Netz - David Nel - E-Book

Netz E-Book

David Nel

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Beschreibung

«Netz es una sorprendente novela de ciencia ficción social de trama sólida, narración fluida y giros inesperados. La tercera novela de David Nel engancha, impacta y divierte, pero también hará que el lector reflexione y se haga preguntas. ¿Está nuestra sociedad preparada para ciertos progresos tecnológicos? ¿Podría esta historia ocurrir de verdad?» - Editorial Distrito 93 A Sergio Peralta, un tenista retirado en horas bajas, no le gusta que le llamen ludópata. Él es un inversor responsable que gana su sueldo de manera lícita con las apuestas deportivas. Solo hay un problema: tanta legalidad le aburre. Por eso, cuando Chatham Bets le ofrece viajar a Las Vegas para participar en un exclusivo e impactante juego de apuestas, no duda en dejarlo todo y coger el primer vuelo. De acuerdo, tal vez aquel negocio sea menos limpio de lo que pensaba. Puede que espiar a la gente a través de las cámaras de sus dispositivos traspase alguna línea. Y quizás eso de apostar por sus eventos cotidianos y ganar dinero con sus desgracias se adentre a veces en terrenos demasiado sórdidos. Pero ¿acaso importa? Las víctimas no se van a enterar, y Sergio se va a hacer rico mientras se lo pasa como un niño. ¿Qué podría salir mal? «NETZ es una novela ligera pero con un interesante fondo. A través de una narración ágil, plagada de humor e ironía y unos personajes tan bien construidos que te parecerá conocerlos «de toda la vida», plantea cuestiones para la reflexión que te harán dudar sobre la conveniencia de subir la foto de tu gato a cualquier red social» - Consuelo Abellán, blog Consuleo «Imposible soltar Netz una vez te atrapa. Y vaya si te atrapa. David Nel escribe ciencia ficción, pero además domina las claves del thriller a la perfección y sabe cómo mantener a sus lectores con el alma en vilo hasta el último capítulo» - Beatriz Alcaná, web Algunos libros buenos.

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Seitenzahl: 504

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Netz

David Nel

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

© David Nel (2022)

© Bunker Books S.L.

Cardenal Cisneros, 39 – 2º

15007 A Coruña

[email protected]

www.distrito93.com

ISBN 978-84-18783-99-9

Depósito legal: CO 683-2021

Diseño de cubierta: © Distrito93

Fotografía de cubierta: © Distrito93

Diseño y maquetación: © Distrito93

Pensé que os gustaría escuchar las canciones que aparecen en la novela, por eso he creado una lista en Spotify que incluye todas ellas. Es una mezcla un tanto hortera, pero entenderéis por qué cuando paséis las páginas y conozcáis a Dylan Ramones.

La lista se llama «Novela Netz» (DNel). También podéis acceder a ella a través de este código:

Vorspiel

No es fácil recortarse las patillas igual que Sergio Peralta.

Muchos piensan que basta con afeitarse la barba por debajo de una línea horizontal imaginaria a la altura del lóbulo, pero se equivocan. Quien así lo crea, no es un verdadero admirador del hombre del momento.

«Y yo debo demostrar que sí lo soy», piensa el camarero mientras marca la línea a lo largo de su mejilla con un rotulador lavable. Lo del lóbulo es un mito. En realidad, la altura es lo de menos. Lo importante es que el vértice de la patilla quede lo más cerca posible de la comisura de los labios.

Una vez rasurada la mandíbula, procede a pasarse la hoja por los pómulos con extrema delicadeza. Lo esencial ahora es recortar el límite superior de la patilla siguiendo una curvatura cóncava, de forma que se alcance el efecto de media luna.

Satisfecho con el resultado, pasa a darse el último retoque. Se afeita por completo el bigote y la barbilla, excepto por una estría vertical bajo el labio inferior. «No se llama estría», se corrige a sí mismo. Lady pleaser. Así es como la llama Sergio.

Se lava la cara, se echa unas gotas de aftershave de marca blanca y se mira al espejo con detenimiento para buscar imperfecciones. Se retira un par de pelos rebeldes con unas pinzas, maldice a su vello facial por crecer pelirrojo, y, antes de dar el resultado final por bueno, se promete a sí mismo que, si las propinas de hoy son generosas, se comprará un tinte negro para parecerse incluso más a su ídolo.

Está preparado.

Son las tres y cuarto de la tarde del segundo viernes de junio y la semifinal masculina de Roland Garros está a punto de comenzar. El camarero sale del cuarto de baño, se coloca sus smartglasses y abandona su piso de alquiler cabizbajo, sin dirigir la mirada hacia el salón. Sabe que sus compañeros acaban de encender la televisión para ver el partido de tenis más importante en lo que va de año mientras se dan un buen festín. El olor a pizza boloñesa precocinada les delata.

Se habría quedado a ver a Peralta con ellos de buena gana, pero hoy le toca turno de tarde y, por supuesto, nadie ha querido cambiárselo. Recuerda con añoranza los tiempos en los que él era el único al que le interesaba el tenis. Ahora, nadie quiere perderse este partido, incluidos sus compañeros del bar.

«Por lo menos el domingo podré ver la final», se consuela. No tiene ninguna duda de que Peralta la alcanzará.

Camina hasta Príncipe Pío y toma la línea diez de metro, cuya afluencia hoy es varias veces menor de lo habitual. Apenas reparando en el lujo de poder sentarse, realiza todo el recorrido sin apartar la vista de la parte inferior de su campo de visión. Ahí, sus smartglasses, a través de la aplicación LiveFlash, le muestran una actualización a tiempo real del partido.

—¿Cómo va? —le pregunta una señora cuando el trayecto está a punto de finalizar. Lleva glasses también, de esas con falsos diamantes sobre la montura, pero, o se ha quedado sin batería, o no tiene ni idea de cómo comprobar el resultado por sí misma.

—Dos a uno en el primer set —responde él—. Acaba de romperle el servicio.

—¡Oh, mi Sergio! ¡Ya lo tiene casi hecho!

El camarero mira hacia otro lado. No está aquí para entretener a ancianas que, hasta hace unas dos semanas, ni siquiera sabían lo que era el tenis. Para ser más exactos, hasta el día en que Sergio Peralta anunció que se casaría con su novia si lograba alzar el título de Roland Garros.

—Es buen chaval, ¿no crees? —insiste ella—. Espero que consiga que esos vampiros de la ATP se replanteen mejorar los ingresos de tenistas pobres como él.

Por suerte, en ese momento, el altavoz anuncia la llegada a la parada de Tres Olivos. El camarero se levanta y se coloca junto a la puerta del vagón, ignorando a la señora y centrándose en las noticias del partido. Juego en blanco y tres a uno. Sergio es un ciclón, como era de esperar.

Tras ascender las escaleras mecánicas de dos en dos, siente una bofetada de calor en cuanto sale a la superficie. Se plantea por un instante recorrer las seis manzanas que lo separan del bar de la manera más pausada posible, para así no empapar la camisa blanca de sudor, pero enseguida lo descarta. Están mostrando el partido en televisión y, con toda seguridad, su jefe seguirá echándose la siesta. Eso significa que él podrá ignorar a la clientela y terminar de ver el primer set mientras el aparato de aire acondicionado seca los chorros de sudor que mantienen su camisa pegada a la espalda. Activa el modo «gafas de sol» mediante un comando de voz y acelera el paso.

Al llegar al bar se percata en el acto de que va a ser una tarde ajetreada. Pese a que no hay rastro del jefe, las quince mesas del comedor están ocupadas y frente a la barra se amontona tanta gente que por un momento el camarero se pregunta si hoy se regalan los gin-tonics. Dos televisiones, colocadas a ambos extremos del local, muestran cómo Sergio Peralta dispone ya de dos puntos de set. Mira el reloj de sus glasses: marca las 16:01. Llega un minuto tarde y quizá se esté jugando el pescuezo, pero cree que puede permitirse disfrutar de esta última jugada.

Es en ese momento cuando el ídolo nacional comete su primera doble falta. La audiencia del bar apenas le da importancia, aunque sí hay quien comenta que esto no le había ocurrido en todo el torneo.

—De hecho, no ha perdido ningún punto así en toda la temporada de tierra —añade alguien desde una mesa cercana a la entrada. Se trata del arquetipo de cliente habitual: un tipo entrado tanto en años como en carnes que balancea su chupito de Ruavieja como si fuera un Pesquera reserva del 2023.

A Peralta todavía le queda un punto de set, pero, ante el asombro de los espectadores, lo desperdicia con otra doble falta. Deuce. Esta vez los clientes sí parecen contrariados.

—Me sé de uno a quien le cuesta cerrar los partidos —ataja el carcamal de antes con contundencia. Tiene pinta de hablar desde la sabiduría que le otorga el haber leído el artículo del Marca aquella mañana.

—No le culpo —señala otro viejales cerca de él—. Si la victoria significase que debo pasar por el altar, yo también estaría regalando dobles faltas como un loco.

A su comentario le sigue un coro de risas que el camarero conoce muy bien. Proceden de bocas desdentadas que, en el mejor de los casos, apestan a ginebra o a brandy y, en el peor, a callos o a salsa alioli. Sus dueños las usan para, sobre todo, dos funciones: pedir otra copa y criticar a alguien que no está allí presente. Alguien que, por defecto, suele tratarse de una mujer.

Mientras repasa mentalmente las razones por las que sigue trabajando en aquel tugurio, el camarero observa cómo Sergio Peralta pone la siguiente bola en juego.

Ace. Ahora sí. Ventaja suya.

Vuelve a servir para adjudicarse el set, y esta vez no lo desaprovecha. Inicia la jugada con un buen cañonazo, uno de esos que le han llevado en volandas a la semifinal. El resto del rival, un flojo revés que vuela cándido sobre la red, se queda a media pista. Peralta ahí no tiene piedad. Le arrea un derechazo y coloca la bola justo en la línea de fondo, fuera del alcance de cualquier mortal. Sin siquiera comprobar si ha entrado, alza el puño al aire.

El bar al completo lo celebra y los carrozas sentados en las mesas cercanas a la entrada le recriminan su desconfianza al incrédulo del Ruavieja. Acto seguido, y aprovechando la pausa, muchos de ellos reclaman su siguiente bebercio a gritos de «jovenzuelo» y «mozalbete», algo que al camarero le da tanta grima que tiene que apretar los dientes y desviar la mirada a la vez que avanza hacia el cuarto de baño. Ese es el instante en el que se da cuenta de que hay un cliente nuevo en el bar, un joven corpulento sentado sin compañía en la mesa trece.

Lo de joven es relativo, claro, ya que solo se le podría definir así tras compararle con la clientela habitual. Su aspecto aseado también contrasta con el de aquellos fósiles malolientes. El pelo, recio, negro y demasiado cerca de sus cejas, ha sido engominado y peinado hacia un lado con pulcritud. Viste un traje oscuro de raya diplomática, todavía con la doblez de los pantalones intacta, y una camisa azul celeste con los dos botones de arriba desabrochados, dejando asomar una exuberante pelambrera. Sin corbata, esa es la única concesión al calor madrileño de principios de junio.

Al pasar a su lado, el camarero se da cuenta de que todavía huele a aftershave —a uno más caro que el suyo—. Sobre su mesa descansa intacto un croissant a la plancha y una manzanilla fría a medio beber. Es un pedido inusual a estas horas del día, aunque no es ni de lejos lo más extraño que ha visto en este antro.

Olvidándose de él, el camarero accede al baño para cambiarse y comenzar su turno.

Los primeros minutos de trabajo siempre le producen una sensación ingrata. El jefe les obliga a quitarse las glasses, lo cual elimina el filtro con el que acostumbra a ver la realidad. Durante la jornada laboral, no hay forma de evadirse. Si no le gusta lo que ve, algo que, en aquel lugar, es la norma más que la excepción, no puede desviar la mirada hacia la parte inferior de su campo de visión para consultar el pronóstico del tiempo o leer un mensaje de su grupo de dardos de Carabanchel. Un motivo más para odiar su puesto y fantasear con que lo deja ese mismo día, por mucho que necesite las propinas de esos vejestorios para comprarse el tinte negro y parecerse un poco más a Sergio. Malditas patillas pelirrojas.

Al principio, todo transcurre en calma. La parroquia está de buen humor y lo demuestran pidiendo bebidas alcohólicas a un ritmo que excede tanto la capacidad de sus bolsillos como la de sus maltrechos hígados.

El camarero suele juzgarles por ello para sus adentros, pero hoy reconoce que la ocasión lo merece. No todos los años el país cuenta con un representante en las semifinales de un Grand Slam. Desde las retiradas de Nadal y Alcaraz, el país había quedado huérfano de tenistas ilustres.

Hoy, eso se ha acabado.

Y no se trata de cualquier tenista, sino de uno con una trayectoria un tanto peculiar.

Sergio Peralta Dieye.Un tipo al que, hace unos meses, solo seguían los acérrimos de este deporte. Aquellos que, como el camarero, se dejaban crecer las patillas al estilo tridente para imitarle. Ellos eran los que aseguraban desde la década pasada que se trataba del mayor talento que ha dado el país y que solo había que esperar a que llegase su oportunidad. Ahora, a sus treinta y dos primaveras, ese momento parece haberse hecho realidad. Peralta está viviendo la cresta de su carrera, rompiendo varios récords que parecían impensables a su edad y poniendo en vilo a toda la nación.

Acostumbrado a vagar entre el puesto 200 y 400 de la ATP —«un pozo sin fondo de gastos», como él mismo lo llama—, nunca consiguió hacerse un hueco entre los grandes torneos. La revista World Tennis lo consideraba «la eterna promesa del circuito ITF», mientras que Smash iba aún más allá, describiéndolo como «un jugador con un don indiscutible, pero de mente pequeña, condenado a pelear por una plaza en competiciones Challenger que rara vez ganará». Y no les faltaba razón. Sergio no conseguía despegar y reunía apenas los suficientes ingresos como para cubrir los gastos resultantes de volar con su equipo de un lugar a otro de Europa, persiguiendo un sueño que cada vez parecía más lejano.

Por suerte para él, todo cambió a comienzos de este año, cuando se le presentó la oportunidad de participar en el Abierto de Córdoba, todo un torneo ATP 250. En su situación, muchos habrían rechazado la invitación por las casi nulas probabilidades de pasar de segunda ronda y recuperar los gastos del desplazamiento a Argentina, pero Sergio decidió correr el riesgo.

Si bien es cierto que la tierra batida siempre fue su terreno favorito, el torneo estaba plagado de tenistas argentinos, chilenos y uruguayos que habían ganado competiciones de primer nivel en esa superficie. Por eso, cuando se alzó con el título, a todo el mundo le sorprendió la naturalidad con la que él mismo aceptó la victoria.

«Siempre creí que podría —tuiteó aquella misma madrugada—, solo me faltaba el apoyo de una persona para saberlo. Gracias, Elenita. Te quiero».

Así fue como comenzó a hacerse un nombre entre el público español, siempre ligado al de su inseparable compañera.

La victoria en Córdoba, menor para muchos, pero todo un hito para él, le abrió las puertas del Masters 1000 de Madrid. Aunque no contaba con el ranking necesario, la organización del torneo le concedió una wild card para participar. Su racha continuó, y se convirtió en el jugador con el puesto más bajo en ganar un torneo de esa categoría, además del primero que se proclamó vencedor de la competición madrileña tras acceder al cuadro mediante invitación.

Este triunfo le colocó en primera plana, no solo de la prensa deportiva, sino también del corazón. Se trataba de un tipo atractivo, de rasgos étnicos poco comunes y patillas pintorescas, que parecía obsesionado con narrar cada minuto de su vida en las redes sociales. La gente le adoraba tanto a él como a Elenita, una estudiante sevillana con aspiraciones de influencer con quien salía desde hacía un par de años.

El de Roma fue el primer torneo ATP en el que pudo participar gracias a su ranking. En esta ocasión, los expertos ya no consideraban su juego tan inofensivo y la prensa mundial empezaba a tomarle en serio. Aun así, de ahí a señalarle como candidato al título había un trecho, por lo que volvió a sorprender a todos cuando se proclamó campeón tras vencer en una final espectacular al número cuatro del mundo.

En España, la locura estaba servida. Por fin había nuevo ídolo y, además, se trataba de alguien que disfrutaba siéndolo. Apariciones en los podcast y canales de vídeo del momento, páginas y páginas en la prensa, un millón de seguidores en Twitter… Sergio Peralta había conquistado a los españoles, quien, de la noche a la mañana, parecían haberse convertido en expertos en este deporte.

Y Roland Garros se encontraba a la vuelta de la esquina. Lo mejor estaba por llegar.

El camarero se pone manos a la obra y atiende a las mesas que el inútil del compañero del turno anterior ha dejado esperando durante al menos media hora. En ocasiones normales, los clientes lo habrían pagado con él y se habrían encargado de que su tarde fuera lo más miserable posible, pero hoy están distraídos con Peralta. Se asegura de que no queda ningún pedido pendiente y se regala unos segundos para reengancharse al partido.

Sergio domina el segundo set y avanza por el marcador a velocidad de crucero. Pese a ponerse 3-0 arriba, decide bajar una marcha y, a partir de entonces, se lleva solo los juegos en los que sirve él, lo cual es más que suficiente para colocarse dos sets a cero. Uno más y estará en la final.

Él no parece consciente de ello. Sin celebrar el set y con gesto concentrado, se dirige trotando al banquillo, donde dedica unos segundos a cambiarse de calcetines, algo que le hace especial gracia al camarero. «A lo mejor son ciertos los rumores sobre…».

—¡Tú, el de las patillas coloradas, despierta!

El gordo del Ruavieja, quién si no. El camarero consigue controlar un arrebato de furia y le devuelve una mirada atenta.

—¡Otra ronda por aquí! ¡A ser posible, antes de que se jubile Peralta!

Obedece y, tras realizar un esfuerzo titánico para no lanzarles los chupitos a la cara a esa panda de parásitos sin educación, se dirige al resto de mesas para apuntar las nuevas comandas.

—Póngame otra manzanilla, por favor —pide el cliente nuevo, el de la frente peluda. Es feo como un demonio y tan grande que las rodillas apenas le caben bajo la mesa, pero al menos tiene modales.

Frente a aquel hombre descansa un cuaderno de notas lleno de anotaciones y tachaduras, ambas garabateadas con un bolígrafo rojo. Al camarero le ocurre como cada vez que atiende a alguien distinto al cliente habitual: siente la necesidad imperiosa de sentarse a razonar con él, de preguntarle qué diantres le trae por el bar más cochambroso del norte de Madrid. ¿Es casualidad? ¿O es que aquella tarea tan importante durante la cual ni siquiera puede tomarse una cerveza debe ser realizada en la compañía más rancia de la capital?

A sabiendas de que nunca obtendrá la respuesta, continúa trabajando. Pone el piloto automático y se olvida de todo lo demás.

Los alaridos del gentío le sobresaltan al rato, mientras sirve a la mesa ocho. Esto provoca que derrame unas gotas de café irlandés sobre la espalda de un señor que, si bien no representa el epítome de la amabilidad, tampoco ha hecho nada para merecerlo. Por suerte, él no parece darse cuenta, ya que está ensimismado, como todos los presentes, en lo que sucede en la pantalla.

El camarero levanta la vista y arquea las cejas al ver el resultado. Sergio acaba de perder su saque y el marcador del tercer set se sitúa en cuatro juegos a tres en su contra. El asombro de los espectadores se debe a que esta es la primera vez que sucumbe ante un punto de break desde… bueno, desde que le conocen, lo cual, en realidad, no es tanto tiempo.

—Y, aun así, parece que llevamos años aguantándole —se lamenta otro viejo.

El camarero admira los logros deportivos del tenista, pero no le queda más remedio que reconocer que Peralta puede llegar a resultar algo cargante con algunos temas. Más en concreto, con aquellos en los que haya dinero entre medias.

Aunque esta opinión no refleja en absoluto el orgullo y simpatía que el nuevo ídolo genera en el resto del país, hay algo en lo que tal vez habría que darle la razón al anciano gruñón. Sergio Peralta no ha tenido reparos en hacer públicas una y otra vez sus dificultades financieras, denunciando el trato que la ATP da a los jugadores que están por debajo de los cien primeros puestos.

«Si vives en Madrid y eres el número 250 del mundo en fútbol o baloncesto, tu mayor problema es decidirte entre un chalet en La Moraleja o en La Finca. En tenis, te pensarás dos veces si puedes permitirte ir en taxi a uno de estos dos barrios». Ese fue su último tuit al respecto, pero no el más polémico. Aquel honor correspondía al comentario que a punto estuvo de dar al traste con su carrera incluso antes de que despegara. «La ATP, el espejo del capitalismo. Un embudo de ganancias secundado por tenistas hipócritas. Cuanto más alto llegan, menos luchan contra el sistema que tantas trabas les puso para llegar ahí. Que se jodan los que vienen detrás».

Hace unas semanas, por si su mensaje no había quedado claro, subió a las redes un concienzudo análisis sobre el balance financiero anual de un tenista en el puesto doscientos. «Ingresos medios: 161.354 dólares. Gasto medio: 207.682 dólares. La vida glamurosa que imaginabais consiste en perder dinero de forma sistemática. La ATP necesita un cambio YA».

Lejos de generar animosidad, su transparencia, su condición de underdog y su imagen de desamparado que necesitaba tener a la justicia de su parte le granjearon la simpatía de un país que siempre había creído que ser jugador profesional de tenis era sinónimo de lujuria. Él rompió el mito e hizo que la gente se sintiera identificada con él. «La esperanza de la clase trabajadora», «un Robin Hood con raqueta», «el Atleti del tenis»… Los apodos cariñosos no se hicieron esperar.

Esto, unido a su relación con Elenita, cuya cuenta de Storygram ganaba seguidores de manera exponencial, le catapultó a la fama. Ella se hacía eco de su mensaje y lo ampliaba con información aún más personal. Así, consiguió multiplicar sus fans y llegar a un público al que el tenis siempre le había dado igual: el tipo de gente que encontraba adorable que el tenista se hubiera comprometido a pedirle matrimonio a su novia en cuanto sus ingresos se lo permitieran. Eso sí, para un seguidor de aquel deporte de toda la vida, como el camarero de las patillas pelirrojas, a veces costaba distinguir si estabas apoyando a un deportista o viendo un reality show.

El tercer set llega al tie-break.

A pesar de haber recuperado el saque que perdió en el fatídico séptimo juego, las sensaciones en este set nunca han llegado a ser tan buenas como en los dos primeros. Peralta no sirve con la contundencia de antes y ha cometido errores no forzados poco propios de él. Se le nota nervioso e incluso ha llegado a pedir la revisión del árbitro varias veces, algo a lo que no acostumbra. La muerte súbita no hace más que acentuar su mal momento y acaba cediendo el tercer set sin oponer demasiada resistencia.

El camarero tuerce el gesto. Sí, tanto oír hablar de Peralta puede resultar tedioso, pero siempre ha sido su ídolo y le seguirá apoyando. Además, es español. Lo animaría en la pista aunque confesara ser adicto a la zoofilia y seguidor del Barcelona. Por lo menos, esto significa que los clientes se quedarán en el bar un rato más. Más pedidos, más propinas.

Nota como las miradas se vuelven hacia él cuando la retransmisión se interrumpe para una pausa publicitaria. Postergando el momento de lidiar con cavernícolas arrogantes, se dirige a la mesa trece. El hombre del traje impoluto sigue ahí y, por alguna razón, parece de muy buen humor. Se balancea hacia atrás en la silla, que parece pedir clemencia por el peso de su usuario, y examina sus notas con satisfacción. O tal vez esté leyendo algo divertido en sus Iglasses.

—¿Desea algo más, señor?

—Un menta poleo con churros, por favor.

De acuerdo. No va a cuestionar aquel estrafalario pedido. Además, lo que de verdad le intriga es la sonrisa de complacencia de este tipo tras el fracaso de Peralta en el tercer set. Puede que él sea de aquellos a los que les cae mal el tenista.

El camarero se salta el protocolo e ignora las manos levantadas de las demás mesas para traerle la infusión de inmediato a su cliente favorito de hoy. Una vez la taza humeante descansa frente a él y este le da las gracias de manera efusiva, se dirige a cumplir su obligación con el resto de la clientela.

En lugar de la reprimenda que esperaba, le reciben con indiferencia. El cuarto set ha empezado muy reñido y no apartan la vista de la pantalla.

—Está nervioso —afirma categóricamente un tipo raquítico que luce la camiseta del Getafe.

Los demás no tardan en defender al tenista.

—Son semifinales de Roland Garros. Lo raro sería que no lo estuviera.

—Ha perdido contundencia en el saque, pero sigue aguantando el pulso.

—Nos olvidamos de que el rival es un top ten y él ni siquiera había participado antes en un Grand Slam.

El camarero, por dentro, le da la razón a este último. La euforia se ha apoderado del país en los últimos días, pese a que lo correcto sería no depositar ninguna expectativa en Peralta. En la primera semana del torneo, cada victoria suya desencadenó celebraciones nunca vistas en el tenis español. Bares a rebosar, coches pitando por las calles, borrachos con la bandera española cantando en las fuentes… este año no hay Mundial ni Eurocopa de fútbol, y el Abierto de Francia ha reemplazado a ambos. Los noticiarios deportivos no dedican tiempo a nada más, Peralta acapara portadas de periódicos y tanto sus tuits como los de su novia se vuelven virales sin importar su contenido. Ni siquiera Nadal tenía ese impacto cuando ganaba en las primeras rondas de un grande.

En cuarta ronda, Sergio eliminó al número cinco del mundo en tres sets, y los expertos coincidieron en señalar aquel partido como el de su consagración. Un afamado exjugador, ahora comentarista, señaló que «por fin empieza a usar la cabeza», algo que no pareció gustarle nada a Elenita. «Si la hubieras usado tú hace unos años, habrías ganado algún Roland Garros. Dos veces llegaste a la final y dos veces volviste con el rabo entre las piernas» tuiteó malhumorada. Poco importó que se tratara de un querido tenista que llegó al número dos del ranking ATP y que había sido capitán del equipo español de Copa Davis. La gente se volcó con la novia de Peralta sin ningún respeto por una leyenda de nuestro tenis. Así era el nuevo público de este deporte.

Con estos antecedentes, no cuesta imaginar la expectación con la que se vivieron las horas previas al duelo de cuartos de final, en el que Peralta se mediría al número uno mundial, ni la locura que se desató cuando se deshizo de él con una superioridad insultante y sin perder un solo set.

Tenísticamente hablando, su racha y su ascenso no tenían precedentes. Había pasado del puesto 279 al 19 en dos meses, tras participar en solo tres competiciones. De ganar el torneo francés, algo que ahora parecía muy factible, estrenaría puesto dentro del top ten mundial a la semana siguiente. Y, como añadirían muchos de sus nuevos seguidores, Elenita luciría orgullosa su anillo de compromiso.

Todo ello, por supuesto, pasa por vencer hoy, algo que le está costando más de lo esperado.

Su rival, el coreano Park Hyeon-suk, cuenta con un ranking superior —es el noveno del mundo—, pero su trayectoria en la competición ha sido muy diferente. Su mayor logro, eliminar al quinto cabeza de serie en cuartos, solo fue posible porque este se retiró lesionado, y sus anteriores victorias se produjeron contra rivales menores y siempre cediendo al menos un set. No está en forma, no es especialista en tierra y dicen que arrastra molestias en el hombro.

Por primera vez en un partido ATP, las apuestas están a favor de Sergio Peralta. O, por lo menos, lo estaban antes del partido. Viendo el desarrollo del cuarto set, tal vez vuelvan a igualarse.

Los temores del camarero se van materializando poco a poco. Cada vez que el ajetreo del bar le deja un respiro para mirar a la pantalla, se percata de que la dinámica del partido está dando un giro radical. Sergio ha perdido su seguridad y su concentración. Se enfada tras varios fallos de principiante e incluso llega a tirar la raqueta al suelo. Tal y como se veía venir en los primeros juegos del set, recibe un break en contra, de nuevo en el séptimo, con la diferencia de que esta vez no consigue recuperarlo. Park gana los dos siguientes y se adjudica el set por 6-3.

Parecía impensable hace tan solo dos horas, pero han llegado al quinto set. El partido empieza de nuevo.

El camarero, contrariado, vuelve a fijarse en el señor corpulento del traje a rayas, esta vez sin disimulo. Aquel tipo parece estar disfrutando de lo lindo con el partido. La curiosidad puede con el mozo y, con la excusa de preguntarle si desea algo más, se acerca de nuevo a su mesa para descubrir qué narices está anotando en aquellas hojas.

Consigue fijarse en ellas mientras el hombre piensa en su nuevo pedido, pero no consigue descifrar nada de lo que ha escrito. Para él, solo se trata de números, cálculos y signos sin sentido.

Durante la pausa que precede al quinto set, los clientes apenas piden nuevas consumiciones. El partido dura ya más de cuatro horas y, al fin y al cabo, este no deja de ser un bar de pobres. No muchos pueden permitirse más de dos cervezas en un solo día, y también hay que dejar algo para la final.

«Si llegamos a ella».

El camarero se coloca junto a la barra para poder ver el partido en la pantalla del fondo sin perder de vista ninguna de las quince mesas. Además, así se sitúa muy cerca del misterioso señor, de modo que puede estudiarle. Tal vez pueda descubrir qué es lo que se trae entre manos antes de que esto acabe. ¿Y qué si se está obsesionando? Eso es lo que pasa cuando te quitan las glasses. Debes entretenerte con el mundo real.

Vigilar sus movimientos le deja al camarero más confuso todavía. Celebra algunos puntos de Peralta, pero también muchos de sus fallos e incluso aciertos del rival. Aunque lo hace con disimulo, sabedor de que está rodeado de forofos del español, al camarero no se le pasa por alto su extraño comportamiento.

No hay forma de saber a quién apoya, pero algo sí está claro: a aquel hombre le apasiona la manera en la que el partido está transcurriendo.

Quien está lejos de irradiar entusiasmo es Sergio Peralta. De momento van igualados a tres juegos y, a pesar de que parece reacio a dejar escapar el partido, es obvio que le falta la frescura de rondas anteriores. Se limita a devolver pelotas, abusa de las dejadas y su resto es un coladero.

La dinámica se mantiene hasta el final del set, y es entonces cuando Sergio tiene su oportunidad, tras ganar el saque y colocarse 6-5. No parece probable que sea capaz de romper el servicio del coreano, pero si lo hace estará en la final. Este pensamiento parece darle alas y de repente sus piernas recuperan la energía. Si bien no puede evitar dos aces en contra, se adjudica los tres puntos siguientes y se coloca 30-40.

Punto de partido a su favor.

Park le envía un servicio malintencionado al cuerpo. Él consigue reaccionar a tiempo y dar un paso rápido a la izquierda para pegarla de derecha, su golpe bueno. No es un resto deslumbrante, pero es suficiente para mantenerse con vida en el punto. Se sucede un largo intercambio de golpes en el que ambos buscan el revés del otro, esperando el fallo ajeno. La tensión en el bar es obvia, aunque a nadie se le escapa que los peloteos largos son la especialidad de Peralta. En cuanto consigue cambiarse de lado otra vez para evitar el revés, recupera el espíritu ofensivo. Se nota como al rival le cuesta devolver sus tremendos golpes liftados que cada vez se ajustan más a la línea de fondo, hasta que al final sucede lo inevitable. El coreano llega demasiado forzado a uno de ellos y solo consigue devolver un globo que bota inofensivo en el campo de Peralta, cerca de la red. El español avanza y se prepara para terminar el partido con un smash.

El golpe final es tan demoledor como ineficaz. Habría sido un final espectacular, siempre y cuando no hubiera botado en pleno pasillo de dobles.

El bar estalla en gritos de incredulidad, entre ellos los del camarero. ¿Cómo ha podido desaprovechar una oportunidad así?

—¡Guachupino inútil! ¡Un español no se dejaría remontar así! —Esta perla procede de, cómo no, el gordo del Ruavieja, que ya llevaba demasiado rato sin decir palabra. Ninguno de sus amiguetes se preocupa en explicarle que Peralta no tiene nada de sudamericano, que sus rasgos son en realidad herencia de un abuelo senegalés.

Recuperado del shock, el camarero vuelve la vista hacia el señor del traje, que ya se ha terminado su último menta poleo y ahora parece disfrutar del momento en compañía virtual de alguien con quien habla emocionado a través de sus Iglasses de aviador. En su cara no hay ni rastro de frustración por el último punto.

El peso anímico de haber malgastado un punto así parece afectar a Peralta. Pierde el juego y el empate vuelve a subir al marcador.

Los minutos que siguen no se recordarán por ser los mejores del torneo, ya que ambos jugadores están cansados y rehúyen la agresividad. Ya no hay tie-break en el último set, lo que significa que el partido solo terminará cuando uno de ellos consiga ponerse dos juegos por delante. Es difícil predecir tal situación, ya que ambos parecen ahora lejos de romper el servicio del otro.

Se cumplen las cinco horas de partido cuando el marcador muestra un empate a nueve. Es en ese instante cuando Peralta comete una doble falta y dos errores no forzados que le cuestan un break en contra. Ahora Park saca para llevarse el partido.

El señor del traje se pone en pie y se arrima a la televisión para ver mejor. Esto no le gusta al camarero, porque significa que se acerca demasiado a la puerta del bar. ¿Y si tiene pensado irse sin pagar en cuanto el partido termine? Una indumentaria elegante y un aspecto aseado no son garantía de nada, así que, por si acaso, se coloca entre aquel hombre y la salida, como si su esmirriado cuerpo y sus patillas pelirrojas fueran un obstáculo insalvable en caso de que aquel búfalo decida huir en estampida.

El partido se reanuda. Peralta reacciona y recupera su juego ofensivo, lo que le vale para colocarse 15-40. Sin embargo, no es capaz de aprovechar los dos puntos de break tras un ace y un golpe ganador de Park. Lo mismo sucede con la siguiente ventaja a su favor, y la siguiente. «Qué razón tenía quien le llamó el Atleti del tenis», piensa el camarero. Después del tercer deuce, es el coreano quien cobra ventaja, lo que significa que dispone de un punto de partido.

—¡Sí, deprisa! ¡Cien mil euros a que Peralta la manda a la red!

Aquella voz proviene del gigante trajeado. Habla en susurros para que nadie en el bar pueda oírle, pero ignora que alguien se encuentra justo detrás de él para evitar su fuga.

El camarero, aunque trata de ocultar su euforia, no puede evitar cerrar el puño y levantarlo con timidez. Ha descubierto por fin a lo que se dedicaba aquel hombre. Una pequeña victoria que, dadas las circunstancias, no tiene tiempo de celebrar. Este podría ser el último punto del partido, por lo que redirige de inmediato su atención hacia la pantalla.

Park sirve. Esta vez es más conservador y lo hace, como al principio del partido, al revés de Peralta. No es un saque prodigioso, así que este consigue alcanzarlo. No obstante, su resto deja bastante que desear y se queda muerto a mitad de pista. El coreano avanza con decisión y golpea hacia la izquierda, bien escorado. Aquel envío bota sobre la esquina de la línea de fondo, obligando a Peralta a realizar un esfuerzo titánico para alcanzarlo. Consigue llegar y devolverlo, pero su golpe es demasiado bajo.

El ruido de la pelota contra la cinta blanca de la red perfora el silencio del bar como un carnicero que descarga su cuchillo sobre una pechuga de pollo.

El sueño ha terminado.

La televisión muestra a Park Hyeon-suk levantando los brazos, demasiado cansado para sonreír, mientras se acerca con parsimonia a la red para estrechar la mano de su rival.

Increíble, pero cierto. Sergio ha perdido.

El bar se sume poco a poco en un murmullo de maldiciones. El camarero resopla resignado y se obliga a volver al trabajo. Ya tendrá tiempo para lamentarse por la derrota. Ahora hay mucho que cobrar y no puede permitirse que alguno se haga el listo.

Antes de dirigirse a los clientes, que ya se levantan cabizbajos, alguien le agarra del brazo. Se trata del señor del traje, que le extiende un billete de cien euros con una mano pantagruélica.

—Quédate con el cambio —dice. Acto seguido, le dedica una sonrisa que parece sincera y abandona el local.

El camarero se queda unos instantes contemplando el billete, como si fuera el primero de esa cantidad que sujeta entre sus manos —tal vez lo sea—, y piensa en lo que ha descubierto hace unos segundos. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Ese tío llevaba apostando todo el partido. Y, a juzgar por esa última apuesta, no parece haberle ido nada mal. «Debe de ser un tipo muy curtido para vaticinar la forma exacta en la que el partido iba a finalizar».

Satisfecho con su propina, se olvida de Peralta y se dispone a lidiar con decenas de parroquianos zafios y borrachos, frustrados por la derrota y con pocas ganas de desprenderse de su dinero.

I SCHICKSAL

1

Sí, fui un ingenuo.

Llegué a estar convencido de que Fermín nunca volvería a visitarme en sueños.

Mis primeros pensamientos al verle van dirigidos hacia la persona que afirmó que el tiempo lo cura todo. Me gustaría preguntar a esa mujer, porque tuvo que ser una mujer, si es capaz de mirarse al espejo sin que acudan a su mente los fantasmas de todos aquellos infelices a los que ha engañado. ¿Es que ella nunca sufrió esas preocupaciones para las cuáles el tiempo parece tener otros planes? Me refiero a aquellas que ese ente ruin e impasible prefiere guardar en el congelador para, el día menos pensado, sacarlas, cocinarlas al horno y servírtelas en vajilla de porcelana y cubertería de plata junto a una guarnición extra de patatas.

Sospecho que, para mí, ese día ha llegado.

—¡Sergio! ¡Cuánto tiempo, bisho!

Fermín aún conserva su acento de Sevilla. Es de esperar que su sarcasmo y su condescendencia tampoco le habrán abandonado.

—¡Vaya jartá a ganar que te diste anoche! Y yo que pensaba que hiciste mal en retirarte del tenis…

Exacto. Ambos siguen ahí.

Lo cierto es que esta vez sí hay algo nuevo. Ahora, Fermín puede andar. No es que tenga piernas —supongo que este es el momento en el que debo aclarar que estamos hablando de un trofeo de tenis—, pero su base, una bola del mundo cortada por el ecuador, se mueve de manera gelatinosa y le permite avanzar. Es capaz incluso de saltar de la estantería al sofá, y de ahí al suelo. Ahora camina hacia mi cama. Su cuerpo, de plata brillante, es una pila de raquetas de tenis colocadas en espiral, como si trataran de formar una escalera de caracol en la que los escalones son los mangos. Cada raqueta tiene grabado el nombre de un jugador de tenis legendario: Smith, Graf, Federer, Nadal, Sampras… pero falta Agassi. Otra razón para odiar a Fermín.

En lo alto de la columna de raquetas descansa una cabeza. En realidad, se trata de una pelota de tenis, aunque en mis sueños tiene ojos y boca —ambos demasiado grandes, a mi gusto— y me habla sin parar, por mucho que yo no quiera escucharle.

—¿Y qué planes tienes para hoy, miarma? Supongo que sabrás que hoy comienza el torneo de petanca de Puducherry, India. Todo un acontecimiento. Espero que no pierdas la oportunidad de hacerte rico con él.

Ignorándole, me incorporo y me coloco las glasses. Trece llamadas perdidas. Todas de Tomás, por supuesto.

—Te han llamado mientras dormías, ¿verdad? —insiste—. ¿Habrá sido algún patrocinador que desea contratarte? ¿O quizá la organización de Wimbledon, para asegurarse de que vas a participar en la edición de este año?

Me quito las glasses y se las lanzo con todas mis fuerzas, pero olvido que Fermín es un trofeo hábil. Se las arregla para ponérselas al vuelo y examina mi historial telefónico.

—¡Fíjate tú! ¡Si es Tomás quien te ha llamado! ¡Qué figura, el tío! Gracias a Dios que lo conociste y te sacó de ese pozo de miseria del tenis profesional. Ahora, con las apuestas, te va mucho mejor.

Hasta aquí hemos llegado. Me levanto, dispuesto a agarrarle y tirarle por la ventana. Me da igual que la vecina del primero se queje de que siempre está recogiendo «mi mierda de su patio».

Al hacerlo, Fermín se dobla sobre mí mismo, más de lo que cabría esperar en un trofeo de plata maciza, y me muerde la mano.

El susto pone fin a mi sueño.

No me incorporo de manera súbita y bañado en sudor, como en las películas. Me quedo tumbado boca arriba, paralizado y con los ojos muy abiertos. El malestar lo llevo dentro.

Poco a poco giro la cabeza hacia la izquierda.

—Andre, sube la persiana —farfullo, pero la IPA no reacciona. Me aclaro la garganta y, vocalizando en dirección al micrófono del techo, repito la orden hasta que el asistente me entiende.

A medida que la luz de la tarde madrileña se va colando a través de la ventana solitaria que da al patio interior de mi edificio, mi estudio va adquiriendo el aspecto mortecino al que estoy acostumbrado. Al fondo, sobre la estantería Kallax de Ikea que cuelga sobre un sofá descolorido por el medio, descansan todos mis trofeos. Los tres.

El del medio es Fermín. Por suerte, está bien quietecito y no tiene pinta de querer echarme nada más en cara. Necesito asegurarme de que estoy despierto —no sería la primera vez que el muy rastrero me coge por sorpresa—, así que me acerco para comprobarlo.

Respiro aliviado. Sigue siendo solo un trofeo. Uno que, en vez de plata, podría haber sido de oro y diamantes si hubiera continuado jugando al tenis y hubiera ganado el Abierto de Madrid dos veces más. Podría haberlo conseguido, pero…

No. No voy a volver a regodearme en mi miseria. Eso es lo que Fermín querría. En realidad, ni siquiera se llama así. Su verdadero nombre es «Ion Tiriac», como el tenista y empresario que lo diseñó, pero en su momento me pareció gracioso llamarle como el cochambroso barrio donde me alojé durante el torneo. También bromeé con mi exnovia sobre cómo le quería más que a ella y cómo me gustaría que cobrase vida.

—Eso sí, me encantaría que tuviese tu acento —recuerdo haber reconocido.

En el fondo, estas pesadillas me están bien empleadas.

Vuelvo a la cama —solo hacen falta cuatro desganados pasos—, me tumbo y me pongo las glasses. Cuadradas, negras, de montura fina. Muchos dicen que me dan un aire geek. Yo prefiero pensar que les recuerdo a Arthur Ashe.

Solo once llamadas perdidas de Tomás. Mi sueño exageraba.

También me ha dejado un mensaje de audio:

«Eh. Espero que tengas una buena excusa para no cogerme el teléfono. Voy para allá».

Mierda.

El mensaje fue enviado hace treinta y dos minutos, lo que significa que debe de estar al caer.

No hay tiempo para quitarme el pijama. Me planto de tres zancadas en la esquina opuesta del estudio, donde se encuentra la cocina, agarro las ocho botellas vacías de Benediktiner tostada que dejé anoche tiradas sobre la encimera, las meto en una bolsa de plástico del chino y salgo corriendo del estudio.

Aunque el contenedor de vidrio está en mi calle, a apenas dos minutos a pie, decido no correr el riesgo. Uno de mis vecinos tiene un cubo de basura en su patio y a estas horas estará trabajando, por lo que me basta con bajar dos pisos para deshacerme de la prueba del delito antes de que llegue mi amigo. Sé que el señor Gutiérrez volverá a quejarse de mí frente a la comunidad de vecinos, pero ellos me dan menos miedo que Tomás.

De vuelta en el estudio, todavía me da tiempo a ducharme y abrir un poco la ventana para disimular el olor a alcohol. Hace un frío del carajo, pero un resfriado también es un bajo precio a pagar por evitar la furia de mi amigo.

Llaman al portal cuando estoy intentando cerrar el botón de mis vaqueros y tratando de convencerme de que la única razón por la que me cuesta tanto hacerlo es que acaban de salir de la lavadora.

—Tomás Verbo solicita entrar al edificio —suena la voz electrónica de Andre a través de un altavoz blanco y redondo colgado del techo. Puedo ponerle el nombre de mi ídolo a la IPA, pero, por desgracia, no su voz.

—Abre el portal, Andre. Y la puerta de casa, también.

Mientras me lavo los dientes para eliminar la última prueba, oigo el inconfundible sonido de los zapatos de piel de Tomás cruzando el pasillo. Es en ese momento cuando me doy cuenta de que se me ha olvidado sacar los apuntes de la mochila y colocarlos sobre la mesa.

—Recién levantado, ¿eh? —canturrea al aparecer frente a mí, al otro lado de la puerta del baño. Conozco ese tono y no me dejo engañar. Puede explotar en cualquier momento.

Tomás no intimida solo por su tamaño, sino también por su vestimenta. Y por lo jodidamente feo que es, por mucho que trate de ocultar su cara tras unas sofisticadas Iglasses de aviador.

Lleva traje hasta para ir a la playa, como si eso pudiera compensar su aspecto de cuello para arriba. ¿Te acuerdas de la cara desencajada de Jack Torrance cuando, tras usar el hacha para destrozar la puerta del baño donde se esconde su mujer, mete la cabeza por el agujero? Me recuerda mucho a la expresión por defecto de Tomás, la que muestra cuando espera junto a un semáforo en rojo o lee un artículo en sus Iglasses mientras le da sorbos al café. No es que esté loco, ni siquiera enfadado. Es un buen tipo, pero siempre está pensando en algo de manera intensa.

Su cuerpo bloquea por completo la salida del cuarto de baño. No solo porque es un tío muy grande, también se debe a que tanto mi aseo como la puerta corredera que da al pasillo parecen sacados del set de grabación de El Hobbit. Como el resto del piso, en realidad.

—Acojonas más así que cuando anuncias tu llegada con un puñetazo en la puerta y gritas «Aquí está Jack».

Trato de tomarme la situación a broma, pero hay asuntos con los que Tomás no juega. Irónicamente, son aquellos que tienen que ver con el juego.

—¿Puedes recordarme en qué quedamos ayer?

Mi intento de escapar de la claustrofobia del baño es infructuoso. Mi amigo no se mueve del marco de la puerta. Sé que no lo hará hasta que no responda.

—En que me despertaría a las dos y estudiaría hasta las cinco y media. Entonces tu vendrías a buscarme a las seis y nos iríamos a trabajar hasta las once.

—Por la falta de respuesta a mis llamadas y por tu mochila cerrada sobre la mesa, deduzco que no has estado estudiando, sino durmiendo.

Trato de parecer apesadumbrado. Hora de mentir.

—Tuve una mala noche y necesitaba recuperar sueño de cara a esta tarde. Regla número seis, ¿recuerdas?

«No apostarás si has dormido menos de siete horas».

—Entiendo. No podías dormir porque le estuviste dando vueltas a todo el dinero que perdiste ayer. Esto significa que incumpliste la regla número cinco.

«No todos los días se gana, el balance se hace a fin de mes. Una mala jornada no afectará a tu ánimo».

Pese a que su conjetura es errónea, es más prudente que admitir que me estuve hinchando a cerveza alemana y a palitos de cangrejo.

—Lo siento. Me dejas pasar, ¿por favor?

—¿No te vas a afeitar?

Tomás odia la barba, aunque sea de un día. Cree que debe estar siempre afeitado a la perfección, en especial durante la jornada laboral, y esto se extiende a aquellos que trabajan con él. A veces le pregunto si no se debería afeitar también la pelambrera que le asoma por el cuello de la camisa y que le obliga a comprar una talla más, pero esto no suele hacerle demasiada gracia.

Tras observar cómo me paso la cuchilla hasta no dejar ni un pelo a la vista —excepto por las patillas y el lady pleaser, claro, esos son innegociables—, se hace a un lado. Camino hasta el vestidor, que no es más que una cajonera bajo mi cama, abro el cajón que contiene las camisetas verdes —hoy es jueves— y me pongo la primera del montón. Tres euros noventa y nueve en el H&M, como las veintiuna que conforman mi armario. Tres de cada color, un color para cada día de la semana. La razón no es que sufra de TOC, mi vestuario obedece a la creencia de Tomás de que hay que minimizar las decisiones cotidianas para hacer sitio en el cerebro a los asuntos importantes.

—Así que esta será otra noche en la que vas a remolque mío —masculla el grandullón a mis espaldas.

—Eso depende de ti —respondo de mala gana—. Yo me conformo con apostar a cualquier partido, sin necesidad de que lo apruebes.

—Ya sabemos cuál suele ser el resultado. Y creo que este mes llegas tarde a pagar el alquiler.

Ahí tiene razón. Me viene a la cabeza la llamada que me hizo el insoportable de mi casero anoche, mientras engullía mi sexta cerveza en calzoncillos y veía un documental sobre la reproducción de las babosas marinas. «Wie bitte? Tut mir Leid, ich spreche kein Spanisch!», le contesté con perfecto acento alemán antes de colgarle e ignorar sus siguientes llamadas. Uno debe saber aprovechar las ventajas de haber estudiado en la Deutsche Schule.

Centrémonos. Prioridad número uno: darle la vuelta al enfado del gorila trajeado que refunfuña desde la puerta del baño. Prioridad número dos: terminar de arreglarme y salir de aquí, a ver si el aire fresco ahuyenta la resaca.

—De veras lo siento, Tomás. ¿Qué te parece si mañana te tomas la tarde libre? Puedo estudiarme yo los partidos y darte el resumen después.

—Mejor el sábado. Tengo una cita.

Hago un esfuerzo titánico por reprimir, en primer lugar, mi gesto de sorpresa y, en segundo, aquel comentario tan brillante mediante el cual le hago saber que llevar a su tortuga leopardo al veterinario no cuenta como una cita. Conozco a Tomás y sé que no es momento para bromas.

Cerramos el trato con un apretón de manos y me dispongo a dar el penúltimo paso antes de que abandonemos el estudio. Echarme vaselina en los pies. Siempre me da algo de reparo hacerlo delante de alguien, incluso si se trata de mi mejor y único amigo, pero es preferible a cubrir mis pobres pies con aquella prenda inmunda cuyo nombre no pronunciaré. De hecho, ni siquiera soy propietario de algún par, así que no podría ponerme unos aunque John McEnroe se presentara en mi apartamento y me amenazara con su raqueta.

Ignorando el resoplido de resignación de Tomás, abro el bote de vaselina.

Confirmado, hoy no es mi día. Está a punto de acabarse. Me tocará pasarme por la farmacia de Santa Engracia y aguantar las miradas lascivas del maricón en prácticas mientras pido el bote de tamaño extragrande. Si alguna vez ese julandrón me toca, juro por Agassi que le meto el bote por…

—¡Peralta! Es para hoy, coño. ¿Ya estás listo?

Tomás suele ser un tío paciente, pero hoy he conseguido sacarle de sus casillas.

—Solo un último detalle.

La pulsera de tela con los colores de la bandera de España se encuentra sobre el aparador del pasillo, donde la dejo cada vez que vuelvo a casa. No me gusta su tacto y odio que me etiqueten como un votante de derechas al verla —aunque lo sea—, pero más me molesta que me tomen por un sudaca.

Gracias, abuelo. Te podías haber quedado en Dakar.

Tras cerrar la hebilla en torno a la muñeca y deslizar mis pies embadurnados en los mocasines, me pongo las glasses y ordeno a Andre que apague todas las luces y cierre la persiana.

Ya podemos irnos.

2

—No te preocupes, tu café lo pago yo —me tranquiliza Tomás al detectar mi reticencia a detenernos en una terraza de camino a la casa de apuestas—. Necesito con urgencia un menta poleo.

Soy incapaz de reconocer que no puedo pagarme ni un café sin que me atormente el hecho de que, hace cuatro años y medio, disponía de casi seis millones de euros en mi cuenta. Los gané en tres meses mágicos: los ciento cincuenta mil de Córdoba, el millón doscientos mil de Madrid, el millón de Roma y los seiscientos mil de las semis de Roland Garros.

Echas en falta otros tres millones para cuadrar las cuentas, ¿verdad?

Pregúntale a Fermín, el trofeo impertinente. Él siempre está dispuesto a recriminarme cómo los gané, aunque cuando de verdad disfruta es al recordarme cómo los perdí después.

En cuanto nos sentamos en la terraza, al lado de un radiador un poco oxidado y ambos con una mantita roja sobre las piernas, Tomás me confiesa algo:

—Hay otro motivo por el cual hemos de hacer una pausa antes de empezar a trabajar hoy.

Él lo llama «trabajar». Siempre lo ha hecho, y siempre he entendido el porqué. Por alguna razón, hoy me suena a eufemismo. Dejo pasar este pensamiento y le hago un gesto para que continúe.

—Te veo muy distraído últimamente.

Me encojo de hombros. No sé qué espera de mí.

—Vamos a hacer una pequeña prueba, ¿entendido?

—No me jodas, Verbo. ¿Como cuando empezamos a apostar?

—Como cuando te ganabas un sueldo con esto.

«Antes de que recayeras», es lo que quiere decir en realidad.

—De acuerdo, reconozco que los últimos días se me ha ido un poco la mano jugando. Me doy por aludido, no hace falta que llegues hasta ese punto.

—¿Un poco? —Tomás levanta sus frondosas cejas negras de manera tan exagerada que no me sorprendería sentir una corriente de aire en la cara—. Sergio, has echado a perder los ahorros de dos años en solo dos noches. Si ayer no hubiéramos implementado el control de retina, hoy ni siquiera dispondrías de tu banca.

Tiene razón. Ya no puedo cerrar ninguna apuesta sin que él se coloque mis glasses primero. Es una medida humillante, pero reconozco que, sin ella, habría perdido todo mi dinero apostando a número de puntos impar en el Boston Celtics – Charlotte Hornets de anoche, una clara violación de la regla número dos. «No convertirás las apuestas deportivas en una ruleta o máquina tragaperras. Eres un inversor, no un ludópata».

Asiento con desgana.

Antes de que podamos comenzar su estúpida prueba, la camarera se acerca a tomarnos el pedido. Es joven y poco atractiva, a pesar de llevar una capa de maquillaje que ríete tú de la del Joker. Tomás pide por los dos. Así se asegura de que mi café es descafeinado. Octava regla: «No apostarás si has tomado alcohol, café o drogas».

La camarera, en lugar de repetir la orden para que su IPA la registre, apunta el pedido a través del teclado que sus glasses horteras y baratas proyectan en la palma de su mano izquierda. Tarda un buen rato, y después se me queda mirando con los ojos entornados.

—Creo que le conozco de algo.

Mann oh. Ya estamos. Miro de reojo a Tomás para que me ayude, pero sé que no puedo contar con él. De hecho, esto es lo único que parece devolverle el buen humor. La sonrisa camuflada tras la palma de su mano lo delata.

—Usted es… —La camarera se frota la barbilla, como si su cerebro estuviera ahí y necesitara masajearlo para acordarse—. ¡Usted es el exnovio de Elena Márquez!

El traidor de Tomás no puede evitar una carcajada.

—Me confunde con otra persona.

«Y haga el favor de irse a tomar por culo», me gustaría añadir.

—Oh, lo siento —responde, pero no se va—. De todas formas, si habla con ella, dígale que sus consejos para conjuntar bolsos y zapatos son una maravilla. Soy una gran fan de su canal.

«No me extraña nada, a juzgar por tus asquerosos piercings y tu peinado choni». Si Tomás no estuviera conmigo, esa habría sido mi respuesta. Sin embargo, debo evitar mostrar demasiadas emociones, de lo contrario no me dejará apostar. En sus palabras, debo encerrarme tras un escudo protector. Ser un mercenario sin sentimientos.

Por fin, la camarera arrastra su celulítico culo hasta el interior del bar.

—¿Y bien? —pregunta Tomás—. ¿Vas a comunicarle su mensaje a Elena?

No debo caer en la trampa. Le conozco. Esto forma parte del examen.

—No hablo con Elenita desde hace casi tres años. Pero, si me la cruzo por la calle, se lo haré saber.

Lo cierto es que, de verla, lo más probable es que me cambie de acera —literalmente, por supuesto—. Lo último que necesito es que me restriegue su éxito y me pregunte por el mío. O, más bien, por la falta del mismo.

Sin conseguirlo, trato de evitar pensar en cómo transcurriría aquella conversación, en el esfuerzo que me costaría no culparla de todos mis problemas. Dudo que consiguiera no echarle en cara que me abandonara cuando más la necesitaba.

—Nadie te obligó a aceptar la propuesta de aquel indeseable sin escrúpulos. —Me habría contestado ella, refiriéndose a Tomás. Nunca se cayeron bien, y ella siempre se opuso a nuestros planes. No pasa un día desde entonces en el que no me pregunte cómo sería mi vida ahora de haberla hecho caso.

Park Hyeon-suk era un mierda, y yo podía ganar aquel partido con los ojos cerrados. Es más, podía ganar Roland Garros y convertirme en leyenda. En su lugar, me dejé llevar por el dinero.

Me juzgarás, pero tú no pasaste dieciséis años —la mitad de tu vida—, arrastrándote por las catacumbas de la ATP, endeudándote para pagar tus viajes y el sueldo de un entrenador amargado, incurriendo en lesiones continuas que podrían haberse evitado de haberte podido permitir un fisioterapeuta, rezando para que torneos de tercera categoría te pagaran el alojamiento y para que te tocara un rival de esos que solo acuden a partidos ITF para prepararse el Challenger de la semana siguiente en la misma ciudad.

Has pasado tanto tiempo acongojado por tu situación económica que, cuando viene un tío grande en traje y te ofrece tres millones de euros por perder, no te lo piensas.

Sí, Elenita tiene razón. Ese fue el verdadero origen. Sin embargo, ella tampoco estuvo a la altura.

—No culpes a mi amigo —le defendería yo—. Por lo menos, él no me dejó tirado a las primeras de cambio.

Por mucha rabia que me dé que Tomás controle tantos aspectos de mi vida, he de reconocer que él ha sido el único que me ha apoyado de manera incondicional desde que mi vida se derrumbó. Desde que perdí mi flamante fortuna apostando, desde que me dejó Elenita, desde que me lesioné y tuve que retirarme. Él me cogió de la mano y encauzó mi futuro. Si no fuera por él, estaría acabado.

—¿A él también le prometiste un anillo que nunca llegó?

Scheiße. He llegado a un punto en el que pierdo hasta las discusiones que transcurren en mi propia cabeza.