes de ponerse a preparar la mercadería que se vendería al día siguiente. Marcos ayudaba de vez en cuando, todo dependía de lo que hubiera que hacer. Aún no era tan bueno como Julián, que ya llevaba más de cinco años amasando conmigo, pero sus esfuerzos lentamente empezaban a dar frutos.
Ver a mi hijo más chico estirando la masa pálida con ambas manos inevitablemente me llevó a recordar aquellos días en los que Julián aprendía el oficio de la panadería. Tenía la misma edad que Marcos, aunque Julián siempre fue más curioso que su hermano. Yo nunca me caractericé por el don de enseñar, sin embargo, nuestro hijo más grande era muy observador y de tantas tardes noche viéndome calcular los ingredientes, preparar las mezclas y dividir los bollos antes de acomodarlos en las bandejas para ir al horno terminó memorizándose los procesos. Realmente no pude creerlo el día que él solo se anudó el delantal blanco a la cintura y tomó el paquete de harina del estante. Las proporciones fueron casi perfectas y el pan apenas se quemó en uno de los bordes.
—Tienes que colocarlas más en el centro de la bandeja —le enseñé la forma en la que yo acomodaba las tiras de masa—. Así, ¿lo ves?
—¿Pero no se van a pegar si están tan juntas? —sonreí y negué sacudiendo la cabeza.
—Para eso es el espacio que dejo entre cada hogaza, tres o cinco centímetros más o menos. Puedes ayudarte con tus dedos para medirlo —puse mi mano en medio de dos de las barras para que él viera—. Tres dedos. Es fácil —Julián imitó mi movimiento —aunque en tu caso serían cuatro porque tus manos son más pequeñas —le revolví el cabello en tono juguetón—. Enano.
—¡Oye! —exclamó él apartándose y yo no pude evitar reírme.
—Te falta mucho para poder superar al maestro —fingí altivez y Julián me empujó.
—Yo soy mejor.
—¿En serio? —me mofé atrapándolo con mi brazo y refregando mi nudillo juguetonamente en su cabeza sin dejarlo zafarse.
—¡Suéltame! —chilló él tratando de liberarse y yo lo dejé ir después de darle un apretujón.
Yo había trabajado durante más de quince años en una panificadora cuyo dueño infeliz un día decidió que sus empleados podían prescindir de los beneficios mínimos. Por supuesto que yo fui uno de los primeros en reaccionar exigiendo una indemnización por todos los meses en los que estuvimos descubiertos por el servicio social que él no estaba pagando. No haría falta mencionar que en cuanto amenacé con demandarlo, mi jefe me arrojó un cheque compensatorio y me despidió una semana después.
Estaba en la calle, sin trabajo y con una familia que alimentar. Pensando en mis posibilidades, me palpé el bolsillo del pantalón blanco de mi uniforme comprobando que mi billetera estuviera en su lugar y entonces se me ocurrió: abriría mi propia panadería.
—Si después de todo, es lo que he estado haciendo durante estos últimos años… ¿Qué tan difícil puede ser? —dije para mí mismo y emprendí la marcha de regreso a casa planificando aquella idea.
La panadería había cumplido ya cinco años, era un negocio firme con una modesta clientela fija y representaba casi la mitad de los ingresos mensuales de nuestra familia, el resto provenía del empleo de Elena. Mi esposa trabajaba como maestra en una escuela primaria y regresaba a eso de las siete, algunas veces se duchaba para refrescarse y venía a acompañarme en el negocio hasta la hora de cierre. Conversábamos sobre nuestro día y atendíamos a la gente que entraba cautivada por los deliciosos aromas que perfumaban el local y salía cargando con bolsas y una sonrisa en el rostro. Nosotros añadíamos decenas a nuestro balance de ganancias y nos permitíamos soñar con la posibilidad de conocer el mar pronto.
—Cada vez estamos más cerca —aseguró Julián con la mirada fija en las cuentas de la libreta al terminar la jornada del viernes tratando de controlar su emoción.
—Así es —me coloqué a su lado y apoyé mi mano en su hombro—. Este año será nuestro.
6
La calma que antecede a la tormenta. Todo estaba bien, todo parecía estar bien. El futuro mentía mostrándose prometedor, no obstante, en el fondo la bestia se alimentaba y crecía en silencio. Nadie la veía, nadie la oía, excepto yo.
Se asomaba furtivamente en la delgada y casi imperceptible línea grisácea en el iris de sus ojos cafés y se deslizaba por la comisura de sus labios cada vez que sonreía. Se aferraba a su cabello negro apenas canoso y se reía con malicia cada que uno de ellos caía en el piso del baño o quedaba atrapado en la tela de la toalla cuando salía de ducharse. Y con dolor, yo observaba sin poder hacer nada. “Tu trabajo es acompañar, pero jamás les hablarás sobre lo que va a pasar. Por más angustioso que parezca, ellos tendrán que descubrirlo solos”, repasé mentalmente las instrucciones que me habían dado e hice la cabeza hacia atrás con frustración, el viento sopló con suavidad despeinándome un mechón de cabello y yo me reacomodé en la silla de mimbre del patio de la residencia.
v
Franco era la viva imagen de lo que uno se figura cuando piensa en un hombre que ha nacido y ha vivido su infancia y juventud en el campo. Físicamente era robusto sin ser muy alto, pero sí fuerte como un roble con una aparente salud de hierro, si se enfermaba, a los dos días se le pasaba. De naturaleza sencilla, sus pasatiempos incluían leer el periódico o escuchar la radio cuando se encontraba trabajando en la panadería, además de salir a caminar y conversar con sus vecinos y conocidos. Curiosamente, también tenía un enorme apetito, aunque su corazón era mucho más grande. Franco era hospitalario y siempre se ofrecía a ayudar a aquellos que se acercaban a él… A pesar de que tristemente muchos de ellos no le devolvieron el favor llegado el momento. Yo negaba con un suspiro de resignación y fastidio al percatarme del egoísmo de las personas.
—Por eso el mundo sigue tan mal, por eso sigue habiendo catástrofes y desastres naturales… porque la gente no aprende. ¿Cuándo llegará el día en que todo cambie? —pregunté al cielo, nadie me respondió. Me enderecé con lentitud y observé una flor que crecía con timidez a unos centímetros de mí—. ¿Por qué él? ¿Por qué Franco? —la pequeña planta se inclinó con una brisa—. Él es un buen hombre, trabajador y responsable… No lo merece… —sentí un nudo en la garganta—. Y no puedo salvarlo —y rompí a llorar.
Las tardes que yo los visitaba, que fueron multiplicándose de manera acelerada, no podía evitar echarle vistazos a hurtadillas, cuando me aseguraba de que nadie mirara, y reflexionar con un gigantesco pesar los motivos que tendría la vida para amenazar con sumir su mundo entero en la oscuridad. Las nubes negras recortaban el horizonte a lo lejos y de a poco el aire adquiría un sabor denso y metálico. Esta tormenta vendría para quedarse.
—¿Me extrañaste? —susurró en el viento y mi cuerpo entero se erizó.
7
Debo confesar que desde que entré en la mediana edad, el frío y yo dejamos de llevarnos bien, por lo que comencé a enfermarme al menos dos veces por año. No eran episodios graves, algunos resfriados o tener la garganta rasposa por un par de días, nunca fue más que eso. Elena le echaba la culpa a mi rebeldía de no querer llevar algo para cubrirme si salía a la tarde.
—El verano ya terminó —me recordaba con un semblante serio alcanzándome la chaqueta.
—Pero está precioso afuera, no me hace falta —aseguraba yo—. Además, no voy muy lejos, volveré pronto —la besaba y cerraba la puerta detrás de mí dejando a Eli de brazos cruzados blanqueando los ojos.
Y en efecto, a medida que el sol bajaba aparecía una brisa demasiado fresca que hacía que la gente a mi alrededor se abrigara mientras yo me refregaba los brazos acelerando el paso para llegar a casa lo más rápido posible. Mayo y junio tienen esa peculiaridad, durante el día está cálido, pero a medida que llega la noche, la temperatura baja abruptamente.
—Te lo dije —me reprendía ella agitando el termómetro después de confirmar que yo tenía fiebre a la noche—. ¿Qué es lo que debería hacer contigo? —ponía los brazos en jarra mirándome con severidad.
—¿Traerme una de tus deliciosas sopas? —le sonreía antes de voltearme para toser, Eli negaba suspirando con fastidio y se dirigía a la cocina.
No obstante, este año las consecuencias fueron un tanto diferentes.
Había ido al mercado hacía ya como tres días y los escalofríos todavía no se me quitaban. Me pasaba las tardes noche haciendo lo mejor que podía para esconderme de Elena y evadir sus intentos por tomarme la temperatura, aunque ella no era fácil de engañar.
—Estoy bien —le aseguraba pasando junto a ella con un suéter de lana y envuelto con la bufanda hasta la nariz.
—¿Seguro? —arqueaba una ceja.
—Seguro —respondía yo con la voz apagada por la tela.
Sin embargo, cuando llegamos a la quinta mañana que me despertaba con la nariz tapada y completamente transpirado, Elena ni siquiera me preguntó y directamente me colocó el termómetro debajo del brazo sin esperar a que me despabilara.
—Q… ¿Qué haces?
—Cuarenta y medio —informó poniendo el tubito a contraluz para confirmar que el número fuera correcto y me miró sentada a mi lado tamborileando los dedos sobre el cobertor.
—No me encuentro demasiado bien —confesé finalmente llevándome la mano a la frente.
—No me digas… —dijo Elena incorporándose—. Hoy te quedas en cama.
—¿Y la panadería? —inquirí descorriendo la manta—. Dame un antifebril y en media hora estaré como nuevo.
—Ni lo pienses —contestó volviendo a taparme—. Pediré el día en mi trabajo y yo me haré cargo —y ese fue el final de la conversación.
