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Maria Anna Mozart, conocida también como Nannerl, fue la primera niña prodigio de una familia muy poco común, aunque su talento quedó a la sombra del de un genio, su hermano Wolfgang Amadeus, con quien compartió en la niñez giras de un cierto aire circense, bajo la tutela de su célebre padre Leopold Mozart. A Nannerl, en el mejor de los casos, se la ha relegado a una nota al pie en las numerosas biografias y estudios dedicados a la figura de su hermano, cuando hay algo más que indicios para suponer que, cuando menos, tuvo una intervención decisiva en algunas de las composiciones que tradicionalmente se han atribuido al genial autor de “La flauta mágica”.
En una novela de perfecta estructura musical y escrita con una prosa evocadora y de marcado ritmo, Rita Charbonnier reivindica la figura de un personaje que se reveló contra las convenciones de su tiempo y pugnó por hacerse un nombre entre la pléyade de grandes compositores de la época.
Mediante un exhaustivo trabajo previo de investigación histórica, la autora logra tanto hacer de Nannerl un personaje vívido e inolvidable, como reproducir con colorido y brillantez la atmósfera de una época y unos ambientes por los que desfilaron Madame de Pompadour, Johann Christian Bach, Farinelli o Antonio Salieri, entre otros muchos.
«Un brillante exordio.»
Publishers Weekly, USA
«La preparación musical de la autora se hace patente a lo largo de todo el texto y es muy de apreciar en cuantos pasajes precisan una descripción que exige conocimientos de tal naturaleza.»
Hislibris, España
«De ritmo ágil y escenas muy visuales, la novela representa el espíritu del período y mantiene la cronología de los hechos principales de la vida de Mozart.»
El Mercurio, Chile
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Veröffentlichungsjahr: 2015
Un brillante exordio.
PUBLISHERS WEEKLY (USA)
La preparación musical de la autora se hace patente a lo largo de todo el texto y es muy de apreciar en cuantos pasajes precisan una descripción que exige conocimientos de tal naturaleza.
HISLIBRIS (ESPAÑA)
De ritmo ágil y escenas muy visuales, la novela representa el espíritu del período y mantiene la cronología de los hechos principales de la vida de Mozart.
EL MERCURIO (CHILE)
Nannerl, la hermana de Mozart
© 2020 Rita Charbonnier
Título original: La sorella di Mozart
Traducción: María Eleonor Gorga
Traducciones adicionales: Irene Luchini
Copyediting: Alejandro Capparelli, Irene Luchini
Diseño de cubierta: Valentina Marinacci
Se ha realizado, sin éxito, toda la investigación necesaria para identificar a los titulares de derechos sobre la traducción de la obra.
Por lo tanto, quedamos a disposición para cumplir con las obligaciones que pudieran derivarse.
La primacía de la educación musical se debe al ritmo y a la armonía que son interiorizados en el alma y la poseen con fuerza, aportando consigo la gracia y dotando de ella a quien está rectamente educado, pero no a quien no lo esté.
PLATÓN, «LA REPÚBLICA», LIBRO III
La educación de las mujeres debe estar en relación con la de los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar de ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos y hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos, y esto es lo que desde su niñez se las debe enseñar.
JEAN–JACQUES ROUSSEAU, «EMILIO, O DE LA EDUCACIÓN», LIBRO V
Salzburgo, 21 de febrero de 1777
Queridísima Fräulein Mozart:
Confío esta carta en manos de Victoria, en vísperas de una misión que me retendrá largo tiempo lejos de esta ciudad, pues deseo que usted, mi joven y encantadora amiga, se vea obligada a recordarme hasta mi regreso. Sé que es un atrevimiento, lo sé, pero más que la modestia, pesa en mí el temor de que lo ocurrido entre los dos se pierda en nuestros quehaceres cotidianos y no franquee los umbrales de una noche.
No he hecho más que pensar en usted desde el momento en que la vi desaparecer en la oscuridad de los callejones. No quería que se marchara, aunque yo mismo insistí en ello, pero creo que no habría sido prudente permanecer allí por más tiempo, a riesgo de ser descubiertos por los centinelas de la ronda.
No sé qué explicaciones dio usted a su familia al volver tan tarde a casa y no pretendo averiguarlo; estoy seguro de que no me mencionó en su relato y con eso me basta. La pequeña Victoria, por su parte, dormía profundamente. No se extrañó cuando le pedí que le entregara esta misiva. Más bien parecía satisfecha.
Querida Fräulein Mozart, ha de saber que no es habitual conocer a una persona dueña de tan profundo y claro pensamiento, de tan delicada y aguda sensibilidad. Para mí ha sido una grata sorpresa descubrir en usted tales virtudes, puesto que en Salzburgo (espero que no le ofenda mi franqueza) la tienen por una mujer poco conversadora, antipática y algo colérica. Sabe bien que no suelo frecuentar los salones, ni disfruto de las habladurías; sería incluso imprudente, dada mi posición. Sin embargo, siempre que en palacio tuve ocasión de escuchar su nombre de boca de colegas o subalternos, advertí el contraste con su hermano Wolfgang, tan vivaz, tan diestro para cautivar a la galería, no solamente a través de la música, sino también gracias a su charla desenfadada, a sus modales desenvueltos y hasta atrevidos. Por no hablar de su ya legendaria gentileza. De usted, en cambio, ¡se afirma todo lo contrario!
Sin medias tintas, debo decirle que me parece una vergüenza. ¿Por qué razón esconde usted al mundo su rostro más amable y seductor, ese rostro que tuve el privilegio de descubrir?
Pero el mundo y sus cotilleos me importan poco. Ante todo, quiero brindarle una señal de amistad; de una amistad que anhelo se haga más afectuosa, si me permite la osadía. Me haría muy feliz disfrutar de su compañía una vez más, cuando haya vuelto a Salzburgo. Hasta entonces, quisiera poder seguir escribiéndole, para aguardar con ansia la respuesta que tenga a bien enviarme. Cuando Victoria acuda a su clase de clavicémbalo, podrá llevarle mis cartas y recoger las suyas para hacérmelas llegar. Eludiremos así explicaciones incómodas y prematuras ante sus familiares.
Si usted no alberga sentimientos semejantes a los míos, me retiraré sin una palabra. No tema, no la molestaré más. Ni siquiera será menester el rechazo: basta con que no se digne contestarme. Le ruego que, en ese caso, destruya este folio.
Su rendido admirador,
Mayor Franz Armand d’Yppold
* * *
Salzburgo, 28 de febrero de 1777
Queridísimo Armand:
Temo que Victoria haya leído su carta… ¡Tal vez estés leyendo también ésta, jovencita impertinente! Dóblala de inmediato y no seas entrometida, ¿me has oído? De lo contrario, no volveré a darte ni una clase más, ¡y tus manitas se convertirán en zarzas resecas!
He aquí, querido Armand, el espejo de ironía y escasa condescendencia tras el cual he elegido no ocultarme ante usted. ¿Por qué esconderse del mundo y apenas mostrarse ante unos pocos? Créame que no lo hago deliberadamente; pero sé que en la reducida sociedad que frecuento mi conducta personal interesa muy poco. Se me pide que instruya con tino a mis jóvenes pupilas; y, si bien se me tiene por una mujer de mal carácter, nadie duda de mis dotes como maestra. Ésta es mi recompensa y mi satisfacción. Si en otra época, arrebatada por las fantasías de la niñez, cultivé las más elevadas ambiciones musicales, hoy me conformo con lo que tengo y no le pido nada más al arte.
Pero dejemos atrás estas justificaciones. A mi lado, sobre la mesa, hay una carta escrita de su puño y letra, y la trémula luz del candelabro da calor a esas promesas de afecto que me han llenado de emoción. Una gota de cera acaba de caer sobre las palabras «pequeña Victoria», como si quisiera llamar mi atención y hacerme sonreír con el tierno recuerdo de quien lleva ese nombre, y de quien se lo ha dado, ante ese adjetivo que, discúlpeme, resulta inapropiado.
Sin duda, mi buen Armand, Victoria será siempre su «pequeña», pero tiene la misma edad de Wolfgang, es decir, cinco años menos que yo. Ya ha cumplido los veinte… Piense que mi padre dejó de considerarme una niña cuando yo apenas contaba doce años. Al decírselo, me pregunto si eso habrá sido para bien o para mal…
Le escribo sin censura alguna, desde el corazón de esta noche amiga, y expreso mis pensamientos tal como afloran en mi mente, pues usted es el primero que me lo ha permitido, el primero que no me ha juzgado. Por eso no siento ningún temor y también por eso deseo volver a verlo.
Sí, mayor d’Ippold, también yo lo recuerdo desde esa noche en que nos saludamos; y su presencia me acompaña cada minuto de la jornada. Y, sí, me siento feliz al escribirle; y saber que me responderá me hace feliz, tal vez más feliz de lo que nunca he sido.
Por ahora no diré nada más. Contamos con la certeza de nuestra amistad; lo demás podemos disfrutarlo y paladearlo en cada sílaba, en cada abrir y cerrar de ojos. ¿No lo cree así, queridísimo?
Con afecto y gratitud,
Nannerl Mozart
* * *
Viena, 10 de marzo de 1777
Mi querida, queridísima Nannerl:
Su carta me ha deparado una felicidad olvidada. Usted, dulce jovencita, ha despertado en mí sentimientos que creía vedados para siempre. En estos días, cada tarea ha sido para mí un motivo de alegría; incluso los otros oficiales se han percatado de mi estado de ánimo. ¡Gracias, Nannerl, sinceramente, gracias por corresponder a mis sentimientos! Ahora mismo, aunque estamos lejos, la siento a mi lado, casi me parece que puedo acariciar su hermoso rostro, y recuerdo, arrobado, cada minuto que he pasado en su compañía. Pero desconozco las palabras adecuadas para expresar mis sentimientos; además, nunca se me ha dado bien hablar de ciertas cosas. Solamente puedo decirle que también yo imagino nuestro próximo encuentro y deseo hacer cuanto esté en mis manos para que la serenidad nos acompañe.
También he escrito a Victoria, en otro folio, y entre otras cosas le he prohibido leer nuestra correspondencia. Sin embargo, usted conoce bien a mi hija; sin duda, teme la autoridad paterna, pero es muy hábil a la hora de saltarse las normas. Así pues, no olvide que la muchacha (tiene razón, Nannerl, ¡ya casi está en edad de casarse!) podría, como usted dice, «entrometerse» en nuestros pensamientos y emociones.
Vuelvo a pensar en Victoria y recuerdo cuanto ella me ha contado de usted como música y, al releer su carta, advierto algo extraño, algo como lo que las maestras llamarían una «disonancia»… Usted, mi querida Nannerl, afirma que en otra época cultivó ambiciones musicales más elevadas y que renunció a ellas de buen grado y sin pesar. Es esto último lo que no acaba de convencerme. Victoria me ha comentado que usted componía desde la niñez y que hasta hace poco tiempo (como es sabido de todos) ofrecía conciertos en calidad de pianista, a dúo con su hermano o también sola. De improviso abandonó ambas ocupaciones para dedicarse a la enseñanza. Disculpe el atrevimiento, pero sé que prefiere la franqueza: ha desperdiciado usted su notable talento.
¿Acaso se siente a gusto con su elección? Y lo más importante, ¿se trata realmente de una elección irreversible? Tal vez, si reconsiderase su decisión, su corazón se vería reconfortado con nuevas alegrías. Créame, le digo todo esto porque su felicidad me importa tanto como la mía. En realidad, ésta procede de aquélla y es fruto de su amistad.
Con afecto y respeto,
Mayor Franz Armand d’Ippold
* * *
Salzburgo, 24 de marzo de 1777
Armand:
Mi primer impulso fue responderle con severidad, pero me obligué a esperar toda una semana a fin de que cediera mi enfado. Finalmente ahora, y aún tratando de no perder la calma, le respondo. ¿No es verdad que usted no quiere que le pregunte nada sobre la pobre Monika? Su dulce esposa, que por desgracia ya no está entre nosotros, es un tema que no me está permitido mencionar. Pues, de igual modo, le ruego que no haga ninguna clase de deducciones acerca de mi decisión de abandonar los conciertos y la composición. Sus palabras, mayor, son sal sobre la herida. Una herida que sangra cada día, porque a cada instante, incluso ahora mismo, igual que cuando era una niña, la música lucha por salir de mi interior; es como una oleada que me embriaga y brota de mis entrañas hacia mi garganta y mi cerebro y lo convierte en un torbellino; una tempestad que jamás encuentra desahogo. Apenas logro ignorarla y dedicarme a otra cosa. ¿Lo entiende ahora, Armand? La enseñanza, en particular las clases con Victoria que es mi mejor alumna, son el estrecho sendero en el cual logro aprisionar y contener este caos, acallarlo cuando menos por un momento. ¿Con qué derecho se atreve a decirme que estoy desperdiciando mi talento? ¡Lo mismo hace mi hermano!
Disculpe si aún no he conseguido moderar el tono. Ni siquiera sé si le enviaré esta carta. Tal vez sea mejor romperla, esperar otra ocasión y luego fingir ante mí misma que he olvidado sus palabras.
Maria Anna Mozart
* * *
Viena, 5 de abril de 1777
Mi dulce amiga (de veras espero que continúe siendo mi amiga):
Hizo bien al enviarme su carta, cuya lectura he terminado en este instante; e hizo mejor cuando me reprochó la indebida intromisión en asuntos que no me conciernen y que ni siquiera entiendo. Le ruego que me disculpe y le aseguro que, si usted estuviera aquí, o si yo estuviera donde usted se encuentra, le pediría perdón de rodillas y no descansaría hasta conseguirlo. Me atormenta la idea de haberla irritado, dado que es totalmente opuesta a mis más altos deseos y (una paradoja) a aquello que quería obtener. Pero ésta es la verdad: si usted afirma que le hace feliz el que yo haya sido el primero en no haberla juzgado, debo reconocer que sí la juzgué, como el más necio de los necios, con respecto a una decisión de la cual se considera la única responsable. Y también intenté que la negara para transformarse en alguien que usted, mi queridísima perfecta criatura, no es.
Mientras escribo al correr de la pluma, mi pensamiento se adelanta, avanza con más velocidad, en una enloquecida búsqueda de algo que yo pueda hacer para reparar el daño. ¿Está eso en mis manos? Se lo ruego sinceramente: dígamelo, Nannerl. Y le pido de corazón que no me aparte de su vida. Le juro que jamás haré preguntas o deducciones aventuradas sobre su música. Pero, se lo suplico, deje abierta una pequeña rendija que dé cabida a nuestra amistad.
Con dolor y arrepentimiento,
Armand
* * *
Salzburgo, 15 de abril de 1777
Mi querido Armand:
La idea de excluirlo de mi vida nunca pasó por mi mente. De haber sido así, no sólo no le habría enviado mi carta anterior, pues ni siquiera la habría escrito. En efecto, deseo justamente lo contrario: quiero que usted lo sepa todo de mí.
Por eso, al meditar sobre la pequeña desavenencia que hemos tenido (por la cual soy yo quien debe excusarse), me sorprendió pensar que su intención de no volver a hablar de mi música no es un buen augurio para nuestro futuro; hay en ella algo erróneo (es culpa mía y de nadie más).
Por lo tanto, he decidido contárselo todo. Seré yo quien lo haga; no permitiré que me haga preguntas que por ahora tendría temor de responder. Por supuesto, le queda, mi queridísimo y afectuoso amigo, la libertad de dialogar conmigo y escribirme sobre otro tema, en cualquier momento que lo desee…
I
–Te lo ruego, volvamos a casa. Haz venir un coche, rápido –murmuró la mujer extenuada, que se había desplomado en una butaca y se apretaba el vientre con las manos. Su esposo no respondió: esperaba que la pésima clavicembalista terminara el ridículo espectáculo. Al acariciar las teclas, movía exageradamente los hombros y sonreía, abría y cerraba la boca, como tirando besos; cada uno de los caballeros de la nobleza se sentía seguro de poder acercarse a esos labios y gozar de ellos, y de todo su cuerpo. Bastaba con pedirlo.
–Mi amor, lo digo de veras. Deberíamos marcharnos.
–Dentro de un minuto –contestó él secamente, mientras le dedicaba un aplauso apagado. Luego giró la cabeza y se sobresaltó–. ¿Adónde ha ido?
–Allí, mira. Pero, por favor, haz que dure poco.
El hombre llegó de un salto hasta la niña absorta que, acurrucada en un rincón, abría y cerraba sin cesar un abanico; se lo arrancó de la mano, la hizo levantarse y le arregló el vestido.
–Hazlo bien, Nannerl, como siempre, ángel mío –rogó con un temblor ansioso en la garganta, mientras ella lo miraba con los ojos azules muy abiertos y emitía caprichosos monosílabos.
Aquella niña era extraña.
–¿Estás preparada?
Ella hizo un gesto afirmativo, sin dejar de hablar para sí misma.
–Entonces, ve. ¡Ahora mismo!
El susurro se perdió en la ráfaga de murmullos que comenzaba a soplar en el salón. La pequeña avanzó hacia el taburete del clavicémbalo y subió a él con dificultad.
–Disculpen, ilustrísimas señoras, respetables señores… Un momento de atención, si no es mucha molestia.
El parloteo se interrumpió enseguida y todas las miradas se dirigieron al desconocido. Sin duda, no parecía un aristócrata; debía de haberse infiltrado en ese ambiente por medio de alguna recomendación. ¡Incluso podía ser uno de esos músicos profesionales! Entre los patricios de Salzburgo, comenzó a insinuarse cierto fastidio. ¿Otro espectáculo, justamente ahora, cuando por fin se estaba volviendo al chismorreo, al cortejo, a la ostentación de uno mismo? ¿Y qué clase de música podría interpretar aquella enanita rubia con manos regordetas?
–¡Tengo el honor de presentarles a esta extraordinaria niña prodigio, es decir, a Maria Anna Walburga Ignatia Mozart! En realidad, se trata de una de las mejores clavicembalistas que hayan tocado un instrumento y, por increíble que parezca, tiene cinco años. Yo, Leopold Mozart, su padre, he podido darme cuenta de su inmenso talento gracias a mi propia labor como músico al servicio de la corte de su excelencia, el príncipe-arzobispo. Habría sido un ultraje al mismo Dios que semejante don hubiera permanecido ignorado y no se hubiera cultivado…
El fastidio de los nobles se hizo palpable. ¡Que el dichoso concierto empezara pronto y terminara incluso antes! ¡Que ese saltimbanqui dejara de alardear! Herr Mozart lo percibió y volvió, raudo, al lado de su esposa.
De repente la niña empezó a tocar y fue como si un rayo hubiera destrozado el cielo raso pintado con frescos y encenizado las cortinas y los tapices. Cuando hacía música, la pequeña Nannerl no tenía nada de humano; una divinidad primitiva parecía habitar en ella, a la espera de acercarse a un instrumento para desbordarse y provocar estupor. Sus manitas hacían girar en el aire sonidos límpidos y velocísimos, obedecían a un instinto armónico inigualable y el resultado era seguro y desordenado a la vez. La contradicción entre su maestría más que adulta y su cuerpo inmaduro resultaba desconcertante. Sus notas eran las palabras de un lenguaje, todavía desconocido, que fascinaba y desorientaba. ¿Dónde estaba el truco? No, no había truco. ¡Y, sin embargo, debía haberlo! Los blasonados se acercaban, verificaban, enmudecían, y mientras tanto la niña hacía oír melodías que sacaba al azar de su mente, inspiradas por la forma de los objetos, por el crepitar del fuego en los hogares, por el choque contra el suelo de una copa caída de las manos torpes de una dama.
Y luego Nannerl dejó de tocar, sin ni siquiera concluir el fragmento musical. Bajó de un salto del taburete, corrió hacia el padre, volvió a tomar el abanico y una vez más comenzó a abrirlo y cerrarlo, mientras se balanceaba ora sobre un pie, ora sobre el otro, y susurraba palabras extrañas.
La ovación estalló de forma imprevista e hizo temblar vidrios y paredes. ¡Qué distinta del aplauso anterior, dedicado a la voluptuosa diletante! ¡Era la explosión de un tronco secular, el derrumbe de un edificio repleto de gritos y expresiones de aliento! Las damas arremolinaron alrededor de Leopold Mozart, quien levantó a su hija en brazos y la exhibió, mientras apretaba manos llenas de joyas y la ofrecía a bocas pintas. Nannerl no demostraba ningún interés por aquella estima que le dedicaban: el abanico atraía toda su atención.
Nadie pudo oír los gritos ahogados de la mujer sentada en la butaca, cuya expresión delataba una imprevista conmoción interna; alzó la voz, pero todos siguieron ignorándola, hasta que debió irrumpir en un grito estridente:
–¡Leopold! ¡Mierda!
Quien la oyó no pareció escandalizarse; la miró más bien como si fuera un ejemplar de una especie extraña.
Tomó aliento con gran esfuerzo y volvió a hablar, sin dejar de sostenerse el vientre:
–Leopold, ha llegado el momento. ¿Lo entiendes?
II
Desde la puerta del dormitorio provenían sonidos jamás oídos: eran los lamentos de mamá. Ella sufría y Nannerl no entendía si su padre y la mujer gorda del piso de abajo la estaban ayudando o torturando. ¿Por qué papá le había prohibido entrar? La niña observaba el picaporte de madreperla, que quedaba muy por encima de su cabeza, y deseaba ser ya mayor. Pero de repente llegó un grito muy agudo que la aterrorizó y la obligó a retroceder de un salto; también se oyó la voz conmocionada del padre y la voz histérica de la mujer gorda. Nannerl se refugió debajo del taburete del clavicémbalo y hundió los meñiques en las orejas. Muy bien, ya no oía aquel grito. Pero gradualmente volvió a brotar de su memoria como un sonsonete amplificado, distorsionado. Entonces abrió la boca y sus párpados dieron paso a una cascada de lágrimas.
Fue hacia su padre sin ni siquiera percatarse de ello: lloraba a mares y en su mente resonaba con demasiada intensidad la dolorosa sinfonía. Leopold debió acercarla a él, abrazarla, estrecharla, mientras ella se debatía con su pesadilla. Durante largo tiempo padre e hija permanecieron en el suelo, junto al clavicémbalo, aferrados el uno a la otra. Una vez que Nannerl se hubo calmado, Leopold se sentó en el taburete y quiso que se quedara frente a él. Le apoyó un dedo sobre la naricita:
–Hija mía, prométeme que nunca volverás a llorar. Jamás, en toda tu vida. Recuérdalo bien: las lágrimas son inútiles.
Ella asintió mientras se enjugaba el rostro con la manga.
–Ahora, escúchame. Mamá está bien y tú tienes un hermanito.
La niña, asombrada, permaneció inmóvil.
–Sí, así es; un hermoso niño, todo rosa y pelado. Se llama Wolfgangus Theophilus. ¿Quieres verlo?
¡Por supuesto! Nannerl cruzó el umbral como una flecha y la imagen de su madre la turbó. Estaba postrada en el lecho y, aunque le sonreía, notó algo anormal en ella. Todo era anormal en aquel cuarto. En el suelo, a sus pies, había paños ensangrentados; la mujer gorda tiró allí otro más, con el que se acababa de limpiar las manos. Luego Nannerl vio la cuna y la sensación de horror se desvaneció; de pronto, sintió el deseo de descubrir qué clase de criatura estaba encerrada en aquella cajita.
Se acercó con cautela y dirigió la mirada hacia el interior. Wolfgang era todo rosa, sí, todo pelado, sí, y no tenía conciencia. Gemía con su pequeña boca desdentada y tenía la cabeza alargada como una alubia. Sus ojos parecían no captar el espacio; sus gestos carecían de significado. Pero en el preciso instante en que lo vio, Nannerl comprendió que lo amaba con todo su ser.
* * *
… ¿Tiene hermanas, queridísimo Armand? Sinceramente espero que sí, por su bien. ¡Todos deberían conocer la gracia de una relación tan especial como la que existe entre mi hermano y yo!
Desde siempre, mi mente y la suya vibran al unísono; nunca hemos necesitado el lenguaje para entendernos. Durante mi niñez, me gustaba pensar que éramos un mismo cuerpo desdoblado por error. Un pintor italiano nos retrató cuando yo tenía once años y me desconcertaba observar aquellos cuadros uno junto al otro: teníamos la misma apariencia. La misma frente alta con las sienes sobresalientes (que él llamaba «cuernos»), la misma amplia separación entre las cejas rubias y los ojos claros, la misma nariz con la punta un poco hacia abajo, la misma boca carnosa e irónica, el mismo mentón voluntarioso y prominente.
Sin embargo, en el carácter éramos muy diferentes: él, caprichoso, impertinente y siempre queriendo atraer la atención de los demás; yo, callada, insegura, temerosa de imponerme. Solamente lograba expresarme con libertad en su compañía o a solas, una condición que ya entonces no desdeñaba.
En nuestros juegos éramos el rey y la reina de un país imaginario, el Reino de Atrás. Qué nostalgia siento, querido Armand, por ese territorio encantado que ya no frecuento, un lugar habitado por niños que tocan y escuchan música durante el día, donde todos son buenos y los malos no son admitidos… En el Reino de Atrás, todo lo agradable era posible: bastaba con pronunciar la fórmula mágica…
* * *
III
–¡Aquí vive la felicidad…
–…y nada malo sucederá!
La rima resonó en los balcones del patio, saltó hacia lo alto, hasta llegar al trozo de cielo con forma de pentágono, y se disolvió entre las nubes.
Cada acción tenía un sonido, y cada sonido, un sentido para Wolfgang y Nannerl. El rumor de las idas y venidas en la calle Getreidegasse, el parloteo nasal de dos mujeres asomadas a la ventana, el ruido acuático de las inmundicias arrojadas desde un orinal, el paso de los pies sobre el césped, el susurro de las faldas y enaguas de Nannerl, el silencio interrumpido cuando las levantaba para mostrar unas piernas largas, cubiertas de arañazos y cardenales. Y luego el ritmo rápido de la carrera, él delante y ella detrás, con los cabellos sueltos y libres para enredarse a placer; y el derrumbe de la montaña de basura en cuya cima descollaba la silla del rey, hasta donde Wolfgang trepaba, orgulloso, con una corona de hojas en la cabeza y una gran espada de juncos entre las manos.
–¡Majestad, no he hecho nada malo! –decía Nannerl.
–¡Cuando hables con el rey, debes arrodillarte!
El ruido sordo de un cuerpo que cae y la niña ya estaba avanzando a gatas.
–¡Piedad! Yo estoy libre de culpas, mi soberano.
–¡No es verdad! ¡No amas a tu hermano!
–Al contrario, ¡lo adoro, majestad! –afirmó, mientras se abrazaba a sus pies para llenárselos de besos.
–Está bien, te perdono. Eres otra vez mi reina –dijo el tirano con magnánimo ceño, luego bajó del trono para golpearle el hombro con la espada. Pero en ese momento, como un castillo de naipes, la montaña de desperdicios se agrietó; una larga barra metálica cayó al suelo y cada uno de sus golpes fue un dolor penetrante en los oídos.
Con los ojos entrecerrados y una mueca en la boca, los niños temblaron y en cuanto la última vibración se desvaneció, suspiraron a coro:
–¡Qué horrible si bemol!
La madre se asomó a la ventana del tercer piso y su grito agudo fue el golpe de gracia:
–¡Nannerl, Wolfgang! ¡Os quiero en casa!
IV
–¡Debéis permanecer en silencio cuando papá trabaja! –se desgañitó Anna Maria Mozart apenas vio a sus hijos en la puerta, al tiempo que fregaba el suelo–. Y tú, que eres la mayor, cuida de tu hermano. ¿Por qué no te recoges el pelo? ¡Pareces una bruja!
Sacó una peineta de su propio peinado y se acercó a Nannerl, pero en el camino golpeó el balde de agua sucia con el zueco y derramó una gran ola.
–¡Mierda! –gritó, con los puños levantados hacia el cielo, en la actitud de estar a punto de golpear al primero que pasara. Y permaneció así, como una Juno gigantesca dispuesta a transformar a sus hijos en ratones y el agua sucia en un mar tempestuoso. Pero, en lugar de lanzar dardos, se echó a reír.
Los hijos de inmediato le hicieron eco, ¡y con qué placer! Wolfgang correteaba alrededor del charco y su risita hacía vibrar los frascos sobre la repisa; en cambio, la risa de Nannerl era grave y, aunque ella se cubría la boca con la mano, igualmente brotaba de su garganta.
–En voz baja, niños, en voz baja –imploraba la madre–. Que papá se enfada. No hagáis ruido, por favor… –Pero mientras hablaba se reía con una mueca burlona y resultaba poco creíble. Los empujó por el pasillo al ritmo de unas cariñosas palmadas en el trasero–. Id al dormitorio y sed buenos. Quedaos callados, ¿de acuerdo?
Luego volvió al umbral de la cocina y, apenas vio el suelo encharcado, dejó de reírse.
Los pequeños se echaron boca arriba en el gran lecho en el que ambos habían sido concebidos y paridos. Exhaustos, permanecieron inmóviles largo tiempo, contemplando el cielo raso, mientras un tapiz sonoro de arcos se insinuaba desde la puerta con picaporte de madreperla.
Wolfgang fue quien habló primero:
–Cuando sea mayor, quiero ser cochero. Llevaré mi carruaje hasta la cima de las montañas. Más aún: hasta las nubes.
–Yo quiero ser música.
–¿Qué tiene que ver? Yo también quiero serlo. Aunque tú no lo conseguirás.
–Y ¿porqué?
–¡Porque serás mamá! Tendrás muchos niños y en el mejor de los casos te convertirás en una maestra de música.
–No, yo no quiero niños. Ni siquiera uno. Contigo me basta.
Nannerl extendió una mano para acariciar a su hermanito, pero se dio un golpe contra un gran objeto con forma de pera, escondido entre las mantas.
– ¿Qué hace aquí tu violín nuevo?
Él se encogió de hombros y estrechó contra su cuerpo el instrumento.
–¿Me dejas probarlo, Wolfgang?
–No. ¡Es mío!
–Al menos permíteme pulsar las cuerdas. Me gustaría oír el sonido.
–¡No debes tocarlo!
–Vamos, Wolfgang, sólo probarlo. Tú todavía no sabes tocar.
–¡Sí sé tocar!
Nannerl se burló de Wolfgang:
–Pero ¿quién te crees que eres? ¡Ni siquiera has tomado una clase!
Un relámpago de desafío brilló en los ojos del pequeño, que en un segundo ya había subido a un banco para alcanzar el picaporte. Ella se levantó de un salto e intentó detenerlo, pero él ya estaba en el centro de la sala, a espaldas del cuarteto de arcos, blandiendo su violín como el arcángel Gabriel blandió su espada llameante.
–¡Deténgase, deténgase! ¿No ve que allí hay un crescendo? –le decía Herr Mozart al segundo violín, un hombre de mejillas rojizas debido a la bebida–. Si la intensidad baja en ese punto, ¡todo se viene abajo! Concéntrese, por favor.
–¡Papá, yo haré el crescendo!
Leopold hizo una mueca de fastidio.
–Anna Maria, ven. Llévate a Wolfgang…
–¡Mi papá tiene razón! –gritó el niño–. Esa frase debe escucharse en un tono alto. Tú estabas tocando muy mal. ¡Yo lo hago mejor!
Varios intérpretes esbozaron una sonrisa; Leopold agotó su indulgencia paterna.
–Vamos, ¿tú qué sabes de estas cosas? Cuando puedas tocar, te permitiré estar en un ensayo con nosotros. Ahora ve a jugar con tu hermana.
–¿Por qué no lo deja probar? –propuso el músico amigo del vino, en un sublime arranque de humorismo–. Estamos ansiosos por escuchar la interpretación del ilustrísimo… ¡Wolfgang Amadeus Mozart!
Entonces estalló el clamor de una risotada.
–¡Está bien –cedió Leopold–. Prueba con la parte del segundo, pero en un tono muy bajo, para que nadie oiga los desastres que harás.
Y lo mandó a su sitio con un empellón.
Nannerl estaba oculta junto a la puerta. Ante su mirada incrédula, los músicos comenzaron a tocar y su hermanito se unió a ellos, siguiendo la partitura.
El violinista titular lo observaba, riendo con disimulo, pero debió cambiar su expresión al darse cuenta de que Wolfgang tocaba bien. Sin dejar de imitar lo que veía hacer a los adultos, el niño movía el pequeño arco y enhebraba una nota con otra; se equivocaba en la digitación, pero las notas eran correctas y el sonido resultaba claro, en una palabra, bello. ¿Era posible que jamás hubiera tenido un violín en la mano? ¿Era posible que hubiese cumplido apenas seis años? El hombre dejó a un lado el instrumento, sorprendido, y el pequeño Mozart siguió ejecutando su parte sin dudar ni una sola vez. Los demás músicos interrumpieron su interpretación uno tras uno, mirando, maravillados, al prodigioso travieso, quien siguió con toda naturalidad. Leopold, un docente experto, autor de un método que había recorrido Europa, habría jurado ante Dios que algo así no era posible. ¡Y ahora su hijo lo demostraba ante sus ojos! ¿Qué instinto superior había infundido la técnica del violín a su prodigioso pequeño? ¡Quizá Dios mismo!
Wolfgang terminó el fragmento y bajó la cabeza en un gesto de agradecimiento, como si ya fuese un consumado concertista. Loco de alegría, el padre lo tomó en sus brazos y lo hizo volar.
–Señores, ¡mi hijo es un milagro divino!
–Herr Mozart, ¡el mundo entero debe conocerlo! ¡Llévelo de gira! ¡Hágalo tocar en las cortes reales!
Nannerl abrió la puerta y apareció. Su hermano, pues, había abierto el camino y menos mal que él existía, y tenía la valentía de hacerlo. Desde aquel momento, era posible irrumpir en los ensayos musicales de los adultos y tocar junto a ellos. E incluso, si uno era bueno, podía recibir aplausos. Tomó el violín del hermano y con ímpetu comenzó una pieza veloz, de gran virtuosismo.
Nadie la miró ni pareció percatarse de su presencia. El grupo se marchó con Leopold a la cabeza, llevando al niño en triunfo, y Nannerl, en la sala desierta, continuó tocando para ella.
V
La joven arrodillada hablaba y lloraba. Detrás de la cortina violeta permanecía oculto un hombre de la Iglesia, un hombre bueno, pero el enrejado no suavizaba las palabras que ella pronunciaba; no las hacía menos graves. ¿Cuánto tiempo es necesario para que la vida de una persona se incline hacia el mal? Para la voluptuosa clavicembalista de salón había bastado el tiempo de un abrazo consumado de pie contra una puerta, que un conde le pidió como condición para el compromiso; un abrazo que le había dejado en herencia un embarazo y ni siquiera la sombra de un anillo. Su vientre todavía era plano y solamente conocía su estado el responsable directo, quien sin embargo había negado su implicación.
El reverendo Joseph Bullinger hizo salir a la joven del confesionario y la llevó de la mano hasta los bancos.
–Ni siquiera sé cómo llegué hasta aquí –sollozaba ella–. Hace días que no como y por la mañana no tengo fuerzas para levantarme… Si de mí dependiera, me quedaría en cama hasta el fin de mis días…
–¿Qué le has dicho a tu familia?
–Muchas mentiras. –La conciencia de aquel pecado posterior la hizo llorar con más fuerza–. Si se lo cuento, me echará de casa. Si se sabe en la ciudad, daré un escándalo, y no puedo ni imaginarme las consecuencias. No sé qué hacer, padre. Ayúdeme…
No había más que una solución y él calló, en busca de las palabras más adecuadas para exponerla; entretanto, observaba con una sonrisa triste su velo empapado en lágrimas. Hacía tiempo que le llegaban habladurías malévolas acerca de aquella alma confundida, pero él, por principio, no les daba importancia. Dada su condición de preceptor, el reverendo Bullinger tenía un contacto habitual con las familias aristocráticas y nunca le había gustado ese ambiente frívolo, que esperaba curar mediante la cultura.
–Hija mía –dijo–, no llores. No tienes motivo para desesperarte, créeme. A menudo el Señor nos indica el camino recto por medios inesperados. En el fondo de aquello que parece un callejón sin salida, puede estar la puerta de la bienaventuranza; la puerta a través de la cual el Altísimo te ofrece la oportunidad de iniciar una nueva vida, recta y cristalina, en Su nombre.
La clavicembalista respiró hondo y lo miró, llena de esperanza.
–Podrás reconstruir en tu corazón un sistema de valores justo, por cuya falta, desgraciadamente, has cometido un grave error. Podrás reparar el mal que has hecho a través del trabajo y la ayuda al prójimo; aprenderás a valorar la exaltación mística y la contemplación…
–Entiendo –dijo ella, que no había entendido nada–. Pero ¿qué debería hacer exactamente?
–Partir lo antes posible y llevar a término el embarazo, lejos de la maledicencia ciudadana. Yo mismo me ocuparé de encontrar un buen hogar para el niño, cuando nazca. Y para ti ya tengo pensado el convento donde tomarás el hábito…
Un grito ronco hizo vibrar los vitrales:
–¿Eso significa que tendré que ser monja?
Siguieron protestas expresadas en toda forma y tono, y también inútiles búsquedas de alternativas. A medida que el reverendo insistía y hacía todo lo posible a fin de convencerla, ella se encerraba en un mutismo acompañado por nuevas lágrimas. Y así, tan descompuesta y llorosa como había llegado, corrió hacia el portal de la iglesia y casi caminó sobre los pies de Leopold Mozart.
–Menudos modales… –farfulló él. Luego se persignó, se acercó al reverendo y anunció su saludo–: Ave, clare sacerdos! Magnum gaudium mihi affert in te incidere.
Bullinger apreció la fórmula erudita y respondió: –Eadem laetitia afficior, carissime frater. Asside mihi.
Herr Mozart se sentó junto al influyente religioso y comenzó a desarrollar el discurso que tan bien había preparado.
–Reverendo, estoy aquí porque he diseñado un plan para mi vida y la de mi familia; pero, antes de llevarlo a la práctica, deseo consultarlo con usted, dado que su consejo es para mí una luz única, refulgente.
Bullinger se limitó a asentir. Las maneras melifluas del músico a veces le daban un poco de fastidio.
–Tengo la intención de llevar a Wolfgang de gira. No será un viaje fugaz como el que nos condujo a la corte de Viena, que de todos modos me brindó grandes satisfacciones. Esta vez preveo pasar por Munich, Frankfurt, Bruselas y, si Dios quiere, llegaré hasta París, e incluso Londres.
Era un proyecto muy ambicioso y el reverendo comenzó a sospechar que Leopold quería de él algo más que un consejo.
–Usted sabe en qué medida estoy ligado a nuestra espléndida ciudad. Sin embargo, considero que en este ambiente provinciano el talento de mi hijo no recibirá el estímulo necesario para florecer y dar frutos. El nuestro no será un viaje de mera promoción, sino de estudio intenso y cuidadoso; quiero que Wolfgang tome clases con los mejores maestros.
–Comprendo, Herr Mozart. Pero ¿no cree que todavía es muy pequeño para ello?
Leopold había previsto la objeción.
–Es la naturaleza, no yo, la que avanza deprisa. Mi hijo, a pesar de su tierna edad, ya es un compositor: con sus manitas inmaduras, escribe notas correctísimas. Yo no puedo permitir que semejante tesoro se pierda.
–Me doy cuenta de ello. Pero ¿no le preocupa el riesgo de exponerlo a epidemias durante el viaje? Podría minar la salud de sus hijos de forma irreparable.
–Confío en la protección de Nuestro Señor. Acataré lo que Él decida, con el corazón lleno de fe. Además, tomaré todas las precauciones a fin de que mi hijo…
–Herr Mozart, si mal no recuerdo también tiene una hija, ¿verdad?
Leopold no estaba preparado para esta pregunta. Miró al religioso, sinceramente sorprendido, y no supo qué decir.
–Desde el inicio de nuestro diálogo, no ha hecho más que repetir el nombre de Wolfgang –prosiguió Bullinger–. Aunque, cuando lo presenté ante los círculos aristocráticos, era la niña la luz de sus ojos. ¿Su intención es dejarla en Salzburgo?
–¡Claro que no! Nannerl deberá tocar el clavicémbalo a dúo con su hermano. Por otra parte, es obvio que no tendría ningún sentido iniciar en la composición a una jovencita…
–Eso lo debe decidir usted. Yo sólo digo que las criaturas del mundo son todas iguales ante los ojos de Dios; por lo tanto, sería bueno que también lo fueran ante los ojos de los hombres.
–Por supuesto, ilustrísimo.
–Muy bien. Ahora explíqueme cómo piensa financiar el viaje.
Leopold recuperó gradualmente la seguridad.
–Confío en las donaciones de las casas reinantes; y toda vez que sea posible, haré que Wolfgang ofrezca conciertos de pago… ¡Y también Nannerl, claro! También la niña, reverendo. Además, el dueño de la casa donde vivimos me ha prometido un préstamo.
–Deduzco que no es ésa la razón por la que ha venido en busca de mi apoyo. ¿Podemos hablar claro, querido hermano?
–Verá… –balbuceó Leopold, tratando de ocultar su nerviosismo–, como usted ya puede imaginar, deberé solicitar una prolongada licencia al arzobispo. Y espero, al volver de la gira, tomar posesión nuevamente de mi puesto de trabajo, sin el cual la subsistencia de mi familia estaría en grave peligro. Su intercesión sería de gran ayuda…
–¡Hemos llegado al meollo de la cuestión! Aprecio su franqueza, Herr Mozart. Por otra parte –añadió, no muy convencido–, comprenderá que la suya es una petición de difícil ejecución. Según usted, ¿qué argumentos debo utilizar frente a su excelencia?
El rostro de Leopold se iluminó. Ésa era la mejor parte de su discurso, aquella que había adornado con acentos retóricos y efectivos.
–Uno solo, mi amado padre: que nuestro Dios ha otorgado una chispa de genio sonoro, algo tan inalcanzable, a un niño común de Salzburgo. No es mérito mío, ni de su progenitora, que el párvulo realice milagros con las notas, milagros que nadie pudo realizar jamás. Y si Nuestro Señor lo ha querido, es para que un día ese párvulo pueda cantar Sus alabanzas y celebrar Su gloria a través de la música. Todos nosotros debemos proceder devotamente, cada uno dentro de los límites de su posición y con los humildes medios del ser humano, a fin de que eso ocurra con la mayor prontitud posible…
–¡Ya basta! Mi estómago comienza a reclamar el almuerzo. –El religioso se puso de pie con indolencia–. Está bien, hablaré con el arzobispo. Cura ut valeas.
Y se marchó.
* * *
… Mientras tanto, yo escribía y escribía música, rápida, apasionadamente, y lo hacía siempre de noche. Esperaba a oír el sosegado ronquido de mi padre y el más vibrante de mi madre, luego bajaba del lecho, descalza, giraba el picaporte de madreperla y entraba a la sala de los instrumentos.
Siempre me ha gustado la noche. Incluso ahora, al escribirle, queridísimo Armand, es noche cerrada, y entre usted y yo no hay más que una lámpara, una hoja y una pluma. Me comprende y siente las mismas emociones, ¿no es así? Por el contrario, mis familiares, de quienes me separa el límite de una pared, están a miles de millas de distancia…
Ellos jamás violaron, y creo que nunca descubrieron, estos momentos de placentero aislamiento, durante los cuales el tiempo se dilata y nadie puede decirme lo que debo o no hacer. Ahora vivimos en una casa más grande, donde cada uno tiene su propio cuarto, y así no me veo obligada a realizar complicadas maniobras para alejarme, ni corro el riesgo de ser descubierta. Pero, en aquella época, entrar en la sala constituía el cauteloso, temible cruce entre el mundo y yo misma.
En medio del silencio abría la ventana, me deleitaba con el rumor de las aguas del río Salzach, respiraba el perfume de la noche, abría mucho los ojos en la oscuridad… Luego, encendía una vela y me sentaba ante el clavicémbalo con el lento gesto sagrado de quien lleva a cabo un rito. No podía tocar porque habría despertado a los ocupantes de todo el edificio, pero para componer me bastaba con escuchar el oído interno y rozar el teclado, sin presionar las teclas. Mis conocimientos del contrapunto se limitaban a cuanto escuchaba furtivamente de las clases que mi padre daba a Wolfgang, pero para mí eso era más un estímulo que un límite.
Arias, cánones, Lieder… Me apasionaba la música vocal, tal vez porque yo misma tenía cierto talento para cantar. Mi voz siempre fue entonada, desde la más temprana edad, y grave; incluso al hablar. No la eduqué con constancia, pero, si lo hubiera hecho, hoy sería mezzosoprano. Sin embargo, la idea de pisar un escenario jamás pasó por mi mente. Siempre pensé con placer en la actitud de quien crea en la sombra y más tarde, también en la sombra, escucha el resultado.
Llenaba las hojas con notas, escribía el título de cada fragmento con mi mejor caligrafía, soplaba sobre la tinta, la secaba y doblaba cada hoja para guardarla en mi bolso secreto. Había cosido una especie de sobre cerrado con largos lazos, que llevaba atado alrededor de la cintura, oculto entre las enaguas; de esa forma mi música jamás me abandonaba.
Durante el día se sentaba a la mesa, hacía las tareas, jugaba conmigo; de noche, cuando yo volvía al lecho, dormía conmigo, al calor de las mantas y de mi piel, invisible para todos y siempre presente para mí. Fantaseaba con la idea de mostrárselo a mi padre en el momento oportuno; estaba segura de que entonces él se habría dado cuenta de lo que yo era capaz y me habría brindado su apoyo, su respaldo. La hermana del príncipe elector de Baviera se complacía en escribir óperas al estilo italiano. ¿Acaso yo, que era la reina del Reino de Atrás, no podía ser como ella?
* * *
VI
–Vamos, deja el violín, angelito de mamá.
–¡No!
–¿Cómo voy a probarte y coserte la chaqueta si tienes los brazos ocupados?
–Papá dijo que puedo tocar el violín todas las veces que quiera. ¡Y ahora me apetece tocar!
Anna Maria se resignó a ocuparse de la culotte. Para la ropa de viaje de sus hijos había elegido telas tan fuertes que no permitían el paso de la aguja; si Wolfgang no dejaba de juguetear con ese maldito instrumento, antes o después se lo iba a arrojar a la cabeza.
Nannerl estaba sola en la cocina y pelaba una patata tras otra. Llevaba un gran mandil y sacaba la piel en forma de espiral, para formar una larga tira correspondiente a cada patata. Se divertía escuchando los juegos musicales de su hermano, al que acompañaba en voz baja. A medida que crecía la pila de patatas peladas, ella gorjeaba en un tono más alto, hasta que Wolfgang la oyó y le respondió con el violín.
–¡Brujita, no hagas travesuras tú también! –gritó la madre, pero ella, lejos de su vista, ignoró la orden y los dos hermanos comenzaron a pasarse la música como una pelota. ¡Aquello era muy distinto de las aburridas lecciones del padre! ¿Quién dijo que es necesario tocar en ciertos momentos, en ciertos lugares y de cierta manera? Sus notas corrían, improvisadas y anárquicas, salvajes y divertidas, de una puerta a la otra; se perseguían, se atrapaban, se entrecruzaban y se disolvían en el aire; salían por la ventana, se posaban en el trono del rey, soplaban sobre el cabello de los transeúntes, se mezclaban con el estruendo de una carroza que pasaba a la carrera.
Al cabo de un rato, Nannerl abandonó la cocina y sus pasos la acercaron al hermano; el contacto visual aumentó la comunicación y, mientras la madre se pinchaba los dedos y se desahogaba diciendo palabrotas, los dos hermanos cantaban y gritaban cada vez con más alegría. A ella le había quedado en la mano una patata con un trozo de piel que caía hasta el suelo; él maltrataba el instrumento como un gitano. Luego hicieron un intercambio de objetos y ella se encontró con el violín en la mano, y él, con la patata. Mientras tanto, la orgía sonora llegaba al paroxismo y la madre gritaba que en aquellas condiciones le era imposible coser, que no se entendía nada, pero ellos no le prestaban atención y continuaban con el gorjeo desenfrenado, hasta que Anna Maria arrancó un hilo con demasiado ímpetu y la culotte de Wolfgang se abrió en dos, dejándole con el trasero al aire.
En ese instante Leopold Mozart apareció en el umbral y ante su mirada asombrada se ofreció el siguiente espectáculo: una esposa desesperada frente a una prenda descosida, una hija vestida con mandil y un violín entre los brazos, un hijo con las nalgas al viento y una patata en la mano.
El ruido que hizo la puerta al cerrarse interrumpió el torrente sonoro y durante un largo minuto todos contuvieron la respiración. Leopold contemplaba a los tres agitados personajes con sus ojos que parecían haberse vuelto de alquitrán. Después, con pasos firmes, se acercó a su hija.
–Nannerl, ésta es la última vez que tocas el violín. Devuélvemelo –dijo, y extendió la mano.
Las manos de la chica no obedecieron. Se habían endurecido, parecían formar parte de la caja del violín.
–El violín no es un instrumento para niñas. Jamás volverás a tocarlo. ¿Me has entendido, Nannerl?
El corazón de la pequeña se hizo trizas. En su lugar quedó el vacío. Leopold le arrancó el instrumento de los brazos y desapareció en la sala de música.
VII
Llegó el alba del gran día. En el portal del número 9 de la Getreidegasse resonaba el golpeteo de unos zuecos impacientes, que iban a devorar millas. En la calle el reverendo Bullinger se ajustaba la capa y miraba la ventana del tercer piso: ¿cuánto tiempo iban a tardar?
Era difícil hacer conjeturas. Anna Maria seguía a Wolfgang con la intención de vestirlo y Nannerl seguía a Anna Maria para que la vistiera. Había baúles abiertos, ayas con papeles en medio del paso, y un clavicémbalo de viaje que un criado terminaba de embalar. Leopold aferró a su hijo por el cuello y se lo entregó a su esposa, se dirigió a la escalera con el clavicémbalo sobre los hombros, le gritó que se apurase; ella le respondió que no podía hacer más de lo que hacía, luego rogó a sus hijos que se sentaran sobre un enorme baúl repleto de ropa para ayudar a cerrarlo, pero el baúl seguía un palmo abierto, por lo que Wolfgang comenzó a saltar encima de la tapa y el recurso dio resultado, aunque la madre corrió el riesgo de perder un dedo. Leopold reapareció, jadeante, empujó el baúl hasta la puerta y el estruendo despertó incluso al vecino que tenía el sueño pesado, quien levantó las manos al cielo y se sumó al alboroto:
–¡Dios mío, te agradezco que esta familia de locos se vaya!
Nannerl guardó el papel para su música en un pequeño baúl y lo bajó por la rampa, volvió a subir y sacó otro, y luego otro más. Wolfgang no quiso ser menos y levantó una enorme caja, pero su padre se la arrebató, mientras le gritaba:
–¡Cuidado, ángel mío!
Anna Maria verificó que las celosías de los cuartos estuvieran bien cerradas, dispuso los paños para cubrir los muebles, los cambió de sitio, los volvió a colocar donde habían estado; echó una última mirada melancólica a los objetos que no sabía cuándo volvería a ver, cerró la puerta y bajó.
El niño entraba y salía del carruaje, se acostaba sobre los asientos, abría y cerraba las pequeñas ventanas. La niña y el padre metían los paquetes en la parte posterior; el criado hacía lo mismo en el techo con los instrumentos; el reverendo esperaba, ansioso, la hora de regresar a sus meditaciones. En cuanto Anna Maria cruzó el portal, él hizo en el aire un gran signo de la Cruz, mientras declamaba:
–Benedico vos in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti…
Por fin los cuatro subieron a la carroza y cerraron las puertas; el criado se inclinó para saludar y el cochero azuzó los caballos, que irrumpieron en un relincho de euforia: ¡Adiós, Salzburgo! Gran Europa, estamos ávidos de ti.
VIII
Era un carruaje vis-à-vis, de esos en los que los dos asientos y sus ocupantes están frente a frente. En uno se sentaron el padre y el hijo; en el otro, la madre y la hija. Ahora que el peregrinaje había comenzado, la excitación dio paso a un repentino cansancio: Wolfgang apoyó la cabecita sobre las piernas de Leopold, mientras Nannerl hundía la frente en el gran pecho mórbido de su madre.
–Papá, ¿es verdad que podré tocar el pianoforte? –preguntó el pequeño, con voz soñolienta.
–¿Qué sabes tú del pianoforte?
–Nannerl dice que es más hermoso que el clavicémbalo.
La niña prestó atención, pero no intervino; Leopold habló como si ella no existiera, mientras acariciaba la cabeza de Wolfgang:
–Tu hermana puede decir lo que quiera, pero tú no debes escucharla. Adivina a quién te hará conocer tu papá: a Johann Christian Bach. Sabes quién es, ¿verdad?
La respuesta llegó desde el mundo de los sueños:
–Es el hijo de Johann Sebastian Bach…
