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La vida en el Valle transcurre de forma tranquila. Cada familia y cada casa siente devoción por el linaje y por las tradiciones. Un mundo ordenado según los cánones de la moral cristiana donde el silencio es fiel compañero de los sueños y los deseos ocultos. Ese silencio queda ahogado y orcurecido por los bufidos metálicos del progreso, es entonces cuando comienza la lucha entre aquellos que se aferran a la antigua vida y los que sienten la necesidad de olvidar a toda costa su pasado en el Valle. Muerde el silencio es una novela intimista y sobrecogedora que narra la historia de un lugar enterrado en el tiempo pero vivo en la memoria
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Seitenzahl: 270
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Ramón Acín
Muerde el silencio
CUBIERTA
I. TABULA RASA
II. SURSUM CORDA
III. HORROR VACUI
IV. EPÍLOGO
CRÉDITOS
Para Carmen, Raúl y Natalia que acompañaron el nacimiento de esta novela.
Para mi madre y hermanos que saben de «deshabitados».
Escuchó el nuevo tañido de las campanas. La tristeza del monótono son le golpeó con fuerza. Y aumentó la sensación de pesantez que le agobiaba desde el amanecer. Era el segundo toque. Llamaba al sepelio.
Se imaginó al sacristán colgando como un pelele. Asido a las cuerdas que caían a peso desde la torre-campanario. Se lo imaginó ejecutando su habitual baile de loco. Con saltos desgarbados que desmadejaban aún más un cuerpo de por sí deforme. La sonrisa cruzó por su rostro. La escena del sacristán permaneció en su mente tan sólo un instante, pero sirvió para atenuarle el dolor. Nunca más vería a José. Nunca más la mano del abuelo, posándose en la suya, le comunicaría el calor del cariño. Ni tampoco la protectora sensación que conocía desde muy niña. Siguió imaginando la escena del sacristán. Histrión, como guiñapo al viento. Con la mirada fija en la puerta de la sacristía por si aparecía el cura. Y, al mismo tiempo, buscando compás a sus lascivos pasos de baile con cada golpe de badajo que anunciaba el inicio del sepelio. Era una costumbre de años. El sacristán volvía una y otra vez a su baile por mucho que el cura le hablara de irreverencia, sacrilegio o mala educación. También intentaba burlar siempre la vigilancia del éste para buscar el aplauso fácil de la chiquillería. Era su forma de sentirse alguien.
Angelina suspiró mecida por el reverbero de los tañidos, absorta en su imaginación. Debía darse prisa.
Sin embargo, comenzó a vestirse con una lentitud mayor de lo habitual. Una tras otra, las distintas prendas que previamente había dispuesto sobre la cama, fueron cubriendo su cuerpo adolescente. Y, aunque éstas lucían en él como si todavía fueran a ser estrenadas, al contrario que en otras ocasiones, no consiguieron centrar su atención.
Angelina culpó a la situación. El dolor se anteponía al disfrute. Además ya había gozado al observarlas de lejos. Por eso, las expuso sobre la cama como si formasen parte de un escaparate. Desde que tenía uso de razón se regocijaba con la visión de sus vestidos; es decir, con la imagen pura de sus prendas antes de ajustárselas a su busto de mujer incipiente.
Pensó que lo que acababa de hacer era una estupidez; algo propio de la niña que aún habitaba en su cuerpo, desdiciendo a la mujer ya intuida. Aunque, tal vez, obró así porque necesitaba ver el efecto que aquel color, apenas usado por ella, iba a producir en su imagen. Pues esas ropas serían, de ahora en adelante, su armadura. Le resultaba difícil imaginarse toda de negro. El color que, sin duda alguna y durante una larga temporada, sería su más fiel y permanente compañero.
Ni la imagen resultante, ni la idea que siguió a ésta, le agradaron.
En su mente acaeció algo semejante. De pronto, todo pareció cubrirse de negro. El presente y, más todavía, el futuro, perdían importancia. Sólo el pasado, como en una película retrospectiva, adquiría volumen, dimensiones y perfiles jamás sospechados.
Las imágenes pugnaban por brotar desde el olvido en el que descansaban. O, tal vez, en el que estaban ocultas. Se sucedían en blanco y negro, unas a otras, fluyendo desde las palabras propias y desde palabras prestadas. También de los cuentos escuchados en el hogar al resplandor de la lumbre, durante las noches de invierno. O desde los chismes medio captados entre voces quedas que, a la vez que esparcían la noticia, intentaban ocultarla. O desde las historias familiares, transmitidas religiosamente para afianzar la esencia y el sentido de la familia. Un mare mágnum. Como si todas ellas, imágenes y palabras, buscasen el sentido definitivo, la precisión de cuanto contenían y significaban.
Angelina sintió un temblor. Empujada y zarandeada por fuerzas desconocidas, por sensaciones sin control. No era un desmayo. Tampoco un momento de enajenación transitoria. Se trataba de una confluencia de tiempos. Como si los recuerdos buscasen ahogar al presente. Vivía el fundido en negro del filme que gusta caminar por el misterio y que presagia la desgracia.
Por fin, rehecha del descontrol, pensó que lo que de verdad urgía era vestirse. Aunque, tal vez, con la lentitud buscase no llegar a tiempo al sepelio y mostrar así su ausencia. Sus movimientos eran lentos, demasiado lentos. En ellos latía algo más de lo que con la vista alcanzaba. Algo más que la desgana, el disgusto o la dejadez que la envolvían.
Era verdad: nunca le había gustado el negro. El color no cuadraba ni con el tono de su piel ni con su figura demasiado esbelta. Achinó los ojos para aprovechar más la escasa luz que penetraba en la habitación. Para juzgarse mejor. Desde el día anterior, muy de mañana, estaban entornadas las contraventanas de la casa, sumiéndola en la penumbra. «Como signo de dolor», aseguraron sus parientes que mantenían inamovible el dictado de las viejas tradiciones sobre el luto.
Rodeada de penumbras, a Angelina, en ese momento, le pareció vivir en otros espacios. Y en el pasado. Le pareció —de no haberse pellizcado para adquirir conciencia— que viajaba empujada por sombras conocidas, acompañada de voces familiares y sostenida por alientos de cariño —eso hubiese certificado ante quien preguntase por su estado de ánimo—.
Soñaba despierta o vivía sin vivir en ella. Sin duda, porque odiaba la oscuridad, el negro, la penumbra, los colores de la muerte.
Acudió al espejo del armario sin haberlo previsto. Maquinalmente se examinó al detalle. Sin embargo, lo que éste le reflejaba, aumentó su desagrado. Sin duda, su cuerpo perdía brillo, fuerza y hasta belleza. El sujetador y las bragas le iban estrechos. Se hundían en sus carnes juveniles, amorcillándolas. Le apretaban, aunque no sintiese demasiado la molestia. Deslizó su mano por la piel, blanca y sazonada. Desde el vientre hasta los muslos, para inyectarle algo de color. Y le agradó aquel roce prolongado. Le inyectaba satisfacción. La enervaba.
El negro, en lugar de redondear su talle, acrecentaba su palidez matando el brillo de su piel. Aunque nunca le agradó la lechosidad de su piel, el negro no le convenía. Continuó frotándose casi hasta enrojecer muslos y vientre.
—Hija, reteñir también significa reaprovechar —había dicho Angelita, su madre, la noche anterior. Esa fue la excusa ante sus protestas. Odiaba aquellas prendas. Estaban anticuadas o le iban estrechas.
Un mohín de disgusto se arrellanó en su cara. Aunque, con tales apreturas, Angelina percibía la vitalidad en su cuerpo, no se encontraba cómoda. No todo consistía en sentir y en atrapar sensaciones placenteras. Tampoco lograba sobreponerse al persistente olor a tinte que se desprendía de aquellas ropas reutilizadas. Un olor que ni su colonia, vertida casi a chorretones, había disipado. La mezcla resultante era extraña e insólita. A partir de entonces supo que, en su mente, ese olor desabrido, iría siempre unido al conocimiento de la muerte. Como el tufo mismo de la muerte.
Sufrió un vahído. O la galopada de una arcada. En silencio. No era el malestar físico derivado de dos noches pasadas en vela mientras esperaba el desenlace («fatídico», al decir de todos los presentes en el velatorio) o ayudaba en la cocina. O cosiendo brazaletes de luto en las mangas de las chaquetas. O retiñendo prendas. Era algo más profundo e indescifrable que Angelina no consiguió deslindar y mucho menos definir. Sólo imaginó que estaba viviendo como en una película. A pesar del absurdo, todo se estaba acomodando en su cabeza.
Procuró asirse a la realidad. Para no ahondar en el desvarío. Por ello, puso en marcha todos sus sentidos.
Escuchó cómo en la calle el eco de voces, hasta entonces algo apagado, aumentaba. Pronto se iniciaría la ceremonia. La última y definitiva en la que José iba a ser protagonista. Crecía también el murmullo en el salón-comedor de la planta baja, donde, a lo largo de la jornada, se habían reunido familiares venidos de distintos lugares. José tenía parientes, amigos y conocidos en todas partes. Como juez de paz había dirimido demasiados litigios a lo ancho del Valle. Como secretario había certificado también demasiados negocios. Era de rigor que, en un momento así, todos o casi todos rindiesen pleitesía.
A Angelina la visión del negro le zahería. Por eso, con cada prenda acoplada a su cuerpo, sintió cómo aumentaba la sensación de peso. El agobio fue cada vez mayor y las sensaciones acrecentaban su angustia. Se palpó la cintura, tersa, fría y, sin embargo, sudorosa.
«La viscosidad de la muerte», fue el pensamiento que, sin venir a cuento, le inundó la mente. Luego, un temblor inesperado zigzagueó por su columna insinuándole un desmayo.
Estiró, casi hasta quebrarla, la goma de la braga que apretaba su cintura. El alivio se hizo presente. A pesar de la situación aún podía manejar la realidad a su antojo. Buscó gozar de la visión de sus muslos, vientre, senos, labios... Finalmente, en un acto reflejo, reacomodó sus senos sobre el sujetador, ajustado en exceso. Por un momento sintió la libertad. Libre de todo: apreturas, el color negro, la muerte. Y se gustó. Los senos, enhiestos, como hinchados, mostraban su cuerpo en sazón y ofrecían su vitalidad en la redondez conseguida. Paladeó la imagen casi perdiendo la conciencia del tiempo. El regusto, agradable, le inundó. A la vista de su imagen reflejada en el espejo, pese al momento triste que vivía, creyó comprender la causa por la que, en los últimos días, los muchachos se engolosinaban con ella. Pero, la sensación apenas duró. Al observar con más detenimiento, pese a su juventud, se vio encorvada. Y, ante todo, más pálida que de costumbre. El negro jamás le favorecería. Le echaba años encima. Sin embargo, no podía radicar en tal estupidez la causa de la visión negativa de sí misma. Había algo más. Algo desconocido, acechando, que sobrepasaba su persona.
Angelina pensó que tal vez experimentaba el verdadero sentido de la vida. O que, de pronto, estaba actuando y reflexionando como una persona ya madura.
Vestida de negro, de la cabeza a los pies como cualquier mujer madura, descendió hasta el salón-comedor y, arrastrada por una fuerza desconocida, se colocó junto a Angelita, su madre, en cuyo hombro se apoyaba la abuela Ángela. José, más diminuto y enjuto que de costumbre, semejaba dormir el sueño de los justos en medio de los rostros que competían para observar más de cerca su mudez e inmovilidad. El silencio hería. Y, también, la inacción de los presentes. Sólo Ángela, la abuela, era un hipido continuo. La vida se traducía en miradas perdidas y silencios ahogados. Angelita, como buena nuera y como hija solícita, intentaba consolarla. Emitía entereza. O, cuando menos, pese a su edad, se mostraba la más fuerte de las dos —Angelina no contaba, aún era joven, casi una niña—. Acaso porque, sin ser del todo consciente, presagiaba lo que, a partir de ese instante, le caería encima:
«Sólo mujeres en una casa de labranza es mala cosa, un mal augurio», solían sentenciar en el Valle.
Angelina optó por coger la mano, engarfiada y sudorosa, de su abuela. También ella quería ser reposo para el dolor múltiple de la abuela. Y, por supuesto, del de su madre. En su interior notaba cómo surgía la mujer que llegaría a ser. O que debía ser. Aunque, tal vez, sus movimientos, observados desde afuera, recuadraran más la necesidad por hacerse notar.
El negro cuadro que, a la mirada de los presentes, ofrecían las tres mujeres parecía realizado por un pintor tenebrista. Con el féretro a sus pies y situadas en la parte opuesta a la luz que penetraba por la puerta, semejaban el destrozado mascarón de proa de un barco a la deriva. Así quedaban tras la muerte de José: solas, desvalidas, a la deriva.
Hasta su muerte, José, además de patriarca, había sido el hombre de la familia y el timón de la Casa. Su hijo hacía tiempo que criaba malvas. Murió a causa de unas fiebres tras ingerir queso en malas condiciones. No hubo más descendencia. Aunque Angelita, después del óbito de su marido, pudo pasar un par de veces por la vicaría, se mantuvo fiel a la memoria del esposo. Fiel, sabiendo lo que esa fidelidad significaba para la Casa y para la familia. José y Ángela siempre le agradecieron ese recuerdo por su hijo, pero, al mismo tiempo, padecieron por el devenir que, sin duda, acabaría por imponerse. Angelina era demasiado joven, una niña apenas, para traer yerno a la casa. Si ellos llegaban a viejos, una carga más. Muy pesada. Y, si no llegaban, peor. Con su muerte, Angelina y Angelita quedaban expuestas a todo. Desaparecido José, esa evidencia se convertía en realidad. Durante el velatorio. Y a la vista de todo el mundo.
El ambiente cargado de respiraciones, de olor a tinte y a ropa alcanforada era irrespirable. En un rincón, junto a la puerta, como la quilla de un barquito varado, babeaba su sobrealiento un mastín, tranquilo y entrado en años. Velaba también al difunto. Como uno más. Parecía decir que, si jamás se había separado del amo en vida, no tenía porqué cambiar su costumbre en los pocos minutos que el amo iba a estar de cuerpo presente.
Emocionaba aquel cuadro. De dramón y película.
Sonó el tercer y último toque. El sacristán, como un muñeco carnavalesco, volvió a tener presencia en la mente de Angelina arrancándole un mohín agridulce.
Alguien cerró el ataúd, sellándolo para siempre. Y todos iniciaron un movimiento bovino hacia el exterior. Como movidos al unísono por un invisible e inaudible resorte. Ángela, por un momento, agrandó sus hipidos, acallados hasta entonces bajo la tupida mantilla que le ocultaba su rostro. Iba la primera, erguida, sola, tras el féretro. Angelita y Angelina, en cambio, cubrieron parte de sus cabellos, asiendo la mantilla calada con la ayuda de horquillas. Caminaban detrás de la abuela, cogidas del brazo, apoyándose mutuamente. En sus rostros quedaba manifiesta la serenidad frente al dolor. Circunstancia que contrastaba con la sugerente y silenciosa ocultación del rostro de Ángela.
Todos caminaban marcando el paso con parsimonia, al compás de las campanadas. En la calle, los pasos resonaron con el estruendo de un desfile. Tras el féretro que los familiares llevaban a hombros, una multitud se sumó al cortejo. Y, después, en un instante, el tumulto quedó transformado en perfecto orden de desfile. Cada cual ocupó su lugar en la inmensa columna, acorde a una jerarquía no prejuzgada, pero sí dictada por la costumbre o por su proximidad con el finado. Ley jamás escrita, pero siempre observada en el Valle.
Declinaba la tarde. La insinuación de unas nubes ponía la nota melancólica en el cielo todavía azul. El sol hacía mención de amagar por el horizonte, entre las altivas peñas de Valle. Ni los vencejos con sus cabriolas se atrevían a quebrar la cinta de dolor en la que el pueblo parecía estar sumido. Todo era quietud y silencio, salvo el ruido acompasado y el taciturno reverbero del toque a muerto.
El cortejo avanzó, atravesando calles y plazas, en dirección a la iglesia. Tras las ventanas parecía habitar la nada. Todos, incluidos niños y enfermos, estaban rindiendo honores a los años de servicio de José. El pueblo —se había dicho muchas veces— e, incluso, el Valle entero, nunca hubiesen alcanzado la cima conseguida sin el buen hacer de José. Él fue su ánima, su guía en la sombra e, incluso, el sostén en los momentos más difíciles. En especial, cuando la guerra, donde algunos quisieron tomarse la justicia por su mano o, simplemente, aprovechar el río revuelto que conlleva la ruptura de la rutina. El consejo o la mediación de José no sólo impusieron la ley, también salvaron vidas. Quizás, con él, desaparecía parte de la realidad del pueblo y de la reciente historia del Valle. Muchos de los secretos, para bien o para mal, residían únicamente en su cabeza.
El pueblo y el Valle perdían esencia con cada muerte. Eran mordiscos que lo fraccionaban. Los nacimientos habían menguado y la regresión del censo preocupaba.
—Ni el pueblo ni el Valle serán lo mismo sin José —fue lo más comentado en los corros previos a su ceremonia de inhumación.
—¿Quién tomará el relevo? —se preguntaban.
La respuesta quedaba en el aire. Cada cual, a su manera, rumiaba la incertidumbre. Nadie era capaz de pensar en un sustituto digno. Ningún nombre salía de los labios. La sabiduría quintaesenciada del refrán «A rey muerto, rey puesto» perdía validez ante el cadáver. Al menos, en los primeros momentos de su ausencia.
José parecía insustituible.
Sin embargo, todavía no conocían lo que aguardaba a la vuelta de la esquina. Faltaba por llegar la amenaza del pantano. La prueba que acabaría con el Valle. Ésa sí que sería la verdadera y definitiva muerte. De todo y de todos. Obligados a alejarse del entorno y dispersados, cada cual llevaría su vida. La comunión de un vecindario milenario, dejaría de ser una realidad sólida. Tan sólo quedarían atisbos de memoria, perdiéndose, porción a porción, con cada muerte, a cada hora, con cada huida. Hasta desaparecer del todo en el olvido.
Cuando el pantano abriese su panza insaciable de monstruo y retuviera el agua, el Valle sería tragado. Ni de los cementerios quedaría recuerdo. El mismo José se convertiría en nada. Y los bisabuelos. Y los tatarabuelos... Todos. Pero el óbito, monstruoso y definitivo, aún estaba lejano. Quedaba mucho presente y muchas zozobras que padecer.
El pantano aún era un futuro desconocido. Y a Angelina lo que le amenazaba era el pasado: la película que la muerte de José había desatado en su cabeza.
Con la muerte de José a Casa Burrullán le esperaban tiempos de zozobra. Mayor que la vivida antes de la llegada de Ángela a la Casa. Y mayor que la padecida con la muerte del primogénito al ingerir queso en mal estado. La Casa nunca volvería a lo que había sido. No sólo porque, de golpe con la desaparición de José, dejase de ser el centro neurálgico del Valle, el oráculo del devenir o la solución a problemas cotidianos del vecindario. No, no era eso lo que bullía en la cabeza de Angelita. Bullía el miedo. Un miedo que, tal vez, también a su manera, compartían los asistentes al sepelio. El miedo a lo desconocido: una fiera sin rostro, aunque de apariencia multiforme. Algo que venía de fuera, sin casi dejarse ver ni notar.
Angelita miró a Angelina. Ella era la única esperanza, la salvación para las tres, su tesoro, su salvoconducto y la piedra angular de la Casa. Debía preservarla del peligro; peligro múltiple y siempre acechando al que, a partir de ese momento, estaban expuestas las tres mujeres. Debía guardarla como oro en paño.
La abrazó con fuerza en un arranque de cariño que evidenciaba algo más. Extrañada Angelina miró a su madre intentando descifrar tan repentina e inusitada muestra de afecto. En los últimos meses, sus desavenencias habían agrandado la distancia. Sus genios se parecían («De tal palo tal astilla», solía espetarles José para poner paz cuando la calma entre madre e hija saltaba en añicos). A la mínima, el choque era inevitable y estruendoso. Dos trenes, a todo trapo, destinados a embestirse frontalmente. Si Angelita quería ejercer el papel de madre que, sin duda, le correspondía, Angelina contraatacaba manifestando su independencia como mujer. Y dejaba clara que su condición de niña había ya tocado su fin. Ninguna, pese a que cerraban sus discusiones con una falsa paz, daba su brazo a torcer. Tenía razón el difunto.
Angelina, consciente de esa lucha, sorda y latente, intentó averiguar, más allá del dolor del momento, la causa de tanta efusión. Se sorprendió con la mirada limpia de su madre, exenta de agresión y desprovista de sentimientos ocultos o retenidos. Tras su rostro sólo adivinó dolor. Y, tal vez, temor.
«La presencia de la muerte cambia a las personas», pensó Angelina.
Pero no era la muerte puntual, palpada en el momento, lo que hacía de Angelita un ser próximo, apenas poblado de aristas. Era la indefensión. Aunque Angelina no comprendiese, Angelita había comenzado una imparable transmutación. Sin vuelta atrás. Muerto José, ella se sentía muro de contención contra todo lo venidero. Se veía en primera línea. Frente a la muerte y frente a todo lo imaginable. Estaba asustada. La muerte presente, era real y casi la miraba para llevársela. También en Ángela, la abuela, parecía acontecer algo semejante. Además de caminar erguida detrás del féretro —si ello, por su edad, era posible—, ya no hipaba como un niño. Mostraba así —o lo intentaba— su fortaleza. Las reglas que hasta entonces habían marcado la vida de las tres y modelado sus existencias ya no servían. De repente, las tres y, sobre todo, Angelina se habían convertido en señuelos de caza, en golosinas apetecibles, en botín de guerra, en víctimas propiciatorias. Angelita lo sabía y sentía ya los acechos en su carne; percibía el cerco que pronto comenzaría a sentir, los zarpazos imprevistos, los disparos a conciencia, las flechas como al tun tun, las puñaladas calculadas, los mordiscos desaforados, las violaciones a conciencia... Su corazón supuraba del miedo. La indefensión tenía mil rostros. Los rostros del desconocimiento y del desamparo sin haber asimilado todavía el golpe doloroso que conllevaba la pérdida del ser querido.
Juan de Casalpueyo, renqueante por su cojera, llegó hasta Angelita y Angelina, saliéndose del lugar jerárquico que, como amigo íntimo del finado, le correspondía y ocupó puesto familiar de primer orden. Con la mirada, vidriada por las lágrimas que retenía con esfuerzo, les ofreció su apoyo. Sin decir palabra. Ángela ni siquiera notó la aproximación. Ni su presencia, permanente durante todo el entierro. La sombra de Juan se mostró alargada para cualquiera de los asistentes.
Estaba claro: quien buscase la espalda a las mujeres de Casa Burrullán tendría que vérselas con él, su valedor en la sombra. Y se sabía que Juan por las buenas era pan bendito, pero por las malas podía ser el mismo Lucifer en persona.
De lo último hablaba la leyenda, jamás confirmada, acerca de los mambíes y moros que le esperaban ansiosos en la otra vida. Ansiosos para devolverle, con creces, en primer lugar, el hecho de estar muertos y, después, la agonía del suplicio. Se comentaba, aunque nunca en su presencia, que Juan de Casalpueyo había formado parte de batallones de castigo y tortura. Algunos, a veces le colgaban incluso, el sambenito de la organización y de sus refinadas prácticas de represión. Las mismas que todavía se usaban en las escuelas militares del Caribe y del Norte de África. Todos hablaban, aunque Juan nunca dijese esta boca es mía.
Muchas veces, en las noches de invierno al rescoldo del hogar o en los bureos, buscaron la vuelta para que Juan se soltase el pelo. Tiraban de él a partir de la herida de su pierna. También, durante la visita de algún camarada que, como él, sobrevivió al infierno africano. Pensaban que, en esas ocasiones, su muro de contención cedería. Pero su fortaleza era de piedra. Levantada despacio y a conciencia. En el hospital tuvo tiempo para tejer mecanismos de defensa. Y de saber cómo engrasarlos según el momento. Por eso, a lo sumo, hablaba de cómo fue herido, cómo vivió la muerte o de cómo escapó. Y, aunque fuera a regañadientes, aceptaba el mote con el que le conocía todo el mundo. Le desagradaba, aunque respondiera a la realidad. A su realidad. Pero, ahí acababa todo. Jamás nadie, con vino o sin vino, con camaradas o sin ellos, con comida o fiesta de por medio, consiguió sacarle más información de la que él quiso dar.
«Cuando ellos vienen, yo ya vuelvo», pensaba viendo los esfuerzos de vecinos y contertulios.
Mientras Juan viviera, Ángela, Angelita y Angelina podían sentirse seguras. Sin embargo, Juan sabía que era el único vivo de su quinta y el último de las cinco siguientes. La edad no le acompañaba. Tampoco la salud. Su protección duraría poco. Sería como un suspiro. Un parche momentáneo en la situación de las tres mujeres. Y, como todos, sabía que cuando llegase la hora, dejaría de ser el Resucitado. Cuando muriese, el desamparo de las tres mujeres sería definitivo. Su presencia significaba sólo una prolongación de la angustia. Pues, aunque existiese una posible salvación, ésta necesitaba la conjunción de dos fuerzas: que él viviese más de la cuenta y que Angelina, entre tanto, llegase al estado de merecer como mujer.
Juan, ante el cadáver de su amigo, no pudo jurar seguridad a las mujeres de Casa Burrullán. Se veía con la muerte en los talones. De nuevo, retuvo a duras penas una avalancha de lágrimas.
Angelina veía, cada vez con más claridad, la película del futuro. José yacía bajo tierra.
El cortejo comenzó a deshilacharse.
Tras los besos y saludos de despedida, buscando aplacar la tristeza, todo acabó en silencio. Un silencio cortante, irrespirable y fosco.
En el cielo del Valle, con el sol oculto tras las peñas, amagó la luz como animal huyendo. La escena llegaba a su fin. La muerte de José cerraba una página más de la historia del pueblo y de la memoria del Valle. Al día siguiente, con el amanecer, continuaría la vida, sin duda mermada en su vitalidad. Cada vez quedaban menos personajes y figurantes con los que recuadrar la existencia y hacer notar el latido del Valle.
Angelina, cansada, sin apenas cenar, se desvistió para matar el hastío con el sueño. Pero, sobre el espejo del armario, el color negro persistió sobre su desnudez. Se le pegaba a la piel como un parásito helmíntico en permanente geminación. Se zarandeó los pechos y se masajeó las nalgas. Buscaba alejar el dolorido sentir que la atenazaba, creándose una película personal, de futuro, a partir de su propio cuerpo. Necesitaba abandonar el papel protagonista que, sin ser consciente, estaba ejecutando en esa otra película, tan real y envolvente, que la entristecía y la ataba al pasado.
Fuera, en los carasoles exentos de luz y calor, algunos vecinos tomaban la fresca. Rumorosos, comentaban los sucesos del día, presididos por la ausente figura de José.
* * *
En los carasoles a todo el mundo se le calentaba la boca y no se dejaba títere con cabeza. Reunirse en ellos, día tras día, era negocio de viejos entregados a su parleta mientras aspiraban el calor del sol invernal. Como los lagartos. Ufanos de mostrarse, pese a la escasa vitalidad. Aunque, junto a los ancianos, durante el incómodo tiempo cuando el invierno boquea, también se sentaban los jóvenes. Para matar las horas. En el carasol esa premisa se cumplía a rajatabla. A los jóvenes, la asistencia a los carasoles, les servía de escuela. Recibían enseñanzas y acumulaban noticias del pasado. La memoria del pueblo y la historia del Valle se habían edificado al arrimo de carasoles y de bureos. Sol y vino, dos llamas de vida.
En ellos, José solía relatar cómo escapó de la mili. Para ello, echaba mano de un personal trabalenguas que, visto desde la distancia, tenía su enjundia. Y su razón. En él había una mezcla de imaginación, de alegría y de tristeza. Tristeza, en parte por la muerte de su hermano que fue el motivo esgrimido ante la autoridad para evitar la leva. Al ser llamado a filas, José sabía que cuando existe dolor de por medio, quien está a la escucha suele bajar la guardia. Así sucedió. Con su relato, el oficial de reclutamiento se compadeció de él y así logró que éste hiciese la vista gorda. Alegría porque, además de ennoviarse con Ángela, no tuvo que padecer en sus carnes la guerra de Cuba, primero, y duras escaramuzas contra los moros, después, como Juan de Casalpueyo. Esta circunstancia, sin embargo, la guardaba para sí, encerrada bajo siete llaves. Con vergüenza, a veces. Y con imaginación, siempre. Porque, en el fondo, separados los momentos amargos que relataban quienes tuvieron la fortuna de regresar —la mayoría lisiados y enfermos para toda la vida—, sintió siempre envidia. Envidia ante las andanzas y por el mundo que se podía conocer. En su cabeza, la masacre del Caribe o de las Filipinas tuvo mucho de suceso extraordinario y nada de la tragedia —los caídos no contaban—. La guerra de África era harina de otro costal. Idealizó los sucesos de Cuba, porque de esa manera suplía la envidia que en él despertaban el valor y la audacia de los hechos de armas o el espíritu de aventura en espacios ignotos o quiméricos. La selva y el desierto nunca tuvieron en su mente imagen concreta. Ni los bosques, ni el páramo del Valle servían cuando Juan de Casalpueyo describía sus andanzas por aquellos espacios. José sufría. En su imaginación habitaban imágenes vaporosas, neblinosas e intangibles. Acudía a la invención; a una mixtura que arremolinaba sentencias ad hoc, justificaciones llenas de inteligencia e historias desbordadas, más propias del impostor que de la seriedad de José, hombre de paz en el Valle.
—Yo no puedo hablar mal de la muerte, porque la muerte me evitó el morir a deshora. Ella fue mi salvación decía echando balones fuera —pero con razón—, al recordar a los caídos o a los minados por enfermedades, que nunca regresaron de Cuba, Filipinas o del norte de África.
—Uno sólo puede hablar de verdad sobre la muerte únicamente cuando ha vivido, minuto a minuto, cercado por ella durante años —solía rebatirle el de Casalpueyo como aviso para navegantes. A Juan nunca le gustó que José escogiese ese tema para conversar. Y así se zanjaba la cuestión.
—Dos no discuten, si uno no quiere —refunfuñaba José en su fuero interno, no dando salida a su pensamiento.
Las frases de Juan o, mejor, la forma de entonarlas, eran para José como la voz de Dios. Exigían el silencio. Sabía que no quedaba más salida que decir amén y cambiar de tema. A Juan de Casalpueyo no le entusiasmaban sus andanzas de milite con rayadillo ni los tropiezos con los áscaris. Cuando la situación tomaba ese derrotero, su estómago, revuelto, entraba en erupción. Desde el fondo ascendía un amargor que inundaba su boca hasta el punto que su humor bonachón se tornaba de perros. También la herida de la pierna, acallada desde hacía tiempo, al recordar sus andanzas, le soltaba cuchilladas y lo dejaba hundido en una tiritona, temblando como una hoja de otoño en pleno vendaval. Juan, invadido de dolor, era otra persona. Un dolor anegaba su espíritu en la nada y paralizaba por entero su cuerpo. Su único remedio era conseguir que la conversación cambiase de rumbo. Por eso, siempre optaba por el presente rutinario. O se refugiaba en la vida de los demás. Pues, viviendo en vidas ajenas, se olvidaba de la suya. El sufrimiento ajeno evitaba la persistente carcoma del propio, siempre al acecho y buscando el resquicio por el que colarse de polizón.
—Para qué sufrir con los recuerdos, si se pueden evitar —respondía a quienes preguntaban sobre las medallas y cruces que recibió por su arrojo militar.
Juan era de esos que, al ser abordados en los límites de lo íntimo, a una pregunta responden con otra. Sin dar largas. Con sequedad.
Entre José y Juan mediaba un aceptado cúmulo de sobreentendidos que jamás sacaban a la luz. Ellos mismos se tenían por personas de honor. Un honor que descansaba en la amistad, cimentada ya en la época feliz de la infancia. Juntos habían cantado el abecedario, juntado los primeros palotes, esbozado los números, destrozado nidos sin cuento, cuidado el ganado en primavera, robado fruta en los huertos o inundado el pueblo con sus trastadas. Luego, como hombres templados, habían pactado sus diferencias apenas regresado Juan. Un regreso que sirvió a Juan para recibir de por vida el peculiar apodo de Resucitado —para los más íntimos, en tono de guasa, el de Cristo— que, pese a las chanzas, le importaba un bledo.
Juan había luchado a sangre y fuego, había incendiado cafetales y cosechas de caña, había saqueado haciendas, había pasado a cuchillo insurrectos —a veces, se le escapaba la palabra «asesinado»—..., y había sufrido al cumplir ciertas órdenes. A veces, incluso, inconfesables. Qué podía significar el apodo de marras, los instantes de una rechifla. Después de lo padecido, en la rutina de la vida apenas nada le soliviantaba. Sobre todo, desde la desaparición de Escolástica.
Ante sus vecinos, Juan parecía estar esperando la muerte con paciencia. La misma muerte que, sin duda, muchas veces, aun pasando de largo, le había rozado dejándole su peculiar tarjeta de visita. Los costurones en su piel —dos heridas de bala, el fragmento de metralla alojado en su espalda, un bayonetazo— hablaban más que las menciones, cruces y medallas recibidas. Hablaba también su cojera. Sobre todo porque esa lesión permanente le recordaba, sin él proponerlo, el certero golpe de un alfanje berebere cortándole el tendón de Aquiles. El silbido mientras rasgaba el aire y el golpe de dolor que le inundó después, todavía acudían a su mente con viveza. Como la cara del moraco, reflejando una mezcla de odio y espanto ante el chorretón de sangre que le salpicó el rostro.
—Como si esa fuese la primera herida de guerra que observaba aquel renegrido con turbante —comentaba Juan.
—Y la última, también —matizaba después al recordar, escuchando cómo, al mismo tiempo, el estruendo de su máuser coincidía con el marroquí doblándose sobre sí mismo hasta, desmadejado, dar de bruces en la eternidad. La imagen, nítida. El disparo, sonoro. El frío de la muerte, presente. Todo diáfano, a pesar del tiempo transcurrido.
Y le hablaba la ausencia de Escolástica.
