Muñeca en altamar - Aleli Changana Hartfiel - E-Book

Muñeca en altamar E-Book

Aleli Changana Hartfiel

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Beschreibung

Las protagonistas de Muñeca en altamar son buscadoras de tesoros. Ante todo, indagan, no paran de investigar con ardor como si la vida se les fuera en ello. Una madre en vacaciones, al filo permanente de una crisis de pareja, busca algo similar a una perla, una joven poeta sola en una ciudad lejana y fría busca el fracaso absoluto, dos adolescentes buscan la libertad, una niña buscadora de respuestas vive su vida en soledad, una amiga busca en apariencia a otra, una hermana busca salvar a su extraño hermano, una mujer busca una puerta de salida. Las mujeres de estos relatos buscan pañuelos, muñecas, cigarrillos, a otras mujeres. A veces piden ayuda; otras, acallan las palabras y se atan el nudo en la garganta, se peinan y ponen la pava por la mañana y siguen hacia adelante confiando en que todo se resolverá. En ocasiones, los fantasmas que escondimos en el ropero abren la puerta cuando menos lo esperamos y nos obligan a mirarnos de frente, a tomar decisiones. Es lo que pretenden hacer las protagonistas: rearmarse, darse un tiempo, recordar, comprender y liberarse.

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Seitenzahl: 247

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Changana Hartfiel, Alelí

Muñeca en altamar / Alelí Changana Hartfiel. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

190 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-798-4

1. Antología Literaria Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022.

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Muñeca~en~altamar

Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, ahogarse en él y bracear para mantenerse a flote. Este es su verdadero problema. Las mujeres lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer. Porque un ser libre no cae casi nunca en un pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas serias que hay en el mundo y solo se concentra en sí mismo para esforzarse por ser cada día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo.

Natalia Ginzburg

Cnur

Hace unos años, viví en Santiago de Chile. Durante los primeros meses, habité un departamento clavado en pleno centro. Trabajaba por las noches, leía durante el día, escribía, caminaba por la ciudad. En ese entonces, 2006 o 2007, Santiago era un lugar relativamente tranquilo; esto me permitía darme el lujo de patearme la ciudad por cuanto barrio o callejón se me diera la gana.

Había un lugar llamado Independencia 1. Se trataba de una zona nueva que crecía en las afueras de la ciudad. Ya fuera por estar despoblada de árboles, por sus paredones grises sin siquiera un grafiti famélico, debido a la mirada esquiva de la gente, por reinar en sus calles un silencio de muerte, a causa de las voces amordazadas, de la tenue diferencia entre los rostros de sus niños y los de sus viejos o por los vestidos de sus mujeres con olor a sopa aguada; por todo esto, Independencia 1 me pareció el barrio más desolado y doloroso del mundo.

Me mudé allí ni bien pude: en ese momento contaba con grandes aspiraciones al fracaso. Mi plan era ser una flaca poetisa absorbida por los dramas de la vida; una fumadora empedernida que encendía un cigarrillo tras otro mientras observaba desde la ventana una ciudad lluviosa, una ciudad llorando su tristeza en soledad. Tenía veinte años, todavía me podía sacudir la tristeza de un soplido, como si de un puñado de tierra se tratara.

El edificio donde me mudé contaba con cinco pisos. Yo vivía en el quinto. No había ascensor; en cambio, sí había una escalera de cemento como escolta de todos los pisos, como una serpiente con el lomo lleno de moho. En cada puerta, se exhibían unas cuantas macetas con esqueletos de plantas, canillas que goteaban, cagadas de gato, olor a apio, a coliflor. Unos días después de la mudanza, acabé por asimilar el rasgo indiferente de mis vecinos. Me convertí en una fantasma más del edificio, un espectro que subía o bajaba las escaleras como un soplido.

Pero sí hablé con alguien, se llamaba Héctor. Era un hombretón descendiente de mapuches muy tímido. Destacaba en el edificio, aparte de por su tamaño (todo grandote él), por las camisas de colores pasteles estilo hindú, de telas de bambula o sedas con estampados de mandalas. A veces, nos encontrábamos en el supermercado. En esos cruces rápidos, me daba cuenta de sus sutiles maniobras, efectuadas para ocultar el interior del carrito de compras. Estos intentos eran inútiles, pues llevaba montañas de cajas de leche encastradas como en un Tetris.

Comenzamos a hablar a menudo cuando coincidimos varias veces en la terraza, colgando la ropa. Me enteré así de la devoción de Héctor por un dios llamado Cnur, un ídolo antiguo con forma de toro. Se jactaba de poseer un ejemplar del dios en su apartamento. Yo me imaginaba las enormes rodillas de Héctor clavándose en las tablas del suelo mientras, entre sollozos, rezaba oraciones inventadas a un crucifijo con cuernos que pendía sobre un catre.

Recuerdo muy bien la tarde en la que conocí a Cnur. Llegué del trabajo y subí las escaleras sin poder creer la transformación del edificio. Las macetas, antes mustias, rebasaban ahora de geranios y los potus refulgían con un brillo estelar. Las paredes habían sido blanqueadas, la madera de las puertas, barnizadas. En cada tramo de la escalera, se escuchaba un bullicio alegre, música, carcajadas, olor a aceite hirviendo. Fui de inmediato a buscar a Héctor, pero él ya me estaba esperando con la sonrisa iluminada por una luz naranja.

Entré a la habitación y en medio de la cama me encontré con Cnur: una estatua con cuerpo y tamaño de hombre, piel rosada y rolliza, cabeza de toro con dos imponentes cuernos. Permanecí con la mirada fija en sus ojos, tenían una humedad muy viva, como si titilaran levemente u observaran con atención. Esquivé la mirada para concentrarme en el cuerpo: estaba hecho de un material similar al de la piel de durazno, con poros abiertos de donde crecían pelitos. Un escalofrío me recorrió el cuerpo; sin embargo, me abstuve de comentarlo por respeto.

—Ahora viene lo mejor —me dijo Héctor—. Observa bien.

Tomó una caja de leche de un estante, le abrió la boca a Cnur y procedió a vaciar el contenido en su interior. Pude ver así cómo, desde la garganta del dios, se activaba una serie de movimientos muy similares a los que realizan los humanos al tragar.

—¿Puedes creer? —me dijo Héctor—. Su santidad Cnur no deja de tomar leche. La bendición ocurrió esta mañana, como tú misma has visto, po. Cnur hizo florecer las plantas, ha traído vida a nuestra casa. Pronto, si seguimos alimentándolo, hará brillar al barrio entero.

Ayudé a Héctor a alimentar a Cnur. Compartir un secreto casi siempre exige algo a cambio, yo me sentía en deuda con Héctor por haber confiado en mí. Además, tenía miedo de un castigo de Cnur, pues había sentido su mirada sobre mí. Aun así, prefería no verlo demasiado, tan solo lo justo y necesario. Por lo tanto, me entregué a la tarea de hacer las compras. Todos los días le llevaba decenas de cajas de leche a Héctor; Cnur cada vez tragaba más y los milagros en Independencia 1 se hicieron visibles y progresivos. Los parques reverdecieron, las fuentes se llenaron, los niños crecían, la gente discutía o se besaba por las calles.

Su prosperidad se hizo muy popular en Santiago. Toda la ciudad comenzó a hablar de Independencia 1 como el barrio bohemio más top de la ciudad. Supongo que sucede lo mismo en todas partes, un lugar inexistente se pone de moda de un día para el otro. De pronto, a medio mundo se le hace urgente mudarse allí: gente común, famosos, políticos, artistas. Sí, en especial los artistas inspirados por el ambiente marginal se apresuran a instalar sus talleres en cuartuchos del tamaño de una caja de fósforos.

De Cnur únicamente sabíamos nosotros dos. Una tarde, Héctor me llamó preocupado. Cnur había engordado mucho y ya hacía ceder las patas de la cama, corría peligro de derrumbe el piso de madera. Cuando lo levantamos con mucho esfuerzo entre los dos, a mí se me resbaló, pues una viscosidad de podredumbre le chorreaba por las piernas. Cnur se cayó y rodó hasta una mala conexión de cables en el piso, lo que provocó unas escupidas de chispas en las paredes de la construcción.

Como pudimos, alcanzamos a salir todos del edificio en llamas. Desde la vereda, tras la nube de humo que se alzaba hasta el cielo, escuchamos un grito gutural de animal en agonía. Fue un aullido desgarrador que hizo temblar la tierra de Santiago y destartaló no solo el barrio, sino toda la ciudad. Un sismo de una magnitud de 8,5 en la escala de Richter quedó grabado en la historia de Chile por lo devastador de sus resultados.

Cnur había muerto y, junto con él, la prosperidad de Independencia 1.

Casa en venta

Se llamaba Eloísa y no cabían dudas de que se trataba de ella. Eloísa Azul Burlanda. De pronto, ese nombre cobraba un especial significado para mí: una suerte de sortílego secreto que podría salvar mi vida, una tabla de salvataje de la que ahora, cual manotazo de ahogado, podía aferrarme. Pero veinte años atrás, aquel nombre me remitía a una turbia noche de verano, la amiga de un amigo, los últimos asientos del colectivo, el movimiento zigzagueante de su cuerpo encima de mis piernas. Recuerdo el charco de transpiración que dejamos en el asiento cuando por fin nos bajamos, en silencio y vergonzosos, por la puerta de atrás. Sudor pegajoso y un motor zumbando bajo dos cuerpos erotizados, eso era todo lo que yo asocié a ese nombre durante unos cuantos ingenuos y cínicos años.

Después de lo del colectivo, nos volvimos a ver una o dos veces más. Pero no hay recuerdo ni sensación especial que pueda decir de aquellos encuentros, y como por aquel entonces pretendía hacer de mi vida un trepidante film de acción (pobre de mí), Eloísa me pareció sosa, fofa, aburrida y simplona. Seguramente, adjetivos más hirientes proclamé entre mis conocidos. En ese momento, yo creía que el cinismo y el desprecio eran virtudes y no deplorables estados del espíritu. El caso es que dejé de hablarle y pasé de página con singular desenfado.

En medio de aquella etapa de años cumplidos, de días que se prenden y apagan, de gloria y descontrol, de fiestas, de estudios y de metas inacabadas y grandilocuentes (juventud, divino tesoro), llegó a mis oídos una especie de desenlace trágico para la pobre Eloísa. Al parecer, luego de nuestros encuentros (no estaba del todo claro si era yo el artífice directo de la situación, aunque me lo sugirieron solapadamente), Eloísa había tenido un tipo de recaída en un pozo de tristeza profunda, una senda tortuosa que la había llevado a una clínica psiquiátrica o algo así. Me lamenté por ella, cómo no, pero deseché la idea de que yo fuera el responsable directo. No me creí tan importante como para generar ese tremendo efecto en alguien. En ese momento, ya ven, estaba aprendiendo algo de la grandiosa modestia.

Y ahora, el mensaje de voz. La foto de perfil era una espalda en penumbras que contemplaba el mar. La voz sensual de gata, arrullo afónico de fumadora vieja. Eloísa Azul Burlanda había visto el anuncio de la casa en venta y tenía todas las intenciones de comprarla.

Mi estado en ese momento era el peor. Hacía pocos años había comenzado a perder la vista. Los pronósticos médicos eran soberbios en cuanto al deterioro sin freno de mis retinas. Sin vista, no podía trabajar: soy fotógrafo, o lo era. Mis ahorros rápidamente se convirtieron en granos de arena destinados a la comida y la manutención de un hogar hostil que, cumpliendo todo pronóstico, se disolvió de la peor manera. Mi mujer comenzó un romance, discreto en un principio, con nuestro vecino, un muchacho entusiasta y atlético. Al cabo de unos meses de exquisita agonía, en los que yo miraba para otro lado, Silvia, mi mujer, metió su vida y la de mis dos hijas en unas cuantas maletas y se marchó a España con aquel rufián.

Solo en la casa, mi única compañía durante un tiempo fue Shun, nuestro perro salchicha. Pero el muy traidor, al ver que yo no lo alimentaba, pronto me cambió por una familia simpatiquísima de la cuadra cuyos miembros comenzaron a mirarme con recelo. Al poco tiempo, mi departamento se prendió fuego. Tuve que mudarme a la casona postapocalíptica del fantasma de mi padre y cumplir así con todas las de la ley, con la viva imagen del desahucio.

Eloísa era pues la llave de mi salvación. El día pactado ensayé, antes de que llegara, odas al arrepentimiento, súplicas y poemas, puse mi mejor cara de rata (aunque esto estaba garantizando) y la esperé fumando en la entrada. Recuerdo el ruido de sus tacos aproximándose, sus piernas largas y fuertes, un sutil perfume a cuerpo tibio y limpio, en sus pasos se adivinaba una alegría inquietante.

No quise mirarla a la cara, pero no hizo falta porque, para mi absoluta sorpresa, ella de una manera natural me dio un abrazo cálido que me congeló las palabras en el aire. No quería hablar del pasado, despejó con una sonrisa sincera los nubarrones de mis dudas. Hay cárceles que no tienen culpables, se trata de las responsabilidades de cada uno, eso fue todo cuanto me dijo. Luego me acarició la mejilla y me pidió que le hiciera un tour por la casa. Para cuando terminamos de ver la cocina, ya estaban enzarzados nuestros cuerpos, una vez más sudorosos y erotizados sobre la mesa de la cocina.

Eloísa compró la casa y nos instalamos aquí dichosamente juntos. Con el torbellino de energía que desplegaba ella en cada aliento vital, el lugar pronto se convirtió en una bella mansión antigua, con flores perfumadas y cristales de colores. Nuestros amigos comenzaron a llenarla con bullas alegres y noches de fiestas interminables, que dirigía Eloísa con su elegancia y encanto natural. Nuestra felicidad era tan contagiosa y nos complacía de tal manera cantarla a los cuatro vientos que todo el mundo comenzó a rodearnos como abejas. Silvia y mis hijas también estuvieron allí, y recuerdo que las tres no paraban de comentar qué maravillosa mujer era Eloísa, un hada que había obrado el milagro de transformarme de aquel modo. A pesar de que el avance de la enfermedad en la vista cada día se aceleraba más, yo tenía a Eloísa, ya no podía temer nada.

Una de aquellas alegres noches, ya casi por terminar la bulliciosa reunión, bajé al sótano a buscar la última botella de vino. El lugar estaba bañado de una luz azulada de ultramar; me quedé unos instantes hechizado por la bruma encantada. Los sótanos tienen esa fantástica cualidad de vientre materno, en donde uno puede sentirse solo, pero completamente amparado. Me prometí hacer las últimas fotos que me diera la vista allí abajo. Luego, recordé el cuerpo de Eloísa ceñido en un vestido negro de punto y me apresuré a buscar la botella.

Pero en el camino, tropecé torpemente con unas cajas y en un instante me caí de bruces en el suelo, entre cuadernos, maquillajes y cachivaches que guardaba ella. Estuve un buen rato acomodando todo, hasta que mis manos tocaron algo que instintivamente tiré. Me acerqué lentamente y, con la ayuda de un trozo de tela, pude por fin tomar el objeto. La luz de bruma bañó por completo el objeto, aquello me conmocionó con la más absoluta repugnancia. En mis manos me tenía a mí mismo en escala pequeña. Se trataba de un muñeco igualito a mí: rulos rojizos, pantalón de cargo (yo tenía veinte iguales), zapatillas de trekking, remera de Charly García y, sobre los ojos, clavados con ferocidad, incontables alfileres de cabezas multicolores. Mi yo pequeño se me resbaló de las manos, producto de los temblores que me poseyeron, y lentamente fui cayendo al frío suelo de piedra. Desde arriba, como el oleaje de un mar sosegado, cada tanto me llegaban los destellos risueños y sensuales de la encantadora Eloísa.

La espalda de su marido

Ahora está sola en el departamento de Lima y se detiene a contemplar la pila de pañuelos de Aldo. Los hay de todos los colores y juntos forman una montaña de telas chillonas. Su marido se dedicaba a coleccionar pañuelos desde antes de conocerse, y lo que a ella le pareció, en un comienzo, un detalle divertido de frikismo le resulta ahora repugnante. Sí, porque después de lo ocurrido, Julieta sabe con toda seguridad que esta es una pieza más de lo que componía el pasado brumoso de la historia familiar de su marido. “Mi marido”, dice varias veces en voz alta, pero cuanto más repite la frase, más inverosímil le resulta.

Por momentos, la asalta el deseo imperioso de que las cosas regresen atrás. Fantasea con la posibilidad de estar inmersa en una pesadilla, esas en donde despertaba llorando, para descubrir aliviada que Aldo, su marido, dormía al lado. Pero ahora está sola y hay que pensar en qué hacer con los pañuelos, por ejemplo, o con la colección de novelas de terror que él guardaba bajo la cama o con la PlayStation y todos los juegos de suspenso insostenible amontonados en cajas. Ni hablar de las muñecas en sus envoltorios, regalo puntual que él le hacía a ella en cada cumpleaños.

Comienza con esto último, pero ni bien abre la primera caja, un fuerte olor a naftalina satura el aire y hace que Julieta se derrumbe en el suelo. Se queda allí tirada unas cuantas horas, hasta que el gato negro y caprichoso de Aldo comienza a lamerle la cara. Decide abrir una botella de vino y, del fondo de un cajón de la alacena, consigue un paquete de Marlboro que guardaba desde hacía cinco años, cuando había dejado de fumar. Por aquel entonces, lo había conocido a Aldo, quien odiaba el cigarrillo, y ella continuó fumando a escondidas unos cuantos meses antes de dejarlo por completo. Nunca se lo había contado, aunque ella sospechaba que él sabía de la existencia del paquete de Marlboro. Él era así, estaba en todo y sabía casi todos sus secretos, pero nunca admitía conocerlos.

Ahora está sola y, aun así, se siente juzgada cuando bebe el primer trago y tira la ceniza en otra copa. Las copas también eran de él. Decide poner en claro las ideas, necesita una versión creíble para contarles a los conocidos, colegas, familia y vecinos. ¿Y por qué no contar la verdad? Recuerda a Aldo, un verano atrás, mientras paseaban en catamarán por Carlos Paz, preguntándole en secreto por qué siempre elegía como primera opción la mentira. Era cierto, o en ese momento lo fue. Ella había dicho una tontería para quedar bien con el amigo chef: “Amo tus sándwiches de bondiola”. Y luego, había mostrado, confidente, una mueca de repugnancia a su marido.

Pero ahora, sola en la casa, sin Aldo, decide beber, fumar y darse el lujo de sopesar si la verdad o la mentira son lo correcto. Suspira y se deja caer en el sillón. ¿Cuál fue el momento en que había comenzado todo?

La pesada reja de hierro se quejó y quebró el silencio de luto que pesaba sobre el jardín abandonado. En ese momento, algo ocurrió; ese fue el instante en el que cambió todo. Aldo no se dio cuenta, estaba eufórico, como un niño impaciente por mostrarle todas las maravillas amarradas a los recuerdos que encerraba la casa de su infancia. Ella sintió un escalofrío cuando cruzaron el jardín. Siempre le habían dado impresión las casas antiguas y grandes.

Una melancolía agónica le daba caza, hasta instalársele en la piel con una sensación de abandono desolador. Pero trató de ponerle buen humor; después de todo, era un momento importante para Aldo. Enfrentarse a la casa de su infancia, los recuerdos de su madre, acondicionar el lugar para ponerlo a la venta. Era la segunda vez que Julieta pisaba Argentina y aún no alcanzaba a darle forma concreta a la ciudad natal de su marido: Córdoba. Según el plan de Aldo, estarían en la casa dos semanas a lo sumo. Ambos estaban de acuerdo en regresar a Lima cuanto antes. Después de que la casa se vendiera, ya sin el peso de los trámites, regresarían a Córdoba y harían algo de turismo por las sierras.

La noche estaba avanzada, era julio, hacía frío y se notaba que había estado lloviendo. Un vapor de rocío lamía las paredes altísimas de calicanto, goteaba por las ménsulas de los balcones que daban al jardín y hacía resbalar la mugre de los vidrios en las ventanas. Es como si la casa llorase, pensó Julieta y, para su sorpresa, Aldo le dijo, casi en un susurro, que la casa estaba triste y luego añadió, en un tono aún más bajo: mamá también llora. Parecía dormido o sonámbulo. Julieta no pudo acabar de preguntarle de qué se trataba porque Aldo ya había logrado abrir la puerta y ella pudo ver la espalda de su marido perderse en el oscuro vientre de la casa.

Parada en el umbral, escuchó el eco de los pasos de Aldo cada vez más distantes hasta silenciarse por completo. Lo llamó, pero la resonancia de su voz en la casa a oscuras la inquietó y tuvo la sensación apremiante de que alguien se aproximaba desde el jardín. Con cautela, midiendo los movimientos, más que nada para relajarse a ella misma, se dio vuelta y alumbró con la linterna del teléfono. Recortados contra unos arbustos, dos gatos se medían en silencio. Un poco más allá, una gata los miraba al tiempo que se lamía las uñas. Cuando cruzaron los ojos, la gata comenzó a maullar como un niño haciendo berrinche, con ese tono caprichoso que tienen las gatas cuando están en celo. Julieta les hizo el gesto de arrojarles una piedra y los gatos se perdieron en la oscuridad.

Después, llamó a Aldo, esta vez por teléfono. Recuerda perfectamente la asombrosa transformación de la voz y se revuelve en el sillón. Luego, se sirve otra copa de vino. El tono de su marido era el mismo: conciliador, sensual. Pero algo había sucedido. Era como si las cuerdas vocales se le hubieran rejuvenecido y Julieta sintió que estaba hablando con un Aldo púber que le decía:

—Mi amor, no te puedo ver en este momento. Necesito estar solo. Mamá, la casa, todo llora. No te vayas, no. El barrio es peligroso de noche. Alumbrate con la linterna y pasá. El primer cuarto, al final de la escalera, es el de mamá y está preparado para vos.

Después de esto, sin más excusas, cortó sin despedirse. ¿Quién se había creído? ¿Acaso se le habían subido los humos por regresar a su país? ¿Quién era ella para que la plantaran allí en la puerta?

Se abrochó el impermeable hasta el cuello y dio unos pasos hasta la reja de entrada. Conseguiría un taxi y pasaría la noche en un hotel. Con la luz del día, buscaría a su marido y él le explicaría lo que estaba sucediendo. Sin embargo, tras la reja, atisbó la calle desierta. La silueta de los hornos de cal del barrio de San Vicente pareció estremecerse con una brisa turbia, proveniente del río Suquía; Julieta pensó que no era prudente caminar sola por un barrio desconocido. Además, se sintió culpable, su marido quizás la necesitaba cerca. Estos eran los momentos cruciales que se había imaginado antes de formalizar la relación. La oportunidad de convertirse en un sostén para cuando el otro claudicara. Debía, pues, apoyarlo, entrar a la casa, quedarse cerca y hacerle saber que estaba disponible.

Cuando cruzó el umbral, un frío seco le punzó la piel. Julieta había visto la casa por fotos, cuando Aldo era un chico. La mayoría estaban tomadas en la primera sala, la sala grande, así le decían y era el lugar de ingreso a la casa. A un costado, una escalera de madera oscura. Antes de subir, Julieta decidió dar un pantallazo rápido al lugar. La linterna del teléfono era tenue y se estaba quedando sin batería, pero pudo ver destellos de muebles, un piano, una biblioteca. Con eso le bastó, si seguía mirando temía encontrar otra cosa. Respiró hondo y subió con sumo cuidado los escalones. En todo momento tuvo la necesidad apremiante de mirar para atrás. Los últimos peldaños los hizo casi corriendo. Arriba, el aire era tibio y un fuerte olor a naftalina abrasaba el aliento. La primera puerta, después de la escalera, estaba a su derecha y Julieta se pegó a ella. Más allá, el camino se perdía en una cuadrícula blanca y negra escoltada por una pared con el empapelado raído.

La mano húmeda le resbaló por el picaporte. Era una bola de bronce que Julieta conocía muy bien. Aldo había insistido en poner exactamente las mismas en el departamento de Lima y lo había conseguido, a pesar de que ella prefería unos más modernos, plateados, de acero. Con los cerámicos del pasillo, él también había logrado salirse con la suya: blanco, negro, negro, blanco. Los invitados decían que su departamento de Miraflores era como un tablero de ajedrez. Aldo, claro, era el rey. Cuando escuchaba frases como esta, su marido bajaba la mirada exaltando modestia. ¿Por qué a ella no le decían reina? ¿Acaso no vivía también en el tablero de ajedrez y no era ella la esposa del rey? No, a ella no le decían nada, solamente le sonreían complacientes, como si de una niña boba se tratara. “Maldito Aldo”, susurró, y se dispuso a abrir la puerta.

Julieta recuerda el jugo caliente juntarse en su boca. El taconeo que produjeron las botas en el piso de madera, cuando cruzó la habitación corriendo. Necesitaba abrir la ventana para vomitar, pero los postigos estaban cerrados por fuera. Vomitó en el suelo, a los pies de la cama. No quería levantar la cabeza y encontrase con los centenares de pares de ojos que la observaban con la mirada impenetrable, de cristal. Se trataba de una colección de muñecas de todos los estilos posibles. Las había platinadas y esponjosas, de trapo con aguayo, remendadas o nuevas, pelirrojas con vestidos de tul, negras con turbantes. Todas estaban perfectamente colocadas, una al lado de la otra, en repisas de vidrio que rodeaban una gran cama con tul.

Julieta sintió las piernas vacías, las manos lánguidas y reconoció esto como el preámbulo del desmayo. Se aferró con fuerza del tul, arrancó de cuajo las cadenitas que lo sujetaban del techo y se derrumbó en una pila de pañuelos multicolores que había sobre el colchón. Sin embargo, el desmayo no llegó, Julieta pensó que era un lujo que no podía permitirse. Se incorporó con debilidad, sentía las piernas destartaladas. Recordó que en el aeropuerto un taxista les había ofrecido una tarjeta con su número y ella lo había guardado entre sus cosas. Sí, llamaría al taxi e iría directo al aeropuerto y luego comenzaría los trámites del divorcio.

Mientras revolvía en la mochila, se imaginaba la expresión suspicaz de Aldo al recibir la carta que le informaría el divorcio. Después, la negación seguida de la súplica y luego la avidez por los bienes. Ella daría poder absoluto a un abogado para no tener que verlo. Revolvió en su cuaderno de notas, en el libro de García Lorca que estaba leyendo, en la billetera y entre la ropa, pero la tarjeta con el número del taxista no estaba.

Desde abajo, la alcanzaron, como seres infiltrados, unas cuantas notas de piano, luego silencio. ¿Serían los gatos que habían entrado? ¿Aldo tocando el piano? Después de pensarlo un rato, ya no estaba segura acerca de si se trataba de un ruido real o uno inventado. Entonces, la oscuridad total cayó sobre la habitación. El teléfono se había quedado sin batería. En ese momento, Julieta gritó el nombre de Aldo. Llamó tan fuerte que la voz se le quebró, como una tela de seda rasgada por el vendaval. Ahora recuerda tener la garganta en llamas y la certeza absoluta de una bomba explotándole en el pecho.

¿Por qué nunca había podido decirle a Aldo nada de esto? Todas sus preferencias habían sido depuestas para contentarlo, sus gustos, su forma de ser. La pregunta de Aldo comenzó a retumbarle en la cabeza una y otra y otra vez: «¿Por qué siempre elegís la mentira cómo primera opción?». La frase adquirió lentamente una resonancia constante y visceral que llenó la habitación. Desde el suelo, con la espalda apoyada en la pared, Julieta lloró. El piano también se sumó al compás de la frase y juntos, al unísono, se transformaron en aquel corazón delator que clamaba por ser descubierto. Era un llamado ineludible, algo que no se podía tirar en el galpón de atrás. Sumida en el más absoluto pavor, atrapada en una casa en ruinas del barrio de San Vicente, Julieta supo que debía responder.

Los primeros rayos de luz atravesaron las hendijas de los postigos; fue entonces que Julieta alcanzó una respuesta al vuelo y la atesoró con cuidado, con la delicadeza de quien guarda las alas preciosas de una mariposa.

Al salir del cuarto, pudo ver, entre el empapelado hecho jirones, una foto de la madre con el hijo. La señora, sentada, seria, de hombros anchos, con el pelo recogido en un rodete. Sobre su falda, una montaña de pañuelos de colores. Firme y solemne a su derecha, el niño. Flacucho, ojeroso, las medias altas, en sus manos una muñeca ofrecida a la madre. En el fondo de la mirada, una luz de devoción infantil. «La misma mirada que me dirigía a mí», pensó Julieta. Luego bajó la escalera.

Cuando cruzó el jardín, no esperaba encontrarse con Aldo. Estaba parado debajo de un algarrobo imponente. Con un rastrillo, pescaba ramitas con espinas y las amontonaba en montañitas prolijas. La miró, le sonrió y le preguntó si ya había visto las flores fucsias de la santa Rita. Julieta le sacó el rastrillo de la mano y, dirigiéndose a la inmensa planta, comenzó a azotarla sin piedad ante la mirada desorbitada de Aldo.

Por primera vez, pudo decirle que a ella no le gustaban las plantas ni los picaportes en forma de bola de bronce o los pisos blancos con negro. Mucho menos, las casas antiguas y las muñecas. Estaba muy cansada, pero debía decir lo último: por amor, le susurró. Porque toda pregunta merece ser respondida. Después de esto, Julieta tomó su mochila y se dirigió hacia afuera. Cuando por fin alcanzó la calle, paró un taxi y, antes de subir, echó una ojeada final. Lo último que vio fue la espalda de su marido perderse en el oscuro vientre de la casa.

Ahora está sola y, mientras fuma, recuerda la sucesión de acontecimientos. Por fin, se le ocurre qué hacer con las cosas de Aldo: las sacará por la mañana a la calle. Y se permitirá todo el tiempo del mundo para decidir si lo apropiado es contar la verdad o la mentira.

Clara