Navegando los ocasos paganos - Abel Gustavo Maciel - E-Book

Navegando los ocasos paganos E-Book

Abel Gustavo Maciel

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Beschreibung

A mediados de marzo del año 2020, la pandemia surgió sin previo aviso esgrimiendo la sombra de muerte colectiva y el miedo ancestral a la extinción. El encierro y aquietamiento de la vida exterior tienen su correspondencia en el mundo interno de las personas. Y así fue como estos textos abrieron las puertas de mi corazón a esos espacios donde los senderos transitados se vuelven único camino. Los poemas que componen este libro palpitan entre la visión interior y metafísica, la reminiscencia de experiencias personales, la belleza de los jardines floridos, el amor como energía surgente y viñetas tangueras que me transportan a espacios de un tiempo pasado y a su vez atemporal en las connotaciones de sentimientos y experiencias.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

NAVEGANDO LOS OCASOS PAGANOS Abel Gustavo Maciel

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P. D.Lo que quedó en el tintero…

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Abel Gustavo Maciel

NAVEGANDO LOS OCASOS PAGANOS Abel Gustavo Maciel

Créditos

Navegando los ocasos paganos

© de los textos: Abel Gustavo Maciel, 2021

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2021

Editora responsable: M. Fernanda Karageorgiu

Corrección: M. Fernanda Karageorgiu

Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo

1ª edición: noviembre de 2021

Producción editorial: Tequisté

[email protected]

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-91-5

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

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Maciel, Abel Gustavo

Navegando los ocasos paganos / Abel Gustavo Maciel. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-91-5

1. Poesía. 2. Poesía Argentina. 3. Poesía Latinoamericana. I. Título.

CDD A861

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Dedicatoria

Con gran amor,

a mi compañera de siempre,

Laura

Nota Preliminar

Amediados de marzo del año 2020, me encontraba reiniciando mi ciclo anual de docencia universitaria rayana en los treinta años de ejercicio en la Universidad del Salvador. A su vez, mi actividad semanal en el Movimiento de Autores Locales de Pilar reclamaba mi atención junto a los compañeros de aventuras en estas lides. Me involucré en las ferias de venta de libros, las presentaciones de obras de los colegas y las propias, el programa de emisión radial los días sábados, los cafés literarios y las tareas intensivas en las escuelas del distrito; una serie de actividades interesantes.

Y de repente, la pandemia…

Una surgencia sin previo aviso esgrimiendo la sombra de muerte colectiva y el miedo ancestral a la extinción. Como les ha sucedido a todos, cada uno a su manera, el primer síntoma en mi mundo personal fue la respuesta hiper cinética respecto a mi actividad docente, ahora hogareña y de modalidad virtual. Como contrapartida, una parálisis evidente en el oficio literario produjo la consecuente angustia.

En medio de este caos de expectativas y cuando la anarquía en el mundo interno realizaba su erosión, las plataformas virtuales comenzaron a desarrollar los proyectos artísticos que intentaban compensar las secuelas inmediatas del problema.

Mis amigos, Adriana Valor y Carlos Fernández, importantes cultores literarios en distintos medios de comunicación, tuvieron la claridad de visión para desarrollar un ensamble cultural utilizando una plataforma digital de gran difusión.

Así revivió “Una noche inolvidable”, espacio donde la poesía y la narrativa nacional e internacional ocupan el lugar central, comenzó a instalarse con fuerza desde su propuesta diaria. Algunos poetas al principio, y en número considerable con el transcurso de las semanas, fuimos convocados en la dinámica del programa a participar desde la impronta de los “cuatro versos”.

A partir de una palabra disparadora los poetas autoconvocados tallábamos “a mano alzada” nuestras estrofas y estos recitadores experimentados las leían públicamente con la calidad que los caracteriza.

Así fui construyendo el bajorrelieve de esta obra. Navegando los ocasos paganos ha representado mi tabla de salvación artística en los duros meses del encierro producido por la pandemia. Me sumergí en el universo de la poesía corta, tan complejo en la sintaxis y la semántica emergente. Muchos de los cuatro versos presentes en este libro fueron difundidos en el programa y otros poemas complementarios se gestaron bajo la sombra de esta actividad. En tanto encontraba sosiego en el desarrollo de sus textos, comencé a tomar conciencia del significado que tenían los escritos en este momento especial de mi existencia.

El encierro y aquietamiento de la vida exterior tienen su correspondencia en el mundo interno de las personas. Y así fue como estos textos abrieron las puertas de mi corazón a esos espacios donde los senderos transitados se vuelven único camino.

Agradezco a mis amigos, Adriana y Carlos, el haber sido los gestores de esta iniciativa. El espacio comunicacional que han creado fue necesario y suficiente acicate para el nacimiento de Navegando los ocasos paganos.

Gracias.

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La presente obra pretende ser homogénea en su estructura, a pesar de contar con textos poéticos dentro de un amplio espectro temático en su prosa y morfo de presentación. Como ya se ha dicho, contempla trabajos realizados en mi encierro, durante el período pandémico que cubre de marzo a agosto del año 2020.

Instalados en nuestra casa de Pilar, junto a Laura Suarez, artista plástica y mi compañera de aventuras durante más de cuarenta años, fui desarrollando la prosa poética del libro al principio en un estado de trance creativo e inconsciente hasta despertar al propósito subliminal de esta labor.

Los actos que realizamos en el mundo representan un reflejo de la búsqueda de completamiento impelida desde fuerzas que operan en nuestro mundo interno. Esta pandemia también tiene un “porqué” en la explanación colectiva de sus efectos. La crueldad de una muerte en apariencia gratuita y los cambios impuestos en el paradigma mundial, materialista a ultranza, son sus consecuencias visibles. Sin embargo, las luces y las sombras están presentes en su accionar, como sucede con todos los acontecimientos en la superficie de la vida.

La Forma fenoménica suele ocultar el motivo de la acción y no alcanzamos a vislumbrar ese “porqué” invisible, dada la sutiliza de la naturaleza del Propósito que unifica el movimiento de las cosas. En este universo lo permanente es el cambio.

Creo firmemente que la salida a esta crisis global es cultural. Implica un renunciamiento a ese núcleo egoísta desde donde organizamos la vida. Un cambio de paradigma. “El tiempo es dinero”, vigente en los últimos trescientos años deberá ir transmutando por “El tiempo es arte” en un proceso evolutivo. El alcance de la solución dependerá de la intensidad del renunciamiento que estemos dispuestos a asumir.

En lo personal, cuando logré tomar distancia consciente con mi trabajo y apaciguar el trance literario, pude visualizar ese “porqué” de este encierro y la real naturaleza de la obra que realizaba. Allí, en los versos y la prosa desplegada en un par de cuadernos manuscritos estaba mi vida, heterogénea en su apariencia, pero compacta y homogénea en la unidad interior que todos poseemos.

Entonces, el “Ananda” de lo manifestado (deleite, tal vez se aproxime en significado desde la mirada occidental) logró instalarse en mi alma.

Desde el aspecto técnico la presente obra incluye poemas de estrofas cortas, otras de versos variados, rima consonante en los “cuatro versos” que sostienen el “esqueleto” del texto, rima blanca en los poemas de métrica libre y contenidos diferentes palpitando entre la visión interior y metafísica, la reminiscencia de experiencias personales, la belleza de los Jardines Floridos, el amor como energía surgente y viñetas tangueras que me transportan a espacios de un tiempo pasado y a su vez atemporal en las connotaciones de sentimientos y experiencias.

Mis amigos, espero disfruten de los textos. Aconsejo una “lectura meditativa”, tranquila y sosegada. Un pedazo de mi alma ha quedado en ellos.

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Apoco de sumergirme en sus aguas, la vida se me presentó con la impronta de un viaje que estaba obligado a encarar.

Mi barca, presta a transportarme por estos mares de paisajes cambiantes, fue transmutando su estructura, acompañando la sutileza de las aguas por donde el mapa oculto la obligó a navegar.

Al principio, como nos sucede a todos los visitantes de estos puertos, el cuerpo de mi barca ocupó el espacio determinado por las paredes de mi casa paterna. Vivienda de origen humilde, no escatimaba en proteger a sus navegantes con el cálido calor de una estufa a querosene en los inviernos y un viejo ventilador para paliar las inclemencias de aquellos estíos intensos.

Pisciano de nacimiento, tal vez haya sido esta condición de pertenencia a un signo de agua la que mantuvo mi conexión con los mundos sutiles en este viaje de experiencias en los Jardines Floridos. De todas formas, jamás he sido un seguidor ferviente de la bitácora astrológica. Sin embargo, debo reconocer haber sentido en circunstancias cierta identificación con el arquetipo indicado en ese misterioso tablero cósmico.

Por ejemplo, y solo a título de indicar algunas particularidades de mi niñez, me gustaban realizar algunos experimentos de sutileza sensorial entre los ochos y los once años de edad. Por supuesto, como todo loco en las gateras, realizaba estas acciones en total soledad. El mundo y sus “protocolos de cordura” suelen prestar atención malintencionada con respecto a los actos que no encajan en sus estanterías previamente diseñadas.

Uno de estos “experimentos” consistía en caminar, en forma paralela, a escasos centímetros de la pared que dividía la cocina del baño de casa con los ojos cerrados. A partir de una sensación interior, todavía despierta por entonces, intentaba “sentir” mediante ciertas vibraciones el cambio producido por la discontinuidad de la pared y el inicio de un pasillo que conducía al cuarto paterno. A veces lo percibía con claridad meridiana, en otras un vacío de silencio me embargaba.

Por entonces realizaba las primeras experiencias literarias. A los ocho años comencé a desarrollar mi primera novela con total desparpajo. Rubén, mi hermano mayor, me proveía la trama y situaciones por las que debía transitar el personaje. Él era buen compinche en estas aventuras. Con sus siete años de diferencia en edad, poseía el arte de la comunicación para hacerme sentir un escritor de oficio y, de manera exagerada y noble a la vez, me incitaba a continuar con esas obras infantiles.

A los once años, me atrapó la lectura. Recuerdo que en esos tiempos precisamente Rubén se había suscripto a dos colecciones literarias que se remitían por correo, auspiciadas por una editorial conocida en la época. Una se llamaba “Capítulo” y difundía en sus fascículos el desarrollo de la literatura nacional a través de sus principales exponentes. Llenaban esas páginas las biografías y obras de Manuel Mujica Láinez, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga, Julio Cortázar.

Cada emisión de publicación mensual era acompañada por un libro de uno de los autores. Recuerdo haberme sumergido a pleno en la lectura de aquellos próceres de las letras. Mi barca, entonces, construyó sus velas con el papel de los libros que me transportaban a esos mundos de paisajes paganos y gran atractivo para mi espíritu aventurero.

En aquel período de mi vuelo en los Jardines, emergió desde mi mundo interno un poder fascinante: transportarme en mente y cuerpo (sutil, por supuesto) a los escenarios palpitantes que precipitaban las narraciones, una proyección envolvente que asumí como natural desde mi visión juvenil. Con el paso de los años la fui comprendiendo como cierta particularidad de mi persona.

Simultáneamente comenzaron a llegar los fascículos de la otra colección complementaria, de nombre “Capítulo Universal”. Estas entregas incluían ejemplares de literatura histórica y mundial de los últimos dos siglos de evolución europea y estadounidense. Allí tomé contacto con León Tolstoi, Feedor Dostoievsky, Jean Paul Sartre, Walt Wytman, Edgar Alan Poe, Emile Sola, Emerson y otros nombres por entonces extraños para mí. Ellos fueron adquiriendo cuerpo en la medida en que aprendía a navegar en esas aguas.

Finalmente, en mi adolescencia lo descubrí a Ray Bradbury, el prodigioso escritor de Illinois que me condujo a territorios interplanetarios y misteriosos. Sin mediar causa aparente, a los quince años, mi barca atracó en el maravilloso puerto de la poesía. Fiel al oficio instalado en aquellos años en mi espíritu, escribía encerrado en mi cuarto intentando seguir los consejos de mis maestros bibliográficos.

En esas épocas otro dios pagano se hizo presente en mi vida con furia inusitada: la música. A los doce años, un amigo del barrio, con quien compartíamos afinidades por el rock y el blues instalados en el “under” cultural, me enseñó a tocar una guitarra acústica. No recuerdo bien cómo apareció ese noble instrumento en mis manos, pero lo sentí como maná del cielo.

Deslumbrado por esas nuevas energías recorriendo mi superficie, dediqué gran tiempo en ese entonces a perfeccionarme en el instrumento con gran velocidad. En el año 1970 y recién cumplidos los quince años, junto a compañeros de la escuela secundaria, formé una banda de rock y blues duro que llamamos Menhires, como esas piedras duras y milenarias perdidas en la bruma de la arqueología británica. Nunca supe bien el motivo de ese nombre dado a la banda.

Durante seis años realizamos presentaciones en zona norte del Gran Buenos Aires en colegios, clubes y cuevas “under” bastante abundantes por cierto en la época, antros de atmósferas irrespirables debido al humo de los porros y los sahumerios de aromas variados. Eran frecuentados por los jóvenes de entonces para escaparle al clima social ya impregnado en sangre y fuego a punto de desbordar.

Mi barca navegó las aguas de la poesía en conjunción con la música, siguiendo el llamado de libertad espiritual que los años jóvenes reclaman con gran impunidad. Fue un tiempo delicios