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De lo ingenuo a lo brutal, de lo sensible a lo esperpéntico, de la risa al crimen, el cínico e irónico retrato de una sociedad que, en busca de un equilibrio imposible, bandea constantemente entre lo sublime y lo salvaje. Es esta una novela que, un día cualquiera, nos conduce a través de las calles, plazas y parques de una ciudad (Barcelona), entre personas poderosas, marginales o corrientes. Mediante un entramado de vidas cruzadas y tomando como pretexto la variedad casi infinita que ofrece el sexo, sea este rutinario, extravagante, cómico, romántico o escalofriantemente clandestino y criminal, ante los ojos del lector irá apareciendo a modo de collage, de manera sorprendente e inesperada, el dibujo de una sociedad de la simulación (la nuestra) en permanente conflicto con sus pequeñas miserias.
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Seitenzahl: 517
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Akal / literaria / 65
José Mondelo
Ni Junio en París
Diseño de portada
Sergio Ramírez
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© José Mondelo, 2013
© Ediciones Akal, S. A., 2013
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-3838-2
Vous autres poètes avez fait de l’amour une immense imposture.
Marguerite Yourcenar
Pene señorial busca vagina confortable para fin de semana.
—Hola señ Ramón.
El señor Ramón introduce en el bolsillo la revista de contactos eróticos y se aparta para que un mozuelo con dos maletas de piel entre en el portal.
—Hola, Manolín. ¿Qué? ¿De viaje?
—Qué va: robando maletas.
—Eso está bien.
—Ha llegao una carretada de guiris al Oriente y voy a darme un garbeo a ver si chorizo dos más.
—Así me gusta, que seas trabajador.
—Sudores me cuesta, señ Ramón. Antes el pueblo contribuía, pero ahora, joder, donde no está la pasma te ponen un golondro y no hay quien ligue una lechuga.
—Qué razón tienes, Manolín. Ese te es el mal de nuestro tiempo, la falta de solidaridad con las clases socialmente desfavorecidas.
—Ya lo puede decir, señ Ramón. Como si los mangurris no necesitásemos papeo. Hostia, tú, que por que dejen que les alivies la guita de vez en cuando tampoco la van a palmar, digo yo…
—No hay misericordia para con los de abajo, Manolín.
—Y que lo diga, señ Ramón. Porque lo mío sí ques curro, y no el dellos, que van a pencar unas horas a la empresa y les sueltan la pasta gansa. Sin en cambio yo tengo que tirarme el día darriba pabajo pa ver lo que pillo, y sin seguridá social ni dios que la parió, que me pongo malo y a ver qué jalufo.
—Es una injusticia, Manolín. Una injusticia y una inmoralidad.
—Dígalo dígalo, señ Ramón. Y ahora están los putos inmigrantes, que vienen y se ponen a robar sin tener los papeles en regla. Carreglen primero los papeles, hostia, cay que respetar un poco la legalidá.
—Es el capitalismo salvaje, Manolín.
—Y tan salvaje, señ Ramón. No hay humanidá. Yencima el gobierno está llenándolo todo de bofia. Si esto sigue así, los tíos decentes no vamos ni a poder andar por la calle de la cantidá de gentuza desa que te encuentras.
—Buenos días señor Ramón. Hola Manolo.
—Hola Beti.
—Buenos días, Betania. ¿Qué? ¿Al parque?
—Sí; voy a echarles de comer a los patos.
—Ay, Beti, quién fuera pato…
—¿Para qué?
—Pa estar to el día entre tus patas.
—Manolooooo…
Con sonreír carnívoro, y una segregación salivar muy superior a la acostumbrada en esta hora, mes y latitud, los hombres le ceden el paso y fijan los ojos en el pinturero culo que se aleja.
Beti, veintiún años recién cumplidos, viste una corta falda de vuelo que al repicar de los andares descubre unos muslos blanquinosos, firmes y sugeridores.
Tarareando la chorrada de moda, que inevitablemente nos flagela los tímpanos por doquier –somos demasiado buenos para ahorcar al pianista–, baja por el paseo de Lluís Companys con la sonrisa en flor y toneladas de inocencia en sus atractivos ojos verdes, donde aún vive la niña que fue.
Beti canta porque está enamorada. El violinista toca en el tejado de sus sueños, los duendes le sonríen desde los arquitrabes y cuanto la rodea pronuncia el nombre de su chico: Piq.
El gargajoso rumor de la urbe, que cada amanecer se vomita a sí misma desde su propio vacío, dice Piq. Los neumáticos nuevos, al chirriar en la calle quebrantando alguna que otra norma con sus prisas, dicen Piiiiiiiiiiq. La quiosquera estornuda dos veces –debería de hacerlo tres pero la gente es muy descuidada– y dice Piq, Piq. El bramar de los motores, con los que devoramos las reservas de oxígeno para que los hombres del futuro se achicharren, dice Piiiq. Una gaviota que eructa –nos acercamos al puerto– dice Piq. El corazón de Beti dice al palpitar Piq Piq Piq. Incluso los labios menores de su sexo dicen Piq al rozarse sobre la marcha, si bien ese sonido es tan sutil que para percibirlo se precisa paciencia, un oído cualificado y los elementos electrónicos pertinentes.
¿Todo dice Piq en esta mañana de primavera?
No. Los recibos del gas y la luz dicen: «Total a pagar»; pero el gas y la luz los suministran unos banqueros desagradables, aunque francamente amigos de la clase política en general, a la que financian y perdonan deudas mayúsculas a cambio de que les autoricen las feroces comisiones con las que sangrarán a quienes cobran salarios de miseria (también somos demasiado buenos para ahorcar al presidente de la nación. Hemos ido renunciando a esas pequeñas alegrías).
Y Piq ¿qué dice?
Nada. Piq, según las elucubraciones de Beti, dormirá hasta la una. A esa hora ella habrá regresado del parque y coincidirá con él en el piso, por lo que quizá, aunque el cálculo de probabilidades es deprimentemente minúsculo, quiera comer con ella. Si eso ocurre, Beti grabará con la navaja de su sonrisa esta inscripción sobre el tronco de la tarde: «Beti ama a Piq», inscripción que, aun expresando con exactitud su sentimiento, resulta de una lamentable vulgaridad.
Que Beti ame a Piq es lógico desde el punto de vista de sus compañeras, como lo sería desde el suyo, señora, si le presentaran a Piq. Después de conversar cinco minutos con él también usted sentiría, por resumirlo del modo deliciosamente sentimental que a los escritores románticos tanto nos gusta, una agradable adherencia efervescente en las bragas.
—¿¡Quééééééééééééé!?… ¿¡Que te has enamorado de ese hijodeputacerdomachistabrutocínicomalparido? –rugió Patty, la excepción, al enterarse.
A lo que Beti, con su proverbial candidez, repuso:
—Hija, es un hombre; tampoco le vas a pedir más.
Patty, Piq y Beti comparten piso, pero… A Beti la agobia la absorbente personalidad de Patty. Sus arrumacos de tortillera la sacan de quicio. Patty no soporta a Piq porque es mujeriego, vanidoso, charlatán, bruto, egoísta, machista, soez, cabrón y unos quinientos (des)calificativos más. A Piq, Beti lo exaspera por su afición a las baladas que mugen cincuentones peliteñidos y cueriestirados.
¿Por qué conviven si cada uno de ellos puede costearse un piso y no se aguantan?… Porque la rotación, que por un lado actúa de fuerza centrífuga, por el opuesto se transforma en impulso adherente.
A Piq lo atrae la estatura, esbeltez, belleza e insolencia de Patty. El anhelo de cabalgar a la potranca indómita que se le resiste es una de sus obsesiones. Ha ensayado acercamientos por el derecho, el revés, activa, pasiva, perifrástica, lo fino y lo rudo. Todo inútil.
Patty chochea por Beti. Su frescor juvenil, feminidad y espontaneidad le inspiran ternura y morbo. La enamoran. Sueña con acariciarla y hacerle el amor durante mil y una noches, ay, Sherezade, si fuera yo tu sultana. Y aunque a Beti la encandilen los chicos, y por no aceptar ni siquiera haya aceptado una de sus invitaciones para conocer París, Patty no ceja.
Beti, lo hemos visto, se derrite por Piq. La seducen su simpatía, virilidad y desfachatez.
Una noche decidió franquearle sus sentimientos. Para recluir la vergüenza se trasegó tres cuartos de litro de whisky autóctono y lo esperó ataviada con un picardías tan transparente como el tanga conjunto (las mujeres, aun cuando le den prioridad en una relación al sentimiento, no desdeñan revestirlo con la ropa precisa).
A las tres de la madrugada entró Piq y se fue al baño.
Beti, cogida a las paredes para no derrumbarse con la borrachera, se plantó en el pasillo y desplegó la que juzgaba su sonrisa más irresistible, que, como suele suceder, resultó la más estúpida.
Al salir Piq, lo abordó con el tono entre agilipollado y relamido de una telefonista de líneas eróticas.
Él la observó de arriba abajo y le dijo:
—¿Qué cojones has estado bebiendo?… Hueles que apestas… Anda, métete en la cama, tonta, que eres tonta.
Ella quiso lanzarle un no me dejes, un soy tuya, un acaríciame hasta gastarme la piel, un volemos con el viento, un tómame y que reviente el mundo… La lengua, carne alcoholizada, no la obedecía.
Donde el verbo sucumbe se impone la acción. Cual seductora de cine avanzó hacia él, perdió el equilibrio y se esmorró contra la puerta. Piq la cogió en brazos –lo único memorable del episodio–, la arrojó sin miramientos sobre la cama y se marchó a dormir.
Aquella noche, imaginada de luces y orquestas, de risas y besos, de temblores y murmullos, la pasó Beti llorando y vomitando hasta la aurora. Y es que Piq, que ante cualquier bípedo de entrepierna quebrada se conduce como un macho de ojo ardiente, músculo duro, cojón prieto y polla arrecha, siempre ha mostrado por Beti un desinterés inexplicable e incompartido por los varones de la vecindad.
Sin que el humo del amor ciegue sus ojos en esta hermosa mañana, Beti admite que Patty está en lo cierto: Piq es bruto; pero, ¿qué puede hacer el pobre? A cada cual nos creó Dios de una forma y a él lo creó bruto. Las cosas son como son. (Anoto un apunte en mi libreta: Alguien debería de comunicarle a Dios, a los efectos oportunos y sin ánimo de molestar, que su despreocupación por los seres que ha creado empieza a ser alarmante.)
Piq es bruto, sí, mas eso, por paradójico que se antoje, no inhibe sino que arrastra a las mujeres a suspirar por él con los clásicos movimientos rotatorios del dedo corazón (movimientos que a causa del influjo de la gravedad terrestre se realizan en el sentido de las agujas del reloj, de hallarse la ejecutante en el hemisferio Sur, y al contrario en el hemisferio Norte). Las cosas son como son y las mujeres también (Dédalo tuvo suerte al ser encerrado en un laberinto y no en un alma femenina).
Mientras recorre el paseo, Beti canta, sonríe, escucha los sonidos del entorno y es feliz. En la sangre siente la euforia que infunde la primavera. Una euforia tan injustificada como la melancolía que esparcen las crines del primer viento otoñal.
Hoy es sábado y la urbe, donde comedia y tragedia bailan juntas piel con piel, ronronea adormecida.
A esta hora, las ocho pasadas, Beti podrá disfrutar tranquilamente en el parque de sus tres amores: los patos, los viejitos sin sueño que se levantan con el sol y Piq, el amado de presencia incorpórea cuyo nombre repite cuanto la rodea, como los tacones de esa mujer, que al golpear en los adoquines dicen Piq Piq Piq; o el claxon de ese coche, que en el cruce del paseo Pujades, justo a la entrada del parque, dice Piq Piiiq.
El conductor se asoma a la ventanilla y no dice Piq sino:
—Guapa, si yo me extraviase en un cuerpo como el tuyo me comía la brújula a bocados para no encontrar el camino de retorno.
Beti sonríe. Beti siempre sonríe, y hoy más porque está enamorada (el violín toca en lo alto de la chimenea y peces de anfibolita danzan en las lagunas de nácar). También el conductor sonríe tras haber expresado su pensamiento, o quizá la ausencia de él.
Con bromas se estrena el día, a ver luego qué nos depara.
El parque huele a yerba húmeda. Un aspersor escupe al vacío. Los gorriones trisan bullangueros en los álamos. La hoja tristona del ciruelo rojo contrasta con el verde chulapón de los castaños de Indias. Las acacias expanden en torno a sí bellos pétalos moribundos (un toque de decadencia). Palmeras y palmitos improvisan, detrás de los aligustres, estampas de un sur que se va comiendo al norte (eso significa que el mundo anda mal; no obstante, como bien nunca ha andado, apenas se nota).
Dos turistas desparraman en el césped su piel frágil y blancuzca. Desparraman además sus pertenencias provocando a los ladrones, que por aquí son todos extranjeros, añadiríamos si ello no fuese políticamente inaceptable, xenófobo y verdad, tres vicios horribles en los que no debe incurrir una persona decente ni yo tampoco.
Un caracol se escurre hacia el paseo.
—Cuidado, caracolito; podrían aplastarte –le susurra Beti.
Lo devuelve al jardín y al erguirse casi choca con un hombre.
Este se gira para echar una ojeada al tentador culo de esa minifaldera a quien ha visto varias veces jugando con los patos. ¡Patos le iba a dar él!
El hombre se rasca la barba de dos días. El sol empieza a picar. Y si dices el sol dices la piel o dices los reparos o dices el copón bendito. ¿Por qué no puedes tener unos gustos normales? Te lo planteas de víspera, cuando te ataca el contradictorio deseo de cejar y de proseguir. Unos gustos normales. Chico chinga chica. Con su embeleco de amor. Y si dices amor dices lazos o dices convenciones o dices una existencia como ha de ser. Te cagas en el amor y en lo que ha de ser. Bien, pues aquí estás, cagándote en el amor y rascando la barba de dos días. Y si dices la barba dices las dudas o dices el ansia de sexo. Podrías montártelo abiertamente al estilo de Montagut. Por lo legal, aunque legal quizá no sea la palabra oportuna. Llegas a un acuerdo con la madre, te trae a la niña, le detallas lo que quieres, lo hace, le sueltas la manteca y asunto finiquitado. Él lo soluciona así. Breve y limpio. Bueno, quizá limpio tampoco sea la palabra. Con las penurias de la inmigración y el decaer de los escrúpulos, madres no te faltarían y niñas menos. Lo ensayaste y fue un fracaso porque hasta en la anormalidad eres anormal. No había emoción. Todo previsto. Cada uno ajustándose a su papel y conociendo de memoria la réplica del resto de los personajes. Tú, para que funcione, necesitas la incertidumbre, la clandestinidad, el peligro. La inocencia de la niña. Inocencia, esa sí que no es la palabra. A la niña prefieres suponerle un paño de perversión. Como si sabiendo lo que ocurre lo disimulase. Como si todos disimulaseis. Pero improvisando. Lejos del guión estricto a que se somete Montagut. El día va a ser caluroso. Pese a lo temprano, el sol pica con ganas. Y si dices el sol dices la fiebre erótica o dices el miedo. Sí, el miedo. La sociedad enjuicia cada vez con peores ojos tendencias como la tuya. Podrían meterte en el trullo. Y con gran alharaca de la prensa, ese hatajo de hipócritas. También el sexo ha de constreñirse a unos cánones rígidos. El pensamiento único. La conducta única. Caminamos aborregadamente hacia la idiotización universal propiciada por la bobería sajona y los perros del orden y las buenas costumbres. Y por el fariseísmo político. Un político es un corrupto privado que predica la honradez pública. Bla bla bla. Y donde dices perros dices perras represoras, hoy las más intolerantes y las que más alto ladran. Liberanos domine. Tendremos un día abrasador. Veinticuatro grados a unos minutos de las ocho. Y ahora la comedia. El trato con la celestina. El chalaneo con esa bruja flaca, treintona, de labios secos, dientes sucios y arrugado vestido que le cae hasta los pies. Un sonreír goloso descomprime tu boca revejida. Introduces la mano en el bolsillo del pantalón y empuñas el pene, que se agranda con encomiable disponibilidad para el deporte mañanero.
—Hola.
La chica contesta con un mohín.
—¿Está a punto?
—Ajá. Pero oye, tío, si la quieres tienes que apoquinar tres azules. Lo que me das es una mierda.
—¿Una mierda? Joder, pues me sobraría para echarle seis caliques a una zorra.
—Pues vete y échalos que preparado estás –gruñe tras una mirada al bulto que la mano compone en el bolsillo.
Él bufa.
—Joder, tía, te pasas tres pueblos conmigo.
—Pues búscate a otra y no me líes, que me la juego igual que tú.
Para extraer los billetes suelta el cipote, que se dibuja correoso bajo el fino pantalón.
—Toma. Y entretenla unos minutos, porque con lo que me trincas…
—Vale.
La mujer se dirige a una rubita de siete años que corretea junto a la cascada.
—Olga, ¿quieres refresco?
—Sipi, porfa.
Llena un vaso amplio en cuyo fondo hay una fina capa de polvillo blancuzco. Lo remueve y se lo da a la rubita, que lo sorbe en un santiamén.
—¿No te entran ganas de mear con tanto refresco?
—Sí. Vamos al váter.
—Los han cerrado por obras.
—Pues vamos a una cafetería.
—¿Pagas tú?… Yo no llevo un céntimo.
—Vaaaa, no seas mala.
—Hazlo detrás de un tronco.
—Sí, ¡y qué más! Em fa vergonya[1].
—¿Por?
—Porque me ven los niños.
—Los niños no miran.
—Sí que miran, que son unos cerdos.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Con el deje teatral que usa la perversión cuando aún no ha roto el capullo de la inocencia, la niña continúa:
—El año pasado, en las colonias, cuando hacíamos pipi en el campo iban a ver si nos pillaban y se reían como bobos. Pero me contó la Jéssica, la que vive en Sant Pere més Baix, ¿sabes?, la hermana del Gabi, ese que es tan guapo, que cuando iban las mayores, las de tercero, los chicos se escondían para mirar y no se acercaban. Y también me contó que la Joy, que es una amiga de la Jéssica que tú no la conoces, una que es muy marrana muy marrana, cuando sabía que los chicos estaban mirando se ponía a hacer pipi adrede para que la vieran. Y dice que luego se reían mucho porque a los chicos –afloja la voz hasta casi musitar– se les hinchaban las titolitas y tenían que hacerse pajas.
—¿Y eso qué es?
—Pues que se tocan ahí, boba.
—¿Para qué?
—Porque son unos cerdos o yo qué sé. Va, vamos a una cafetería.
—Te he dicho que no tengo pasta.
—No siguis bleda[2], porfa, que me estoy meando.
—Si quieres te acompaño hasta los setos y meas detrás, ¿vale?
—Sipi; pero corre que me se escapa.
La pequeña camina con el trotecillo cómico de un cordero recental.
Junto al estanque hay una joven de falda corta a cuyo alrededor algarabían los patos. Les habrá traído de comer.
Galletas. Al principio Beti les daba lechuga. Había leído que los patos se alimentan de plantas. Los silvestres quizá. Estos engullen cuanto el visitante les arroja, incluido el envoltorio, la tontería y el aburrimiento.
—Excelente mañana –le dice un dandi de sombrero calañés y tornasol en la oreja.
—Sí, preciosa –responde Beti.
Una rubita se vuelve a fisgonear. Beti le sonríe. La niña no le presta atención porque se está meando.
Conteniendo las premuras de la vejiga rebasan el estanque y se detienen ante los aligustres. Tras comprobar que no las vigilan, se cuelan entre las ramas y acceden a un reducido claro que el seto y los arbustos esconden.
La pequeña pretende subir el vestido. La mujer se lo impide.
—No te dejaré hacerlo. Te he engañado.
—Tía, porfa, que me se escapa.
—Pues tendrás que aguantarte hasta que te dé permiso.
Sin cesar de reír vence la débil oposición de la niña y la tumba boca abajo en la yerba.
Detrás de las ramas distingue la figura del hombre, igualmente en el suelo.
Cuidando de mantener a la niña de espaldas al mirón, le cosquillea los riñones.
La niña se pone a gatas riendo. La mujer le aprisiona la cabeza entre sus muslos y le alza el vestido hasta los hombros.
El hombre tiene ante sí, apenas a medio metro, las columnas de mármol rosado que los muslos de la niña son y las bragas infantiles, animales candorosos, frutas trémulas, que inician la danza del extravío.
—No me hagas pessigolles[3], porfa, tú, que me se escapa el pipi –ruega entre carcajadas.
—Huy, pues tendré que quitarte las braguitas para que no se mojen.
Se dobla y, sin despinzarle la cabeza, le desliza las bragas hasta las rodillas.
Un rabión de sangre surca el cuello del hombre. Ante sus ojos fosforece el culito de la pequeña, estrecho, duro, irreal como un templo soñado.
La respiración se entrecorta. Baja la cremallera. Los dedos estrujan al miembro número once de la cofradía, al Hermano Mayor, que del reencuentro goza y del ansia se estremece.
La grupa de la pequeña oscila al compás de las carcajadas.
—Qué culo más bonito –bromea la mujer, y lo soba despacio.
El movimiento contrae y ensancha la hendidura.
La mujer, que entrevé el lento ir y venir del brazo del hombre, empieza a excitarse. Sus pezones se yerguen bramando suspiros.
Los ojos varoniles se sumen en la grieta umbría, en el desfiladero de la perdición, en el laberinto carnívoro, y allí, cual ascuas que claman o clamores que arden, se prenden en el redondel pardo-rosáceo del agujerillo, lábil, sutil, tercamente ocluso como el cofre del tesoro que jamás existió.
La mujer aparta la mano. El brazo del hombre se estira y la sustituye. Roza el traserillo. Lo palpa. Maná. Fantasía. Esencia. Evanescencia. Nada. Siempre nada.
La mujer disminuye la tensión de los muslos sobre la cabeza de la niña para atenazarla nuevamente, ahora contra el sexo. Principia un comedido vaivén. Las oquedades rezuman.
Toca la mano del hombre. Se quema en su fiebre. Le levanta el pulgar, que obsesivo gira en torno al ano infantil, rutas tabúes, retumbos de anatema. Milton. El infierno perdido.
—Suéltame, marrana –pide riéndose la rubita.
La mujer la atrae para incrementar la presión de la cabeza sobre el sexo, ya empapado.
La niña ha de abrir los muslos para no caerse. En esa posición el hombre descubre, además de las dunas de imposibles oasis, la línea compacta del imberbe melocotoncito, alabastro rayado.
La mano aumenta el bombeo al ver la rajita tan inminente, tan inalcanzable. Imagina la pulpa virgen y grana. Imagina la lengua en túneles de satén. Imagina la nieve en el cuarzo blanco. Imagina… y sedas sueña en Samarcanda.
—Suéltame, porfa, que me meo. De verdad.
—No, no; espérate un segundo.
La mujer oprime con ambas manos la cabeza de la niña contra el coño hasta que una agradable convulsión le funde el cuerpo.
La rubita libera la cabeza y quedan de rodillas frente a frente.
—¿Qué te pasa?
—Nada; que jugando me he cansado –se excusa la mujer.
La respiración recobra la regularidad en su tórax caquéctico.
—Voy a hacer pipi.
—Espera.
—¿A quéee?
—¿No te gustaría mear igual que un niño, de un lado para otro, como si tuvieses una manguerita?
—Sí ¡y cómo!
—Ponte de espaldas y súbete la ropa.
La rubita, sujetándose el vestido sobre el vientre, se sienta en la silla que las manos entrelazadas de la mujer forjan. La eleva esta a la altura del regazo y, cual niña chiquita, le separa los muslos de modo que el duraznito desagüe al frente su licor.
—Cuando te diga, empiezas, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Ahora.
El chorro fluye manso y claro, cobra intensidad y describe una parábola que fluctúa al ritmo del balanceo. En los aligustres se estrella y al estrellarse salpica al hombre, que con la boca de par en par busca su pitanza de perro hambriento.
El sabor ácido y salino lo trastorna. Fuera de sí, precipita la mano y eyacula.
Los grumos de esperma se confunden con las flores.
Marchan las mujeres riéndose. El gorjear de los pájaros escinde el silencio.
El hombre se alza y lame las gotitas que cuelgan de las hojas, rocío del Edén, clítoris impensados. Feliz y rendido, se distiende.
El sol le pudre las ensoñaciones. Los pensamientos habituales, desalojados por la lujuria, tornan como hormigas ávidas corroyendo la intemporalidad de la libido y vomitando los tumores del presente.
Despega las briznas de la ropa, sacude con brío los trozos mojados de la camisa y se rasca la barba. Y si dices la barba dices la cotidianidad o dices las precauciones. Alguien podría verte salir del escondrijo detrás de la pequeña, y ya sabes que los dedos que acusan los carga el diablo. Sí; lo tuyo con las niñas se está poniendo difícil aunque escojas horas tempranas. ¿Qué podrías alegar en tu favor? ¿Que la pequeña no se entera? ¿Que no elegiste tus inclinaciones? ¿Que no logras controlarte? ¿Que, como habría sostenido el difunto Verbecque, la humanidad no la has creado tú sino el Buen Dios y a él le corresponden las explicaciones? Da lo mismo. No, no te estoy culpando. Yo no soy juez; soy el escriba que en sus papiros recoge las ilusiones y miserias de las criaturas del Señor. Pero ellos no se parecen a mí. En ellos no hallarás clemencia porque necesitan personas como tú. Necesitan leprosos sobre los que escupir su desprecio antes de confinarlos en olvidados Molokais. Necesitan endemoniados a quienes insultar y apedrear mientras los pasean por la plaza pública a lomos del burro de la denigración. Necesitan, en resumen, judíos a los que crucificar. Es el sacrificio humano que en acción de gracias le ofrecen a su dios caníbal por haberlos hecho tan buenos, tan inmunes, tan equilibrados; tan perfectamente vulgares y anodinos. Escupes al bies y te cagas en la normalidad. Con un gesto de satisfacción, y eso sí que no te lo perdonarían de modo alguno, apartas las alheñas y te encaminas hacia el estanque. Un individuo de sombrero calañés, que repara en tu ropa humedecida, observa el cielo con mohín gracioso temiendo la lluvia.
El dandi retoca el lazo verde vivo sobre la camisa de seda flava y se extasía apoyado en el puño marfileño de su bastón. ¡Qué bello entorno! El sol colma de perfume las flores e intensifica el verde de las plantas. Voces de niños, celo materno, bondad de ancianos, tenues sonrisas del amor. ¡Oh, parque, parque, de la inocencia ubre! La ingenuidad de la infancia se percibe por doquier. En el hombre de ropa húmeda, que sonreía relajado y beatífico como solo puede hacerlo quien acude al parque para agradecerle a Dios el flujo primaveral. En la muchachita que jugaba con los patos y no con el cisne cual mitológica zorrona. En la rubia que bebe un refresco junto a la mujer de arrugado vestido. En ese caballero con lentes, bigotín, mandíbula sapoide y circunspecta corbata, cuyos labios, aunque camine presuroso, una sonrisa esbozan.
El caballero en cuestión no es consciente de su sonrisa (ni del paraje que lo circunda) hasta notar la mirada de un excéntrico individuo con pajarita, pantalón bombacho, girasol en la oreja y sombrero calañés. «Algún majara de los que suelen vagar por los parques», deduce, y no le presta atención.
El caballero del bigote tiene prisa. A su señora le ha contado que se marchaba a dar un paseo al parque Güell para desentumecer los músculos, lo cual es casi verdad (el caballero del bigote respeta demasiado el matrimonio para mentirle en exceso a su señora); y si no se halla en el parque Güell sino en el de la Ciudadela, sí que se dirige, con el anunciado propósito de desentumecer algún músculo, hacia el chaflán de las calles Pujades-Meridiana. Allí el caballero del bigote, que es juez, ha alquilado, junto con otros jueces, un piso para careos y culeos con testigos especiales. Por él transitan mujeres de lujo, a quienes pagan por cobrar, meretrices diversas, alguna amiga y muchachos que aforan por inconfesos favores en el foro recibidos.
La pasma, que seguía a un cosanostra siciliano, les reventó una vez la vivienda. El mafioso se encontraba en compañía de dos jovencitas menores de edad, que no de vicio, y de un juez catalán legendario por dictar las sentencias ajustándose al recto proceder de su recto o a la billetera de la parte condenable. Esnifaban coca.
La presencia del magistrado no trascendió. Jueces y policías son como lobeznos; amagan y se enseñan los colmillos pero no acostumbran a morderse. Cuervos con cuervos no se arrancan los ojos, dice el refrán sefardí.
Don su señoría cruza la calle y entra en el portal.
Con temblores de novicio, impropios de sus sesenta y tres años, sube a la quinta planta.
Introduce la llave en la cerradura.
Ante sí, a media luz y en silencio, un pasillo impersonal. Las puertas que a él abocan se hallan cerradas.
De puntillas, lo que mentalmente considera extravagante puesto que hacer ruido carece de importancia, camina hasta la segunda de la derecha, bajo la cual refulge una franja de fósforo y silencio.
La ruinosa cafetera hipertensa le late con un clof clof desacompasado. El mador le humedece la piel.
Presiona la manija de brillos mustios. Empuja la puerta. El sol explota en claridades.
El doble cristal de la ventana impide que sonidos externos perturben la quietud del dormitorio. El sol, en cambio, penetra esplendente, se repanchiga en la cama, pule las baldosas y se aúpa a los botines del juez, que cierra tras de sí.
Sus ojos recorren el camino contrario. Patinan en la luminosidad del gres. Se encumbran al lecho.
Los músculos del rostro se ablandan. La boca se abre en una mueca que arruinaría un alegato en favor de la inteligencia de la especie. Solo las pupilas, grapando su sed en el cuerpo femenino que yace sobre la colcha, no se contagian del relax.
Bordea los treinta años. Desnuda. Boca arriba. Ligeramente vuelta la cadera para que un muslo repose en el otro. Sol, sombra y silencio le molduran las piernas róseas y ajamonadas. Respira con regularidad. Párpado entornado.
El juez se desviste cauteloso, como si en su mano estuviese turbar lo inmutable. Arrastra una silla y se sienta a la vera del lecho. El sol, que le salta al hombro, compone una orla con los pelos blancos que allí crecen. Buda lascivo.
Contempla a la mujer. Cabello largo revuelto sobre el cabezal. La raya que en la frente anticipa la primera arruga. Las cejas perfiladas. La nariz carnosa. Los labios enjutos con un poso de sonrisa en los bordes. El cuello que late. Las tetas, que por la posición basculan a los lados levemente lacias. Los pezones de areola enorme y descolorida. Desdibujada. Casi indistinguible. Bajando y subiendo con la cadencia de la respiración. El estómago, que conduce a los misterios del ombligo. El vientre con su vello de color café. Las piernas, que rompen en fulgores al invadir la zona soleada. El arco hermoso de las rodillas. Los pies cetrinos.
El pene de don su señoría experimenta un grácil hormigueo y engorda una nonada sin despedirse de la flacidez.
Ella mueve la cabeza. Descorre los párpados. El iris surca la córnea blanca y sucumbe en el abismo. Sonríe. Ondula el cuerpo como quien se despereza. No puede despertarse. Las pastillas.
El juez coge el tubo. Faltan dos comprimidos. En el vaso, un dedo de agua.
Mejor.
Se toca el pene pendulante, similar a una salchicha algo podrida.
Despierta lo desasosegaba. Los ojos. Se sentía intranquilo al comparar su cuerpo, laso, barrigón y pellejudo, con el de ella, aún joven. También se angustiaba por no proporcionarle el placer anhelado. Con una puta sería diferente. Ella es amiga, no puta.
Al cumplir años, veintiocho, le regaló el libro con la esperanza de que comprendiese. Lo entendió a la primera. No tuvo que explicárselo.
—¿Quieres que me drogue cuando quedemos?
Desde aquella mañana toma un par de comprimidos antes de la cita y se la encuentra así. Inconsciente. O en el límite de la inconsciencia. En medio de luces difusas, confusos recuerdos y mucha paz. Paz, sol y silencio.
Una noche pretendió engañarlo. Él lo advirtió. La pupila. Acechadora. En los resquicios. Ráfagas de inteligencia que las pastillas barrían. Y nada de paz. Los labios tensos. Sin la sonrisa relajada que los moldea y embellece en este instante. Se enfadó. Ella pidió disculpas. Una niñería, perdóname. Curiosidad por saber qué haces mientras estoy inerte. No volverá a ocurrir.
Se conocieron dos años atrás.
Ella iba a los juicios. Los ojos en el acusado. Una mirada extraña. No de reproche, expectación, misericordia o incertidumbre. Una mirada de… lujuria. Sí. De sádica lujuria. Por eso el ilustrísimo don su señoría reparó en ella.
La mirada le pareció de lujuria desde el primer momento. El hervor intuido. Los labios entreabiertos. La posición de la cabeza. La lumbre en los pómulos. No obstante, le costó aceptarlo. La voz íntima de la sensatez demandaba comprobaciones para admitir la evidencia.
La observó paciente.
No era estudiante de Derecho ni periodista, puesto que no garabateaba apuntes, y acudía solo a juicios relacionados con asuntos sentimentales en los que sobre el reo pendían penas superiores a los tres años de prisión.
La turbiedad de su mirada, más que de la apostura, dependía de la postura del encausado. Si se trataba de un ser quebradizo que insistía vanamente en proclamar su inocencia, el fulgor lúbrico de aquellos ojos tronaba de forma tan notoria que el juez temía que todos se percatasen.
Aunque el sentido común porfiara en recabar fundamentos, don su señoría empezó a asumir que aquella mujer se excitaba ante la posibilidad de que un inocente fuese enviado a la cárcel.
No se sorprendió. Su profesión lo había familiarizado con la prosa del más brusco de los realismos, el de las diligencias policiales, que suele contradecir el tópico de una angelical alma femenina. Su padre le contaba que en la guerra de 1936 grupitos de mujeres de la burguesía se levantaban pronto para, con el plácet de algún funcionario, presenciar los fusilamientos entre suspiros indiscernibles y mejillas candentes. Cachondas al son del fusil.
La crueldad de la fémina, lejos de provocarle rechazo, despertó en él unos centímetros de lascivia, ya muy mermada por la edad y el matrimonio, sepulcro del sexo.
Si las incógnitas eran muchas, la certidumbre era una y clara: aquella mujer le ponía el rabo a tope.
En la pausa de un proceso le rogó a su ayudante que hablase con ella. El ilustrísimo señor magistrado juez estaría encantado de invitarla a un cafelito en su gabinete.
Le indicó una silla.
Después de servirle el café –de máquina y en vaso de plástico, válganos dios– le preguntó sin circunloquios a qué se debía su presencia en los juicios. Ella le explicó que estaba en el paro y que se aburría y como le agradaban las historias judiciales había decidido asistir a algún proceso.
El juez captó la mezcla de admiración y placer con que ella lo miraba, los brazos apoyados en los muslos, las palmas hacia arriba. Postura de sutil ofrecimiento.
Extrajo partido de esa buena disposición haciendo un alarde de anécdotas y sabiduría en los bajos fondos. El pavo que exhibe la pluma.
Hubo en los días siguientes charlas prometedoras.
Un lunes convinieron cenar en el restaurante Rías de Galicia, bajo las enaguas de Montjuïc.
Ella se presentó realmente apetecible. Azul pálido el vestido, con ensiformes hojas blancas, cerrado por delante hasta el cuello y entallado para resaltar una cintura fina y un busto aceptable. Por detrás, un sinuoso escote caía hasta donde la espalda se vuelve desvarío. La chaqueta blanca, con diminuta florecilla azul en el ojal, completaba un atuendo, elegante en su sencillez, para una noche de principios de otoño.
El maquillaje también era simple, aunque esmerado. Del conjunto transpiraba el celo por seducir propio de una primera cita.
Una vez que se libraron del turbión de azafatas, maître, camareros, ayudantes y demás famulicio que escarabajea en los restaurantes de lujo acomodando, sugiriendo, preguntando, poniendo y quitando platos y botellas –caldeirada de marisco y albariño en el caso que nos ocupa–, mujer y juez, el ojo lustroso, el moflete encendido, ligera la lengua, se sinceraron a la luz de un orujo con guindas.
La moza, aflojada por los licores, reveló el origen de su adición a los juicios, y a fe que venía de viejo.
Andaría ella por los diecinueve años. Ojeaba un periódico. El cajón de delincuencias diversas recogía la crónica de un hombre a quien iban a juzgar por la muerte del marido de su amante. Un asunto oscuro según el periódico. El eterno asunto oscuro. Un marido asesinado. Una esposa ambigua que tenía un amante pero estimaba al marido y no le deseaba ningún mal. Un amante encelado dispuesto a desbrozarse el camino, quién sabe si impulsado al desescombro por la esposa. Ella lo negaba. Y él negaba haberle hecho daño alguno al marido, que constituía una buena excusa para eludir responsabilidades. La vulgar historia de costumbre. Una mujer con alibí y un amante con un montón de pruebas en contra que lo inculpaban en un crimen que seguramente no había perpetrado.
Al terminar de leer se centró en la foto del presunto. Un individuo de treinta y cinco años con mueca de perplejidad y desdicha. Entonces, una dulce sensación le inundó la vulva desbordándosele por la calle angosta del trasero para formar un cordoncillo de placer del vientre al cóccix.
De pronto ella era la viuda y miraba la fotografía del pobre estúpido que, condenado por una muerte que ni siquiera había soñado ejecutar, gimoteaba en la prisión maldiciendo sus malas artes de puta. Y mientras miraba la fotografía, en sábanas de raso, bebía champán y se refocilaba con el amante que sumergido entre sus piernas le apartaba el pendejo ensopado del mejillón para degustarlo. Su auténtico amante, aquel con quien había tejido el crimen que durante lustros se iba a comer el bolonio en una cárcel pringona. Y veía a este en la celda sodomizado por inmisericordes delincuentes de penes sarmentosos, esperpénticos, que bombeaban y bombeaban en el círculo cobreado para a continuación, carmesíes y sucios, desencajarle las mandíbulas y eyacular en su boca.
Con la foto del imbécil ante ella se tumbó en el sofá, desenfundó los pantalones, introdujo la mano bajo la braguita, la cerró para que los nudillos presionasen el clítoris, apretujó los muslos e inició una cadencia de contracciones imaginando al papanatas en el calabozo y a sus compañeros que, de polla en ristre, lo escarnecían.
Gimió bajito, aumentó la fuerza sobre los caballones del surco y se encogió experimentando un orgasmo hasta aquel momento inconcebible.
No le concedió importancia al lance ni relacionó la calentura con lo dañino del episodio. Lo haría tres meses después.
Hombre de treinta y un años acusado de violación por su exnovia. Según el rotativo, habían roto semanas atrás. En una ulterior visita a casa de ella, él le había propuesto darle al quil. La moza se opuso y el sátiro se la chingó a la brava.
El testimonio masculino difería en parte. Su exnovia lo había invitado a comer y tras los postres hicieron el amor. Ella, que jamás había asumido la ruptura, le suplicó que reanudasen las relaciones, ya que todavía se deseaban. Él contestó que era inútil; el aceite del candil se había agotado. Se despidieron y él marchó con los amigos.
Ella creyó a la chica. En tales temas la mujer no engaña y conocido es que los hombres, aunque repudien a un viejo amor, no renuncian a un kiki volandero.
Ahí hubiese finalizado la cosa de no tropezarse por casualidad con una compañera, que resultó ser íntima de la violada, la cual le desquició la información.
Fíjate el rollo que se ha pegado la tía tía que como el tío no quería con ella ni flores tía se dijo sí pues te vas a joder tío y si no te enrollas conmigo no te enrollarás con ninguna otra porque te vas a pudrir en el trullo hasta que te mueras y lo invitó a comer en casa tía fíjate qué cabrona la tía tía y lo puso cachondo tía porque los tíos en cuanto beben y les sonríes se ponen igual que motos tía y le calzó el préser para hacerlo tía y le dijo que la agarrase fuerte por las muñecas porque le gustaba follar así tía con los brazos bien cogidos como si la estuviesen forzando tía y cuando acabaron y el tío se piró la tía se vació la leche de la goma en los pelos del chichi y se marchó corriendo al hospital tía y les enseñó las marcas que el tío le había hecho al sujetarla por los brazos tía porque tiene la piel sensible y en cuanto la aprietan un poco le salen moratones tía y les dijo que la había violado su exnovio y que aún tenía restos de semen en los pelos del chichi tía y como había follado de verdad le exploraron la vagina y se lo tragaron todo tía los médicos y la poli y al tío tía le piden siete años de cárcel tía si es que los tíos son tontos tía.
Partió presurosa al finalizar la compañera el relato. Tenía miedo de que notase la convulsión que la azotaba. Se sentía el rostro inflamado, el resuello caballuno y la boca seca. En su entrepierna había tanto líquido que podría nadar un pez de colores.
Las imágenes del polvo mistificador la trasteaban. Principalmente aquella en que la exnovia, desnuda sobre la mesa, postre de lujo –conjeturaba que habían copulado en la mesa–, escurría la leche del condón, la ordeñaba sobre el pubis maquinando el dulce desquite.
Caminaba aturdida por los picores. El cuerpo un nervio. Vestía blusa holgada, sin sostén, y vaqueros ajustados. No lo olvidó porque al andar percibía la rozadura del tejido en los pezones y la presión del tejano sobre el clítoris. Una sensación que al expandírsele por el cuerpo la estaba volviendo loca. Con la mano izquierda mantuvo muy subidos los pantalones, para que la costura se incrustase en el canal, y aceleró el paso. Al cabo de unos segundos corría entre bocanadas de placer. Paró en seco apretando las piernas con furia suficiente para reventar un níspero. Se apoyó en un poste. Los ojos casi en blanco. El rostro una brasa. El pelo empapado en sudor. Las piernas temblorosas. El cuerpo sacudido por un orgasmo salvaje.
—Nena, ¿te encuentras mal?
¿Mal? No se había encontrado mejor en su vida.
Al oír la pregunta se apercibió de que algunas personas la observaban con diverso grado de extrañeza. Su tez se tiñó de tal sonrojo que con menos lumbre han ardido bosques. Seguramente habían descubierto que se acababa de correr encharcándose hasta las esparteñas.
—No no… Creo que me he mareado –se disculpó.
Tenía la braga tan mojada que no un pez, un bancal podría haber vivido allí con holgura.
La fantasía no había muerto. Prosiguió cultivándola. Husmando detalles.
Un ciento de veces recompuso la cópula de sobremesa. Masturbación que constaba de las mismas imágenes. Rozaba al macho. Le sonreía. Lo excitaba contra su voluntad. Ella, que ya no era ella sino un señuelo lúbrico que con el lazo de la seducción amarraba al hombre y lo conducía a la jaula en que lo encerraría para siempre. Luego se entregaba al goce de verlo allí dentro, rabioso por la traición. Interminables pasillos de enjaulados hombres desnudos que la maldecían y aun así la deseaban, como sus penes rocosos se empeñaban en certificar. Y ella se reía mientras nuevos amantes, carne de prisión en el futuro, le proporcionaban placer por todo el cuerpo. Lenguas y penes. Penes y lenguas.
Reparó al fin en la grata nequicia de la que derivaban sus éxtasis y comenzó la búsqueda de carburante para los fogones. De la grisalla del relato periodiquero, en voz de plumistas reiterativos, pasó a la inmediatez de los tribunales, donde jueces y abogados montan su farsa y los acusados empalidecen.
A esta altura de las revelaciones los ojos de don su señoría se habían incendiado en los de la hembra. Marisco, buen vino, una muchacha agradable y aquellos desahogos en un susurro confidencial, para esquivar orejas intrusas, habían logrado que el juez se empalmase como un padrillo.
Tras echar al coleto otra copa, en uno de esos bares nocturnos regentados por malhechores que abusando de la penumbra del local atracan al cliente por brebajes infectos, don su señoría se puso meloso. Le confesó que la encontraba encantadora y le anunció que se había tomado la imperdonable libertad de comprarle un regalito.
En cuanto ella abrió el estuche opalescente, que contenía una sobria pero original pulsera de oro con una minúscula esmeralda en cada extremo, le perdonó la imperdonable libertad. Las mujeres poseen una benevolencia infinita para tolerar ciertos atrevimientos.
El juez le propuso concluir la tertulia en un sitio idóneo.
La chica, que se hallaba en esa fase piscatoria en que las mujeres permiten que el pez fantasee alrededor del anzuelo creyéndose el número uno del litoral, sonrió conforme.
Pernoctaron en un hotelito de Calella.
La velada poco dio de sí. El bueno del juez había pimplado más de lo conveniente y presentaba una insensible erección alcohólica que le inhibía el goce.
La pebeta lo consoló y hasta le veló los ronquidos sin incomodarse. Sus propósitos venían de muy atrás y no morían con la aurora. No. El cebo flotaba en el río. Recoger el pez era cuestión de paciencia.
Tardó unos días en ir por los tribunales para que fermentara la inquietud. Después hubo reuniones discontinuas –la moza se racionaba bien– en diferentes hotelitos.
Las fantasías de ella continuaban siendo el leitmotiv de la conversación, aunque el meollo había ido derrapando de las estampas pasadas a pretensiones futuras nunca expuestas palmariamente.
El juez, quizá porque ella supo construirle un reflejo condicionado –tras la narración se consumaban las fornicaciones–, terminó por involucrarse en aquellas confidencias. No solo se enmarañó en la red sino que portaba en el lomo seis o siete arpones de apreciable magnitud.
Amaneció el once de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes, su onomástica. Bigotillo Lapuente le había consultado un mes antes qué obsequio querría recibir. «Esa noche te contestaré», fue la respuesta. Y esa noche recalaron en Malgrat.
Bajo el edredón de un apartamento, frente al Mediterráneo, Lourdes sobaba el bulto gandul de su señoría. Hacía frío. Con la lengua jugaba a penetrarle la oreja al tiempo que dejaba resbalar las palabras.
—Hay un personaje histórico que me fascina y del que no te he hablado. Es mi diosa. ¿Sabes a quién me refiero?
—No.
—Salomé.
El silencio dijo ¡coño! y volvió a quedar mudo.
—Baila para mí.
Cien ojos la lamen. Relámpagos de alcohol, grifa y luz de antorcha.
—Bailaré si me regalas su cabeza.
Se hunde la Luna en la noche.
El rey acaricia los anillos.
—Pídeme otra cosa. Perfumes del Oriente o telas de Sidón.
—Tengo perfumes del Oriente y telas de Sidón.
—Pídeme oro de Nubia o perlas del Sur.
—No deseo oro de Nubia ni perlas del Sur.
—Pídeme filtros de placer traídos de Babilonia.
—Mi cuerpo es joven. No precisa filtros.
—Te entregaré veinte esclavos etíopes para que disfrutes. Después podrás cortarles la cabeza.
—No quiero la cabeza de ningún esclavo. Quiero la suya.
Mohín de capricho en el morrito acuoso que en la noche cual la Luna se desangra.
Entreabre y cierra los muslos, carriles turbulentos que confluyen en el más atrayente, el más transitorio de los paraísos. Posa la mano en la túnica del tetrarca. Sobre la caña del timón.
—Bailaré si me entregas la cabeza del Bautista.
Y la nave va virando por el mar en llamas.
—¿La danza de los siete velos?
Confirma el morrito fruncido.
—¡Que traigan al predicador!
Cien ojos la lamen. Centellas de hachís, vino y resina en luz.
Los cortesanos retroceden. Componen un corro. El rey por delante. En medio, de rodillas y con las manos atadas a la espalda, el predicador. Se burla la Luna, de tragedias tejedora.
Percuten desganados los panderos. Salomé en pie ante el tetrarca. En pie ante el predicador. Los rizos potencian la morena belleza de su rostro. Son tus cabellos rebaños de cabras que ondulantes van por los montes de Galaad, masculla el rey. Está inmóvil, sonriéndole pícara al tetrarca. Son tus dientes rebaño de ovejas recién salidas del lavadero; de apetecible grana son tus labios, masculla el rey. Los hombros femeninos empiezan a titilar al son de los panderos. Casi imperceptiblemente. Las minúsculas láminas áureas de los collares retiñen. Es tu cuello cual torre de David de la que penden mil escudos, masculla el rey. Los panderos acrecientan el ritmo. La vibración en hombros y brazos se hace evidente. Resbala contagiándose a las tetas. Pequeñas. Firmes. Con pezón chiquitín y puntiagudo. Oscuro. Sueños que llevan a la perdición. Son tus senos como cervatillos; como dos tiernas gacelas que pastan en los prados, masculla el rey. Los pezones vibran ante los ojos del tetrarca. Los roza con la lengua. El tierno montículo endurece y sucumbe. ¿Quién eres tú, hermosa cual la Luna, relumbrante como el Sol, terrible como un ejército sanguinario?, masculla el rey. Ante sus ojos las trémulas tetitas bailan una danza propia. Independiente. Cálidos tañen los panderos. Su son sacude el estómago desnudo para después, roto en resonancias, despeñarse por las simas de un ombligo mitad noche, mitad reclamo, que la lengua del tetrarca ansía explorar. Tu ombligo es copa de dulce licor, masculla el rey. Los panderos avivan lentamente el ritmo. Se caldea la estancia. Ciñe el talle de Salomé un cordón de oro. De él cuelgan siete velos largos, en diferentes colores, que ocultan la parte inferior del cuerpo. Entre ellos al bailar asoman y se esconden las piernas, blancas, compactas y brillantes por el sudor. Coge el extremo de los que cubren sus caderas. Tira despacio y los desprende. El lateral de sus muslos se dibuja libre. Libres las piernas hasta los tobillos, envueltos por la cinta de las sandalias que guarecen un pie pequeño y sensual. Qué preciosos son tus pies, hija del príncipe, masculla el rey. Dos velos tapan su pubis; tres sus glúteos. De estos toma los exteriores. Al compás de los panderos tira de las puntas hasta desasirlos. Con ellos limpia el sudor que le corre por las tetas y se los lanza al tetrarca. Los comprime este en el puño. Aspira el olor a hembra joven. A hembra. Qué hermosa te encuentro, amada mía, masculla el rey. Ella se vuelve. Los brazos juntos elevándose al techo. Juntas las manos. Su cuerpo es una flecha dividida por el tul que protege el umbrío valle de las nalgas. Se acentúa el batir de los panderos. Las caderas en sinuoso vaivén. El aire se calienta y espesa. Salomé sonríe. Presiente los ojos masculinos lapados al movimiento traqueteante de su culo. Atentos al velo que fugaz descubre la impúdica ruta. Percibe las respiraciones. Densas. Jadeantes. Eso significa que las lanzas de la tropa se han erguido en su honor. En especial una. La que le interesa. La del tetrarca. Se gira hacia él mirándole a los ojos. Tus ojos me seducen, me impresionan; el corazón me has arrebatado con una mirada, masculla el rey. Su atención desciende al terremoto de las tetas. Baja por el talle, anguila flexible, hasta la libidinosa oscilación del vientre, que remarca el percutir ya enloquecido de los panderos. Espigado es tu cuerpo cual palmera y tus pechos son racimos; sean tus senos racimos en mi boca, masculla el rey. El temblor desenfrenado del vientre se hermana con la trepidante percusión de los panderos. El vientre que rota convulso. El vientre guardado por dos velos que en la agitación dejan vislumbrar los rizos del pubis. El vientre que las miradas lamen. Tu vientre es un campo de trigo rodeado de azucenas, masculla el rey. El calor se ha vuelto sólido. Salomé extiende la mano y coge la del tetrarca. Tira de él. Hace que se levante. Ondulando el cuerpo lo conduce junto al predicador. En su mano coloca una espada de corte buido. Vertiginosos atruenan los panderos. El aire resulta irrespirable. Los espectadores se cuecen en sudor. Salomé detrás del tetrarca. Oprime su tronco silvestre, lascivo y duro contra el del hombre. Le introduce la mano en la túnica. Le acaricia las caderas. Le roza el pubis. Se agarra al cetro, enhiesto y desbocado como el resonar de los panderos. Dulces cual vino son tus caricias, masculla el rey. El tetrarca es un potro en tensión. La bailarina le muerde la oreja. Con aliento sofocante, profundo, le susurra: «Mátalo; mátalo ahora». El deseo ha podrido los ojos del rey, que ruge, levanta el brazo y de un golpe brutal cercena el cuello del predicador. Cabeza y tronco se derrumban junto al semen del tetrarca.
—¿Salomé? –repitió don su señoría.
—Me pone cachonda el pasaje del baile. Imaginar al predicador arrodillado, sabiendo que su vida depende de la maña con que mueva el culo una puta para hincharle la bellota al rey.
Agilizó la fricción sobre el miembro judicial, que despertaba cansino.
—De jovencita me atraía la conducta de las hembras que matan al macho durante la cópula. La mantis o la viuda negra, que si lo pilla se lo come, lo cual no impide que él, desesperado por follar, lo intente.
Subvertir al macho. Vaciar su cabeza de cualquier pensamiento excepto el del coito. Sacarlo de quicio hasta que no vacile en pagar con la muerte por la enajenante y efímera visita a la cámara secreta de la diosa, demostrando que el instinto de reproducción es más fuerte que el de conservación, o, expresado de otro modo, que el instinto de perpetuación de la especie es superior al individual. Morir por los hijos, se diría en lenguaje humano encalando con un toque de melodramática trascendencia lo que no es sino código genético.
—Qué viciosilla…
Aunque el comentario de Lapuente transpiraba sicalipsis y no censura, Lourdes banalizó para evitar que pensase que el macho a punto de ser engullido era él.
—Tonterías de adolescencia, cuando el sexo opuesto se vuelve atracción, repulsa, amor y terror.
—Herodes el Grande, el padre de tu tetrarca, es uno de los reyes con los que la historia se ha portado de manera injusta. Los judíos lo odiaban por no pertenecer a su pueblo y por representar a los romanos, pese a que había contribuido a la liberación de Judea; y los cristianos le arrojaron malévola y falsariamente toneladas de basura encima. Pero fue un buen rey. Modernizó el país y realizó transcendentales obras… En lo que concierne a los insectos, hay mucho de mito. El macho de la viuda negra, durante la juventud, consigue embutirle el paquete seminal a la hembra sin ningún apuro. Sólo al envejecer incurre en errores y termina devorado por alguna compañera dentro o fuera del coito. –En reflexión masticada añadió–: Hembra o macho, el fuerte siempre ejerce de violento… Las circunstancias de la mantis son distintas. El macho le inocula a la hembra durante el coito una hormona que la vuelve agresiva. Debido a esa agresividad ella le ataca mientras copulan y se lo come, con lo cual se provee de un alimento indispensable para la procreación. Si excluimos el morbo y la épica de la crueldad, el proceso consiste en lo de costumbre: la falta de escrúpulos de la naturaleza para garantir la reproducción, su monomaníaco propósito. Creced y multiplicaos… Ah, y la danza del vientre es muy posterior a tu Herodes.
A Lourdes la satisfizo que el juez se centrara en el ángulo técnico de las fantasías y no en el escabroso. Temía espantarlo. Se felicitó por haber escogido el ejemplo animal. La viuda negra era una metáfora. Como la polinización de las flores para explicarle el proceso reproductor a un niño. En realidad ella se excitaba con las historias de emperatrices disolutas, intransigentes y criminales. Emperatrices a cuyos pies yacían, desnudos y de hinojos, uno o más hombres que aun amedrentados por la furia y los caprichos de la diosa la contemplaban sin lograr contener la erección de sus vergas. Unas historias que tenían bastante, si no todo, de infamia de copistas y exageración de transmisores. De mito. Pero, ¿puede la realidad demoler un mito?
—Ese es el regalo.
Lapuente no comprendió.
—¿El regalo?…
Estaba hasta las narices de identificarse con episodios ajenos. Había llegado la hora de materializar sus lucubraciones, de coronarse emperatriz, de cortar gargantas.
—La cabeza del Bautista, mi señor.
Le aventó calenturas al oído.
—No te entiendo.
—Quiero que enchirones a un inocente. A aquel a quien yo elija de los que estés a punto de juzgar. Y cuando pronuncies la sentencia quiero hallarme allí, para correrme gozando del regalo que mi rey me consagra.
Se sorprendió. Como todo juez de su edad y momento histórico –posiblemente de cualquier edad y momento histórico– había dictado sentencias por causas políticas o económicas con criterio, llamémosle, excesivamente subjetivo.
En virtud de la amistad que lo ligaba a un empresario, podía, sin ningún pudor, condenar a la penuria a una docena de trabajadores con el pretexto del orden social o la competitividad económica. Pero de ahí a enchiquerar cinco años a un palomo para que a una tía le exudase la vaina…
Hubo indecisión y conatos de renuencia en el juez. Nubes endebles, porque nada hay más difícil para un hombre que razonar con la polla rumbosa y un coño en los ojos.
La traviesa perversión de Lourdes le engordaba la longaniza, lo cual no se le escapaba a ella.
—¿Va mi niñito a ser muy muy malo y a joder a un estúpido en los tribunales para que su nenita pueda disfrutar muchas muchas veces? –le preguntó con voz infantil.
El juez, avalando al viejo escritor del siglo xv que dijo: «Respondo que leyes van allí donde coños quieren», se oyó refrendar con ansia:
—Va a ser malísimo…
Rió la emperatriz de corazón de níquel y follaron con avidez.
El aire mecía el toldo del balcón. El cielo se nublaba sin entusiasmo.
Durante las semanas siguientes Lourdes procuró ver a don su señoría para que los vientos de la distancia no erosionasen la columna del compromiso. Se afanó, cual virgen de las mil noches, en que el término de cada cita alentara la promesa de un gozo futuro.
La asiduidad de las relaciones minó el aplomo de don su señoría. Lourdes se mostraba radiante, apetecible, fogosa; sobradamente fogosa para él, cuyos apetitos provenían de un asmático reloj biológico, no en balde le doblaba la edad. Súmesele que los espejos –¡hay tantos espejos en los hoteles!– le devolvían al juez su imagen fofa, papanduja, junto a un cuerpo femenino restallante de vida, sensualidad y salud. Se torturaba devanando que ella, espejo a la postre –todo ojo es un espejo–, recogía esa impresión decadente de él. Por último, le sobrevino la duda de si su algo floja virilidad no la estaría defraudando.
El reconcomio afectó al juez. Lourdes, confundiéndolo con brotes de renitencia, se desvivía por animarlo. Aunque Lapuente solo fuera un instrumento y sus erecciones no la preocupasen, mantenerle el calabacín frondoso resultaba imprescindible para culminar el plan.
Un colega, tras oír las inquietudes del juez, le habló de Kawabata. Del lupanar donde las jóvenes, antes de compartir lecho con sus caducos clientes, ingerían droga para recibirlos en un estado de sopor que las transformaba en tibias muñecas palpitantes.
Le prestó el libro y le ofreció para sus escarceos, a cambio de sufragar una alícuota parte del alquiler, la vivienda que varios amigos tenían en el paseo Pujades.
Lo leyó aquella noche y compró un ejemplar para regalárselo a Lourdes.
Ella comprendió el mensaje.
—¿Quieres que me drogue cuando quedemos?
Desde esa mañana toma un par de comprimidos antes de la cita y se la encuentra así. Inconsciente. O en el límite de la inconsciencia. En medio de luces difusas, confusos recuerdos y mucha paz. Paz, sol y silencio.
Don su señoría la mira con ternura. Frágil. Entregada.
Se tiende a su lado.
La ternura se diluye en voluptuosidades.
Le gusta pasar la lengua entre los dedos chiquitillos de sus pies. Meterse el grueso en la boca. Mamarlo despacio como si se tratara de un pene atrófico.
Con las uñas le acaricia los muslos dibujando caracolas. Besa su vientre. Le separa las piernas.
El sol ilumina la vulva. Un surco prieto que interrumpe la rugosidad negroide del labio que asoma. En los pelillos, minúsculas gotitas blancas. Quién sabe en qué habrá estado pensando. Efecto quizá de las pastillas.
Ella se mueve. Sonríe. Placidez de sol cálido mimo.
Le despierta los pezones, rodeados de aureolas pálidas y grandes que apenas se distinguen del resto de la piel.
Arrima la nariz al cofre sellado. Inhala el aroma a eternidad que desprende. Lame el plieguecillo del labio menor. Amplía el trayecto. Profundiza en la vaguada. Entre sedas y esencias surge el botoncillo. Lo succiona con breves chupetones. Goloso cachorro mamón.
La garganta femenina desagua sonidos inarticulados. Indescifrables. Como si el cerebro tuviese que recomponer sensaciones caóticas en un idioma ancestral.
La atrae contra sí. Cuerpo con cuerpo. Unidos. La besa. Traspasa sus labios. Ella entreabre los ojos. Sonríe.
Qué gusto sentirla ardiente a lo largo del cuerpo. Las tetas lumbre en el tórax. La estruja contra él. Fusión imposible.
No le apetece copular sino la complacencia en el latir de la carne.
Medita. Los jóvenes viven el amor como una pasión de los sentidos; los viejos, como una pasión de la razón. Frases retóricas con las que conjura la decrepitud.
Le coge la mano. Empareda el miembro entre la palma y el pubis de la mujer. Improvisado pasadizo. Inicia una oscilación morosa. Paladea cada segundo. Emite gemidos irrelevantes. Se corre.
Su eyaculación es fría. Fría, gris y triste. Lluvia de otoño.
Se yergue. Ella se gira y las tetas se escoran, bolsas desangeladas. En su rostro hay un rictus feliz. Tal vez por las caricias. Tal vez porque sueña que cumple el deseo de encarcelar a un pobre hombre cuyo crimen, como el de tantos otros, habrá consistido en no poseer dinero para cebar las porcinas e insaciables tripas de un abogado. O tal vez porque fantasea con su próxima maquinación: enamorar a dos hombres hasta la locura y envenenarlos con los celos. Hablarle a cada uno de su adversario como si fuese el ogro maligno que se opone a que consigan la felicidad. Enemistarlos hasta que peleen a muerte por ella. Hasta que se aniquilen por ella, la hermosa emperatriz del corazón de fango.
Quizá lo logre. O quizá las Furias que amamanta se desmanden un día y la muerte le dedique un réquiem de navajas y trompetas.
Hace calor. Excesivo para un sábado de junio.
Don su señoría entreabre la ventana. El alboroto de la ciudad irrumpe en tropel.
Antes de salir la besa.
En la calle, la cara del juez ilustra el aserto latino post coitum animo triste
