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La obra de Alcântara Machado nace y cobra sentido en São Paulo, en la década de los años veinte, una ciudad en pleno desarrollo y progreso, una metrópolis cosmopolita y multicultural donde confluían brasileños, con toda su diversidad, e inmigrantes portugueses, italianos, españoles, gallegos y japoneses. Su valor reside, justamente, en el retrato de la agitada y cambiante realidad de una ciudad en la que explora, no solo su desarrollo tecnológico y urbanístico, sino su dimensión artística y moral a través de la cotidianidad. Los doce cuentos que componen Naranja de China presentan situaciones del diario vivir, protagonizadas por seres comunes y corrientes, de distintas clases sociales con los que teje una narrativa que captura la esencia dinámica y diversa de la vida en la efervescente ciudad en formación. Desde el título de cada relato, Alcântara anuncia una suerte de amalgama entre historia y futuro, entre literatura y realidad que ya había estado presente en sus dos obras anteriores y que, por ejemplo, con Brás—Bexiga y Barra Funda, afirmaba, no debía tomarse como una obra de ficción, sino como una suerte de crónica real, aunque inventada. Considerado un maestro de la representación de la ciudad y de su carácter, un cultivador de la sátira social, la capacidad de Alcântara Machado por tejer elementos literarios y cotidianos en su obra, resonó con fuerza en la crítica y lo consolidó como un narrador único y excepcional del modernismo brasileño, un autor clave de la literatura brasileña y del que nos enorgullece inmensamente poder presentar por vez primera en español en esta edición.
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Seitenzahl: 94
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Machado, Antônio de Alcântara, 1901-1935, autor Naranja de China / Antônio Alcântara Machado ; traducción y notas, Juan Camilo Perdomo Morales. -- Primera edición. -- Bogotá : Animal Extinto Editorial : Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, 2024.
96 páginas. -- (Colección Folívoros ; 1)
ISBN 978-958-53190-9-7 (impreso) -- 978-958-760-479-5 (PDF) -- 978-958-760-480-1 (ePUB)
1. Cuentos brasileños - Siglo XX I. Perdomo Morales, Juan Camilo, traductor
CDD: B869.34 ed. 23
CO-BoBN– a1136479
Naranja de China
Antônio de Alcântara Machado
Título original: Laranja da China
©2024, De la traducción: Juan Camilo
Perdomo Morales
Primera edición en Colombia, 2024
©Animal Extinto Editorial S.A.S
Colección, Folívoros, 1
Coedición
Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia
ISBN: 978-958-53190-9-7
Hecho el depósito legal
Diseño y diagramación: Lucía Buitrago M.
Ilustración contracubierta: Andrezzinho
Impresión y terminación:
Taller Artes y Letras S.A.S
Animal Extinto Editorial
Bogotá, Colombia
www.animalextinto.com
Hecho e impreso en Colombia
Printed in Colombia
Quiero morir en Brasil, en la ciudad de São Paulo, en una cálida mañana. […] São Paulo no abandonará a su hijo. Con el olor a gasolina, con el humo de las fábricas, con el ruido de los tranvías, con el ruido de los coches, carretas y automóviles, con el ruido de las voces, con el olor de la gente, con los ladridos, los cantos, los chirridos, los silbidos, con el ruido del fonógrafo, con el ruido de la radio, de las campanas, de las bocinas, con el olor de ferias, con el olor de la verdulería, con todos los olores y también con los ruidos de la vida, São Paulo llenará el silencio de mi muerte.
NA
RAN
JA
DE
CHINA
Antônio de Alcântara Machado
Traducción y notas
Juan Camilo
Perdomo Morales
Contenido
EL REVOLTOSO ROBESPIERRE
EL PATRIOTA WASHINGTON
EL FILÓSOFO PLATÓN
LA ENAMORADA ELENA
EL INTELIGENTE CICERÓN
LA INSIGNE CORNELIA
EL MÁRTIR JESÚS
EL LÍRICO LAMARTINE
EL INGENUO DAGOBERTO
EL AVENTURERO ULISES
LA PIADOSA TERESA
EL TÍMIDO JOSÉ
Nota del traductor
EL REVOLTOSO ROBESPIERRE
(sr. natanael robespierre de los ángeles)
Todos los días hábiles, a las diez y media, toma el tranvía en el Largo de Santa Cecilia y le arma tremendo alboroto al maquinista.
—¡Cuando las personas le levantamos el paraguas es para que pare este tiesto! ¿Oyó? Bestia.
Le gusta sentir que todos los ojos lo miran fijamente a él. Se quita el sombrero. Pasa la mano por su melena leonina. Hincha los cachetes y suspira largo y tendido. Paga el pasaje con diez mil reales. Exige las vueltas inmediatamente.
No tengo tiempo para chácharas, menos con un patán. Páseme la devuelta y en dinero menudo, ¿entendió? Bien.
Se la arrebata al conductor con un gesto y cuenta tranquilamente la devuelta.
—¿Qué? ¿Uno con el retrato de Artur Bernardes1? ¡Dios me libre y proteja! Deme otro billete.
Se levanta para acomodarse el cinturón, le da una calada el cigarrillo (Sudán Ovais2 por los descuentos), examina todos los asientos, de aquí para allá, y comienza:
—¡Hasta parece servicio del gobierno! —Para. Sacude su melena leonina. Concluye:
—Lo que importa es que algún día los hombres volverán…
Primera sonrisa aparentemente sibilina. Se pasa la mano derecha por su barba afeitada ¿Será una espinilla? Saca un espejito del bolsillo. Es una espinilla, sí. Maldice. Segunda sonrisa más o menos sibilina. Cara de asco.
—No sé a qué a diablos el Largo do Arouche, ¡guácala!
Gira la alianza de su dedo anular. Esto lo deja meditabundo por unos instantes. Fija su mirada uniceja en el caballero de la izquierda. Espera. El caballero finalmente percibe la insistencia. Es ahora:
—Disculpe. ¿El señor ya leyó las últimas tarifas del Matadero3? ¿Vio el precio de la carne de cerdo, por ejemplo? ¡Cinco o seis o no sé cuántos miles de reales por kilo!
No espera respuesta. No necesita respuesta. Vocifera al oído del viejo de la derecha:
—Así como le digo, ¡por kilo!
Casi se cae del tranvía por ver una costurerita en la Rua do Arouche. Las piernas flacuchas se le encogieron del susto.
—El caballero quiere tener la bondad de disculparme. Es el maldito traqueteo de esta chatarra. Uno de estos días se cae a pedazos.
Se da palmaditas en la barbilla, pero ¿dónde está la mosca? Saca un palillo del bolsillo, raspa el primer molar superior derecho (si se preguntan, es fibra de mango), mira la punta del palillo, chupa el diente con la punta de la lengua (¡ch! ¡ch!). Uno por uno mira los anuncios del tranvía. Marca el ritmo de su lectura con la cabeza. Aplicadamente. Maldito italiano para hablar duro. La falta de educación es algo que se nota enseguida. No hace falta verlo. El de ODOL4 ya lo leyó. Estaba empezando el de la CASA VENCEDORA. Eso de precios al costo es un engaña bobos.
—¡Oh, qué estupidez! ¿El señor ya vio aquel anuncio de allá? Justo encima de la mujer de sombrero verde. SE REPARA MÁQUINAS DE ESCRIBIR. ¡Re—PA—RA máquinassssssssssss! ¡Fan—tás—tico! No pretendo que por doscientos reales de pasaje me encimen extractos selectos de Camilo5 o de cualquier otro autor de peso, es cierto… Pero en fin…
Precisaba un cierre erudito e interesante al mismo tiempo.
—Pero en fin…
La mano busca inútilmente en el aire dando vueltas.
—Pero en fin… Serafín…
Se queda pensando en eso. Ajusta su reloj de bolsillo con el reloj del Largo do Municipal. Se frota las manos. El paraguas se le cae. Lo levanta de mala gana. Se pone la chistera luchando con su melena. Previene a los vecinos:
—Este viaducto es una fábrica de gripa. ¿Solo de gripa? ¡De neumonía también! ¡Dupla!
Silencio. Pero elocuente. El palillo de un fósforo es bueno para limpiarse el oído. Se quita el sombrero frente a la Iglesia de San Antonio.
—¿No está viendo, animal, que la mujer no se ha sentado? ¡Aprenda a tratar mejor a los pasajeros! ¡Tenga educación!
Saluda a regañadientes al Dr. Indalécio Pilho, subinspector de las bombas de gasolina que pasa en su Marmon6 oficial y que no lo ve. Después, anota apresurado el número de la placa en el reverso de una letra de cambio del Monte de Socorro do Estado7.
¡El pueblo suda para pagar el lujo de los ahijados del gobierno! ¡Aprovechen! Sigan chupando del erario mientras el pueblo no se levante y los mande a todos a la… ¡nada! Pero algún día eso se acabará.
Tercera sonrisa para nada sibilina. Se mueve a la punta. Lo asegura mirando las oficinas del I.R.F. Matarazzo8:
—Claro que se acabará.
Otro cigarro. Examina todos sus bolsillos. Lo enciende con el de un vecino. Y comienza a limpiarse las uñas con su navaja de nácar. En la esquina de la Rua Anchieta, casi rompe el cordón del timbre. Le extiende la mano derecha a un compañero de viaje:
—Natanael Robespierre dos Anjos, su servidor.
Se baja en el Largo do Tesouro. Hace una apuesta en el CHALET PRESIDENCIAL (cientos invertidos). Atraviesa el Largo do Palácio con el paraguas que parece una escopeta.
Y todos los días hábiles, faltando cinco para las once, entra con el pie derecho en la Secretaría de Negocios de Agricultura y Comercio, donde desde hace veintidós años ayuda a administrar el Estado (esa nación dentro de la Nación) con sus conocimientos de tercer contador por concurso, por no hablar de cierta carta de recomendación de un histórico republicano.
NOTAS
1 Político brasileño, doceavo presidente de la República Federativa de Brasil en un convulso periodo de levantamientos y revueltas. Dado el contexto, se puede inferir que el desagrado de Robespierre se deba a su afinidad con la Revuelta Paulista del 5 de julio 1924, que buscaba derrocar el gobierno de Bernardes.
2 Marca de cigarrillos.
3 Carnicería.
4 Marca de crema de dientes.
5 Camilo Castelo Branco. Escritor portugués, uno de los más aclamados escritores portugueses del romanticismo.
6 Marca estadounidense de autos antiguos. Fabricó carros entre 1851 y 1933. Tenía reputación de fabricar autos veloces y de lujo.
7 Caixa Econômica e Monte de Socorro, banco público creado en 1861 por Pedro II.
8 Indústrias Reunidas Fábricas Matarazzo. Grupo empresarial con sede en São Paulo y uno de los principales empleadores de la ciudad, fundado por un inmigrante italiano, otrora el hombre más rico de Brasil, Francesco Matarazzo.
EL PATRIOTA WASHINGTON
(doctor washington coelho penteado)
El sol ilumina Brasil en la mañana escandalosa y al Doctor Washington Coelho Penteado en su rostro varonil. Hace treinta y ocho años, Deodoro da Fonseca1 fundó la República sin quererlo. El doctor piensa bien en lo ocurrido y le grita al oído al chofer:
—¡Vamos a Mogi das Cruzes!
Minutos antes, arrancó la página del EMPÓRIO UCRA- NIANO del día 14. Rodeado de sus hijos, había escrito con lápiz azul sobre la del día 15: ¡Viva Brasil! Y obligó a Juquinha a quitarse el kepi marinero porque aún no sabía hacer el saludo militar.
Muy bien. Ahora, van en el Chevrolet descapotado hacia Mogi das Cruzes. ¿Alguna vez en el mundo se había visto una mañana tan hermosa como esa?
¡Es Brasil!
¡Lo es!
En su solapa, una banderita nacional. Conservada allí desde la entrada de Brasil en la gran conflagración. O bien somos o no somos. El doctor de verdad es brasileño, gracias a Dios. ¿Dónde más querría nacer? En Brasil, por supuesto.
Al lado de él, su mujer no es tan así. Los hijos conocen de memoria el himno nacional, solo que aún no le han cogido el ritmo. De todas formas, a veces cantan durante el postre para que el doctor lo escuche. La bandera ondeando en el balcón del Teatro Nacional le recuerda al doctor los admirables versos del Poeta de los Esclavos.
—¡Sí, señor! Esa es la brisa de la que habla Castro Alves2.
—¿Qué brisa, Nenê?
—Nada. Tú no lo entiendes.
Él entiende. Y disfruta de la brisa que lo besa y mece.
—El Capitán Melo me aseguró que no existe parque europeo que se compare con este de Anhangabaú.
—Exagerado…
—¡Ya vienes tú con tu eterna manía de menospreciar lo que es nuestro! Pues que sepas que…
Que sepas, Doña Balbina, que sepas que lo que es nuestro, es nuestro. Y vale mucho. Y vale más que todo. Ve escuchando. Ve escuchando en silencio. Y convéncete de una vez por todas para que no digas más bobadas.
—Mira el tráfico. ¡Y hoy es festivo, eh! No lo olvides. París, qué es París sin un tráfico igual. Ni parecido.
—Nunca has ido a París…
Eso ya es demasiado. Lo mejor es no responder. Hombre: lo mejor es reprochar.
—¡Dios mío bendito! ¡No fui, pero lo sé! ¡Todo el mundo sabe! ¡Los propios franceses lo confiesan! Pero tú ya sabes: eres la única persona en el mundo que no reconoce nada, ¡no sabe nada!
Guiados por el índice del doctor, todas las miradas se fijaron en la catedral en construcción.
—¡Va a ser la más grande del mundo! ¿Y gótica, entendieron? ¡Catedral gótica3!
Así es.
Qué placer bajar toda la Ladeira do Carmo y llegar al plano del Parque D. Pedro II.
—Tu profesor, Juquinha, ¿no te enseñó que D. Pedro era amiguísimo, íntimo, de Víctor Hugo, el genio francés?
Juquinha ni se molesta en responder.
—Pues si no te lo enseñó, hizo muy mal. Amistades como esas honran al país.
