Nagori - Ryoko Sekiguchi - E-Book

Nagori E-Book

Ryoko Sekiguchi

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Beschreibung

Nagori, literalmente «la huella de las olas», designa en japonés la nostalgia de la separación y, en particular, la nostalgia de la estación que termina, que nos deja y que, a nuestro pesar, dejamos atrás. Remite a la estacionalidad de un fruto o de una hortaliza anunciando su futura ausencia: para recuperar su olor, su sabor y su sensación no nos quedará otro remedio que aguardar un año entero conservando, eso sí, su recuerdo en la memoria de nuestros sentidos. Nagori es asimismo la atmósfera de algo que ya no existe, como la de una casa que evoca el recuerdo de quienes la han habitado. Nagori es lo que queda tras el paso de una persona, de un objeto, de un acontecimiento. Nagori es, también, el momento de la despedida y el anhelo del regreso. Un lúcido y delicioso ensayo imbuido de poesía y clarividencia que, entroncando con la tradición de las fisiologías del gusto que inaugurara Brillat-Savarin en 1825, se halla a medio camino entre el tratado de estética, el libro de antropología cultural, la reflexión lingüística y la guía literaria. Partiendo del término nagori, Ryoko Sekiguchi hace una sagaz meditación sobre nuestro vínculo con la naturaleza y las estaciones –en concreto, sobre los diferentes sentimientos que éstas despiertan en nosotros– y nos invita a emprender un viaje a través del arte, la poesía, la gastronomía, la sabiduría y el esplendor milenarios de Japón.

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Seitenzahl: 108

Veröffentlichungsjahr: 2023

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COLECCIÓN FUERA DE SERIE, 9

Ryoko Sekiguchi

NAGORI

LA NOSTALGIA POR LA ESTACIÓN

QUE TERMINA

TRADUCCIÓN DE REGINA LÓPEZ MUÑOZ

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: febrero de 2023

TÍTULO ORIGINAL:Nagori. La nostalgie de la saison qui vient de nous quitter

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

 

© P.O.L. Éditeur, 2018

© de la traducción, Regina López Muñoz, 2023

© de esta edición, Editorial Periférica, 2023. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

 

ISBN: 978-84-18838-70-5

 

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

PRÓLOGO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como suele ocurrir con mis libros sobre el gusto, que surgen a partir de una frase, de una palabra oída al azar, en esta ocasión la idea de escribir sobre las estaciones me la inspiró la frase de un cocinero.

Una tarde, hace ya algunos años, estaba yo en una taberna a la que solía ir cuando regresaba a Japón. Me encantaba sentarme en la barra, justo enfrente del cocinero, que tendría unos sesenta años. Era un espectáculo y una auténtica clase de cocina cada vez. Se contaba que el hombre había trabajado mucho tiempo en un afamado restaurante de alta cocina, pero después, quizá para cocinar a su manera, en un espacio más acorde con su personalidad, regentaba una taberna popular, siempre abarrotada, en el extrarradio tokiota. Debo decir que sus platos no sólo eran reconfortantes, sino que la finura de sus asociaciones gustativas reflejaba una formación sólida y la profunda cultura de la persona que los elaboraba. Por lo demás, lo que él mismo me contaba dejaba entrever una gran familiaridad con la literatura culinaria histórica.

Un día que estaba yo sentada en la barra de ese local, el Kyūshō, como siempre frente al cocinero, Mitsuo Fujinaga me sirvió un plato a base de verdura que no parecía ser de temporada. Intrigada, le pregunté y él contestó: «Señorita, soy mucho mayor que usted y no sé si podré volver a saborear esta hortaliza el año que viene».

Cuando hablamos de alimentos, la cuestión de las estaciones enseguida nos viene al pensamiento. Ni que decir tiene que conviene utilizar y consumir productos de temporada. Pero ¿qué es exactamente un producto de temporada? ¿El producto tal y como lo encontramos en los mercados? ¿Cuando hace su primera aparición anual? ¿En qué región? ¿Cuál es la distancia máxima que puede recorrer un fruto denominado de temporada? ¿En qué punto de su ciclo vital dejan de ser de temporada los tubérculos y los cítricos, que se conservan varios meses? ¿En qué momento estará de temporada determinada especie de pescado, y cómo definirla? Puede que las nociones de temporada y estación sean mucho más complejas de lo que aparentan a primera vista.

En los territorios que se caracterizan por períodos climáticos muy diferenciados, estos conceptos están muy presentes. Lo que se nos olvida a menudo es que las estaciones sólo guardan relación con el alimento a partir del momento en que es posible desplazarlas, alterarlas, jugar con ellas. Hubo un tiempo en el que sólo podíamos proveernos de lo que la naturaleza tuviera a bien ofrecer. Digamos que en aquel entonces la noción de fuera de temporada no existía. Se hablaba más de contratemporada, algo que designa no lo que se halla en los márgenes de la temporada, sino lo que es contra natura y por tanto inquietante, incluso reprobable. Las añadas calurosas o frías y sus efectos sobre las cosechas, la recolección y la vendimia, adelantadas o retrasadas, junto con las variaciones de un rendimiento que podía caer hasta índices de carestía, formaban parte del ritmo de la naturaleza y sus vicisitudes. Estábamos a merced de las estaciones.

Hoy en día, irónicamente, se predica por todas partes el respeto a las estaciones, en un tiempo en que en teoría es posible cultivar fruta y verdura en todo momento, e importarla desde cualquier punto del planeta. Desde luego, el mandato no carece de fundamento. El problema es que a menudo se interpreta como un imperativo indiscutible que debemos obedecer a pies juntillas. Como si hubiera que caminar al paso de las estaciones. Sin embargo, la estación no es en absoluto ni un metrónomo ni un batallón; la idea de generar una línea recta, sin perturbaciones, le es totalmente ajena.

En ocasiones nos hacemos una representación fija de la duración de las épocas del año, como si ésta se definiera por decreto, o a imagen de un calendario escolar; sin embargo, la estación no obedece ni ha obedecido nunca a ese orden.

En la actualidad, por paradójico que resulte, se ha convertido en un lujo comprar productos de temporada, denominación que excluye los productos congelados, las conservas y los cultivos industriales.

Se nos vienen a la cabeza todos esos cuentos, tanto infantiles como para adultos, que escenifican la búsqueda de un producto fuera de temporada, a menudo como una cuestión de vida o muerte. Bien lo decía el cocinero del Kyūshō: servir una hortaliza en las postrimerías de su temporada puede ser un lujo en sí mismo. Dudar si viviremos aún para presenciar el regreso de una determinada estación es desear ya la estación que no hemos conocido o querer prolongar la que se termina.

Alterar las estaciones, desbaratar la sucesión del tiempo y sus etapas es la expresión de una gran fan­tasía para nosotros, los mortales, que estamos obligados a seguir el curso de un tiempo que corre en sentido único. Mientras dura la degustación, nos liberamos de nuestra temporalidad. Desear una naranja en pleno verano es desear vivir hasta el invierno, negarnos a hacer del momento presente la última estación.

I¿CUATRO ESTACIONES, VEINTICUATRO ESTACIONES, SETENTA Y DOS ESTACIONES?

En ocasiones asumimos que ciertos conceptos que consideramos fundamentales para la vida son universales, y nos sorprendemos cuando descubrimos que no se aplican en todo el mundo. Es lo que sucede, por ejemplo, con las nociones de sociedad, libertad o amor, que en japonés sólo existen desde la apertura del país durante el siglo XIX, como conceptos traducidos de las lenguas europeas. Esta constatación asombra aún a quienes no son japoneses.

Del mismo modo, cuando vivimos en un lugar con períodos estacionales bien diferenciados, tendemos a olvidar que no sucede lo mismo en todas partes.

Muchos son los países que poseen sólo dos estaciones: la cálida y la fría; o bien dos caracterizadas más por la variación en los índices de humedad o el volumen de precipitaciones que por las temperaturas (que cambian como consecuencia secundaria). Es lo que ocurre en la sabana tropical: estación de lluvias y estación seca. Lo mismo pasa con la temporada de monzones en Indonesia, Martinica o Miami. Esta particularidad climática también puede generar variaciones que dan lugar a tres estaciones, como en Myanmar –con la estación fresca, la cálida y la de lluvias– o en el sur de Tailandia, donde hay temporada seca, cálida y de lluvias.

Hubo un tiempo en que iba a Mali con regularidad. A finales de noviembre, cuando concluye la estación de lluvias, el sol brilla de la mañana a la noche, la temperatura sube gradualmente según pasan los días casi de un modo ininterrumpido, la tierra se aridece cada vez más, el nivel de los ríos mengua poco a poco, el verdor va desapareciendo y, al cabo de cinco meses, el ciclo se completa y hete aquí que vuelven las lluvias. Tras el primer aguacero torrencial, la tierra recobra su frescura y hacen su aparición los primeros brotes, hasta que la abundancia de precipitaciones se vuelve excesiva y desencadena un incremento de la humedad, y a veces inundaciones.

En Bogotá, la capital de Colombia, la temperatura no parece sufrir cambios: oscila de media entre los dieciocho y los veintiún grados a lo largo de todo el año, con nieblas dos de cada tres días. Para experimentar otras temperaturas, otra estación, es preciso desplazarse en vertical, con arreglo a las características del clima de montaña. Cuanto mayor es el ascenso, menor la temperatura, y a medida que nos dirigimos a las tierras bajas nos encontramos con una estación más suave.

Nada nuevo bajo el sol; es lo que nos enseñan en las clases de Geografía de la escuela. Pero eso no quita que nos cueste una barbaridad entenderlo o, mejor dicho, integrarlo en nuestro cuerpo, en nuestra imaginación concreta.

En lo que a las estaciones se refiere, todos manifestamos esta tendencia un tanto sectaria que consiste en pensar únicamente a partir de nuestra experiencia personal. A este respecto, por lo demás, nos cuesta horrores aclimatarnos a la más ínfima variación. No es inhabitual ver a un expatriado luchando contra las estaciones de su tierra de acogida aun al cabo de muchos años. Ni siquiera hay que marcharse del país natal: no es raro que sintamos nostalgia de nuestra región de origen, abandonada por exigencias profesionales, por ejemplo. Aunque la noción y la sensación estacional, incluso su realidad climática, puedan ser múltiples y variadas en una misma región, nos gusta generalizar y quedarnos con la imagen de las estaciones que nos resultan familiares.

Un día, la dueña de una posada ubicada a una hora y media de Kioto me dijo: «Aquí, la primavera llega más tarde que en la ciudad porque estamos al pie de la montaña y hace más frío. Pero los clientes kiotenses olvidan que a una hora y media de tren el clima puede cambiar, y se sorprenden cuando les servimos un plato de verduras que ellos ya consideran fuera de temporada. Yo les pido perdón y les ruego que sean indulgentes con la naturaleza».

Los franceses se escandalizan muy fácilmente al ver fresas en marzo, tomates en invierno o albaricoques meridionales en abril. La indignación está del todo justificada cuando denuncia los sabores insulsos y los métodos de cultivo industrial, o el inoperante transporte de fruta desde el extranjero. Pero, en verdad, ¿no se trata de entrada de un sentimiento de rechazo casi instintivo ante esa fruta fuera de temporada cuya visión nos disgusta, en virtud de la idea de temporada a la que la vinculamos? ¿No genera una sensación de malestar ver la fruta salirse del marco en que la clasificamos en nuestro imaginario de las cuatro estaciones?

La hipótesis resulta fácil de demostrar a poco que pensemos en esas frutas denominadas exóticas. A nadie le escandaliza la presencia constante de plátanos en los mercados, y pocos son los que aluden a la huella de carbono de los mangos o la piña, como sí sucede con las fresas y las cerezas, o los que se irritan por comerlos fuera de temporada. ¿Cuántos de nosotros conocemos la estacionalidad del kiwi? Mejor aún: ¿a quién le preocupa conocerla? ¿Formulamos un deseo cuando comemos el primer kiwi del año? Eso es porque lo consideramos una fruta tropical. Sin embargo, el kiwi se cultiva generosamente en Europa, Francia incluida. Si encarna una presencia constante en los mercados es porque se conserva largo tiempo, dos o tres estaciones. Entonces, ¿cuál es a fin de cuentas la temporada del kiwi?

La relación entre producto y temporada es aleatoria y extremadamente simbólica. Es como si ciertos productos tuvieran el honor de recibir un tratamiento conforme a las leyes de una estacionalidad inquebrantable (cerezas, higos, espárragos, guisantes… en Francia, las más de las veces, fruta y verdura de primavera o de verano: la juventud de las cuatro estaciones), cuando otros están completamente exentos de cualquier simbolismo estacional (aguacates, manzanas, plátanos, jengibre…). ¿Quién es capaz de distinguir las variaciones en el sabor del aguacate, según la época del año y según su origen?

De los japoneses se dice a menudo que son muy sensibles a los diferentes períodos estacionales, cualidad de la que presumen mis compatriotas. La gente se maravilla cuando descubre que el calendario tradicional japonés comprende veinticuatro estaciones que pueden llegar a ser setenta y dos, y que cada una de ellas posee una denominación sugerente y evocadora del momento del año que le corresponde. En cierto modo, viene a ser como afirmar que, cuantas más estaciones, mejor.

Huelga decir que el sistema del calendario no abarca con exactitud la noción de lo estacional. En un calendario lunar como el islámico, el año sólo tiene trescientos cincuenta y cuatro días, y cada año se retrasa. Esto no quiere decir que quienes se rigen por ese calendario carezcan del concepto de estación. La mayoría de los calendarios están vinculados a rituales religiosos, a fenómenos astrológicos y naturales, o a una combinación de todo lo anterior. Las culturas que han adoptado el calendario agrícola tradicional transmiten la impresión de estar más en sintonía con las estaciones.

El sistema japonés, que consiste en dividir el año en veinticuatro o setenta y dos segmentos (por tanto, fundamentados siempre en las cuatro estaciones), y que aparenta ser el summum de la sofisticación, no nació en Japón. Viene de China, y su creación se explica por el prurito de ajustar un calendario lunar que cambiaba de un año a otro, de modo que nunca se ha adaptado al clima japonés.

Como es natural, no tiene ningún sentido ponderar un calendario en virtud de la abundancia de subdivisiones.1 Si los franceses hubieran conservado el calendario revolucionario, ¡disfrutarían cada día del nombre de un fruto o un animal!