Mujercitas - Louisa May Alcott - E-Book

Mujercitas E-Book

Louisa May Alcott

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Beschreibung

Esta es la historia de la señora March y sus cuatro hijas, Meg, Jo, Beth y Amy, quienes desde la inocencia de la niñez experimentan el despertar de la juventud. Con la guerra civil estadounidense de trasfondo, la novela sigue la vida de las cuatro hermanas, con sus enamoramientos, sus aspiraciones intelectuales, sus alegrías y complicaciones.Con una fina y delicada descripción de cada personaje, se conocen las experiencias de crecimiento que cada una va teniendo, con un gran énfasis en la libertad individual, muy inusual para la época.A lo largo de la novela, las muchachas traban amistad con el vecino, el joven adolescente Laurie, que se vuelve el mejor amigo de Jo. El libro describe las actividades de las hermanas y su amigo, y los roces por los que pasan Jo y Laurie, así también cómo Meg se convierte en una mujercita, comprometiéndose con el señor Brooke.Basada en las propias experiencias de la autora, quien creció junto a tres hermanas, Louisa May Alcott se inspiró en su propia familia a la hora de crear los personajes, con realismo y cariño. Es sin dudas una novela revolucionaria para su época, ya que cuestiona los arquetipos femeninos. La novela ha sido adaptada varias veces al cine, al teatro y a la ópera. En 2019 se estrenará una película con la participación de Emma Watson y Meryl Streep.-

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Louisa May Alcott

Mujercitas

Saga

MujercitasOriginal titleLittle WomenCopyright © 1868, 2019 Louisa May Alcott and SAGA Egmont All rights reserved ISBN: 9788726304749

1. e-book edition, 2019

Format: EPUB 2.0

All rights reserved. No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

SAGA Egmont www.saga-books.com – a part of Egmont, www.egmont.com

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1 - EL JUEGO DEL PEREGRINO

—Navidad no será Navidad sin regalos —murmuró Jo, tendida sobre la alfombra.

—¡Es tan triste ser pobre! —suspiró Meg mirando su vestido viejo.

— No me parece justo que algunas muchachas tengan tantas cosas bonitas, y otras nada —añadió la pequeña Amy con gesto displicente.

—Tendremos a papá y a mamá y a nosotras mismas —dijo Beth alegremente desde su rincón.

Las cuatro caras jóvenes, sobre las cuales se reflejaba la luz del fuego de la chimenea, se iluminaron al oír las animosas palabras; pero volvieron a ensombrecerse cuando Jo dijo tristemente:

—No tenemos aquí a papá, ni lo tendremos por mucho tiempo.

No dijo "tal vez nunca", pero cada una lo añadió silenciosamente para sí, pensando en el padre, tan lejos, donde se hacía la guerra civil.

Nadie habló durante un minuto; después dijo Meg con diferente tono:

—Saben que la razón por la que mamá propuso que no hubiera regalos esta Navidad fue porque el invierno va a ser duro para todo el mundo, y piensa que no debemos gastar dinero en gustos mientras nuestros hombres sufren tanto en el frente. No podemos ayudar mucho, pero sí hacer pequeños sacrificios y debemos hacerlos alegremente. Pero temo que yo no los haga —y Meg sacudió la cabeza al pensar arrepentida en todas las cosas que deseaba.

—Pero pienso que el poco dinero que gastaríamos no ayudaría mucho. Tenemos un peso cada una, y el ejército no se beneficiaría mucho si le diéramos tan poco dinero. Estoy conforme con no recibir nada ni de mamá ni de ustedes, pero deseo comprar Undine y Sintran para mí. ¡Lo he deseado por tanto tiempo! —dijo Jo, que era un ratón de biblioteca.

—He decidido gastar el mío en música nueva —dijo Beth suspirando, aunque nadie la oyó excepto la escobilla del fogón y el asa de la caldera.

—Me compraré una cajita de lápices de dibujo; verdaderamente los necesito —anunció Amy con decisión.

—Mamá no ha dicho nada de nuestro propio dinero, y no desearía que renunciáramos a todo. Compremos cada una lo que deseamos y tengamos algo de diversión; me parece que trabajamos como unas negras para ganarlo — exclamó Jo examinando los tacones de sus botas con aire resignado.

— Yo sé que lo hago dando lecciones a esos niños terribles casi todo el día, cuando deseo mucho divertirme en casa —dijo Meg quejosa.

—No hace la mitad de lo que yo hago —repuso Jo—. ¿Qué te parecería a ti estar encarcelada por horas enteras en compañía de una señora vieja, nerviosa y caprichosa, que te tiene corriendo de acá para allá, no está jamás contenta y te fastidia de tal modo que te entran ganas de saltar por la ventana o darle una bofetada?

— Es malo quejarse, pero a mí me parece que fregar platos y arreglar la casa es el trabajo más desagradable del mundo. Me irrita y me pone tan ásperas y tiesas las manos que no puedo tocar bien el piano —y Beth las miró con tal suspiro, que cualquiera pudo oír esta vez.

—No creo que ninguna de ustedes sufra como yo —gritó Amy—; porque no tienen que ir a la escuela con muchachas impertinentes, que las atormentan si no llevan la lección bien preparada, se ríen de nuestros vestidos, difaman a nuestro padre porque no es rico y nos insultan porque no tienen la nariz bonita.

—Si quieres decir difamar dilo así, aunque mejor sería no usar palabras altisonantes —dijo Jo, riéndose.

—Yo sé lo que quiero decir, y no hay que criticarme tanto. Es bueno usar palabras escogidas para mejorar el vocabulario —respondió solemnemente Amy.

—No disputen niñas: ¿no te gustaría que tuviésemos el dinero que perdió papá cuando éramos pequeñas, Jo? ¡Ay de mí!, ¡qué felices y buenas seríamos si no tuviésemos necesidades! —dijo Meg, que podía recordar un tiempo en que la familia había vivido con holgura.

—Has dicho el otro día que, en tu opinión, éramos más felices que los niños King, porque ellos no hacían más que reñir y quejarse continuamente a pesar de su dinero.

—Es verdad, Beth; bueno, creo que lo somos, porque, si tenemos que trabajar, nos divertimos al hacerlo, y formamos una cuadrilla muy alegre, según Jo.

— ¡Jo habla en una jerga tan chocante! —observó Amy, echando una mirada crítica hacia la larga figura tendida sobre la alfombra.

Jo se levantó de un salto, metió las manos en los bolsillos del delantal y se puso a silbar.

—No hagas eso, Jo, es cosa de chicos.

—Por eso lo hago.

—Detesto a las muchachas rudas, de modales ordinarios.

—Y yo aborrezco a las muchachas afectadas y pedantes.

—"Pájaros en sus niditos se entienden" —cantó Beth la pacificadora, con una expresión tan cómica que las dos voces agudas se templaron en una risa, y la riña terminó de momento.

—Realmente, hijas mías, ambas merecen censura —dijo Meg poniéndose a corregir a sus hermanas con el aire propio de hermana mayor—. Tienes ya edad, Jo, de dejar trucos de muchachos y conducirte mejor. No importaba tanto cuando eras una niña pequeña, pero ahora que eres tan alta y te has puesto moño, deberías recordar que eres una señorita.

—¡No lo soy! ¡Y si el ponerme moño me hace señorita, me arreglaré el pelo en dos trenzas hasta que tenga veinte años! —gritó Jo, quitándose la red del pelo y sacudiendo una espesa melena de color castaño—. Detesto pensar que he de crecer y ser la señorita March, vestirme con faldas largas y ponerme primorosa. Ya es bastante malo ser chica, gustándome tanto los juegos, las maneras y los trabajos de los muchachos. No puedo acostumbrarme a mi desengaño de no ser muchacho, y menos ahora que me muero de ganas de ir a pelear al lado de papá y tengo que permanecer en casa haciendo calceta como una vieja cualquiera —y Jo sacudió el calcetín azul, el color del ejército, hasta sonar todas las agujas, dejando rodar el ovillo hasta el otro lado del cuarto.

—¡Pobre Jo! Lo siento mucho, pero no podemos remediarlo; tendrás que contentarte con dar a tu nombre forma masculina y jugar a que eres hermano nuestro —contestó Beth acariciando la cabeza tosca puesta sobre sus rodillas, con una mano cuyo suave tacto no habían logrado destruir todo el fregar de platos y todo el trabajo doméstico.

—En cuanto a ti, Amy —dijo Meg—, eres demasiado afectada y presumida. Ahora tus modales causan gracia, pero llegarás a ser una persona muy tonta si no tienes cuidado. Me gustan mucho tus modales agradables cuando no tratas de ser elegante, pero tus palabras exóticas son tan malas como la jerga de Jo.

—Si Jo es un muchacho y Amy algo afectada, ¿qué soy yo, si se puede saber? —preguntó Beth dispuesta a recibir su parte de la reprimenda.

—Tú eres una niña querida, y nada más —respondió Meg calurosamente y nadie la contradijo, porque el "ratoncito" era la favorita de la familia.

Como nuestros lectores jóvenes querrán formarse una idea del aspecto de nuestras heroínas, aprovecharemos para trazar un dibujo de las cuatro hermanas ocupadas en hacer calceta en un crepúsculo de diciembre, mientras fuera caía silenciosamente la nieve y dentro de la casa chisporroteaba alegremente el fuego. El cuarto era agradable, aunque la alfombra estaba algo descolorida y los muebles eran de una simplicidad severa; buenos cuadros colgaban de las paredes, en los estantes había libros, florecían crisantemos y rosas de Navidad en las ventanas, y por toda la casa flotaba una atmósfera de paz.

Margaret o Meg, la mayor de las cuatro chicas, tenía dieciséis años; era muy bonita, regordeta y rubia; tenía los ojos grandes, abundante pelo castaño claro, boca delicada y unas manos blancas, de las cuales se vanagloriaba un poco. Jo, que tenía quince años, era muy alta, esbelta y morena, y le recordaba a uno un potro; nunca parecía saber qué hacer con sus largas extremidades, que se le atravesaban en el camino. Tenía la boca decidida, la nariz respingada, ojos grises muy penetrantes, que parecían verlo todo, y se ponían alternativamente feroces, burlones o pensativos. Su única belleza era su cabello, hermoso y largo, pero generalmente lo llevaba descuidadamente recogido en una redecilla para que no le estorbara; los hombros cargados, las manos y los pies grandes y un aire de abandono en su vestido y la tosquedad de una chica que se hacía rápidamente mujer a pesar suyo. Elizabeth o Beth tenía unos trece años; su cara era rosada, el pelo liso y los ojos claros; había cierta timidez en el ademán y en la voz; pero una expresión llena de paz, que rara vez se turbaba. Su padre la llamaba "Pequeña Tranquilidad", y el nombre era muy adecuado, porque parecía vivir en un mundo feliz, su propio reino, del cual no salía sino para encontrar a los pocos a quienes amaba y respetaba. Aunque fuese la más joven, Amy era una persona importantísima, al menos en su propia opinión. Una verdadera virgen de la nieve; los ojos azules, el pelo color de oro, formando bucles sobre las espaldas, pálida y grácil, siempre se comportaba como una señorita cuidadosa de sus maneras.

El reloj dio las seis, y después de limpiar el polvo de la estufa Beth puso un par de zapatillas delante del fuego para calentarlas.

De una manera u otra la vista de las viejas zapatillas tuvo buen efecto sobre las chicas porque venía la madre, y todas se dispusieron a brindarle un buen recibimiento. Meg puso fin a su sermón y encendió la lámpara. Amy sacó la butaca espontáneamente, y aun Jo olvidó su cansancio para sentarse más derecha y acercar las zapatillas al fuego.

—Están muy gastadas; mamá debería tener otro par.

—Yo pensaba comprárselas con mi dinero —dijo Beth.

—¡No, yo lo haré! —gritó Amy.

—Soy la mayor —empezó a decir Meg, pero Jo la Interrumpió con decisión.

—Soy el hombre de la familia, ahora que papá está fuera, yo me encargaré de las zapatillas, porque me ha dicho que cuidase de mamá mientras él estuviera ausente.

—¿Saben lo que debemos hacer? —dijo Beth—; que cada una le compre un regalo de Navidad, y no comprar nada para nosotras.

—¡Tú habías de tener idea tan feliz, querida mía! ¿Qué compraremos? — exclamó Jo.

Todas reflexionaron un momento; entonces Meg dijo, como si la vista de sus propias manos hermosas le sugiriera la idea:

—Le regalaré un par de guantes.

—Zapatillas del ejército, las mejores que haya —gritó Jo.

—Unos pañuelos bordados —dijo Beth.

—Yo le compraré un frasco de colonia; le gusta mucho y, como no costará tanto, me sobrará algo para comprarme alguna cosa —añadió Amy.

—¿Y cómo le daremos las cosas? —exclamó Meg.

—Las pondremos sobre la mesa y traeremos a mamá para que abra los paquetes.

—¿No recuerdan lo que hacíamos en los cumpleaños? —respondió Jo.

—Yo solía asustarme horriblemente cuando me llegaba el turno de sentarme en la silla grande, con una corona en la cabeza y verlas a todas marchando alrededor para darme regalos y besarme, pero me ponía nerviosa que me miraran mientras abría los paquetes —dijo Beth, que estaba tostando el pan para el té y se tostaba al mismo tiempo la cara.

—Que piense mamá que vamos a comprarnos algunas cosas y así le daremos una sorpresa. Necesitamos salir para hacer compras mañana por la tarde, Meg; hay mucho que hacer para la pieza que representamos la Noche de Navidad —dijo Jo, que andaba de un lado para otro con las manos a la espalda y la nariz levantada.

—No pienso representar después de esta vez; estoy algo crecida para estas cosas —observó Meg, que era una niña en todo lo que fuera juegos.

—No dejarás de hacerlo, lo aseguro, mientras puedas presentarte vestida de blanco, con el pelo suelto y adornado con joyas hechas de papel dorado. Eres la mejor actriz que tenemos, y si abandonas el teatro se acabarán nuestras funciones —repuso Jo—. Debemos ensayar la pieza esta tarde. Ven aquí, Amy, y repite la escena donde te desmayas, porque te pones tiesa como una estaca al hacerlo.

—No es culpa mía; jamás he visto a nadie desmayarse y no me gusta ponerme pálida cayendo de espalda como tú lo haces. Si no puedo hacerlo fácilmente, me dejaré caer con gracia en una silla; no me importa que Hugo se acerque a mí con una pistola —dijo Amy, que no tenía talento dramático, pero a quien habían escogido porque era pequeña y el protagonista podía llevársela en brazos.

—Hazlo de esta manera; aprieta las manos así, y ve tambaleándote a través del cuarto, gritando locamente: ¡Rodrigo!, ¡sálvame!, ¡sálvame! —y Jo lo hizo, dando un chillido verdaderamente melodramático.

Amy procuró imitarla, pero extendió las manos con demasiada rigidez, caminó mecánicamente y su exclamación sugirió que la pinchaban con alfileres en lugar de demostrar terror y angustia. Jo suspiró con desesperación, y Meg se rio a carcajadas, mientras Beth dejaba quemar el pan por mirar lo que pasaba.

— ¡Es inútil! Sal lo mejor que puedas cuando llegue el momento, y si el público silba no me eches la culpa. Vamos, Meg.

Todo lo demás se deslizó sin tropiezo, porque don Pedro desafió al mundo entero en un parlamento de dos páginas sin interrupción. Hagar, la bruja, se encorvó sobre su caldero de efecto mágico. Rodrigo rompió sus cadenas como un valiente, y Hugo murió de remordimiento lanzando exclamaciones incoherentes.

—Es lo mejor que hemos hecho hasta ahora —dijo Meg, mientras el traidor se incorporaba frotándose los codos.

—No comprendo cómo puedes escribir y representar cosas tan magníficas, Jo. ¡Eres un verdadero Shakespeare! —dijo Beth.

—No lo soy —respondió Jo humildemente—. Creo que "La Maldición de la Bruja" está bastante bien; pero me gustaría tratar de representar Macbeth si tuviéramos una trampa para Banquo. Siempre he deseado un papel en el cual tuviera que matar a alguien. ¿Es un puñal eso que veo delante de mí? — murmuró Jo girando los ojos, y con ademán de asir algo en el aire, como lo había visto hacer a un actor famoso.

—No, son las parrillas con las zapatillas de mamá encima en lugar del pan. ¡Beth está embobada por la escena! —exclamó Meg, y el ensayo terminó con una carcajada general.

—Me alegro de encontrarlas tan divertidas, hijas —dijo una voz resuelta en la puerta, y actores y espectadores se volvieron para recibir a una señora algo regordeta, maternal, cuyos ojos parecían decir "¿puedo ayudarlo?", con aire verdaderamente encantador. No era una persona de especial hermosura; pero para los hijos las madres son siempre hermosas, y las chicas pensaban que aquella capa gris y aquel sombrero pasado de moda cubrían la mujer más espléndida del mundo.

—Bueno, queridas mías, ¿cómo lo han pasado hoy? Había tanto que hacer preparando los cajones para enviarlos mañana, que no volví para la comida. ¿Ha venido alguien, Elizabeth? ¿Cómo está tu resfriado, Margaret? Jo, pareces muy fatigada. Ven y dame un beso, niña.

Mientras hacía estas preguntas maternales, la señora March se ponía las zapatillas calientes, y, sentándose en la butaca, puso a Amy sobre sus rodillas, disponiéndose a gozar de su hora más feliz del día. Las muchachas iban de un lado a otro, tratando de poner todo en orden, cada una a su modo. Meg preparó la mesa para el té; Jo trajo la leña y puso las sillas, dejando caer volcando y haciendo ruido con todo lo que tocaba; Beth iba y venía de la sala a la cocina, y Amy daba consejos a todas mientras estaba sentada con las manos cruzadas.

Mientras se sentaban a la mesa, la señora March dijo, sonriéndose:

—Tengo una grata sorpresa para después de la cena.

Una sonrisa feliz pasó de cara en cara como un rayo de sol. Beth palmoteó, sin hacer caso de la galleta caliente que tenía, y Jo sacudió la servilleta, exclamando:

—¡Carta! ¡Carta! ¡Tres vivas para papá!

—Sí, una carta larga. Está bien, y piensa que soportará el frío mejor de lo que pensamos. Envía toda clase de buenos deseos para Navidad, y un mensaje especial para sus hijas —dijo la señora March acariciando el bolsillo como si tuviera en él un tesoro.

—Coman rápido. No te detengas para dar vueltas al dedo meñique y comer con afectación, Amy —gritó Jo, ahogándose al beber el té y dejando el pedazo de pan, que cayó sobre la alfombra por el lado de la mantequilla; muy excitada por la sorpresa. Beth no comió más, yendo a sentarse en un rincón oscuro para soñar con el placer venidero hasta que las otras estuviesen listas.

— Creo que papá hizo una cosa magnífica marchando como capellán cuando era demasiado viejo para alistarse y no bastante fuerte para ser soldado —dijo Meg animosa.

—Yo quisiera ir de tamborcillo, o de cantinero, o de enfermera, para estar cerca y ayudarle —exclamó Jo, suspirando.

—Debe ser muy desagradable dormir en una tienda de campaña y comer toda clase de cosas que tienen mal gusto y beber en una lata —murmuró Amy.

—¿Cuándo volverá, mamá? —preguntó Beth, con voz temblorosa.

—No por mucho tiempo, querida mía, a menos que esté enfermo. Quedará para hacer fielmente su trabajo mientras pueda, y no le pediremos que vuelva un minuto antes de que puedan pasarse sin él. Ahora, oigan lo que dice la carta.

Todas se acercaron al fuego, la madre en la butaca, Beth a sus pies, Meg y Amy sentadas sobre los brazos de la silla y Jo apoyándose en el respaldo, de manera que nadie pudiera ver ninguna señal de emoción si la carta tenía algo conmovedor.

En aquel tiempo duro se escribían muy pocas cartas que no conmovieran, especialmente entre las enviadas a casa de los padres. En esta carta se decía poco de las molestias sufridas, de los peligros afrontados o de la nostalgia a la cual había que sobreponerse; era una carta alegre, llena de descripciones de la vida del soldado, de las marchas y de noticias militares; y sólo hacia el final el autor de la carta dejó brotar el amor paternal de su corazón y su deseo de ver a las niñas que había dejado en casa.

"Mi cariño y un beso a cada una. Diles que pienso en ellas durante el día, y por la noche oro por ellas, y siempre encuentro en su cariño el mejor consuelo. Un año de espera para verlas parece interminable, pero recuérdales que, mientras esperamos, podemos todos trabajar, de manera que estos días tan duros no se desperdicien. Sé que ellas recordarán todo lo que les dije, que serán niñas cariñosas para ti, que cuando vuelva podré enorgullecerme de mis mujercitas más que nunca."

Todas se conmovían algo al llegar a esta parte, Jo no se avergonzó de la gruesa lágrima que caía sobre el papel blanco, y Amy no se preocupó de que iba a desarreglar sus bucles al esconder la cara en el seno de su madre y dijo sollozando:

—¡Soy egoísta! Pero trataré de ser mejor para que no se lleve un chasco conmigo.

—¡Trataremos todas! —exclamó Meg—. Pienso demasiado en mi apariencia y detesto trabajar, pero no lo haré más si puedo remediarlo.

—Trataré de ser lo que le gusta a él llamarme "una mujercita", y no ser brusca y atolondrada; cumpliré aquí con mi deber en vez de desear estar en otra parte —dijo Jo, pensando que dominarse a sí misma era obra más difícil que hacer frente a unos rebeldes.

Beth no dijo nada, pero secó sus lágrimas con el calcetín del ejército y se puso a trabajar con todas sus fuerzas, no perdiendo tiempo en hacer lo que tenía más cerca de ella, mientras decidía en su corazón ser como su padre lo deseaba cuando al cabo de un año pudiera regresar felizmente a su casa.

La señora March rompió el silencio que siguió a las palabras de Jo, diciendo con voz alegre:

—¿Se acuerdan de cómo representaban "El Peregrino" cuando eran pequeñas? Nada les gustaba tanto como que les pusiera hatillos de trapos a la espalda para representar la carga, les hiciera sombreros, bastones y rollos de papel y las dejara viajar a través de la casa, desde la bodega, que era la Ciudad de Destrucción, hasta la boardilla, donde tenían todas las cosas bonitas que podían encontrar para construir una Ciudad Celestial.

—¡Qué divertido era, especialmente cuando nos acercábamos a los leones, peleábamos con Apolo y pasábamos por el valle donde estaban los duendes! — dijo Jo.

—A mí me gustaba el lugar donde las cargas caían y rodaban escalera abajo —murmuró Meg.

—Mi parte favorita era cuando salíamos a la azotea donde estaban nuestras flores, enramadas y cosas bonitas y nos parábamos y cantábamos de alegría allá arriba al sol —dijo Beth, sonriéndose, como si aquel momento feliz hubiera vuelto.

—Yo no recuerdo mucho, pero sí que tenía miedo de la bodega y de la entrada oscura, y siempre me gustaban los pastelitos y la leche que tomábamos allá arriba. Si no fuera ya mayor para tales niñerías, me gustaría mucho representarlo otra vez —susurró Amy, que hablaba de renunciar a niñerías a la edad madura de doce años.

—No somos demasiado mayores para ese juego, querida mía, porque es un entretenimiento al que siempre jugamos de una manera u otra. Nuestras cargas están aquí, nuestro camino está delante de nosotras y el deseo de bondad y felicidad es el guía que nos dirige a través de muchas penas y equivocaciones hasta la paz, que es una verdadera Ciudad Celestial. Ahora, peregrinitas mías, vamos a comenzar de nuevo, no para divertimos, sino de veras, y veremos hasta dónde pueden llegar antes de que vuelva papá.

— Pero, mamá ¿dónde están nuestras cargas? —preguntó Amy, que tomaba todo al pie de la letra.

—Cada uno ha dicho hace un momento cuál era su carga, menos Beth; en mi opinión no tiene ninguna —dijo su madre.

—Sí, la tengo; la mía es sentirme disminuida y envidiar a las que tocan pianos bonitos y tener miedo de la gente.

La carga de Beth era tan cómica que a todos dio ganas de reír; pero nadie lo hizo, porque se hubiera ofendido mucho.

—Hagamos esto — dijo Meg, pensativa—. Es solamente otro nombre para tratar de ser buenas, y la historia puede ayudarnos; aunque lo deseamos, ser buenas es algo difícil, nos olvidamos, y no nos esforzamos.

—Esta noche estábamos en el Pantano del Abatimiento y vino mamá, y nos sacó de él, como en el libro lo hizo el hombre que se llamaba Auxilio. Deberíamos tener nuestro rollo de aviso como Cristiano. ¿Qué haremos para eso? —preguntó Jo, encantada con la idea que prestaba algo de romanticismo a la tarea poco interesante de cumplir con su deber.

— Busquen debajo de la almohada en la mañana de Navidad, y encontrarán su guía —respondió la señora March.

Discutieron el proyecto nuevo, mientras la vieja Hanna levantaba la mesa; después salieron las cuatro cestillas de costura, y volaron las agujas mientras las chicas cosían sábanas para la tía March. El trabajo era poco interesante pero esta noche nadie se quejó. Habían adoptado el plan ideado por Jo, de dividir las costuras largas en cuatro partes, que llamaban Europa, Asia, África y América; de esta manera hacían mucho camino, sobre todo cuando hablaban de los países diferentes según cosían a través de ellos. A las nueve dejaron el trabajo y cantaron, como acostumbraban, antes de acostarse. Nadie sino Beth podía sacar música del viejo piano; pero ella tenía una manera especial de tocar las teclas amarillas y componer un acompañamiento para las canciones simples que cantaban. Meg tenía una voz aflautada y ella, con su madre, dirigía el pequeño coro. Amy chirriaba como un grillo. Jo cantaba a su gusto, poniendo alguna corchea o algún silencio donde no hacía falta. Siempre habían cantado por la noche desde el tiempo en que apenas sabían hablar:

Centellead, centellead, estrellitas y esto se había convertido en una costumbre de familia, porque la madre era cantora por naturaleza. Por la mañana, lo primero que se oía era su voz, mientras andaba por la casa cantando como una alondra; y por la noche, el último sonido era la misma voz alegre, porque las chicas no parecían nunca demasiado mayores para aquella conocida canción de cuna.

CAPÍTULO 2 - UNA FELIZ NAVIDAD

Jo fue la primera en despertarse al amanecer gris de la mañana de Navidad. No había medias colgadas delante de la estufa, y por un momento se llevó tanto chasco, como una vez, hacía ya mucho, que su mediecita se había caído al suelo por estar muy llena de regalos. Entonces recordó lo que su madre había prometido, y, metiendo la mano debajo de la almohada, sacó un librito encuadernado en rojo. Lo reconoció muy bien, porque era una bella historia de la vida más perfecta que jamás pasó por el mundo, y Jo sintió que era un verdadero guía para cualquier peregrino embarcado en el largo viaje de la vida. Despertó a Meg con un " ¡Felices Pascuas! ", y le dijo que buscase debajo de la almohada. Apareció un libro, encuadernado en verde, con la misma estampa dentro y unas palabras escritas por su madre, que aumentaban en mucho el valor del regalo a sus ojos. Pronto Beth y Amy se despertaron para buscar y descubrir sus libros, el uno de color gris azulado, el otro azul; y todas sentadas contemplaban sus regalos, mientras se sonrosaba el oriente con el amanecer.

A pesar de sus pequeñas vanidades, tenía Meg una naturaleza dulce y piadosa, que ejercía gran influjo sobre sus hermanas, en especial sobre Jo, que la amaba tiernamente y la obedecía por su gran dulzura.

—Niñas —dijo Meg, gravemente, dirigiendo la mirada desde la cabeza desordenada a su lado hasta las cabecitas en el cuarto próximo—. Mamá desea que empecemos a leer, amar y acordarnos de estos libritos, y tenemos que comenzar inmediatamente. Solíamos hacerlo fielmente, pero desde que papá se marchó y con la pena de esta guerra, hemos descuidado muchas cosas. Pueden hacer lo que gusten pero yo tendré mi libro aquí sobre la mesita, y todas las mañanas, en cuanto despierte, leeré un poquito, porque sé que me hará mucho bien y me ayudará durante todo el día.

Entonces abrió su Nuevo Testamento y se puso a leer. Jo la abrazó y cara con cara, leyó, con aquella expresión tranquila que raras veces tenía su cara inquieta.

—¡Qué buena es Meg! Ven, Amy, hagamos lo mismo. Yo te ayudaré con las palabras difíciles, y nos explicaremos lo que no podemos comprender — susurró Beth, muy impresionada con los bonitos libros y con el ejemplo de su hermana.

—Me alegro de que el mío sea azul —dijo Amy, y entonces los dormitorios quedaron tranquilos mientras ellas volvían las páginas y el sol del invierno se deslizaba para acariciar y dar un saludo de Navidad a las cabezas rubias y a las caras pensativas.

—¿Dónde está mamá? —preguntó Meg, cuando, media hora después, bajó con Jo las escaleras para darle las gracias por sus regalos.

—¡Quién sabe! Una pobre criatura vino pidiendo limosna, y la señora salió inmediatamente para ver lo que necesitaba. No he visto jamás una mujer como ella en eso de dar comida, bebida y carbón, —respondió Hanna, que vivía con la familia desde que naciera Meg, y a quien todas trataban como a una amiga más que como a una criada.

—Supongo que mamá volverá pronto; así que preparen los pastelitos y cuiden que todo esté listo —dijo Meg, mirando los regalos, que estaban en un cesto debajo del sofá, dispuestos para sacarlos en el momento oportuno—. Pero, ¿dónde está el frasco de Colonia de Amy? —agregó, al ver que faltaba el frasquito.

—Lo sacó hace un minuto y salió para adornarlo con un lazo o algo parecido —respondió Jo, que saltaba alrededor del cuarto para suavizar algo las zapatillas nuevas del ejército.

—¡Qué bonitos son mis pañuelos! ¿No les parece? Hanna me los lavó y planchó, y yo misma los bordé —dijo Beth, mirando orgullosa— mente las letras desiguales que tanto trabajo le habían costado.

—¡Qué ocurrencia! ¿Pues no ha puesto "Mamá" en lugar de "M. March"? ¡Qué gracioso! —gritó Jo, levantando uno de los pañuelos.

—¿No está bien así? Pensaba que era mejor hacerlo de ese modo, porque las iniciales de Meg son "M.M.", y no quiero que nadie los use sino mamá — dijo Beth, algo preocupada.

—Está bien, querida mía, y es una idea muy buena; así nadie puede equivocarse ahora. Le gustará mucho a ella, lo sé —repuso Meg, frunciendo las cejas a Jo y sonriendo a Beth.

—¡Aquí está mamá; escondan el cesto! —gritó Jo, al oír que la puerta se cerraba y sonaban pasos en el vestíbulo.

Amy entró precipitadamente, y pareció algo avergonzada cuando vio a todas sus hermanas esperándola.

—¿Dónde has estado y qué traes escondido? —preguntó Meg, muy sorprendida al ver, por su toca y capa, que Amy, la perezosa, había salido tan temprano.

—No te rías de mí, Jo; no quería que nadie lo supiera hasta que llegase la hora. Es que he cambiado el frasquito por otro mayor y he dado todo mi dinero por él, porque trato de no ser egoísta como antes.

Al hablar así, mostraba Amy el bello frasco que reemplazaba al otro barato, y tan sincera y humilde parecía en su esfuerzo de olvidarse de sí misma, que Meg la abrazó y Jo la llamó un "prodigio", mientras Beth corría a la ventana en busca de su rosa más bella para adornar el magnífico frasco.

—¡Me daba vergüenza de mi regalo!, después de leer y hablar de ser buena esta mañana; así que corrí a la tienda para cambiarlo en cuanto me levanté; estoy muy contenta porque ahora mi regalo es el más bello.

Otro golpe de la puerta hizo que el cesto desapareciera debajo del sofá, y las chicas se acercaron a la mesa listas para su desayuno.

—¡Feliz Navidad, mamá! ¡Y que tengas muchísimas! Muchas gracias por los libros; hemos leído algo y vamos a hacerlo todos los días —gritaron todas a coro.

—¡Feliz Navidad, hijas mías! Me alegro mucho de que hayan comenzado a leer inmediatamente, y espero que perseveren haciéndolo. Pero antes de sentamos tengo algo que decir. No lejos de aquí hay una pobre mujer con un hijo recién nacido. En una cama se acurrucan seis niños para no helarse, porque no tienen ningún fuego. Allí no hay nada que comer, y el chico mayor vino para decirme que estaban sufriendo de hambre y frío. Hijas mías, ¿quieren darle su desayuno como regalo de Navidad?

Todas tenían más apetito que de ordinario, porque habían esperado cerca de una hora, y por un momento nadie habló, pero solo por un momento, porque Jo dijo impetuosamente:

—Me alegro mucho de que hayas venido antes de que hubiésemos comenzado.

—¿Puedo ir para ayudar a llevar las cosas a los pobrecitos? —preguntó Beth, ansiosamente.

—Yo llevaré la crema y los panecillos —añadió Amy, renunciando valerosamente a lo que más le gustaba.

Meg estaba ya cubriendo los pastelillos y amontonando el pan en un plato grande.

—Pensé que lo harían —dijo la señora March, sonriendo satisfecha—. Todas pueden ir conmigo para ayudar; cuando volvamos, desayunaremos con pan y leche, y en la comida lo compensaremos.

Pronto estuvieron todas listas y salieron. Felizmente era temprano y fueron por calles apartadas; así que poca gente las vio y nadie se rio de la curiosa compañía.

Un cuarto vacío y miserable, con las ventanas rotas, sin fuego en el hogar, las sábanas hechas jirones, una madre enferma, un recién nacido que lloraba y un grupo de niños pálidos y flacos debajo de una vieja colcha, tratando de calentarse. ¡Cómo abrieron los ojos y sonrieron al entrar las chicas!

—¡Ah, Dios mío! ¡Ángeles buenos vienen a ayudarnos! —exclamó la pobre mujer, llorando de alegría.

—Vaya unos ángeles graciosos con tocas y mitones —dijo Jo, haciendo reír a todos.

En pocos minutos pareció que hubieran trabajado allí buenos espíritus. Hanna, que había traído leña, encendió fuego y suplantó los vidrios rotos con sombreros viejos y su propia toquilla. La señora March dio té y leche a la mujer, y la confortó con promesas de ayuda, mientras vestía al niño pequeño tan cariñosamente como si hubiese sido su propio hijo. Mientras las chicas ponían la mesa, agrupaban a los niños alrededor del fuego y les daban de comer como si fuesen pájaros hambrientos, riéndose, hablando y tratando de comprender el inglés chapurreado y cómico que hablaban, porque era una familia de inmigrantes.

—¡Qué bueno es esto! ¡Los ángeles benditos! —exclamaban los pobrecitos, mientras comían y se calentaban las manos al fuego.

Jamás, antes, las chicas habían recibido el nombre de ángeles, y lo encontraron muy agradable, especialmente Jo, a quien, desde que nació, todas la habían considerado un "Sancho". Fue un desayuno muy alegre, aunque no participaran de él; y cuando salieron, dejando atrás tanto consuelo, no había en la ciudad cuatro personas más felices que las niñas que renunciaran a su propio desayuno y se contentaran con pan y leche en la mañana de Navidad.

—Eso se llama amar a nuestro prójimo más que a nosotros mismos, y me gusta —dijo Meg, mientras sacaban sus regalos aprovechando el momento en que su madre subiera a buscar vestidos para los hombres Hummel.

No había mucho que ver, pero en los pocos paquetes había mucho cariño; y el florero alto, con rosas rojas, crisantemos y hojas, puesto en medio de los regalos, daba una apariencia elegante a la mesa.

—¡Qué viene mamá! ¡Toca, Beth! ¡Abre la puerta, Amy!

— ¡Tres "vivas" a mamá! —gritó Jo, dando saltos por el cuarto, mientras Meg se adelantaba para conducir a la señora March a la silla de honor.

Beth tocó su marcha más viva. Amy abrió la puerta y Meg escoltó con mucha dignidad a su madre. La señora March estaba sorprendida y conmovida, y sonrió, con los ojos llenos de lágrimas, al examinar sus regalos y leer las líneas que los acompañaban. Inmediatamente se calzó las zapatillas, puso un pañuelo nuevo en el bolsillo, empapado con agua de colonia, se prendió la rosa en el pecho y dijo que los guantes le iban muy bien.

Hubo no pocas risas, besos y explicaciones, en la manera cariñosa y simple que hace tan gratas en su momento estas fiestas de familia y dejan un recuerdo tan dulce de ellas. Después todas se pusieron a trabajar.

Las caridades y ceremonias de la mañana habían llevado tanto tiempo, que el resto del día hubo que dedicarlo a los preparativos de los festejos de la tarde. No teniendo dinero de sobra para gastarlo en funciones caseras, las chicas ponían en el trabajo su ingenio, y como la necesidad es madre de la invención, hacían ellas misma todo lo que necesitaban. Y algunas de sus producciones eran muy ingeniosas.

Guitarras fabricadas con cartón, lámparas antiguas hechas de mantequeras viejas, cubiertas con papel plateado, magníficos mantos de algodón viejo, centelleando con lentejuelas de hojalata y armaduras cubiertas con las recortaduras de latas de conserva. Los muebles estaban acostumbrados a los cambios constantes y el cuarto grande era escena de muchas diversiones inocentes.

No se admitían caballeros, lo cual permitía a Jo hacer papeles de hombre y darse el gusto de ponerse un par de botas altas que le había regalado una amiga suya, que conocía a una señora parienta de un actor.

Estas botas, un antiguo florete, un chaleco labrado que había servido en otro tiempo en el estudio de un pintor, eran los tesoros principales de Jo, y los sacaba en todas las ocasiones. A causa de lo reducido de la compañía, los dos actores principales se veían obligados a tomar varios papeles cada uno, y, ciertamente, merecían elogios por el gran trabajo que se tomaban para aprender tres o cuatro papeles diferentes, cambiar tantas veces de traje, y, además, ocuparse en el manejo del escenario. Era un buen ejercicio para sus memorias, una diversión inocente y les ocupaba muchas horas, que de otro modo hubiesen estado perdidas, solitarias o pasadas en compañía menos provechosa.

La noche de Navidad una docena de chicas se agruparon sobre la cama, que era el palco, enfrente de las cortinas de cretona azul y amarillo, que hacían de telón. Había mucho zumbido detrás de las cortinas, algo de humo de la lámpara, y, de vez en cuando, una risa falsa de Amy, a quien la excitación ponía nerviosa. Al poco tiempo sonó una campana, se descorrieron las cortinas y la representación empezó.

El "bosque tenebroso", que se mencionaba en el cartel, estaba representado por algunos arbustos en macetas, bayeta verde sobre el piso y una caverna en la distancia. Esta caverna tenía por techo una percha y por paredes algunos abrigos; dentro había un hornillo encendido con una marmita negra, sobre la cual se encorvaba una vieja bruja. El escenario estaba en la oscuridad y el resplandor que venía del hornillo hacía buen efecto. Especialmente cuando al destapar la bruja la caldera salió vapor de verdad. Se dio un momento al público para reponerse de su primer movimiento de sorpresa; entonces entró Hugo, el villano, andando con paso majestuoso, espada ruidosa al cinto, un chambergo, barba negra, capa misteriosa y las famosas botas. Después de andar de un lado para otro muy agitado, se golpeó la frente y cantó una melodía salvaje, sobre su odio a Rodrigo, su amor a Zara y su resolución de matar al uno y ganar la mano de la otra.

Los tonos ásperos de la voz de Hugo y sus vehementes exclamaciones hicieron fuerte impresión en el público, que aplaudía cada vez que se paraba para tomar aliento. Inclinándose, como quien está bien acostumbrado a cosechar aplausos, pasó a la caverna y mandó salir a Hagar con estas palabras: "¡Hola bruja, te necesito!"

Meg salió con la cara circundada con crin de caballo gris, un traje rojo y negro, un bastón y la capa llena de signos cabalísticos.

Hugo le pidió una poción que hiciese a Zara adorarle, y otra para deshacerse de Rodrigo. Hagar, cantando, una melodía dramática, prometió los dos, y se puso a invocar al espíritu que había de traer el filtro mágico para dar amor.

Sonaron acordes melodiosos, y entonces, del fondo de la caverna, apareció una figura pequeña en blanco y nebuloso, con alas que centelleaban, cabello rubio y sobre la cabeza una corona de rosas. Agitando su vara, dijo, cantando, que venía desde la luna y traía un filtro de mágicos efectos; y, dejando caer un frasquito dorado a los pies de la bruja, desapareció.

Otra canción de Hagar trajo a la escena una segunda aparición: un diablillo negro que, después de murmurar una respuesta, echó un frasquito oscuro a Hagar y desapareció con risa burlona. Dando las gracias, y poniendo las pociones en sus botas, se retiró Hugo, y Hagar puso en conocimiento de los oyentes que, por haber él matado a algunos amigos suyos en tiempos pasados, ella le había echado una maldición, y había decidido contrariar sus planes, vengándose así de él. Entonces cayó el telón y los espectadores descansaron chupando caramelos y discutiendo los méritos de la obra.

Antes de que el telón volviera a levantarse se oyó mucho martilleo; pero cuando se vio la obra maestra de tramoya que habían construido, nadie se quejó de la tardanza. Era verdaderamente maravillosa. Una torre se elevaba al cielo raso; a la mitad de su altura aparecía una ventana, en la cual ardía una lámpara, y detrás de la cortina blanca estaba Zara, vestida de azul con encajes de plata, esperando a Rodrigo. Llegó él, ricamente ataviado, sombrero adornado con plumas, capa roja, una guitarra, y, naturalmente, las botas famosas. Al pie de la torre cantó una serenata con tonos cariñosos. Zara respondió, y, después de un diálogo musical, ella consintió en fugarse con él. Entonces llegó el efecto supremo del drama. Rodrigo sacó una escala de cuerda de cinco escalones, le echó un extremo y la invitó a descender. Tímidamente se deslizó de la reja, puso la mano sobre el hombro de Rodrigo, y estaba por saltar graciosamente cuando, ¡pobre Zara!, se olvidó de la cola de su falda. Esta se enganchó en la ventana; la torre tembló, doblándose hacia adelante, y cayó con estrépito, sepultando a los infelices amantes entre las ruinas.

Un grito unánime se alzó cuando las botas amarillas salieron de entre las ruinas, agitándose furiosamente, y una cabeza rubia surgió, exclamando: " ¡Ya te lo decía yo!" "¡Ya te lo decía yo!" Con admirable presencia de ánimo, don Pedro, el padre cruel, se precipitó para sacar a su hija de entre las ruinas, con un aparte vivo: ¡No se rían, sigan como si tal cosa!"; y ordenando a Rodrigo que se levantara, lo desterró del reino con enojo y desprecio. Aunque visiblemente trastornado por la caída de la torre, Rodrigo desafió al anciano caballero, y se negó a marcharse. Este ejemplo audaz animó a Zara; ella también desafió a su padre, que los mandó encerrar en los calabozos más profundos del castillo. Un escudero pequeño y regordete entró con cadenas y se los llevó, dando señales de no poco susto y olvidándose de recitar su papel.

El acto tercero se desarrollaba en la sala del castillo, y aquí reapareció Hagar, que venía a librar a los amantes y matar a Hugo. Le oye venir y se esconde; le ve echar las pociones en dos vasos de vino, y mandar al tímido criado que los lleve a los presos. Mientras el criado dice algo a Hugo, Hagar cambia los vasos por otros sin veneno. Fernando, el criado, se los lleva, y Hagar vuelve a poner en la mesa el vaso envenenado. Hugo, con sed, después de una canción larga, lo bebe; pierde la cabeza, y tras muchas convulsiones y pataleos, cae al suelo y muere, mientras Hagar, en una canción dramática y melodiosa, le dice lo que ha hecho.

Esta escena fue verdaderamente sensacional, aunque espectadores más exigentes la hubieran considerado deslucida, al ver que al villano se le desataba una abundante cabellera en el momento de dar con su cuerpo en tierra.

En el cuarto acto apareció Rodrigo desesperado, a punto de darse una puñalada, porque alguien le había dicho que Zara lo había abandonado. Cuando el puñal estaba a punto de penetrar en su corazón, se oyó debajo de su ventana una canción encantadora, que le decía que Zara permanecía fiel, pero que estaba en peligro y que él podía salvarla si quería. Le echan una llave al calabozo, la cual abre la puerta, y loco de alegría arroja sus cadenas y sale precipitadamente para buscar y librar a su amada.

El quinto acto empieza con borrascosa escena entre Zara y don Pedro. Desea el padre que su hija se meta a monja, pero ella se niega, y después de una súplica conmovedora, está a punto de desmayarse, cuando entra Rodrigo precipitadamente, pidiendo su mano. Don Pedro se la niega porque no es rico. Gritan y gesticulan terriblemente, y Rodrigo se dispone a llevarse a Zara, que ha caído extenuada en sus brazos, cuando entra el criado tímido con una carta y un paquete de parte de Hagar, que ha desaparecido misteriosamente. La carta dice que la bruja lega riquezas fabulosas a los amantes y un horrible destino a don Pedro si se opone a su felicidad. Se abre el paquete y una lluvia de monedas de lata cubre el suelo. Esto ablanda por completo al severo padre; da su consentimiento sin chistar, todos se juntan en coro alegre y cae el telón, mientras los amantes, muy felices y agradecidos, se arrodillan para recibir la bendición de don Pedro.

Calurosos aplausos, inesperadamente reprimidos; la cama plegadiza, sobre la cual estaba construido el palco, se cerró súbitamente atrapando debajo a los entusiasmados espectadores. Rodrigo y don Pedro acudieron presurosos a libertarlos, y sacaron a todos sin daño, aunque muchos no podían hablar de tanto reírse.

Apenas se había calmado la agitación, cuando apareció Hanna, diciendo que la señora March rogaba a las señoritas que bajasen a cenar.

Cuando vieron la mesa, todas se miraron alegremente asombradas. Era de esperar que su madre les diera una pequeña fiesta, pero cosa tan magnífica como aquélla no se había visto desde los pasados tiempos de abundancia. Había mantecados de dos clases, de color rosa y blanco, y pastelillos, frutas y dulces franceses muy ricos, y, en medio de la mesa, cuatro ramos de flores de invernadero.

La sorpresa las dejó mudas; miraban estupefactas a la mesa, y después a su madre, que parecía disfrutar muchísimo del espectáculo.

—¿Lo han hecho las hadas? —preguntó Amy.

—Ha sido San Nicolás —dijo Beth.

—Mamá lo hizo —repuso Meg, sonriendo dulcemente, a pesar de la barba cana que todavía llevaba puesta.

—La tía March tuvo una corazonada y ha enviado la cena —gritó Jo, con inspiración súbita.

—Todas se equivocan; el viejo señor Laurence lo envió —respondió la señora March.

—¿El abuelo de ese muchacho Laurence? ¿Cómo se le habrá ocurrido tal cosa? ¡Si no lo conocemos! —exclamó Meg.

—Hanna contó a uno de sus criados lo que hicieron con su desayuno; es un señor excéntrico, pero eso le gustó. Conoció a mi padre hace muchos años, y esta tarde me envió una carta muy amable para decir que esperaba que le permitiese expresar sus sentimientos amistosos hacia mis niñas, enviándoles unas pequeñeces, con motivo de la festividad del día. No podía rehusar, y es así como tienen esta noche una pequeña fiesta para compensarlas del desayuno de pan y leche.

—Ese muchacho ha puesto la idea en la cabeza de su abuelo; estoy segura de esto. Es muy simpático, y me gustaría que nos tratáramos. Parece que quisiera tratarnos; pero es tímido; y Meg es tan correcta, que no me permite hablar con él cuando nos encontramos —dijo Jo, mientras circulaban los platos y los helados empezaban a desaparecer entre un coro de exclamaciones alegres.

— ¿Quieres decir la gente que vive en la casa grande de al lado?— preguntó una de las chicas—. Mi madre conoce al señor Laurence, pero dice que es muy orgulloso y no le gusta mezclarse con sus vecinos. Tiene a su nieto encerrado en casa, cuando no está paseando a caballo o en compañía de su maestro, y lo hace estudiar mucho. Lo invitamos a nuestra fiesta, pero no vino. Mamá dice que es muy amable, aunque no nos habla nunca de las muchachas.

— Nuestro gato se escapó una vez y él lo devolvió, y yo hablé con él por encima de la valla. Nos entendíamos muy bien, hablando del criquet y de cosas por el estiló, pero vio venir a Meg y se marchó. Tengo la intención de hacer amistad algún día, porque necesita diversión, estoy segura —dijo Jo, decididamente.

—Me gustan sus modales y parece un verdadero caballero; de modo que si se presenta ocasión oportuna, no me opongo a que entables amistad con él. El mismo trajo las flores, y lo hubiera invitado a entrar de haber estado segura de lo que estaba ocurriendo arriba. Parecía estar deseoso de quedarse al escuchar risas y juego, que él no tiene, seguramente, en su casa.

—Me alegro de que no lo hicieras, mamá —dijo Jo, riéndose y mirando sus botas—. Pero alguna vez tendremos una función a la cual él pueda venir. Quizá querrá interpretar un papel; ¡qué divertido sería!

—Nunca he tenido un ramillete; ¡qué bonito es! —dijo Meg, examinando sus flores con mucho interés.

—Son preciosas, pero para mí las rosas de Beth son más dulces —dijo la señora March, oliendo el ramillete, medio marchito, que llevaba en su cinturón.

Beth abrazó a su madre y murmuró:

—Me gustaría poder enviar a papá mi ramillete. Temo que él no pase una Navidad tan feliz como nosotras.

CAPÍTULO 3 - EL BAILE DE AÑO NUEVO

—¡Jo! ¡Jo! ¿Dónde estás? —gritó Meg, al pie de la escalera que conducía a la boardilla.

—Aquí —respondió, desde arriba, una voz algo ronca.

Y corriendo arriba, Meg encontró a su hermana comiendo manzanas y llorando con la lectura de El heredero de los Redclyffe, envuelta en una toquilla y sentada en un viejo sofá de tres patas, al lado de la ventana soleada. Era el refugio preferido de Jo; aquí le gustaba retirarse con media docena de manzanas y un libro interesante, para gozar de la tranquilidad y de la compañía de un ratón querido, que vivía allí y no tenía miedo de ella. Cuando llegó Meg, el amiguito desapareció en su agujero. Jo se limpió las lágrimas y se dispuso a oír las noticias.

—¡Qué gusto! Mira. ¡Una tarjeta de invitación de la señora Gardiner para mañana por la noche! —gritó Meg, agitando el precioso papel que procedió a leer después con juvenil satisfacción:

"La señora Gardiner se complace en invitar a la señorita Meg y a la señorita Jo a un sencillo baile la noche de Año Nuevo."

—Mamá quiere que vayamos. ¿Qué nos vamos a poner?

—¿De qué sirve preguntarlo, cuando sabes muy bien que nos pondremos nuestros trajes de muselina de lana, porque no tenemos otros? —dijo Jo, con la boca llena.

—¡Si tuviera un traje de seda! —suspiró Meg—. Mamá dice que quizá pueda hacerme uno cuando tenga dieciocho años; pero dos años es una espera interminable.

— Estoy segura de que nuestros trajes parecen de seda y son bastante buenos para nosotras. El tuyo es tan bueno como si fuera nuevo; pero me olvidaba de la quemadura y del rasgón en el mío; ¿qué haré? La quemadura se ve mucho y no puedo estrechar nada la falda.

—Tendrás que estar sentada siempre que puedas y ocultar la espalda; el frente está bien. Tendré una nueva cinta azul para el pelo, y mamá me prestará su prendedor de perlas; mis zapatos nuevos son muy bonitos y mis guantes pueden pasar.

—Los míos están arruinados con manchas de gaseosa, y no puedo comprar otros, de manera que iré sin ellos —dijo Jo, que no se preocupaba mucho por su vestimenta.

—Si no llevas guantes, no voy — gritó Meg, con decisión—. Los guantes son más importantes que cualquier otra cosa; no puedes bailar sin ellos, y si no puedes bailar voy a estar mortificada.

—Me quedaré sentada; a mí no me gustan los bailes de sociedad; no me divierte ir dando vueltas acompasadas; me gusta volar, saltar y brincar.

—No puedes pedir a mamá que te compre otros nuevos; ¡son tan caros y eres tan descuidada!... Dijo cuando estropeaste aquéllos que no te compraría otros este invierno. ¿No puedes arreglarlos de algún modo?

—Puedo tenerlos apretados en la mano, de modo que nadie vea lo manchados que están; es todo lo que puedo hacer. No; ya sé cómo podemos arreglarlo: cada una se pone un guante bueno y lleva en la mano el otro malo; ¿comprendes?

—Tus manos son más grandes que las mías y ensancharías mis guantes — comenzó a decir Meg.

—Entonces iré sin guantes. No me importa lo que diga la gente —gritó Jo, volviendo a tomar el libro.

—Puedes tenerlo, puedes tenerlo, pero no me lo ensucies y condúcete bien; no te pongas las manos a la espalda, ni mires fijamente a nadie; ni digas " ¡Cristóbal Colón!" ¿Sabes?

—No te preocupes por mí; estaré tan tiesa como si me hubiera tragado un molinillo, y no meteré la pata, si puedo evitarlo. Ahora contesta la carta y déjame en paz para acabar esta magnífica historia.

Meg se fue para "aceptar muy agradecida" la invitación, examinar su vestido y planchar su único cuello de encaje, mientras Jo, acabada la historia y las manzanas, jugaba con su ratón.

La noche de Año Nuevo la sala estaba vacía, porque las dos chicas jóvenes servían de doncellas a las dos mayores, que preparaban su indumentaria para el baile. Sencillos como eran los trajes, había mucho que ir y venir, reír y hablar, y por algún tiempo la casa olió a pelo quemado; Meg quería hacerse unos bucles y Jo se encargó de retorcerle con las tenacillas los rizos atados con papeles.

—¿Tienen que oler así? —preguntó Beth desde su asiento sobre la cama.

—Es la humedad que se seca —respondió Jo.

—¡Qué extraño! ¡Huele a plumas quemadas! — observó Amy, arreglando sus propios hermosos bucles con aire de superioridad.

—¡Ahora voy a quitar los papelitos, y verás que bucles! —dijo Jo dejando las tenacillas.

Quitó los papelitos, pero no aparecieron los bucles esperados, porque el pelo se había adherido al papel y lo había arrancado con él.

—¡Oh, oh, oh! ¿Qué has hecho? ¡Me has estropeado el pelo! ¡No puedo ir! ¡Mi pelo! ¡Mi pelo! —exclamó Meg, mirando los rizos desiguales sobre su frente.

—¡Es mi mala pata! No debías haberme pedido que lo hiciera, sabiendo que lo echo a perder todo. Lo siento mucho, pero es que las tenacillas estaban demasiado calientes —suspiró la pobre Jo, mirando con lágrimas de arrepentimiento el flequillo chamuscado.

—Tiene remedio: rízalos y ponte la cinta de manera que los extremos caigan un poquito sobre la frente y estarás a la moda. He visto a muchas chicas así —repuso Amy para consolarla.

— Esto me pasa por querer ponerme hermosa. ¡Ojalá hubiese dejado el pelo en paz! —gritó Meg.

—Eso digo yo. ¡Era tan liso y hermoso! Pero pronto crecerá de nuevo — dijo Beth, corriendo a besar y consolar a la oveja esquilada.

Después de otros contratiempos menos graves, Meg terminó su tocado y, con ayuda de toda la familia, Jo arregló su propio pelo y se puso el vestido. Estaban muy bien con sus sencillos trajes. Meg, de gris plateado con cinta de terciopelo azul, vuelos de encaje y el prendedor de perlas; Jo, de color castaño, con cuello planchado de caballero y unos crisantemos blancos por todo adorno. Cada una se puso un guante bonito y limpio y llevó en la mano otro sucio. Los zapatos de Meg, de tacones altos, le iban muy apretados y la lastimaban, aunque ella no quería reconocerlo; y a Jo le parecía llevar clavadas en la cabeza las diecinueve horquillas que sujetaban su cabellera, pero, ¿qué remedio?; había que ser elegante o morir.

—¡Que se diviertan mucho, queridas mías! —dijo la señora March al verlas salir—. No coman demasiado en la cena y vuelvan a las once, cuando mande a Hanna a buscarlas.

Cuando cerraban la puerta de la verja al salir, una voz les gritó desde la ventana:

—Niñas, ¿llevan los pañuelos bonitos?

—Sí, sí, los llevamos, y el de Meg huele a colonia —gritó Jo, y añadió riéndose—: Creo que mamá nos preguntaría eso aunque estuviésemos huyendo de un terremoto.

—Es uno de sus gustos aristocráticos, y tiene razón, porque, una verdadera señora se conoce siempre por el calzado limpio, los guantes y el pañuelo — respondió Meg.

— Ahora no olvides de mantener el paño malo de tu falda de modo que no se vea, Jo. ¿Está bien mi cinturón? ¿Se me ve mucho el pelo? —dijo Meg, al dejar de contemplarse en el espejo del tocador de la señora Gardiner, después de mirarse largo rato.

—Sé muy bien que me olvidaré de todo. Si me ves hacer algo que esté mal, avísame con un guiño —respondió Jo, arreglándose el cuello y cepillándose rápidamente.

—No, una señora no guiña; arquearé las cejas si haces algo incorrecto, o un movimiento de cabeza si todo va bien. Ahora mantén derechos los hombros y da pasos cortos; no des la mano si te presentan a alguien: no se hace.

—¿Cómo aprendes todas estas reglas? Yo no puedo hacerlo nunca. ¡Qué movida es esa música!

Bajaron la escalera sintiéndose algo tímidas, porque rara vez iban a reuniones de sociedad, y aunque aquélla no era muy formal, para ellas constituía un acontecimiento. La señora Gardiner, una señora anciana y majestuosa, las saludó amablemente y las dejó con la mayor de sus seis hijas. Meg conocía a Sallie y pronto perdió su timidez; pero Jo, que no gustaba de la compañía ni de la charla de las muchachas, se quedó recostada contra la pared, tan desorientada como, un potro en un jardín. En otra parte de la sala, una media docena de muchachos hablaban de patines, y Jo quería unirse a ellos, porque patinar era uno de los placeres de su vida. Telegrafió su deseo a Meg, pero las cejas se arquearon de manera tan alarmante que no se atrevió a moverse. Nadie vino a hablar con ella y poco a poco se fue disolviendo el grupo que tenía más cerca, hasta dejarla sola. No podía ir de un lado a otro con el fin de divertirse, para que no se viera el paño quemado de la falda, de manera que se quedó mirando a la gente con aire de abandono hasta que comenzó el baile. Meg fue invitada inmediatamente, y los zapatos estrechos saltaban tan alegremente que nadie hubiera sospechado lo que hacían sufrir a quien los llevaba puestos. Jo vio a un muchacho alto de pelo rojo, que se acercaba al rincón donde ella estaba, y, temiendo una invitación a bailar, se ocultó detrás de unas cortinas, esperando ver a escondidas desde allí y divertirse en paz. Por desgracia, otra persona tímida había escogido el mismo sitio, porque al dejar caer la cortina tras sí, se encontró cara a cara con Laurence.

—¡Ay de mí!; no sabía que había aquí alguien —balbuceó Jo, disponiéndose a salir tan rápido como entrara.

Pero el chico se rio y dijo de buen humor, aunque parecía algo sorprendido:

—No se preocupe por mí; quédese si quiere. ¿No le estorbaré a usted?

—Ni lo más mínimo; vine aquí porque no conozco a mucha gente, y me sentía molesto, ¿sabe usted?

—Y yo también. No se vaya, por favor, a no ser que lo prefiera.

El chico volvió a sentarse, con la vista baja, hasta que Jo, tratando de ser cortés, dijo:

—Creo que he tenido el placer de verlo antes. Vive usted cerca de nosotros, ¿no es así?

—En la casa próxima a la suya —contestó él, levantando los ojos y riéndose cordialmente, porque la cortesía de Jo le resultaba verdaderamente cómica al recordar cómo habían charlado sobre el criquet cuando él le devolvió el gato.

Eso puso a Jo a sus anchas, y también ella rio al decir muy sinceramente:

—Hemos disfrutado mucho con su regalo de Navidad.

—Mi abuelo lo envió.

—Pero usted le dio la idea de enviarlo. ¡A que sí!

—¿Cómo está su gato, señorita March? —preguntó el chico, tratando de permanecer serio, aunque la alegría le brillaba en los ojos.

—Muy bien, gracias, señor Laurence; pero yo no soy la señorita March, soy simplemente Jo —respondió la muchacha.

—Ni yo soy señor Laurence, soy Laurie.

—Laurie Laurence. ¡Qué nombre más curioso!

—Mi primer nombre es Teodoro; pero no me gusta, porque los chicos me llaman Dora; así que logré que me llamaran Laurie en lugar del otro.

—Yo también detesto mi nombre; ¡es demasiado romántico! Querría que todos me llamaran "Josefina" en lugar de Jo. ¿Cómo logró usted quitar a los chicos la costumbre de llamarle Dora?

—A palos.

—No puedo darle palos a la tía March, así que supongo que tendré que aguantarme.

—¿No le gusta a usted bailar, señorita Josefina?

—Me gusta bastante si hay mucho espacio y todos se mueven ligero... En un lugar como éste, me expondría a volcar algo, pisarle los pies a alguien o hacer alguna barbaridad; así que evito el peligro y la dejo a Meg que se luzca. ¿No baila usted?

—Algunas veces. He estado en el extranjero muchos años y no llevo aquí el tiempo suficiente para saber cómo se hacen las cosas.

—¡En el extranjero! —exclamó Jo—; ¡hábleme de eso! A mí me gusta mucho oír a la gente describir sus viajes.