Muerte lúcida - Sam Parnia - E-Book

Muerte lúcida E-Book

Sam Parnia

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Beschreibung

De la mano de Sam Parnia, experto internacional en reanimación y experiencias cercanas a la muerte (ECM), Muerte lúcida ofrece una perspectiva revolucionaria sobre lo que nos ocurre al morir, basada en el estudio más extenso jamás realizado sobre estas experiencias. Durante milenios, la humanidad ha buscado respuestas a una pregunta fundamental: ¿qué sucede cuando morimos? Sin embargo, las respuestas han sido fragmentarias y a menudo poco fi ables. En este libro, el doctor Parnia revela que nuestra consciencia no se extingue en el momento de la muerte. A través de un análisis riguroso de datos científi cos, el autor nos guía en un viaje íntimo por la experiencia de la muerte, momento en el que revivimos nuestra vida no solo desde nuestra propia perspectiva, sino también desde la de aquellos que nos rodearon. Muerte lúcida desafía las creencias tradicionales sobre la muerte y presenta la existencia de una experiencia universal y transformadora que va más allá de meras alucinaciones o ilusiones. Con una narrativa apasionante, Parnia invita a los lectores a explorar el profundo vínculo entre la vida y la muerte, y cómo podemos aplicar este conocimiento para vivir con más intención y significado.

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Seitenzahl: 610

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Sam Parnia

Muerte lúcida

La nueva ciencia de la vida y la muerte

Traducción del inglés de Fernando Mora

Título original en inglés: Lucid Dying

The New Science Revolutionizing How We Understand Life and Death

© 2024 Sam Parnia

Edición publicada por acuerdo con Hachette Books, un sello de Perseus Books, LLC, Hachette Book Group, Inc. Nueva York, Estados Unidos

© de la edición española:

2025 Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

Traducción del inglés al español: Fernando Mora

Revisión: Alicia Conde

Primera edición en papel: Febrero 2025

Primera edición digital: Febrero 2025

ISBN papel: 978-84-1121-340-0

ISBN epub: 978-84-1121-366-0

ISBN kindle: 978-84-1121-367-7

Composición: Pablo Barrio

Diseño cubierta: Editorial Kairós

Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total ni parcial de este libro, ni la recopilación en un sistema informático, ni la transmisión por medios electrónicos, mecánicos, por fotocopias, por registro o por otros métodos, salvo de breves extractos a efectos de reseña, sin la autorización previa y por escrito del editor o el propietario del copyright.

Sumario

Introducción

Parte I. La ciencia de la vida y la muerte

1. El cerebro en una cubeta

2. Una nueva frontera científica

3. Explorar la muerte: del pasado al presente

4. En el interior del cerebro moribundo: ráfagas de actividad

5. Se terminó el misterio: desinhibición y no degeneración

6. Muerte lúcida

Parte II. Experimentar la zona gris de la muerte

7. El cosmos: una vasta expansión

8. Fascinados: la perspectiva de los médicos

9. Liberados y separados

10. Revivir un registro de la vida

11. Necesitaba hacer más: no era tan bueno como creía

12. Regreso a «casa» y vuelta definitiva a la vida

Parte III. Explorar la consciencia

13. Una idea ganadora del Premio Nobel

14. El yo y su cerebro

Parte IV. Un mundo distorsionado

15. Aunque la mona se vista de seda

16. La verdad está en los ojos del observador

Parte V. Qué significa todo esto para nosotros

17. Reunir todas las piezas

18. La vida vuela

Agradecimientos

Bibliografía y lecturas recomendadas

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Sumario

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Agradecimientos

Bibliografía y lecturas recomendadas

INTRODUCCIÓN

Nos guste o no, todos moriremos. La inevitabilidad de nuestra muerte es una de las dos únicas certezas de la vida. Benjamin Franklin escribía en 1789: «En este mundo nada puede decirse que sea seguro, excepto la muerte y los impuestos».1 Sabemos que vamos a morir, pero aparte de una minoría de personas para las que esta realidad se convierte en una inquietud angustiosa, este pensamiento ocupa un segundo plano en las preocupaciones cotidianas de nuestra vida.

Sin embargo, la realidad de nuestra inevitable mortalidad y la importancia de descubrir qué ocurre cuando fallecemos se tornan patentes en el momento en que perdemos a un ser querido, experimentamos una tragedia personal —como, por ejemplo, un accidente o una enfermedad repentina— o simplemente envejecemos y nos enfrentamos a nuestra muerte inminente. En esos momentos de confusión, miedo o aceptación, empezamos a plantearnos preguntas que han atormentado a la humanidad durante milenios: ¿Qué es la vida y qué es la muerte? ¿Qué ocurre cuando fallecemos? ¿Adónde se dirige nuestra consciencia, nuestro yo, después de la muerte? ¿Existe algo más allá?

Nuestras creencias acerca de la muerte y la importancia que concedemos a responder a este tipo de cuestiones vienen determinadas en buena medida por ideologías sociales, personales, históricas, religiosas y culturales.

La consecuencia es que, en la actualidad, las creencias de la mayoría de la gente, incluidas las de la mayoría de científicos, se basan en buena medida en nociones tradicionales y filosóficas en torno a la muerte, heredadas de nuestros antepasados durante años. Pero ¿y si nuestras creencias relacionadas con la muerte son fundamentalmente erróneas, y el paradigma con el que hemos estado operando hasta ahora ha dejado de ser válido? Quizá la vida y la muerte ya no puedan considerarse acontecimientos binarios fácilmente discernibles entre sí. Y lo que no es menos importante, ¿y si la propia muerte no es el final que hemos pensado y asumido siempre? ¿Y si lo que somos —nuestra consciencia y nuestra individualidad— no se aniquilase con la muerte? ¿Y si la ciencia fuese capaz demostrarlo? ¿Qué supondría eso para nosotros, para la sociedad, para la religión, para la filosofía, para nuestra manera de afrontar la vida?

La muerte nos concierne a todos y, sin embargo, la ciencia dominante ha evitado tradicionalmente tratar de dar respuestas las anteriores preguntas. Algunas de las investigaciones científicas mejor financiadas en la actualidad, como los viajes multimillonarios a Marte, el turismo espacial y los cohetes a la Estación Espacial Internacional, tienen escasa repercusión en nuestra vida. La única área que, sin duda, nos afecta a todos —explorar la muerte y lo que ocurre cuando fallecemos— es, por desgracia, una cuestión completamente soslayada por la ciencia dominante.

La razón podría ser simplemente que los científicos consideran que la muerte es algo infranqueable e imposible de estudiar con el rigor que merece. Después de todo, ¿cómo estudiar un fenómeno que, en última instancia, se traduce en la pérdida de nuestra individualidad? Si consideramos que la muerte es «el final», y no una mera condición médica, resulta más fácil comprender por qué la gente asume que no tiene sentido debatir o explorar esta cuestión.

Numerosos científicos creen que lo que ocurre tras la muerte es mera especulación filosófica o teológica. No estoy de acuerdo con esa postura y, por fortuna, en la actualidad ya no tiene por qué ser de ese modo. Gracias a sofisticadas tecnologías cerebrales, podemos observar el cerebro de las personas cuando se aproxima el momento de la muerte y más allá, registrando y analizando sus ondas cerebrales. Los avances en matemáticas, tecnología de inteligencia artificial (IA) y capacidad informática nos permiten analizar de manera objetiva realidades referentes a la vida y la muerte que hasta hace poco quedaban fuera de nuestro ámbito. Y esta investigación nos ofrece por primera vez la posibilidad de estudiar en tiempo real lo que ocurre en el cerebro y la consciencia de las personas cuando cruzan el umbral que separa la vida de la muerte.

La historia científica de la muerte y de lo que ocurre cuando fallecemos es de suma importancia e interés para todos nosotros y ha evolucionado a toda velocidad durante las últimas décadas. De la misma manera que el progreso científico cuestiona nuestros puntos de vista en muchas otras esferas de la sociedad, también está influyendo en nuestra comprensión de lo que ocurre durante la muerte. La cuestión de la muerte, que antaño se hallaba confinada al ámbito de las nociones culturales, religiosas, filosóficas, biológicas, antropológicas y metafísicas, no es tan simple o sencilla como muchos perciben. De hecho, los descubrimientos científicos en torno a la muerte y el periodo post mortem esclarecen que los conceptos tradicionales, derivados en buena medida de antiguas nociones filosóficas e históricas, son anticuados y francamente erróneos, o, en el mejor de los casos, inadecuados e imprecisos. Sin embargo, muchos científicos no valoran de manera suficiente la evolución de la realidad científica y se dejan arrastrar por sus opiniones personales y nociones históricas acerca de lo que es la muerte.

Por ese motivo, después de casi treinta años en la primera línea de investigación y práctica clínica en este campo, escribo este libro, titulado Muerte lúcida, con el objetivo de reunir los descubrimientos científicos más importantes en relación con este tema y ponerlos a disposición tanto de los profesionales como del público en general. Al reunir las distintas piezas de este intrigante rompecabezas, como si de un director de orquesta se tratara, espero ayudar al lector a apreciar la fascinante, hermosa y coherente historia científica, si bien en gran medida desconocida, de lo que nos ocurre cuando cruzamos el umbral de la vida a la muerte y más allá.

* * * * *

Mi interés por la reanimación en caso de parada cardiaca, el estudio del cerebro y la consciencia, así como la comprensión de lo que les ocurre a las personas en el tránsito entre vida y muerte comenzó muy pronto en mi carrera. En el año 1994, me encontraba en el Mount Sinai Hospital de Nueva York como estudiante en prácticas de último curso de medicina. Allí conocí, en urgencias, a un hombre mayor muy afable, acompañado de una familia cariñosa, que parecía no tener ningún problema de salud que pusiera en peligro su vida. Media hora más tarde, sonó la alarma de emergencia. En el servicio de urgencias, el corazón de un enfermo se había detenido de repente, había sufrido una parada cardiaca. Corrí y me encontré con un mar de batas blancas trabajando de manera frenética. Los médicos golpeaban el pecho de lo que parecía un cadáver: estaba cubierto de sangre y, a su alrededor, la actividad no cesaba.

Los intentos de reanimación se prolongaron durante más de una hora. Vi cómo esta persona recibía una ronda tras otra de procedimientos de urgencia para intentar reanimar su corazón. En algún momento, me percaté de que ese «cadáver» era el mismo hombre con el que había hablado unas horas antes. Me sentí desolado al verle fallecer ante mis ojos, mientras médicos y enfermeras intentaban desesperadamente devolverle la vida.

A pesar de los denodados intentos por salvarle, el corazón del hombre nunca se puso en marcha y permaneció en estado de «muerte». Estaba tan carente de vida como cuando entré en la habitación. Mientras observaba desarrollarse la escena, me quedó muy claro que, en efecto, había fallecido, aunque los médicos aún no lo hubiesen declarado oficialmente de ese modo, mientras todavía le golpeaban el pecho, le administraban fármacos y le practicaban maniobras para salvar su vida.

Un montón de preguntas daban vueltas en mi cabeza. ¿En qué momento de esta hora o más murió en realidad aquel hombre? ¿Había una clara línea de separación entre vida y muerte, o se produjo una transición entre ambas? Y lo que es más importante, ¿qué experimentó ese hombre durante su transición entre la vida y la muerte? ¿Qué sucedió con su consciencia —el yo—, y experimentó algún tipo de consciencia mientras intentábamos reanimarle?

En mi entonces corta experiencia médica, ya había oído hablar de pacientes reanimados que describían que eran visualmente conscientes de lo que ocurría a su alrededor mientras médicos y enfermeras se esforzaban por salvarles la vida. Mi pregunta era: ¿Lo experimentó aquella persona? ¿Conservó la consciencia o fue aniquilada cuando se detuvo su corazón? Por último, tras más de una hora de intentos, los médicos se detuvieron y lo declararon oficialmente muerto. El paciente estaba legalmente muerto, aunque en realidad había fallecido hacía bastante rato, pero la experiencia de haberlo conocido y las preguntas que me suscitó su fallecimiento permanecieron conmigo, marcando de algún modo toda mi carrera.

En aquella época, también me fascinaba lo que da lugar a nuestra consciencia, nuestro sentido del yo y nuestro universo mental interior y único, todo lo cual se combina para hacernos claramente humanos. Aunque no recuerdo con exactitud qué es lo que inició este interés vital, un factor que, sin duda, contribuyó en buena medida a ello fue que, durante mi infancia, mi padre padeciese una grave dolencia cerebral que le incapacitaba para reaccionar de manera consciente. Cuando le visitaba, me sentaba delante de aquella cáscara vacía del hombre que una vez conocí y me preguntaba qué quedaba de él. ¿Su sentido de la consciencia, su identidad y su mente seguían intactos? Desde fuera, se había convertido en un «vegetal», pero ninguno de nosotros sabía lo que ocurría en su interior, ni cuál era su experiencia de la lenta degeneración. No había forma de asomarse dentro de su cerebro y su consciencia para intentar descifrar ese mundo interior único. En lugar de eso, mi familia y yo le sujetábamos la mano, le mirábamos a los ojos y nos sumíamos en un mar de dudas. Lo único que esperábamos era que, estuviese donde estuviese y experimentase lo que experimentase, no sufriese. No obstante, la ciencia no podía garantizarnos ni siquiera eso.

Durante mis estudios de medicina, me preguntaba cómo las neuronas podían dar lugar a los pensamientos. Si eran células como las demás, ¿por qué tenían la capacidad de producir pensamientos? Quería saber qué nos hacía únicos a cada uno de nosotros. Por aquel entonces, creía firmemente que las respuestas a mis preguntas se escondían en algún lugar del cerebro. Incluso me planteé estudiar neurología o psiquiatría, pero pronto me di cuenta de que ninguna de esas disciplinas respondería a esas preguntas candentes, lo cual se debía a que la ciencia aún no tenía las respuestas adecuadas.

También me fascinaban cada vez más los aspectos concretos de la medicina relacionados con la vida y la muerte. Los sucesos ocurridos en la sala de urgencias del Hospital Mount Sinai de Nueva York conjuntaron todos estos intereses científicos emergentes: ¿Qué es la consciencia? ¿Qué les ocurre a las personas en el tránsito entre vida y muerte? ¿Cómo devolver la vida a las personas después de que su corazón se ha detenido? Y esas preguntas terminaron orientándome hacia mi carrera actual.

En la actualidad, siendo profesor de medicina, he tenido el privilegio de investigar este tema a lo largo de mi carrera, al tiempo que he sido testigo de su crecimiento y desarrollo. Obtuve mi titulación médica en la Universidad de Londres y completé mi formación de posgrado en la Universidad de Southampton, donde también obtuve el doctorado en biología celular y molecular. Posteriormente, en el Weill Cornell Medical Center de Nueva York, me especialicé en medicina intensiva. Y ahora escribo acerca de una aventura que he desarrollado durante la mayor parte de mi vida adulta como científico y médico especializado, no solo en medicina intensiva, sino también en reanimación en caso de parada cardiaca, lesiones cerebrales, así como el cerebro y la consciencia.

Parecía inconcebible entonces que, poco más de un cuarto de siglo después, yo pudiera describir de qué modo nuestros descubrimientos y los de otros científicos abordan algunas de las cuestiones más importantes de la humanidad, por más que, aparentemente, carezcan de respuesta.

Aunque vida y muerte siguen siendo un misterio, la ciencia nos demuestra que, contrariamente a lo que algunos filósofos, médicos y científicos han sostenido durante siglos, ni los procesos biológicos ni los mentales finalizan en sentido absoluto en el momento de la muerte. Aún queda mucho por descubrir, pero la ciencia nos sugiere que, como mínimo, la consciencia y el yo no son aniquilados cuando atravesamos el umbral de la muerte hacia la gran dimensión desconocida. Por otro lado, en el momento del fallecimiento, también descubrimos que cada una de nuestras acciones, pensamientos e intenciones en la vida, desde las más ínfimas hasta las más extremas, son importantes.

Este periplo científico, al igual que la exploración del espacio, mucho más financiada, difundida y conocida, también se inicia a mediados del siglo xx. Sin embargo, no recorreremos las profundidades del espacio que hay más allá de nuestro planeta Tierra, sino que nuestro objetivo será conducir a los lectores a través de un recorrido por los descubrimientos científicos mucho menos conocidos y financiados, pero mucho más importantes, hacia las profundidades más lejanas del espacio que se encuentra más allá de la vida y la recién descubierta frontera de la muerte. Estas innovaciones nos permitirán asomarnos al interior de las personas que atraviesan el umbral del más allá para presenciar de qué modo emerge en su cerebro, a través de una explosión de actividad, la rúbrica de un estado mental único de lucidez e hiperconsciencia. La manera en que el cerebro se reactiva y los tipos específicos de actividad que registramos, junto con los análisis de los testimonios de varios miles de personas, nos brindan atisbos de la realidad que todos experimentaremos en el momento de la muerte.

Durante las últimas décadas, científicos e investigadores han llevado a cabo asombrosos descubrimientos acerca de cómo muere el cuerpo y qué es lo que ocurre cuando este fallece. En el presente libro, leeremos acerca de uno de los descubrimientos más cruciales en este campo, que pone en tela de juicio todo lo que creíamos saber hasta la fecha acerca de la naturaleza de la muerte y cuándo exactamente podemos considerar que un individuo se ha marchado para siempre. Hay otros estudios que exploran la consciencia durante el proceso de la muerte. Y esos estudios conducirán a mi propio trabajo, desvelando los misterios de lo que sucede en la recién descubierta zona gris que se cierne más allá de la muerte, a partir del testimonio de miles de personas que han sido reanimadas. Estos experimentos tienen ramificaciones en todas las facetas de nuestra vida, tanto en el fragor de una emergencia médica como en otros aspectos.

Escucharemos a miles de personas que han entrado y regresado de esa «zona gris» de la muerte. Estas personas, tras haber tenido una experiencia recordada de muerte (RED, por sus siglas en inglés), regresan aportando una serie uniforme y estandarizada de experiencias. No importa que nunca se viesen ni comunicasen entre ellas, o que hayan muerto en México, Irán, Tailandia, Estados Unidos, Dinamarca o el Reino Unido. Por muy diferentes que sean sus vidas, sus encuentros con la muerte presentan una sorprendente coherencia narrativa.

Este no es un libro sobre religión ni filosofía, y dejaré al lector que atribuya cualquier tipo de contenido a lo que significan esas experiencias y por qué acaecen. Sin embargo, no existe duda alguna de que ocurren. Y aquí hay un motivo para que todos sintamos más paz y aceptación ante el sufrimiento de nuestros seres queridos y de nuestra propia e inevitable desaparición. También aprenderemos a sentir mayor empatía y compasión hacia los demás, ya que un componente clave de la experiencia recordada de muerte es revivir nuestras acciones a través de los ojos de las personas a las que afectaron.

Empezaremos con el nuevo y extraño mundo del «cerebro en una cubeta» y aprenderemos que todo lo que pensábamos sobre la supuesta rápida degeneración del cerebro tras la muerte es, en el mejor de los casos, poco conocido y, en el peor, erróneo. Si, como demuestran esos experimentos, nuestro cerebro permanece intacto y puede ser reanimado horas después de la muerte, ¿cómo cambia ese hecho nuestra comprensión de la vida y la muerte y la experiencia de morir?

Parte I.LA CIENCIA DE LA VIDA Y LA MUERTE

Capítulo 1EL CEREBRO EN UNA CUBETA

Durante la fresca mañana del 28 de marzo de 2018, en una modesta sala de reuniones situada en la sexta planta de un edificio de oficinas en el extenso campus de un suburbio de Washington DC, varios hombres y mujeres entraron en la monótona sala beige y tomaron asiento. Había micrófonos colocados delante de los asientos de los asistentes. La mesa estaba llena de botellas de agua y vasos de café, además de montañas de papeles y algunos ordenadores portátiles en funcionamiento. Una pantalla de proyector colgaba en el extremo opuesto de la sala, flanqueada por cortinas de color beige y una solitaria bandera estadounidense agazapada en la esquina derecha. Los asistentes miraban a su alrededor, a la mesa o a la pantalla azul, pero rara vez se miraban entre sí. Podría tratarse de cualquier reunión de oficina de Estados Unidos. Sin embargo, no era una oficina cualquiera, ni un grupo cualquiera, ni un campus cualquiera. Se trataba de una reunión de dieciocho de los neurocientíficos, expertos en deontología y juristas más destacados del mundo en los Institutos Nacionales de Salud (NIH). Y todos ellos estaban ansiosos por escuchar hablar de un descubrimiento que franquearía nuevas fronteras para avances científicos que parecían sacados directamente del mundo de la ciencia ficción. En cualquier caso, aquella reunión cambiaría el mundo para siempre. También pondría en tela de juicio una de las cuestiones más profundas y fundamentales de nuestra sociedad, los límites existentes entre la vida y la muerte.

El doctor Nedan Sestan, de origen croata, se levantó de su asiento y se dirigió a la parte delantera de la sala para subir al estrado, mientras se disculpaba por su carraspera. Por lo general animado y entusiasta, el doctor Sestan se dirigió a sus colegas con cierto nerviosismo y timidez. Al fin y al cabo, tenía fe en que su investigación era profunda e importante, pero al mismo tiempo sabía que podían cerrar de manera definitiva su laboratorio y poner fin al trabajo que llevaba a cabo. A sus cuarenta años, vestido con una camisa de cuadros, gafas y una espesa cabellera negra, parecía joven y enérgico en contraste con algunos de sus colegas más viejos y poco entusiastas. Apenas se sabía que era profesor de Yale, y mucho menos un neurocientífico de vanguardia cuyo trabajo ha merecido el reconocimiento de numerosas organizaciones científicas de prestigio y que, sin duda alguna, se verá galardonado en su momento con el Premio Nobel.

No perdió el tiempo. Durante su presentación de veinticinco minutos, el doctor Sestan reveló lo impensable. Él y su equipo habían conseguido devolver la vida a cerebros de cerdos muertos. Se trataba de cerebros extraídos de cabezas decapitadas de cerdos cuatro horas después de haber sido sacrificados en una planta procesadora de carne porcina. Se había bombeado a los cerebros, a través de los principales vasos sanguíneos, una solución que contenía sangre artificial, junto con un cóctel especial de fármacos protectores y estabilizadores, utilizando para ello un sistema de soporte vital, especialmente diseñado, llamado BrainEx.

Para su completo asombro, en el transcurso de entre seis y diez horas (y eventualmente hasta catorce horas después de que los animales hubieran muerto), Sestan y su equipo observaron cómo la vida volvía a los cerebros de los cerdos. En algunos casos, incluso se consiguió mantenerlos vivos y en funcionamiento hasta treinta y seis horas. Los cerebros bombeados con la solución BrainEx mostraban prácticamente la funcionalidad de un cerebro normal. No había daños en la estructura cerebral, las neuronas y los vasos sanguíneos, y la sangre fluía con normalidad a través de ellos. El metabolismo cerebral era normal, es decir, había actividad biológica y química. También había actividad eléctrica en las conexiones neuronales o sinapsis, lo cual era asombroso.

Sestan explicó que ya habían realizado este procedimiento en más de trescientas ocasiones. Desde luego, no se trataba de una casualidad. Es cierto que los cerebros de los cerdos no habían mostrado los síntomas clásicos que los científicos suelen asociar con la recuperación de la atención y la consciencia, lo que significaba que sus ondas eléctricas cerebrales se mantuvieron planas en todo el cerebro. Aclaró, además, que eso era de esperar, ya que a todos se les administraron fármacos específicos para evitar daños cerebrales y reducir la probabilidad de una reactivación de la actividad eléctrica cerebral general, normalmente imprescindible para la percepción y la consciencia. Querían asegurarse de que los animales no sufrieran.

Los resultados fueron tan sorprendentes que otros científicos se mostraron convencidos de que no se trataba de cerebros de cerdos muertos, sino sanos. Sestan reconoció que era posible devolver la consciencia a esos cerebros. También reveló que, en principio, la técnica podía funcionar en cerebros humanos y que los cerebros humanos reactivados podrían mantenerse vivos durante largo tiempo. Esta idea —es decir, que un cerebro de mamífero pueda morir y horas después ser extraído del cuerpo, bombeado con una solución determinada y reactivado para que recupere la consciencia— es sorprendente, puesto que supone que, con ciertas modificaciones, podría llevarse a cabo como parte de una estrategia para reanimar a las personas muertas. Sin embargo, un cerebro reanimado es una cosa en el dominio de la ciencia ficción, pero otra muy distinta en la vida. Cómo reaccionaría un ser humano a una existencia desarrollada únicamente dentro de los confines de su cerebro, carente de sentidos o conexión con el mundo al margen de su consciencia, es una pregunta que aún no tiene respuesta. Sin embargo, también produce cierto temor imaginar que, en un futuro no demasiado lejano, un moribundo pueda ofrecerse voluntariamente o exigir que le extraigan y conserven su cerebro siguiendo este mismo procedimiento.

* * * * *

Los científicos siempre pensaron que, cuando fallece una persona, sus neuronas sufren, debido a la privación de oxígeno, daños irreparables en cuestión de minutos. Este ha sido el dogma científico imperante durante décadas. Pocos lo cuestionaban, y esta idea incluso terminó filtrándose completamente en la cultura popular. Ahora, Sestan y su equipo daban la vuelta a ese dogma demostrando que varias horas después de la muerte, aunque el cerebro haya estado privado de oxígeno y nutrientes, las neuronas no mueren ni se degeneran rápidamente, y que se puede devolver la vida al conjunto del cerebro, reconociendo que lo conseguido por su equipo era a la vez «inesperado» y «alucinante». Gracias a BrainEx, han creado un sistema capaz de devolver las funciones cerebrales a mamíferos, incluidos los humanos, horas después de la muerte.

Sestan terminaba de desvelar el secreto para revertir la muerte. Además, por si fuera poco, también abría la puerta a la exploración científica del periodo post mortem, y con él a lo que nos ocurre a todos nosotros cuando fallecemos.

Posteriormente, tuve oportunidad de abordar la investigación del doctor Sestan en el momento en que Sara Reardon, periodista de Nature, se puso en contacto conmigo un año después, en 2019. Ella me remitió una copia preliminar de los resultados completos de su estudio y solicitó mis comentarios. Me quedé completamente estupefacto y sin palabras. Durante al menos una década, he intentado llamar la atención sobre el hecho de que debemos redefinir nuestro concepto de la vida y la muerte. Ya no tenemos que concebir la muerte como un momento concreto en blanco y negro. Por el contrario, hay que entenderla como un evento médicamente susceptible de ser tratado durante varias horas una vez de que ha tenido lugar. En mi libro Erasing Death: The Science That Is Rewriting the Boundaries Between Life and Death (The Lazarus effect, en el Reino Unido), publicado en el año 2013, así como en publicaciones científicas y numerosas conferencias y entrevistas, he tratado de llamar la atención sobre este hecho. Y ahora, de manera increíble, ha llegado el momento.

Entre los asistentes a la audiencia de ese día en los NIH se encontraba Henry Greely, a quien todos llaman Hank, profesor de Derecho de la Universidad de Stanford y director del Stanford Center for Law and Biosciences, así como del Stanford Program in Neuroscience and Society. Es uno de los principales expertos mundiales en cuestiones deontológicas, jurídicas y sociales derivadas de los avances en genética, neurociencia e investigación con células madre humanas. También estaba Nita Farahany, profesora de Derecho y Filosofía en la Universidad de Duke y destacada estudiosa de las implicaciones éticas, jurídicas y sociales de las tecnologías emergentes y la muerte. Sin embargo, fue el doctor Jonathan Moreno, profesor de la Universidad de Pensilvania y miembro de la Academia Nacional de Medicina, apodado en cierta ocasión el «bioético silencioso más interesante de nuestro tiempo», quien formuló, durante la reunión de los NIH, una pregunta tan contundente que dejó a Sestan literalmente sin habla.

«Perdone la grosería conceptual de mi cuestión —señaló Moreno—. Pero en ese momento, pasadas unas horas desde [la muerte], usted ha convertido un cerebro de cerdo muerto en un cerebro en coma. Creo que esa es una descripción más adecuada».

Era un argumento válido. Sestan convirtió no solo uno, sino muchos cerebros muertos en lo que, en el mejor de los casos, podría describirse como cerebros vivos en estado de coma. Quizá incluso en cerebros conscientes, con una mente activa, pero en los que no se habían detectado las señales eléctricas normalmente asociadas a la atención y la consciencia debido al efecto de fármacos bloqueadores específicos.

Para brindar una cierta perspectiva a esta cuestión, hay muchas personas ingresadas en hospitales de todo el planeta que, como esos cerebros de cerdo, se encuentran en coma con un estado eléctrico cerebral plano (lo que los investigadores utilizaron para determinar que los cerdos carecían de consciencia y atención). No están muertos, sino que se hallan en coma profundo y, como ocurre en cualquier estado de coma, la consciencia y la atención pueden recuperarse con el tiempo. Sin embargo, en el caso de los cerebros de cerdo, la cuestión estaba clara. Para preservarlos de posibles daños, Sestan y su equipo les administraron fármacos especiales que bloqueaban la transmisión de electricidad a través del cerebro. No era extraño, pues, que no se detectasen dichas señales eléctricas.

Los cerebros de los cerdos fueron conducidos a la muerte y, luego, más allá de la muerte, y ahora estaban vivos de nuevo y en coma. Se trataba de un enigma moral, ético y jurídico. ¿Qué derechos tenían esos cerebros de cerdo si dejaban de estar muertos? La sede de la consciencia —la mente— en los mamíferos, incluidos los humanos, reside en el cerebro. Sestan no había revivido el hígado o el riñón. Había revivido el cerebro, y con ello todas las ramificaciones de lo que significa ser una persona y poseer una mente: actividad mental, consciencia, atención e identidad.

Sestan siguió sentado y parpadeó durante algún tiempo. A continuación, respondió: «No quisiera incurrir en nada éticamente cuestionable. No obtuvimos ninguna señal [de consciencia durante la monitorización eléctrica del cerebro], de manera que el animal no era consciente de nada. Estoy completamente seguro de ello».

Aclaró que, con toda probabilidad, los animales no sufrían. Ese era un punto importante. En esencia, el cerebro de los animales era similar al de alguien que se halla bajo una potente anestesia y se somete a una intervención quirúrgica sin sentir dolor ni ser consciente del entorno exterior. Sin embargo, no experimentar temporalmente dolor ni consciencia del mundo exterior debido a los efectos de los anestésicos no es lo mismo que no tener consciencia, en el sentido de carecer completamente de «alma», es decir, vacío de condición alguna de ser una persona. Esos cerebros de cerdo no mostraban signos de ser conscientes precisamente porque se les habían administrado fármacos que actúan en los seres humanos como poderosos anestésicos.

Sestan evitó responder a la pregunta principal: ¿qué ocurre con los cerebros de los animales que parecen muertos —lo más muertos posible, es decir, decapitados— durante cuatro horas o más y vuelven a estar vivos? Nadie le presionó para que respondiera. Probablemente porque no había nadie en la sala capaz de responder a esa cuestión.

* * * * *

Hace falta valor y audacia para contemplar la idea de revivir cerebros muertos, por no hablar de llevarla a cabo. No existen precedentes en la historia de la ciencia, y a la mayoría de la gente le sonaría a algo más sacado de Frankenstein que a ciencia real. Sin embargo, Nenad Sestan no solo contempló esa posibilidad, sino que la llevó a cabo de manera exitosa.

Como neurocientífico del desarrollo, quería entender qué nos hace únicamente humanos, diferenciándonos de los animales. Esto fue lo que le llevó inicialmente a emprender el camino que propició este descubrimiento. «Eso —explicaba— es lo que he intentado comprender durante casi veinte años, desde que empecé a trabajar en mi laboratorio».

Estaba convencido entonces, como lo está ahora, de que el secreto del ser humano, la clave para entender quiénes somos y qué nos hace únicos, está relacionada con el modo en que se conectan las decenas de miles de millones de neuronas que hay en nuestro cerebro. No se trata del tamaño del cerebro humano, sino de la intrincada manera en que esos miles de millones de neuronas, junto con sus largos tractos, llamados axones, semejantes a miles de millones de largos trozos de alambre, se hallan interconectados. Merece la pena profundizar un poco más en cómo Sestan consiguió llevar a cabo este avance con los cerdos. Su trabajo afectará directamente a muchos de nosotros, tanto en la vida como en la muerte, y especialmente a quienes necesiten un trasplante de órganos en un futuro próximo. Lo más importante es que él, más que ningún otro científico, ha abierto y ampliado el debate en torno a la naturaleza de la vida y la muerte. En ese proceso, Sestan y su equipo han otorgado validez a la importancia crítica de la investigación acerca de lo que ocurre con la mente y la consciencia humanas, incluidos millones de testimonios de experiencias recordadas de muerte, aportando pruebas fehacientes de que la zona gris más allá de la muerte es mucho más amplia de lo que se reconocía en el pasado.

El doctor Sestan inició su trabajo a principios de la década de 2000, un momento importante en la historia de la neurociencia. Poco más de diez años antes, el presidente George H.W. Bush firmó una declaración presidencial que bautizaba la década de 1990 como la Década del Cerebro. Y un año antes de la apertura de su laboratorio, el 2 de mayo de 2001, se publicaron en Nature, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, los resultados de un estudio científico de importancia crucial titulado «Neural Progenitor Cells Recovered from Postmortem and Adult Tissue». En él, el doctor Fred Gage y su equipo del Instituto Salk de California extrajeron fragmentos de cerebros de personas que habían permanecido muertas hasta veintiuna horas en un depósito de cadáveres, logrando diseccionar neuronas de cerebros muertos y demostrando que podían volver a crecer en placas de Petri en el laboratorio. El doctor Gage, el científico principal, comentó: «Me parece extraordinario que todos tengamos grupos de neuronas que pueden crecer y diferenciarse a lo largo de nuestra vida e incluso después de la muerte».

Ese estudio de Nature confirmó plenamente las observaciones de Sestan. Entonces, su mente inquisitiva empezó a derivar hacia algo nuevo y sin precedentes. ¿Sería posible crear un mapa completo —conocido como conectoma— de las conexiones principales del cerebro humano? Lo compara con el modo en que internet está conectado en todo el mundo y cómo ha sido capaz de transformar la manera en que, sin modificar la información en sí, esta se comparte. Se propuso cartografiar las conexiones del cerebro humano y estudiar el modo en que fluye la información a través de ellas, lo cual no solo era audaz, sino también costoso. Tendría que cultivar en el laboratorio neuronas de personas fallecidas y estudiar sus complejas conexiones. «Ni nosotros ni nadie —explicó— había hecho algo así antes. Eso era algo completamente nuevo».

Comprender el conectoma —pensaba— era la clave para entender qué nos hace humanos y, por ejemplo, diferentes de un chimpancé.

El primer paso consistió en recopilar los cerebros necesarios para estudiar el conectoma trabajando con un banco de cerebros apoyado por el Wellcome Trust del Reino Unido. Los bancos de cerebros recogen cerebros humanos de personas fallecidas que los han donado para la investigación, y posteriormente los distribuyen a investigadores de todo el mundo. Sestan señaló: «Normalmente, estos bancos congelan los cerebros humanos donados antes de enviarlos. Sin embargo, en una ocasión, el banco de cerebros puso en hielo un cerebro humano donado y nos lo envió sin congelar. Supusieron que el cerebro estaría lo bastante frío para conservarlo [contra la descomposición y los daños por degeneración]. Sin embargo, el servicio de mensajería perdió el vuelo a Nueva York. Por supuesto, el hielo se derritió y recibimos el cerebro muy tarde, en realidad, cuarenta y ocho horas después».

Sestan se sintió fatal. «Alguien había donado su cerebro de buena fe. No queremos [desperdiciar] ninguna donación. Hay que ser respetuoso y considerado. Fue una donación muy generosa. Sin embargo, pasadas cuarenta y ocho horas horas, no podíamos utilizarlo. Suponíamos que estaría demasiado dañado».

Pero, en lugar de deshacerse del cerebro, Sestan decidió buscarle otro uso. Tenía un estudiante de posgrado, Andre Sousa, que necesitaba aprender a estudiar el cerebro con una nueva herramienta de investigación. Le dijo a Andre: «¿Por qué no practica con este cerebro?».

Dos semanas y media después, André fue a ver a Sestan a su laboratorio y le dijo entusiasmado: «Tengo que mostrarle algo».

Sestan miró por el microscopio una placa de Petri y contempló agrupaciones de neuronas humanas que crecían sanas. «Las neuronas tenían tan buen aspecto como las que habíamos cultivado a partir de fragmentos frescos de cerebro obtenidos tras una intervención quirúrgica».

Sestan estaba desconcertado. Sabía que las neuronas debían proceder del cerebro que había permanecido abandonado durante cuarenta y ocho horas horas y que se suponía dañado y degradado sin posibilidad de reparación. No creía lo que veía. «Al principio —comentó—, sinceramente, asumí que estaba siendo objeto de una broma. Realmente pensé que eso era lo que sucedía».

Pero, si no era una broma anodina y tonta, entonces se trataba de algo estremecedor. «La cuestión era que las neuronas de la persona fallecida [tomadas del cerebro que había estado extraviado durante cuarenta y ocho horas horas] crecían de manera natural e incluso los axones —las conexiones que unen las neuronas— estaban indemnes».

Nadie había visto nunca algo semejante en un cerebro que hubiera permanecido muerto tanto tiempo. Las neuronas de la persona fallecida no estaban muertas ni dañadas. De hecho, siguieron creciendo sanas durante semanas.

La empresa de mensajería desconocía hasta qué punto su error en el envío contribuyó a un enorme descubrimiento científico. Del mismo modo que Alexander Fleming descubrió por casualidad que la penicilina, que puede salvar vidas, crecía y mataba bacterias cuando vio una placa de Petri olvidada junto a una ventana, Sestan y sus colegas se toparon sin saberlo con un avance científico que cambiaría para siempre el curso de la medicina y la ciencia. Fue este un momento eureka. Aunque Sestan reconocía la enormidad de este descubrimiento, ni en sus sueños más osados imaginó que fuera posible revitalizar un cerebro muerto y hacerlo funcionar de nuevo. Para ello se necesitaba otro acontecimiento fortuito y afortunado.

* * * * *

Sestan seguía concentrado en el modo de «obtener un cerebro [post mortem] entero, mantenerlo vivo y recuperarlo». Y con «recuperarlo» se refería a obtener cerebros, extraer grandes fragmentos y estudiar las conexiones de su interior. Se trataba de un cambio radical con respecto a la forma en que los científicos habían estudiado tradicionalmente las conexiones con pequeños grupos de neuronas cultivadas, en el laboratorio, en una placa de Petri. Los grandes fragmentos de cerebro presentaban la ventaja de que contenían una red mucho mayor de neuronas con conexiones en buen estado y tractos más largos de axones, los enlaces entre neuronas. El estudio del «conectoma cerebral» entusiasmó a Sestan, pero sabía que era imposible realizar un experimento de esta magnitud con cerebros de cadáveres humanos.

La solución se le reveló a Sestan cierto día que estaba de compras en el hipermercado local Costco. Se dio cuenta entonces de que había un matadero cerca. Sintiéndose lleno de valor, se acercó y llamó a la puerta. Apareció un hombre corpulento, gruñón y de aspecto algo tenso, que lo miró con desconfianza. Estaba claro que Sestan no parecía un distribuidor de carne.

—Soy un neurocientífico de Yale y me preguntaba si le sobraría un cerebro —preguntó Sestan.

Completamente desconcertado, el hombre se volvió visiblemente más gruñón, tenso y desconfiado. No era habitual que un profesor de Yale se personase en la entrada del matadero. A lo mejor era un inspector de alimentos disfrazado.

—No, no, no —insistió Sestan—, confíe en mí. Esto es para un experimento.

Al final, tras grandes dosis de persuasión, el trabajador del matadero terminó cediendo.

—Nunca utilizamos los cerebros de los cerdos —le dijo el trabajador—. Así pues, puede usar todos los que quiera.

Sestan había encontrado una solución a su problema. Los cerebros de los cerdos se desechaban de cualquier modo. Podía disponer de tantos como necesitara, sin que fuera necesario sacrificar animales específicamente para su investigación.

Hasta entonces, Sestan y su equipo habían trabajado con porciones muy delgadas de cerebro y grupos de neuronas porque no había ningún problema para introducir oxígeno en ellas. Pero ahora se enfrentaban a un reto muy distinto. Tenían que encontrar la manera de hacer llegar oxígeno a los grandes fragmentos de cerebro de cerdo. Sin embargo, debido al tamaño del cerebro y a su delicado sistema de vasos sanguíneos, los cortes de tejido no solo presentaban dificultades para hacer circular la sangre, sino que también se descomponían velozmente. «Íbamos varias veces a la semana al matadero. Nos daban cerebros con los que trabajar. Lo intentamos durante dos años, pero nada funcionó».

Cierto día, Sestan asistió a una reunión con Art Belanger, patólogo y director de la morgue de la Universidad de Yale, para tratar un asunto que no tenía nada que ver con su investigación. Cuando se asomó, vio algo extraño. Había un cerebro humano colgando boca abajo en una cubeta dentro de un fregadero. Mientras observaba con atención, vio una solución procedente de una botella de plástico cercana que goteaba a través de un tubo especial hacia los principales vasos sanguíneos del cerebro y, desde allí, hasta el cerebro en sí.

Belanger le comentó que ese equipo se utilizaba para «fijar» y conservar el cerebro, un proceso llamado plastinación. Sestan sabía cómo fijar y preservar cerebros sumergiéndolos en formaldehído, pero no haciendo pasar una solución especial —un método llamado perfusión— por los principales vasos sanguíneos. «Créame, la perfusión es mucho más eficaz», le comentó Belanger a Sestan.

A diferencia de la inmersión, la perfusión utiliza la red de vasos sanguíneos existente, replicando el flujo de sangre a través del conjunto del cerebro. Llegaba a lo más profundo, alcanzando todos los rincones del cerebro. «Fue un momento decisivo», me comentó Sestan.

Ahora se había encendido una lucecita. Tal vez, en lugar de utilizar una solución conservante como había hecho Art, podría utilizar una solución diferente con oxígeno y nutrientes, y luego bombearla hasta lo más profundo del cerebro a través de los principales vasos sanguíneos.

Por supuesto, no sería tarea fácil, e incluso si encontrase la manera, aún tendría que superar el hecho de que habitualmente se tarda más de ocho horas, desde el momento de la muerte, en hacer llegar a un investigador el cerebro humano procedente de una donación. Los cerebros donados permanecen durante horas sin oxígeno ni nutrientes, y toda la sangre de sus vasos sanguíneos se coagula y no circula por ellos ninguna solución, lo que significa que no puede haber perfusión.

—Pero este método solo funciona si se pone en marcha de inmediato después de que alguien fallezca —señaló Sestan mirando a Art un tanto decepcionado.

—No, en realidad la sangre vuelve a convertirse en líquido un rato después de la muerte —dijo Art devolviéndole la mirada con regocijo y haciéndole partícipe de un secreto comercial poco conocido.

Este fue el segundo momento eureka de Sestan. Ahora se sentía eufórico. Se percataba de que había planteado el problema de manera completamente errónea. Tenía que trabajar con un cerebro entero y perfundirlo como Belanger perfundía el cerebro en la cubeta. Tendría que pasar de la solución conservante fijadora de Art a una solución sanguínea rica en nutrientes que llevara oxígeno de la misma manera que la sangre perfunde naturalmente el cerebro y baña con oxígeno y nutrientes cada rincón del cerebro de cada uno de nosotros.

Se tardó algún tiempo en encontrar la máquina ideal que permitiera a Sestan explorar el concepto de perfusión. No obstante, terminó localizando un dispositivo capaz de mantener riñones, corazón e hígado con vida fuera del cuerpo durante periodos prolongados. La empresa BioMEDInnovations (BMI) había creado un sistema, conocido como CaVESWave, que ayudaba a los investigadores a estudiar el modo de conservar órganos aislados destinados a trasplantes.

Antes de probar la capacidad de la máquina para perfundir una solución en la totalidad del cerebro, tuvieron que trazar la arquitectura de los circuitos sanguíneos del cerebro porcino con gran precisión para determinar cómo se conectaban las arterias y cuáles eran los vasos que debían ocluirse. Llenaron con colorante alimentario las arterias para revelar la ruta que seguía la sangre para bañar cada rincón y grieta del cerebro de los cerdos, una tarea que insumió varios meses. Después de muchos cerebros, el equipo consiguió trazar la ruta y tenía un plan.

Nada más recibir la máquina BMI, Sestan y su equipo empezaron a modificar casi todos sus aspectos, adaptándola a las necesidades particulares de su experimento. Bautizaron el sistema como BrainEx y lo apodaron en broma «el cerebro en una cubeta». La asombrosa potencia y las posibilidades de BrainEx eran innegables.

Mientras trabajaban en la creación de la solución de perfusión perfecta, Sestan y su equipo encendieron la máquina por primera vez. Decidieron utilizar una sustancia similar a la sangre artificial llamada hemoglobina portadora de oxígeno en sangre (HBOC). A continuación, añadieron al menos nueve tipos diferentes de agentes protectores del cerebro para mejorar el flujo sanguíneo y proteger las neuronas. Los necesitaban para luchar contra la temida «reperfusión» o «lesión por reoxigenación», que mata rápidamente las neuronas una vez que se reintroduce oxígeno en el cerebro tras haberse visto privado de él. También se agregaron sustancias químicas para que los científicos siguiesen, mediante ultrasonidos, el flujo de esta solución a través del cerebro.

Llegó el momento: los científicos bombearon en el cerebro durante una hora una botella del líquido HBOC, de color escarlata oscuro, mezclado con el cóctel de fármacos protectores. Como la sangre no circula de manera uniforme a través de las arterias, la máquina debía imitar su ritmo natural. Realizaron otra modificación mecánica clave en el sistema: un dispositivo automatizado generador de impulsos que reproduce el pulso cardiaco. Tras una serie de ajustes de importancia crítica en el mecanismo de la máquina, empezaron a observar que el tejido cerebral adquiría un tono gris rosado parecido al de un cerebro vivo.

La colocación del primer cerebro de cerdo en la máquina supuso el principio de un experimento que abriría de golpe la puerta a una nueva era de la ciencia y pondría de manifiesto una serie de desconcertantes cuestiones con las que tendrían que lidiar científicos y expertos en bioética de todo el mundo. En el momento en que se inició el experimento, ya habían transcurrido muchas horas desde que se había sacrificado a los cerdos. Hasta ese momento, los científicos suponían que cuando se cortaba el suministro de sangre, el cerebro decaía y se degradaba rápidamente a través de una serie de etapas que abocaban a la muerte de las neuronas. Creían que, a menos que el flujo de sangre se restableciese rápidamente, esos cambios eran irreversibles. No se había intentado antes. ¿Cómo iban a saber dónde se ubicaba la línea que separaba lo posible de lo imposible a menos que lo probasen? Hurgaron en esas posibilidades mientras aumentaban el tiempo de perfusión de una hora a dos y de dos a tres. Con cada hora subsecuente, se restablecían más neuronas en el cerebro.

Utilizando una máquina concebida originalmente para mantener órganos individuales fuera del cuerpo para su trasplante, por primera vez en la historia de la humanidad los investigadores tenían ahora la capacidad de estudiar el cerebro, fuera del cuerpo, después de la muerte, lo que les permitía cartografiar las neuronas y sus conexiones con un grado de precisión que nunca antes había sido posible. Sestan recuerda su asombro cuando estaba inclinado ante su microscopio. El cerebro y las neuronas subyacentes volvían a ser biológicamente activos. La función cerebral se restableció. «Dios mío», pensó.

Sestan sabía que el cerebro era capaz de recuperar la consciencia. Imaginemos, por un momento, que el cerdo recobrase la percepción consciente, pero careciese de ojos para ver, de boca para chillar y de cuerpo, pero que, no obstante, tuviese consciencia de su estado incorpóreo. Es algo propio de la ciencia ficción o de nuestras peores pesadillas, pero, no obstante, era una posibilidad real. Tenían que asegurarse de que, una vez muerto y reanimado, el cerebro permaneciese sin consciencia, con el fin de evitar una situación indescriptiblemente horrible para el animal. Cuanto más durase el experimento, más probabilidades había de que reapareciese la consciencia y la actividad mental. Le gustase o no, había abierto de manera inadvertida una nueva frontera para la ciencia: el viejo terreno filosófico de lo que nos ocurre a todos —es decir, la mente, la consciencia y el yo de los seres vivos— después de la muerte.

Necesitaba una máquina que le ayudara a averiguarlo. Recurrió a un monitor de índice biespectral (BIS), un aparato que, durante las intervenciones quirúrgicas, mide las señales eléctricas cerebrales convirtiéndolas en cifras y que los anestesistas utilizan para determinar el grado de consciencia y sensibilidad de la persona sometida a anestesia general. Los resultados se expresan en una escala de cero a cien. Cuanto más elevada es la cifra, mayor es la actividad eléctrica que se corresponde con la consciencia y la atención completa. El monitor del BIS de uno de los cerebros de cerdo medía diez, no cero, lo que correspondía aproximadamente al nivel de alguien en coma profundo. Sestan desconectó la máquina. Esto era aterrador. ¿Había estado consciente el cerebro del cerdo antes de morir? Era un territorio desconocido.

Había llegado la hora de que, antes de que Sestan llegase más lejos, se pronunciasen los expertos en bioética. De inmediato envió sendos correos electrónicos al director del Interdisciplinary Center for de Bioethic de Yale y al Neuroethics Working Group del NIH BRAIN Intuitive, que financiaba su investigación.

Tras debatirlo con científicos de los NIH, se decidió que, dado que el monitor BIS está diseñado para su uso en un cráneo humano, podría haber captado una señal errónea al colocarlo en un cerebro de cerdo que se encontrase fuera del cráneo. Por consiguiente, se recomendaba utilizar un tipo distinto de sistema de monitorización eléctrica cerebral llamado electrocorticografía, o ECoG para abreviar. Este sistema funcionaría mejor porque estaba diseñado para aplicarse directamente en el cerebro —y no en el cráneo— durante la cirugía cerebral. También se recomendó a Sestan que utilizara poderosos anestésicos y que redujera rápidamente la temperatura cerebral para eliminar cualquier signo detectable de consciencia, en caso de que se apreciase alguno. Con el ECoG y los bloqueadores cerebrales específicos incorporados a la solución de perfusión, Sestan y su equipo no volvieron a detectar signos eléctricos de consciencia.

Aquel fatídico día, el 28 de marzo de 2018, Sestan se reunió con los NIH en lo que él pensaba que sería un entorno confidencial. Poco después, los periodistas de la MIT Technology Review consiguieron un vídeo de la reunión y publicaron un artículo acerca del descubrimiento. En cuestión de horas, medios de comunicación de todo el mundo publicaron historias con llamativos títulos sobre «cabezas cortadas» e «investigación al estilo Frankenstein».

Este tipo de sensacionalismo molestó a Sestan, pero prosiguió con su trabajo, llegando a la conclusión de que si perfundían el cerebro con una sustancia similar a la sangre, rica en oxígeno y nutrientes, devolverían la vida a los cerebros muertos. Sestan tenía razón cuando señaló: «No pensábamos restaurar la vida en cerebros muertos. Ese era un proyecto que no entraba en nuestras previsiones».

Sin embargo, ahora estaba a punto de conseguirlo. Por supuesto, llevar a cabo este proyecto de investigación en cerebros humanos estaba descartado. En cualquier caso, el experimento que estaba a punto de iniciar provocaría sin duda el frenesí de las comunidades religiosas, bioéticas, científicas y médicas.

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Un año después de su reunión en los NIH, el estudio de Sestan se publicó oficialmente en la revista médica de renombre mundial Nature, el 17 de abril de 2019, con el título «Restoration of Brain Circulation and Cellular Functions Hours Post-mortem». Era extraordinario, puesto que aportaba un relato pormenorizado de cómo él y su equipo devolvieron la vida a los cerebros de treinta y dos cerdos decapitados, reviviéndolos dentro de un periodo de hasta catorce horas después de ocurrida la muerte.

De inmediato, los titulares de las noticias se extendieron por todo el mundo como un reguero de pólvora. «“Parcialmente vivos”: científicos resucitan neuronas en cerdos sin vida», titulaba el New York Times. The Guardian informaba: «Cuatro horas después de la muerte, científicos restauran algunas funciones en las neuronas de cerdos muertos». El Foro Económico Mundial reportaba: «Actividad neuronal básica en cerebros de cerdo horas después de la muerte». Otro titular era: «Cerebros de cerdo parcialmente reanimados por científicos varias horas después de la muerte». Titulares similares aparecieron en los principales medios de comunicación y en todos los idiomas y países.

Si bien el descubrimiento de Sestan era la comidilla general, los titulares eran algo decepcionantes, dado lo que se terminaba de descubrir. Los medios de comunicación informaban de que los cerebros no estaban en realidad vivos y de que se había restablecido una vaga actividad «celular limitada» o una función cerebral «parcial». Estas informaciones eran bastante inexactas y francamente engañosas. Los periódicos restaron importancia al descubrimiento. Sestan terminaba de poner fin —casi sin ayuda de nadie— a la suposición de que vida y muerte son entidades binarias y fácilmente separables y de que, una vez que se abandona la orilla segura de la vida, no hay vuelta atrás. ¿Qué significa la muerte si puede invertirse y la vida puede recuperarse en una, dos, cuatro, ocho o diez horas? Una cosa es abordar esta cuestión desde la perspectiva de un investigador y científico, pero ¿qué significa para todos y cada uno de nosotros como seres humanos, y de qué manera repercute en un jurista, un especialista en ética, un teólogo o un filósofo? Y lo que es más importante, ¿qué dirán de su experiencia en esta recién descubierta zona gris de la muerte las personas que recuperen la vida tras haber traspasado los límites biológicos de la muerte?

El profesor Steve Waxman, neurólogo jefe de la Universidad de Yale, aconsejó a Sestan que entendiera que «eso tendría un efecto profundo en la consciencia de la gente relacionada con la muerte […], [porque] la gente piensa que se trata de un evento binario: o estás vivo o estás muerto». Y añadió: «No estamos preparados [para tratar con lo que va a ocurrir]. No hemos pensado lo suficiente en ello y debemos tener sumo cuidado con lo que decimos».

Por ponerlo en perspectiva, sería como si un científico descubriese un fármaco capaz de curar todas las formas de cáncer —incluso el cáncer terminal— a las pocas horas de su administración, pero los medios de comunicación informaran de que, sin indicar su verdadero potencial curativo, el fármaco tiene una cierta actividad «celular limitada» contra las células cancerosas.

Por el contrario, en ocasiones se formulaban suposiciones extravagantes y francamente incorrectas e infundadas acerca de la ausencia de vida y consciencia. Así lo ejemplifica The Guardian cuando escribió: «Los cerebros no estaban vivos ni poseían consciencia […] Algunas neuronas incluso empezaron a activarse. Sin embargo, no había signos de actividad eléctrica coordinada en el cerebro, lo que indica sensibilidad». El equipo tenía anestésicos a mano por si la actividad cerebral indicaba consciencia. Pero no ocurrió eso».

El estudio demostraba que los cerebros de mamíferos muertos pueden ser reanimados por completo (no solo parcialmente), y que la tecnología BrainEx podía adaptarse para reanimar a seres humanos fallecidos. Sestan y su equipo devolvieron completamente la vida —me refiero a todos los aspectos de las funciones cerebrales medidas— a cerebros de cerdos que llevaban decapitados catorce horas. El hecho de que no se detectara consciencia —sentiencia— se debía simplemente a que la solución BrainEx incluía un fármaco que actuaba como anestésico y bloqueaba la transmisión eléctrica. Dado que utilizaban la transmisión eléctrica a través del cerebro como signo de consciencia, por supuesto no la observaron. Es muy probable que lo hubieran hecho si hubiesen eliminado ese fármaco de la solución. Se trataba de un descubrimiento enorme. ¿Podía haber algún acontecimiento más importante que la fórmula para revertir la muerte? Estaba desconcertado. ¿Cómo era posible que algo tan importante se divulgase de manera tan burda y se le restara la importancia que merecía? Incluso la mayoría de los expertos, que eran citados por los medios de comunicación, parecían ignorar las enormes ramificaciones que este y otros avances científicos recientes tienen en nuestra comprensión de lo que ocurre cuando morimos y la posibilidad de restaurar posteriormente la vida.

Leyendo entre líneas, es evidente que la minimización de los resultados del estudio nació en realidad de un esfuerzo de colaboración dirigido por los investigadores, el personal de los NIH y el personal de la Universidad de Yale. Una de las claves para entender lo que ocurrió entre bastidores se encuentra en la conversación que mantuve con el escritor científico Jules Asher, que trabajó en el comunicado de prensa oficial de los NIH y se jubiló pocos meses después en la Office of Science Policy, Planning, and Communications de los NIH, tras cuarenta y cinco años de actividad.

Cuando hablé con Asher en el verano de 2020, me explicó que los equipos de relaciones públicas de los NIH y la Universidad de Yale decidieron deliberadamente trabajar juntos para suavizar en gran medida los resultados del estudio de cara a la opinión pública. «Sencillamente —me comentó— no sabíamos qué hacer con estos resultados. De manera que decidimos utilizar un lenguaje impreciso para restarles importancia, sobre todo a los resultados que tenían que ver con cuestiones relacionadas con la vida y la muerte. No sabíamos lo suficiente al respecto. Por eso decidimos ser cautelosos».

Habían redactado el comunicado de prensa con suma atención, entretejiendo las palabras con moderación para no provocar el frenesí de las masas.

Se parecía a la forma en que los partidos políticos y los gobiernos utilizan el lenguaje para ocultar determinados hechos al público y a los medios de comunicación. Sin duda, esto no es lo que esperamos de nuestros científicos, nuestras agencias de financiación y nuestras universidades. El esfuerzo cuidadoso y colectivo funcionó, alejando a los medios de comunicación mundiales de las conclusiones reales del estudio.

Esto se ejemplifica con el uso deliberado de un tipo de lenguaje que parecía científico, pero era ilógico y contradictorio, con el fin de desviar la atención de cualquier posible debate acerca del restablecimiento de la vida en los cerebros de cerdos muertos. Los medios de comunicación informaron erróneamente de que no se había restablecido la vida, citando a Zvonimir Vrselja, un investigador que trabajaba con Sestan: «Desde el punto de vista clínico, no se trata de un cerebro vivo, sino de un cerebro celularmente activo».

¿Cómo puede alguien afirmar que un cerebro celularmente activo (es decir, biológicamente activo) no está vivo? ¿Acaso la definición de lo que es la vida no está relacionada con la actividad biológica? Esto era incoherente con cualquier realidad clínica o científica. Sin embargo, nadie parecía cuestionarlo. Siguiendo esa misma lógica, entonces, todos y cada uno de nosotros con cerebros biológicamente activos debemos redefinirnos como poseedores no de un «cerebro vivo», sino de un «cerebro celularmente activo». La cita selectiva funcionó increíblemente bien y, tal como pretendía, engañó a todo el mundo.

El propio Sestan y la mayoría de las personas implicadas de los NIH en el comunicado de prensa debatieron juntos, en las instalaciones de los NIH un año antes de la publicación del estudio, acerca de cómo los cerebros de cerdo estaban vivos, pero en coma. A eso precisamente se refirió el doctor Moreno. Sestan también mencionó el hecho de que, si simplemente hubieran eliminado los fármacos bloqueadores y esperado un poco más, habrían visto manifestarse en esos cerebros una actividad eléctrica completa y concomitante con la consciencia, el conocimiento y los procesos de pensamiento. Por ese motivo, llegó a la conclusión de que era posible restaurar la sensibilidad y la consciencia —o la actividad de la mente— en esos cerebros de cerdo sin vida.

El estudio abordaba cuestiones fundamentales acerca de lo que significa vivir y morir. Sin embargo, el comunicado de prensa minimizaba los resultados, y estos se vieron atenuados e incluso silenciados por las personas que financiaron y llevaron a cabo el propio trabajo. Estupefactos y asombrados por sus implicaciones para la humanidad, solo aquellos con la perspicacia científica imprescindible para ver a través de la farsa pudieron descifrar realmente las conclusiones del estudio. Los científicos y el personal de los NIH que financiaron el estudio estaban mal preparados para hacer frente a las implicaciones. Necesitaban tiempo para asimilar la enormidad de lo ocurrido. Su descubrimiento era demasiado vasto, profundo, rápido e inesperado. No tuvieron tiempo suficiente para asimilar sus consecuencias. Por ello, se sintieron obligados a ser prudentes y extremadamente cautelosos.

El público espera, con razón, respuestas meditadas por parte de los científicos. Sestan reconocía que a él también le sorprendieron los resultados del estudio. «Yo mismo no lo entendía en profundidad, y esa es la clave».

Se había topado con algo mucho más grande de lo que podría imaginar en sus sueños más atrevidos.

No hubo malicia en la divulgación de los resultados, simplemente extrema cautela. Detrás del enrevesado lenguaje y el giro mediático, el hecho seguía siendo que la tecnología y la ciencia de BrainEx eran la clave para devolver la vida tras la muerte.

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Pero no pasó mucho tiempo antes de que las fichas de dominó siguiesen cayendo. Inspirado de entrada por los progresos de Sestan, otro grupo de científicos continuó ampliando la fronteras de la muerte y, en mayo del año 2022, publicó los resultados de sus esfuerzos. Gracias a la colaboración entre Scripps Research y la Universidad de Utah, los científicos Fans Vinberg y Anne Hanneken tomaron los ojos de personas muertas cinco horas después de su fallecimiento y les devolvieron las funciones nerviosas y sensoriales de recepción de la luz. Antes del trabajo de Sestan, eso parecía impensable. Sin embargo, ahora se contemplaba e incluso se conseguía con éxito en relativamente poco tiempo.