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La enfermera Fernanda Ramírez aparece muerta en su camarote durante una expedición promovida por una productora de contenidos audiovisuales. El objetivo de ese viaje, liderado por Adrián Márquez en calidad de realizador, consiste en la grabación de un documental sobre cierta extraña formación submarina en algún punto del océano Atlántico próximo a las Bahamas, descubrimiento que podría relacionarse con el mítico continente perdido de La Atlántida. La narración presenta a dos atormentados protagonistas masculinos, Adrián y Bernardo, alternando sendos puntos de vista. Tras el hallazgo del cadáver de Fernanda, el barco navega hacia un horizonte de violencia y horror, impulsado por la siniestra deriva psicológica de sus tripulantes, con el trasfondo de una civilización que oscila entre deslumbrantes avances tecnológicos y un oscuro nihilismo.
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Seitenzahl: 264
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Desayuno en el barco
El secreto de los atlantes
Fiebre atlántica
El último atlante
Agradecimientos
Créditos
«Si la gente es tan mala, tal vez sea solo porque sufre, pero pasa mucho tiempo entre el momento en que han dejado de sufrir y aquel en que se vuelven un poco mejores».
LOUIS-FERDINAND CÉLINEViaje al fin de la noche
«Los que hicieron el bien resucitarán para la vida; los que practicaron el mal resucitarán para el juicio».
Juan, 5:29
«¿Tienen los hombres una inteligencia tan íntegra como para juzgar quién es bueno y quién es malo?»
BOECIOLa consolación de la filosofía
Destino del atlante
Pero un día mudará tu suerte
y las sombras ahogarán tus gozos,
trocarán las risas en sollozos
y el dolor te herirá en un instante,
como la noche envuelve al caminante
o la luna brilla en el pozo.
En la cúspide de su soberbia,
abate siempre
el destino al poderoso
y lo toma por sorpresa.
A ti también te arrancará
el hado una tarde
de tu sueño más hermoso.
Y te encontrará
(feliz, sonriente, orgulloso),
como la muerte
al atlante.
(Poema simbolista del siglo XIX, incorporado como cita liminar por Alejandro Brazzile en su distopía futurista El secreto de los atlantes)
Comunicación interna de la Dirección General de la Marina Mercante
Por la presente, comunicamos a los responsables del tráfico marítimo la notificación urgente remitida por Daniel Mira, capitán del buque polivalente Bóreas, con base operativa en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, para informar a la autoridad sobre el deceso de uno de sus tripulantes.
La persona fallecida es Fernanda Ramírez Cuadrado. No estamos en condiciones de precisar las causas de la muerte, pero se nos informa de indicios presentes en el cuerpo que podrían inducir a descartar causas naturales. Al parecer, se da la circunstancia de que la tripulante fallecida, enfermera de profesión, era la única integrante del equipo con formación sanitaria.
Por la gravedad del suceso, el capitán ha activado el AIS y el Bóreas ha puesto rumbo al puerto de Tenerife con anticipación a la fecha fijada en el programa de navegación. La posición del barco en el momento de emitir el comunicado era la siguiente:
Buque Bóreas, 16 de mayo, jueves, océano Atlántico,LAT 27º 26'.988 NLON 39º 43'.596 O
Fecha estimada de arribada a puerto: 21 de mayo.
Solicitamos instrucciones sobre medidas cautelares y remitimos copia a la sala de lo penal del juzgado n.º 6 de Santa Cruz de Tenerife.
Noticia de prensa fechada el 17 de mayo de 2019
POSIBLE FEMINICIDIO EN ALTA MAR
Muere una enfermera española en un barco que regresaba de Las Bahamas
El capitán del Bóreas, barco contratado por una productora de televisión de nuestro país, comunicó ayer a la Dirección General de la Marina Mercante la muerte de una de las personas que integran la expedición. Según los datos disponibles se trataría de la enfermera Fernanda Ramírez, de 38 años, cuyo cuerpo fue encontrado sin vida ayer a primera hora, en su camarote, con aparentes signos de violencia. Si estas primeras impresiones se confirmasen, se trataría de un feminicidio, un nuevo caso de violencia de género ocurrido esta vez en alta mar, en el insólito marco de una expedición de investigación sufragada, al parecer, por una productora de televisión, para un canal especializado en documentales.
Las fuentes policiales consultadas indican que no es posible de momento especular sobre las causas de la muerte o aventurar el nombre de algún sospechoso. Por otra parte, parece evidente que, si finalmente se descartan las causas naturales o accidentales del fallecimiento de la enfermera Ramírez, los demás miembros de la tripulación pasarían automáticamente a formar parte de la lista de personas que investigar en relación con un presunto homicidio.
El Bóreas es un antiguo atunero reconvertido en buque polivalente que zarpó a principios de este mes del puerto de Santa Cruz de Tenerife con destino a las islas Bahamas para indagar posibles indicios de la existencia histórica de la Atlántida, tras el descubrimiento el año pasado de una formación piramidal submarina en un área situada a unas cincuenta millas náuticas al este del mencionado archipiélago. Cuando el buque zarpó, la tripulación constaba de seis miembros:
Fernanda Ramírez, enfermera especialista en medicina de buceo de profundidad.
Adrián Márquez, realizador de televisión y operador de cámara, 54 años.
Bernardo Cantero, mecánico y maquinista, 41.
Carlos Cámara, geólogo, historiador y buceador experto, 50.
Daniel Mira, capitán y piloto, 58.
Esperanza Lorente, bióloga marina y buceadora experta, 45.
(A)
Se había dormido inocente pensando en el cuerpo libre y elástico de Fernanda y acababa de despertar culpable, después de soñar con la eléctrica risa de Gabriela. Pero ¿cuál había sido el contenido del sueño, exactamente? Aunque no habrían transcurrido ni dos minutos, ahora ya no era capaz de recordarlo con precisión, solo a grandes rasgos, como el paisaje de un lienzo difuminado y roto. Se trataba de una excursión, eso sí estaba claro. Seguramente una escapada a algún lugar de la sierra de Gredos, cuando todavía no tenían hijos. Lo sabía porque los chiquillos no aparecían en ningún momento. Y se encontraban en un entorno con árboles. Hizo un esfuerzo por precisarlo. Un paraje de montaña, sí. De modo que debía evocar, supuso, uno de aquellos primeros fines de semana en que empezaron a salir juntos, a mediados de los noventa. Y luego pasaba algo que los sorprendía mucho. Un globo aerostático volaba demasiado cerca de sus cabezas entre las copas de los pinos y los obligaba a escapar corriendo; entre risas —porque encontraban el incidente divertido, no peligroso o amenazador— y entonces llegaban a un pantano que muy fácilmente se convertía en un mar extraño, irreal, como de leche aguada. No tardaban en navegarlo, aunque no recordara ningún momento preciso en que hubieran embarcado en aquella lancha.
Adrián se levantó de su estrecha cama y abrió el ojo de buey. No era nada raro, por supuesto, que el sueño se transformara en navegación, porque realmente acumulaban casi dos semanas en el océano, así que aquella deriva de su imaginación dormida había sido de lo más natural. Pero ¿por qué la culpa? Eso ya no era tan sencillo de explicar. Gabriela y él llevaban mucho tiempo separados, de modo que no tenía motivos para sentir vergüenza. Y, sin embargo, si se paraba a analizar las emociones que teñían su alma aquella brumosa mañana atlántica, esas eran precisamente las que predominaban: vergüenza, culpa. Se le ocurrió que lo peor, a medida que uno se adentraba en la vida, no era tanto sentirse culpable de algo en particular —¿quién llegaba a la cincuentena sin arrepentirse de buena parte de su pasado?— como tener la certeza constante de que podías muy bien ser castigado en cualquier momento y con independencia de tu historial. Pero lo más triste y lamentable era la turbia sensación de merecerlo, aunque no existiese proporción alguna entre el delito y la pena.
Miró a través del anillo metálico y vio un mar ligeramente encrespado que hacía oscilar la embarcación, tal y como podía percibir claramente en la vejiga —que pedía ser vaciada con urgencia—, en el interior de sus oídos y en todo el cuerpo. Miró la hora en el móvil. Pasaban unos minutos de las nueve. Los demás ya debían de estar despiertos. Recorrió con la vista el pequeño habitáculo, el escaso mobiliario, y se detuvo en el libro que había dejado la noche anterior sobre la repisa metálica atornillada al mamparo: El secreto de los atlantes. En verdad, no le apasionaban las obras de fantasía mitológica, pero tal vez pudiera sacar alguna idea útil para el documental y, en todo caso, le ayudaba a pasar el tiempo. Se vistió, se calzó y abandonó su camarote; luego fue hasta el aseo, al final del estrecho pasillo de la tripulación, y allí orinó y se lavó la cara y las manos. Las risas, las voces, el ruido de cubiertos y platos le llegó con claridad desde el entrepuente. Sí, ya estaban desayunando; no cabía la menor duda.
Subió por la escalerilla situada al principio del corredor y saludó a los demás, que le correspondieron sin gran entusiasmo; y entonces Carlos decidió improvisar una de sus desagradables comedias.
—¡Atención! —profirió—. El realizador está en cubierta… Detened el desayuno y la digestión o ateneos a las consecuencias, plebeyos.
—Eso es lo que tenéis que decir cuando subo yo —declaró Daniel, con su ronca voz de antiguo fumador mientras sacaba su corpachón de la diminuta cocina aneja al no mucho más grande compartimento principal del entrepuente que hacía las veces de comedor. Llevaba la cafetera grande en la mano y la colocó sobre el salvamanteles, en el centro de la redonda mesa atornillada al suelo que aparecía repleta de platos y tazas.
—Tú eres el patrón, vale —concedió Carlos—, pero solo él tiene el poder sobre la vida y la muerte de los tripulantes. —Y añadió, mirándolo ahora directamente, con ojos espantados—: ¿Has decidido esta noche a quién arrojarás hoy a los tiburones para animar la película? ¡Cuéntanos qué has visto en tu sueño! ¡Oh, portentoso documentalista!, ¿quién morirá primero?
—¿Me pasas la mermelada? —dijo Esperanza, con cara de aburrimiento o de hastío, señalando el tarro de confitura que Carlos sostenía en alto con la mano derecha mientras remataba la payasada haciendo un gesto con la otra que recordaba la pose solemne de un Cristo bizantino.
—Toma tu mermelada, simpática.
—¿Dónde está Fernanda? —preguntó Adrián, un poco extrañado de no ser aquel día el último en levantarse.
—Estará durmiendo todavía —dijo Bernardo, encogiéndose de hombros—. Hoy no hay prisa, ¿verdad?
—¿Hoy no va a haber inmersión? —lo interrogó Esperanza un poco sorprendida.
Acababa de untar la tostada con mantequilla y confitura de melocotón, pero la había dejado intacta en el plato y otra vez tenía el móvil en la mano. Se preguntó si aquella mujer no dejaba nunca en paz su smartphone, ni siquiera en una región del planeta en la que evidentemente carecería de cualquier clase de cobertura.
—Tengo material de sobra —respondió, sentándose en un diminuto taburete de plástico y sirviéndose un poco de café en un vaso de cristal, ya que todas las tazas disponibles estaban ocupadas—. No quiero más planos de medusas gigantes ni de mantarrayas… —Después de un breve silencio ponderativo añadió, inclinando un poco la cabeza hacia el hombro—: Aunque tuviéramos las mismísimas ruinas de la Atlántida justo debajo del casco en este preciso momento, lo único que me apetece a mí es volver cuanto antes a casa. No sé a vosotros.
Su declaración fue acogida por los demás con gran euforia e incluso algún aplauso. El equipo había cumplido y el trabajo estaba hecho.
Unos cinco minutos después, los únicos que seguían desayunando allí eran Bernardo y Daniel. Este último había sacado del frigorífico dos pequeños pescados de la fritura de la noche anterior y se los estaba comiendo fríos.
—¿Cómo te puede apetecer eso a estas horas? —lo interrogó Carlos, con un gesto de aprensión acompañado de una sonrisa maliciosa.
—El pescado es sano —declaró Daniel, lacónico y un poco enfurruñado.
—Desde luego, es bastante más sano que las barritas de cereales que tú rumias todo el día —remató Esperanza al mismo tiempo que empezaba a recoger la mesa.
—No sé qué tienes contra mis barritas dietéticas, bióloga —protestó Carlos—. Se llaman así porque están pensadas para complementar una dieta sana. ¿Tú crees que nos engañan?
Esperanza lo miró con irónico desdén mientras empujaba con un cuchillo las mondas del kiwi que se había comido hacia el plato donde estaba acumulando las sobras.
—No me extraña que tú te creas todo lo que dice la publicidad.
—No te extraña.
—Deberían proteger más a las mentes infantiles —añadió Esperanza, con una sonrisa perversa—. Por ley.
—¡Eeeeh! —Carlos hizo un gesto defensivo con las manos.
Daniel soltó una risotada.
—Eso por gracioso —dijo mientras retiraba con cuidado la raspa del segundo salmonete y le echaba un buen chorro de limón.
—¿Qué pasa con las barras de cereales? —insistió Carlos, ya claramente ofendido.
—Que tienen un contenido muy alto en azúcar, por ejemplo —aclaró Esperanza—, y que no es oro todo lo que reluce. Anuncian continuamente alimentos supuestamente sanos que son una porquería.
—Eres una lumbrera, bonita. No sé por qué, en vez de estar en este circo flotante, no te encierran en un laboratorio a descifrar el genoma de algún virus raro y muy peligroso. Qué gran científica se está perdiendo la humanidad.
—El azúcar es más adictivo que la heroína —terció Bernardo—, lo he visto en un documental. Y lo sé por experiencia. Me pasé la adolescencia cenando cereales de chocolate casi todos los días. No aprendí a comer hasta que empecé a ir al gimnasio.
—Los deportistas comen por instinto —confirmó Adrián mientras no dejaba ni un segundo de echar de menos a Fernanda. Le parecía muy raro que no hubiera subido ya.
—Podéis desayunar pescado frío hasta que os salgan escamas —replicó Carlos con un sarcasmo ofensivo que dejaba claro que se estaba picando de verdad—. Pero no me pidáis ni una puta barrita de cereales en lo que queda de viaje.
Parecía nervioso, con ganas de gresca. No era inusual que intentara acaparar la atención de todos, pero sí que se mostrara tan susceptible. Aquella mañana había algo poco natural en su conducta, como si intentara ser él mismo con demasiado esfuerzo y sin la convicción habitual. En general, era inmune a la crítica porque siempre se hacía mucha gracia y no tenía el menor sentido del ridículo. Sin embargo, en aquel momento se diría que estaba representando un papel con cierta desgana. Llevaban demasiado tiempo encerrados en el barco. Esa era probablemente la explicación. Para lo que no se le ocurría ninguna hipótesis plausible era para el prolongado sueño de Fernanda aquella mañana. Sobre todo, porque ella solía ser siempre la primera en desayunar.
—¿No es raro que Fernanda esté todavía en su camarote? —preguntó por fin, mirando directamente a Esperanza, quien acababa de levantar una pila de platos encajados unos en otros.
La bióloga asintió.
—Bajo a buscarla —dijo.
Luego llevó los platos a la cocina, los colocó en el fregadero y descendió por la escalerilla hacia el corredor de la tripulación.
Bernardo peló un plátano e intentó rociarlo con el poco jugo que le quedaba al medio limón que Daniel había utilizado ya para sus salmonetes.
—Esta mañana hay que revisar la máquina —le dijo el patrón con voz áspera y gangosa—, no quiero más complicaciones.
El mecánico evitó mirarlo, pero asintió mientras troceaba la banana sobre el plato cortándola en finas monedas, para dar a entender que había oído la orden. Era tímido aquel chico. Y, sin duda, también era la persona menos conflictiva a bordo del Bóreas. Aún no había discutido con nadie durante la travesía. Su cuerpo, cincelado a golpe de gimnasio, se revelaba con gran evidencia como el pilar central de su autoestima. A diferencia de Carlos, se aplicaba a un esfuerzo constante para no molestar a nadie. Adrián pensó con desagrado que aún les quedaban algunos días de convivencia por delante antes de arribar a puerto.
—¿Cuándo crees que llegaremos? —interrogó a Daniel.
—El martes, en casa. Eso si no se nos complica el tiempo —hizo un mohín—, porque nunca se puede estar seguro del todo. Una vez estábamos a punto de zarpar de Cabo Verde y la previsión no podía ser mejor. En esa época todavía usábamos NAVTEX. Y de pronto nos llega un aviso urgente. Parecía que se habían vuelto locos de remate. Una borrasca había cambiado de rumbo y venía directa hacia nosotros. Así, por las bravas, fuera de toda la circulación general, sin previo aviso. No hubo tiempo ni para el check-list, con eso te puedes hacer una idea. La cosa era que o soltábamos amarras y poníamos rumbo norte a toda máquina o nos quedábamos atrapados en Porto Novo. Y Dios sabía hasta cuándo. Porque una cosa así se sabe cuándo empieza, ¿entiendes?, pero no sabes cuándo va a terminar. Teníamos otra salida contratada en tres días y había que volver a Tenerife, así que decidí jugármela. Zarpamos cagando leches esa misma tarde, con el temporal dándonos patadas en el culo. Olas de cuatro metros y luego de ocho metros, sacudiéndonos por una banda y por la otra. Y aún se podía poner peor. Jaime quería pedir ayuda. No lo había visto nunca tan cagado. Y ese hombre no era un cobarde. Y yo estaba más o menos igual, aunque no dejaba que se me notara. Si te digo la verdad, esa noche pasé miedo. Cerramos escotillas y pusimos la máquina a trabajar. Conseguimos salir por los pelos. Pero esto no tiene nada que ver. La cosa parece muy tranquila en los próximos tres días, todos los partes coinciden. Puede que Victoria nos mueva un poco cuando nos pase rozando, a mediodía más o menos, pero va hacia Florida, en rumbo noroeste. Navegando hacia África lo dejaremos atrás sin problemas.
Bernardo pinchaba con el cuchillo de sierra las rodajas de plátano y las restregaba por el plato para impregnarlas bien de limón antes de llevárselas a la boca. En ese momento, oyeron gritar a Esperanza. Fue un chillido breve y muy agudo, seguido por otros menores y, finalmente, por lo que parecía un llanto desconsolado. Daniel volcó un vaso vacío al hacer un gesto descontrolado con su mano derecha y se puso de pie sobresaltado. Bernardo soltó el cuchillo y Carlos salió de la cocina alarmado.
—¿Qué pasa?
Daniel pareció temblar un momento, como si su recio cuerpo de viejo marino estuviera recibiendo órdenes contradictorias del cerebro. De pronto se precipitó hacia la escalerilla sin decir nada, seguido de cerca por Carlos. Adrián se unió a ellos y los tres bajaron a la cubierta inferior. Recorrieron los pocos metros de pasillo hasta el camarote de Fernanda. Sentía una gran urgencia por averiguar lo que ocurría, pero sus dos compañeros bloqueaban la puerta. Se vio obligado a empujarlos para abrirse un hueco y mirar hacia el interior del camarote donde Esperanza estaba llorando.
(B)
Su mirada. Esa mirada suya había estado llena de algo que lo intimidaba, que le producía verdadero horror, y no era únicamente el desprecio habitual, que daba por descontado. Entonces, ¿qué era? ¿De qué se trataba? En ese momento los motores sonaban con un inusual matiz agónico, como una manada de búfalos ahogándose lejos, en el océano. El barco cabeceaba un poco y la atmósfera aquella mañana parecía una pantalla de lona color hueso, demasiado tensa, semejante a la membrana de un tambor. La luz solar les alcanzaba algo atenuada y tamizada por la bruma; el viento era cálido. Se diría que aquel cielo, de un blanco impuro, más bien cetrino, estaba a punto de rasgarse por la mitad, de un horizonte al otro, para dejar caer sobre ellos todo el fuego y la ira de los dioses de la Antigüedad. No podía ver el sol, y apenas el mar, desde donde estaba, sentado en la brazola, cerca de la escotilla de popa, junto a una caja de plástico rígido con material de buceo. Nadie más lo había mirado así. Eso había ocurrido hacía unas tres horas, cuando encontraron el cuerpo de Fernanda. Y luego, otra vez, aunque con menos intensidad, cuando se reunieron en el cuarto de derrota, junto a la cabina, para decidir qué hacían.
Ahora todo estaba relativamente tranquilo a bordo, pero nadie hablaba con nadie. El ambiente era de recelo, de violencia contenida. ¿Y qué pasaría después? De momento no había nada que hacer, salvo esperar. Carlos pasó a su lado trastabillando y se sentó en el banco de la regala de popa con una bolsa de pistachos. Se puso a comer y a echar las cáscaras por la borda con indolencia. Mientras, Esperanza se dedicaba a grabarlos con su móvil sin decir nada, sin pedir permiso a nadie. ¿Por qué lo hacía? ¿Qué significaba? Daniel apareció por la puerta que conducía al entrepuente. «Te recuerdo que tienes que bajar y mirar el turbocompresor». Su expresión era neutra, ni amigable ni autoritaria, aunque reflejaba lo suficiente su superioridad jerárquica. Insistió: «Bernardo…». «Vale —respondió él, asintiendo levemente y descruzando las piernas—, lo he mirado antes, pero bajo otra vez enseguida».
Cuando Daniel le dio la espalda, estiró un momento las piernas sobre la húmeda cubierta metálica. Luego apoyó las manos en los muslos y se puso de pie con desgana.
*
En la sala de máquinas estaba en su medio. Con los cascos puestos el sonido le llegaba amortiguado, pero la vibración generaba alrededor de su organismo una curiosa burbuja de relativo confort, una mezcla equilibrada de incomodidad y bienestar. Allí nadie bajaba nunca a molestarlo. Había una bombilla halógena de luz azul en un rincón, junto al generador principal, y eso era todo. No había otra fuente de luz. Miró los indicadores y vio que la presión era la correcta. No parecía que hubiera de qué preocuparse, por ahora. Pensó otra vez en la mirada. Esa mirada estaba llena de avispas irritadas. Eso era exactamente. Un nido lleno de avispas a punto de reventar. Y de pronto entendió que Adrián era más peligroso de lo que nunca había imaginado. A través de sus ojos, al recordarlos, sintió que se deslizaba por un túnel muy profundo, inclinado hacia abajo como un tobogán, y que lo arrojaba a un pasado remoto, hacia sus primeros años y hasta el preciso momento en que otros ojos lo habían mirado de un modo muy similar. Eran los de su madre. Pero ¿cuándo había ocurrido aquello?
En esa época vivían en la costa levantina. No recordaba a su verdadero padre. Se había marchado muy pronto, antes de que él aprendiera a hablar y a llenar de recuerdos propios los cajones de su memoria. Su hermana Sofía le había contado algunas cosas de él y también lo había visto en fotografías, pero nada más. Y ahora Sofía tampoco vivía con ellos, sino con su abuela. Tenía la sensación de que desde el principio la familia no había hecho otra cosa que desintegrarse. Nunca fue una verdadera familia. Su madre tuvo varias relaciones durante sus primeros años de vida; ninguna lo bastante duradera como para que a él le dejara huella alguno de esos hombres. Eran apenas siluetas encadenadas, tristes o risueñas, como esos monigotes de papel recortado que hacían los niños antes de que existieran los juegos online. Para él no habían sido nunca más que amigos pasajeros, en el mejor de los casos; ninguno de ellos alcanzó a convertirse ni siquiera en la silueta, en la imitación aceptable de un padre.
Pero Jorge iba a ser distinto. Estuvo claro desde el principio que con Jorge su madre iba en serio. Era propietario de un pequeño restaurante a las afueras de Altea. Ella trabajó allí de camarera un verano entero. Y en octubre empezaron a salir como si tal cosa, sin explicarle nada, a pesar de que ya tenía once años. En poco tiempo se mudaron a la vivienda de él, un ático en un viejo y colorido edificio del pueblo. Nunca le gustó y muy pronto empezó a desafiarlo. Fue una de esas veces cuando su madre lo miró de aquel modo. Jorge le había pedido, con una sonrisa hiriente, que guardara el pescado en el frigorífico. Sabía que le daba aprensión y quería mortificarlo. Entonces él extendió la mano para tocar el grueso papel acartonado y empapado de sangre que envolvía la caballa, pero enseguida se apartó del banco de la cocina con repugnancia. «¿Por qué no haces lo que te digo?». Lo espoleó el novio de su madre, sin dejar de sonreír maliciosamente. Trató de sostenerle la mirada con voluntad de desafío, pero vio los ojos de ella por encima de los hombros de él. Y de pronto notó el zumbido de las avispas, y el veneno acumulado en esos ojos, acuosos, desvalidos, enrojecidos por la cerveza y el cansancio. Pobre Vero. Sentía tanta lástima por su madre, ahora que estaba muerta. Entonces ella debía de contar los mismos años que tenía él en la actualidad. Y ya era casi una vieja prematura. Debió de ver a Jorge como su última oportunidad. Había sido bastante guapa y estaba a punto de perder lo poco que aún le quedaba de su antiguo atractivo. Venciendo el asco, obedeció. Guardó el pescado en el frigorífico. ¿Por qué pensaba en eso ahora? El recuerdo de su madre se había abierto paso en su conciencia con imperiosa urgencia, como si ella quisiera revelarle algo o pretendiera alertarlo de algún peligro inminente. Pero Vero ya no podía ayudarlo. Daba igual. Allí abajo, junto a la potente máquina, se sentía a salvo de todo y de todos. Cuando esa mañana a primera hora descubrieron el cadáver fue el último en asomarse al camarote de Fernanda. Tenía una pierna colgando fuera de la cama. La sábana apenas cubría su cintura y sus pechos. Uno de los brazos, blanco y delgado como el cuello de un cisne, descansaba sobre la almohada. El otro estaba oculto detrás del torso. La boca había quedado abierta y trágicamente torcida. También los ojos estaban abiertos, y las pupilas retenían la última instantánea del horror que las había impresionado. Pero no quería pensar más en eso. No quería volver a imaginarlo. El ruido de la máquina parecía un muro sonoro que lo separaba de todos los sucios pecados del mundo. Ahora solo el pasado lejano le parecía cierto.
No había nada anormal en el panel de controles, así que la avería estaba totalmente solucionada. Pensó que era hora de volver arriba para decírselo a Daniel. Cerró tras de sí la puerta estanca de ángulos curvos de la sala de máquinas y subió por la escalerilla al entrepuente. Allí estaba otra vez Adrián, pero no le prestó ninguna atención. También se encontraba allí Esperanza. Llevaba solo las bragas del bikini y una camiseta negra. Le preguntó a ella por Daniel. «Arriba», respondió la bióloga, levantando un poco las cejas y el mentón para indicar la cabina de mando que estaba justo encima de ellos mientras seguía colocando los platos sobre el mantel de plástico. Estaba preparando la mesa para la comida. Ya era más de la una, así que no tardarían en almorzar.
(A)
El muchacho había llegado al atrio de la academia con un pastel de miel en la mano. Lo vi dudar un momento, luego engulló en dos bocados lo que le quedaba y se chupó los dedos. Cuando se decidió a entrar, lo seguí. Empezaba a atardecer.
Adrián había leído estas frases unos cinco minutos antes, y ya no había podido concentrarse más en El secreto de los atlantes. Avanzaba despacio en el libro, sin demasiado entusiasmo. Aquel párrafo le trajo el recuerdo de su propio hijo de trece años. Y luego, por supuesto, el de su hija de diecisiete. Se preguntó, con una mezcla de añoranza y vaga preocupación, qué estarían haciendo en aquel momento. César, Noelia. Había pasado demasiado tiempo sin verlos durante los últimos años. Antes de zarpar se había jurado que esta sería la última vez. No habría otra separación tan prolongada. Confiaba en que iba a ganar lo suficiente como para poder tomárselo con calma después del regreso. Y ahora esto. El hallazgo del cuerpo sin vida de Fernanda lo había dejado consternado y perplejo. No supo cómo reaccionar. De hecho, no había reaccionado en modo alguno. Y se sentía culpable por esa atonía afectiva. El asunto le preocupaba, desde luego, pero no le dolía. O no lo suficiente. Eso era lo que pensaba ahora. Y no parecía una muerte accidental, con esas marcas en el cuello. Entonces, uno de los otros tenía que haberla matado, ¿no era así? ¿Acaso cabía otra explicación? Claro que si descubrían el secreto, su pequeño secreto, más peliagudo que el de los atlantes, se convertiría en el principal sospechoso. Así que era inevitable callar. Y ahora también era inevitable esperar. Callar y esperar. Llevaba más de una hora encerrado en su diminuto camarote, recostado en la estrecha cama adosada, con el omoplato y el hombro derecho apoyados en el mamparo. Por el ojo de buey entraba luz suficiente, y además tenía encendido el flexo detrás de él, pero no se sentía capaz de continuar con la lectura. No de momento.
Pensó detenidamente en sus tres compañeros. A Esperanza la había descartado de inmediato, ni siquiera había llegado a considerarla sospechosa, ni por pura hipótesis. Sin embargo, ni siquiera esto le parecía del todo seguro. En cuanto a Bernardo, si intentaba pensar en él como en un asesino, sencillamente no podía creerlo. Y la idea de que Daniel fuese culpable resultaba incluso más descabellada todavía. Entonces, solo quedaba Carlos. Era consciente de que estaba predispuesto en su contra, aunque eso no parecía una razón suficiente para descartarlo, más bien al contrario. Y, sin embargo, si los demás tuvieran idea de su reciente relación con Fernanda, incluso un leve indicio de ella, eso bastaría para que él pasara a ser considerado por todos el sospechoso principal. ¿Y acaso importaba mucho lo que pensaran? ¿No haría mejor en contarlo de una vez? Un envite de sinceridad podría ser una buena forma de empezar a resolver las cosas. En ese momento casi le parecía una buena idea. Lo que no estaba del todo claro era lo que había que resolver en aquellas circunstancias, o a quién le correspondía hacerlo. Y la parte más cauta de su cerebro —su ministerio de defensa, por así llamarlo— negaba enfáticamente esa opción. El solo hecho de considerarla hacía que saltaran todas las alarmas en sus circuitos cerebrales, como se disparan los rociadores automáticos en los corredores de un hotel cuando el fuego prende en la moqueta.
Fernanda. Pobre Fernanda. Le costaba un esfuerzo enorme, casi físico, hacerse a la idea de que ahora estaba muerta. Entonces apenas le dio tiempo a preguntarse qué motivación, qué clase de móvil podría haber tenido algún otro miembro del equipo para asesinarla, y para hacerlo en un barco de cuarenta y cinco metros de eslora del que no podría escapar; porque la evidencia entró en su mente de una forma sorpresiva y subrepticia, como a traición, igual que la hoja fría de una espada podría haber penetrado en su cerebro atravesándole la nuca. Se sintió humillado por alguna razón que no habría sabido precisar. De pronto, estaba meridianamente claro: él no era el único de a bordo que había mantenido una relación con Fernanda. Por supuesto que no. Los celos suponían, desde luego, un móvil lógico, si aquello había sido —como lo parecía— un crimen pasional y no premeditado.
Y Carlos volvía a ser el mejor candidato para ese papel de amante despechado. Sin embargo, algo no terminaba de encajar en esa idea. Se conocían apenas desde hacía un año. Habían trabajado juntos el verano anterior, para el documental sobre el triángulo de las Bermudas; aquella majadería que vendieron —todavía mejor de lo que esperaban— a una televisión y a dos plataformas. El equipo era el mismo; no hubo tiempo para buscar a otra gente, y además para el trabajo había funcionado. Sabía, claro, que convivir con Carlos varias semanas en un espacio de poco más de cien metros cuadrados supondría una agonía constante por la que debería haber solicitado alguna cláusula extra de compensación en su contrato; pero, dado lo bien que se había vendido la pieza anterior, su productora, Thalasmediterran, había podido negociar un anticipo extraordinario por el trabajo sobre la Atlántida. Aquello disipaba cualquier posibilidad realista de sostener una negativa. Ahora, más allá de toda esa larvada antipatía, una voz solemne —la de algún triste genio moralista que se escondía como polizón en su córtex cerebral— se obstinaba en repetirle, con voz susurrante y lastimera, que Carlos podía muy bien ser un narcisista secretamente acomplejado, pero en ningún caso un psicópata.
