Mujer triste, mujer yo - Oriana Cabrero - E-Book

Mujer triste, mujer yo E-Book

Oriana Cabrero

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Beschreibung

¿Puede alguien quitarse la suciedad sobre la piel sin esponjas, sin agua y sin toallas? ¿Puede el miedo dejar de pretender ser un par de lentes que dejan ver solo en rojo y mentiras sobre la verdad? ¿Puede alguien entenderle a quien no se entiende y nunca aprendió a entenderse? ¿Puede alguien ser libre si nunca supo desde el principio ni siquiera respirar bien?

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Seitenzahl: 93

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Cabrero, Oriana Nazarena

Mujer triste, mujer yo / Oriana Nazarena Cabrero. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

186 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-592-8

1. Antología. 2. Antología Literaria. 3. Antología de Poesía. I. Título.

CDD A861

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Cabrero, Oriana Nazarena

© 2023. Tinta Libre Ediciones

A quien aún me sostiene en brazos, María.

Etapa primera: Autodesprecio

Don’t treat me like some situation that needs to be handledI’m fine with my spiteAnd my tearsAnd my beers and my candles.

Taylor Swift |Closure

Lado A

Definición. Corazón roto. Sentirse azul, perdida.

1. Agarrar el frasco de zaleplón y dejar de usar a la realidad como sedante

Soy de esas a las que les gusta tener la estantería desde el libro blanco al azul sin tonalidades de por medio; a quienes les encanta remarcar todo con el mismo color y que sueña teñirse el pelo de ese tono. De esas que tienen una obsesión con el color. Y acá, una contradicción gigante, porque ese color representa lo triste, lo oscuro, el lado frío de lo cálido. Pero me encanta. Capaz…

Capaz a mí me gusta sentirme un poco así, como ese color. Capaz que a mí me gusta sentirme triste sin razón, porque me sentí así tanto tiempo que ya no sé cómo es vivir sin que me duela el pecho.

Ahora que veo el azul y lo relaciono con otras cosas, a veces me esfuerzo por recordar de dónde vengo, que soy cenizas de un fuego arrebatador que quemaba a todos y a mí me dejaba reducida a un polvito que el viento se llevaba lejos. Me gusta recordar todo con sus nimiedades: el centímetro amarillo con números negros gigantes, el frasco de pastillas con tapa verde, las fotos de las inyecciones llenas de sangre, las manchas medio borrosas, el pedazo de vidrio roto abajo de las camisas, las agujas, el diagnóstico con letras rojas escrito en mayúsculas.

La gente que se pregunta para qué guardo tantas idioteces es la misma gente que, si ve a alguien con los bolsillos llenos de piedras, va a decirle el atajo directo al río. Y son tan insolentes. Así que me encanta el azul porque odio a la gente que odia el azul, que no lo entiende, que pregunta el color favorito, pero no lo pregunta en serio. Me encanta el azul porque me aferra a todo lo feo, y a mí, un espíritu dependiente, me encanta aferrarme a la miseria, a los malos días. Los ansío. Me las doy de vibra buena, pero a veces toco fondo, y volver al mismo pozo, y soñar en azul, y pintar en azul, y escribir en azul, y hablar en azul no es tan lejano a mi realidad. Eventualmente, aprendí a ser azul y nunca le enseñan a una a desaprender, a desacostumbrar. Tengo el hábito. Ya está. Me gusta el azul.

Para mí, el azul es la paz y esto está mal, es erróneo, puede matar.

Pero me gusta el azul. Me gusta la profundidad que tiene porque no pude todavía conocer más a ningún otro color. Me siento en cercanía solo con el azul y somos como una tradición.

No puedo dejar de ser azul, de pensar en azul, porque es lo que mejor sé. Me encantaría no vivir en un cuadro azul, bajo un cielo azul, con un clima azul, sobre una cama azul y con extremidades azules, pero no puedo cambiarme porque me olvidé de cómo se pintaba.

¿Puede alguien pintarme?

2.

A un lado de la calle, me encuentro observandoatenta, tan minuciosamente, el espejo retrovisor.Por mi lado no camina nadie. Oh, ¡que no pase nadie, por favor!En la calle contraria, sin embargo,a los autos se les hace señaspara desacelerar su motor.

Veo destellos, por supuesto,aún más ínfimos que alguien normal. Me daña la vista. ¡Qué dolor me da no poder mirar! Son lucecitas que contrastan con la enorme ciudad;las posdatas jamás se visten tan lindas como cuando lo de siempre deja de ser hogar.

Una horrible canción en el estéreoparece nunca terminar.Pregunta subliminal de si aún te quiero.Tengo tanta monotonía en este medio andarque pretendo precisar algún incentivo que me dé tranquilidad.Y es que aún no camino bien, olvidé el comentario;soy un niño pequeño que apenas sabe gatear.

Pasaría cada sábado sentada en el copiloto de un sofá observando y analizando personas al azar.Trágico destino el mío si no pulo potencial. ¡Me quedaré toda una vida presenciando tantas otras que triunfan en un minibar!

Tan linda era mi ciudad;hoy está muerta,frívola, de tanto pensar.

3.

—No sé qué debo hacer.

Fue lo primero que dije al sentarme en aquel sofá donde uno no podría sentarse sin necesidad de fingir comodidad. Un sofá pequeño, tanto como yo me sentía en aquella mediana sala o en la vida misma. Un sofá que no dejaría nunca de abarcar incomodidad por el defecto de su uso, porque quien lo había puesto allí lo había condenado a ser un objeto oyente de toda indecencia humana.

El señor que estaba frente a mí se acomodó las gafas mientras anotaba cosas en su libreta. ¿Qué podría alguien anotar de aquella inútil oración?

—¿Por qué sientes que debes hacer algo? —contraatacó y me hizo sentir aún más pequeña.

La pregunta era absurda. ¿Acaso habría alguien que estuviese conforme con simplemente existir? Quizá sí era yo el problema. Tal vez tuviese que tener el control y la certeza para no perder los estribos. Pero, fuera de eso, ¿no desespera a cualquier persona no saber qué hacer?

Cuando logras lo inimaginable, sientes lo impensado y sufres lo inevitable; luego de la regeneración, del íntimo vínculo, de la casa y los sueños —incluso antes, cuando uno piensa que nunca llegará a eso y lo da por zanjado—; ¿qué haces cuando regresas al punto de partida? ¿Se crea otro laberinto del que encontrar salida? ¿Es una regla de supervivencia?

—No sé.

Apreté con los dedos las hojas sobre mi regazo. Esas dos palabras me amargaban tanto... Me enfadaba haberlas hecho una parte fundamental de mi vocabulario. No puedo decir otra cosa que “no sé”, por más que perfectamente sepa o que eventualmente no. ¡Que alguien me despegue de esas cuatro letras!

—Sí sabes el motivo, porque, si has planteado una frustración sobre la base del desconocimiento, es lógico que haya por lo menos una razón. ¿Por qué sientes que debes hacer algo? —Cruzó sus manos sobre la libreta, sin anotar nada esta vez. Su mirada detrás de los vidrios me confundía sobremanera.

Allí estaba. Claro que sabía el motivo. ¡Por supuesto que había analizado mi necesidad! Pero ¿cómo decirlo así de fácil, cuando toda mi vida había dicho que no sabía nada en absoluto?

—Yo... me he estado sintiendo inservible —respondí, doblando los bordes de la primera hoja de las cien que tenía en el regazo—. Antes, iba a la escuela y me sacaba buenas notas. Después, trabajaba y todos agradecían mi esfuerzo. Hasta escribía y ayudaba a quienes me leían. Pintaba y me ayudaba a mí misma. ¿Hacia dónde dirijo mi vida entonces, si esas cosas ya no me brindan oportunidades?

—¿Por qué no iban a brindártelas?

Me removí en el sofá, lo sentía molesto bajo mi peso.

—Porque ya no voy a la escuela y no tengo obligaciones. Del trabajo me he aburrido y encuentro bloqueada mi inspiración al sostener el lápiz.

—¿Y pintar?

—No lo tengo muy en claro. —Una mueca decoró mis labios. Ese era un “no sé” tontamente escabullido, porque sabía. Ese resultaba el problema: saberlo todo sin decir ni una palabra de ello.

Mi motivo, el único que nos distanciaba a mi pasatiempo y a mí, era el desprestigio. Peor aún: el que uno mismo ejerce en su propio trabajo. ¿Cómo podía inspirar mis trazos siquiera en Hilma af Klint si, al ver mis lienzos, se me nublaba la mente en la palabra “fracaso”? “FRACASO” en mayúsculas, sombreado.

—No siempre se debe hacer algo. Eso requeriría demasiada carga mental y física, ¿no te parece?

Asentí como si fuese a tomar sus palabras y decirlas frente al espejo cuando me frustraba. Pero era una secuencia ingenua: nunca abría los ojos frente al espejo y, si lo hiciese, tampoco querría otro pensamiento en mi mente más que el que me degrada.

Estaba de acuerdo con el terapeuta, pero de ahí a emplear sus consejos o darles profundidad a sus palabras había pasos gigantes y yo tenía piernas cortas aún.

Vi que anotó algo más en su libreta.

—Lo sé —expliqué, sorprendiendo tanto al señor como a mí misma—. Lleva un cansancio consigo, por eso busco deshacerme del pensamiento lo más pronto posible.

—¿Cómo?

—Haciendo cosas. Por más innecesarias que sean. Incluso si no me dan nada luego de realizarlas.

Esperé a que dijera algo, pero nos sumimos en el silencio. No me gustaba el silencio, y no me gustaba la sensación de que él esperara que yo hablase primero.

—Siempre que alguien hace algo, tiene un objetivo que lo incentiva.

Bajé la vista. ¿Cuántas eran las probabilidades de que hubiese respondido algo desfavorecedor?

—Comprendo… —simplemente dijo. Ni un sonido más, ninguna otra letra de sobra. Allí mismo me percaté de mi contradicción.

No me decidía a creerle o no. ¿Realmente alguien…? ¿Soy entendible? Porque caigo en el pensamiento de siempre convencerme de que nadie puede entender.

Quizá (pero solo tal vez) sea yo quien no se expresa correctamente para que algún ajeno entienda. ¿Puedo aprender un idioma que todo mundo hable para por fin poder unirme a las charlas de escuela? ¿Algún día me despojaré del pudor, del sentimiento de inutilidad?

El señor dio por concluida la reunión. Fue difícil volver a tragarme las palabras que tenía escalándome la garganta.

4. Hablar con el trastorno

Decirle adiós a eso, pese a saber acerca de su daño,me resultaba más difícil de lo que creía. El momento tan revoltoso solo me dejaba ver que aquelloera lo único que no desconocía.

Las ventanas y los espejos que he cubiertoya no muestran los reflejos tal y como verdaderamente sony, sin embargo,sigo echándoles vistazos para calmar el temor.

Un país es mi cuerpodividido políticamente; limites que comprimen. El campo más complejoes lo único que une todos los externos desacuerdos.

Estoy sin ley, conduciendo con un objetivo que no es conciso,o al menos lo parece hasta que freno y la eterna culpa es el conductor del otro auto.

Lleva todo como un huracán avaroy, mientras los muebles quedan vacíos,va dejándome con el impotente enigma de si debo reacomodarlo todoo ya darlo por vencido.

Hay, en el borde de mi mente, batallando entre el inconsciente y el consciente,un candelabro medio rotoy parpadeante que me recuerda que aún puede allí brillar.Pero entonces se apagay ya no sé qué esperar.

No soy l