Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La sacerdotisa griega Casandra está harta, hasta los mismos ovarios, de que los troyanos no crean en sus profecías. En una aldea medieval de Gales, una niñita escucha a su mamá contarle el típico cuento del dragón y la virgen sacrificada, y ese es en verdad el principio de un cuento de brujas. En un campus universitario cualquiera, el fantasma de un predicador puritano insulta y acosa (con bastante ternura, todo sea dicho), a una joven madre adúltera que se siente sola y sobrepasada. En una ciudad de ciencia-ficción bastante alucinante, los hombres tienen miedo al volver a sus casas de noche; miedo de sus mujeres lobo y de sus mujeres cucaracha radiactivas. En Movidas que vio Casandra hay piratas travestidas, mujeres duelistas, brujas, mujeres desastrosas, despechadas, enfadadas, cachondas… Todas ellas al borde del colapso pero guerreando, con furia y humor, contra los problemas de género enquistados en las vidas de las mujeres durante siglos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 303
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
MOVIDAS QUE VIO CASANDRA
GWEN E. KIRBY
TRADUCCIÓN DE LAURA SALAS RODRÍGUEZ
SENSIBLES A LAS LETRAS, 93
Título original: Shit Cassandra Saw
Primera edición en Hoja de Lata: septiembre del 2023
© Gwen E. Kirby, 2022
© de la traducción: Laura Salas Rodríguez, 2023
© de la imagen de la portada: Kristen Liu-Wong
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2023
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
[email protected] / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-18918-75-9Producción del ePub: booqlab
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte.
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Movidas que vio Casandra y no les contó a los troyanos porque total, visto lo visto, que los follen
Algunas cosas normales que pasan mucho
La Cabaña Cangrejera de Jerry: una estrella
Budicca, poderosa reina de los britanios, bateadora de primera y jugadora polivalente, A. D. 61
Monte Adams en Mar Vista
Viernes noche
Aquí pronunció su último…
La primera mujer colgada por brujería en Gales, 1594
Casper
Una especie de disculpa a June
Mary Read, pirata travestida, el mar embravecido, 1720
La Disneylandia de México
Para pasar un buen rato, llama
Nakano Takeko recibe un disparo fatal, Japón, 1868
Inishmore
Marcy rompe consigo misma
La mejor y única puta de Cwm Hyfryd, Patagonia, 1886
La Chica del Medio Oeste ya se ha cansado de aparecer en tus relatos
Escena en un parque público al amanecer, 1892
Cómo cambiar el alicatado del baño en solo seis pasos
Nosotras nos encargamos
Agradecimientos
para mi hermana Claire
tú más que nadie
tú más que nada
«Hablas como las heroínas —dijo Montoni, desdeñoso—;
veremos si también sabes sufrir como ellas».
ANN RADCLIFFE,Los misterios de Udolfo
Bombillas.
Pingüinos.
Budweiser light.
Velcro.
Plastimación. La luna hecha de queso.
Claqué.
Yoga.
Caramelos de regaliz. Refrescos con sabor cítrico. Gelatinas. Colores que ella se come con los ojos.
Metanfetamina.
Camisetas. Finas y suaves, que pasan de persona a persona, de hombre a mujer; cada propietario cae en un equipo distinto —Yankees, Warriors— y sale de nuevo de él sin derramamiento de sangre, sin dedicar un solo pensamiento a la filiación ni a la tribu. ¡Y las palabras! Qué cantidad de absurdos. «El tiempo está aquí, ojalá estuvieses bien». «Los químicos lo hacen en una tabla periódicamente». «Corta el rollo, no ranas». Palabras por todos lados, para todo el mundo, para echar unas risas, sin más, por mero placer, un mundo despreocupado con las palabras. Y no solo en las camisetas. Hay pósteres. Botellas de agua. Periódicos. Correo basura. Pegatinas para los parachoques. Listas. Los diez mejores disfraces de Halloween para tu perro usando un corgi de modelo. Las diez veces en que la expresión facial de un mono resumió a la perfección tus pensamientos sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Las diez cosas que tu novio querría que hicieses en la cama pero no se atreve a pedirte. Casandra no ha notado que haya menos hombres diciéndoles a las mujeres lo que tienen que hacer. A lo mejor se trata de un placer del futuro: que el deseo masculino quede sin expresar. Que sea un deseo deseo y no una orden.
Luego están las pequeñas palabras, las palabras íntimas, ocultas dentro de las novelas románticas o de misterio, los thrillers, la ciencia ficción, la fantasía. Pechos jadeantes, astronautas y hombres mono. Libros baratos de bolsillo, con una vida breve pero apasionada; el próximo torrente de palabras los persigue tan de cerca que deben venderse o ser destruidos, porque en la estantería solo hay espacio para lo nuevo.
Y las vidas, por supuesto. Si por Casandra fuese, vería solo las ficciones, los objetos, las extravagancias de plástico multicolor del futuro, pero también ve las vidas. Aquí hay dos niñitas. Se sientan en la tierra y escarban alrededor de una roca. ¡Cuántas posibilidades una vez desenterrada! Una puerta al inframundo, un tesoro oculto, una colonia de hadas… nada más que tierra. Es esencial que nunca lo consigan, que nunca desentierren del todo la roca, y por supuesto nunca lo hacen. Sus palas de plástico mueven la tierra a un lado; más tierra, polvorienta y fina, se les mete en los ojos. Una de las niñas se hace ingeniera. A la otra la viola su novio de la universidad. Esta segunda niña tendrá una panadería en una isla donde le encanta hacer senderismo. Tendrá tres hijos, los tres niños, y morirá bastante vieja y con pocas ganas de irse. Sus hijos también tendrán vidas. Todo el mundo tiene. Vidas en fast forward, sin sonido; hasta la mejor vida, hasta la suya, acaba aburriendo a toda prisa.
Casandra está cansada de abalanzarse sobre caballos de madera sin nada más que la llama de una cerilla minúscula.
Está cansada de hablar a oídos atentos. Los oídos atentos de los hombres que la creen loca la vuelven loca. Ojalá pudiese mudarse a una isla lejana y tener un pájaro. Nunca lo hará, porque sabe que nunca lo hace. Se dice que Apolo le concedió a Casandra el don de la profecía: es verdad. Se dice que, cuando ella rechazó sus insinuaciones, él le escupió en la boca para que nunca más la creyesen. Una virgen igual que una mujer seducida igual que una mujer violada igual que una mujer dispuesta: todas ellas abren la boca y ven que brotan serpientes de ella.
Casandra está harta, hasta los mismos ovarios, no puede con su alma.
Aun así, mientras saquean Troya y ella se aferra a las frías piernas de mármol de la estatua de Atenea en el templo sagrado, no consigue aceptar lo que sabe que es verdad. Que pronto llegará Áyax y la violará. Que después destrozará la estatua de la diosa que ella adora, atrayendo de ese modo la maldición a su propia vida; y que, lo que es peor, su diosa, la diosa de Casandra, no la ayudará, sino que apartará su rostro deshecho. Se llevarán a Casandra al otro lado del mar, la convertirán en la concubina de otro hombre, tendrá dos hijos gemelos, y Clitemnestra la matará. Pero antes de que ocurra eso, hay visiones que Casandra arde en deseos de compartir con las mujeres de Troya.
A lo mejor las mujeres de Troya escuchan. Saben que la maldición de Casandra es también su maldición. Que Apolo le escupió a ella en la boca, pero solo fue un escupitajo.
Esto es lo que ella podría enseñarles.
Tampones.
Vaqueros.
Lavadoras.
El Hitachi Magic Wand inalámbrico.
Los coleteros.
El gas pimienta.
La epidural.
Y lo mejor de todo, lo que hace sonreír a Casandra mientras los hombres entran como una tromba en su templo, como ella siempre ha sabido que harían: que un día, el gentilicio «troyano» no será sinónimo de valentía ni de fracaso, ni de traición ni de resistencia, ni de las mujeres más bellas ni de los hombres más insensatos. Cada cartera llena de esperanza llevará un troyano, un Trojan1 que alguien sacará con avergonzada confianza, deslizará sobre el bálano y desenrollará hasta la base. A lo mejor los troyanos se reirían si lo supiesen, o se sentirían humillados, o se pararían a pensar en la indiferencia de la historia o en la hybris del hombre que aspira a ser recordado. Pero las mujeres, nada más ver abrirse el envase azul, las mujeres se alegrarían, lo harían ondear sobre sus cabezas como una nueva bandera, como una promesa de que algo mejor está por venir.
1 Trojan es la marca más corriente de preservativos en Estados Unidos. (Todas las notas son de la traductora).
Una mujer va andando por la calle y un hombre le dice que sonría. Al sonreír, la mujer revela una boca llena de colmillos. Arranca la mano del hombre de un mordisco, tritura los huesos y los escupe, y sin querer se traga la alianza de boda, cosa que le provoca una indigestión.
Una mujer está esperando el autobús y un hombre se para demasiado cerca de ella. Le toca el culo sin saber que ella es el primer éxito de un experimento científico ultrasecreto. Ella se da la vuelta, lo apunta con sus ojos láser y lo transforma en el precio del billete: dos dólares y setenta y cinco céntimos, todo en monedas.
Una mujer está en el súper y, al llegar al pasillo de los congelados, un hombre le dice: «Bonitas piernas». La sigue; dejan atrás el brécol y los guisantes. «¿Qué hace una chica guapa como tú aquí sola?». Nata montada. «¿Tienes novio?». Tartas heladas. «¿No quieres decirme algo agradable?». Ella se detiene al final del pasillo. Hay ofertas de patatas fritas y salsas. El día anterior ella no le habría hecho caso. Habría seguido adelante, habría fingido estar absorta en los quesos, se habría detenido en las salsas para pasta, esperando a que el hombre se aburriese. Se habría marchado sin comprar nada; el aparcamiento oscuro le habría parecido interminable; cada coche habría ocultado una amenaza.
Por suerte, la noche anterior la había picado una cucaracha radiactiva. Lleva una armadura bajo la ropa. «¿Eres tímida o una puta estirada?», le pregunta él. Ella tiene los sentidos amplificados. Sisea a un decibelio que rompe los tarros de salsa; pequeños fragmentos de cristal se incrustan en el pecho del hombre. La salsa lo salpica todo y un trozo de tomate aterriza en el dobladillo de su falda; qué lástima, porque acababa de llevarla a la tintorería. En la oscuridad, con la compra en los brazos, el aparcamiento le parece bonito, nunca se había fijado antes. Cae una fina lluvia contra la luz macilenta. El asfalto brilla, y los coches no ocultan absolutamente nada.
Una mujer está sola en su casa y oye a su vecino, borracho, dando golpes en el pasillo. Pero no comprueba la cadena de la puerta ni tira de ella para asegurarse de que está a salvo. En lugar de eso, coge el mando a distancia que le ha dado una bruja. Si alguien intenta entrar, apuntará con el mando a distancia hacia la puerta y lo apagará.
Una mujer está haciendo footing en un día frío y hay un hombre corriendo tras ella, a quince metros de distancia, a nueve, a seis. Son las únicas dos personas que van por el camino, una cinta fina que bordea el río. A ella le encanta correr por allí. Acelera, y él también. El corazón de la mujer empieza a latir con fuerza y se maldice, «puta estúpida, te han dicho mil veces que no salgas sola a correr, como si no lo supieses, puta estúpida», y luego se acuerda, «¡Gracias a dios!». ¡Hace muy poco la ha arañado un hombre lobo! La mujer se permite un leve cambio, se vuelve hacia el hombre y se quita los guantes. Tiene las manos cubiertas de pelo, con almohadillas negras y ásperas; cuando extiende sus garras, el hombre suelta un gritito y sale corriendo. La mujer se frota las mejillas frías con su suave pelaje. Inspira profundamente y retoma un ritmo constante.
Una mujer va en el metro y un hombre se sienta a su lado a pesar de que hay muchos asientos vacíos. La mujer cruza sus pequeñas manos sobre el regazo. El hombre se saca la polla y empieza a masturbarse. La mujer se pone de pie y se baja en la siguiente parada. El corazón de la mujer no late a toda prisa, no siente náuseas y no se pregunta qué habría hecho si el hombre la hubiese seguido.
No; en cuanto pisa el andén y las puertas del metro se cierran tras ella, la mujer nunca vuelve a pensar en el hombre. Ese es su superpoder: se lo concedió su madre extraterrestre cuando era bebé. Se siente perfectamente, y hasta trabaja un poco por la tarde antes de decidir que está cansada y pedir comida china. Duerme profundamente.
Una mujer tiene una cita con un hombre; de camino al restaurante, ven que otra mujer le arranca la mano de un mordisco a otro hombre. El hombre de la cita corre hacia el hombre que está en el suelo, sangrando abundantemente. La mujer de la cita le pregunta a la mujer que ha mordido de dónde ha sacado esos colmillos.
—Te quedan genial —dice.
—¿De verdad? —pregunta la otra mujer—. Son justo lo que necesitaba para un extra de confianza.
Durante el resto de la salida, el hombre de las dos manos se muestra de lo más respetuoso.
La mujer cucaracha va al banco con la esperanza de que alguien lo robe; así tendría una excusa para usar sus alucinantes poderes nuevos. En lugar de eso, el hombre de delante está teniendo una conversación con una mujer y la interrumpe. «La cosa es —dice el hombre— que es muy fácil generalizar, ¿sabe?». La mujer cucaracha sopesa la posibilidad de arrancarle el brazo al hombre, pero sería una reacción excesiva. Ingresa un cheque y camina hacia el trabajo, desanimada, mientras sus antenas recién crecidas vibran en la brisa.
El mismo hombre de antes se saca la polla en el metro. Va sentado junto a una mujer con la boca llena de colmillos. Por un momento, ella se queda paralizada por la incredulidad, pero está ocurriendo de veras, está ocurriendo, así que se inclina y le arranca la polla de un mordisco. La escupe. No hay huesos que triturar. La deja en el suelo, inofensiva, y se baja en la parada siguiente. Mantiene una expresión serena —está acostumbrada a ignorar los gritos y la sangre—, pero se le queda el regusto en la boca hasta llegar a su casa.
La mujer del mando a distancia mágico lo lleva consigo a todas partes, en su bolso, junto al aerosol de pimienta y una bolsa de M&M’S cerrada a base de darle muchas vueltas. Nunca usaría el mando a distancia en público; no hay forma de asegurarse de que daría en el blanco. En una pesadilla recurrente, un hombre le grita por equivocarse con su pedido, un latte doble semidescafeinado, puta gilipollas, y ella, de la rabia, apaga toda la cafetería, toda la manzana, el mundo entero, y le da al botón de rebobinar, por favor, rebobinar, pero es demasiado tarde.
Según camina calle abajo, fantasea gozosamente con la idea de meter la mano en el bolso y darle al botón de pausa. En la ciudad inmóvil, puede hacer todo lo que quiera. Camina durante millas, pasa por callejones, cruza parques frondosos, deja atrás la esquina en la que el sintecho grita obscenidades, pero, mira, ahora está en silencio. Ella les ha traído la paz a los dos.
A la mujer lobo nunca le ha encantado habitar su cuerpo hasta ese momento, pero ahora sacude el pelaje cada vez que está en casa. Desnuda se siente aún más poderosa. A veces, por la noche, tarde, va al patio trasero y aúlla —no porque esté triste, sino porque sus pulmones son fuertes y es un placer convertir el aire en sonido—. Ahora su marido ve lo feliz que está y le pide que lo arañe y lo convierta a él también. Ella querría querer hacerlo. Intenta explicarle que es una cosa suya, que necesita guardarla para ella. Lo que no encuentra es valor para decirle que necesita que no sea cosa de él. Él dice que la entiende, pero ella sabe que en realidad nunca la perdonará.
La mujer de los colmillos se come un dónut en un banco del parque, a pesar de que los colmillos se lo ponen difícil. Está de mal humor. Tiene la lengua irritada, las mejillas en carne viva y la chaqueta manchada de azúcar glas. Desea que algún hombre le haga un comentario para poder morderlo, pero nadie lo hace. Después de todo, los colmillos se ven con facilidad.
Llama a su amiga, la mujer que olvida.
—La mayoría de los días estoy bien —dice, y sus «s» brotan con una leve sibilancia—. Solo que a veces, como hoy, estoy cansada.
—Es terrible —contesta su amiga, aunque le gustaría que no hablasen siempre de hombres. La amiga que olvida se saca una semilla atascada en sus vulgares dientes. La mujer con colmillos se sacude las migas de los dedos y dice que se tiene que ir.
Una mujer camina por el pasillo de un edificio académico ya entrada la noche. Tiene dieciocho años, es estudiante de primer año y, desde que está en la universidad, recibe un correo electrónico masivo al menos una vez por semana avisando de una agresión sexual en la zona. Al final de cada correo hay una lista con consejos para protegerse. A pesar de que le han advertido que no ande sola por la noche, ha ido a recoger un papel del buzón de su profesor. Cuando llega a la sala de correo, la puerta está cerrada. Tanto rollo para nada, y aquí está de nuevo la caja de la escalera. Cuando tenía catorce años, un hombre la detuvo para preguntarle algo en una escalera, la empujó contra la pared y le manoseó los pechos. Corre escaleras abajo; están vacías a excepción de los hombres con los que ella las puebla, que intentan alcanzarla como las ramas del bosque oscuro de Blancanieves. Odia ser tan cobarde, y se enfada por llamarse cobarde.
Si su imaginación no estuviese ocupada, se fijaría en un billete de veinte dólares en el último rellano. Cogería el dinero y se lo gastaría en una novela, o en el cine, a lo mejor invitaría a algún amigo a comer. Esa noche, más tarde, un estudiante de segundo año encuentra el dinero al caminar tranquilamente escaleras abajo. Piensa en una película que va a hacer con sus amigos; piensan rodarla de noche, en el parque, mientras se ponen ciegos. La presentará en el festival de cine de la universidad y quedará segundo. Años después, es director de cine independiente.
Por suerte, la mujer llega a casa sana y salva y al día siguiente la muerde una cucaracha radiactiva. Las cucarachas radiactivas están asolando la ciudad. Le encantan sus nuevos poderes, pero no sabe cómo explicarle al hombre con el que sale los cambios que se producen en su cuerpo. Rompen.
La mujer que vio cómo la mujer con colmillos le arrancaba la mano a un hombre consigue sus propios colmillos. Se los quita al yo que se refleja en el espejo. Los colmillos tienen sangre, justo como ella se había imaginado, solo que es su propia sangre, de la zona aún dolorida y en carne viva de sus encías.
El Gobierno se entera de lo que las cucarachas radiactivas cuando pican a la mujer del alcalde mientras duerme. Al alcalde, a pesar de compartir cama con su mujer, no lo han mordido ni se ha transformado. ¡Qué cosa más rara! ¿Qué está pasando? ¡Nadie lo sabe! Y la infección se expande con rapidez. Ingresan a la mujer del alcalde para hacerle pruebas. La prensa dice que se ha puesto enferma y que va a alejarse un tiempo de la vida pública. En Reddit, las teorías conspiratorias crecen y se enredan como zarzas.
Una mujer camina por la calle y absolutamente nadie la molesta. Sonríe a las demás mujeres que pasan. Ellas le devuelven la sonrisa. Algo ha cambiado.
Una mujer se pone un par de antenas falsas para sacar la basura detrás de su casa; siempre le da miedo salir a ese callejón por la noche. Nadie la molesta, a excepción de una rata enorme, rechoncha y rencorosa.
Ahora que puede fingir que es una cucaracha, la mujer con colmillos considera la posibilidad de que le quiten los dientes pero, finalmente, se ha acostumbrado demasiado a sentirse segura. ¿Qué pasa si resulta que las cucarachas radiactivas no son la respuesta? ¿Qué pasa si alguien inventa una pistola eléctrica especial para cucarachas? ¿Qué pasa si los esforzados científicos encuentran una cura? Se queda con sus colmillos y se resigna a tener la boca siempre un poco irritada.
Las antenas falsas se venden como rosquillas. Los hombres de la ciudad no se sienten seguros. Las mujeres de la ciudad juegan. Llenan bañeras y contienen la respiración durante treinta minutos bajo el agua para probar la resistencia de sus nuevos pulmones. Se emborrachan de la cerveza que adoran sus cuerpos de cucaracha, y regresan a casa bajo las estrellas; cuando ven a un hombre sisean: el hombre sale corriendo y ellas no paran de reír. «¿Es que no se puede gastar una broma?», vocean, y casi se sienten mal, porque dos errores no suman un acierto. Pero como ese error es la respuesta a uno, a otro y a otro y a otro más, la mujer cucaracha sí que se siente mejor, temeraria, libre.
Los hombres llevan pequeños tubos de Raid en los bolsillos cuando salen por la noche. No basta, ni de lejos, pero los hombres sujetan con fuerza los aerosoles con las manos, como talismanes. Como todas las mujeres llevan antenas ya, no hay forma de saber cuáles son peligrosas en realidad.
La mujer que olvida y la mujer con colmillos se toman un café y la mujer que olvida le dice a la mujer con colmillos que ella no entiende esa nueva moda.
—Yo probé unas —dice—, pero me aplastaban el pelo y me daban dolor de cabeza.
La mujer con colmillos está con antibióticos. Se le ha formado un absceso en uno de los dientes.
—Los dolores de cabeza son lo peor —dice, y empieza a llorar.
Un hombre le corta la cabeza a su novia cucaracha mientras esta duerme. Ella se pone en pie, tambaleándose, lo ataca y lo mata, y aún le queda una semana entera para vivir. Camina por la ciudad con la cabeza debajo del brazo para poder ver por dónde va. Escribe un artículo en BuzzFeed sobre cómo reconciliarse con el tiempo que le queda, pero la verdad es que el terror le atenaza la garganta cortada. Desearía haber muerto tres días atrás; desearía, para empezar, no haberse convertido nunca en cucaracha. No hay nada peor que saber que el hombre al que quería le cortó la cabeza, a excepción del hecho de que matarlo no le ha devuelto su ser completo.
Dos mujeres inventoras están en su laboratorio secreto lleno de cucarachas radiactivas. Llevan largos abrigos blancos y gruesos anteojos. Los guantes de goma rojos les llegan a los codos.
—Espero que hiciésemos lo correcto —dice una de ellas mientras inyecta con suavidad un sérum nuevo en una cucaracha y luego la coloca en el frasco #B872.
—Pues yo creo que comprarle el cambiador a Marianna fue una gran elección —responde la otra, con la cabeza inclinada sobre una probeta, a la espera de que el líquido naranja se enfríe.
Trabajan muchas horas y siempre se sienten aliviadas cuando llega el momento de irse a casa. Hablan sobre los planes que tienen para la noche mientras se quitan los anteojos, los guantes y las batas. Bajo la ropa, son mosaicos de experimentos fallidos. Mejillas con cicatrices, uñas de los pies convertidas en garras, parches de piel transformados en piedra, pelaje y escamas. Una de ellas tiene la espalda cubierta de placas yuxtapuestas, como un armadillo. La otra tiene un ala que no se despliega del todo; las plumas le atascan el sumidero de la ducha.
Las mujeres salen, se ponen sus antenas falsas y se van a casa de la mano. Un hombre que camina en sentido contrario asiente respetuosamente con la cabeza y las rehúye. Ellas se sonríen; no son sonrisas maliciosas, pero tampoco están llenas de bondad. Se sienten bien, seguras, pero no tan bien ni tan seguras como pensaban que estarían. Las zonas de su cuerpo que notan ardientes, o tirantes, o les dan pinchazos y la incesante comezón las distraen de las estrellas y del aire fresco de la noche. Están orgullosas de lo que han hecho. Pero, aun así, a veces, desearían poder ser blanditas y estar enteras, como una versión más suave de sí mismas.
Gary F.
Baltimore, Maryland
Miembro de Yelp desde el 14 de julio de 2015
Opinión: La Cabaña Cangrejera de Jerry
Opinión publicada: 15 de julio de 2015, 02:08
Tras leer detenidamente la página de internet de este restaurante y sus críticas positivas en Yelp, mi mujer y yo hemos ido a La Cabaña Cangrejera de Jerry esta noche. Nuestra experiencia no ha sido buena. No fue «un completo acierto», como escribió otro usuario. No sé dónde irán normalmente esos usuarios a cenar y no publicaré las especulaciones que había escrito, y luego borrado, porque no eran nada halagadoras aunque, me atrevo a decir, sí lo suficientemente precisas como para resultar dolorosas, y no es mi intención hacer daño a nadie. Yo solo quiero corregir la información publicada.
Así que voy a redactar una crítica metódica e imparcial de La Cabaña Cangrejera de Jerry, de forma que la gente que usa este sitio, gente como mi esposa y yo, que somos nuevos en Baltimore y confiamos en este portal para obtener información y planificar nuestras cenas, puedan saber dónde se meten y tomar sus propias decisiones. Si van a dedicar su tiempo a hacer algo, como dice mi querida esposa, háganlo bien; si no, no se molesten y dejen que lo haga ella, como todo lo demás (ja, ja).
La Cabaña Cangrejera de Jerry queda cerca de Fell’s Point (y no en el barrio histórico de Fell’s Point, como pone en la página). De hecho, la «cabaña», que no es una cabaña sino un local normal metido con calzador entre una peluquería y una tienda de colchones, queda varias manzanas al este, en la parte más insulsa del barrio. Si, tras leer esto, usted, futuro usuario de Yelp, sigue pensando en ir a La Cabaña Cangrejera de Jerry, le sugeriría que no aparque por allí. Aparque en Fell’s Point propiamente dicho y vaya andando. Aunque le roben, los delincuentes solo se llevarán su cartera y no, como nos ocurrió a nosotros, la ventanilla del copiloto (destrozada), el GPS de la marca Garmin y cinco CD, incluido un estuche doble del Smithsonian Folkways, Ritmos de éxtasis: música sacra del vudú haitiano, que algunos estábamos impacientes por poner en el nuevo camino al trabajo.
Al entrar, la Cabaña de Jerry no da mala impresión. Dije que esta iba a ser una crítica justa, y lo decía en serio. Alguna gente no sabe separar los sentimientos que les inspira algo de la cosa en sí, pero yo sí. Por eso estoy dispuesto a admitir que, aunque yo personalmente no disfrutase del exitazo que supuso Avatar en 3D, o aunque yo personalmente no sea capaz de entender qué encanto esconde el footing, ambos tienen un valor independiente de mí. No porque los huevos cocidos le contagien el olor a todo lo que hay en el frigorífico, y a mí ese olor me provoque náuseas, dejo de entender que hay gente que no lo ve así y quiere tomarlos para desayunar todos los días. Sobre gustos, ya se sabe.
La Cabaña de Jerry tiene decoración marítima. Sobre la barra cuelga una encantadora red de pescar en la que hay estrellas de mar de plástico y una sirena de cartón. En las paredes hay cuadros de veleros, no enmarcados sino pegados al enlucido, con los bordes amarillentos y enrollados, como podrían verse en un ambiente más auténticamente marino. Al final de la barra hay un cangrejo de goma amorosamente abrazado a una Budweiser light. Junto a él hay un letrero que reza: «¡Nadie camina de lado a lado con una Bud light en la mano!». (Por supuesto, sí que puedes caminar de lado a lado con una Bud light. Depende de la cantidad que tomes. Y añadiría que, ya que el personal de la Cabaña de Jerry está tan metido en su rollo «nativo» de Baltimore, podían apoyar a la industria de Maryland y servir solo cervezas locales).
Hay ocho mesas cubiertas con hules de cuadros rojos y blancos. El nuestro tenía agujeros por los que se veía la pelusa blanca del poliéster. Nosotros nos esperábamos algo más en plan «restaurante restaurante» (en palabras de mi esposa) y menos en plan «bar con mesas» (como también dijo ella). Las fotos de la página no corresponden exactamente al interior, así que aquello no era culpa mía. Me habían llevado a creer que era más un ambiente de bistró marino, cosa que, según aseguraba después mi esposa, «no tenía importancia». Lo que pasa es que yo le había prometido a mi esposa «una cena especial». Le dije que aquel sitio iba a ser «la quintaesencia de Baltimore». Yo esperaba que por fin pudiésemos relajarnos y disfrutar de una noche fuera de casa, lejos de las cajas medio abiertas y las habitaciones medio vacías.
No es el más limpio del mundo.
Mientras esperábamos que nos asignasen una mesa (antes de darnos cuenta de que era de los sitios en que te sientas donde quieras), vi cómo mi mujer levantaba el tacón una y otra vez, arriba y abajo: estaba probando la textura pegajosa del suelo, digna de un papel atrapamoscas. Le vi esa mirada decidida que conozco tan bien. «Qué auténtico el sitio», dije con la esperanza de cortar de raíz la negatividad potencial. (Estaba fijándome y apreciando la red ya mencionada, además de las puertas del baño, con unos letreros en los que ponía «Pirata» y «Señora Pirata», cosa que me pareció muy igualitaria). Si a Janet —mi esposa se llama Janet— se le mete en la cabeza que algo no le gusta, ya no hay quien la haga cambiar de opinión. Esa mujer podría no estar contenta en su propia fiesta de cumpleaños (nos ha pasado en múltiples ocasiones). ¡En fin, que el sitio no era el más limpio del mundo! Yo diría que, llevando la palabra «cabaña» en el nombre, es algo que no debería cogerte desprevenido.
Al suelo no le habría venido mal un restregón. Podrían haber «fregado la cubierta». Pero a nosotros nos limpiaron la mesa y no vimos ninguna cucaracha. Mi mujer diría que eso es poner el listón bajo en cuanto a limpieza, así que añadiré también que vi un cartel que decía que habían pasado el control sanitario, y que el cartel estaba bien a la vista, colgado en la ventana, donde la ley establece que debe estar.
El servicio, al principio, estuvo bien. Una mujer demasiado mayor para llevar un disfraz de moza pirata nos dio la bienvenida y tomó nota de la comanda: dos sándwiches de cangrejo blando (según Yelp, su «plato estrella») y ensalada de col y zanahoria. Su corpiño de moza pirata (aunque a lo mejor debería decir su corpiño de «Señora Pirata») era de polipiel negro y le rebosaba el pecho, no como los pechos jóvenes, cuya turgencia los empuja hacia arriba, sino como globos que han empezado a perder un poco de helio, globos tres días después de la fiesta.
(Aquí quiero hacer una pausa y decir que yo normalmente no me quejo del servicio en los restaurantes. Como hijo de un padre que sí se quejaba, a voz en grito y ad nauseam, de camareras lentas, camareras antipáticas o camareras putillas, de hecho, como muchacho avergonzado en demasiadas ocasiones por una figura de autoridad impaciente e insensible, normalmente pongo al mal tiempo buena cara cuando el servicio deja que desear. Las camareras también son personas, y no todas las comidas tienen que ser las mejores siempre. Me he tragado de mala gana unas cuantas cenas en mi vida sin decir esta boca es mía. Mi mujer es quizás algo menos indulgente, y un poco más propensa a quejarse cuando la comida llega fría o se me olvida comprar leche en la tienda a pesar de haber prometido que lo recordaría, pero en realidad solo hace reproches cuando está justificado. No deja que la gente «la pisotee», y yo «tampoco debería». Lo que ha pasado esta noche no ha sido culpa de la camarera. No sé lo que espera mi padre. Las camareras no son magas. Yo lo único que espero de ellas es que se ocupen de transportar la comida de un punto a otro, y ni siquiera hace falta que sonrían porque por qué diablos hay que sonreír cuando trabajas de camarera en La Cabaña Cangrejera de Jerry y tu jefe te tiene embutida en un corsé dos tallas más pequeño y tienes tres criaturas en casa y callos en los pies y dos personas de Washington se sientan con sus trajes negros en tu zona y una de ellas pregunta si los cangrejos son pesca local, pues por supuesto que sí, por eso esa mujer nos miró como si fuésemos unos cretinos, y encima de fuera, evidentemente, a pesar de que ahora seamos propietarios locales).
La comida tardó cuarenta y cinco minutos. Para ser más exactos, debería decir que, transcurridos cuarenta y cinco minutos, las cosas en la mesa se habían puesto tensas. Ambos estábamos cansados y muy hambrientos. Una mudanza da mucho trabajo. Ha habido bastantes noches de comer restos de pizza en el suelo porque la mesa nueva que hemos pedido por internet está retenida en un almacén de San Luis e incluso cuando mi mujer llamó a la empresa y usó su voz más terrorífica le dijeron que tendríamos que esperar, que estaban en ello. Ambos esperábamos con impaciencia esa cena.
«¿Es que han mandado a alguien a coger los cangrejos sobre la marcha?», dijo Janet, y sabía que estaba a punto de ponerse en pie para preguntar dónde estaba nuestra comida. Así que me levanté yo primero, para evitar una escena. Odio los dramas en los restaurantes. Los odio profundamente. A lo mejor le solté una bordería a Janet antes de acercarme al bar, pero eso era un poco culpa suya, porque sabe lo mucho que odio que la gente moleste a las camareras.
(Por cierto, Janet tiene muchas cualidades. Quiero decirlo desde ahora. La crítica no es sobre mi esposa).
Si esta crítica fuese sobre mi esposa, la redactaría siguiendo los siguientes criterios:
1) Apoyo
2) Empatía
3) Estabilidad
4) Sentido del humor
5) Apariencia física
6) Tolerancia hacia mí
Janet me apoya. Cuando yo quería hacer un máster en musicología, me animó a que lo hiciese, y luego lo pagó a pesar de que aún no estábamos casados. (Janet es abogada). Creo que apoyar entonces a su novio de años para que hiciese un máster en musicología también habla de su empatía, porque cuando le dices a la gente que eres musicólogo la mayoría de las personas te miran como si estuvieses loco o te acabases de inventar tu trabajo. Ella no hizo nada de eso. Le encanta que me encante la música y que trabaje para la Smithsonian Folkways, que es el empleo de mis sueños, así que qué más da que ahora viva a una hora y media de ese trabajo de ensueño y no pueda salir con mis compañeros después porque ella quiere que seamos propietarios de una casa, cosa que no podemos permitirnos en Washington DC, y tengamos hijos.
Es evidente que yo también quiero esas cosas.
Janet es muy estable. Se puede decir que es una roca. Una roca de base plana. No porque tenga el culo plano. (Si tuviese que ponerle nota a su aspecto físico, le daría un 10++). Lo que quiero decir es que no podrías echarla a rodar colina abajo ni nada, porque no es ese tipo de roca. Cuando dice que va a hacer algo, lo hace. Si ella hubiese dicho que íbamos a ir a un restaurante bonito, nada más asomar a la Cabaña de Jerry habríamos visto lino blanco y cócteles de elaboración local. A veces creo que ella simplemente hace que las cosas que desea sucedan con la fuerza de su mente.
También tiene un sentido del humor maravilloso. Cuando entramos en La Cabaña Cangrejera de Jerry y vio el cangrejo de goma, sonrió.
