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Finalista del 19º Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos 2022. Cada microrrelato recogido en este libro nos transmite la virtud de este género cuando quien lo ejecuta es, como en este caso, una consumada maestra que consigue hacernos sentir, por ejemplo, el frescor de las algas flotando arrastradas por las mareas, la calidez de la piel tostándose al sol o el desasosiego ante un mensaje de amor confiado a las corrientes. Todo ello, a través de relatos marcados por el romanticismo, la fantasía y el anhelo de la belleza. Naufragar en este Océano nos recuerda que la mejor travesía es la que nos hace disfrutar tanto del trayecto como de la meta.
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Seitenzahl: 85
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Colección Lenguas de Ornitorrinco
Mar Horno
Náufragos delOcéano Índigo
A mi familia, en lo bueno y en lo malo.
Detrás de la ventana, no está la libertad,Tan solo algunos locos que ríen al pasar.Qué triste está la cárcel sin su jardín,Alguien vendió las flores para sobrevivir…
Manolo Tena
Todo pasa por algo.
Arantza Portabales
La playa de los náufragos
Cuando me despierto por una pesadilla, mamá me abraza muy fuerte y me cuenta mi historia favorita. La de la Playa de los Náufragos. Está en una bahía escondida de la costa sur de Nowhere, comienza siempre mi madre, y se llama así porque, de forma extraña, todas las corrientes marinas del océano Índigo se confabulan para arrojar a sus orillas las botellas que lanzan los náufragos. La arena está jalonada de miles de ellas. Lugareños y forasteros se acercan hasta allí para elegir una. Los hay que prefieren rescatar al que ha escrito un mensaje escueto de socorro; o al que anota con precisión las coordenadas de su ubicación; o al que adjunta una bella poesía. Estos últimos son los más peligrosos, mi niña, advierte ella. Escriben palabras cautivadoras como: “piérdete conmigo”, “zozobra en mi boca” o “húndete en mis ojos”. Te atraen hasta su islote pero no se dejan rescatar sino que, terriblemente hambrientos de amor, te comen el corazón y te arrojan al mar como una concha vacía. Mamá, ¿y tú has estado allí alguna vez? Ella calla y canturrea. Después se desabrocha el vestido y muestra el hueco vacío de su pecho.
Desarmables
Emilia lo desarmó. Fue mirarlo, sonreírle y sus brazos, orejas, piernas, corazón, todo al suelo. A ella no le debió disgustar porque se agachó con elegancia y recogió hacendosa cada miembro. Luego, por la noche, lo armó con paciencia e hicieron el amor con cuidado para no perder ninguna pieza en las desaforadas embestidas. Tenía cierta pericia porque ya le había ocurrido varias veces. Los hombres son tan desarmables, decía. Pero a veces las articulaciones cogen holgura y ya no hay remedio, algunos de ellos se vienen abajo definitivamente. De tanto amar y desamar, de tanto armarse y desarmarse.
Movimientos de población
En los pueblos, la lechuza anuncia la muerte. Se posa en el tejado de algún vecino, ulula toda la noche, y, al día siguiente, hay entierro. No falla. Conforme se hace vieja, tiene que hacer más paradas por la fatiga y, por lo tanto, mueren más vecinos. A veces, por más que ulule, no hay difunto. Entonces los lugareños montan en cólera y exigen su muerto y su velorio. Como debe ser. Así que el vecino en cuestión no tiene más remedio que plantearse el morir aunque no tenga ninguna gana, se considere joven todavía o su cosecha de manzanas esté aún sin recoger. Inevitablemente termina yéndose al otro barrio, no sin antes despotricar contra la incultura de sus congéneres y llevarse por delante de un tiro al maldito pájaro. Entonces la población se recupera y la mortalidad baja con la incorporación de una lechuza joven, más interesada en copular y cazar ratones que en presagiar óbitos. Por su parte, la natalidad siempre se mantiene gracias a un nutrido censo de cigüeñas.
Origen
En la Isla de las Mujeres destacó una por encima de todas. Olivia era gorda, espaciosa, grande como una casa. Todo en ella se mostraba redondo y colosal. Sus carnes caudalosas terminaban en unos pies pequeños siempre engarzados en deliciosos zapatos de tacón. Ella era desmedida. También su risa. Una risa elefantiásica en alcance, pero cascabelina en intensidad. Cuando reía temblaban los cristales y todos sentíamos un inexplicable alborozo. Cuando comía lo hacía sin remordimientos, engullendo ingentes cantidades sin perder la exquisita elegancia en el manejo de los cubiertos. Entonces nosotros también terminábamos saciados. Su apetito solo era comparable con el hambre que sentía por la vida y sus andares voluptuosos levantaban la fecundidad de los huertos cercanos al río. Contagiados, amábamos cuando ella amaba. Pero cuando se fugó con un ingeniero francés que arribó para terminar con el aislamiento de la isla, no solo el gran puente quedó sin terminar. Ya muy lejos, instalada con su amante en un hotelito de Loubressac, Olivia agitó una noche sus pestañas con coquetería y un huracán perfumado arrasó el atolón. A los hombres se los llevó el fortísimo viento. A las mujeres ni se les movió el pelo. Bueno, un poco sí.
La muerte es un perro flaco
La muerte es un perro flaco que deambula por los caminos. Hace unas semanas llegó al vertedero. Desde entonces se rasca las pulgas y observa a la fauna del lugar con ojos cansados. Sobre todo al hombre que siempre tararea canciones de Frank Sinatra mientras toma el sol en el tejado de su chabola. Es el psicópata que mata mujeres sólo los martes de luna llena. Ayer le regaló una muñeca casi nueva a la niña que recoge las latas en la zona norte del basurero. Esa que a veces acompaña al viejo tuerto a ejercer de limosnero. La que estuvo a punto de morir el año pasado cuando le mordió una rata. La que mejor se hubiera muerto, porque detrás de una niña siempre va una mujer, y detrás de un lunes nunca va un miércoles. Al perro flaco le gusta lamer las manos de la niña, pero no puede evitar gruñir cuando oye “My way” a lo lejos. Y, aunque él nunca tuvo ningún reparo para cumplir con su trabajo, piensa que hay maneras y maneras.
Retraso
Le encontraron un trabajo de vigilante nocturno en una fábrica de frigoríficos. De madrugada, le gusta tomar leche caliente en la sala de pruebas, donde los aparatos son puestos a funcionar para comprobar su resistencia. Al principio no notó nada. Luego empezó a oír que algunos emitían sonidos acuosos, balidos narvales, cantos cetáceos. Otros parecían responderles. Su madre le dice que imagine que son ballenas blancas varadas en el suelo del almacén, tristes por no poder emigrar para parir a sus ballenatos. Como si él aún fuese un niño. Como si no supiera que todavía no es época de cría.
Metamorfosis
La muerte de la famosa entomóloga Fabiana Tribez causó un gran revuelo. Miles de mariposas acudieron al funeral y se posaron sobre su rostro dando color a sus mejillas. El blanco sudario quedó estampado de mariquitas rojas. Sus manos engarzadas por anillos de escarabajos azulados. Su cabello entreverado de libélulas. Sus pies calzados por saltamontes grandes como zapatos. Algunos familiares huyeron a la calle mientras otros intentaron aplastar a los bichos a pisotones, pero la mayoría contemplaron maravillados el espectáculo. Nadie se acordó de llorar. La misa terminó pronto, acuciada por picaduras de avispas y ataques de pánico. El cortejo estuvo acompañado hasta el cementerio por una bacanal de zumbidos y manotazos. Cuando intentaron bajar el féretro a la tumba, un insoportable canto de chicharras ahuyentó al gentío y una nube de miles de alas consiguió llevarse en volandas el ataúd, alejándolo lentamente por el cielo. Los insectos lo depositaron en el bosque y se aposentaron en los árboles cercanos. Allí quedaron a la espera. A los cinco días, la crisálida terminó su metamorfosis y rompiendo poco a poco la madera reblandecida por el rocío, apareció ella transformada y hermosa, desperezándose al sol de la mañana.
El corazón en los pies
A Eleanora se le cayó el corazón a los pies. Se le descolgó y quedó varado entre el talón y los dedos del pie derecho; y ahora hace un ruido de cascabel huero al andar. Por eso siente que se le ha instalado un vacío angustioso en el pecho y un inútil lleno en el plantar. El doctor le ha explicado que habrá sido por un trauma o un desamor, y entonces ella recuerda dolorosamente que su amante la ha abandonado. Después del diagnóstico, le recomienda una vida tranquila y que no intente enamorarse por el momento. Así que ahora ella se pasa los días sola, podando la pena, observando el vuelo de las libélulas y metiendo los pies en las aguas del lago para calmar las arritmias. El médico le ha dicho que tranquila, que no le quedarán secuelas. Si acaso, una leve cojera al amar.
Crónicas del absurdo
Las calles amanecieron llenas de pájaros muertos. Por eso el alcalde convocó un concurso de ideas que arrojara alguna luz sobre aquel suceso. Así se había hecho anteriormente con la tormenta de llaves del año pasado, la fascinante belleza de la abuela nonagenaria de la calle Olvido o la aparición a orillas del lago de una mujer serpiente de espléndidos pechos. El boticario pergeñó una hipótesis sobre la contaminación del río, pero a todos les pareció poco creíble. El cura propuso su conjetura de posible castigo divino pero se descartó por apocalíptica. Al final fue declarada ganadora, por su originalidad, la idea del maestro. Éste planteaba que unos desalmados habían robado el cielo con alevosía y nocturnidad. Los vecinos aplaudieron con entusiasmo hasta que Celedonio aventuró, entre hipos de vino, que si no había cielo, tampoco había aire, por lo que era un milagro que aún estuvieran vivos. Al oírlo, todos se quedaron en silencio y se fueron muriendo uno a uno sin mucha gracia. Fue una pena, porque no quedó nadie para explicar el extraño acontecimiento que ocurrió dos días después, cuando los fondos aparecieron sin pozo.
Dislexia
