Nemesis - Carlos Dedekind Marazzani Visconti - E-Book

Beschreibung

La ficción y la realidad se alternan con frecuencia en esta narración envolviendo al lector en un alucinante mundo de fantasía basado en hechos reales. Durante su largo reinado Ferrante se vio constantemente amenazado por los nobles peninsulares italianos, que inclusive llegaron a atentar contra la vida de este nefasto rey. Han sido precisamente estos hechos los que sirvieron de inspiración para crear esta historia profusamente salpicada de pasajes de ficción y suspenso sobrecogedor. Némesis es un relato donde el poder, la traición y la venganza se mezclan en cada paso, llegando incluso a sembrar la muerte entre sus protagonistas. Viajar al pasado puede resultar fácil, pero regresar...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 458

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Carlos Dedekind Marazzani Visconti

N É M E S I S

El Rey debe morir

Caracas, 2023

© Araca Editores, 2023

[email protected]

@aracaeditores

Coordinación editorial: Felgris Araca

Diseño de cubierta: José Ruiz Aracas

Diagramación: José Ruiz Aracas.

Corrección: Lily Ferraro.

ISBN: 978-980-441-016-1

Caracas, Venezuela.

Dedicatoria

A Luis Dulcey Arboleda

quien con su inagotable chispa literaria

logró prender mi imaginación, haciendo posible

que me atreviera a realizar esto.

Con aprecio.

Carlos Dedekind Marazzani Visconti

Índice

Prólogo11

Prefacio13

Introducción15

Capítulo I

Lima, invierno de 193917

Capítulo II

Nápoles, verano de 193931

Capítulo III

Italia, mediados del siglo XV 45

Capítulo IV

Nápoles, año del señor de 145847

Capítulo V

Alfonso V El Magnánimo53

Capítulo VI

Ferrante y los Barones rebeldes75

Capítulo VII

l’Strega di Napoli y el Rey 81

Capítulo VIII

La transmutación de Emilio 87

Capítulo IX

I Signori di Marzano93

Capítulo X

En el castillo de la Sessa Aurunca97

Capítulo XI

En la Sala Mayor 109

Capítulo XII

Los amantes 119

Capítulo XIII

La Conjura se materializa 127

Capítulo XIV

El Aquelarre 133

Capítulo XV

El Bosque de San Silvestre139

Capítulo XVI

La Riserva Reale dell’Astroni147

Capítulo XVII

Caccia al Cinghiale157

Capítulo XVIII

Entre brujas y reyes167

Capítulo XIX

La actuación de Rigoletto.171

Capítulo XX

La estratagema de Orsino 181

Capítulo XXI

El mundo de Marino se derrumba.197

Capítulo XXII

La traición se consuma y Marino

se suma a los rebeldes.205

Capítulo XXIII

Planes para la Conjura215

Capítulo XXIV

La emboscada237

Capítulo XXV

La Trampa255

Capítulo XXVI

La solución final 269

Capítulo XXVII

El Rey debe morir283

Capítulo XXVIII

El Reto289

Capítulo XXIX

Muerte en Campo Cerrado 303

Capítulo XXX

Consecuencias... 317

Capítulo XXXI

Epílogo331

Prólogo

La ficción y la realidad muchas veces pueden tomar forma dentro de una narración, con la finalidad de acrecentar el estímulo del lector que en busca de entretenimiento, se vea inmerso en un mundo de fantasía con visos de veracidad.

Durante el reinado del Aragones Fernando I mejor conocido en Italia como Ferrante, el Mezzogiorno italiano, que ya con anterioridad había sido duramente golpeado por epidemias y posteriores sequias, ahora se enfrentaba ante su mayor calamidad, la mano dura de este gobernante hispano.

Ferrante era hijo natural del rey Alfonso V el Magnánimo, pero nunca se ha podido establecer cuál fue su madre; inicialmente se pensaba que podía haber sido una joven de origen Valenciano de nombre Margarita de Hijar y hasta se llegó a pensar que podía ser hijo de la infanta Catalina, esposa de Enrique de Aragón. El hecho es que era valenciano y con el tiempo su padre logró inculcarle formación y amplia cultura principesca, con miras a dejarlo como sucesor al trono que él había arrebatado a los franceses.

Durante su largo reinado (1458-1494) Ferrante se vio constantemente amenazado por los nobles peninsulares, a quienes su padre el buen rey Alfonso, respetó siempre durante su reinado (1442-1458).

Fueron estas restricciones a las que no estaban acostumbrados los barones de La Campanía, lo que motivaría constantes revueltas y conjuras, que hasta llegaron a atentar contra la vida de Ferrante y han sido precisamente en estos episodios verídicos en que nos hemos basado para dar vida a nuestra historia, salpicándola de pasajes en los que la ficción y el suspenso predominan.

Némesis es un relato donde el poder, la traición y la venganza se alternan constantemente, llegando incluso a sembrar la muerte entre sus protagonistas.

Viajar al pasado puede resultar fácil, pero regresar...

Prefacio

Fue a principios del 2005; cuando encontrándome aun desempeñando mis funciones de director técnico en una empresa de productos de limpieza institucional en Aruba, me vino a la mente la idea de plasmar en una obra literaria los orígenes del apellido de mi madre Dora Marazzani Visconti; y fue así que di inicio a mis investigaciones sobre esta antigua y muy noble familia italiana.

Durante varios años me dedique a bajar del internet toda la información que podía serme útil para desarrollar mi proyecto, aun sin haber decidido cuál de las opciones sería la acertada, pues no estaba seguro si debía ser una novela o un guion para cine.

Finalmente me decidí por el guion; pensando equivocadamente que requeriría poco trabajo y que posiblemente me tomaría menos tiempo. Craso error, que años después al intentar realizarlo descubriría lo complejo que sería su realización.

El tiempo pasó y habiendo dejado de trabajar decidimos buscar nuestro retiro en Holanda, donde al fin pude dedicarme a realizar el guion; que después de muchas correcciones y cambios lograría poder adaptarlo a mi historia en el formato cinematográfico profesional a fines del 2019.-

Luego casi inmediatamente llegó el Covid 19 que nos cambiaría la vida y durante los dos años de Confinamiento que nos vimos obligados a observar y ante la necesidad de buscar actividades dentro de casa, decidí que había llegado el momento de hacer la novela, basándome en los textos de mi guion.

Fueron casi 18 meses de intenso trabajo adaptando esta fantástica historia al formato literal, que finalmente he logrado y que espero os guste.

Introducción

El Solfatara duerme por debajo de la apacible ciudad de Nápoles desde hace más de 4000 años; sin embargo, él “despierta” algunas veces y cuando lo hace, siembra la destrucción, el terror y la muerte...

Es un caluroso día del verano de 1939 y Emilio ha llegado a Nápoles, de vacaciones.

Entusiasta como es él, está decidido a pasarlo bien y se ha unido a un grupo de turistas que harán un recorrido por los Campos Flégreos, emblemático paraje primigenio, que se formó por las contínuas erupciones de los volcanes adyacentes al municipio de Pozzuoli, a menos de 15 kilómetros de la ciudad de Nápoles.

El paraje es sofocante y poblado por abundantes rocas amarillentas, que constantemente son salpicadas por explosiones de barro hirviente que con estridentes silbidos se deposita sobre ellas. A su alrededor se pueden ver las innumerables cavernas que se han formado a lo largo del tiempo.

Un olor nauseabundo llena el ambiente.

Emilio se ha internado siguiendo las rutas marcadas hasta que finalmente una valla le detiene. El paso está prohibido pero algo le incita a seguir adelante y desestimando las indicaciones de peligro continúa ascendiendo por una pendiente rocosa que le está llevando directamente a una cornisa, donde se ven innumerables cavidades que se internan entre los escombros.

De pronto el audaz visitante fija su mirada en una de las cuevas que poderosamente le está llamando la atención y sin dudarlo se adentra en ella. Casi no puede ver y siente que el aire enrarecido le está asfixiando.

Súbitamente se escucha un rugido y todo el piso se mueve a sus pies, mientras partes de la caverna se desprenden a su alrededor. Emilio retrocede y con agilidad evita las rocas que llueven sobre su cabeza hasta que finalmente una le derriba y pierde el conocimiento.

Emilio se ha recuperado y al abrir los ojos descubre que se encuentra dentro de una estancia rocosa y poco iluminada. Aguzando la vista, logra distinguir la figura de lo que pareciera ser una anciana mujer de blancos cabellos y raída vestimenta, que desde sus pequeños ojos azules le está mirando, mientras una burlona sonrisa aflora de sus arrugados labios.

Su aspecto es dulce y parece inofensiva.

Sibila, la bruja de Nápoles ríe bajito y acercándose ante un resquebrajado espejo murmura algo que no llegamos a entender... O potens Attica matrona, rogo te punire nefarium qui me vexavit. Sola facere potes divinam Nemesis, justitae ac vindictae deam.

(Oh poderosa señora de Atica, os pido castiguéis al infame que me ha vejado. Solo tú puedes hacerlo divina Némesis, diosa de la justicia y la venganza). El espejo ha quedado en blanco, la figura de la bruja se ha borrado, pero unas palabras responden a su llamado. No os preocupéis Sibila...

Emilio os ayudará.

Capítulo I

Lima, invierno de 1939

Era un lúgubre amanecer del mes de junio y el invierno ya dejaba sentir ese frío viento costero, que desde el Pacífico soplaba inclemente colándose hasta los huesos, mientras la típica garúa limeña que no moja pero empapa, caía con meticulosa persistencia durante toda la mañana. Ese día el índice de humedad estaba al máximo y como siempre la niebla del amanecer aún no levantaba; sin embargo ya se podía oír el ruidoso cacarear de los gallos, que con su dislocado eco anunciaban el amanecer en el populoso distrito del Rimac, conocido antaño como el barrio de San Lázaro.

El callejón estaba pobremente iluminado y con dificultad se podía distinguir la hilera de rústicas y derruidas puertas, que separadas por escasos metros servían de ingreso a los apretujados conjuntos de vivienda, donde familias humildes y de escasos recursos se guarecían tratando de sobrevivir en la ya congestionada ciudad de Lima, otrora la encumbrada Ciudad de los Reyes. Eran esos difíciles años previos a la segunda guerra mundial, que inexorable se avecinaba.

Pepe Quispe el conocido hampón azote de los Barrios Altos dormía plácidamente en el habitáculo marcado con el número cuatro, seguro de que nadie pensaría en buscarle en aquel paupérrimo barrio marginal. El bandido había tenido un fin de semana provechoso en sus correrías y como era su costumbre, los domingos descansaba hasta bien entrada la mañana. Se oyeron unos violentos toques en la puerta, y Pepe sobresaltado se levantó a regañadientes.

-¿Carajo qué diablos pasa? -Pepe, Pepe... ¡abre la puerta!

El bandido al oír su nombre abrió sigiloso y viendo que se trataba del primo le hizo entrar.

-Mierda Rubén qué pasa...tú sabes que los domingos son sagrados para mí; ¿dime a que se debe tanto ruido?

-¡Es la poli! -le apremió el compinche-. Estoy seguro que alguien ha cantado pues hay un tipo raro en la esquina y no se mueve desde que amaneció.

Pepe sonriendo le franqueó la entrada al primo. No era la primera vez que le buscaba la policía, pero eso nunca fue un problema para él pues sus “conexiones” siempre lograban abrirle las puertas de la cárcel, tan solo entrar.

-Pasa, pasa Rubén; siéntate por allí -Pepe con exagerada calma se

dirigió al baño y ante la atónita mirada del primo procedió sin prisa a darse una ducha, luego envolviéndose en una suntuosa bata de seda se acercó al resquebrajado espejo para acicalarse y tomando con delicado gesto el pulverizador, el petimetre se roció profusamente con la fina lavanda importada.

El bandido luego de inspeccionar detenidamente su aspecto se dirigió al desvencijado armario, donde reposaban sus elegantes ternos hechos a la medida en legítimo casimir inglés; presentes de las muchas amantes que siempre le habían ayudado a mantener sus extravagantes y costosos gustos, como ahora lo hacía Lupe la conocida bailarina cubana de moda con la que Pepe se exhibía casi siempre los domingos, llevándola muy orondo del brazo por el famoso Paseo de Aguas del Rimac; al igual que tiempo atrás lo había hecho Don Manuel Amat y Junyet, uno de los virreyes más galantes que tuvo la ciudad, cuando sacaba a pasear a Micaela Villegas, la famosa bailarina a quién el pueblo llamaba despectivamente La Perricholi, (la perra chola).

Pepe ya había recuperado el buen humor, esa varonil fragancia siempre le recordaba a su refinado padre, cuando acicalado salía de casa para dirigirse al banco donde era uno de los cajeros y también a los tantos reproches que le hacía su madre la exquisita Madame Colette, parisina que había emigrado al Perú en su juventud contratada por la compañía de Vaudeville, que por entonces estaba de moda en Lima y donde logró fama y un marido local, al que siempre celaba sin motivo aparente.

-Vamos Rubén deja el susto y dime cuál me pongo hoy -la cantarina voz del bandido sorprendió al novato secuaz y Pepe sin más cogió del brazo al primo llevándole al pie del ropero, donde el presumido mantenía cuidadosamente colgados sus valiosos trajes.

-El Gris plata primo, pero recuerda que el poli está en la esquina ¿qué tienes en mente? acotó Rubén preocupado.

Pepe sarcástico volteó mirando jocoso al desventurado primo que había palidecido-. ¡Jajajaaaaaaaa! -rio el bandido y acto seguido procedió a acicalarse el costoso traje de franela gris, que decidió acompañar con una vistosa corbata carmesí de pura seda italiana; y como siempre lo hacía en domingo, se calzó los Florsheim wing tip negro y blanco, producto de un “atraco” que había realizado meses atrás en una conocida zapatería del jirón de la Unión, donde se exhibía el recién llegado modelo acompañado de un colorido póster del famoso Fred Astair, en un elaborado “paso de baile”, en compañía de la platinada Ginger Rogers.

-Salgamos ya -dijo el bandido, y asegurándose la pistola al cinto tomó el Borsalino que junto con otros finos sombreros de marca colgaba de la percha. Nuevamente Pepe se paró frente al raído espejo para asegurarse que lucía adecuadamente; el hampón nunca salía a la calle sin antes revisar bien su imagen. Quispe era un narcisista intolerante y siempre buscaba la perfección.

Los dos hombres salieron del habitáculo, Pepe cerró la puerta de su guarida asegurándola con doble llave, pues el barrio no era seguro y no deseaba que algún colega le afanara su querida colección de trajes.- No te preocupes primo -dijo el bandido, sabré eludir al poli y si acaso se pone cómico le pego un tiro; tú me conoces no soy de correrle a nadie.

Los primos se alejaron en direcciones opuestas; Pepe se encaminó por el jirón Cajamarca dirigiéndose a la plaza de toros, donde pensaba eludir a su perseguidor entre la enorme multitud que seguramente ya estaba atestando las graderías de la emblemática Plaza de Acho, donde precisamente ese día se presentaba el novel diestro nacional: Adolfo Rojas, El Nene.

El recorrido lo hizo sin prisas, y mientras caminaba sin mostrar preocupación se detuvo frente al iluminado escaparate del L’ Atelier de Margarita; la modista donde tantas veces la Lupe le había hecho entrar en busca de novedades. Pepe hizo como que se ajustaba el sombrero y pudo ver al individuo que a distancia le seguía por la acera del frente. Era alto y delgaducho pero se le veía bien vestido. El sombrero no dejaba ver sus facciones, sin embargo por su facha, Pepe sabía que no le era conocido, debía tratarse de un novato recién salido de la academia. Pepe sonriendo se alineó la corbata al tiempo que un súbito destello se escapó de entre sus dientes. El oro en su dentadura denotaba su status en el hampa limeña.

Pepe más tranquilo prosiguió su camino. Ya se encontraba a tan solo una cuadra de la plaza de toros cuando extrañado notó que algo no estaba bien, pues aún no lograba oír el característico griterío que siempre hacía la muchedumbre, en las colas de las taquillas, al tiempo de comprar las entradas para el espectáculo taurino; el bandido algo desconcertado se detuvo y extrajo el Longines, que sujeto a una gruesa leontina de oro tenía por costumbre llevar oculto en una de los bolsillos del chaleco y ¡Oh sorpresa!, las taquillas de venta aún no estaban abiertas, ya que faltaba más de una hora para que se iniciara la venta.

Esto contrarió a Pepe, su rostro perdió el color, ahora se le veía tenso ya no sonreía. Pepe debía encontrar una solución lo más pronto posible y nervioso volvió a mirar atrás tratando de ver si el policía aún le seguía y para su desgracia lo vio parado a menos de cien metros. Ahora Pepe podía verle mejor el rostro; el individuo le miraba exhibiendo una sonrisa burlona mientras mantenía ambas manos dentro de los bolsillos en actitud agresiva.

Seguro que allí ocultaba un arma, pensó Pepe.

Quispe no era hombre que se amilanara delante de un poli y con brusco movimiento se ajustó el elegante sombrero prosiguiendo su caminata. El bandido siempre tenía una solución a mano para cualquier emergencia y en el camino la encontraría, pero ya no se sentía tan seguro y consternado se dio cuenta que ahora la única posibilidad para burlar la persecución de que era objeto se encontraba algo distante, por lo que decidió apurar el paso.

El Puente Balta se hallaba a solo diez cuadras de distancia y si lograba cruzarlo estaría salvo.

Aún no podía verlo, pero decidido el malhechor se encaminaba casi al trote en busca de esa salida, que pensaba le permitiría llegar al centro de la ciudad y confundirse entre la multitud dominguera; que de seguro ya atestaba las estrechas calles de la capital.

Sofocado y sudoroso aún en pleno invierno, Pepe corría por la húmeda y resbaladiza calzada. Los vistosos zapatos no le ayudaban y resbalaba continuamente, estando a punto de caer en más de una ocasión; pero el bandido era joven, estaba en sus treintas y con agilidad lograba recuperarse continuando su desaforada carrera.

Buscando alejarse todo lo posible del policía que le seguía, Pepe se encaminó en dirección al puente que une el distrito del Rimac con el centro de la ciudad de Lima; la antigua calle por donde corría el bandido era en bajada y desde donde éste se encontraba ya se podía ver la enorme estructura de piedra y hierro a solo tres cuadras. La puerta de escape que buscaba el hampón estaba a la vista.

Pero ese día no era el día de suerte de Pepe Quispe, pues para su estupor el bandido desconcertado descubriría que el antiguo puente se encontraba atestado por la multitud que acompañaba una procesión. Desde la distancia la enorme Anda recubierta por láminas de oro y plata relucía, reflejando los escasos rayos de sol que esa mañana ya asomaban. De seguro se trataba de una de las tantas vírgenes que se veneraban en el país desde tiempos de la conquista española en 1535.

Indeciso decidió seguir con su alocada carrera acercándose cada vez más al puente, pero ya no estaba tan seguro de que cruzarlo fuera la solución...

Atravesar ese mar de gente sin que el policía le diera alcance no le sería posible -pensó Quispe y desesperado decidió que lo único que le quedaba era encaminarse a la parte baja del viejo puente, donde le sería posible emboscar al poli por sorpresa.

Pero las cosas no iban a ser tan fáciles para el bandido...

Ágil, el detective ya estaba pisándole los talones y Pepe viendo que su perseguidor le estaba alcanzando tuvo que correr como nunca jamás lo había hecho, tratando de llegar a la orilla del río para ocultarse entre los enormes pilares de concreto que soportaban el puente sobre el caudaloso y rugiente río, que para su mala suerte desde la noche anterior había aumentado considerablemente el caudal, debido a las fuertes lluvias producidas en las serranías.

El Rimac, el río hablador como se le conocía desde tiempos inmemoriales, era llamado así por sus peligrosas corrientes que de tiempo en tiempo arrasaban los poblados ribereños, destruyendo todo a su paso. Pepe mojado y jadeando alcanzó las bases del puente y con rabia arrojó el valioso sombrero a la corriente, luego quitándose el saco logró desenfundar el colt, en espera del policía. El bandido estaba decidido a jugársela.

Emilio Marazzani, el joven vigilante de la Brigada Criminal había recibido instrucciones de ubicar y apresar al conocido azote de los Barrios Altos. Sus jefes sabían que él era el candidato para ese trabajo, no solo por su perspicacia y agudeza policial sino por ser uno de los tiradores de élite que tenía el cuerpo; No querían cometer más errores como anteriormente había sucedido con otros agentes, que por no estar a la altura resultaron heridos por Quispe sin lograr capturarlo.

Emilio no era un novato, había sido trasladado a Lima hacía poco y era por eso que el bandido no le conocía. Marazzani era muy hábil con el revólver y después de haber pasado varios años en el interior, su hoja de servicios le había ganado el cambio a la capital. Ahora él tenía la oportunidad de hacer una captura importante que podría significarle un merecido ascenso.

Cauteloso el detective se acercaba cada vez más ganándole terreno al bandido, ya casi lo tenía al alcance de su arma, pero las órdenes eran apresarle vivo y entregarlo a la comisaría más cercana.

Emilio siguió bajando lentamente hasta las bases del puente; sabía que Quispe se había internado en la corriente y que posiblemente ya se encontraba esperándole en el segundo muro de contención, arma en mano.

Marazzani desenfundó el revólver y sin pensarlo mucho se internó en las agitadas aguas del río hablador, con riesgo de ser arrastrado en su furiosa carrera al océano pacífico, pero su agilidad le permitió llegar hasta el primer muro y aferrándose de los barrotes logró rodearlo por detrás, acercándose al bandido sin que éste se percatara.

Pepe había perdido de vista al policía. Nervioso e impaciente el hombre se asomó por una esquina del muro tratando de ubicar a su perseguidor. Tenía el arma lista, pero no lograba verle; intrigado dio vuelta al muro pero fue demasiado tarde, pues el detective ya lo había rebasado y sin que el bandido se percatara de su movida había ganado el pilar de contención del puente y se encontraba detrás mismo del malhechor, apuntándole mientras le miraba con una sonrisa burlona.

-¡Ríndete Quispe! y no trates de hacer una tontería.

Pepe no estaba dispuesto a entregarse tan fácilmente y rápido levantó el brazo armado en un intento de disparar, pero Marazzani no le dio oportunidad y con un disparo magistral le arrancó el arma de las manos sin causarle ni un rasguño. Consternado, el malandro alzó las manos entregándose sin ofrecer resistencia.

Los salones del Cuerpo de Investigación y Vigilancia de Lima se habían engalanado como nunca. Todo el cuerpo se encontraba presente, esperando la llegada de Emilio para felicitar al valiente agente de la ley, que finalmente había logrado atrapar al escurridizo Pepe Quispe, el Azote de los Barrios Altos que ya se encontraba a buen recaudo en uno de los calabozos del comando. El Inspector Jefe tenía lista la mención honrosa con el respectivo ascenso para el héroe del cuerpo; Marazzani iba a ser promovido a Oficial Segundo.

Como era su costumbre, Emilio llegó temprano a la sede del comando y de inmediato se dirigió a la cafetería en busca del primer café del día. La noche anterior había dormido mal producto de la azarosa persecución que tuvo que realizar en el río para atrapar al rufián y ahora necesitaba un café negro, antes de reunirse con los jefes del comando; pero cosa extraña, en la barra no había nadie y resignado Emilio decidió arreglárselas sin el café dirigiéndose a la sala principal, donde se solía reunir el personal para rendir cuentas. Reporte de Novedades así le llamaban.

Pero ese día las novedades iban a ser muy distintas y el único que no estaba enterado era precisamente el vigilante Marazzani, quien sin saberlo ingresó a la sala y sorprendido comprobó que reinaba una inusual oscuridad. Emilio retrocedió pensando que se había equivocado de recinto, pero en ese preciso momento todas las luces se encendieron de golpe y un griterío ensordecedor atronó el salón paralizándole.

Durante unos segundos su mente quedó en blanco; luego cuando sus ojos se adaptaron al brillo súbito que inundaba la sala pudo asimilar lo que estaba pasando. La algarabía era ensordecedora, más de cien agentes y jefes del orden se encontraban presentes ovacionando al sorprendido vigilante.

Emilio se recostó brevemente en el dintel de la puerta tratando de recuperarse, luego con una leve inclinación logró quitarse el sombrero y esbozando una sonrisa agradeció abochornado el súbito caluroso recibimiento.

-¡Bravo, bravo Marazzani! -gritaban enardecidos sus compañeros mientras aplaudían alborozados arrastrando al sorprendido vigilante hasta el centro del salón, mientras el ambiente se colmaba con los súbitos estallidos de la champaña al ser descorchada y el cristalino entrechocar de las copas que a borbotones se llenaban con el preciado espumante importado, que no se escatimó en aquella gran ocasión.

Emilio rodeado por sus compañeros no lograba aún salir de su asombro mientras los brindis se sucedían entre aplausos y vítores; súbitamente un tintineo mayúsculo hizo que los ruidos cesaran y las miradas de todos se centraron en la tarima, donde el jefe del comando se encontraba copa en mano en espera de tener la atención del pleno.

- Señores, -el Inspector Jefe habló ceremonioso-. Brindemos por este compañero que hoy nos ha dado la satisfacción de reconocerle como el Vigilante del Año -los aplausos y los hurra atronaban el recinto-. Señores... -nuevamente se dejó oír el inspector jefe-. Debo anunciaros que hemos decidido conceder el ascenso a Oficial Segundo al vigilante Emilio Marazzani Visconti, por méritos al diligente servicio que ha sabido prestar a este cuerpo y a la constante perseverancia que ha observado siempre en el cumplimiento de las comisiones asignadas -hubo una pausa y todos aplaudieron las encomiables palabras del Jefe, luego nuevamente se sucedieron los brindis.

El agasajado detective abrumado por los elogios no atinaba a decir palabra y sonriendo modesto solo esperaba que sus alocados compañeros le dejaran libre.

Se dejó oír el repiquetear de la copa y con patente disciplina todos los presentes guardaron silencio, luego el inspector jefe se acercó a Emilio y sin darle tiempo a salir de su asombro le abrazó efusivamente levantando su copa...

-Oficial Emilio Marazzani Visconti -las palabras del jefe vibraron en el silencio de la sala-. En virtud del cargo que desempeño y como muestra de nuestra gratitud, le hago entrega de este presente para que os acompañe en vuestras futuras tareas.

Risas contenidas llenaron el salón, todos sabían de antemano cual era el presente y esperaban ansiosos...

El Inspector jefe con teatral gesto entregó a Emilio un sobrio estuche negro, que éste con humildad lo recibió sin aún dar crédito a lo que estaba pasando; Emilio nunca se había parado a pensar en las consecuencias que tendría la captura del famoso Pepe Quispe, y este recibimiento era una sorpresa para él.

Conmovido Marazzani recibió el obsequio de manos de su jefe, y muy emocionado lo levantó presentándolo a sus compañeros que seguían aupándole-. ¡Que lo abra, que lo abra! -clamaban los presentes entre gritos y aplausos.

Emilio sonriendo benévolo decidió abrir el presente y para su sorpresa descubrió una brillante pistola dorada. Sin comprender el significado buscó la mirada del superior, que impasible esperaba la reacción del homenajeado manteniendo una burlona sonrisa.

Desconcertado, Emilio miró a sus compañeros en espera de ayuda, pero todos tenían la misma expresión burlona del jefe y expectantes estaban a la espera de ver lo que vendría a continuación.

El jefe, ahora sonriendo abiertamente continuó...

-Vigilante Marazzani, éste es nuestro presente por haber sido seleccionado como el mejor tirador del cuerpo -luego tomando el arma de manos de Emilio le apuntó directamente al pecho al tiempo que apretaba el gatillo...

Se oyó un clic y una pequeña llama dorada se proyectó del cañón del arma.

La algarabía volvió a atronar el recinto con aplausos y vítores interminables. Todos los presentes gritaban enloquecidos. Emilio fue nuevamente levantado en hombros mientras sus compañeros entonaban el himno del cuerpo policial, llevando al sorprendido vigilante en una improvisada Vuelta Olímpica que terminaría al lado del Inspector Jefe.

-Ya no necesitarás pedirle fósforos a todo el mundo.

-Jajajajaaaaa -reía el jefe mientras le entregaba la original

pistola-encendedor.

-Señores -el jefe volvió a llamar la atención-. Ahora y para finalizar debo anunciaros que hemos decidido nominar al oficial segundo Marazzani Visconti como nuestro delegado, para que en virtud de su experticia ya ampliamente demostrada nos represente en el próximo Campeonato Sudamericano de Tiro con Rifle, que se inaugura esta semana en el Polígono de Surco

-¡Le deseamos éxito a nuestro compañero de armas!

Nuevamente el recinto fue inundado por los vítores y los aplausos de los presentes, quienes eufóricos apuraban las copas del burbujeante champaña en un último brindis. A continuación todos se acercaron a Emilio para felicitarlo, deseándole el triunfo en el reto al que se enfrentaría.

Como era de suponer, Emilio diestro en el manejo de todo tipo de armas ocupó el primer lugar en el campeonato de tiro de ese año y además de llevarse la espléndida copa confeccionada en pura plata por la Orfebrería Camusso, fue obsequiado por sus compañeros con unas vacaciones pagadas de dos semanas en Italia.

Los últimos días habían sido de mucho trajín, pero finalmente llegó el fin de semana y Emilio pudo descansar y prepararse para el ansiado viaje que le llevaría a la antigua ciudad de Nápoles. Aún tenía frescas las últimas palabras de su padre el conde Agostino; quien hasta el final de sus días le encomendó encarecidamente visitar esas tierras, que eran las de sus ancestros, como dijo antes de morir.

Diligente como era, Emilio buscó los antiguos documentos que le había entregado el conde y que aseveraban que el apellido Marazzani provenía de una rama de la estirpe de los Marzano de Nápoles. Los documentos no consignaban nombres, solo mencionaban que uno de éllos había emigrado a la ciudad de Rímini, la muy antiquísima Ariminum de los romanos ubicada a orillas del adriático, estableciéndose allí con su familia a mediados del siglo once y que con el devenir del tiempo, a sus descendiente se les llegó a conocer como los Marazzani; la forma latina en que había derivado el apellido Marzano en aquellas tierras.

El MS Vulcania ya se encontraba listo para zarpar y los pasajeros que embarcaban en el puerto del Callao ya se hallaban a abordo atestando las barandillas de cubierta. Todos trataban ansiosos de darle un último vistazo al sombrío puerto Chalaco, mientras los dos poderosos motores del ultra moderno trasatlántico italiano de más de ciento noventa metros de eslora, eran puestos en marcha y un denso humo negro se desprendía furioso de la enorme chimenea central, anunciando su inminente partida.

Emilio había sido instalado en uno de los camarotes de primera clase, con todas aquellas comodidades que en esos tiempos semejaban a las de un hotel de cinco estrellas. La enorme cama matrimonial había llamado la atención de Emilio tan solo entrar; nunca había tenido oportunidad de dormir en algo tan espectacular-. De seguro que tendría pesadillas- pensó mientras absorto contemplaba la hermosa reproducción del “Baile en el Moulin” de Renoir, que mostraba una colorida escena parisina de fines de siglo, debajo de la cual en una pequeña placa dorada se podía leer: “Bal du moulin de la Galette”.

El detective sonriendo pensaba que había sido un magnífico regalo el que le habían obsequiado sus compañeros. En ese momento se dejó oír un estridente pitido que anunciaba la partida del barco, mientras un leve temblor se dejaba sentir sobre el piso alfombrado del camarote.

Sobrecogido por la emoción de la partida Emilio se apresuró a salir al pequeño balcón; quería llevarse todas esas imágenes de los últimos instantes de su primer viaje por mar, tratando de guardarlas en su memoria.

Una espesa bruma había comenzado a caer sobre la costa y con dificultad se podían distinguir las almenadas murallas del sobrio Real Felipe, el emblemático fuerte que fuera construido por los españoles y que posteriormente fue escenario de la famosa batalla del 2 de Mayo, donde los peruanos lograron detener a la poderosa escuadra española que había sido enviada para tratar de recuperar las colonias.

El aire era húmedo y meloso pero Emilio no reparó en esos nimios detalles; embelesado disfrutaba de esas últimas vistas que tenía del litoral peruano, que se alejaba conforme el lujoso crucero aceleraba su marcha internándose en el rugiente mar abierto del gran pacífico, rumbo al viejo continente, donde La Sibila, la milenaria bruja de Nápoles ya le estaba esperando.

La travesía en el lujoso transatlántico resultó ser una experiencia inolvidable para Emilio, fueron dos semanas en las que el tiempo transcurrió entre galas en los salones de la nave y bellos atardeceres en cubierta, donde cada día se despedía más esplendoroso que el anterior; Finalmente el sábado 29 de julio, el MS Vulcania atracó en el puerto de la espectacular bahía de Nápoles, dando término al viaje.

Capítulo II

Nápoles, verano de 1939

Emilio desembarcó y sorteando la multitud que atestaba los muelles del puerto caminó indeciso. Había llegado en pleno verano y al medio día la temperatura debía estar muy por encima de los treinta grados, pues el calor y la humedad se dejaban sentir; ya la camisa se le estaba pegando al cuerpo.

-Diablos esto es más caluroso de lo que me había imaginado -pensó Emilio, mientras trataba de conseguir un taxi que le llevara al hotel.

Los elegantes Fiat pintados de gris plata y negro pasaban raudos atestados de pasajeros y se perdían entre el denso tráfico buscando el centro de la ciudad. Finalmente y con un chirrido de frenos, un destartalado taxi se dignó a parar a su lado haciendo sonar su estridente bocina.

-Bienvenido a Nápoles distinguido caballero -el pintoresco conductor exhibiendo una franca sonrisa ya estaba abriendo la puerta invitando a Emilio-. ¿Primera vez por acá? -preguntó el napolitano.

A Emilio le causó buena impresión el jovial tono del individuo y sin dudarlo más se instaló en el estrecho asiento posterior del minúsculo vehículo.

-Así es amigo -correspondió Emilio, al tiempo que se disponía a descubrir esas primeras imágenes de la ciudad...

-¿Podrías recomendarme un hotel bueno y barato?

-Si me lo permitís le puedo recomendar el Sarracino, mis clientes siempre han quedado encantados con el servicio pues sus precios son módicos y es seguro; además está en pleno centro de la ciudad.

-Bien llevadme al Sarracino, pero te ruego que conduzcas despacio pues quisiera disfrutar del viaje.

Las calles estaban más atestadas que de costumbre, pues era el sábado de feria con baratillo y los frenéticos napolitanos trataban de aprovechar los precios que se ofrecían muy rebajados, acudiendo prestos a la plaza del Duòmo, donde se apiñaban tratando a viva voce de ser los primeros en adquirir las necesidades básicas para la semana; ocasionando así un denso tráfico de vehículos y peatones que desordenadamente circulaban en todas direcciones. Las bocinas y los pregones de los vendedores ambulantes atronaban el aire con el peculiar bullicio de aquellos pueblos del Mezzogiorno peninsular.

La guerra en Europa aún no había comenzado, pero ya se percibía la presión que ejercían las huestes de Mussolini sobre la población civil; el nerviosismo estaba en el ambiente y por doquier se podían ver las llamativas pancartas y los enormes cartelones con la imagen del dictador, pidiendo la unión del pueblo en pro de la defensa de la patria. Grupos de camisas negras, los milicianos del Duce, patrullaban las calles con arrogante disciplina militar, manteniendo el orden y atentos a cualquier acto que pudiera atentar contra la seguridad del régimen fascista, que desde hacía dos décadas gobernaba el país con mano pesante.

El taxi, conducido por el simpático lugareño recorría velozmente las estrechas callejuelas empedradas de la antiquísima ciudad, esquivando atolladeros en las esquinas y a otros intrépidos del volante, que desquiciados se desplazaban entre el ruido y el humo de sus veloces máquinas y los estridentes pitazos de sus bocinas. Finalmente al cabo de media hora de terrorífica travesía el taxi se detuvo con un chirriante frenazo, que por cierto no era necesario, y el hombrecillo con agilidad saltó fuera del destartalado vehículo al tiempo que sonriendo habría la portezuela anunciando que habían llegado al hotel Sarracino.

Ya en su habitación, Emilio se dispuso a desempacar las maletas preparándose para un merecido descanso, después de la tediosa travesía por mar. La pequeña ventana de su habitación le permitía ver parte de la ciudad colmada de viejos tejados rojos y balcones abarrotados de ropa que las alegres ragazzas acostumbraban a secar al sol, mientras entonaban esos estribillos melodiosos típicos del bello folclore napolitano.

Emilio se acostó en la mullida pero exigua cama y rendido por el cansancio cayó en un profundo sueño, que al poco tiempo se vio disturbado por inquietos movimientos que se percibían por debajo de los párpados, denotando un estado de insólita excitación. Era evidente que Emilio estaba siendo presa de una pesadilla y por momentos parecía que trataba de articular palabras que no eran audibles. Finalmente cesaron los movimientos y el ritmo de su respiración se normalizó, permitiéndole continuar con el merecido descanso.

Un luminoso amanecer despertó temprano a Emilio que presuroso se dirigió a la ventana, tratando de disfrutar de esa primera vista de Nápoles que amanecía alborozada. Ya se podían oír los cantares matutinos desde los balcones adyacentes, donde las jóvenes lugareñas rebozando energía se disponían a realizar sus tradicionales labores domésticas del domingo.

En ese momento Emilio tuvo un flash back; el sueño de la noche anterior se le estaba materializando por momentos, pero como sucede siempre no le era posible recrear con precisión los detalles, aun cuando extrañas imágenes se le agolpaban en la mente desconcertándole sin explicación aparente.

Decidido a pasarlo bien, Emilio quitó de sus pensamientos todas las visiones y sensaciones fantasmagóricas de la noche anterior y resuelto se preparó a pasarlo de lo mejor, ese primer día en la bella Nápoles.

Acuciado por ver lo que había afuera se acercó hasta la ventana y embelesado pudo contemplar el increíble panorama vespertino de la antigua ciudad. De inmediato vinieron a su memoria las recomendaciones que le hiciera su padre para buscar los orígenes de su apellido. Sabía que no sería fácil obtener la información que le diera las pistas para encontrar lo que buscaba, pero detective al fin, Emilio no pensaba desperdiciar la oportunidad que le brindaba el viaje.

Él -se dijo-. haría las averiguaciones necesarias hasta tener la certeza de haber hallado las remotas raíces de su linaje.

Presuroso se vistió con ropa ligera pues ya sabía que el verano napolitano era infernal. Luego bajó a la recepción en busca de guías y mapas turísticos, con los cuales iniciar su recorrido.

El circunspecto concierge le recibió con una abierta sonrisa y después del consabido buongiorno esperó para atender a la solicitud del huésped. -Buenos días, dijo éste -. ¿Decidme qué me recomendáis para mi primer día en vuestra bella ciudad?

-Caro signore, le recomiendo apuntarse en el tour del Campi Flegrei. El autobús sale en quince minutos y le llevará sin costo alguno hasta el mismísimo cráter del Solfatara, donde nuestros visitantes disfrutan siempre del impresionante espectáculo que han dejado las terribles actividades volcánicas producidas en los últimos milenios. También podrá visitar el Anfiteatro construido por el emperador Flavio y algunos de los muchos templos que nos han dejado los romanos.

Dicho esto, el ceremonioso individuo le hizo entrega del folletín turístico reglamentario y el tiquete para el tour, con que el hotel Sarracino obsequiaba a sus huéspedes.

Emilio, desbordando entusiasmo al igual que el animado grupo de turistas, se acomodó en uno de los mullidos asientos del moderno autobús preparándose para la excitante visita que harían a los emblemáticos Campos Flégreos, ubicados al norte de Nápoles y en las inmediaciones de Pozzuoli, el antiguo puerto fundado por los griegos dos mil quinientos años atrás y que más tarde, en épocas del imperio romano fuera conocido como Puteoli.

En la Frazione Pozzuoli se ubicaban tres volcanes de los cuales el Solfatara era el único que continuaba en actividad, tanto es así que después de más de cuatro mil años de haberse formado, seguía causando destrozos y muerte entre los pobladores que continuaban habitando aquellos espléndidos rincones de Italia, a pesar del peligro.

Los Campos Flégreos era la primera parada del autobús en el tour del día. Los turistas harían una excursión de una hora, de forma que pudieran recorrer libremente la extensa superficie deprimida que se había formado sobre la caldera del Solfatara, cubriéndola en su totalidad de lava, cenizas y escombros amarillentos impregnados de azufre, producto de su continua actividad.

Los visitantes podían circular la zona siguiendo solamente las sendas autorizadas, pues algunos sectores eran inestables y sumamente peligrosos por lo que estaba prohibido transitar. Las fumarolas de lodo hirviente y gases se podían ver por doquier, creando una imagen más de otro mundo que de éste. Todo el conjunto se hallaba circundado por escarpadas laderas en cuyos elevados bordes se habían formado innumerables cavernas, que en el pasado sirvieron de vivienda a los lugareños; pero que en la actualidad habían sido desalojadas por las autoridades.

Un nauseabundo olor a podredumbre inundaba el ambiente, producto de los gases que constantemente emanaban del subsuelo, pero los turistas no reparaban en ello y entre gritos de admiración y temor todos se internaban alborozados por las sendas permitidas, con el típico bullicio producto de la fantástica visión de aquel paraje volcánico. Turistas al fin, iban equipados con modernas cámaras fotográficas con las que trataban de captar las impactantes escenas que presenciaban y que al regreso del memorable viaje las mostrarían orgullosos a los familiares y amigos.

Emilio, siguiendo las rutas autorizadas se internó hasta llegar a un punto donde un letrero cerraba el paso, pero él no se detuvo. Su innata curiosidad le incitaba a avanzar y siguiendo el instinto detectivesco se adentró en el área prohibida en dirección a unas extrañas cavernas, que suspendidas en las laderas le habían llamado poderosamente la atención desde el comienzo.

Algo superior a su voluntad le impelía a seguir adelante y sin pensarlo más se adentró por la zona que estaba vedada a los turistas, obviando así las restricciones colocadas que claramente prohibían el tránsito por esas áreas; pero Marazzani era un policía nato y no se detenía ante el peligro al que ya estaba acostumbrado y sin pensarlo más se internó en una de las cavernas, como arrastrado por una fuerza desconocida.

El socavón estaba toscamente excavado y se veía salpicado de las mismas rocas amarillentas que abundaban en la zona. El fétido olor del azufre era cada vez más intenso y en un principio Emilio dudó si seguir o regresar; pero su terquedad pudo más que la cordura y no se detuvo. Continuando con su arriesgada incursión, nuestro detective se internó por un tenebroso agujero que se extendía ante él como invitándole.

La caverna se encontraba casi en tinieblas y Emilio, siempre llevado por esa fuerza superior a él se internaba cada vez más por el estrecho y accidentado pasaje de la gruta; era algo superior a sus fuerzas y no lograba detenerse. Ya casi no podía ver y cada vez le era más difícil respirar ese aire húmedo y maloliente que le estaba sofocando. De súbito y como volviendo a la realidad, Emilio se detuvo. -Esto no me gusta nada -pensó y algo irritado decidió dar marcha atrás, pero en el momento que se disponía a emprender el regreso un espantoso rugido proveniente de las entrañas de la tierra atronó los aires, al tiempo que el suelo de la caverna se movía ondulante bajo los pies del aterrorizado visitante. -Mierda, esto se viene abajo -pensó ya algo nervioso mientras partes de la pétrea galería se desprendían a su alrededor.

Emilio, retrocediendo con la agilidad propia de su juventud logró esquivar las primeras rocas que caían sobre su cabeza, hasta que finalmente una de mayor tamaño le derribó haciéndole perder el sentido.

Posiblemente pasaron varios minutos hasta que pudo recuperarse; la cabeza aún le daba vueltas y le dolía por el golpe recibido. Era la primera vez que se desmayaba. Emilio mareado y desconcertado se esforzaba tratando de comprender lo que había sucedido.

Ahora ante su vista se le había revelado aquel extraño lugar, que no era precisamente la caverna donde había sido derribado.

Emilio sorprendido, se frotó varias veces los ojos tratando de aclarar su visión, no sabía en donde se encontraba y haciendo un esfuerzo trató de incorporarse, pero sin poder evitarlo le fallaron las piernas y nuestro detective se desplomó nuevamente.

-¿Será que habré muerto? -pensó angustiado el famoso detective limeño y cerrando nuevamente los ojos trató de serenarse, antes de volver a mirar el extraño lugar donde se hallaba.

Cuando finalmente creía haberse recuperado pudo mirar lo que había en su entorno y para su asombro descubrió que se encontraba frente a un par de brillantes ojitos azules, que le miraban sonrientes.

Un escalofrío violento recorrió su cuerpo; nuestro héroe la estaba pasando mal. A pesar de su amplia experiencia, Emilio presentía que estaba en un terreno nuevo y eso le tenía muy desorientado. -Y ahora qué -pensó, tratando de fijar en su mente la imagen que impasible le seguía mirando con esa intrigante sonrisa que le confundía; el rostro detrás de los ojitos era el de una dulce anciana de blancos cabellos, de baja estatura y vestida con un pobre ropaje; que apoyándose en una destartalada escoba le observaba sin pronunciar palabra. La regordeta cara de la viejita se le hacía conocida pero no lograba identificarla.

La extraña criatura se le acercó y siempre sonriéndole habló con suavidad.

-Has tenido mucha suerte muchacho, si no fuera porque te encontré ya habrías muerto sofocado por los aires malignos del Solfatara, pero dime ¿Qué te trajo por estos parajes?

Emilio, aún bajo los efectos del tremendo golpe recibido no lograba articular palabra y solo atinaba a cerrar los ojos tratando de recuperarse; la imagen de la dulce viejita le seguía pareciendo algo familiar, pero sin poder evitarlo nuestro detective perdió nuevamente el conocimiento.

Sibila, la bruja de Nápoles río bajito -¡Jejejejeeee!-

Finalmente, algo repuesto Emilio pudo articular algo...

-¿Qué ha pasado, dónde estoy? -sus preguntas eran apremiantes, pero la anciana le seguía sonriendo dulcemente al tiempo que se le acercaba un poco más, luego la malévola bruja rio nuevamente viéndolo que se desvanecía y presurosa lo sostuvo entre sus brazos hasta que Emilio logró recuperarse.

¿Decidme mujer que es todo esto? -preguntó alterado el detective tratando de aparentar una seguridad que por cierto no tenía.

-¿Quién eres tú? -Emilio ya más seguro miraba a la bruja tratando de encontrar una explicación.

La Sibila con astucia y suavidad en sus modales trató de calmarlo...

-Tranquilízate, ahora ya ha pasado el peligro. Tuviste un ligero accidente pero felizmente yo me encontraba cerca y logré traerte hasta acá -le aseguró la anciana.

Emilio trató con dificultad de dar unos pasos, pero la mujer se lo impidió y tomándole del brazo le arrastró hasta un raído sillón, obligándole a sentarse mientras le hablaba con suavidad...

-¡Escúchame muchacho! -ahora el tono de la bruja se había tornado autoritario y áspero-. Yo sé que quieres saber de tus orígenes pues así te lo había pedido tu padre; si quieres yo podría ayudarte, pero deberás confiar en mí.

Las palabras de la anciana confundieron más a Emilio, que aún no lograba recuperarse del impacto recibido en el socavón, sin embargo su agudo instinto seguía diciéndole que algo no estaba bien; Marazzani nunca se había sentido tan expuesto ante nadie.

-¿Qué es lo que está pasando aquí?-. Se preguntaba nuestro detective cada vez más desconcertado. -¿Cómo puede esta mujer saber las cosas que está diciendo sobre mi padre?

Emilio turbado por las últimas palabras de la anciana quedó pensativo y sin poder responder, pero acuciado por la curiosidad decidió seguirle el juego y sonriéndole le dio a entender que aceptaba su insólita propuesta.

La bruja manteniendo la sonrisa le acomodó en el sillón.

-Emilio te prepararé una de mis tisanas -se ofreció la anciana-. Es un té de hierbas frescas que recojo todas las mañanas que te sentará bien. La bruja, siempre encarnando a la dulce anciana se había retirado al interior de la cueva.

Emilio aún desconcertado por los sucesos trataba de hilvanar la situación, pero a pesar de saberse un policía bien entrenado no lograba tener el control y eso le tenía mortificado; él no estaba acostumbrado a tolerar incongruencias, Emilio era bastante pragmático y no tenía por costumbre aceptar situaciones donde la fantasía se sobreponía a la realidad.

Del interior le llegaban los ruidos propios de una cocina con el chisporroteo de la hoguera y el olor de leña fresca tostándose, al tiempo que el aire se llenaba de dulces emanaciones, que de seguro provenían de las hierbas que preparaba la anciana mujer.

Ahora nuestro amigo pudo finalmente dedicarle una mirada al lugar en que se encontraba. La gruta era amplia y abovedada y los innumerables velones adosados en las grietas proyectaban en su interior fantasmales siluetas sobre las paredes de roca, extrañamente recubiertas por unos colgajos en los que se lograba ver trazos de algunos animales en insólitas posturas y mostrando sus fauces en fiero gesto de ataque. No se veían muebles, solo el raído sillón y un par de sillas desvencijadas sobre un suelo de tierra apisonado y grasoso por el tiempo.

Emilio no lo sabía, pero se encontraba en la cueva de la Sibila, la milenaria bruja de Nápoles.

Sybilla, era el nombre mitológico que los griegos daban a las profetisas y fue muy utilizado en tiempos antiguos como sinónimo de bruja o hechicera. Ellas tenían la facultad de predecir el porvenir aun cuando también podían actuar por iniciativa propia, prediciendo calamidades y realizando los maleficios y sortilegios cuando algunos “clientes” les requerían, previo pago de una contribución.

En Italia había existido La Sibila de Cumaean desde antes de los romanos. Esta gran adivinadora acostumbraba a presidir el oráculo apolíneo de Cumae, erigido en aquella primitiva colonia que los griegos habían establecido en las cercanías de Nápoles y que perduró durante siglos, siendo muy famosa también entre los romanos. Con el paso del tiempo se forjó la leyenda de La Sibila de Nápoles, que había logrado perdurar entre las tradiciones cristianas del siglo veinte.

Hecha esta aclaración regresamos nuevamente a la gruta donde Emilio, después tener el accidente, se encontraba recuperándose y en espera de la “bebida reconfortante” que le ofreciera la dulce anciana.

La bruja se había dirigido al fondo de la cueva y ahora la podíamos ver frente al altar, donde rodeada por un sinnúmero de gatos y otras extrañas criaturas voladoras, acostumbraba a realizar sus diabólicos maleficios y encantamientos; Allí sola y en medio de la penumbra de su covacha, el ente se movía dejando oír extraños monosílabos en medio de la suciedad, que mezclada con los olores de las hierbas y los residuos que dejaban los felinos, creaban un ambiente alucinante.

A la tenue luz de una chispeante estufa se proyectaba la fantasmal silueta de la Sibila. La bruja estaba de pie y sosteniendo en una mano un destartalado Grimorio se movía acompasada, al tiempo que agitaba algo en el caldero.

La Sibilla estaba recitando los versículos satánicos con los que imprimía maleficios a las pociones mágicas que preparaba:

-Solve fasciculus illis quae dicta sunt, et inde regredi; la Sibila discertaba en latín, los versos del grimorio.- Quod factum est ita ut non sit adnihilita. Haw in hoc, praeterita et futura,quae oblivioni tradita est in mare et fugerant inter nos-.

Que traducido sería algo así...

“Para desandar lo que se dijo y luego volver, aquello que fue no es así y no debería haber dificultad. Así como en el presente, el pasado y el futuro está en el mar, no ha sido olvidado y mientras tanto existe entre nosotros”

Con estas rimas la Sibila había pronunciado el conjuro para realizar la metamorfosis de Emilio. El brebaje estaba listo y presta la bruja se dirigió donde el incauto detective había quedado a la espera de la reconfortante bebida.

La extraña criatura contoneándose se acercó al sillón donde había quedado Emilio, que aún no había logrado reponerse de los sucesos acontecidos, pero la actitud de la anciana ya no le producía el temor inicial; algo había cambiado en la expresión de la bruja, su mirada era más dulce que antes y en sus rosadas manitas podíamos ver que portaba una pequeña vasija humeante.

Era la poción mágica que transmutaría al detective 500 años en el pasado. El incauto Marazzani regresaría hasta los albores del siglo XV, donde la bruja ya tenía planes para utilizarlo como su instrumento y poder así lograr la terrible venganza que venía buscando desde hacía siglos.

-Joven, esta bebida te hará bien... Es un delicioso té reconfortante. Con estas palabras la Sibila le entregó el humeante brebaje al incauto detective, que confiado no opuso resistencia.

-Hijo te recuperarás, ¡bébelo! -dijo la bruja con palabras suaves pero ocultando una taimada sonrisa.

Emilio no podía saber que la tisana que tan gentilmente le ofrecía la anciana, sería el disparador de la más extraña aventura que jamás habría podido imaginar.

Confiado, nuestro detective recibió de manos de la bruja la bebida y sin más la bebió de un solo trago.

-Gracias mujer, esto me ha caído bien pero dime, ¿Cómo es que sabes lo que mi padre me encomendó antes de morir?

Emilio seguía confundido y trataba de aclarar las cosas, pero su mente no le estaba respondiendo como de costumbre y nuevamente volvió a sentir esa curiosa sensación que le anunciaba el peligro, sin saber aún de donde vendría. Intrigado miró a la anciana en espera de algo que le ayudara a entender la situación, pero la Sibila inmutable solo le sonreía dulcemente.

-¿Decidme dulce anciana qué es todo esto? –preguntó insistente Emilio.

-Es muy simple muchacho-dijo la hechicera-. Conozco la historia de tus ancestros y como tú quieres saber más sobre ellos, te he dado a beber una de mis pociones mágicas con la que podrás transmutarte al pasado. Allí les conocerás y sabrás de su historia tal y como te lo pidió tu padre. La bruja se detuvo y sus ojos fulguraron inquietantes.

-Personificaras a Marino Marzano, el muy noble Príncipe de Rossano y solo así podrás salvar la honra de tu familia.

Emilio al principio no comprendió las palabras de la bruja y solo se limitó a mirarla consternado e interrogante; el asombro se reflejaba en el rostro del detective mientras poco a poco se le revelaba la realidad.

-Mierda-pensó el peruano-. ¡Sospecho que he sido envenenado por esta mujer!

Tambaleándose y aterrorizado Emilio finalmente comprendió que estaba en grave peligro y haciendo un supremo esfuerzo trató de ganar la salida del recinto, pero ya no era capaz de coordinar sus movimientos.

Inseguro, dio unos pasos en dirección a donde creía que estaba la salida de la cueva, pero no pudo llegar. Sin poder evitarlo, Emilio se desplomó nuevamente en brazos de la Sibila, quien amorosa le condujo al raído sillón, no sin antes colocarle un extraño anillo donde chispeaba un trozo de ámbar.

La bruja de Nápoles había logrado su propósito y dejando al detective en el sillón se dirigió al interior de la inmunda cueva.

Allí, en una esquina pobremente iluminada por un par de sucios velones estaba el espejo, su vínculo con el maligno inframundo donde ella habitaba. Ese misterioso espacio del tiempo vedado a los mortales, donde ella era siempre bien acogida por los pobladores del Averno; los adoradores de Satanás.

La imagen de la Sibila se reflejó en el sucio cristal y fue así que pudimos verla por primera vez. El espantoso rostro de la milenaria bruja era huesudo, afilado y el escaso pellejo que le quedaba estaba surcado por miles de arrugas, de entre las que asomaban un par de ojos profundamente hundidos entre huesos que sobresalían de las negras cuencas; eran dos bolas negras que despedían fuego desde sus rojizos bordes. Por debajo se dibujaban los crispados bordes de esa inmunda boca, que indecorosa chorreaba verdosos espumarajos sobre los obscenos y flácidos pechos apenas cubiertos por andrajos.

Eran mil años de maleficios y ritos satánicos en los Aquelarres los que habían precedido a este vil esperpento. El rostro de la apacible anciana de los ojitos azules ya no era más, se había transformado y ahora se veía terrorífico y alucinante.

La Sibila nos estaba mostrando su verdadera imagen, la horrenda L’Strega di Napoli se veía reflejada en el espejo en toda su horripilante apariencia.

–Jejejejejejejeeeee -reía entre dientes el miserable ente, mientras satisfecha se frotaba las mugrosas manos sabiendo que había logrado su propósito.