Mujercitas - Louisa May Alcott - E-Book

Mujercitas E-Book

Louisa May Alcott

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Beschreibung

La conmovedora historia de cuatro niñas que crecerán rebelándose contra los roles que su sociedad les impone. El título en inglés de esta novela, Little Women, significa literalmente «mujeres pequeñas», e intenta resaltar las peculiaridades de esa época de la vida en la que las chicas no son adultas todavía, pero tampoco son niñas. La historia de cuatro hermanas (Meg, Jo, Beth y Amy) y su cotidianidad durante la Guerra de Secesión norteamericana, en la que su padre está luchando, y los momentos tan difíciles que toda la familia debe afrontar. Una aventura del día a día en que cada suceso se vive como un descubrimiento o una oportunidad para crecer y cambiar.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Introducción

El juego de los peregrinos

Una alegre Navidad

El joven Laurence

Cargas

Buenos vecinos

El palacio encantado

Jo conoce a Apolión

El Club Pickwick y el buzón de correos

Experimentos

El señor Brooke

Secretos

Un telegrama

Una niña abnegada

Días oscuros

Confidencial

Verdes praderas

La tía March decide la cuestión

Apéndice

Créditos

Una novela juvenil para todas las edades

Louisa May Alcott llevaba muchos años escribiendo cuando publicó la novela Little Women (Mujercitas en español) en el año 1768. Gracias a su actividad literaria, había conseguido cierta independencia económica, pero había publicado casi toda su obra bajo diferentes seudónimos, y era una desconocida para el gran público. Escribía sobre todo folletines góticos que se publicaban por entregas en distintas revistas, aunque también había publicado en la prensa una interesante serie de cartas escritas mientras trabajaba como enfermera en un hospital militar durante la guerra de Secesión.

Probablemente fueron estas cartas llenas sentido del humor y de detalles de la vida cotidiana las que atrajeron la atención del editor Thomas Niles, un amigo del padre de Alcott. Él fue quien le sugirió a Louisa que escribiese una novela utilizando el mismo tono de las cartas, pero con muchachas adolescentes como protagonistas. Se había dado cuenta de que existía un hueco en el mercado editorial que nadie estaba aprovechando, ya que no había novelas juveniles propiamente dichas, y menos aún dirigidas al público femenino.

Thomas Niles acertó de lleno, porque Mujercitas se convirtió en un éxito instantáneo en cuanto se publicó. La crítica la valoró muy positivamente desde el primer momento, y su popularidad se extendió con gran rapidez, especialmente entre las lectoras jóvenes, a quienes iba dirigida. Por ese motivo, se considera que este libro inaugura la literatura juvenil de corte realista, aunque en realidad se trata de una obra que puede disfrutarse a cualquier edad gracias a sus sólidos valores literarios, la naturalidad de los personajes y la agilidad de su estilo.

Una autobiografía novelada

La primera sorprendida por el éxito de Mujercitas fue la propia autora. Louisa May Alcott había aceptado la sugerencia de Niles porque su familia necesitaba dinero, pero no estaba nada convencida de que el proyecto fuese a salir bien. Ella misma contó en sus entrevistas lo difícil que le había resultado el proceso de escritura, y lo insegura que se sentía cuando terminó.

El motivo de sus dudas era que nunca se había interesado por los «asuntos de chicas», y sus mejores amigos eran todos varones. Pensaba que no sería capaz de inventar personajes femeninos creíbles… hasta que se dio cuenta de que podía utilizar como modelos a las personas que mejor conocía: ella misma y sus tres hermanas.

En muchos aspectos, Mujercitas se puede considerar una biografía novelada. El personaje protagonista, Jo, tiene muchos rasgos de la propia escritora, y el ambiente doméstico que describe refleja las vivencias de los Alcott, una familia muy poco convencional, con un padre filósofo que nunca tuvo un empleo y una madre de origen aristocrático que fue una de las primeras trabajadoras sociales del mundo. Al igual que en la novela, las cuatro hermanas Alcott combinaban sus aficiones artísticas con distintos trabajos que realizaban para ayudar en la economía familiar, y en su casa reinaba un ambiente de creatividad y libertad muy poco corriente en los hogares burgueses del siglo XIX. Louisa reflejó a la perfección esas peculiaridades de su adolescencia, aunque en algunos aspectos prefirió apartarse de sus propias experiencias. Por ejemplo, la familia March no es tan pobre como los Alcott, que a menudo llegaron a pasar hambre, y el padre tiene un talante más conciliador y comprensivo que Amos Bronson Alcott, el padre de Louisa en la vida real.

El título del libro

El título en inglés de esta novela,Little Women, significa literalmente «mujeres pequeñas», e intenta resaltar las peculiaridades de esa época de la vida en la que las chicas no son adultas todavía, pero tampoco son niñas. En realidad, el título contenía toda una declaración de intenciones, porque significaba que en aquella historia se iban a tomar en serio los problemas de las adolescentes, y no se las iba a tratar con condescendencia. El tema de la novela es precisamente ese: los esfuerzos de cuatro hermanas durante la pubertad para entenderse a sí mismas y crecer como personas.

La aventura de cada día

Louisa May Alcott tenía mucha experiencia como escritora de novelas folletinescas con argumentos complicados y giros sorprendentes en cada capítulo. Curiosamente, esto le sirvió para crear la estructura y el estilo de Mujercitas, una novela totalmente realista. Su habilidad para transformar las pequeñas anécdotas de la vida cotidiana en grandes acontecimientos y las esperanzas, miedos y deseos de las protagonistas en un torbellino de emociones para el lector es una de las claves del éxito de la novela y de su conexión con el público. No era nada fácil convertir el día a día de cuatro muchachas americanas de clase media en una aventura donde cada suceso se viviese un descubrimiento o una oportunidad para crecer y cambiar. Louisa lo consiguió, y el resultado nos parece convincente porque, en la vida real, es así también como nosotros interpretamos lo que nos sucede: todo es importante, todo tiene significado, y cada pequeño suceso añade un nuevo capítulo o un giro de guion a nuestras vidas.

La cuestión de género

Aunque el título del libro y el recuerdo de algunas versiones cinematográficas edulcoradas puedan resultar «cursis» para un lector del siglo XXI, lo cierto es que esta obra sigue siendo tan rompedora y revolucionaria como cuando Alcott lo escribió. Y en el centro de su planteamiento se encuentra, sin duda, la cuestión de los derechos de las mujeres y de su papel dentro de las sociedades modernas. Gracias a la educación que había recibido, Louisa era una feminista decidida, y durante toda su vida defendió la causa de las sufragistas (movimiento que reclamaba el derecho al voto para las mujeres). Su propia biografía refleja la importancia que tenían estas ideas para ella, ya que decidió no casarse y se propuso desde la adolescencia conseguir la independencia económica. Eso explica que los personajes del libro nos resulten tan modernos. A diferencia de lo que sucedía con las protagonistas de la mayoría de las novelas de entonces, Jo y sus hermanas no tienen como único objetivo en la vida el de casarse y replicar los roles femeninos tradicionales. Cada una busca su propio camino, que a menudo se aparta de lo que se esperaba de una mujer en la segunda mitad del siglo XIX.

Algunas adaptaciones recientes de la obra, como la película dirigida por Greta Gerwig en 2019, subrayan esta perspectiva de género. Pero la novela original es mucho más que un alegato en defensa de la igualdad de las mujeres, ya que aborda toda la complejidad de los cambios que afrontan los adolescentes de ambos sexos en su transición hacia la edad adulta.

El comienzo de una saga

Tras el éxito de Mujercitas, Louisa recibió un aluvión de cartas de las lectoras pidiéndole que escribiese una segunda parte, y ella respondió escribiendo en tres meses la secuela del libro, situada cuatro años más tarde y titulada en español Aquellas mujercitas. En este segundo libro de la serie vemos cómo ha evolucionado cada hermana, sus problemas amorosos y el terremoto que sacude la vida doméstica de todas ellas cuando Beth vuelve a enfermar. El éxito fue tan abrumador como el de la novela original, y las dos partes se publican juntas a menudo. Casi todas las versiones cinematográficas combinan los sucesos de Mujercitas con los de Aquellas mujercitas.

Algunos años después, Alcott publicó un tercer libro de la serie, protagonizado por los alumnos de Jo en el colegio que ella funda con su marido. El libro se publicó en español con el título de Hombrecitos, y tiene como tema principal la educación. En 1886, la autora publicó la última entrega de la saga, Los muchachos de Jo, donde nos reencontramos con los personajes de Hombrecitos cuando ya están en la universidad.

Esta edición

Esta versión de Mujercitas no incluye el texto íntegro de la obra de Louisa May Alcott. Se trata de una traducción directa del original en inglés en la que se han omitido algunos capítulos relacionados con las tramas secundarias de la historia y se han fusionado y simplificado otros. Hemos procurado conservar íntegramente el estilo de Alcott tanto en las descripciones como en los diálogos, y únicamente hemos eliminado una parte de los textos que figuran en la novela como transcripciones de los cuentos, artículos y obras de teatro de Jo, así como algunas reflexiones morales o filosóficas que podrían resultar complicadas para el público juvenil. En algunos casos hemos incluido algún poema o canción, traduciéndolo libremente para no perder el ritmo y la rima, esenciales en el original.

Esperamos que este primer acercamiento a la obra anime a los lectores a leer también la versión original, y a atreverse con la segunda parte, Aquellas mujercitas, que, sin duda, les resultará tan satisfactoria y adictiva como la primera.

El juego de los peregrinos

Navidad sin regalos no parece Navidad —murmuró Jo, tumbada en la alfombra.

—¡Es tan horrible ser pobre! —suspiró Meg echando una ojeada a su viejo vestido.

—Creo que no es justo que algunas chicas tengan tantas cosas bonitas y otras ninguna —añadió la pequeña Amy en tono herido.

—Tenemos a Padre y a Madre, y nos tenemos unas a otras —dijo Beth apaciblemente desde su rincón.

Los cuatro rostros juveniles, que reflejaban el fuego de la chimenea, se iluminaron con aquellas palabras reconfortantes, pero volvieron a oscurecerse cuando Jo dijo con tristeza:

—A padre no lo tenemos, y no lo tendremos en mucho tiempo.

No dijo «quizá nunca más», pero cada una lo añadió mentalmente, pensando en lo lejos que estaba su padre, en el frente1.

Nadie habló durante un minuto. Después, Meg dijo en un tono diferente:

—Sabes que la razón de que Madre haya propuesto que no haya regalos esta Navidad es porque va a ser un invierno duro para todo el mundo. Y piensa que no debemos gastar por gastar mientras nuestros hombres sufren en el ejército. No podemos hacer mucho, pero sí estos pequeños sacrificios, y deberíamos estar contentas de poder hacerlos. Aunque yo no lo estoy.

Meneó la cabeza mientras pensaba con pesar en todas las cosas bonitas que quería.

—No creo que ninguna de vosotras sufra tanto como yo —exclamó Amy—. Porque no tenéis que ir al colegio con chicas impertinentes que se burlan de ti si no te sabes la lección y se ríen de tus vestidos y hablan mal de tu padre si no es rico, y te insultan si tu nariz no es perfecta.

—¿No te gustaría que tuviésemos el dinero que papá perdió cuando éramos pequeñas, Jo? —preguntó Meg, que aún se acordaba de los viejos tiempos—. Madre mía… ¡Qué felices y qué buenas seríamos si no tuviésemos preocupaciones!

—El otro día dijiste que somos mucho más felices que los niños de los King, que están todo el día peleándose y quejándose, a pesar de tener mucho dinero.

—Lo dije, Beth. No sé, supongo que lo somos. Porque, aunque tenemos que trabajar, nos divertimos, y formamos una panda de cuidado, como diría Jo.

—¡Jo habla de una manera tan vulgar! —dijo Amy con una mirada de reprobación hacia la figura tendida en la alfombra.

Jo se sentó de inmediato, se metió las manos en los bolsillos y empezó a silbar.

—No lo hagas, Jo. ¡Es tan masculino!

—Por eso lo hago.

—¡Detesto a las chicas rudas y poco femeninas!

—¡Y yo detesto a las cursis relamidas!

—Vamos, chicas, ninguna de las dos tenéis razón —dijo Meg, metida en su papel de hermana mayor—. Eres lo bastante mayor para dejar ya de una vez esas tonterías de chicos y comportarte mejor, Josephine. Cuando eras pequeña no importaba tanto, pero ahora que eres tan alta y que ya te recoges el pelo, deberías recordar que eres una señorita.

—¡No lo soy! Y si recogerme el pelo me convierte en una, iré con trenzas hasta los veinte —exclamó Jo. Y, arrancándose la redecilla, liberó su larga melena castaña—. Odio pensar que tengo que crecer y convertirme en la señorita March2, y llevar vestidos largos, y parecer tan remilgada como una margarita de porcelana. ¡Ya es bastante malo ser una chica, cuando lo que me gustan son los juegos y los trabajos y los modales de los chicos! No puedo superar mi desilusión por no ser un chico. Y ahora es peor que nunca, porque me muero de ganas de ir a luchar con papá. Y lo único que puedo hacer es quedarme en casa y tejer, como una anciana encogida.

Jo sacudió el calcetín del ejército que estaba tejiendo hasta que las agujas tintinearon como castañuelas, y su ovillo salió rodando por el suelo.

—¡Pobre Jo! Es una lástima, pero no se puede hacer nada, así que tendrás que contentarte con que tu nombre suene a chico y jugar a ser nuestro hermano —dijo Beth, acariciando el rostro áspero con una mano enrojecida que, a pesar de tanto limpiar y lavar, no había perdido su suavidad.

—Y en cuanto a ti, Amy —continuó Meg—. Eres demasiado caprichosa y remilgada. Esos aires que te das ahora resultan graciosos, pero cuando crezcas parecerás una oca engreída, si no andas con cuidado. Me gustan tus buenos modales y tu manera refinada de hablar cuando no intentas ser elegante. Pero tus palabras absurdas son tan malas como las vulgaridades de Jo.

—Si Jo es un chicarrón y Amy una oca, ¿yo que soy, a ver? —preguntó Beth, lista para ser incluida en el sermón.

—Tú eres un cielo y nada más —contestó Meg cálidamente; y nadie la contradijo, porque el «ratoncito» era la preferida de la familia.

Las cuatro hermanas estaban sentadas tejiendo a la luz del crepúsculo mientras la nieve caía suavemente en el exterior y el fuego crepitaba alegre en la chimenea. Era una habitación confortable, aunque la alfombra estaba algo descolorida y el mobiliario era sencillo. Un par de cuadros buenos adornaban las paredes, había libros por todos los rincones, en las ventanas florecían los crisantemos y las rosas de Navidad, y una atmósfera agradable y hogareña lo impregnaba todo.

Margaret, la mayor de las cuatro, tenía dieciséis años y era muy guapa, de piel clara y un poco rellenita, con los ojos grandes, una abundante melena castaña, labios dulces y las manos, de las que estaba bastante orgullosa, especialmente blancas. A sus quince años, Jo era muy alta, delgada y morena, y su aspecto recordaba un poco al de un potrillo, porque nunca parecía saber qué hacer con sus largas extremidades, que le estorbaban para casi todo. Tenía una boca decidida, una nariz algo cómica y unos agudos ojos grises a los que nada se les escapaba y que podían volverse fieros, divertidos o pensativos, según el momento. Su mayor orgullo era su largo y espeso cabello, aunque lo solía llevar recogido en una redecilla para que no le molestara. Elizabeth, o Beth, como la llamaba todo el mundo, era una niña de trece años con las mejillas sonrosadas, el pelo liso y los ojos brillantes, de modales tímidos y con una expresión pacífica que rara vez se alteraba. Su padre la llamaba «señorita Tranquilidad», y el nombre le iba estupendamente, porque parecía vivir en un mundo feliz del que solo salía para comunicarse con las escasas personas en las que confiaba y a las que quería. Amy, a pesar de ser la más joven, se tenía por una persona de gran importancia. Pálida y esbelta, con la piel muy blanca, ojos azules y cabellos rubios que le caían sobre los hombros formando tirabuzones, siempre se comportaba como una pequeña dama, y cuidaba mucho sus modales.

El reloj dio las seis y Beth, después de recoger las cenizas de la chimenea, colocó ante ella un par de zapatillas para que se calentaran. La imagen de aquel viejo calzado tuvo un efecto positivo en las chicas, porque significaba que su madre estaba a punto de llegar, y todo se iluminaba para recibirla. Meg dejó sus sermones y encendió la lámpara, Amy se levantó del sillón sin que nadie se lo pidiera, y Jo se olvidó de lo cansada que estaba al coger las zapatillas y acercarlas al fuego.

—Están bastante desgastadas. Necesita unas nuevas.

—Creo que se las compraré con mi dólar —dijo Beth.

—No, se las compraré yo —protestó Amy.

—Yo soy la mayor —comenzó Meg; pero Jo la interrumpió con decisión.

—Yo soy el hombre de la familia ahora que papá no está, y yo conseguiré las zapatillas, porque me dijo que cuidara de mamá en su ausencia.

—Ya sé lo que haremos —dijo Beth—. Que cada una le regale una cosa por Navidad, en lugar de comprarnos algo para nosotras.

—¡Que idea tan propia de ti, Beth! —exclamó Jo—. ¿Y qué le compramos?

Todas se quedaron pensando unos instantes. La primera en hablar fue Meg, a quien la visión de sus preciosas manos le había dado una idea.

—Yo le regalaré unos guantes bonitos.

—Yo, zapatos del ejército, los mejores que hay —decidió Jo.

—Yo pañuelos bien rematados —dijo Beth.

—Yo, un frasco de agua de colonia. Le encanta, y no me costará mucho, así me quedará algo para comprarme unos lápices —explicó Amy.

—¿Y cómo le daremos los regalos? —preguntó Meg.

—Los podemos poner en la mesa y llevarla hasta allí y esperar a que los abra —contestó Joe—. Como solíamos hacer en los cumpleaños, ¿no os acordáis?

—A mí me daba miedo cuando me tocaba sentarme en la silla con la corona puesta mientras vosotras desfilabais con los regalos y me ibais dando un beso cada una. Me gustaban los regalos y los besos, pero era horrible veros allí sentadas mirándome mientras yo abría los paquetes —dijo Beth, que estaba tostando sus mejillas y el pan al mismo tiempo para la hora del té.

—Dejaremos que Madre piense que vamos a comprar cosas para nosotras y le daremos una sorpresa. Tendremos que ir a comprar mañana por la tarde, Meg. Nos queda mucho trabajo todavía con la obra de teatro de Navidad —dijo Jo caminando arriba y abajo con las manos a la espalda y la nariz levantada hacia el techo.

—Esta es la última vez que pienso actuar. Ya soy demasiado mayor para esas cosas —observó Meg, que disfrutaba tanto jugando a disfrazarse como cualquier niña.

—No vas a dejarlo, estoy segura. Al menos, mientras puedas pasearte con un largo vestido blanco, el pelo suelto y joyas de papel dorado. Eres la mejor actriz que tengo, y todo se estropearía si tú lo dejas. Esta noche hay que ensayar. Ven aquí, Amy, y haz la escena del desmayo, porque te pones rígida como un palo cuando llegas a esa parte.

—No puedo evitarlo. Nunca he visto a nadie desmayarse, y no pienso llenarme de moretones tirándome en plancha como haces tú. Si puedo deslizarme suavemente hasta el suelo, lo haré. Si no puedo, me caeré sobre una silla con elegancia. Me da igual que Hugo me esté apuntando con una pistola —replicó Amy, que no tenía grandes dotes para el teatro, pero era la heroína porque, gracias a su corta estatura, el villano de la obra podía llevársela en brazos mientras gritaba.

—Hazlo así. Entrelaza las manos suplicando y atraviesa la habitación dando tumbos mientras gritas frenética: «¡Rodrigo! ¡Rodrigo! ¡Sálvame! ¡Sálvame!».

Mientras hablaba, Jo hizo una demostración que terminó con un melodramático grito que les puso a todas los pelos de punta.

Amy intentó imitarla, pero avanzaba tiesa como un palo, como un autómata, y su «Oh» sonó más al de alguien que se clava un alfiler que a miedo y angustia. Jo gruñó desesperada mientras Meg se reía a carcajadas, y a Beth se le quemó el pan al distraerse mirando la escena.

—Es una pérdida de tiempo. Hazlo lo mejor que puedas cuando llegue el momento, y, si el público se echa a reír, que nadie me eche la culpa. Vamos, Meg.

A partir de ahí, las cosas fluyeron sin sobresaltos, y don Pedro desafió al mundo en un discurso de dos páginas sin una sola interrupción. La bruja Hagar entonó un lúgubre sortilegio sobre su caldera humeante llena de sapos hirvientes, Rodrigo rompió sus cadenas como un héroe, y Hugo murió en una agonía de remordimiento y arsénico3 pronunciando al final un salvaje «Jaa Jaa»…

—Es la mejor que hemos hecho —dijo Meg cuando terminaron.

—No sé cómo puedes escribir cosas tan maravillosas, Jo. ¡Eres como Shakespeare4! —declaró Beth, convencida de que sus hermanas estaban dotadas de la más asombrosa genialidad.

—No tanto —replicó Jo modestamente—. Sí creo que La maldición de las brujas, una tragedia operística, es bastante buena, pero me gustaría probar también con Macbeth. Siempre he querido interpretar la parte del crimen. «¿Es una daga eso que veo ante mí?».

—No, es un tenedor, con la zapatilla de mamá tostándose en lugar del pan. ¡Beth está hipnotizada por la obra! —exclamó Meg, y el ensayo terminó con una carcajada general.

—Me alegro de encontraros tan contentas, hijas —dijo una voz cálida desde la puerta, y las actrices se dieron la vuelta para dar la bienvenida a una dama alta, de aspecto maternal, que no iba vestida elegantemente, pero tenía un cierto aire de nobleza.

—Bueno, ¿cómo ha ido el día? Había tanto que hacer, con las cajas que tienen que salir mañana, que no pude escaparme a comer. ¿Ha venido alguien, Beth? ¿Qué tal tu catarro, Meg? Jo, pareces cansada. Ven y dame un beso, mi niña.

Mientras hacía estas preguntas, la señora March se quitó los zapatos mojados, se puso las zapatillas, se sentó en un sillón y le dio un cariñoso abrazo a Amy, preparándose para disfrutar del momento más feliz de la jornada. Las chicas se apresuraron a prepararlo todo para que ella se sintiese cómoda. Meg puso la mesa, Jo trajo leña y acercó las sillas, Beth iba y venía del salón a la cocina, serena y ocupada, mientras Amy les daba instrucciones a todas sin levantarse de su asiento.

Cuando por fin se sentaron todas a tomar el té, la señora March dijo, con una mirada especialmente alegre:

—Tengo un regalo para después.

Una sonrisa iluminó uno a uno, como un rayo de sol, los rostros de las cuatro hermanas.

—¡Una carta! —exclamó Jo—. ¡Una carta de padre!

—Sí, una carta larga y bonita. Se encuentra bien, y cree que terminará el invierno mejor de lo que pensábamos. Nos felicita la Navidad, y manda un mensaje especial para vosotras.

—¡Pues deprisa, vamos a terminar cuanto antes! —dijo Jo atragantándose con el té y dejando caer la tostada en la alfombra por el lado de la mantequilla, de pura impaciencia.

Beth ya no comió más, y se fue a su rincón a esperar el momento mientras las otras se preparaban.

—Cómo me gustaría poder ir yo también a la guerra. De tamborilera… o de enfermera. Así podría estar con él y ayudarle.

—Pobre papá —suspiró Amy—. Debe de ser muy desagradable dormir en una tienda y comer esas cosas tan malas, y beber en una taza de latón.

—¿Cuándo volverá, madre? —preguntó Beth con un temblor en la voz.

—No en unos cuantos meses, hija, a no ser que se ponga enfermo. Se quedará a cumplir su deber todo el tiempo que pueda, y nosotras no le pediremos que vuelva ni un minuto antes. Bueno, venid a escuchar la carta.

Se acercaron todas al fuego, la madre en el sillón grande con Beth sentada a sus pies, Meg y Amy situadas una en cada brazo, y Jo apoyada en el respaldo, donde nadie podría notar su emoción si la carta se volvía especialmente conmovedora. Y en aquellos tiempos, pocas cartas había que no resultasen conmovedoras, sobre todo las de los padres que escribían a casa. En esta se hablaba poco de las asperezas de la vida en el frente, los peligros cotidianos y la nostalgia del hogar. Era una carta alegre y llena de esperanza, con vívidas descripciones de la vida militar, las marchas, las noticias de la guerra… Solo al final, el escritor se permitía dejarse llevar por los sentimientos y el amor hacia su familia.

Dales a todas mi cariño y un beso. Diles que pienso en ellas durante el día, que rezo por ellas cada noche, y que son en todo momento mi mayor consuelo. Un año todavía sin verlas parece muy largo, pero recuérdales que, mientras esperamos, debemos trabajar todos para que estos meses tan duros no sean inútiles. Sé que se acordarán de todo lo que les dije, que se portarán bien contigo, que cumplirán su deber y que lucharán contra sus flaquezas con valentía. Y sé que saldrán vencedoras, y que cuando vuelva podré estar más orgulloso que nunca de mis mujercitas.

Todas lloraron al llegar a aquella parte. Jo no se avergonzó por la gruesa lágrima que colgaba de la punta de su nariz, y a Amy no le importó que los rizos se le aplastasen cuando enterró la cara en el regazo de su madre mientras sollozaba:

—¡Soy una egoísta! Pero voy a intentar de verdad ser mejor, para que no se sienta decepcionado conmigo cuando vuelva.

—Todas lo vamos a hacer —dijo Meg—. Yo pienso demasiado en mi aspecto y odio trabajar, pero voy a intentar cambiar, si puedo.

—Yo voy a intentar ser lo que nos llama en la carta, una «mujercita», y no una salvaje, y me centraré en cumplir mi deber aquí en lugar de soñar con estar en otro sitio —dijo Jo, convencida de que mantener la calma en casa era mucho más difícil que enfrentarse a un rebelde o dos allá en el Sur5.

Beth no dijo nada, pero se limpió las lágrimas con el calcetín azul del ejército que estaba tejiendo y luego reanudó su labor, para no perder ni un segundo en poner en práctica sus propósitos.

La señora March rompió el silencio que siguió a las palabras de Jo diciendo en tono alegre:

—¿Os acordáis de cuando erais pequeñas y jugabais al Progreso del peregrino6? Lo que más os gustaba en el mundo era que os atase las mochilas a la espalda, os hiciese encargos y os diese vuestros sombreros y bastones para recorrer toda la casa desde el sótano, que era la Ciudad de la Destrucción, hasta el desván, donde juntabais todas las cosas que habíais reunido para construir la Ciudad Celestial.

—¡Qué divertido era! Sobre todo, pasar junto a los leones, y luchar con Apolión, y cruzar el Valle de los Duendes —dijo Jo.

—A mí me gustaba llegar al sitio donde se abandonaban las cargas y las dejábamos rodar escaleras abajo —suspiró Meg.

—Yo no me acuerdo de casi nada, solo de que me daba miedo entrar en el sótano, y de que me encantaban el pastel y la leche que nos encontrábamos al llegar arriba. Si no fuese demasiado mayor para esas cosas, me encantaría volver a jugar a eso otra vez —dijo Amy, que había empezado a hablar de renunciar a las cosas de niños al cumplir doce años.

—Nunca somos demasiado mayores para eso, hija, porque es un juego al que estamos jugando siempre de una manera o de otra. Nuestras cargas están aquí, tenemos el camino delante, y el deseo de ser felices y de hacer el bien nos guía para superar todos los problemas y errores antes de llegar a la verdadera Ciudad Celestial. Así que suponed que volvemos a empezar, pero esta vez no como un juego, sino en serio, y vamos a ver hasta doónde podemos llegar antes de que Padre vuelva a casa.

—¿De verdad, mamá? ¿Y cuáles son nuestras cargas? —preguntó Amy, que era una jovencita muy literal.

—Cada una de vosotras acaba de explicarla en voz alta, excepto Beth. Yo creo que no tiene ninguna —dijo su madre.

—Sí, sí la tengo. Son los platos y los plumeros, y envidiar a las chicas que tienen pianos buenos, y tener miedo de la gente.

La «mochila» descrita por Beth era tan curiosa que todas se habrían echado a reír, pero ninguna lo hizo, porque habrían herido sus sentimientos.

—Hagámoslo —dijo Meg pensativa—. Es solo otro nombre para intentar ser buenas, pero la historia nos puede ayudar, porque, aunque queramos serlo, es muy duro y se nos olvida, y no nos esforzamos al máximo.

—Hoy estábamos en el Pantano del Desconsuelo, y madre nos ha ayudado a salir. ¿Adónde tendríamos que ir ahora? —preguntó Jo, encantada de poder adornar los deberes cotidianos con un poco de fantasía.

—La mañana de Navidad, mirad debajo de vuestras almohadas y encontraréis vuestras guías —contestó la señora March.

Hablaron sobre el nuevo plan mientras la vieja Hannah quitaba la mesa, y después sacaron sus cuatro pequeñas cestas de labores, y las agujas volaban en sus dedos mientras cosían sábanas para la tía March7. A ninguna le interesaba especialmente aquello de coser, pero esa noche no protestaron. Pusieron en práctica el plan de Jo de dividirse las costuras más largas en cuatro partes, llamándolas Europa, Asia, África y América, y de esa manera se lo pasaron estupendamente, sobre todo porque iban hablando de los diferentes países cuando les tocaba coser a través de ellos.

A las nueve dejaron de trabajar y cantaron un rato antes de irse a la cama, como hacían siempre. Solo Beth tocaba el piano, pero lo hacía admirablemente, acompañando las sencillas canciones que entonaban. Meg tenía una voz aflautada, y ella y su madre dirigían el pequeño coro. Amy gorjeaba como un grillo, y Jo canturreaba con su peculiar estilo, soltando siempre una nota demasiado grave o desafinada en el momento cumbre. Llevaban haciéndolo así desde que aprendieron a hablar, y se había convertido en una costumbre de la casa, porque su madre era una cantante con un talento natural. El primer sonido de la mañana era siempre su voz mientras iba y venía por la casa cantando como una alondra, y el último sonido de la noche era aquella misma voz cálida y alegre, porque ninguna de las muchachas se sentía demasiado mayor para disfrutar de una melodiosa nana.

1 Se refiere a la guerra de Secesión, que se desarrolló entre 1861 y 1865 y enfrentó a los estados esclavistas y secesionistas del sur de EE. UU. (confederados) con los estados unionistas del norte. La guerra terminó con la rendición del bando confederado y la abolición de la esclavitud, después de dejar unos 750000 muertos. El padre de las protagonistas lucha en el bando unionista.

2 Como segunda en edad de las hermanas, Jo recibe el tratamiento de señorita March o miss March, mientras su hermana mayor, Meg, es conocida como señorita Margaret o miss Margaret (es decir, por el nombre de pila y no por el apellido).

3Arsénico: sustancia extremadamente tóxica, que en el siglo xix, se utilizaba para tratar distintas enfermedades.

4 Se refiere al dramaturgo inglés del siglo XVI, su obra se considera la cumbre de la literatura inglesa.

5 Desde los estados unionistas, se llamaba «rebeldes» a los combatientes del bando confederado en la guerra de Secesión, ya que pertenecían a los estados del sur que se habían rebelado contra el gobierno federal.

6 Este juego está inspirado en una novela religiosa de John Bunyan publicada en el siglo XVII, que describe de manera simbólica el camino recorrido por un cristiano hasta alcanzar la salvación eterna. El título completo era: El progreso del peregrino desde este mundo al venidero, mostrado como un sueño. En la historia, el protagonista, Cristiano, parte de la Ciudad de la Destrucción, atraviesa el Pantano del Desaliento y el Collado de las Dificultades, donde se enfrenta a dos leones, lucha con el diablo Apolión y, después de recorrer otros muchos lugares, llega al Castillo de las Dudas y finalmente a la Ciudad Celestial, que simboliza la salvación.

7 Se refiere a Josephine March, tía de Robert March, el padre de las cuatro hermanas, una viuda rica que desaprueba la pobreza y las costumbres caritativas de la familia de su sobrino. Jo trabaja para ella haciéndole compañía y leyéndole libros en voz alta.