Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
«—Esta gente que te digo... Escucha. Estos amigos… Esta gente podría estar dispuesta a financiar un proyecto. —¿Un proyecto? —Salgado no entiende nada. —Un proyecto de partido. Un partido nuestro. —Un partido tú y yo —dice, aún terminando la carcajada. Torralba baja la voz, impone discreción. —Sí, tú y yo. ¿Qué pasa? Para empezar tú y yo… —Pero si nadie sabe ni cómo nos llamamos, Enrique. —No. Ahora no. Pero si nos abstenemos... Todo el mundo nos conocería. Sería una bomba mediática, ¿o no? Dime que no. —Estás loco. —Vale, estoy loco. ¿Y tú? ¿Cómo estás tú de loca?». Es 2003, la izquierda ha ganado en las elecciones autonómicas en Madrid y parece recuperar el poder después de ocho años destronada. Pero el día de la votación dos diputados del PSOE se abstienen y frustran la elección del candidato socialista. No todo el mundo recuerda el nombre de aquel candidato, pero el apellido de uno de los tránsfugas quedaría grabado a fuego en nuestra historia política. El tamayazo le dio la victoria al PP y abrió las puertas al aguirrismo, una tendencia llamada a transformar las formas de la derecha madrileña. ¿Quiénes eran Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez? ¿Por qué un empresario pagó el hotel en el que se refugiaron antes de la votación y por qué alguien les mandó el mensaje «Aguirre no quiere pacto»? ¿Qué buscaban con la fundación del partido Nuevo Socialismo? ¿Tiene razón Sáez en que Tamayo la estafó y se quedó con el dinero? Pero, ¿es que acaso hubo dinero? En 2013, Guillermo Zapata escribió el guion para una película de ficción sobre todo aquello. Finalmente el proyecto no vio la luz, y hoy aquella investigación sirve de base a este ensayo sobre los monstruos de la representación política, sobre egos soñadores y sobre la potencia y los límites de la voluntad popular. Con la perspectiva que dan veinte años de lo sucedido, una de la tesis de este libro es que a veces conviene desterrar del imaginario las grandes conspiraciones, los maletines y los planes perfectamente urdidos. A veces las cosas son exactamente lo que parecen. Y el mal es más burdo y más simplón. También más fácil de vencer.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Guillermo Zapata
No a todo
x
Primera edición, abril de 2023
© del texto Guillermo Zapata
© Editorial Lengua de Trapo
Calle Corredera Baja de San Pablo 39
28004 Madrid Colección Episodios Nacionales
Directores de colección: Jorge Lago y Manuel Guedán
Diseño de colección: Alejandro Cerezo
Diseño de cubierta y maquetación: Alicia Gómez (malisia.net)
Corrección: Lu cía Rheineck y Candela Morillas
www.lenguadetrapo.com
ISBN: 978-84-8381-287-7
Depósito Legal: M-9048-2023
Impreso por Ulzama
Impreso en España
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
Texto publicado bajo licencia Creative Commons. Reconocimiento —no comercial—. Sin obra derivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando autoría y fuente y sin fines comerciales.
x
Guillermo Zapata
No a todo
Colección Episodios NacionalesLengua de Trapo
Índice
Prólogo 11
Primera parte
Familia 21
Segunda parte
Hambre 55
Tercera parte
La bala en la recámara 83
Cuarta parte
Pantallas 99
Quinta parte
Lo que no esté prohibido estará permitido 129
Sexta parte
La villa 151
Agradecimientos 183
x
Para mi padre, que me enseñó a discutir y a dudar.
guillermo zapata
Prólogo
Hace veinte años.
Las tropas avanzan hacia Bagdag. La respuesta es un grito escrito en carteles de fondo blanco y letras rojas: «No a la Guerra». Consenso en las Azores, ruptura en la calle. Explotan trenes en Atocha y Santa Eugenia. El horror se hace carne. Mensajes de SMS. Pásalo. Victorias, cambios de ciclo. Zapatero en la Moncloa. Elecciones madrileñas. Tamayo y Sáez. Los hechos.
Hace diez años.
Tahrir, Syntagma, 15M. Acampadas en las plazas. El noventa y nueve y el uno por ciento. Pasado cercano. Huellas y cicatrices. Anonimato y trending topic. Mareas. Encierros en hospitales. No toleramos ni un desahucio más. ¡Sí se puede! Escribir, contarlo. Los hechos del pasado a través del filtro del presente. Un guion de una película que terminará en nada.
Hoy.
Ansiedad climática. Europa se piensa a sí misma. COVID y vacunas. Fake news e interconexión digital. El planeta atravesando una brecha entre la luz y la oscuridad. Una nueva guerra fría en un planeta más caliente. Cancelación de futuro e imaginación utópica. Todo o nada y la vida en el medio. Un libro sobre aquel guion que no llegó a ninguna parte y sobre los hechos. Restos del pasado.
Madrid, veinte años después.
Un experimento lingüístico. Un sistema operativo basado en la acumulación privada y la producción sistemática de ruido. Mantener baja la moral del adversario. Mantener el negocio en marcha. Pasiones tristes a 7.000 imágenes por segundo. Omnipresencia. Madrid constituye su propia realidad paralela. Madrid es Tierra 2. Hay un rastro hasta veinte años antes. Otro experimento lingüístico. Que lo evidente sea tan obsceno que paralice. Victoria de las pasiones tristes.
Cinismo, oportunismo y miedo.
«¿No a qué?», le preguntan. «No a todo», responde María Teresa Sáez en la Comisión de Investigación abierta en la Asamblea de Madrid por el tamayazo. Lo niego todo. Aquí no hay nada. No miréis. Paso atrás. Lo dice enfadada, nerviosa, frustrada. Si sucediera hoy se convertiría casi automáticamente en un meme. No a todo. Ojalá este libro contara algo de ese gran «no» que María Teresa Sáez creía estar encarnando, pero lo cierto es que no es así. Este libro habla de las cosas que ese «no a todo» quería dejar de lado.
«A veces los acontecimientos, la historia, si se diseccionan bien, puede desvelar su sentido mismo». Esta frase no es mía, es de Alan Moore, el guionista de tebeos. Está relacionada con From Hell, su tebeo sobre Jack el Destripador que es en realidad un tebeo sobre el siglo xx, sobre la época. Esta historia no será así. No hablará de lo que las cosas son como si hubiera una diferencia entre esencia y apariencia. Cuando no hay posibilidad de atender y no hay posibilidad de hacer algo con lo que sabes, la apariencia es la esencia. Lo importante no son los hechos, sino su relato. No importa lo que las cosas son, sino lo que parecen, lo que dicen de sí mismas, cómo se narran. Su velocidad, las pasiones que movilizan. Eso es todo.
Este libro es, también, una suerte de accidente.
Es 22 de febrero de 2022. Se vota en el congreso la reforma laboral que el Ministerio de Trabajo de Yolanda Díaz propone al Parlamento tras el trámite correspondiente. La reforma se aprueba en medio de una suma de anomalías e imperfecciones. El Gobierno se ha presentado a la votación con una mayoría distinta a aquella que le dio la investidura. Algunos de sus socios no apoyarán la reforma y, por ese motivo, el Gobierno ha buscado nuevos aliados. Unión del Pueblo Navarro votará sí.
Pero los dos diputados de Unión del Pueblo Navarro no votan que sí, votan que no. Cambian el voto. Van a su bola, piensan con cabeza propia, desobedecen. Se explican usando palabras poco o nada relacionadas con sus acciones: «responsabilidad, honor». En condiciones normales la reforma laboral habría caído. Sin embargo, la reforma sale adelante. Un diputado del Partido Popular que vota desde su casa se equivoca y salva la votación del Gobierno. Errores y mentiras. Sin ese error telemático el Gobierno habría sufrido un duro golpe.
La propia votación ha tenido algo caótico porque en un primer momento se ha dado un resultado que implicaba que se perdía, y posteriormente un segundo, definitivo, en el sentido contrario. La reforma laboral se ha convertido durante un rato en otra cosa. Ha pasado de ser una especie de ruido, o un lenguaje o un enigma. Se han analizado los gestos de los políticos, se han leído sus bocas, quién orientaba su mirada en qué dirección, quién podría saber ya lo que iba a pasar y quién no. Quién se ha quedado helado y quién ha respirado con tranquilidad. Sobre ese mosaico de recortes digitales, de gifs, se han establecido teorías. Algunas más o menos fundadas, otras más alocadas. Unas al servicio de la verdad de los hechos, otra para ocultarlas o despistar de los mismos. Algunas de esas teorías han abierto las ediciones nacionales de varios periódicos y han formado parte de tertulias televisivas y radiofónicas.
Y entonces, en medio de todo ese caos, cuando aún se están buscando palabras para nombrar lo sucedido… La palabra «tamayazo» ha emergido de la nada, ha hecho acto de aparición, como la paloma de un mago saliendo de su chistera. La palabra «tamayazo» ha surcado las redes hasta ser trending topic. No pufo, no robo, no engaño: tamayazo.
La palabra representa un momento, un hito histórico, una estatua simbólica, un recuerdo. Es como un hechizo que se lanza con la certeza de que será entendido y no hará falta explicar más. Así de profunda es la huella que la sostiene.
Yo recuerdo entonces que hace diez años escribí un guion sobre aquellos acontecimientos. Un guion de una película a partir del tamayazo que empezó a ir a alguna parte, pero que como la mayor parte de las cosas terminó por no ir a ninguna. Pienso si no merece la pena volver a contarla. Reencontrar el guion, leerlo, ver qué cosas ya no tienen sentido y cuales aún sirven. Ver en qué me equivoqué y qué cosas estaban bien enfocadas y también, cuánto de aquello que sucedió hace veinte años tiene importancia hoy.
El número de historias que se pueden escribir sobre el tamayazo es infinito, el número de historias que existen sobre el tamayazo es francamente pequeño. No hay ninguna película sobre lo sucedido, tampoco ningún documental, nadie ha hecho una obra de teatro sobre aquello y solo hay algunos libros publicados. Es una historia que se cuenta en crónicas periodísticas, declaraciones y reconstrucciones mediáticas. Me permito recomendar el libro del periodista Felipe Serrano El tamayazo: crónica de una traición, que me sirvió mucho mientras escribía el guion en 2003.
El tamayazo no es ningún misterio. No hay cabos sueltos que vuelvan la historia fascinante. Cuando conoces los detalles un poco más de cerca, te sorprende hasta qué punto lo que las cosas son es una versión de lo que parecen un poco más triste, un poco más obscena, un poco más improvisada, con menos épica.
Hay un meme que me gusta mucho. Describir memes puede no ser la mejor de las ideas, pero aquí estamos. Un chico silba a una joven tras pasar a su lado mientras su pareja/acompañante pone cara de enfado porque no le está haciendo caso a ella. El meme habla tanto de la atracción constante por la novedad como de todo aquello que se oculta cuando se elige atender a otra cosa. En la versión del meme que me gusta y que encontré hace unos meses, la chica joven a la que se silba es: «Historia inspiradora», el chico que se da la vuelta para mirarla es: «Los medios de comunicación» y aquello que se ignora es: «Enorme fallo sistémico».
En el tamayazo no hay ningún tipo de historia inspiradora. Nadie va a ganar, nadie se va a enfrentar al sistema y salir victorioso aunque pagando un precio a nivel personal. Nadie va a ser ignorado primero para sentirse revindicado después. Nadie va a encontrar la pieza del puzle que todo el mundo había ignorado. Nadie saldrá libre de la cárcel por un crimen que no cometió. Lo único que hay en esta historia es un enorme fallo sistémico.
El guion tiene cuatro partes. Tres de ellas duraban unos treinta o cuarenta minutos cada una, la otra, situada entre la tercera y la cuarta, era apenas una secuencia, algo mucho más breve. Cada parte cuenta un fragmento de lo sucedido de una forma distinta y con protagonismos distintos. Cada una surge cuando la anterior empieza a perder fuerza narrativa para iluminar otro aspecto de lo sucedido. Una de las partes divertidas de escribir es precisamente esa, encontrar las estructuras invisibles, fingir que esa historia solo se puede contar de una manera y que, de alguna forma, te está obligando.
La primera parte se llama «Familia». La segunda se llama «Hambre». La tercera se llama «La bala en la recámara». La cuarta se llama «Pantallas». Pensé que este texto mantuviera esa estructura, pero al terminar me di cuenta de que había que hacerse cargo también de las transformaciones de Madrid en los diez años siguientes a que yo escribiera el guion. Así que añadí otras dos partes. Y como de esas partes no tenía nada escrito en el guion, son completamente ficticias. Una especie de bonus. Una se llama «Lo que no esté prohibido estará permitido» y la otra se llama «La villa».
Vale. Ya estamos listos. Recuerda, nada de lo que vas a leer aquí es una sorpresa. Todo es exactamente lo que parece.
Primera parte
Familia
Las instituciones son una especie de mecano cuyas piezas están diseñadas para reproducirse permanentemente. Así, antes de unas elecciones se paraliza la acción parlamentaria y los Gobiernos se quedan en funciones (una suerte de actividad comatosa estable). Después se convocan las elecciones en las que resultan electas una serie de personas (agrupadas en listas de sus distintos grupos políticos) que se convierten en concejales, o diputados o senadores. Para volver a arrancar se constituyen los parlamentos y las mesas de los mismos que eligen, por ejemplo, la presidencia del parlamento en cuestión y, una vez se ha realizado esa primera acción política, el parlamento ya constituido elige a quién va a ocupar la presidencia y la persona electa forma Gobierno. De cara a la historia que estamos contando esto es importante.
El 10 de junio de 2003 se constituyen las cámaras de la Comunidad de Madrid tras las elecciones autonómicas. El PSOE e Izquierda Unida consiguen sumar un diputado más que el Partido Popular. Cuando toca constituir las cámaras, dos diputados socialistas no aparecen por ningún lado. Son Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez. Su ausencia se traduce en la votación institucional como una abstención. Dicha abstención provoca que el Partido Popular recupere la mayoría perdida por la mínima y consiga el control de la mesa, pero no aún el Gobierno. Si lo sucedido se repite en la sesión de investidura, Rafael Simancas, el candidato del PSOE, no será presidente de la comunidad.
Esto es exactamente lo que pasa en la votación celebrada el 28 de junio, donde es elegida como presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre con la abstención, de nuevo, de Tamayo y Sáez, ahora ya no ausentes en el hemiciclo, sino como miembros del Grupo Mixto, tras haber sido expulsados del PSOE.
No hay un único tamayazo, hay dos. Y entre uno y el otro median dieciocho días. Eso es un hueco. Escribir es llenar un hueco.
Yo en 2013. Treinta y pocos años, sobrepeso, entradas que apuntan calvicie, barba oscura, ojos marrones, hombros echados hacia adelante y respiración pesada producida por el asma. Soy nervioso y hablador. Suelo llevar pantalones vaqueros y camisetas de películas o tebeos. En ese momento trabajo como community manager de una web de información y opinión madrileña nacida al calor del 15M. Es verano. Como entonces y como ahora, mientras escribo, diez años después, veinte del tamayazo. En el verano de 2013 el enorme crujido que produjo el 15M sigue existiendo como una fuerza latente, pero aún no ha llegado a su segundo momento de convulsión intensa con la aparición de Podemos. El municipalismo del que seré concejal dos años después no existe. Solo existe el impasse. La sensación pesada del paso de los días, la angustia porque ese acontecimiento, ese temblor del 15M esté desapareciendo… En esa angustia, sobre esas dudas, empiezo a escribir un guion para escapar de ese trabajo que empieza a resultar depresivo y alienante, como todo trabajo de community manager resulta tarde o temprano. También para intentar hacer algo, algo productivo que me sacuda la sensación de que debería pasar algo que no está pasando.
Podría haber escrito el guion de cualquier otra cosa, pero el tamayazo me parece que tiene una importancia especial. Una importancia que no percibí cuando diez años antes sucedió el tamayazo. Quizás entonces no la tenía. O tenía otra. Quizás sin el estallido social del 15M el tamayazo no fuera más que una derrota, el fin de un proceso, un episodio oscuro. No el inicio de algo, de una desafección, de una tristeza, de algunos cambios. De un proceso subterráneo que, a la luz del 15M, que nada tiene que ver con el tamayazo, aparece de otra manera.
El tamayazo no es un caso de corrupción como los que conoceremos después. No es Rato y las preferentes de Bankia, no es Villarejo, no es la Gürtel. No son los ERE de Andalucía. No le pertenece en exclusiva a un partido, ni a las formas de relación de ese partido sobre el territorio en el que gobierna. El tamayazo es un producto exclusivo del bipartidismo y a la vez es un experimento de la forma de gobernanza del Partido Popular en la Comunidad de Madrid hasta hoy mismo. Pero no se explica sin las correas de transmisión y las zonas de contacto del bipartidismo, sin sus intereses compartidos y preocupaciones comunes. No se explica tampoco sin las dinámicas internas de los partidos, sus pugnas, sus puñaladas, sus miserias.
Los protagonistas son Tamayo y Sáez. Tamayo tiene cuarenta y cuatro años, dos más que yo mientras escribo este libro. En las fotos me parece una persona mucho mayor que yo mismo. Es posible que él sea mucho más consciente de su edad de lo que yo soy de la mía y no al revés. Tiene gafas y los ojos pequeños, con un brillo inteligente. Lleva, además, la barba bien cortada, elegante. Lleva traje en todas las fotos. Si le vieras sin contexto podrías decir que es abogado, o contable, o… La infinidad de trabajos que se hacen con traje, que implican números, leyes y papeles que van y vienen. Te lo puedes imaginar comiendo y bebiendo en una mesa en la que se están decidiendo cosas y también en una mesa en la que se finge que se están decidiendo cosas. Es también, claro, un producto típico de un partido. Alguien cuya profesión es permanecer en el partido y ser fiel a su corriente. Una corriente es una forma de distinguir un «nosotros» de «unos otros» que solo se entiende en el interior de un partido porque solo tiene sentido en el interior de un partido. Si intentaras explicar fuera la diferencia entre tu corriente y la corriente de al lado, probablemente nadie te entendería. Sin embargo, esa diferencia, en una suma de narcisismos de las diferencias que permiten distinguir batallas internas y por tanto recursos y tropas, gente de confianza, puestos, etcétera, es algo que está entre la sangre de un organismo vivo y el trombo que lo constriñe hasta matarlo.
En el caso de Tamayo y Sáez la corriente se llama Renovadores por la base, que en su literalidad debe querer decir que nacen para transformar el PSOE estando más cerca de las personas anónimas que conforman el partido. A la luz de los acontecimientos, el nombre resulta sórdido, pero lo cierto es que, investigando un poco, «la base» a la que hace referencia no es exactamente esos simpatizantes periféricos, ni es la militancia anónima, sino más bien una serie de cargos que viven en el interior del «animal partido» pero que no suelen tener la representación que creen merecer.
Sáez por su parte parece nervuda y nerviosa. De cuello largo y cabeza echada un poco hacia delante. Tiene el pelo corto y teñido de rubio, los labios gruesos y los ojos más grandes, detrás de una gafas de montura también algo más gruesa que la de Tamayo. En las fotos de la época, dónde Tamayo aparece serio, ella suele tener un rictus de cierto desagrado, como a medio camino de una mueca que no termina de concretarse.
En el guion la descripción de los dos, así como sus nombres, serán distintos. El guion estará «inspirado» en aquellos acontecimientos.
Tamayo será Torralba.
«ENRIQUE TORRALBA: en torno a los cuarenta años, gafas, aspecto serio, aunque un poco nervioso. Parece un funcionario venido a más… O un político venido a menos. En realidad, el tipo es un enigma… O es muy complicado o no tiene nada en la cabeza».
A los ojos de hoy diría que Tamayo tiene aspecto de cualquier cosa menos de funcionario. Recuerdo el momento en que escribí eso de «es un enigma». Creo que es porque nunca terminé de saber muy bien quién era Tamayo, quiero decir Torralba. Es posible que tuviera que ver con un cierto pudor a la hora de mostrar lo evidente. Que Tamayo es exactamente lo que parece. El mal tiende a interpretarse como misterioso para hacerlo soportable.
Una búsqueda en Google sobre Tamayo devuelve que las últimas informaciones que existen sobre él lo sitúan en una investigación de la Guardia Civil por un supuesto intento de extorsión a un empresario gallego. La causa se archivó.
Sáez en el guion se llama Julia Salgado.
«JULIA SALGADO: unos cuarenta y cinco años. Un vestido un poco hortera y fuera de lugar. Retiene parte de una evidente belleza juvenil, pero se la ve cansada, desorientada. Su vida ha sido una improvisación constante que, hasta ese momento, no había ido mal».
Leído ahora da la sensación de que intentaba hacer una traducción emocional de Sáez para convertirla en el personaje de Julia. Me interesaba mucho más Julia que Torralba. A pesar de eso no pude evitar señalar «el atractivo físico» (juvenil) del personaje, una mala costumbre —o un deje machista— en la que los hombres tienen aspecto y las mujeres tienen atractivo. Lo cierto es que el personaje de Julia, el de Sáez, me interesa más porque como dice la descripción parece que está perdida, fuera de lugar o arrastrada por las circunstancias. Quizás es también una deriva puramente machista que el tamayazo se llame así y no el SáezGate. La historia se ha escrito de forma injusta para Sáez y se escribirá a través de esa injusticia en el guion.
Lo último que sabemos de Sáez es que recupera el anonimato y vuelve a su puesto administrativo en un hospital público de Madrid.
Viendo la foto de Sáez de los periódicos nunca dirías que es funcionaria en un hospital. Tampoco dirías que su aventura termina con ella volviendo a su puesto. Recuerda al final de Uno de los nuestros, con Ray Liotta convertido en lo que siempre odió, un vulgar gilipollas como tú y como yo que tiene que salir por las mañana a recoger el periódico.
La sensación es que la historia invisible, la que corre después de esos dieciocho días entre la composición de la Asamblea de Madrid y la sesión de investidura, es que de todas las personas que tenían algo que decir en esto, Sáez está en el bando de las que han perdido. El bando de quien fue incorporada a este plan porque hacían falta dos personas para cambiar la mayoría y que si solo con una persona hubiera bastado, ella no estaría ahí.
Es posible que sea un prejuicio, pero no hay datos que señalen que ella era la voz cantante en la idea. Más bien al contrario. No se puede despreciar la posibilidad de que todo fuera mucho más compartido, mucho menos atravesado por una jerarquía de género. A mí me cuesta creerlo. Los partidos son también jerarquías de género. Y Sáez tampoco es un ejemplo de las lideresas que la política española de los últimos treinta años ha producido en el seno de estructuras profundamente masculinas y patriarcales. Tampoco es nadie que se rebelara ante todo aquello, más bien al contrario. No he podido probarlo, pero preparando este libro me contaron que en el barrio donde vivía, Orcasitas, algunos vecinos fueron a la tapia de su casa a tirarle pintura roja y hacerle pintadas: traidora, ladrona. Cosas así. Rabia de la villa de la Madrid.
En realidad, tampoco Tamayo era el líder del todo. Había alguien más. Luego hablaremos de él.
También hay más datos que invitan a pensar que esa «trama de corrupción» no era exactamente lo que imaginamos de una trama de corrupción sino algo más parecido a lo que podría estar pasando por la mente de esos dos diputados de UPN que en 2022 dijeron que iban a votar a favor de la reforma laboral, pero era mentira. Eso lo volvía también interesante.
En una versión cero del guion, la película se llamaba Maletines, que describe bastante bien el imaginario que yo, y creo que la gente en general, tenemos sobre los casos de corrupción. Son procesos lineales de compraventa de personas para un determinado fin. Así, encontrar el dinero fue durante mucho tiempo una motivación importante en el caso Tamayo y Sáez. Lo que sucede es que nadie lo encontró. Por muy cambiados que estuvieran los nombres, si se quiere escribir algo parecido a una historia sobre el tamayazo se tiene que hacer cargo de que a los ojos del mundo el dinero es una sospecha, no un hecho. Y ni siquiera eso está claro. Sáez, por ejemplo, cree que ese dinero existió. Solo que ella no lo vio nunca, pero que estaba ahí. Hay una historia posible que yo no identifiqué en 2013, pero que también podría ser una película. Han pasado diez años desde lo sucedido y el diario Infolibre publica una larga crónica que recopila la información ya conocida y aporta datos nuevos. Buena parte de esa crónica está armada sobre las declaraciones de una María Teresa Sáez detrás de una verdad que entonces aparentemente se le negó. En esa verdad se incluye el dinero que nadie ha visto nunca. Según Sáez, según la crónica de Infolibre, Tamayo habría cobrado una importante cantidad de dinero por hacer lo que hizo. La idea de María Teresa Sáez buscando la verdad diez años después me parece que tiene una película dentro. Sáez, sin embargo, se mantuvo con Tamayo hasta el final en los acontecimientos de 2003.
En lo que tiene que ver con el guion que yo estaba contando había, claro, otra posibilidad. Asumir lo que no habíamos visto. Asumir el dinero. Asumir que esa compra estaba allí y contarlo como si fuera verdad, o al menos como si alguien lo hubiera descubierto. Supongo que en ese momento yo estaba más interesado (fascinado quizás) por la posibilidad de que el problema no fuera el dinero, sino las relaciones internas de los partidos. Algo que, supongo, tenía que ver también con el momento. La decadencia del bipartidismo era también la decadencia de la «forma-partido» y el tamayazo era, con y sin dinero, la máxima expresión de dicha miseria faccional. La familia entendida de la peor manera posible.
El guion, la historia, tuvo que hacerse cargo de que habría de contarse sin la evidencia del dinero. Se haría solo jugando con dos elementos: los huecos que no conocíamos y las cosas que sí sabíamos. El juego de la historia sería precisamente ese, contar algo desde lo que no sabíamos que no nos dijera nada que no supiéramos ya.
