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Primavera del 67. América está en llamas, sacudida por disturbios raciales y por la protesta contra la guerra de Vietnam. En Nueva York, varios músicos relacionados con la "new thing", el jazz libre de Albert Ayler, Archie Shepp o Bill Dixon, aparecen muertos en extrañas y violentas circunstancias. En los guetos del Black Power se habla de un asesino llamado El Hijo de Whiteman. ¿Existe realmente? Y, si es así, ¿actúa por su cuenta o es mero instrumento de un establishment asustado? Mientras, John Coltrane, guerrero y guardián de los espíritus en esa libérrima avanzadilla de la cultura negra, pasa revista a su vida en un duro y poético soliloquio. Una bobina se desliza en el magnetófono Butoba MT5 de Sonia Langmut, joven cronista de la "cosa nueva". Y se desata una nube de recuerdos, personajes y humo en el fantasmagórico solo de un saxo. Investigación polifónica, trama detectivesca, jam session política... New Thing es la primera novela solista de Wu Ming 1.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
WU MING 1
NEW THING Y EL GUERRERO
Objeto narrativo no identificado
ACUARELA LIBROS
A. MACHADO LIBROS
© Wu Ming 1, 2004
Con el acuerdo de Roberto Santachiara Literary Agency
Primera edición: Abril de 2008
Título original: New Thing
Traducción: María Ana Gómez
Imagen de portada: Joaquín Secall
© de la presente edición: Machado Grupo de Distribución, S.L.
ISBN: 978-84-9114-323-9
New Thing. Algunas fechas
Prólogo, 12 de abril de 1967
0. Si te olvidas
1. El hombre de los fantasmas
2. No puedes odiar las raíces sin odiar el árbol
3. Repertorio, 4-18 de abril de 1967
4. El hombre de los fantasmas
5. ¿Qué queréis? ¡Black Power!
6. Repertorio, 25-27 de abril de 1967
7. El coro, 26 de abril de 1967
8. Love me, I’m a liberal
9. La fantasía lleva botas de montaña
10. Repertorio, 16-21 de mayo de 1967
11. El coro, 17 de mayo de 1967
12. El hombre de los fantasmas
13. Como en otras épocas con las entrañas de los animales
14. El hombre de los fantasmas
15. Año sabático
16. Repertorio, 1-9 de junio de 1967
17. No Schmaltz
18. El hombre de los fantasmas
19. Apuntes cogidos al vuelo
20. Economía política de los tapones para oídos
21. Mensajero de los dioses
22. Álvarez, González, Gutiérrez
23. Lonnie’s Lament
24. El relato de Ramírez
25. Continúa el relato de Ramírez
26. Esquizoanálisis
27. El hombre de los fantasmas
28. Don’t call me nigger, whitey
29. Repertorio, 3-18 de julio de 1967
30. El coro, miércoles 21 de junio de 1967
31. Dance and join the ancestors
Títulos de crédito
Bibliografía consultada antes y durante la redacción de New Thing (2000-2004)
A Stefano Roveri,
diez años después.
A la memoria de Kwame Ture
Puerto España-Trinidad y Tobago, 1941
Conakry-Guinea, 1998
20 de febrero de 1933. La familia Langmut abandona Alemania, para siempre.
6 de julio de 1945. John Coltrane, joven saxofonista, se alista en la Marina de los Estados Unidos.
Un mes más tarde. El bombardero americano Enola Gay lanza un artefacto atómico sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. La bomba tiene un apodo: «Little Boy».
17 de mayo de 1954. La Corte Suprema de los Estados Unidos declara inconstitucional la segregación racial en las escuelas.
28 de agosto de 1955. Money, Mississippi. Emmett Till, un chico negro de catorce años, es víctima de un linchamiento. Saludó de forma muy familiar a la cajera blanca de una tienda.
1 de diciembre de 1955. Montgomery, Alabama. Una mujer afroamericana llamada Rosa Parks sube a un autobús, ocupa un asiento reservado para blancos y se niega a levantarse.
1 de agosto de 1964. Golfo de Tonkín, Vietnam. El destructor estadounidense Maddox es atacado por torpedos vietnamitas. Es el comienzo oficial de una guerra que marcará el siglo XX. De hecho se descubrirá que no hubo ningún ataque. Todo el «incidente» fue maquinado por el Pentágono.
21 de febrero de 1965. Audubon Ballroom, Nueva York. Malcolm X es asesinado por un comando de hombres negros sentados entre los espectadores.
Octubre de 1966. Oakland, California. Huey P. Newton y Bobby Seale fundan el Black Panther Party for Self-Defense.
4 de abril de 1967. Riverside Church, Nueva York. El reverendo Martin Luther King pronuncia uno de sus discusos más famosos, una vehemente y bien articulada denuncia de la guerra de Vietnam.
21 de julio de 1967. St Peter’s Church, Nueva York. Funeral de John Coltrane.
Pocos días después. Sonia Langmut deja Nueva York, para siempre.
El coro ensaya en el aula de una escuela primaria. Nada de audiciones, todos pueden participar. ¿Sabe cantar? Cantará. ¿Desafina? Puede escuchar, tomar café, mirar los dibujos de los peques en las paredes.
Esta noche hay mucha gente nueva. Presentaciones, apretones de manos. Éste es el aula de mi hijo. El bedel es mi primo. En los baños está el garabato que hice a los siete años con un clavo.
Anita tiene sonrisas para todos, escucha las voces, divide a las personas en tres grupos y luego las hace sentar en círculo. En la pizarra, la letra de un espiritual.
Anita canta los primeros versos, probando la entonación en un piano de pared. Enseña los cantos, hace corear una estrofa a la vez. Sale demasiado baja o demasiado alta, voces que se rompen, golpes de tos, risas. Anita explica las nociones: “segunda voz”, “llamada y respuesta”. Tazas de café pasan de mano en mano.
Y ahora todos juntos. Hay un chico al piano, Anita canta.
I feel like, I feel like, Lord
I feel like my time ain’t long 1
El coro responde y avanza. Te aventuras en la tradición con respeto, retrocedes siguiendo viejas huellas en el barro. No esperas un banquete de bodas, te conformas con café, galletas, una velada en compañía. La atención se reparte entre la respiración, la pizarra y las manos de Anita, que dirige.
Mind out, my brother, how you walk de cross,
I feel like my time ain’t long
Yo’ foot might slip an’ yo’ soul git los’
I feel like my time ain’t long 2
Apagado el último eco, alguien exclama “¡Wow!”, hay quien salta sobre la silla y quien aplaude. Anita queda asombrada: no está nada mal. Otra vez.
Media hora y ya cantas sin desentonar demasiado. Pausa, cigarros, otro café. Nada de alcohol. Bedford- Stuyvesant, Brooklyn. Tercera noche de ensayos, el coro aún no tiene nombre.
Anita tiene veinte años y está a punto de casarse.
Notas al pie
1 “Presiento, oh Señor, presiento / presiento que mi tiempo ya llega a su fin”.
2 “Pon atención, hermano, cómo llevas tu cruz / (Presiento que mi tiempo ya llega a su fin) / tu pie puede resbalar, y tu alma perderás / (Presiento que mi tiempo ya llega a su fin)”.
El traductor cleptómano: joyas, candelabros y objetos de valor desaparecían en el texto que estaba traduciendo.
Jean Baudrillard
ROWDY-DOW. En el piso de arriba vivía una señora blanca que rondaba los sesenta, algo mal de la cabeza, separada del marido. Ex profesora, creo. Grandes cambios de humor, problemas con medio edificio por gilipolleces. Los martes por la mañana iba un dominicano a hacer la limpieza, un barullo que ni te cuento, muchos pisotones y encima cantaba. Nada hay de malo en canturrear, pero ése ladraba con toda su alma, en español. Cuando movía los muebles era como un disturbio del Harlem del año 64. Limpiaba que parecía que quería dejar un agujero en el suelo. La aspiradora aullaba como un argelino torturado con descargas eléctricas. Eso antes de las ocho de la mañana, y quizás yo había vuelto a las cuatro después de tocar en algún lado. Me despertaba con taquicardia. Una vez, hasta me cayó un trozo del enlucido del techo en la cara.
Primero llamo por teléfono a la vieja para quejarme, le pregunto si puede hacer venir al criado más tarde, con dos horas más ya es otra cosa. Me contesta muy amable, dice que no puede pero se lo dirá al tío y “verá cómo la próxima semana hace menos ruido”.
A la semana siguiente no cambia una mierda: me despierto a las ocho menos cuarto con el ¡bum! ¡bum! ¡bum! tipo los tambores de Chano Pozo, mi mujer ya salió, el gilipollas está arriba y canta. Golpeo con el mango de la escoba, pero no funciona. Me visto y subo, toco a la puerta.
Sin abrir, el gilipollas grita: – La madam no etá en de jaus.
Y yo: –Soy el vecino del piso de abajo, abre un minuto, hombre, tengo que decirte algo...
Y él: – La madam no etá en de jaus.
Me doy cuenta de que no sirve de nada y bajo con los ojos inyectados en sangre. Después, vuelvo a llamar a la señora, que vuelve a pedir disculpas y me vuelve a decir que etecé y etecé.
Tercer martes el mismo cuento, y la madam no etá en de jaus. Tercera llamada, ¿y qué me contesta la tipa? Pues qué tendría que decir ella, que yo también hago ruido por la noche con la ventana, qué derecho tengo a quejarme y etecé y etecé. Mi jodida ventana la despierta en medio de la noche y ya no puede volver a dormirse.
Cuarto martes, paro al tío cuando acaba los quehaceres, en el hueco de la escalera. Le hundo el índice en el pecho y le digo: - Tío, hay muchas formas de hacer las cosas, intenta hacerlo con más calma y no cantes, en este edificio se oye todo y yo trabajo de noche.
Me mira y dice: – Okey, okey, aim sorry. Ya iba a marcharse pero yo agrego, y ahí cometo un error: –Soy músico y déjame decirte algo, desentonas que da miedo, do you understand? Pareces un coyote que trepa por alambre de espino.
Me lanza una mirada de asesino y dice: – No é your business.
A la otra semana, herido en el orgullo latino, el guirigay es peor que de costumbre y canta a grito pelado: – Tilín, tilín, tilán / oye que bonito es el tilín / de mis campanitas de cristal...
Como no tengo ganas de liarme a hostias, compro un par de tapones para los oídos, pero planeo mi venganza.
Acuérdate bien de estos dos detalles: martes por la mañana y tapones para los oídos. Si te olvidas, no entenderás qué tiene que ver esto con todo el resto.
Bomba atómica explota no recuerdas cuándo. Lluvia radiactiva: dolor por todas partes, no sabes dónde empezó, no sabes dónde acabará.
La estación está lejos pero hay tiempo, tiempo, tanto que no sabes qué hacer con él. Comes dulces. Te dañas los dientes. Sudas, rodillas contra pecho, manos sujetan tobillos, sudas y sufres.
El tiempo que queda no es mucho y sin embargo es demasiado.
Bomba estalla no recuerdas cuándo. Casi un año antes, hace más de veinte años, más o menos la noche de los tiempos.
De gira: Hiroshima y Nagasaki, julio de 1966.
Pensaba: distintas formas de morir. Marcharse célula a célula es como estar en dos lugares. Es una transferencia.
En cambio, borrados de la faz de la Tierra, piel que se desprende y levanta vuelo, cuerpo que se deshace. Cuerpo que deja de ser tú. Si acaso lo ha sido.
No me encuentro la vena. Puerta entornada y me golpeteo el brazo. Si me viera desde fuera pensaría: “Míralo, qué imbécil”. Pero no puedo verme desde fuera. Estoy fuera de mí, pero estoy ciego. Qué año es, dónde estoy tocando. Octubre del 50 en un hotel de L.A. La aguja penetra y pierdo el conocimiento. Pierdo conocimiento. Si un hombre puede colocarse en Los Ángeles puede colocarse en cualquier parte. Si sabes colocarte con veneno que no es de Nueva York, puedes colocarte con cualquier cosa.
Dicen que se ve discurrir la vida. No recuerdo nada. Tal vez una lluvia torrencial, lluvia de notas, todas las notas que rodean la nota, esa larga, y que juntas hacen acorde, el sonido del universo.
Casi había dado con esto en París, tocaba las notas por arriba y debajo de la nota, buscaba y buscaba, todas las notas juntas, aunque fue mucho tiempo después. Casi estaba, no me importaba que el público entendiera, luego alguien arrojó un billete a mis pies.
Si tu perçois l’univers tout entier comme une fantasmagorie, une joie ineffable surgira en toi.
No sé francés.
Ahora estoy en el año 50, caigo por el foso que hay en mi cabeza, donde no se puede sondear, por un hoyo veo bajar las notas y... Una bofetada, dos bofetadas, tres.
Si un hombre puede colocarse en Los Ángeles puede colocarse en cualquier parte.
Yo lo logro, me reaniman. Después...
Dizzy me despide.
Miles me despide.
Dios me despide.
Ganarme la reincorporación. Volver limpio.
Todavía hay tanto que tocar, que decir. Pero estoy perdiendo el tren. He esperado hasta el último momento antes de ir a la estación. Y todo tu amor es en vano.
No me pico desde hace diez años. El karma es un carnicero, te despedaza y te cuelga de un gancho.
No puedo hacer dos cosas al mismo tiempo. Tocar y estar de pie. Me cuesta pensar. Me cuesta hablar.
Ya no sé hacer dos cosas al mismo tiempo. Esforzarme para pensar y pensar. Esforzarme para hablar y hablar.
No sé cómo llenar las horas que quedan. Se escapan de mi puño. Ya no tiene sentido practicar. Lo he hecho ocho, diez horas por día, desde que era pequeño.
Alice. John Jr. Ravi. Oran.
No quiero que os escurráis entre los dedos.
Dedos. No pueden estarse quietos.
Entra en el centro del sonido espontáneo que vibra por sí mismo como en el sonido continuo de una cascada o bien, metiendo los dedos en los oídos, escucha el sonido de los sonidos y alcanza Brahman, la inmensidad.
Vijñana Bhairava Tantra, 38
GREEN MAN. Monk y Trane en el Five Spot. Era el 57. Las noches más felices de mi vida. Ese año tenía al mundo pendiendo de un hilo, como dice la canción, y estaba sentado sobre un arco iris. Me gustaba mi trabajo, estaba recién casado, ya vivía en Brooklyn pero por la tarde cogía el metro para el Village o el Lower East Side. Empezaba el “deshielo”, después de años de música de salón, tan pulida que acababas hasta los huevos. Yo venía del sur, criado con coros de iglesia y Rhythm & Blues, me gustaban esos saxofonistas con trajes rojos que se lanzaban con los solos, se inclinaban hacia atrás hasta casi tumbarse y hacían mugir al instrumento, muuuuuuuu, lo hacían bramar, brooooooo, hasta tres o cuatro compases seguidos, un sonido largo y hondo y denso que sentías en el bajo vientre. El honking. Ni en broma me podía tragar el cool. Hasta cierto punto al “noneto” de Miles, pero Lennie Tristano, el rollo de la costa oeste, Chet Baker... ¡Dave Brubeck! Mierda de blancos, no veía la hora de que acabase.
ROWDY-DOW. A finales de los años cincuenta llegó la new thing, que para nosotros fue la liberación de los sonidos. También lo llamaban free jazz, por el título del álbum de Ornette Coleman, pero las etiquetas eran cosas de blancos. Criticábamos hasta la palabra jazz, para nosotros era “la música” y punto. Ornette llega a la ciudad con su saxo de plástico y junto con él Don Cherry con esa trompeta ridícula, una Conn de 1889 que parece que la hubiera arrollado un tren, los pistones siempre a punto de saltar.
Hacía rato que tíos como Cecil Taylor montaban el pollo, pero fue el cuarteto de Ornette en el Five Spot lo que nos destapó los oídos. Parecía una pelea de perros, más bien los instantes previos a una pelea de perros, los puedes oír a la vuelta de la esquina y te imaginas lo que ocurre, los dueños que tiran de las correas y llaman a los perros, y éstos que muerden el aire, quieren saltar uno encima del otro, se retuercen, gruñen, ladran, babean, y las voces de los dueños regañándolos, ejercitando los bíceps, hablan a los perros como si fueran humanos pero en el fondo no se lo creen, recitan, en realidad están orgullosos de la fuerza y de los cojones de sus bestias, sonríen bajo el bigote…
GREEN MAN. Después del cool aparecieron los nuevos boppers, los “duros”, y ellos no tenían problemas, hacían honking, Trane también, aunque había tocado Rhythm & Blues. Los bramidos de Trane barrieron con el jazz de señoritingos en la West Coast, gente como Stan Getz, Shorty Rogers... Para mí ése es el sonido de la Creación. Es primordial. Si Dios existe, tiene que ser un honker de la vieja escuela, tipo Bull Moose Jackson, Eddie Chamblee, Jim Conley, Wild Bill Moore... Estoy seguro, tiene un traje blanco reluciente y toca un saxo tenor.
ROWDY-DOW. Mejor dicho, es probable que lo hagan a propósito, que pasen cerca de otro perro cada vez que pueden, para divertirse. Así era la nueva música al principio: el saxo de Ornette y la trompeta de Don Cherry eran los perros, ellos llevaban las riendas de la música pero dejaban que los ladridos la invadieran, la transformaran de punta a rabo. Prestando atención, allí dentro oías el bop, oías a Bird y Diz, Monk y Miles, y más atrás oías a Duke, y Satchmo, y Jelly Roll con toda la Basin Street, y también Buddy Bolden, que nunca nadie lo ha oído tocar, y los espirituales, el gospel de las iglesias baptistas, el blues del Delta, el pacto con el diablo de Robert Johnson, los chorros de saliva de la armónica de Sonny Boy... Aún más atrás y aún más adentro oías la esclavitud, algo quebrado, el último redoble de tambor antes de que tu antepasado fuese capturado y cargado en un barco, oías a los negros cabreados…
BLOOD WILL TELL. Claro que estaban cabreados: el escenario del Five Spot estaba justo delante del retrete, casi siempre atascado. Difícil ignorar el tufillo de la mierda, tío.
GREEN MAN. El 57, año del “despertar espiritual” de Trane. Miles lo echa del grupo porque iba colocado y colgado todo el tiempo. Trane decide cortar por lo sano: deja de picarse de buenas a primeras, se dispone a pasar el mono en Filadelfia encerrado bajo llave en un cuarto. Luego lleva a su familia a Nueva York, graba con Monk y empieza a tocar con él en el Five Spot. Las primeras noches le cuesta, las pasa moradas, pero poco a poco mejora, mejora aún más y al final, joder... Al final es indescriptible.
Monk era Miguel Ángel, esculpía el aire, quitaba todo lo que no se asemejara a la música que tenía en la cabeza. Esos acordes que no entendías lo que eran, las notas que parecían jugar al escondite y asomaban detrás del piano para sorprenderse mutuamente, y Trane entendía, con los solos completaba las esculturas, hacía despuntar un brazo, una pierna. Como un sónar, las notas rebotaban sobre objetos invisibles y revelaban sus contornos. De noche me perdía en esos espejismos, dormía como mucho tres horas pero estaba en la gloria, me ponía a trabajar y no se me escapaba nada, coño, el mundo pendiendo de un hilo.
Era jardinero. Hacía mantenimiento de parques y jardines en Brooklyn, también en el cementerio Green- Wood. Mientras limpiaba setos del Prospect Park o podaba ramas en el camposanto, canturreaba Mysterioso y de entre las hojas los pericos monjes cantaban conmigo.
ROWDY-DOW. En nuestra música había demasiadas cosas para un solo par de oídos. El mar que nos separa de África, caracola en la oreja y escucharla allí en el fondo, África, y los cats in the street se convierten en leones, panteras, guepardos que se comen el jazz de los blancos, carroña con el cogote desgarrado volcado en la sabana. Cecil Taylor, enorme macaco, machacaba el piano con las cuatro manos. Albert Ayler, tromba de aire que sacudía un funeral de Nueva Orleans. Cuando se lanzó Trane los cats fueron detrás y él fue a por más, y llevó todo más allá.
LET’S-PLAY-A-GAME. He cambiado de nombre tantas veces. Fui “Africano” y “negro”, que en español se entiende pero no en inglés. Luego fui “de color”. En los años veinte volví a ser “negro” pero con mayúscula. “Negro”. Sólo que los blancos no pronunciaban nee-grow sino nigrah, que sonaba casi como nigger y tenía que esperar hasta la segunda sílaba para saber si me estaban insultando. Por otra parte, nigger era una deformación de “negro”. ¿Cómo se traduce nigger en italiano? “Negro”. ¿Y cómo se traduce “negro”? “Nero”. Pues eso, que es un follón. A mediados de los sesenta me convertí en black: “Say it loud, I’m black and I’m proud!” En español siempre había sido de ese color, pero en inglés era distinto. Aceptar lo negro de la piel y del pelo, superar el complejo de inferioridad: “es bello ser black ”. Con todo, a veces me llamaba “Afroamericano” o “Africano Americano”. Los blancos ya no tenían idea de cómo tenían que llamarme. Aparte de “nigger”, claro. Tampoco los hermanos, ni siquiera ellos sabían cómo llamarse: los viejos eran “de color”, los de media edad o clase media eran “Negros”, los más jóvenes y militantes eran “blacks” o “Afroamericanos”. Mientras tanto, entre nosotros seguíamos llamándonos nigger, es más, nigga, pero no como cuando lo dice un blanco. O mejor dicho, a veces sí y a veces no. Es un follón, hombre, ya te lo he dicho.
Hoy hay quien me llama “Africano de la diáspora”, o “Africano” y punto. Después de cuatrocientos años, el círculo se cierra.
GREEN MAN. Trane tocaba cada nota de blues como si Dios la llevara en palmas, y pensar que los críticos blancos –y todos los críticos eran blancos– lo llamaban “anti-jazz”. Junto a Miles ya se había lanzado a las improvisaciones modales, a lo Kind of Blue, improvisaban libres de las habituales progresiones de acordes, libres, después Trane formó el cuarteto “clásico”: él al saxo, McCoy Tyner en el piano, Jimmy Garrison al bajo, Elvin Jones en la batería. La mejor máquina musical que jamás haya visto en acción. Al final traspuso las notas, de su saxo salían rebuznos aullidos chillidos mugidos rugidos ladridos, Madre Naturaleza se quitaba de encima la música de los blancos con sus coqueterías de mierda. Nuestra música eran las voces de los babuinos y de los macacos, era un gibón que grita colgado en la rama. El jazz libre.
LET’S-PLAY-A-GAME. El negro americano se avergonzaba de África. África era el entorno de las películas de Tarzán, la tierra de los “salvajes”. Tarzán se tiraba al río y cuando salía todavía estaba bien peinado. Mi gente había sido arrancada de África a la fuerza, ya no la conocían, la odiaban sin saber nada. Como decía Malcolm: “no puedes odiar las raíces sin odiar el árbol”. Se necesitaron varios decenios para cambiar las cosas. Marcus Garvey plantó la semilla predicando el regreso a África. A partir de los años treinta cada vez más negros se convirtieron al Islam, religión “más africana”. En el jazz hubo cada vez más referencias a África, hasta que se desarrolló el nacionalismo negro. Mientras tanto la imagen de África cambiaba rápidamente, una revolución tras otra, el gigante se despertaba y se quitaba de encima a Europa. Los jefes de los nuevos estados africanos: Jomo Kenyatta, Ahmed Sékou Touré, Kwame Nkrumah... África, tierra de mártires como Lumumba, revolucionarios como Mandela... Los negros americanos leyeron Los condenados de la tierra de Fanon. Decía: sólo la revuelta y la violencia curan el alma del colonizado, y era de nuestra alma de lo que hablaba.
¿Puedes ver la portada de Life colgada detrás del escritorio? Es del año 60. La foto fue tomada en Leopoldville, Congo Belga. El rey Balduino en solemne procesión, vestido de blanco inmaculado en un descapotable negro. Un estudiante africano se abre paso y le arranca de las manos la espada ceremonial. Si alguna vez una imagen ha tenido un valor simbólico...
