Nerisáe - Camila Vázquez Garriga - E-Book

Nerisáe E-Book

Camila Vázquez Garriga

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Beschreibung

Hay un momento impreciso y devastador en la historia de cada ser. Un instante que cambia lo conocido y seguro y la línea del tiempo se sumerge en una sensación del absoluto vacío. La caída interminable a veces dura tan sólo unos segundos que marcan años de inmenso dolor; algunos hundimientos son más profundos que otros, sobre suelos duros, fríos y arenosos, sobre los cuales es difícil volver a ponerse de pie. Pero todo descenso tiene algo que es para todos igual: el clivaje que acompaña el proceso es el estadio principal del impulso que lleva al renacimiento.   La Sacerdotisa de la Luna solo despierta cuando el planeta se encuentra en peligro. Como indica la leyenda, tras su despertar, la mujer elige a veinticinco guerreros de diferentes orígenes a los cuales les confiere el poder de las runas del Futhark para que luchen a su lado. Después de dos centurias, la Sacerdotisa, ha despertado otra vez. Los habitantes de Moredab deben prepararse para su regreso, responder a su llamado y combatir, lo que será el núcleo de una profundidad sin precedentes. Este libro sumerge al lector en un sendero interno en donde cada capítulo sembrará una pregunta que será respondida por él mismo a medida que avance en la lectura. Cada persona lo transitará de manera diferente y personal. Esta es una historia fantástica que transcurre en un mundo paralelo. Una historia donde su autora sembró perlas de sabiduría que descubrirá aquel lector que desee y esté listo para encontrarlas.

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Seitenzahl: 245

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Nerisáe

Camila Vázquez Garriga

Nerisáe

La Sacerdotisa de la Luna

Índice de contenidos
Portadilla
Legales
Prólogo. El preludio del origen
Capítulo 1. El despertar del cielo
Capítulo 2. Entre unos y otros
Capítulo 3. A la altura de uno mismo
Capítulo 4. Sempiterno
Capítulo 5. Los Inmortales
Capítulo 6. Muerte Nacarada
Capítulo 7. Detrás de la máscara
Capítulo 8. El Núcleo
Capítulo 9. Más allá de la gloria
Capítulo 10. Dabmore
Epílogo
Lugares y mapa
Personajes

Vazquez Garriga, Camila

Nerisáe : la sacerdotisa de la Luna / Camila Vazquez Garriga. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Deldragón, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8322-51-3

1. Literatura Fantástica. 2. Criaturas Fantásticas. 3. Narrativa Fantástica. I. Título.

CDD A863.9283

Diseño de interior: Laura Restelli

Diseño de cubierta: Rodrigo Broner

© 2023, Camila Vázquez Garriga

Derechos de edición en castellano

reservados para todo el mundo.

© 2023, Ediciones Deldragón

[email protected]

www.edicionesdeldragon.com

Primera edición en formato digital: julio de 2023

Versión 1.0

Digitalización: Proyecto451

ISBN edición digital (ePub): 978-987-8322-51-3

Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Prólogo

El preludio del origen

Aún recuerdo la calma de ver el viento acariciar las hojas de los árboles. Se respiraba distinto, como si la tierra quisiera susurrarnos incontables secretos. Amaba caminar descalza hasta el lago, sintiendo las distintas texturas del suelo y la frescura del rocío. Los silencios eran sagrados, completos, dorados.

Amanecía antes de que los primeros rayos de sol comenzaran a filtrarse entre las nubes. Me gustaban esos momentos indefinidos, en donde una se encuentra parada entre la luz y la sombra, en el gris perlado de la posibilidad. En donde detenerse a observar es fundamental para decidir qué hacer.

Me gustaba sumergirme en el lago cercano a Tinoan, donde las aguas tibias de los manantiales ancestrales abrazan el cuerpo con parsimonia. De camino a las aldeas comía frutas, me comunicaba con los elementales en monólogos interminables que nunca eran respondidos. O eso creía.

Me pasaba el día completo atendiendo las necesidades de los seres que vivían en la zona, desde dolencias y heridas hasta la simple necesidad de compartir una taza de alguna infusión y observar el ocaso de otro día.

Me habían criado padres amorosos, pero los cielos pidieron su retorno a una edad temprana, por lo que mi crianza estuvo sumamente acompañada por las sanadoras del templo Sajhiv. Me adoptaron, me amaron y me transmitieron sus enseñanzas. Junto a ellas pude estar hasta los dieciséis años, ya que a esa edad se debe elegir entre ser una de ellas para prolongar la estadía o abandonarlas; nunca sentí que aquel fuese mi destino. Mis colores seguían otro arcoíris.

Me instalé en una cabaña pequeña entre Omorat y Tinoan, tentada por la belleza de sus bosques y aguas cálidas. Y me ganaba la vida con mis habilidades curativas a cambio de alimentos y ropas. Forjé vínculos preciosos que perfumaron mis instantes de risas.

Pero cerca de mis veinticinco años una capa de interminable dolor sucumbió en Moredab. Los reinos comenzaron a enfrentarse por nimiedades, cualquier excusa era suficiente para una guerra. Las habitantes migraron en busca de estabilidad y paz, pero para cuando nos quisimos dar cuenta, los desastres dejaron de ser solo humanos.

La naturaleza respondió al desequilibrio y su primer grito lo manifestó en el volcán del Hangar, desde Dabmore. La erupción fue tan descomunal que dejó bajo cenizas a media región, generando que muchos pobladores cruzaran a Moredab en busca de auxilio. Una asistencia que no llegó, debido al maremoto que azotó Costa Invernal, el principal proveedor de alimento y asistencia de nuestro territorio.

La escasez, el miedo, el enojo, el hambre, fueron solo el inicio de lo que llamamos posteriormente “los Cataclismos del Núcleo”. Durante meses nos hostigaron desastres naturales que no permitían recuperarnos. La cantidad de cuerpos sin vida, la orfandad que comenzó a proliferar, la ausencia de hierbas debido a la destrucción de la flora, evitó que podamos crear ungüentos y medicinas capaces de ayudar. Las infecciones avanzaban violentamente, aparecieron nuevos síntomas que no podíamos tratar. Tanto los sanadores como los chamanes de distintos reinos empezaron a bajar los brazos. No teníamos respuesta ni solución para algo que había superado hasta a la Tierra misma. El planeta Luzhantga estaba pereciendo y nosotros con él.

El clima se había transformado junto con el paisaje; a pesar de mi agotamiento físico y mental, de estar tan desbordada como todos, seguí ayudando a los heridos, pero un pálpito incesante galopaba en mi interior con afán, podía sentir en cada fibra de mi ser que la grieta era sumamente profunda y que aún no habíamos visto el declive final.

Los gritos estridentes hicieron eco entre los valles cuando se desmoronó uno de los riscos más grandes y cayó sobre uno de los refugios que Wixlow había armado; murieron prácticamente todos. Estuvimos desenterrando personas durante todo el día y, metidas en un hueco entre unos escombros, encontré a dos niñas idénticas, que respiraban con dificultad. Las llevé a mi casa con ayuda de un pueblerino. Estaban lastimadas, desnutridas, como todos, e inconscientes. Estuve junto a ellas esa noche cuando se definiría si vivían o no, batallando con una fiebre poderosa y pocos recursos que pudiese ofrecerles. Me dio la sensación de que esa noche duró más que otras.

A la mañana siguiente, su respiración se había acompasado, y tenían un poco de color en las mejillas. Despertó primero una de ellas y buscó a su igual con los ojos. Escuché su suspiro cuando la vio a su lado. Me acerqué con suavidad y me acuclillé para que me mirara.

—Tranquila, ahora están bien, van a estar bien. —Le acaricié el rostro que empezaba a mojarse por sus lágrimas y asintió en silencio, compungida.

Las mantuve conmigo y, huérfanas como eran, encontraron en mí una nueva seguridad. En seguida me ayudaron; salían conmigo a cosechar flores y raíces, atendíamos juntas a los convalecientes, reconstruíamos sitios provisorios, ante la incertidumbre del siguiente desenlace. Contamos recuerdos frente al cálido fuego durante las noches. A todos nos daba miedo dormir, los sueños eran pesadillas ruidosas de lo vivido y el temor a un nuevo desastre relucía en nuestra piel. Mi vínculo con ellas se inició allí, en esos encuentros en donde la risa parecía no ser una ilusión. Me vi en ellas incontables veces, y traté de ser todo lo que las sanadoras Sajhiv habían sido para mí.

Durante el ocaso, mientras volvíamos a casa, se produjo el terremoto más intenso hasta ese momento. El suelo se abrió a nuestros pies, se rajaron los montes y el temblor fue tan atroz que aun en el suelo, sosteniéndonos de un árbol, seguíamos sacudiéndonos. Nos abrazamos con fuerza, y en esa respuesta innata las protegí cuanto pude.

Duró un momento que sigue perpetuo en mi interior aún hoy.

Aterrada, mareada, adolorida, no escuché sus gritos, no las escuché llamándome.

—¡Madre! —la voz ahogada de Chisana, me hizo volver y me incorporé, todavía perdida.

—Niñas…— dije mientras las observaba con todo el detalle que pude, buscando heridas, y respiré cuando no vi nada grave—, están bien…

—Tenemos que ir —volvió a hablarme y no entendí.

—¡Escucha los gritos, debemos ir!

Como si una bomba hubiese explotado cerca de mí, solo oía el latido de mi corazón y mi respiración agitada. Apenas me llegaban sus voces lejanas.

Me incorporé con su ayuda y percibí la lentitud de mi cuerpo, no veía heridas sangrantes. Caminé de su mano, trastabillándome y, como estábamos cerca de uno de los centros de asistencia, no tardamos en llegar.

Hoy puedo ver con extrema claridad cómo ese paisaje feroz inició mi génesis. Caí de rodillas frente a esa inmensidad oscura y desgarradora. Las gemelas quedaron enmudecidas a mi lado. Por primera vez en la vida sentí que no quedaba nada por hacer.

Las tinieblas se habían apoderado de nosotros, en el sopor de la irrealidad, porque todo eso no podía existir de verdad. ¿Quién era tan cruel? ¿Merecíamos ese castigo? Y si así era, ¿quiénes habíamos sido entonces?

Días después de la catástrofe, se había apagado cualquier vestigio de esperanza. Moredab siempre había sido una zona con muchos reinos que le daban relevancia a lo dictaminado por los cielos, y comprender que esto era una consecuencia, había excedido cualquier utopía.

Salí del pequeño recinto esa noche, en donde los pensamientos se transformaron en anhelos. Dejé a las gemelas dormidas y caminé hasta el corazón del bosque. Me arrodillé y oré, pedí, supliqué, por redención. Y esa fue la primera de once noches consecutivas.

En la undécima noche, reverenciando lo supremo, me iluminó una luz que se ancló como un halo a mi alrededor. Levanté la cabeza insegura y vi tres pares de pies delante de mí.

Me rodeó una energía diferente a cualquiera que había conocido. Tres hermosas mujeres, altas, con sus manos entrelazadas, me observaban sonrientes. Me animé a verlas en detalle y el fulgor de las tres me obnubiló. Cuando hablaron, fue al unísono, casi como si cantaran.

Mucho puedes hacer, si realmente deseas Ser.

Te ofrecemos la posibilidad, está en tus manos aceptar.

No estarás sola, la Luna tu compañera será.

Solo en la noche se puede observar en profundidad,

lo que estás dispuesto a dar.

Intenté concentrarme en su melodía, pero tuve que dejar de mirarlas para poder responderles.

—Haré lo que me digan —susurré bajando la cabeza.

¿Por qué lo quieres hacer?

¿Para qué te ofreces a hacerlo?

¿Qué quieres hacer?

Muchas posibilidades se esconden detrás de muchas razones.

¿Cuál es la tuya?

—¿Mi razón? —dudé. Y pensé en por qué había estado orando todas esas noches—. Quiero una oportunidad —dije firme y repetí—: Quiero una oportunidad para revertir esto.

Entonces, serás la oportunidad.

Y antes de que pudiese entender a lo que se referían, me rodearon y apoyaron sus manos en mi cuerpo en una caricia etérea. Sentí durante unos instantes un calor intenso en mi espalda antes de que me incorporaran con sutileza. Quedé de pie frente a una de ellas, quien me entregó un cetro con una esfera blanca en el extremo superior. Lo tomé con ambas manos y la miré fijo, algo había cambiado en mí.

La Luna será tu vitalidad.

De ella te nutrirás, ya que eterna serás.

Las runas de tu espalda te conferirán la

compañía que nunca te faltará.

Entre la multitud los encontrarás.

Y la gloria tendrán si deciden accionar.

La jueza serás de la nueva realidad,

que el planeta tendrá que enfrentar.

Me observé, las observé, y me reconocí con una energía que no era mía. Tenía poder en mis manos y no comprendía bien todo lo que me decían.

La Sacerdotisa de la Luna serás.

La bendecida de Las Nornas.

La oportunidad de lo atemporal.

El recurso final.

Dos de ellas pusieron sus manos en mi frente, sin dejar de sostenerme de forma conjunta, y luego desaparecieron. Me sostuve del cetro para no caerme, me mareé y no podía ver absolutamente nada con nitidez. Frente a mí se mostraron un millar de imágenes. Información que más tarde entendí me indicaba mi nuevo rol como Sacerdotisa y los dones que eso conllevaba. Como si al tocarme la frente hubiesen abierto una memoria que jamás había transitado.

Creo que estuve horas hasta poder recomponerme de ese encuentro. Solo el paso del tiempo, y las memorias enajenadas que me hablaban, me permitieron avanzar como la Sacerdotisa. Cada sendero me mostró lo que podía hacer, cómo debía ser, cuál era mi propósito y qué quisieron decirme ellas al nombrarme como “la oportunidad”. Abrí los ojos una y otra vez para salir de ese letargo sin fin, empapada de una realidad que nunca me sería amena. De pie, en la cima de una historia que tendría que reescribir, incitando el deseo de salvación en los reinos que hubiesen perdido la fe y la voluntad.

Tal vez mi perpetuidad estuviese sujeta a la necesidad de esos reinos durante toda mi existencia, o tal vez mi existencia fuese necesaria para perpetuar el equilibrio impuesto por los dioses.

Solo tengo claro que soy una Guardiana de Luzhantga, velo por su vida y la de sus seres, como el enlace entre las raíces y lo divino, habitando un cuerpo que caminará interminablemente por el sendero dorado de la redención.

La tierra me nombra

El frío me abandona

La realidad me succiona

El despertar me llama

El tiempo se agota

El renacimiento de otra Era

Que me ama y odia

Capítulo 1

El despertar del cielo

El renacimiento de la tempestad. El peregrinaje trascendental. La elección. La mirada que atraviesa el alma. La pluma del manuscrito. En la lumbre del encuentro.

COSTA INVERNAL, AL OESTE DE MOREDAB

El joven se quedó tieso ante el grito de sorpresa del soberano. Los presentes guardaron silencio asimilando las palabras pronunciadas por el mensajero. El miedo inundó a los allí reunidos sin la intensidad adecuada.

Comenzaba una nueva era.

Los ojos negros del rey miraban la nada en un intento de procesar la información que cambiaría por completo la vida, tal como la conocían hasta entonces. “Imposible” fue la única palabra que repitieron sus labios resecos.

—Hace dos centurias que esto no ocurría —murmuró abatido.

—¿De dónde obtuviste la información? —quiso saber la reina.

—De la Sima Hierática.

El asombro acompañado de murmullos débiles volvió a extenderse por el salón de la corte. Saliendo de su ensimismamiento, el rey Xesao observó con detenimiento al muchacho que había pronunciado las palabras más indeseadas de toda la Costa Invernal. Sus ropas claras y livianas no le ofrecían ningún reparo al frío que estaba instalado en su reino desde siempre. La piel medio azulada de los faranneses era sumamente resistente al clima helado; todo su cuerpo, aunque flaco, tenía una dureza inigualable, lo que los hacía ideales para la vida en la Sima Hierática.

—Todos sabemos —comenzó diciendo con voz grave— que un mensajero farannes es el único que podría tener semejante información. —Hizo una pausa y tomó la mano temblorosa de su mujer, la cual estaba de pie junto al trono, y añadió—: Sería un estúpido si no entendiese lo que esto significa para todos. —Los ojos verdes del mensajero lo miraban sin pestañear—. ¿Cuál dijiste que era tu nombre, muchacho?

—Querot —respondió.

—Deduzco que este mismo mensaje está recorriendo todos los reinos de Moredab.

—Es correcto, la noticia habrá llegado hasta los Confines de Wixlow mañana por la noche, cumpliendo nuestro deber como mensajeros de la Sima —dijo cruzando las manos tras la espalda—. Prepare el reino para su llegada.

—Sí…, los papiros antiguos especifican lo que se debe hacer tras su despertar —agregó frotándose la sien.

—¿Y luego? —La reina miró a su esposo con miedo—. ¿Qué haremos?

La pregunta demandaba una respuesta que todos los allí reunidos necesitaban escuchar. El rey lo sabía y eligió muy bien sus palabras.

—Nos prepararemos para la guerra, al igual que todos los reinos de Moredab.

OMORAT, AL NORTE DE MOREDAB

Las puertas se cerraron después de una hora extenuante. Por fin sola, la reina Seranna salió al balcón a respirar el aire fresco que la noche sabia le ofrecía. Un ave dorada de tamaño colosal aterrizó cerca de ella. Dos segundos más tarde, otras dos aves gigantescas se le unieron.

Su cabellera rubia se meció con el viento cuando giró para ver a las recién llegadas, quienes abandonaron su forma ancestral para verse como simples humanos.

—Eso fue rápido.

—Luego de que el farannes se retirara a descansar, y enviara a la princesa a dar aviso, la noticia se extendió como el viento —explicó un hombre rubio.

—Sí, los días de calma han terminado —sonrió la reina con nostalgia—. Por favor, encárguense de los preparativos para su llegada, no sabemos cuándo lo hará, pero de seguro ya comenzó su recorrido.

—Quién hubiera pensado que viviría lo suficiente para conocerlos —susurró el más viejo—, las leyendas, vuelven a cobrar vida.

—Sí, y con ellas, la guerra.

TINOAN, AL ESTE DE MOREDAB.

Lonare dejó su espada contra la pared de piedra y se aproximó al arroyo donde su hermano lo esperaba con los pies en el agua. Su cabello colorado, largo hasta la cintura, estaba sujeto por trenzas de cuero. La piel bronceada y las cicatrices dejaban claro que era un monarca particular. Su hermano más joven, pero de facciones similares, se sumergió hasta el cuello en el agua tibia antes de comenzar a hablar.

—Me gustaría formar parte…

—¿De qué? —El tono cortante del rey del Este no amedrentó el siguiente comentario.

—De los Caballeros de las Runas.

—No es algo que puedas elegir.

—Lo sé, la Sacerdotisa es la única que los elige —se encogió de hombros—, pero creo que debe ser interesante convertirse en un héroe.

—Como siempre, eres un idiota, Guiro. —El enojo transformó su cara—. ¿De verdad quieres ser el perro faldero de una mujer que te quitará tu libertad?

El bosque frondoso compartió su música cuando el silencio se instaló entre ellos.

—Yo creo que es mucho más que eso… —susurró.

LOS CONFINES DE WIXLOW, AL SUR DE MOREDAB

—¡Vianta! ¡Relhay! —Ambos hermanos se dieron vuelta ante el llamado de su prima.

—¿Qué sucede, Zoebe? —preguntó con dulzura la mujer.

—Una mensajera… —dijo casi sin aliento, y al ver que no comprendían su ansiedad continuó— farannesa.

Se miraron entre sí antes de dirigirse al recibidor de cristal. De pie, entre las figuras de colores que dibujaba la luna, se hallaba la mujer de piel y cabello azulados.

—Bienvenida a Wixlow —dijo Relhay.

—Gracias a ambos por recibirme —hizo una leve reverencia—. Vengo a comunicarles una noticia que recorre Moredab —los miró con seriedad captando su atención, y agregó—: La Sacerdotisa de la Luna, Nerisáe, ha despertado.

Las gotas de agua helada seguían descendiendo de su cuerpo casi tan blanco como la nieve. Pero ella no tenía frío, ni tampoco calor. Su desnudez permitía apreciar las extrañas marcas que se dibujaban desde la nuca y que continuaban a través de la columna vertebral. Una niña, de apariencia adulta, se acercó hasta ella y comenzó a secarla con una tela suave; al mismo tiempo, otra joven igual a la anterior tomó la larga cabellera blanca y procedió a secarla.

La mujer se dejó hacer con absoluta naturalidad, moviéndose para la comodidad de las jóvenes que la atendían con tanta dedicación. Luego la vistieron con una túnica lila, se la ajustaron con una faja a la cintura y procedieron a peinarla.

Cuando hubieron terminado, ambas jóvenes se arrodillaron ante ella y le hicieron una reverencia.

—Bienvenida, Sacerdotisa —dijeron al unísono.

La mujer dio un paso al frente, se inclinó ante ellas y las abrazó para sorpresa de las gemelas.

—Chiniry, Chisana, gracias al cielo que están bien.

Las lágrimas inundaron los ojos de las nombradas y devolvieron el abrazo.

—Oh, madre —susurró una de ellas.

—Podrías no recordarnos—dijo la otra.

—Sí…, pero las recuerdo bien, mis pequeñas —les dijo acariciando sus cabellos castaños. Es una tragedia que haya tenido que despertar.

—Probablemente para el resto, pero para nosotras es una dicha—sonrió Chisana.

—¿Cómo te sientes? ¿Tienes hambre? —preguntó Chiniry.

—No, estoy bien, pero debemos partir.

—Los faranneses ya dieron aviso.

—Sí, tengo que reunir cuanto antes a los Caballeros. Esta vez desperté más tarde de lo que debía.

Levantándose las tres, caminaron hasta la salida del templo. El sol generó una sensación engañosa de calidez en la piel de Nerisáe, pero era eso, simple ilusión, ya que ella no podía distinguir entre el frío o el calor.

Miró a los ojos de las fieles seguidoras que la seguían.

—Comenzaremos pasando por la Sima Hierática, luego por Costa Invernal y continuaremos adelante hasta reunir a todos —hizo una pausa—. Sabemos cómo es esto; es crudo y no pueden existir vacilaciones.

—Sí, madre —asintieron ambas.

—Y recuerden que, aunque me pese en el alma, ante el mundo no soy su madre.

—Lo sabemos —sonrieron comprensivas—, somos tus sirvientas inmortales y nada más.

La Sacerdotisa asintió con una sonrisa débil y dándose media vuelta, comenzó a caminar.

COSTA INVERNAL, AL OESTE DE MOREDAB

La música incesante la siguió desde el preciso instante en el que había cruzado la puerta principal del reino. Su rostro serio e inescrutable se mantenía sin importar las palabras, gestos y acciones de la multitud de personas que la seguían. Era escoltada por cinco guardias firmemente armados y preparados para defenderla si fuese necesario. Su llegada no era bien recibida. Después de todo, ella podía llevarse a quien quisiera, con tan solo señalarlo. Una vez elegida, la persona tenía dos opciones: aceptaba, y era reconocido como héroe de su reino, yéndose junto a la Sacerdotisa al frente de batalla, o rechazaba el llamado y era desterrado con el peso de la deshonra.

Los elegidos eran veinticinco seres de distintas raíces, que pasarían a llamarse “Los Caballeros de las Runas”, fieles servidores de la Sacerdotisa, quien disponía de sus vidas a su criterio y siempre a favor de la victoria. Honor y sacrificio, eso representaba ser un caballero rúnico, alejarse de las familias y estar dispuesto a todo y más; pero a la vez significaba formar parte de un grupo de personas que tenía libre opinión ante Nerisáe y que no debía bajar la cabeza ante nadie más que ella.

Los disturbios no llegaron a mayores durante el trayecto al palacio. Las gemelas, junto a los soldados, mantuvieron a raya a quienes no hubiesen entendido cuál era su lugar y eso evitó mayores contratiempos. Los ojos violetas de Nerisáe observaban todo con sumo detalle. Entre los candidatos había más de dos Caballeros, ella los presentía, su corazón retumbaba con énfasis. Elegirlos era también condenarlos y ese detalle ella jamás lo olvidaría.

Las puertas del palacio se abrieron en el momento justo para que la Sacerdotisa ni siquiera tuviera que detenerse. La melodía cesó, y de pie, delante del trono, la esperaba el rey Xesao, un hombre canoso, un poco robusto y de baja estatura. Su postura erguida no flaqueó en ningún momento y eso la hizo sonreír internamente. Detrás, su mujer, de cabellera rubia recogida en un moño, mantuvo una sonrisa cordial.

El salón se llenó de gente, como era de esperarse; Nerisáe se detuvo en el medio del recinto y el mismo envión generó que su capa y túnica la envolvieran. Los pasos de Chiniry y Chisana se detuvieron detrás de ella sin vacilar. Y el silencio se hizo de una vez.

—Bienvenida, Sacerdotisa —el rey hizo una reverencia y fue imitado por todos—. Espero que su viaje haya sido placentero. —La pausa le permitió volver a enfocarse en la expresión frívola que tenía ante sí—. Todos sabemos por qué esta aquí. La invito, y le imploro, a que proceda con su tarea, para que luego podamos disfrutar de un banquete y me permita proporcionarle un aposento donde descansar.

Claro, conciso, certero. Típico del rey Xesao, pensó Nerisáe. La ansiedad bañaba la habitación y respiró profundo antes de responder.

—Agradezco su cálida bienvenida, rey Xesao —sonrió un tanto cínica y continuó—: Explicaré de qué manera vamos a proceder, si usted me permite.

Por toda respuesta, recibió una inclinación de cabeza de parte del soberano, aceptando su pedido.

—Elegiré a mis Caballeros; si aceptan, caminarán hasta posicionarse detrás de mí. Cualquier pertenencia que las familias quieran darles serán recibidas por mis asistentes —hizo un gesto señalando a las gemelas—. No habrá despedidas que demoren mi tiempo, ya que este es escaso —dijo mirando a la multitud—. Espero haber sido clara.

—Como desee, Sacerdotisa —reverenció el rey—. De más está decir que el honor y la gloria acompañarán a los héroes del reino que formen parte de los elegidos.

Cuando el silencio volvió, Nerisáe entendió que era el momento. Cerró los ojos brevemente, las respiraciones agitadas se hicieron notorias, la calidez provenía de su izquierda, punzante y sin vacilaciones. Cuando los abrió nuevamente lo observó. De pie, junto a su familia, un hombre de cabello rubio y bigotes abrazaba a su esposa, quien sostenía un niño en brazos. Dio unos pasos hacia él y llamó su atención con un gesto.

—Dime tu nombre.

—¡No!¡Por favor! —El grito de la mujer fue acallado por un apretón del marido, quien la miró serio antes de volver la vista a la Sacerdotisa.

—Nero; me llamo Nero, Su Majestad. —No dejó de mirarla, aunque su mujer se hundía en llanto.

—A partir de hoy tu nombre será “Fehu”, si aceptas ser mi caballero. —Como toda respuesta, el hombre se arrodilló.

—Es un honor, Sacerdotisa, seré su fiel caballero hasta la muerte.

El grito de desesperación se unió al llanto del niño, y varias mujeres rodearon para contener a la esposa que sería abandonada. Sin mirar atrás, el hombre se levantó y caminó hasta posicionarse detrás de la joven.

Los murmullos acallaron cuando Nerisáe se dio vuelta y caminó en la dirección opuesta, junto al trono, donde se encontraba un soldado que llamó su atención.

—Quítate el casco, por favor.

Con manos temblorosas el aludido hizo lo que se le ordenaba, dejando ver a un joven que no superaba los veinticuatro años. Tardó unos segundos hasta armarse de valor y mirarla de frente. Los ojos color café eran profundos y sinceros.

—Tienes fortaleza, la tierra te ama —comentó la Sacerdotisa—. ¿Aceptas ser mi caballero?

—Acepto, Su Majestad —dijo inclinando todo lo que le permitía su armadura

—Bien, tu nombre será “Ken” a partir de ahora.

El asentimiento y los pasos dudosos lo condujeron hasta llegar junto al otro elegido. Nerisáe miró al soberano.

—Debo recorrer el reino en busca de los demás —fue su anuncio antes de darse vuelta y salir por las puertas del palacio.

Las gemelas, los dos elegidos y algunos guardias la siguieron de cerca en silencio. Xesao se bajó del trono y la siguió escoltado por más soldados. Las calles adoquinadas del pueblo hacían eco de los pasos a medida que avanzaban, las habladurías retomaron su curso con miedos y desdén.

La buscadora frenó el paso de repente e hizo una señal de que no la siguieran. Junto al puerto, una mujer mayor estaba sentada sobre un banco de madera. El rodete trenzado de pelo blanco enmarcaba un rostro añejado y sabio. La anciana la vio llegar y le sonrió.

—Hola, querida —Nerisáe se sorprendió, pero intentó no demostrarlo.

—Señora, tiene un aura sumamente bella —sonrió con sutileza—, parece que aún tiene mucho que hacer.

—Así parece. —Sus ojos verdes eran acogedores.

—Entonces, ¿acepta?

—Por supuesto, niña, si el cielo tiene algo preparado para mí lo recibiré con gusto. —Hizo una pausa y dijo—: Pero me temo que mi paso cansado demorará tu camino.

—No se preocupe por eso. —Y miró a Xesao—: ¿Podría proveerme de un carruaje para la mujer?

—En seguida —respondió, y con un gesto al guardia, trajeron un carruaje chico y sin techo de unos pobladores, quienes fueron recompensados con monedas de oro. El mismo fue dejado en el camino junto a la Sacerdotisa.

—Venga, señora —dijo, y tomando las manos delicadas de la anciana, la guió hasta el carruaje. El primer elegido, Fehu, se acercó y le tendió otra mano a la mujer para ayudarla a subir los dos peldaños del transporte—. Gracias, caballero —dijo Nerisáe antes de mirar a las gemelas—. Chiniry, sube junto a ella, y procura que esté cómoda.

En pocos minutos, la señora y la niña se encontraban sentadas en el vehículo ante los ojos críticos de la multitud.

—Su nombre a partir de ahora será “Isa”. —La anciana asintió con una sonrisa y el camino continuó.

El próximo elegido estaba junto a sus abuelos, a la vera del camino. Un muchacho de treinta años, cabello rojizo y algo desaliñado, pero esta vez la Sacerdotisa no se acercó, simplemente lo señaló.

—Dime tu nombre. —Los abuelos disimularon la conmoción.

—No, a mí no, no quiero. —Los ojos desorbitados del muchacho la miraron con miedo—. ¡Vete! No quiero morir… ¡No quiero morir!

Los guardias se pusieron en tensión, preparados por si la situación se descontrolaba.

—Cálmate —dijo con vos pausada la aludida—, piensa bien cuáles van a ser tus siguientes palabras, porque de eso depende tu vida.

—¡¡Mi vida ya no es mía desde el momento en que me miraste!! —gritó—. ¡Maldita! ¿Piensas que vamos a morir por ti?

—Si has de morir, lo harás por una causa mayor —dijo sin inmutarse la Sacerdotisa.

—Te odio, pero no, no te permitiré humillarme —sacó un arma con manos temblorosas.

Y todo pasó muy rápido. Los abuelos del muchacho gritaron, la multitud se espantó y descontroló, los soldados desenfundaron sus espadas, el rey fue rodeado por escudos protectores, Chisana se paró delante de Nerisáe y ambos Caballeros la imitaron; pero sin siquiera dudarlo, el muchacho se disparó en la cabeza y cayó con un golpe seco al suelo.

El silencio se mantuvo por unos segundos, segundos que le permitieron a la joven observar el cuerpo y el aturdimiento de los familiares. Otra vez, su obligación había desencadenado otra muerte, innecesaria. Sin pronunciar palabra, siguió caminando hacia adelante, ella debía continuar, sin importar nada, porque de ella dependía la victoria de la guerra, y los sentimentalismos no tenían lugar en el choque de espadas y bombas.

Aún perturbados, los Caballeros la siguieron junto a Chisana. El carruaje se puso en movimiento, y luego de dar la orden de limpiar el desastre, el rey también la siguió. Detrás quedaba un cuerpo, un deshonor y una deshonra para la familia del suicidado, nada más.

Sin decir nada, la mujer entró a una casa donde los integrantes le abrieron paso como si quemara. Tardó unos minutos en salir seguida por otro muchacho de treinta dos años que, sin dudarlo, se posicionó cerca del carruaje con los demás. Nerisáe miró al rey.

—Xesao, he terminado mi búsqueda en tu reino, el resto de los Caballeros serán encontrados más adelante. Agradezco tu hospitalidad, pero preferiría seguir camino y no detenernos a descansar.