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"Todo lo que hicimos para luchar por la libertad femenina y el triunfo feminista, sin jamás llegar a pensar que aquellas mujeres vulneradas podíamos ser nosotras." En medio de la búsqueda de su identidad en la literatura, Lina Mae busca sanar las heridas emocionales y sexuales que hombres le han infringido en el pasado. Tras conocer a Victor, un músico británico que acaba de llegar a la ciudad, un nuevo mundo se abre frente a ella. Pero no todo es lo que parece. Cegada por un amor naciente, Espen Vanderbeck se ve inmersa en una gran pesadilla que la lleva a cuestionar incluso su propia existencia. De a poco se dará cuenta de que la peor soledad es la que se siente aun estando acompañada. Nido en llamas es una historia de amor, sufrimiento y esperanza, que trata temas sensibles como el abuso, el consumo de alcohol, el machismo, el aborto y la sexualidad en la adolescencia. Reflexiona sobre las carencias de la sociedad actual, el daño que provoca en jóvenes mujeres y el largo camino que queda para enmendarlo.
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Seitenzahl: 314
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Nido en llamas © 2022, Isabel Margarita Saieg ISBN: 978-956-406-158-0 eISBN: 978-956-406-279-2 Primera edición: Enero 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editora: Constanza Cariola Cerda Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Este libro incluye escenas fuertes y explícitas de abuso sexual y aborto clandestino. Personas sensibles a estos temas podrían verse afectadas
por los acontecimientos narrados.
Recomendado para mayores de 17 años.
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Ser mujer no es y nunca ha sido algo fácil. La vida nos enseña —y desde muy pequeñas— cómo es que debemos ser lo suficientemente buena mujer. Habitamos una sociedad en la que a nosotras —las mujeres— se nos está constantemente cuestionando; se cuestiona nuestro comportamiento, nuestras decisiones, nuestras opiniones, nuestros sentimientos, incluso aquellos más íntimos.
Seguimos siendo ciudadanas de segunda clase: primero están ellos y luego nosotras, al final de la fila, porque, aunque parezca por un pequeño instante que los tiempos han cambiado, no nos podemos dejar engañar. La sociedad progresa, pero las mujeres vamos a paso más lento. La misoginia y el machismo se mantienen firmes, ni un paso atrás, aunque nos quieran hacer creer lo contrario, aunque nos quieran hacer creer que solo exageramos, que lo tenemos todo, que vamos de ganadoras, que el feminismo lo ha logrado. Pero no, y ni siquiera nuestra salud sexual y reproductiva se ha salvado de lo que significa ser mujer y estar en el lugar que nos ha tocado estar.
El patriarcado se ha metido hasta en lo más íntimo de nuestra sexualidad; nuestro cuerpo no nos pertenece, es más fácil que esté a disposición de otros, que a mis propias decisiones.
Somos las putas, las sueltas, las que no podemos disfrutar de nuestra sexualidad para no ser mal vistas; las que no podemos beber alcohol por cuidarnos de un abuso; las provocadoras, las que normalizamos el sexo con dolor, las que deben salir a la calle a gritar para ser validadas. Somos las que abortan en silencio y en clandestinidad —incluso, si eso significa poner en riesgo nuestras vidas, porque ni siquiera eso podemos decidir con dignidad—, somos a las que violan, somos a las que matan.
Este libro es un viaje que nos transporta hacia las más duras realidades que experimentamos solo por el hecho de ser mujeres. Es una reflexión de cómo se viven parte de nuestros procesos sexuales y reproductivos, y al mismo tiempo de cómo se ven vulnerados también. Lina y Espen puedes ser tú, puede ser tu hermana, tu hija, tu madre, puedo ser yo.
Porque lo que nos pasa a una, nos pasa a todas.
Paula Mella, matrona y autora de
El placer de conocernos
A todo aquel que halle un hogar en Lina,
Espen y Victor.
Los abrazo y los admiro.
Lina
Will I have grown a little empire
Or made a fucking mess?1
1 “Not What I Meant” —dodie ft. Lewis Watson.
Son pocas las cosas que odio más que el sudor humano. Una de ellas es mentir. Que me mientan me da igual —o, más que darme igual, se me ha hecho costumbre—, pero mentir yo misma me es insoportable. También detesto el fino pitido que queda retumbando en mis oídos por los parlantes reventados en los clubes nocturnos. Tener que ir a la cama con el maquillaje corrido, el corazón acelerado y ese silbido palpitando cual martillo arrasando contra mis sienes era un suplicio, de esos que te aturden y duelen, de esos que te dan ganas de gritar. También me tedia tener que conocer gente nueva. La incomodidad del desconocimiento me es detestable y me provoca ansiedad.
Cómo será que en la fiesta de fin del verano me vi obligada a lidiar con todas y cada una de las cosas que acabo de enumerar y de la peor forma posible.
Elijah maldecía en alemán mientras Francesca preparaba gin tonic en una botella vacía de Coca-Cola y Espen se delineaba los ojos frente al espejo de mi baño. Estaba muerta de frío, pero mis manos y mi frente se encontraban mojadas por la transpiración. Sentía que mi cerebro arremetía contra mi cráneo, provocándome un dolor extraño y mareos que me impedirían disfrutar la noche.
—Espen —la llamé, haciendo que volteara hacia el rincón del suelo en el que me encontraba sentada—, creo que tengo fiebre. Hay un termómetro en el primer cajón, ¿podrías alcanzarlo?
Sacudió su rizada melena con una mano y abrió el cajón con la otra. Sus largas piernas se movían con elegancia, como llamas de fuego balanceándose por la brisa nocturna, que hacían que su usual labial color fucsia resaltara de forma casi fluorescente. Me tendió el termómetro y me preguntó:
—¿Estás menstruando?
—No.
—¿Y para tu cumpleaños?
Mis tripas daban vueltas alrededor de mi estómago, como si no pudiesen hallar su lugar.
—No, tampoco.
—Entonces, ¿Quevedo sí hizo de las suyas esa noche?
Rio con fuerza y yo me sentí como si estuviera cayendo por un gran agujero, estampándome contra el suelo seis metros bajo tierra.
Sentí las manos de Javier recorriendo mi vientre, su voz haciéndome callar, su pecho reteniéndome y los susurros que resonaron en cada pared de mi casa por el resto de la noche. Me oí diciéndole que no, mis manos ardieron por los manotazos que le pegué más de una vez y mi rodilla tembló por el golpe que le di para poder escapar antes de que fuera demasiado tarde.
—Ya, Li —dijo, al ver que no me había simpatizado—. Era broma, no te pongas así.
Nuevamente la agarré, cuestionando seriamente si debía contarle lo que realmente había ocurrido en la noche de mi decimoséptimo cumpleaños; la cantidad de alcohol corriendo por mis venas, los forcejeos, los “no quiero”, los “detente”, la imagen de Andrei parpadeando en mi memoria como si Javier y él fueran una misma entidad que oscilaba entre dos cuerpos distintos con el solo fin de hacerme sufrir.
—Ven aquí, oye —volvió a llamar mi atención—. ¿Me dejas pintarte un poco?
Me puse de pie a duras penas y me acerqué al tocador. Tomó una brocha con sombra plateada y pintó la parte superior de mi párpado. Miré el espejo de reojo, poniéndole atención a mi cuerpo, que se veía tan grande en comparación al suyo. Si yo usaba talla diez, ella debía ser una seis. Mi pulso se aceleró y desvié la mirada para olvidar aquella imagen, para evitarla.
—Tienes unos ojos preciosos —exclamó, cambiando el plateado por un negro opaco—, lo que daría por tener ojos azules como los tuyos.
—Y yo por tener tu cuerpo.
—¡No digas estupideces! —me regañó, frunciendo el ceño—. Va, ya casi termino.
Pero ella sabía que tenía razón. Ella sabía que alguien como yo daría lo que fuera por verse como Espen Vanderbeck. Sin embargo, me las arreglaba para lucir hermosa de todas formas, a pesar de que al bailar la presión formará pliegues de carne sobre mi cinturón y mi blusa apretara más de la cuenta en la zona del pecho. Había aprendido a quererme, a pesar de querer cambiarme de pies a cabeza; había aprendido a respetar mi piel, a pesar de estar llena de imperfecciones.
Caer en tentaciones como comparar mi cuerpo con el de Espen era algo habitual, pero era cosa de observarme por mi cuenta, con mi cabello negro, labios gruesos, sonrisa derecha y ojos radiantes para apreciar mi propia belleza y volver a empoderarme.
Elijah entró a la habitación con una chaqueta de mezclilla al hombro y las llaves de su auto colgando entre los dedos. Su expresión era seria y su voz tajante:
—¿Nos vamos ya?
Pasamos a buscar a Francesca, quien aún estaba en la cocina, y salimos a la calle. Elijah conducía, yo estaba en el asiento del copiloto y Espen y France iban atrás, cantando absolutamente todas las canciones que tocaron en la radio.
El lugar era gigante. Eran tres terrazas, una sobre otra, afirmadas por grandes pilares de madera. Todos los pisos parecían estar saturados de gente y la música se escuchaba a cuadras del recinto. De solo pensar en lo que sería pasar la noche allí dentro me dieron ganas de vomitar.
—Jah, ¿puedo quedarme aquí?
Elijah y Espen respondieron al unísono:
—Sí.
—¡No!
France se asomó, llevando su fría y delgada mano a mi mejilla.
—¿Te sientes muy mal? —preguntó.
—Ya, Li —se quejó Espen—, escúchame. Sé lo que pasó con Javier Quevedo y que estás arrepentida, pero él no va a estar aquí. Nosotros somos los mayores hoy, no va a pasar nada.
Llegué a pensar que tenía razón, a pesar de que ella no sabía la historia completa. No sabía que Quevedo había abusado de mi ebriedad en mi propio baño, no sabía que tuve que forcejear con todas mis fuerzas para poder liberarme de una situación que pudo haber sido mucho peor. La Universidad Técnica Nacional siempre había estado llena de incompetentes, eso no es ningún misterio. La misoginia entre sus estudiantes se heredaba de generación en generación y hacían lo que fuera para llevar a una mujer a la cama, incluso si eso significaba meterles drogas en la bebida y acorralarlas en la oscuridad. Espen solía llamarlos “monstruos patriarcales”, un total acierto, a mi parecer, si bien “abusadores” era lo que mejor les quedaba. De nada servía denunciar, los casos siempre terminaban por cerrarse.
Respiré hondo y miré a Espen:
—Pero no voy a beber.
—Y si en serio te sientes mal, yo misma te acompaño a tu casa. ¿Ya?
Me tendió la mano sonriendo. Sonreí de vuelta y la estreché.
Me mentí a mí misma cuando me convencí de que el dolor realmente derivaba del terror de volver a ver a Quevedo en una fiesta de tal magnitud. El Colegio Internacional de San Lorenzo era gigante en comparación a San Lorenzo en sí, contando con casi 1.500 alumnos de todas partes del mundo, incluyéndonos a nosotros cuatro, siendo yo la única local. Era imposible que los exalumnos, como Javier Quevedo, no hicieran aparición en un evento así.
También le mentí a Espen cuando dije que no bebería y luego al tipo del bar cuando le aseguré que tenía dieciocho y que podía preguntarle a Elijah von Schweitzer —que era amigo suyo— si necesitaba confirmarlo. Le mentí a Sebastian Farrell cuando le dije que sí quería bailar con él, pero no lo hice cuando accedí a acompañarlo a buscar el cargador de su celular.
Habíamos terminado hace más de seis meses, en los que prácticamente no nos habíamos dirigido la palabra en público. No porque nos lleváramos mal ni porque hubiéramos sufrido por el otro, sino porque nuestra relación de por sí había sido una abominación y, aunque jamás lo hubiésemos admitido en voz alta, queríamos erradicar lo que habíamos creado. Pero, cuando nadie veía, disfrutábamos de aquella monstruosidad como un fruto prohibido del que solo él y yo teníamos conocimiento.
Me llevó al cuarto de servicio y cerró la puerta apenas entramos. Encendió una tenue y fría lámpara que colgaba del techo mientras desabotonaba el cuello de su oscura camisa. Era un poco más clara que su cabello, pero por la poca iluminación no fui capaz de distinguir si se trataba de un gris oscuro o un azul marino.
—¿Encontraste tu cargador? —pregunté, apoyando la cabeza en la repisa a mis espaldas.
Puso una mano al lado de mi rostro y asintió mientras se acercaba un poco más a mí, permitiéndome percibir un olor peculiar a tequila y bálsamo labial en sus labios.
—¿Sigues interesada en estas cosas? —preguntó, tocando el bordado en mi camiseta.
Fruncí el ceño y mi muñeca se calentó. La había hecho yo misma: era el búho de Atenea de pie sobre un casco de metal. El hecho de que lo haya reconocido hizo que algo se retorciera en mi pecho.
—No pretendas que no me has visto en seis meses, ¿o acaso estás sorprendido?
Se mantuvo en silencio por unos segundos y luego sonrió sin razón aparente. Tuve un impulso de tocar el hoyuelo que se le formaba en la mejilla izquierda, pero mi cuerpo no estaba obedeciendo a mi mente y mi mente no estaba obedeciendo a mi corazón.
Mi cabeza seguía retumbando, incluso más que antes. Pensé en buscar mi celular, pero sería inútil. Nadie escucharía el timbre con todo el ruido que había afuera. Cerré los ojos y bajé la cabeza.
—En realidad, no.
Llevó una mano a mi cintura, presionando mi piel desnuda con seguridad y gentileza.
—Pensé que ibas a cargar tu celular, Seb.
—Ese era el plan, pero estás sentada justo enfrente del enchufe.
Abrí los ojos y pensé en salir, adentrándome en ese abismo de calor, desorden y distorsión, tener que bucear en un mar de gente al mismo tiempo familiar y desconocido, hasta que pudiese encontrar a Espen e irnos a casa.
Pero su mano se volvió más firme y el roce de su aliento contra mi rostro me hizo sentir en casa.
—Apaga la luz —demandé.
—Lina Mae —dijo mi nombre como si se tratase de una palabra prohibida. Sonreía mientras se estiraba hasta el interruptor—. No has cambiado nada.
Al sumirnos en la oscuridad, su agarre se intensificó y llevó sus labios a los míos. No era la primera vez y tampoco sería la última.
Al principio el dolor era insoportable, su indiferencia ardía como brasa sobre la piel y pasaba noches enteras pensando en qué había hecho mal y cómo podía remediarlo. Pero llegamos a un punto en el que la familiaridad le ganó al recuerdo y al anhelo de recuperar lo perdido, y me di cuenta de que aquellos encuentros con Sebastian no ocurrían porque extrañáramos amarnos, sino porque extrañábamos pertenecernos. Éramos seres solitarios y egoístas que buscaban apoderarse de un mundo ajeno para poder recuperar el suyo propio, aferrando carne y mordiendo piel que intentábamos poseer momentáneamente para conseguir un nivel de satisfacción que podía llegar a ser vitalicia.
La boca de Sebastian se sentía delicada sobre mi cuello, una suavidad conocida e irresistible que hace años se había tatuado sobre mi piel. Ladeé mi cabeza, aún palpitante y entumecida, pero aliviada parcialmente por el tacto de lo conocido.
Sus labios bajaban desde mi cuello hasta mi pecho cuando un estruendo nos sorprendió. Algo había chocado contra la puerta. Estaba por alcanzar el pomo cuando Sebastian dijo a mis espaldas:
—Nos van a ver juntos.
Titubeé unos segundos, pero su comentario terminó por resbalarme. Giré el pomo, abrí la puerta y eché un vistazo afuera: Francesca se encontraba arrodillada sobre Espen, intentando reanimarla. Ella en respuesta solo movía lentamente la cabeza y parpadeó confundida, con la mirada perdida. No podía creerlo.
—¡Espen! —exclamé—. France, ¿puedes llevarla hasta abajo? Voy a buscar a Jah, nos vamos.
Cerré la puerta de un portazo, dejando a Sebastian encerrado adentro, y me pasé el dorso de la mano por la frente, cubriéndola de sudor. Intentando no perder el equilibrio por los crecientes mareos, troté hacia la escalera y marqué el número de Elijah. Al tercer tono, contestó:
—¿Li?
—Espen está pésimo, hay que salir de aquí.
—¿Cómo? ¿Pésimo por qué?
—Creo y espero que por alcohol, pero no estoy segura.
Murmuró algo incomprensible.
—Elijah, ¿dónde estás?
—Fumando en el primer piso, las espero en el auto. ¿Estás con Francesca?
—Sí, ya vamos. Espéranos ahí.
Alcancé a Francesca en la mitad de la escalera y tomamos a Espen cada una de un brazo. Estaba despierta, pero desorientada y completamente muda. Apenas jadeaba de vez en cuando, moviendo la cabeza de un lado a otro, intentando enfocar la vista.
Con cuidado y prisa llegamos al estacionamiento, donde la camioneta negra de Elijah nos esperaba junto a la entrada. Él estaba sentado sobre el capó, fumando un cigarrillo, cuyo humo se escabullía entre sus lacios cabellos rubios, que caían sobre su rostro sin ningún cuidado. Fue ingrato darme cuenta de que una chica rubia de ojos negros me estaba mirando fijamente desde el asiento del copiloto.
Codeé a France. Al verla, suspiró y dijo:
—Decepcionada, pero no sorprendida.
Sin saludar ni a Elijah, ni a la chica, Francesca y yo subimos a Espen en la parte de atrás y le abrochamos el cinturón de seguridad en el asiento del medio. Nos sentamos una a cada lado de ella y esperamos a que Elijah encendiera el auto.
Eran veinte minutos hasta mi casa en auto y podría jurar que fueron los más tortuosos de mi vida. El sabor de la mentira seguía en la punta de mi lengua, mi cabeza aún palpitaba aguda y dolorosamente, la transpiración recorriéndome se había vuelto insoportable y me pegaba la ropa al cuerpo, haciéndome sentir sucia.
Mis oídos ardían, rendidos ante las repercusiones de la intensidad de la música que había en el club, y no podía dejar de pensar el roce agresivo de los besos de Sebastian sobre mi piel.
Los jadeos de Espen me mantenían alerta, pero todo lo demás parecía distraerme. Quería salir del auto, necesitaba fuerzas.
Tenía los símbolos de Atenea en la camiseta, pero no tenía nada para dibujar y así poder rendirle culto. Los favores que me había hecho últimamente eran demasiados, no me haría caso una vez más y no tenía ganas de intentarlo.
El auto dio un salto, sacándome de mis pensamientos. Tomé eso como una confirmación.
—¡Elijah! —exclamé.
—Ten más cuidado —dijo Francesca, en voz calma y baja—, Espen no está bien.
No haría promesas, no era el momento. Necesitaba hallar la calma inmediata, una forma de que el mundo entero se detuviera. Recurrí a la desconcentración para cobijarme del malestar. Pensar en colores, pensar en sonidos, pensar en canciones. Una canción que cuenta la historia de una mujer que se enamora de un criminal2, la historia de cómo todo le salió mal, cómo terminó muriendo por amor. Y qué linda era la idea de morir por amor, si bien nadie parecía entenderla.
—¡Va a vomitar, para el auto! —gritó Francesca, aferrándose al hombro de Elijah.
—Bien, pararemos en esta gasolinera.
No entendía qué estaba pasando, pero detenernos significaría que podía salir del auto y eso era más que suficiente.
Elijah se detuvo para llenar el estanque y Francesca tomó a Espen por los hombros para sacarla casi a rastras de la camioneta. Yo salí por la otra puerta para por fin poder poner los pies en la tierra. Sentí cómo un enorme peso se evaporaba en el aire y me liberaba de todo lo que me había aprisionado toda la noche. Volví a respirar con normalidad y pensar claramente. Era libre.
—¡Lina, necesito ayuda!
Francesca nunca me llamaba por mi nombre, Espen debía estar realmente mal. Corrí hacia ella para encontrarlas a ambas arrodilladas junto a un arbusto.
—Necesito que le afirmes el vientre con una mano y el cabello con la otra, le voy a introducir los dedos en la garganta.
Hice lo que me indicó sin titubear, con extremo cuidado para que no le fuese a ocurrir nada. Al cabo de unos segundos, Espen comenzó a hacer arcadas y tuve que mirar hacia otro lado para no vomitar yo también.
La puerta de vidrio que daba a la tiendita de la gasolinera se abrió de par en par mientras tres chicos de no más de veinte años salían hacia el estacionamiento. Uno de ellos nos miró abiertamente divertido por la situación y le susurró algo a los otros dos.
—¿Los conoces? —le pregunté a France.
—Necesita agua, iré a comprar una botella —dijo, ignorándome—. Dudo que vomite más, pero necesito que la agarres con fuerza y la cuides hasta que vuelva.
Asentí e intenté sentarla en el escalón que daba a la tienda. La apoyé contra un pilar para poder tomarla por los hombros. Tenía el rostro húmedo, el delineador corrido y la mirada perdida. La elegancia tan característica de Espen Vanderbeck había abandonado su organismo por completo.
—Espen, mírame.
Levantó la cabeza con brusquedad, pero parecía estar consciente.
—¿Sabes dónde estamos? —le pregunté
Miró a su alrededor, sin caer solo porque yo aún la sujetaba. Volvió a recostarse sobre el pilar.
—¿En la gasolinera?
—Sí, bien. ¿Sabes con quién vinimos?
Se rio, cerrando los ojos con lentitud.
—Estabas con Farrell hoy, te vi.
Suspiré. De eso sí se acordaba.
—¿Tienes algo con lo que puedas tomarme el pelo? —preguntó—. Está pegajoso…
Me quité la banda elástica negra que tenía en la muñeca para así atar su cabello, embetunado en vómito y transpiración, en una coleta.
—Qué diablos…—oí a alguien exclamar detrás de mí.
Uno de los sujetos que habíamos visto junto a la puerta estaba caminando directamente hacia nosotras, con los puños apretados alrededor de su chaqueta negra y una cadena rebotando contra el triángulo de piel blanca que se asomaba en el cuello de su camisa.
Se arrodilló frente a Espen y le tomó el rostro entre las manos, para luego abrirle los ojos a la fuerza con la punta de los dedos y examinarlos con frenesí.
—Ey, qué te…
—Permiso —me interrumpió.
Masculló algo en inglés, la tomó como a un bebé y trotó dentro del recinto.
Entré en pánico. Me puse de pie tan rápido como pude. Se dirigía al baño, corrí tras él. Al entrar, cerró la puerta con el pestillo, mientras yo sentía cómo mi sangre comenzaba a calentarse en desesperación.
Golpeé tres veces con la mano abierta y pegué un puntapié con todas mis fuerzas.
—¡Abre la puerta, imbécil!
Apenas me permití imaginar de lo que aquel tipo podía llegar a ser capaz. Si algo le ocurría a Espen por mi culpa, jamás me lo perdonaría.
—¡Espen! —grité—. ¡Espen!
No podía respirar. Lloraba y le daba golpes secos a la madera. Me sentía torpe, me sentía culpable. Junté toda la desesperación y la rabia dentro de mí y me lancé hacia la puerta con un rabioso arañazo.
Justo entonces la puerta se abrió y le rasguñé el pecho al sujeto. Sentí su piel caliente bajo mis uñas. Arrasé contra él con tanta fuerza que dejé al descubierto su clavícula izquierda y un extraño tatuaje de un pentáculo con letras y números que se preocupó de cubrir casi de inmediato.
Sus ojos poseían el verde más intenso que jamás hubiese visto, el cual me acechaba en una mirada llena de pavor.
—Alguien le dio durazno.
Fruncí el ceño, mientras algo dentro de mí se removía. ¿Acaso podía detectar así de fácil una alergia alimentaria? ¿Cómo sabía que se trataba de durazno? Era imposible.
—¿Qué?
—Que alguien le dio durazno en la fiesta. Quizás en un trago o… no sé, no tengo idea. Debo llevarla al hospital, llamaré a Joseph y Monique, pero va a estar bien. Ustedes vayan a casa.
Antes de que pudiese decir, reclamar o preguntar cualquier cosa, volvió a coger a Espen en brazos y la sacó del local, cruzándose con Francesca en el camino, quien caminó hasta mí de brazos cruzados y con la cabeza en alto.
—¿Tú llamaste a Victor?
Entonces caí en cuenta.
Desde ese día no he vuelto a sentir tal nivel de vergüenza.
—¿Él es Victor Vanderbeck?
—¿No lo conocías?
—Solo sé que es el primo de Espen y que entró a nuestro curso este año. Nunca lo había visto.
El rostro de France se desfiguró, haciendo que sus pequeños ojos adoptaran un tamaño el doble de grande.
—No me digas que tú le dejaste el hombro sangrando así.
—¿Estaba sangrando? —exclamé—. Mierda… No fue, no quise… En mi defensa, estaba hablando en inglés y no se presentó en ningún momento, pensé que quería hacerle daño a Espen. Tuvo una reacción alérgica, va a llevarla al hospital.
Frunció los labios y llevó una de sus manos a mi muñeca.
—Suficiente por hoy —dijo—, Espen está en buenas manos. Hay que irnos.
Maldije en voz baja, llevando la mano hasta mi nuca, percatándome apenas entonces de que había perdido algunas de mis uñas acrílicas.
Apenas subimos a la camioneta, Elijah volteó para dirigirse a nosotras. Apenas vio que Espen no venía con nosotras, preguntó:
—¿Qué ocurrió?
—A Espen le dio una reacción alérgica por beber ese Licor Tres Plumas, que al parecer tenía durazno, y Li atacó a Victor Vanderbeck.
Jah ahogó una carcajada, yo me defendí:
—¡No sabía quién era! Pensé que…
—Hora del cierre de transmisiones, niñas —me interrumpió Elijah, tomando la mano de la chica—. Nos vamos a casa.
2 “Out Like A Light 2” —The Honeysticks.
El uniforme se sentía más apretado que el año anterior. La camisa se entreabría en la zona de mis pechos, usaba el broche de la falda en el botón más flojo y el blazer abrazaba mis hombros como una serpiente abraza a su presa.
Mamá tocó mi puerta, haciendo que instantáneamente revisara mi reloj. 7:40. El bus que me llevaría al colegio pasaría por mi casa en veinte minutos y yo estaba prácticamente lista.
—¡Pasa! —dije.
Se acercó a mí con lentitud, aún adormecida, y me entregó una taza de café negro y una manzana roja partida en seis pedazos. Sonreí y besé su mejilla. Ella sonrió de vuelta, haciendo que pequeñas arrugas se formaran en las comisuras de sus labios y los rabillos de sus ojos. Tomó una de mis manos entre las suyas y susurró:
—¡Último primer día!
—Qué trillada —me burlé.
—¿Los jóvenes aún lo dicen? Pensé que el mal sentido del humor había quedado en el pasado.
—¿En la prehistoria?
—En los ochenta —dijo, golpeando mi hombro—, insolente.
Un aura de tranquilidad y cariño profundo la envolvían cuando estaba de buen humor, haciéndome inmensamente feliz y dándome suficiente fuerza para enfrentar mi día.
—¿Sabes a quién me recuerdas? —dije.
—¿A quién? —dijo ella, desenredando mi cabello con los dedos.
—A Hera.
Rio y tomó uno de los elásticos que tenía en el velador, para luego empezar a hacerme una trenza.
—Bueno, le he estado prendiendo velas últimamente y he estado pensando en que mi próxima escultura podría ser para ella, ¿qué opinas?
—¿No ibas a hacerle una a Afrodita?
—Afrodita puede esperar.
Recordé la otra noche: el terrible dolor de cabeza, el durazno que comió Espen, el tatuaje de Victor Vanderbeck…
Lo primero que hice al llegar a casa fue buscar en Internet: “pentáculo con números y letras”. El primer resultado que me arrojó fue exactamente el mismo diseño que Victor llevaba en la clavícula: Tetragrammaton. Un símbolo hebreo de protección que significa “cuatro letras” y representa a Cristo en el judaísmo, utilizado en diversos rituales.
Me pregunté si acaso Victor era judío, pero en casa de Espen todos eran ateos. Quizás él también lo era. Además, había un artículo que explicaba cómo los símbolos celtas, paganos, hebreos e incluso algunos helénicos se habían popularizado en la sociedad moderna a modo de tatuajes y decoraciones.
Eso me hacía más sentido, tomando en cuenta también que era muy poca gente la que se encontraba afiliada a las iglesias y eran practicantes de forma fiel y constante, como mi mamá y yo. Practicaba por mi cuenta gran parte del tiempo y formaba parte de chats y grupos vía redes sociales, si bien últimamente no había participado mucho.
Mi mamá, por su parte, practicaba junto a mujeres de la capital y construía estatuas grandes y pequeñas que vendía en Etsy. Vale decir que gran parte de los compradores no eran practicantes y las compraban con intenciones decorativas, pero había recibido mensajes de parte de creyentes diciéndole que los Dioses se alegraban de que estuviera honrándolos con su arte, un par de veces.
Esas pequeñas señales de fe y adoración eran inyecciones de serotonina directo a la vena. Me proporcionaban una cantidad de esperanza que ni siquiera los rezos y cánticos eran capaces de generar. Pero toda esa esperanza se disipaba cuando miraba a la gente a mi alrededor.
Subir al bus del colegio siempre era un duro golpe de realidad. Los conocía a todos, todos me conocían a mí; les simpatizaba a muchos, pocos me simpatizaban a mí. Casi de inmediato encontré a Francesca sentada en una de las filas del fondo, conversando con algunos de los amigos de Sebastian. Había un asiento desocupado junto a ella, que supuse había guardado para mí, pero no tenía ánimos de enfrentarme a ellos. Irradiaban malas vibras, me hacía demasiado ruido.
Estaba por sentarme en una fila que estaba completamente vacía, cuando vi a Victor Vanderbeck sentado solo, con audífonos puestos y expresión cansada, mirando a través de la ventanilla con los ojos entrecerrados.
Sin pensarlo dos veces, caminé hasta él y me senté en el asiento desocupado. Estaba jugueteando con una cadena plateada que colgaba desde la parte superior del pantalón y con una argolla negra que le perforaba el labio. Traía una copia de un libro juvenil muy popular3 sobre las piernas, la cual estaba llena de adhesivos de colores.
Al notar mi presencia, volteó a mirarme. Se asomó por encima del asiento y examinó todo el bus, para luego volver a su lugar.
—Buenos días —dijo, sin inmutarse.
—Hola, Victor —dije yo. Elevó ambas cejas—. Soy Lina Mae…
—Amiga de Espen —me interrumpió—, lo sé. Habla mucho de ti.
—Sí, cierto. Mira, te debo una disculpa por lo de la otra noche. No sabía quién eras y me tomaste por sorpresa, uno nunca sabe…
—No te disculpes —volvió a interrumpirme—, lo que hice estuvo mal. Por lo mismo, no tenías por qué saber quién era yo y… Es que reconozco los ataques alérgicos de Espen de inmediato, entré en pánico.
Me llamó la atención la calidad de su español. Hablaba perfectamente, a pesar de que su acento británico fuera notorio.
—Estamos bien, entonces.
Victor sonrió, haciendo que las ojeras bajo sus ojos se volvieran bolsas y mostrando una apertura entre sus incisivos centrales, la cual le daba un aspecto aún más peculiar.
—Sí, estamos bien.
Saqué mis audífonos y me mantuve mirando fijamente hacia adelante. Puse mi playlist en aleatorio, haciendo que una canción sobre alcohol y sexo, de un grupo australiano alternativo4, comenzara a sonar.
El resto del camino lo recorrimos en silencio, aunque sentía que de vez en cuando me miraba. No precisamente a mí, sino a los tatuajes en mis muñecas. Me pasaba seguido, la gente es muy curiosa, así que le resté importancia.
Cuando el bus se detuvo y todos comenzaron a ponerse de pie, él se quitó sus audífonos y lo hice yo también. Victor, aún desde su asiento, me dijo:
—Los tatuajes me parecen fascinantes.
—¿Sí? —pregunté, mientras recogía mis cosas—, ¿por qué?
Se encogió de hombros y volvió a mirar a través de la ventana.
—¿Qué tanto te puede gustar algo para querer retratarlo permanentemente sobre tu piel?
Me crucé de brazos y ladeé la cabeza.
—¿Por eso tienes un Tetragrammaton en la clavícula?
Su rostro se deformó y volvió a mirarme. Llevó su mano hasta el lugar exacto en el que tenía el pentáculo, haciéndome recordar que lo había dejado sangrando en la gasolinera.
—Y perdón por el rasguño. ¿Estás bien?
Su rostro se relajó y volvió a deslumbrar una sonrisa tenue y cansada.
—Sí, tranquila. Pero me enterraste la uña muy fuerte y arruinaste el tatuaje, voy a tener que retocármelo.
Sentí vergüenza como nunca antes. Recordé las uñas acrílicas que quebré por el gran rasguño con el que arremetí en su contra.
—Soy terrible, lo siento. No suelo ser así de agresiva, había bebido demasiado.
—En serio te digo, no pasa nada.
Tomó su bolso para irse y avancé para dejarlo salir. No podía quitarme de encima el sentimiento de culpa, sentía que tenía que hacer algo para compensar lo agresiva que había sido. Quizás era más que nada porque aquella faceta violenta que había visto no era usual en mí y quería erradicarla.
Entonces, cuando estaba por bajar del bus, se me ocurrió una idea brillante.
—Déjame pagarte el tatuaje.
Maldijo en voz baja, afirmándose de la baranda.
—Me asustaste.
No sabía si estaba fastidiado o exhausto, pero tenía los párpados caídos y el ceño muy quieto.
—Perdona. Me pareció una buena forma de compensarte, realmente quiero hacer algo al respecto. No suelo ser violenta.
Se le escapó una pequeña carcajada, casi un bufido.
—Me tomaré la libertad de ponerlo en duda.
Me llevé la mano a la nuca y volteé para salir del bus. Ya estaba caminando hacia la entrada cuando lo oí gritar:
—¡Linnie!
Era la primera vez que oía su voz en tono más alto que un mero susurro. Se acercó a mí, sacudiendo su melena blanquecina.
—Así te dicen, ¿no?
—Me dicen Li.
—Linnie me gusta más. Li es demasiado corto.
Ahora fui yo quien rio. No terminaba de entender si le agradaba o me aborrecía. Sus ojos decían una cosa, sus palabras decían otra.
—Entonces —cambié el tema—, ¿vas a dejar que te pague la restauración del tatuaje?
Entornó los ojos y miró hacia un lado, permitiéndome apreciar su definida mandíbula que terminaba justo antes del inicio de su suéter de cuello alto.
—Voy a pensarlo. Te cuento una vez que la herida haya sanado.
Sin agregar nada más, se alejó a paso lento para reunirse —sorprendentemente— con Sebastian Farrell y sus amigos. Conversaron unos segundos, Farrell volteó a mirarme y me hizo señas. Victor también me miró, con aire severo, incluso se veía consternado. Me miró un buen rato y luego ambos se alejaron.
—No sé cómo te las arreglaste para caerle mal a Victor, Li.
Elijah rodeó mis hombros con su largo brazo y palmeó mi brazo dos veces.
—¿En serio crees que le caigo mal?
—Después de lo que acabo de ver, la verdad es que sí. Y es gracioso, porque tú no le caes mal a nadie y a él nadie le cae mal.
—Bueno, menuda junta que se consiguió. No me extraña en absoluto.
—¿Qué…? —pareció darse cuenta de que caminaba junto a Sebastian y por poco no le da un ataque de risa—. Qué mal. Sería todo.
Suspiré.
—Da igual. Seguro Farrell ya hizo de las suyas, contra eso no puedo hacer nada.
Elijah se encogió de hombros, tomó mi mano y caminamos juntos hasta el auditorio. Oímos la charla de bienvenida para los de último año y luego fuimos al panel donde nos asignaron las tutorías para el resto del año. El Karma jugó a mi favor y en mi contra, pues quedé en la misma tutoría tanto de Espen como de Victor Vanderbeck.
3Gente normal —Sally Rooney.
4 “Slow down” —Chase Atlantic.
El entrenamiento del equipo de handball había terminado hace treinta minutos, en los que había aprovechado de leer las páginas restantes de una versión de una epopeya griega reescrita por un autor italiano5 en forma de novela. Esperé con calma sentada en una de las bancas de los camarines de mujeres, hasta que Sebastian cruzó el umbral de la puerta.
Traía puesta la camiseta del equipo del colegio, con el número cinco cubriéndole el pecho. El cabello negro le caía hacia un solo lado de la cabeza y estaba empapado en sudor, manchas de pasto y tierra. Sonrió al verme. Cerró la puerta y caminó hasta mí.
Sin siquiera saludarme, se metió entre mis piernas y comenzó a besarme la boca. Me tomó por los muslos y me llevó hasta el lavamanos, sin detenerse.
A veces me preguntaba cómo sería salir de ahí tomados de las manos, como hicimos alguna vez, mucho tiempo atrás. Él besaría mi sien y me guiñaría el ojo, me reprocharía el palabrerío sobre el mito que había leído la noche anterior y me compraría un jugo de frambuesa antes de llevarme a mi casa en su auto.
Me di cuenta de que estaba por entrar en mí, porque una de sus manos subió de mi cintura a mi cuello, para luego empujarme suavemente contra el espejo, bajar mis bragas y empezar a moverse. Me miraba directamente a los ojos, despedazándome capa por capa hasta llegar al centro de mi ser.
Sabía que aquel sentimiento de añoranza desaparecería durante la tarde, a más tardar junto al caer de la noche, pero tenerlo así de cerca y al mismo tiempo tan lejos era demasiado destructivo. Yo seguía ahí, sin estar segura de si aquel dolor se había hecho costumbre o si por fin le estaba tomando el gusto.
Se vino dentro mío y todo rastro de nostalgia por lo que había sido y ya no era había desaparecido.
Suspiré y dejé caer mi cabeza hacia atrás.
—Mierda —susurró—, perdona.
—Da igual, estoy tomando pastillas.
Bajé mi falda, subí mis bragas y me puse de pie. Lavé mis manos y mi rostro mientras él se acercaba a mí nuevamente para abrazarme por la espalda.
—No sabía que estabas tomando anticonceptivos —susurró en mi oído—, no me lo habías dicho.
—¿Debería haberlo hecho?
—Me hubiera gustado, sí.
Hice una mueca y volteé para buscar el pequeño bolso de maquillaje que traía en mi mochila. Saqué pasta y cepillo de dientes, perfume y una peineta.
—Li, ¿estás viendo a alguien más?
Su voz tembló al hablar y eso me hizo temblar a mí. Lo encaré y volvió a tomarme por la cintura, haciendo que aquel leve estremecimiento se triplicara.
—¿Te importa? —pregunté.
—Más que importarme, me intriga.
Pensé dos veces antes de contestar:
—No estoy viendo a nadie en particular.
