Mujer soltera busca pianista - Kat French - E-Book
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Mujer soltera busca pianista E-Book

Kat French

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Beschreibung

Encontrar el amor no es siempre cuestión de blanco y negro… Lleno de humor, de intenso romanticismo y con un protagonista fascinante, este es el mejor libro para disfrutar de una divertida lectura. Yo: rubia, romántica incurable, encargada de una tienda benéfica Tú: inteligente, de buen corazón, pianista y dios del sexo. Honey Jones tiene un problema: nunca ha tenido un novio que la haya satisfecho… Por suerte, sus amigas, Nell y Tash, están decididas a ayudar, y así comienza la búsqueda del hombre perfecto para Honey. Pero, cuando un desconocido se muda al piso de enfrente, el plan enseguida empieza a torcerse. Hal es reservado, maleducado y no cumple los requisitos de Honey. Salvo quizá uno… "Una comedia chispeante con un fabuloso reparto de personajes". "Me he reído, he llorado, he gritado y he suspirado hasta llegar al final". "Romanticismo, momentos ardientes, momentos cómicos, comentarios ingeniosos, momentos profundos y tristes también, una comedia romántica muy carismática y tremendamente divertida". Críticas de las lectoras de Amazon "Mujer soltera busca pianista es un libro divertido, tierno y muy refrescante. Sus personajes son una maravilla y seguro que quedáis prendados de la protagonista. Aporta un aire nuevo al género." El rincón de Leyna

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Seitenzahl: 485

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2015 Kat French

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Título español: Mujer soltera busca pianista, 201 - enero 2016

Título original: The Piano Man Project

Publicado originalmente por HarperCollins Publishers Limited, UK

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial

en cualquier formato o soporte.

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Publishers Limited, UK.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto

de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con

persona, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o

situaciones son pura coincidencia.

® TOP NOVEL es marca registrada por Harlequin Enterprises Limited.

HarperCollins Ibérica es marca registrada por HarperCollins.

® y TM son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas

con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina

Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Traductor: Carlos Ramos Malave

Imagen de cubierta: Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-687-7832-7

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Dedicatoria

 

Para James, con todo mi amor. Ser un gruñón es lo más sexy ahora, ¿verdad? Tienes que ponerte con eso de la cocina… Un beso.

Capítulo 1

 

—¿No te parece que es un poco triste comprarte un vibrador nuevo por San Valentín? —Honey agarró el estridente modelo rosa y lo miró con asco.

—¿Por qué? —Tash se rio—. El último fue el mejor novio que he tenido nunca. Cuando se me estropeó, lo enterré en el jardín de atrás y planté encima un cactus fálico a modo de tributo.

—¿Cómo diablos lo rompiste, por cierto? —Honey frunció el ceño mientras contemplaba el trozo de plástico rosa que tenía en la mano. Parecía indestructible.

—Exceso de uso, probablemente —intervino Nell, situada a su otro lado. Con sus enormes ojos marrones y su elegante moño, era la viva imagen de la ordenada perfección.

—No todas nos pasamos la vida horneando galletas, Nellie —respondió Tash.

Nell resopló.

—No te oigo quejarte cuando esas galletas acaban en tu cocina.

—Cierto —Tash se rio—. Pues no esperes encontrar un nuevo cortapastas aquí. Aunque tal vez deberías. Pagaría mucho dinero por ver a tu suegra mojando en el té galletas con forma de pene.

Nell le dirigió una sonrisa sarcástica, aunque en el fondo le afectaba la broma inocente de Tash. ¿Su vida se reducía a preparar galletas? Contempló los extraños objetos que poblaban las estanterías y pensó que era probable. Frunció el ceño, concentrada. Había leído suficientes libros y revistas para saber que un matrimonio rancio estaba a un paso del desastre.

Tanto en la vida como en el aspecto físico, Nell y Tash eran polos opuestos, y Honey sabía que su lugar en el mundo estaba entre ellas. Si fueran un semáforo, Tash sería el verde; con sus ojos color esmeralda y esas sonrisas que hacían que los hombres cayeran rendidos a sus pies. Nell sería el rojo; stop, no cruzar, clara y directa. Para Honey el ámbar. Cálida, sin estar nunca segura, a la que había que aproximarse con cuidado. O mejor no aproximarse en absoluto, a juzgar por la ausencia absoluta de hombres decentes en su vida.

—Se oxidó —Tash escudriñó las estanterías con mirada de experta mientras sus caóticos mechones pelirrojos se agitaban sobre sus hombros—. No preguntes. Oh, gracias a Dios, uno resistente al agua —agarró un vibrador brillante color turquesa y le dio un beso a la caja—. Hola, guapo. Te necesito en mi vida —lo dejó caer en su cesta con una sonrisa.

—¿Qué me dices de ti, Honey, bonita? ¿Algo para el fin de semana? —Tash señaló el ejército de vibradores alineados en la estantería como un pelotón de solados dispuestos a entrar en acción.

—No es mi estilo —respondió Honey mientras dejaba el vibrador rosa de nuevo en su lugar.

—No tienes por qué ser tan estirada —dijo Tash—. Quiero decir que hace ya bastante desde la última vez que…

—No hace tanto, gracias —respondió Honey. Hacía más de doce meses que había roto con su último novio; aunque Mark nunca había estado realmente cualificado para el título. Honey parecía tener un don para atraer a los hombres equivocados, hombres a los que les interesaba más el fútbol y la cerveza que el romanticismo y las flores. O los orgasmos, más allá de los suyos propios.

Su único novio duradero e importante había sido Sean, un estudiante de Biología que había tratado su cuerpo como si fuera una extensión de sus libros de texto, algo que estudiar en busca de la causa y el efecto. No era de extrañar que su cuerpo se hubiera negado a funcionar bajo tan intenso escrutinio. Había acabado por darle la patada cuando sacó una lupa del cajón de su mesilla antes de desabrocharle los vaqueros.

—¿Honey? —dijo Nell, y Honey se dio cuenta de que tanto Tash como ella estaban mirándola y esperando una respuesta.

—No lo sé. Un año o así, quizá —se encogió de hombros y desvió la mirada de las cejas arqueadas de su amiga.

—¡Joder! ¿Un año entero sin sexo? —Tash echó un segundo vibrador en su cesta—. Te compro este. Es un regalo. Tú lo necesitas más que yo.

—Ja-ja —Honey volvió a sacarlo de la cesta—. Gracias, pero no malgastes tu dinero. A mí no me funcionan.

—Le funcionan a todo el mundo, Honey.

—A mí no.

—¿Lo has probado alguna vez? —preguntó Tash.

—No me hace falta, ¿de acuerdo? —Honey se dio la vuelta, incómoda por el giro que había dado la conversación—. Es solo que no… bueno, ya sabéis.

Tash y Nell la agarraron cada una de un hombro y le dieron la vuelta para que las mirara.

—¿Que no qué? —preguntó Nell con el ceño fruncido—. ¿No llegas al orgasmo? —susurró.

—No me mires como si fuera una delincuente —murmuró Honey. Un sex shop no era el lugar para hablar de eso. Se sentía como una atea en la catedral de St. Paul—. No soy una mojigata, me gusta el sexo. Pero nunca llego al orgasmo. Tampoco es para tanto.

Tash se quedó mirándola como si le hubiese salido una segunda cabeza.

—¿Que no es para tanto? ¡Claro que lo es! Yo me moriría si no me corriese al menos una vez al día.

—¿Incluso cuando no sales con nadie? —preguntó Nell. Su alianza de bodas brillaba mientras jugueteaba con los botones de su blusa de seda de lunares, recién salida de las páginas de «profesoras glamurosas a las que todos los padres desean» del catálogo de Boden.

Tash acarició con los dedos el paquete de su cesta.

—Os presento a mi nuevo novio.

Honey apartó la mirada. A su alrededor colgaban corazones rojos y brillantes que daban a la tienda el aspecto de una gruta del amor, aunque los maniquíes ataviados con bragas con abertura y sujetadores con los pezones al aire hacían que pareciera más una cueva del sexo que un entorno romántico.

—¿Qué son todas estas cosas? —murmuró Nell con los ojos muy abiertos al atravesar una pesada cortina de terciopelo. Agarró una cuerda con cuentas ensartadas y se la enrolló en la muñeca—. No sabía que también vendieran joyas —giró el brazo para contemplarlas—. Me irían perfectas con mi nuevo vestido morado.

Tash se rio.

—Sí. Es muy considerado por su parte que fabriquen bolas anales multiusos.

Nell se las quitó de golpe y las mejillas se le pusieron del mismo color violeta que las bolas que acababa de soltar.

—Eso es asqueroso.

—No lo descartes hasta que no lo hayas probado, amiga —dijo Tash arqueando una ceja.

Nell se sentó y cruzó los tobillos; era la viva imagen de una recatada maestra de escuela.

—Creo que os esperaré aquí.

—De acuerdo. Pero que sepas que estás sentada en un sillón del sexo —respondió Tash.

—¡Dios! —Nell se puso en pie de un brinco y se alisó con las manos la falda de tubo azul marino—. ¿Es que no hay nada normal en este sitio?

—Esto es normal, Nell. Probablemente a Simon le encantaría verte con unas bragas con abertura.

—Desde luego que no. Me diría que las devolviera porque les faltaba una parte.

Tash sacudió la cabeza y resopló.

—Pues sí, seguramente sí.

Honey se quitó de las muñecas las esposas que había estado examinando y sonrió. Simon y Nell eran la pareja perfecta. Novios desde pequeños. Probablemente a Simon le diese un ataque al corazón si Nell se pusiera algo más provocador que las clásicas bragas blancas de algodón.

—Venga, Nell, vamos a sacarte de aquí. Tash, te veremos dentro de cinco minutos en el sitio de al lado.

 

 

—Bueno, Honey, sobre lo de los orgasmos —dijo Tash al sentarse a la mesa en el abarrotado bar diez minutos más tarde. Honey suspiró.

—Dios, Tash, no empieces. No me hace falta hablar de esto.

—De acuerdo, de acuerdo, tienes razón —intervino Nell—. Pero… cuando has dicho que no llegas al orgasmo, no querías decir que nunca has… ¿verdad?

Honey alcanzó su copa de vino con resignación.

—En realidad no me importa.

—Pues debería. Es malo para tu salud, cuanto menos.

—No, Tash. Sería malo para tu salud. Yo no echo de menos algo que nunca he tenido.

—¿Estás cien por cien segura de que nunca has tenido uno? —preguntó Nell.

—Dios, Nell. Si alguna vez ha tenido uno y no se ha dado cuenta, entonces sí que le pasa algo.

Honey se aclaró la garganta.

—Eh, sigo aquí, ¿os acordáis?

—Es que, para ser sincera, no entiendo cómo puedes no tenerlo cuando estás en el momento álgido de la pasión —dijo Tash, que parecía verdaderamente perpleja—. Debes de haberte acostado con los hombres equivocados, Honey.

—No es culpa de nadie —dijo Honey encogiéndose de hombros.

—¿Crees que te preocupas demasiado por ello y entonces te resulta imposible relajarte lo suficiente para que suceda? —preguntó Nell con el ceño fruncido.

Honey negó con la cabeza.

—Por favor… dejadlo ya. No me preocupa y estoy relajada. No espero que ocurra y no ocurre, así que pasemos a otro tema, ¿de acuerdo?

—No puedo creerme que seamos amigas desde hace diez años y nunca lo hayas mencionado.

—Porque realmente no es para tanto.

Nell y Tash alcanzaron sus copas con algo muy parecido a una cara de pena.

Tash entornó los párpados.

—¿Cuándo fue la última vez que flirteaste con un hombre?

Honey hizo girar sus pulseras, un conjunto de metales dorados y coloridos. Los hombres con los que merecía la pena flirtear escaseaban en su día a día. Contempló brevemente la idea de flirtear con Eric el Baboso, que se pasaba de vez en cuando por la tienda benéfica que regentaba, pero la idea le produjo náuseas. Ya intentaba agarrarle el culo casi todos los días sin que ella hiciera nada. Si encima lo alentaba, la invitaría a ver sus viejos calzoncillos mientras veían un episodio de Cazatesoros en su vivienda especial para incapacitados.

—No te acuerdas, ¿verdad?

Honey negó con la cabeza y suspiró.

—Es que no conozco hombres con los que poder flirtear. Me paso el día atendiendo a ancianos y las pocas veces que conozco a alguien atractivo siempre acaba siendo un imbécil.

—Es que has estado con los hombres equivocados —dijo Nell.

Honey no podía quitarle la razón. Los pocos hombres con los que se había acostado no ganarían ningún premio a la mejor técnica, pero en el fondo sabía que era más que eso. Simplemente había nacido sin el gen del orgasmo. Era un hecho.

—Vamos a elegirte a alguien —dijo Tash.

—¡Ni hablar! —Honey se imaginaba el tipo de hombres que le propondrían sus amigas; playboys de la jet set con bronceados artificiales por un lado, profesores en prácticas con sandalias por el otro.

—¿Sabes lo que necesitas? —preguntó Tash apuntándola con su copa—. Un rasgo específico. Algo que separe a los hombres de los niños.

—No te sigo.

—Bueno, mírame a mí. Mi rasgo específico es el dinero. Sin dinero no hay nada que hacer.

—Eres muy superficial —dijo Nell riéndose.

Tash se encogió de hombros.

—Prefiero decir realista.

—Bueno, a mí no me van los ricos.

—No, pero tiene que haber algo —insistió Tash.

—Un buen padre. Ese era mi rasgo específico —dijo Nell con una sonrisa distante, pensando sin duda en Simon y en su hija de un año. Ella nunca había conocido a su padre, así que Simon era su amante, su amigo y su héroe en una sola persona.

Michael Bublé cantaba algo sentimental por el altavoz situado detrás de la oreja de Honey.

—¿Crees que puedes organizarme una cita con Michael Bublé?

—Eso es mucho pedir, amiga —Tash se irguió en su silla—. Pero… eso me acaba de dar una idea de cuál es tu rasgo específico —se detuvo y le brillaron los ojos—. Necesitas un pianista.

Nell se rio.

—¿Dónde diablos va a encontrar un pianista por aquí?

—Oye, si puedes encontrarme a un Bublé o a un Robert Downey Jr, me apunto —dijo Honey.

—Piénsalo. Todas esas horas practicando escalas harán que tenga unas manos talentosas —Tash se entusiasmó con el tema—. Y solo los hombres listos y sensibles se molestarían en aprender a tocar el piano —parecía demasiado segura como para que alguien cuestionara su lógica.

—Tash tiene razón, Hon —intervino Nell—. Necesitas un pianista.

—Pues no conozco a ninguno.

—Todavía —contestó Tash guiñando un ojo—. Pero lo harás.

—¿Cómo? —Honey alcanzó la botella de vino.

—Ni idea —dijo Tash acercándole su copa.

Nell sonrió.

—Tenemos que buscar en páginas de citas.

—¡Ni hablar! —a Honey le entró el pánico y derramó el vino sobre la mesa—. No pienso registrarme en una web de citas.

Tash y Nell se miraron.

—Claro que no —dijo Nell. Tash tosió.

Honey entornó los párpados.

—¿Tenéis los dedos cruzados en la espalda?

Nell negó con la cabeza y descruzó los dedos.

—No se me ocurre ningún otro pianista famoso, y mucho menos tipos normales —dijo Honey frunciendo el ceño.

—¿Elton John? —sugirió Tash.

—Es gay. Y está casado. No quiero hombres casados. Ni gays.

—¿Liberace?

—Genial. También gay y además está muerto.

—De acuerdo —dijo Nell—. Así que buscamos pianistas vivos y heteros a los que les gusten las rubias bohemias.

—Y guapo —dijo Honey—. Tiene que ser guapo.

—Bueno, a mí me parece perfecto —intervino Tash—. De un solo plumazo has logrado eliminar al noventa y nueve por ciento de la población masculina, dejando solo un pequeño estanque en el que echar la caña y obtener la captura del día.

Honey se rio y negó con la cabeza para borrar de su mente la imagen de sí misma con botas de pescador sacando del agua a un reticente Michael Bublé.

—Un pianista con pinta de pescado. El sueño de cualquier chica.

 

 

Hal oyó las risas de mujer y las puertas que se cerraban de golpe en el recibidor bien pasada la medianoche y se tapó la cabeza con aquella almohada dura con la que no estaba familiarizado.

Genial. Su nueva vecina tenía una risa estridente y no respetaba al resto de habitantes del edificio. Si hubiera estado de buen humor, tal vez hubiera reparado en el hecho de que ella no tenía ni idea de que se había mudado esa misma tarde, pero su risa le molestaba demasiado como para ser razonable. La risa le molestaba. Igual que la gente. La gente que se reía era particularmente insufrible. Llevaba allí menos de un día, pero ya odiaba aquel edificio.

Capítulo 2

 

Honey entornó los párpados como un gremlin para protegerse del brillo del sol de la mañana. ¿O era por la tarde? Tras pasar la mañana tirada en el sofá, la resaca había sido reemplazada por la necesidad de tomarse un sándwich de beicon y una jarra de café. Tras encender el fuego y poner el beicon en la plancha, empezó a sentirse un poco mejor y corrió a descolgar el teléfono antes de que saltara el contestador.

—¿Diga?

—Suenas tan mal como yo me encuentro —murmuró Tash—. ¿Qué bebimos anoche? ¿Alcohol de quemar?

—Lo del tequila fue idea tuya —contestó Honey—. ¿Llegaste bien a casa?

—Claro. El taxista me hizo sacar la cabeza por la ventanilla por si acaso vomitaba, pero sí.

Honey se rio al imaginarse a Tash como un perro en unas vacaciones familiares.

—Me pregunto cómo estará Nell.

—Bien, sin duda. Se bebería un litro de agua antes de irse a la cama y tendrá a Simon a mano con Alka-Seltzer y un cuenco de muesli. ¡Qué suerte tiene esa bruja!

Honey conocía a Tash lo suficiente para saber que había cariño tras sus quejas.

—Es culpa nuestra —dijo Honey riéndose—. Nell no tomó tequila. Lo malo es mezclar.

—¿Por qué tiene que ser siempre tan sensata?

—Sí, pero ¿quién preferirías ser esta mañana?

—¿Despertarme junto a Simon, el hombre más aburrido del planeta? —preguntó Tash—. Me quedo con el tequila y el dolor de cabeza, muchas gracias.

Honey soltó un grito cuando un chillido insoportable se le metió en los oídos.

—¿Qué coño es ese ruido? —preguntó Tash a gritos.

—¡Mierda! ¡El detector de humo! Tengo que colgar, Tash. Te quiero.

Honey entró corriendo en la cocina. Humo y beicon quemado. Doble mierda. Al menos todavía no había llamas. Metió la plancha en el fregadero y se estremeció mientras la desesperante alarma le martilleaba en la ya de por sí dolorida cabeza. Se subió a una silla, pulsó el botón de reinicio y se sintió aliviada cuando el ruido cesó. Después ladeó la cabeza. No se había detenido por completo. Triple mierda. Había liado una buena. Cuando abrió la puerta de la casa, la alarma del recibidor estaba sonando a todo volumen y el maldito trasto estaba demasiado alto para alcanzarlo.

Se tapó los oídos con las manos y dio un respingo cuando se abrió de golpe la puerta del piso situado frente al suyo, que en teoría estaba vacío.

—¿Está ardiendo el puñetero edificio?

Vaya. ¿De dónde había salido ese hombre?

—No, perdón. Se me ha quemado el beicon. Dame un minuto…

Honey trató de ocultar su sorpresa al encontrarse a un hombre despeinado tipo Johnny Depp gritándole en su propio recibidor. Bueno, técnicamente era un recibidor compartido, pero, como el piso de enfrente llevaba meses vacío, ya lo consideraba su territorio.

Lo miró con los párpados entornados. Las gafas de sol a la hora de la comida insinuaban que podía tratarse de otro pobre resacoso. Tal vez fuera una famosa estrella del rock intentando pasar desapercibido. Soñar era gratis. Fuera quien fuera, la camiseta negra gastada que llevaba se pegaba a su cuerpo dejando entrever que estaba en forma, y los tatuajes que tenía en los brazos resultaban sexys. Era una pena que su personalidad le convirtiera en un ser repelente.

—Apaga ese jodido trasto, ¿quieres? Estoy intentando dormir.

—Eh… —Honey se quedó mirando la alarma y le entró el pánico. La cabeza le palpitaba y allí fuera el ruido era aún más fuerte que en su cocina—. Lo haría, pero no llego. ¿Tú podrías alcanzarlo?

Medía bastante más de metro ochenta; si se estiraba, lo conseguiría sin problemas.

—No, no puedo. ¿Qué clase de adulta no sabe preparar beicon? Resuelve tú tus propios problemas —sonrió con desprecio y cerró de un portazo.

Honey se quedó atónita. Su vida estaba llena de personas que, en general, eran seres humanos decentes. Era sorprendente encontrarse con alguien tan odioso.

—¡Está bien! —gritó—. De acuerdo. Lo haré yo sola —saltó para intentar golpear el cajetín de la alarma. Fue inútil. Con su metro sesenta y tres, y sin ser muy atlética, resultaría imposible.

Necesitaba un plan B. Se quitó la zapatilla y la lanzó hacia el techo, pero aun así no logró impactar en la alarma. Entonces vio su paraguas de lunares rojos apoyado en un rincón del recibidor. ¡Bingo! ¿Podría alcanzar el botón de reinicio con la punta metálica? Lo intentó, pero el maldito chisme se tambaleaba demasiado para lograr acertar y la proximidad del ruido amenazaba con reventarle los tímpanos.

Dios. La próxima vez que quisiera comer beicon se iría a la cafetería de la esquina.

Honey suspiró y optó por la única línea de acción que le quedaba. Agitó el paraguas por encima de su cabeza y arrancó la alarma del techo. El aparato golpeó con fuerza la puerta de su nuevo vecino y después aterrizó en el suelo con un quejido lastimero antes de apagarse por completo. Ella cerró los ojos aliviada.

Johnny Depp volvió a abrir su puerta.

—¿Qué? —gruñó.

—¿Qué de qué?

—Has llamado a mi puerta.

—Ah —Honey se agachó para recoger la alarma destrozada. Él retrocedió cuando se enderezó, como si su cercanía le ofendiera.

—No he llamado. La alarma ha golpeado tu puerta al caer.

—La has roto.

«¿No me digas, Sherlock?».

—Te sugiero que no intentes volver a cocinar. Podrías reducir a cenizas el maldito edificio.

Su mirada gélida indicaba que no le hacía gracia. Al igual que la puerta que le cerró en las narices. Otra vez.

Imbécil.

—Sé cocinar perfectamente, gracias —gritó, molesta por la suposición. Aquella era su casa. Él estaba en su territorio. Si pensaba que podía llegar e imponerse, estaba muy equivocado.

Como último desafío, el cajetín de la alarma se abrió y la batería cayó patéticamente a los pies de Honey. Soltó una carcajada. Había asesinado al aparato.

Miró hacia la puerta de enfrente.

«Hola, nuevo vecino. Yo también me alegro de conocerte».

Una cosa era segura. Aquel tipo no era como Simon. No tenía un ápice de docilidad o suavidad en su cuerpo. A Tash le encantaría… siempre y cuando estuviera forrado. Recordó entonces la conversación inducida por el vino de la noche anterior. Su rasgo específico. Llamó a su puerta.

—Eh, por casualidad no tocarás el piano, ¿verdad? —gritó, sabiendo que a Nell y a Tash les parecería divertidísimo cuando se lo contara.

No le hizo falta que abriera la puerta para oírle responder «que te den».

 

 

Al otro lado de la puerta, Hal caminó por el pasillo. Diez pasos hasta llegar a la encimera de la cocina, donde había dejado la botella de whisky medio vacía la noche anterior. El cristal frío contra sus palmas sudorosas le ayudó a calmar los nervios. El chillido de la alarma le había hecho ponerse alerta de inmediato.

Estúpida cabeza hueca. «¿Tú podrías alcanzarlo?». Seguía dándole vueltas a su pregunta. Se llevó la botella a los labios y el ardor del whisky hizo que disminuyera su rabia.

La mujer olía a champú de fresas y a beicon quemado al acercarse, y esa risa siempre presente en su voz indicaba que no se tomaba la vida en serio.

Pues debería.

Se tambaleó hacia el dormitorio y caminó hasta golpear con las espinillas el borde del colchón. Las sábanas revueltas le arañaron la piel cuando se dejó caer, con una mano agarrando la botella y la otra con el puño apretado por la frustración. Odiaba aquella casa, y ahora también odiaba a la Chica con Olor a Fresa.

Capítulo 3

 

Honey vació las últimas bolsas de basura el lunes por la mañana y examinó las blusas de poliéster gastadas y las faldas elásticas sin entusiasmo. Al empezar a trabajar en la tienda benéfica, aquel había sido uno de sus momentos favoritos del día; vaciar las inocuas bolsas negras con la esperanza de encontrar algún tesoro vintage, o de que alguna víctima de la moda hubiese hecho limpieza en su armario de verano y se hubiese deshecho de todos los Prada de la temporada anterior para hacer sitio a su colección de invierno.

Pero su esperanza no había tardado en desvanecerse. Honey se había dado cuenta enseguida de que la media de edad de las personas que donaban ropa rondaba los ochenta años. O eso o familias que se deshacían de las posesiones de algún ser querido fallecido. Trajes de dos piezas de alguna cadena de ropa. Vestidos devorados por las polillas o trajes que habían guardado por razones sentimentales que habían muerto junto con los dueños. Joyas de segunda mano con los cierres rotos. Tacitas de té desconchadas que hacía tiempo se habían separado de sus platitos correspondientes. Rígidos bolsos de cuero sintético con las asas de metal y tarjetas de bingo en el fondo, o una carta amarillenta que los parientes no se habían molestado en guardar. Honey nunca lograba deshacerse de todos esos recuerdos, de modo que los almacenaba en un cajón del viejo escritorio que le servía de mesa en la trastienda.

—El té —Lucille se asomó por la puerta de la cocina; llevaba unas medias de compresión y un vestido veraniego de color amarillo con un cinturón de diamantes de imitación. Lucille y su hermana Mimi eran el alma de la tienda benéfica, voluntarias a tiempo completo que no pedían nada a cambio de sus servicios, salvo la compañía y alguna bonita pulsera de forma ocasional. Eran como urracas con el color y el brillo; o más bien un par de coloridos canarios que canturreaban éxitos de la guerra mientras iban de cliente en cliente y batían sus pestañas excesivamente pintadas para estimular una venta. Honey las adoraba a ambas; unas tías fabulosas que ella había elegido a falta de parentesco.

—Gracias, Lucille —dijo mientras aceptaba la delicada taza y el platito—. ¿Mimi aún no ha llegado?

Lucille se agachó para sacar un vestido de lentejuelas de una pila situada a los pies de Honey y lo estiró frente a ella para contemplarlo.

—Anoche tenía visita —sus labios perfectamente pintados se convirtieron en una pequeña frambuesa mientras daba la vuelta al vestido para ver la etiqueta.

—¿De verdad? —Honey dio un silbido—. ¿Otra vez con Billy el de los calcetines tobilleros?

Lucille resopló. Su hermana estaba demasiado encariñada con Billy para su gusto. No entendía qué veía Mimi en él, con su ridículo tupé y esos pantalones morados indecentemente ajustados para alguien que tenía más de ochenta años.

Honey agachó la cabeza para disimular su sonrisa. Tanto Lucille como Mimi vivían temiendo que la otra se marchara, cuando la historia debería haberles enseñado lo contrario. Los hombres habían entrado y salido de sus vidas, pero su vínculo fraternal había permanecido inmune a las relaciones románticas. Era un vínculo que Honey entendía bien, pues había pasado su infancia en ese cómodo lugar entre su hermana mayor Bluebell y su hermana pequeña, Tigerlily, que también tenía un nombre fantástico. Su madre, Jane, una actriz frustrada que se había quedado para siempre con el apodo de «Jane la sosa», se había asegurado de que sus hijas nunca sufrieran la misma indignidad del anonimato.

Honey terminó de distribuir la ropa entre la pila para lavar y la pila para planchar y pasó a quitarle la cinta adhesiva a una caja de cartón medio rota. El olor a humedad de las posesiones almacenadas hace tiempo se le metió por la nariz al levantar la tapa y, justo cuando estaba a punto de meter la mano para retirar la capa superior de papel de periódico amarillento, sonó el teléfono en el despacho.

—Probablemente sea Mimi, que llama para decir que sigue indispuesta —dijo Lucille arqueando las cejas como si estuviera escandalizada.

Honey sonrió ante la idea encontrarse demasiado consumida por la pasión como para ir a trabajar a la edad de ochenta y tres años.

—Espero que así sea.

Pero, cuando descolgó el auricular, se sintió doblemente decepcionada. Primero, no era Mimi enamorada y, segundo, era Christopher, el gerente de la tienda y de la residencia de ancianos asociada. Un hombre con mucha influencia y ningún carisma, cosa que disimulaba con una oficiosidad extrema y agotadora.

—Reunión de personal. A las diecisiete horas. No llegues tarde o empezaré sin ti.

—Pero si no cerramos hasta las cinco.

—Pues cerrad antes. Tampoco es que seáis Tesco, ¿no? Y no traigas a esas dos ancianas. Solo personal con un sueldo. ¿Queda claro?

—Como el agua, Christopher. Como el agua.

Honey suspiró al oír que se cortaba la conexión.

—Sí. Adiós a ti también —murmuró a la nada. ¿Tanto le costaría a ese hombre fingir un poco de amabilidad? No entendía cómo lograba que la gente le confiara el cuidado de sus ancianos. Ella no le dejaría cuidar ni de un hámster. Era una pena que su seguridad económica estuviera en sus manos pequeñas y sudorosas.

 

 

Varias horas más tarde, en las que apenas pasó nada, Honey dejó las bolsas de plástico frente a la puerta de entrada y suspiró aliviada mientras flexionaba los dedos, doloridos por las bolsas. Las alubias cocidas y los tomates en lata pesaban, pero eran esenciales en la lista de la compra de alguien que no cocinaba.

El corazón le dio un vuelco al oír el ruido de los cristales rotos cuando empujó la puerta con el hombro. Mierda. ¿Habrían entrado a robar? Honey examinó los paneles intactos de la puerta de cristal, confusa, hasta que se fijó en los tulipanes rosas tirados por el suelo del recibidor. Los mismos tulipanes rosas que había colocado en su jarrón de cristal favorito en el recibidor un par de días antes para verlos al llegar a casa. O al menos era su jarrón favorito hasta ahora. No había manera de arreglarlo; quien fuera que lo hubiera roto había hecho un buen trabajo.

A jugar por el rocío de las flores y la enorme mancha de humedad en el suelo, había ocurrido recientemente y, dado que el resto de cosas del recibidor estaba en perfecto estado, solo había un posible culpable. Solo una persona podría pasar por allí, tirar su jarrón y ni siquiera molestarse en limpiarlo o dejarle una nota disculpándose.

Muchas gracias, Johnny Depp.

Honey cerró de golpe la puerta del recibidor y se quedó apoyada en ella. Había acabado siendo un día infernal. Las palabras de Christopher durante la reunión de personal seguían pasando por su cabeza como esa cinta informativa en los canales de noticias veinticuatro horas. «Recorte en la subvención. Amenaza de cierre. Seis meses. Periodo de consulta».

La tienda estaba en la cuerda floja y, a no ser que consiguieran más subvenciones pronto, cerrarían en cuestión de meses. Y no era solo la tienda benéfica; la residencia de ancianos también pendía de un hilo y dejaba a treinta residentes en la calle. ¿Qué haces cuando te encuentras de pronto en la calle a los noventa y siete años? Honey no tenía ni idea y Christopher no le había ofrecido prácticamente ninguna respuesta. El día había ido de mal en peor al volver a casa con las bolsas de la compra en el autobús abarrotado, de pie junto a un adolescente borracho que le había tocado el culo al menos dos veces. Había tenido suerte de no haber acabado con una lata de alubias estampada en la cabeza, pero Honey se había quedado sin ganas de pelear. Hasta ahora.

Ver su bonito jarrón roto y las flores marchitas en el suelo resultó ser la gota que colmó el vaso.

—¡Eh, estrella del rock! —gritó en dirección a la puerta de su vecino mientras se abría paso entre los cristales rotos—. ¡Gracias por nada! —dejó caer las bolsas de la compra frente a su puerta y se apoyó en ella—. Ese era mi jarrón favorito. Para que lo sepas.

Se quedó callada. Silencio, a pesar de estar segura de haber oído movimiento al otro lado de la puerta.

—Muy bien. Entonces te enviaré la factura, ¿de acuerdo?

En realidad lo había comprado en el trabajo por cincuenta peniques, pero era bonito y el silencio de su vecino la enervaba. Estaba ahí dentro, de eso estaba segura. Aunque, pensándolo bien, Honey no recordaba haber visto sus luces encendidas al pasar frente a sus ventanas. Un día más, una resaca más. Una pena.

—No eres el único que ha tenido un mal día, ¿sabes? Yo he estado a punto de perder mi trabajo —se arrepintió de aquello nada más decirlo. ¿Por qué estaba contándole sus problemas a un completo desconocido? Peor aún, gritándoselos a alguien que obviamente era demasiado arrogante para preocuparse por ello.

 

 

Hal estaba tumbado en el sofá, con las gafas de sol y los ojos cerrados pese a estar completamente despierto, haciendo un gran esfuerzo por estarse quieto en vez de salir ahí fuera y estrangular a la Chica con Olor a Fresa. Flores. Malditas flores.

¿Salir ahí fuera? ¿A quién pretendía engañar? Le había llevado casi diez minutos salir al recibidor aquella tarde. Lo único que había querido era abrir su maldita puerta. Impedir que el vendedor a domicilio la aporreara y los golpes se le metieran en la cabeza.

¿Quién diablos ponía flores frescas en un recibidor común? ¿Cómo iba a saber él que estaban allí? La primera norma de vivir con una persona ciega; no colocar objetos inesperados en su camino. Claro que la Chica con Olor a Fresa no se había dado cuenta aún de que estaba ciego, ¿verdad? Gracias a Dios, porque, cuando se diera cuenta, adoptaría de inmediato la misma actitud que adoptaba la gente con él últimamente, una mezcla vomitiva de compasión y desesperación por hacerle las cosas más fáciles. No deseaba oír ese titubeo en su voz cuando se diera cuenta de que no podía ver, así que se quedó tumbado en el sofá escuchando cómo le regañaba. Aunque tampoco habría podido salir ahí fuera si hubiera querido. No con la entrepierna empapada y las manos pegajosas aún por la sangre después de haberse cortado las manos al intentar recoger los cristales rotos.

Sabía exactamente lo que ella pensaría. Apestaba a whisky y sin duda parecería que había intentado cortarse las venas. Y además probablemente diera la impresión de que se había meado encima.

Otra humillación más en su nuevo mundo.

Y ella pensaba que había tenido un mal día. No tenía ni idea de lo que significaban esas palabras.

 

 

Honey dejó las bolsas sobre la encimera de la cocina y volvió al recibidor con el cepillo y el recogedor. Había albergado una mínima esperanza de que su discurso le hubiera hecho sentir culpable y hubiera salido a recoger el destrozo, pero no hubo suerte. Su puerta permanecía cerrada y las flores seguían tiradas por el suelo. Las rescató una a una y después se puso a barrer los pedazos de cristal. El agua del suelo hacía que fuese una tarea complicada, y unos hilillos rojos llamaron su atención al mezclarse con el cristal y el agua. Frunció el ceño y se detuvo un instante. Si era sangre, entonces tal vez el vecino hubiera tratado de recogerlo después de todo. O tal vez hubiera sufrido un accidente y hubiera tirado las flores por accidente, o quizá hubiese tenido alguna especie de ataque, o se hubiese cortado una arteria con el cristal y en aquel instante yaciera muerto en su piso y sería todo culpa de sus tulipanes. A juzgar por como iba su día, asesinar accidentalmente a su vecino estaba dentro de lo posible. Tras limpiar el suelo, dio unos pocos pasos hacia su puerta y acercó la oreja para escuchar. Nada. Levantó la mano para llamar, pero se detuvo justo antes de que sus nudillos tocaran la superficie. ¿Qué iba a decir si le abría? ¿Si estás muerto o herido, entonces lo siento, pero, si no lo estás, entonces no lo siento en absoluto?

—Hola —gritó con indecisión. Se encontró con el silencio como respuesta y sintió que empezaba a entrarle el pánico—. Hola —volvió a intentarlo con un poco más de fuerza y más firmeza en la voz.

Nada. Apretó el puño y aporreó su puerta.

—¿Estás bien?

En esa ocasión pegó la oreja a la puerta y escuchó con atención. ¿Eran unos pies arrastrándose lo que oía?

 

 

Hal blasfemó en voz baja y se incorporó sobre el sofá. La Chica con Olor a Fresa se estaba convirtiendo en su némesis a toda velocidad. ¿Por qué estaba aporreando su puerta? ¿De verdad quería que le pagase el maldito jarrón?

—Mira, sé que estás ahí. Acabo de oír como te movías.

Hal negó con la cabeza. Era como vivir junto a la nieta superentusiasta de la señorita Marple. Debía de tener la oreja pegada a su puerta.

—Contéstame, ¿quieres? ¿Estás bien?

Joder. Ya estaba intentando cuidar de él y ni siquiera sabía que estaba ciego. Se recordó a sí mismo que debía seguir siendo así durante el mayor tiempo posible. Frunció el ceño por el dolor al girar los hombros y flexionar las palmas lastimadas de las manos.

Debía de haberle oído, porque empezó a golpear la puerta con más fuerza aún.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó mientras él caminaba hacia el recibidor, como si estuviera vigilando a un vecino anciano que hubiera tropezado con su andador. Experimentó un agrio resentimiento.

—¿Qué tengo que hacer para que te vayas? —gruñó a través de la puerta cerrada, y la oyó resoplar con fuerza como si hubiera estado aguantando la respiración. Reina del drama.

—¿Siempre eres así de grosero? —al instante su tono pasó de preocupado a sarcástico.

—Solo con la gente que me molesta —su resoplido de respuesta le hizo sonreír por primera vez desde que se había mudado.

—¿Yo te molesto? ¿Por eso has tirado mi jarrón y has dejado las flores en el suelo? ¿Porque te molesto? —el hecho de que estuviera gritándole hacía que Hal experimentase un placer perverso. Ya nadie le gritaba.

—Más o menos es eso, sí.

En esa ocasión fue su pie el que golpeó la puerta en vez de la mano, y fue con rabia más que con preocupación.

—Cerdo. ¿Qué te he hecho yo? Además de cometer la osadía de hacer saltar el detector de humos e interrumpir tu maldita resaca —su respiración extrañamente acelerada indicaba lo alterada que estaba—. Pues has elegido un mal día para meterte conmigo, tío.

Hal estuvo a punto de reírse. La señorita Marple Jr. acababa de convertirse en Rambo. Se cruzó de brazos, se apoyó en la puerta y esperó a que continuara.

—Al contrario que tú, mi vida no es un sinfín de fiestas y resacas. Yo tengo responsabilidades. Tengo un trabajo. Gente que depende de mí.

La súbita rabia que le provocaron sus palabras hizo que Hal agarrara el picaporte y abriera la puerta de golpe.

—¿Una gran fiesta? ¿Eso es lo que te crees que es esto? —escupió las palabras y señaló con el brazo hacia su propio recibidor.

—No —respondió ella—. Yo diría que es tu guarida. Un lugar en el que descansar y recuperarte de tus resacas —Hal oyó el desdén en su voz y supo que debía de estar fijándose en los detalles de su aspecto desaliñado—. Mírate. Apestas a alcohol y Dios sabe a qué más. Necesitas afeitarte y cambiarte de ropa… —se quedó callada y él supo que estaría sacando conclusiones equivocadas.

Le molestaba enormemente. Antes del accidente no era un hombre dado a los histerismos, pero últimamente le costaba mucho más trabajo mantener la compostura. Las acusaciones de la Chica con Olor a Fresa eran como una granada que alguien le hubiera metido en el cerebro antes de tirar de la anilla.

—¿Mi guarida? —preguntó él—. ¿Mi jodida guarida? —notó que una risa le nacía de las tripas, aunque parecía más bien algo oscuro y feo que intentaba salir de su cuerpo. Sacudió todo su cuerpo y oyó como le salía de la boca; un sonido áspero y extraño a camino entre una carcajada y un grito de rabia—. Esta no es mi guarida —gruñó cuando recuperó el habla—. Es mi puñetera cárcel.

La Chica con Olor a Fresa se quedó callada, pero su respiración le decía que seguía allí, mirándolo.

—¿Qué? —preguntó al fin. Su voz ya no sonaba enfadada, sino asombrada y tal vez temerosa. Hal la oyó y supo que la tenía contra las cuerdas. Sería muy fácil entrar a matar, revelar su ceguera y hacer que se deshiciera en disculpas. En su vida anterior había disfrutado teniendo el control, y la necesidad de tener el control sobre ella resultaba acuciante. Su vena agresiva había ayudado a convertirlo en una de las mayores estrellas del país en la industria de la restauración. Y le encantaba. El dinero. Los coches. Los clientes famosos. Las chicas. Una chica en particular. Y lo había perdido todo en un segundo de distracción.

Ahora la vida era distinta. Se componía de las cuatro paredes de aquel piso, de la tele que casi se alegraba de no poder ver y deseaba no poder oír y de las cenas precocinadas que sabían a las cajas en las que venían.

Frunció el ceño y suspiró con fuerza. Todo se había ido al infierno, pero la Chica con Olor a Fresa no tenía la culpa de eso. Tal vez todo lo demás hubiera cambiado en su vida, pero asustar a las mujeres nunca había sido su estilo y no pensaba empezar ahora.

—No —respondió—. Tienes razón. No lo comprendes y espero por tu bien que nunca tengas que hacerlo. ¿Puedo irme ahora que ya has sido una buena scout y has venido a ver cómo estaba tu vecino necesitado?

Hal la oyó tomar aire para responder, pero cerró la puerta para no tener que escucharla.

Capítulo 4

 

—Fue muy extraño, Nell. Tenía sangre en las manos y un aspecto horrible.

Honey se sentó en uno de los taburetes de la barra del desayuno de Nell, con la pequeña Ava dormida en brazos.

—Tal vez sea un vampiro —Nell cerró el lavavajillas y se dio la vuelta con una mirada de sobresalto—. Dios, no pensarás que había estado intentando…

Honey negó con la cabeza.

—No tenía cortes en las muñecas, si es a eso a lo que te refieres. Me fijé. Era en las manos, pero en las dos. Es raro, ¿no? Creo que había intentado recoger los trozos de cristal del jarrón, pero entonces, ¿por qué iba a ser tan torpe? ¡Y encima no terminó el trabajo!

—Es raro que llame cárcel a su casa —dijo Nell.

Honey miró a su alrededor y contempló aquella cocina cálida y acogedora. El bonito y ordenado hogar de Nell recibía con los brazos abiertos a cualquiera que entrara por su puerta. Solo estar allí era un bálsamo para sus nervios alterados.

—Estaba enfadado, Nell. Muy enfadado.

Nell frunció el ceño.

—No me gusta que vivas sola junto a él, Honey.

—Esa es otra cosa que me extraña —Honey alcanzó su taza de café—. No me da miedo, al menos en ese sentido. En todo caso siento pena por él.

Nell se apoyó contra la encimera de la cocina con su taza de café humeante entre las manos.

—Pues creo que yo no. Desde que se mudó solo ha sido grosero contigo.

—Bueno, no voy a nominarlo al mejor vecino del año, eso seguro —Honey acarició los frágiles deditos del bebé y le conmovió ver lo vulnerable e inocente que era. No podía imaginarse que el hombre con el que ahora compartía casa hubiera sido así alguna vez. No tenía ni idea de quién era, pero algo le había ocurrido. Algo horrible, y eso le había convertido en la persona más enfadada y amargada que había conocido jamás.

—Tash me ha escrito esta mañana desde Dubái —dijo Nell para cambiar de tema.

Honey contempló la lluvia que caía al otro lado de la ventana y su hilo de pensamiento se vio interrumpido.

—¡Qué afortunada! No hace más que quejarse de ese trabajo, pero al menos ella puede ver el sol de vez en cuando.

—Te ha encontrado un pianista.

Honey levantó abruptamente la mirada.

—Dios, Nell. Era una broma. ¿Habla en serio?

Nell se encogió de hombros y disimuló una sonrisa.

—Yo creo que sí. Te llamará mañana cuando llegue a casa.

—Nell, estoy a punto de perder mi trabajo y Freddy Krueger acaba de mudarse al piso de enfrente. ¿Crees que necesito más complicaciones en mi vida ahora mismo?

Ava se agitó, inquieta por los nervios de Honey.

—Probablemente no —admitió Nell—. Pero ¿y si se parece a Michael Bublé?

Honey sonrió.

—Entonces dejaría que me invitara a cenar.

Nell le quitó a la niña de encima, la acunó entre sus brazos y Ava volvió a quedarse dormida.

—Entonces espera a ver, ¿de acuerdo? —su amiga le guiñó un ojo mientras se dirigía hacia el piso de arriba para acostar al bebé. Honey suspiró. El tiempo plomizo del exterior era un reflejo de su estado de ánimo, y la idea de tener que soportar una cita a ciegas con un desconocido para satisfacer a Tash y a Nell no era algo que quisiera sumar a sus preocupaciones.

 

 

Honey pasó por delante de la farmacia de camino a casa, pero retrocedió y entró. Minutos más tarde, salió con una bolsa. Cuando entró en la casa, se dirigió hacia la puerta de su vecino en vez de hacia la suya.

—Eh… ¿hola? —dijo sin llamar, pues seguramente la habría oído entrar. Distinguió el sonido distante de la música, algo que parecía heavy metal. Tal vez no la hubiera oído después de todo. Llamó a la puerta con la fuerza suficiente como para que pudiera oírla, aunque esperaba que no con la demasiada como para resultar molesta. Esperó y volvió a llamar al no obtener respuesta.

—Tengo una cosa para ti —gritó. Como respuesta él subió considerablemente el volumen de la música, tanto como para ahogar cualquier otro intento de conversación por su parte. Honey negó con la cabeza y gruñó frustrada. Realmente era una pesadilla de vecino. Se agachó y dejó la bolsa apoyada contra su puerta. Transcurridos unos segundos de incertidumbre, se dio la vuelta y lo dejó solo regodeándose en su tristeza.

 

 

Hal se sentó en aquel sillón duro e incómodo con los antebrazos pegados a los laterales de la cabeza para intentar ahogar el ruido de la MTV y de los golpes en la puerta de la Chica con Olor a Fresa. Cuando estuvo seguro de que no podría soportarlo por más tiempo sin darle una patada a la televisión, la apagó. El súbito silencio fue casi tan ensordecedor como la música. ¿Seguiría ahí fuera, esperándolo? Se quedó muy quieto, y escuchó con atención durante un rato hasta asegurarse de que se había ido, después se quedó allí sentado un rato más con las manos en la cabeza, durante un tiempo considerable. Quería beber algo. Necesitaba whisky, pero sobre su mesilla de noche se encontraba la botella vacía después de que se la hubiera terminado la noche anterior. Sopesó las opciones que tenía. Pasar sin alcohol. Esa no era una opción. Podría llamar a alguien, pero ¿a quién?

Sus amigos cercanos considerarían que era su deber informar a su familia de su paradero, y cualquiera que no se preocupara mucho por él valoraría el cotilleo por encima de su amistad. El pobre Hal, viviendo en un piso asqueroso con una botella de whisky como única compañía. Qué lástima.

No, llamar a alguien que conociese tampoco era una opción. Tal vez pudiera salir a la calle con la esperanza de que algún amable viandante se apiadara de él lo suficiente como para aceptar su billete de veinte libras e ir a comprarle el whisky. Golpeó el brazo del sillón con rabia. ¿Hasta dónde iba a rebajarse con ese jodido asunto? Le daba miedo pensar que todavía podía caer más bajo de donde se encontraba. Solo había una opción disponible; lo había sabido a pesar de que su mente buscase alternativas. La Chica con Olor a Fresa. Se pasó las manos por la cara y se puso las gafas de sol, después se levantó del sillón y atravesó el recibidor, que había tardado poco en convertirse en un territorio familiar.

Hal se detuvo con los dedos en el picaporte de la puerta. No había vuelto a poner un pie fuera del piso desde que tirase sus flores. El temor invadió su cerebro, pero lo ignoró. No estaba dispuesto a convertirse en ese tipo de hombre.

Abrió la puerta y salió, pero entonces perdió el equilibrio al tropezar con algo y cayó con fuerza contra el suelo.

 

 

Honey oyó el estruendo cuando salía del cuarto de baño con la bata y el pelo envuelto en una toalla, acalorada aún después de la ducha. Corrió sin pensar hacia la puerta de entrada, la abrió y encontró a su vecino tirado boca abajo en el suelo, rodeado de la crema antiséptica y las vendas que le había dejado.

—¡Vuelve a entrar y cierra la jodida puerta ahora mismo! —exclamó él sin levantar la mirada mientras buscaba con las manos algo a su alrededor.

—¿Qué? No, deja que te ayude… —Honey se llevó las manos a las mejillas. Iba contra su personalidad dejarlo allí tirado, pero tampoco se engañaba; aquel hombre hablaba en serio al decir lo que decía. Se acercó y tocó con los dedos del pie algo inesperado. Cuando miró hacia abajo, encontró sus gafas de sol a punto de desaparecer bajo su pie. Se agachó, las recogió y respiró aliviada al ver que seguían intactas.

—Toma —se las ofreció y, al oír su voz, su vecino dejó de palpar el suelo con las manos y se quedó completamente petrificado.

—¿Mis gafas?

Honey asintió y, tras unos segundos, dejó escapar un suave suspiro al entender por qué tenía que hacer aquella pregunta.

—Ah.

Él estiró el brazo hacia ella sin levantar la mirada.

—Dámelas.

Honey se apartó de su puerta y se las puso en los dedos. Él las agarró, se las puso, después se dio la vuelta y retrocedió hacia la pared con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos.

Honey se movió con sigilo a su alrededor recogiendo los productos de la farmacia para meterlos de nuevo en la bolsa y dejarlos sobre la mesa de la entrada. Mierda. ¿Por qué no los habría dejado ahí desde el principio?

—Te he traído vendas y una crema antiséptica. Era para tus manos —murmuró, sabiendo que era insignificante—. Lo siento.

Él emitió un sonido gutural y se revolvió el pelo con los dedos.

—Me equivocaba al llamarte scout. Eres más que eso. Eres una auténtica Madre Teresa.

Honey vaciló sin saber si quedarse o irse.

—¿Qué quieres que haga?

—No preparar más pistas de obstáculos en el recibidor sería un buen comienzo.

—Hecho —Honey se dio cuenta en ese instante de que ni siquiera sabía cómo se llamaba—. Me llamo Honey, por cierto.

—Eso es ridículo. ¿Cuál es tu verdadero nombre?

—Honey es mi verdadero nombre. Bueno, en realidad es Honeysuckle, que significa madreselva.

—Joder, eso es todavía más ridículo.

Honey estaba más que acostumbrada a que su nombre fuera motivo de comentarios, pero aun así su evidente desprecio le molestó.

—Ahí tienes otra cosa más que te molesta de mí, estrella del rock.

—¿Estrella del rock?

—Sí. Así te llamo en mi cabeza. Principalmente porque eres un imbécil arrogante que dice tacos a todas horas y bebe whisky para desayunar.

—Me vale —dijo él—. O también Hal. Por si alguna vez crees que tienes que cambiar de opinión.

—¿Adónde ibas?

—A llamar a tu puerta.

—¿Para disculparte por lo de las flores?

—Ni hablar. ¿Tienes whisky?

Honey pensó en su respuesta. No tenía. Pero sí que tenía una botella casi llena de tequila al fondo del armario, aunque dar de beber a un borracho le parecía mal. ¿Sería un borracho? Desde luego parecía beber lo suficiente para ganarse el título.

—No, whisky no tengo.

—Pero ¿tienes algo?

Honey suspiró. Tal vez no fuera capaz de ver su expresión, pero obviamente su voz la había delatado y mentir no era su punto fuerte.

—Tengo tequila.

—Gracias a Dios. ¿Me lo das?

—La Madre Teresa no te lo daría.

—¿Me lo darías si me disculpo?

—¿Por romperme el jarrón o por llamarme Madre Teresa?

—Por las dos cosas. Dios, si me das tequila hasta me disculparé porque tu madre te pusiera de nombre Honeysuckle.

—¿Tienes limón y sal?

Él alzó la cabeza hacia ella y, aunque tenía los ojos escondidos detrás de las gafas, advirtió su cara de incredulidad. Por un segundo pensó que iba a volver a gritar, pero entonces empezó a reírse. Y no fue una simple risita. Fue una carcajada profunda que primero le hizo agitar los hombros, después el cuerpo entero, y continuó de manera incontrolada hasta que empezaron a resbalarle las lágrimas por la cara.

Honey no se rio con él porque era evidente que, a pesar de su actitud, a su misterioso vecino no le hacía gracia.

Volvió a su piso para sacar el tequila del armario. Cuando regresó al recibidor, Hal se había levantado y casi había logrado recomponerse, aunque todavía tenía las mejillas mojadas por las lágrimas.

—El tequila —dijo ella, y se acercó lo suficiente para tocarle el brazo. Él agarró la botella que le puso en la mano y murmuró su agradecimiento—. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti? —preguntó Honey—. Ya sabes, ayudarte con… algo.

Hal resopló.

—No empieces otra vez con el papel de la Madre Teresa solo porque sabes que estoy ciego.

—No lo haré. Sigo pensando que eres un imbécil arrogante que bebe demasiado.

Hal sonrió muy levemente con cierto sentido del humor.

—Y yo sigo pensando que eres una scout frustrada con un nombre estúpido.

—Bien. Entonces nos entendemos.

—No vuelvas a aporrear mi puerta.

Honey lo vio darse la vuelta y alejarse, manteniéndose pegado a la pared hasta llegar a su puerta.

—De acuerdo. Pero grita si necesitas algo.

—No necesitaré nada que tú puedas darme, Honeysuckle —dijo él en voz baja y grave. Cerró la puerta y dejó a Honey sola en el recibidor; un poco informada, un poco inquieta y, curiosamente, un poco excitada.

Capítulo 5

 

Lucille y Mimi se quedaron mirando a Honey con las mandíbulas desencajadas y las manos temblorosas.

—Así que me temo que, a no ser que aparezca alguien que compre la tienda, tendremos que cerrar. Y la residencia también —concluyó Honey. Había esperado a finalizar el día para contárselo a las mujeres, sabiendo que necesitarían tiempo a solas para procesar la noticia.

—¡No pueden hacernos esto! —exclamó Lucille con cara de angustia.

Honey sonrió con tristeza.

—Todavía tenemos seis meses, Lucille. Esperemos que suceda un milagro.

—Cerrarán nuestra tienda por encima de mi cadáver —Mimi estiró sus frágiles hombros, que aquel día iban envueltos en un conjunto de cachemira de color verde lima. Como era habitual, Lucille había coordinado su atuendo con el de su hermana y esa mañana había llegado ataviada con un conjunto idéntico en color limón. Merengue de limón y tarta de lima. Ambas mujeres llevaban largos collares de cuentas en el cuello y enormes anillos que resplandecían en sus dedos frágiles. Su indumentaria recordaba a la luz del sol, a los días de verano y al caramelo hilado, pero sus rostros contaban otra historia mucho más melancólica. Los ojos grandes y azules de Lucille brillaban con las lágrimas no derramadas y Mimi tenía una mirada desafiante que habría enorgullecido a Emmeline Pankhurst.

Lucille se volvió hacia su hermana con un brillo de esperanza.

—¿Crees que deberíamos luchar por ello?

—¿Por qué no íbamos a hacerlo? —preguntó Mimi, y después miró a Honey.

Honey frunció el ceño. Por poco que le gustara la idea de cerrar la tienda, la idea de protestar activamente no se le había pasado por la cabeza hasta ese momento. ¿Serviría de algo? A pesar de hablar de periodos de consulta, la noche anterior Christopher había hecho que sonara como una decisión en firme. Probablemente le hubieran sobornado para que se pusiera de su parte, le habrían ofrecido una jugosa indemnización para asegurarse de que no permitiese que nadie pusiera impedimentos. A Honey no le había parecido excesivamente preocupado por la situación de los ancianos. «Dispersados» era la palabra que había empleado, una palabra que Honey había evitado al tratar de explicarles a Mimi y a Lucille cómo serían realojados los ancianos.

—Realojados. Es como si fuéramos un puñado de perros callejeros —dijo Lucille retorciéndose las manos en el regazo—. Nadie quiere animales viejos, así que los sacrifican. ¿Es eso lo que va a ocurrirnos, Honey?

La expresión de horror en la cara de Lucille le provocó a Honey un vuelco en el corazón. Deseaba poder ofrecerle a su amiga alguna esperanza, pero en aquel momento no había mucho que ofrecer salvo un abrazo y una taza de té.

—¿Y si no pueden ponernos juntas, Mimi? —preguntó Lucille, y Honey le quitó la taza y el platito a la anciana temblorosa por miedo a que derramase el té sobre los pliegues de su falda. Las hermanas habían ocupado habitaciones contiguas en la residencia con su propio cuarto de baño durante los últimos siete años, construyéndose una vida entre los residentes y el trabajo voluntario en la tienda. La idea de que pudieran acabar separadas era horrible, como los gemelos adoptados a los que separaban para maximizar su atractivo.

—Estoy segura de que no llegará a tanto —dijo Honey con la esperanza de que así fuera.

—Eso no pasará —dijo Mimi—, porque no lo permitiré, Lucie. Lo prometo —a sus ochenta y tres años, Mimi seguía siendo la hermana mayor protectora. Se sentó junto a Lucille y le pasó un brazo por los hombros—. Y Honey nos ayudará a organizarnos, ¿verdad, cielo? La gente te escuchará más a ti que a nosotras.

Ambas se quedaron mirando a Honey; los ojos azules de una brillaban con lágrimas y los marrones de la otra estaban cargados de rebeldía. Algo se removió en su interior, la determinación de ponerse en pie y luchar por sus amigas.