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Todos contamos, en mayor o menor medida, con una cuota de cobardía; una inevitable aversión al riesgo y una tendencia a mantenernos en nuestra zona de confort. Pero a todos también nos llega el momento de enfrentar situaciones que nos desafían, que nos obligan a dejar atrás nuestros miedos y poner manos a la obra. Se nos exige el coraje de tomar decisiones que nos permitan superar el estancamiento y continuar avanzando en el camino de la vida. Un amor cargado de culpas, una ruptura que obliga a comenzar una vida de cero, una declaración de amor estratégicamente planificada, un joven atrapado en una sacrificada rutina para acompañar el dolor de su madre, una viuda que se desvive por sus hijos para aplacar el dolor por las ausencias, un adolescente decidido a ser una versión diferente de sí mismo. Todas son historias de la vida cotidiana que despiertan la empatía del lector y lo convocan a acompañar las desavenencias de cada personaje en su senda. No apto para cobardes presenta cinco historias creadas con mucha dedicación y amor, sobre personas comunes que se anteponen a la cobardía, en pos de identificar las problemáticas que les impiden avanzar en la vida, y actuar sobre ellas con hidalguía. Hombres y mujeres, como todos nosotros, llamados a sacudir el avispero para descubrir el camino en búsqueda de la tan ansiada felicidad.
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Noelia Capano y Departamento de Arte Tinta Libre. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre.
Capano, Leandro Hernán
No apto para cobardes / Leandro Hernán Capano. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
210 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-897-7
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Antología de Cuentos. I. Título.
CDD A863.9283
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Capano, Leandro Hernán
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Agradecimientos
Siempre consideré a la acción de gracias como una práctica muy noble, una expresión de afecto y reconocimiento donde uno se aparta voluntariamente del foco de atención para centrarlo en aquellos que han tenido incidencia, directa o indirecta, en un logro obtenido. No importa si se direccionan las gracias hacia el cielo o hacia esas personas que nos han sostenido, propulsado o acompañado durante el camino realizado.
Muchas veces se agradece por logros que han requerido un enorme esfuerzo, que se han edificado en un largo período de tiempo; y es menester extender esa gratitud a todas y cada una de las personas que han sido parte del proceso.
Le agradezco a Elida y a Miguel, que siempre han dejado todo en la cancha por sus hijos, y sobre todas las cosas, han sido el mejor ejemplo de valores que pude tener.
Le agradezco a mis dos hermanos y en especial a aquella que me acompaña desde el vientre materno, mi melliza, por su apoyo incondicional y su colaboración desinteresada en el diseño del arte del libro.
Le agradezco a mi gran compañera de aventuras, Carolina, que me ha apoyado y me ha acompañado con paciencia en todo este largo proceso creativo.
Le agradezco a Patricia Fernández, mi profesora de Lengua y Literatura del Colegio Santo Tomás de Sarandí, aquella que promovió la lectura y la escritura en mi vida desde temprana edad; y ha sido un baluarte en el proceso de edición de estos cuentos.
Le agradezco a María Emilia Costa por esa vocación al servicio ininterrumpido, ya sea para formar rectas conciencias como para aportar su rigor profesional en la literatura.
Le agradezco de corazón a aquellos familiares, amigos, formadores y acompañantes en mi camino cotidiano, que siempre han tenido una palabra de aliento para animarme a proseguir en este proyecto. También a aquellos que, desde sus historias compartidas, han colaborado (indirectamente) en la edificación creativa de cada personaje. Ustedes saben lo importante que han sido, y pueden sentirse parte de esta obra finalizada.
Como todo escritor, me gusta la idea de que el lector se sienta parte de cada historia, que logre empatizar con los personajes. Que usted esté leyendo estas páginas ya es un motivo para incorporar su nombre a este apartado. De mi parte, les agradezco profundamente a todos y todas ustedes, por haberme abierto las puertas de su casa para narrarles, desde mi prosa, estas historias de ficción que escribí con mucho orgullo para su entretenimiento, reflexión y compañía. Es uno de mis mayores deseos que puedan disfrutarlos de la misma forma como yo disfruté al escribirlos.
No apto para cobardes LEANDRO CAPANO
Cinco historias de gente común en la batalla contra sus miedos y cobardías
Sobre culpas y miradas
Es curioso, pero mi día no comienza cuando la canción de turno prorrumpe con su sonido atronador desde el teléfono celular devenido en despertador. Tampoco hace el puntapié inicial allá cuando el dentífrico se unta al cepillo, o cuando en completo estado de somnolencia llego a avistar el pronóstico del día en la televisión, esos pocos minutos que me siento en la mesa a dar unos sorbos al café de la mañana.
El día bien podría comenzar cuando camino esas calles tan coloridas hasta la universidad, a fin de cuentas, siempre fui un amante de los colores que ofrecen los árboles que acompañan mi sendero; ese desfile extraído de una paleta divina que no conoce de detenciones, y se mantiene en constante cambio a lo largo del año. Por qué no pensar que las bondades arquitectónicas de mi barrio y esos caserones bajos tan bonitos, me depositen de una vez en el punto de partida diario. Ni siquiera los autos de las concesionarias que exhiben impagables vehículos de alta gama, son los encargados de dar inicio a mi jornada.
Mi día comienza cuando mis ojos la ven sentada en su ubicación de siempre, esa que la diosa rutina eligió caprichosamente cerca de la ventana. Una gloriosa ubicación que, para mi fortuna, resulta adyacente a la mía. Y sí, ahí se levanta el sol todo de golpe y se posa frente a mí, con un fulgor que eclipsaría a la mayoría de los mortales. Porque si Arthur Eddington descubrió que las estrellas brillan por las fusiones nucleares en su centro, en mi caso puedo experimentar esa explosión a diario en mi interior.
Tal vez al leer estos primeros párrafos, le parezca un completo romántico, un poeta desenfrenado. De ninguna manera, nadie me ve de esa forma. No por nada en especial, pero simplemente no me gusta hacer este tipo de demostraciones. Pero estoy seguro que este fenómeno no me pasa a mí nada más. Ella, con un entusiasta saludo, con mi nombre en diminutivo pronunciado desde esa comisura cuasi divina... me arranca violentamente del ostracismo de un apagado crepúsculo.
Posiblemente no se percate en esos momentos cuando fijo mi mirada en el resplandor de sus ojos, de los que conozco (a esta altura) todos los colores. Ya puedo verla atendiendo a sus apuntes, con una concentración que me hace pensar que se trata de una Einstein en potencia. Y entonces me detengo en cómo cae su pelo castaño por sus hombros. Recién cuando hube estudiado involuntariamente la ropa elegida de turno, caigo en la cuenta que ya es la mañana, y también comienzan mis obligaciones.
Una de las peores consecuencias de este estado es la ciclotimia en la que vivo sumergido, en función de una respuesta cualquiera, de un comentario ignoto, de una sonrisa infrarroja. A veces por querer pasar desapercibido, termino pareciendo un ermitaño. Otras veces por querer mostrarme llamativo, termino resultando fastidioso. Tal vez sencillamente no nací para estas cosas, porque siempre parecen salirme al revés.
El día continuará, y yo tendré mis vaivenes. La concentración en mi formación profesional es algo que me ocupa, e intento hacerlo de la mejor manera. De hecho, busco que mi rendimiento sea siempre utilizando el límite de mis capacidades. En efecto, no me considero de las personas más inteligentes del curso, pero me focalizo en hacer todo mi esfuerzo para que luego los resultados sean los máximos posibles con los recursos empleados. En realidad esa es prácticamente mi filosofía de vida.
Soy un tipo creyente, si se me permite la confesión. Pero qué injusto puedo resultar con Dios, a decir verdad. Porque tengo una familia un poco loca, pero unida. Tengo a mis abuelos conmigo, que sin dudas considero uno de mis tesoros más preciados. Tengo una hermana menor que hace un año formalizó una relación con alguien que resultó ser uno de mis más entrañables amigos. Y soy injusto porque el de arriba escucha más de lo normal de mis miedos, de mis frustraciones; escucha de ella.
Porque de un mundo enorme de mujeres con la que me relaciono habitualmente, voy a centrar mi universo en ella. No me tocó vivir una guerra en carne propia, no sucedieron catástrofes naturales en mi ciudad, mis seres queridos no han caído en enfermedades tristes... El dinero no abunda, por eso he tenido que buscar un trabajo apenas cumplida la mayoría de edad. Pero hasta en ello puedo dar gracias que lo encontré con cierta rapidez. Puedo caminar, ver, hablar y respirar...
Bueno, la respiración un poco se entrecorta cuando me sostiene la mirada, lo admito. Todo es normal hasta que se dan esos segundos en que sus ojos permanecen a la altura de los míos. Completamente evitable, completamente inevitable. Creo que desnuda absolutamente mi verdad, de modo que hasta el más inexperto lector de miradas podría descubrir lo que hay detrás de la mía en esos segundos. Me despierta la idea que mis conversaciones más profundas con ella son, irónicamente, en silencio.
Y es mucho decir, porque hablar, vaya que hablamos. Mayoritariamente de puras trivialidades. Tenemos muchos amigos en común, hecho plagado de pros y de contras. Sí, lo sé; las virtudes parecen muy importantes, porque esa ocurrencia potencia mi diálogo y la construcción de una relación entre nosotros. Pero me creerá que la contra es una de las claves de mi problema. Mi primo, unos dos años menor que yo, fue al colegio con la susodicha, y no era precisamente una compañera más en su vida.
Los códigos entre hombres, sobre todo a esta edad, resultan compromisos firmados con sangre. Enarbolar la bandera de la más pura fidelidad entre amigos no es una elección, es requisito sine qua non para la portación de género. Ni hablar si a la amistad le agregamos una pizca de lazo sanguíneo. El paso del tiempo en estos casos deja una herrumbre extraña en el aire, demuestra un proceso de oxidación indefinido. Y la incertidumbre se transforma en miedo para cualquier mortal.
Aún cuando cae el sol, y me encuentro finalizando trámites propios de un cadete que busca ganar su cospel; mis pensamientos suelen volver a ella, traducidos en esa pregunta odiosa que la distancia hace normal. “¿Qué estará haciendo ahora?”. Los beneficios de la tecnología hacen que uno pueda esconder detrás de un cristal virtual todas sus cobardías, dejando algún ingenioso mensaje con destinos cambiantes depende la suerte del día. Revoluciona el interior imaginarse la liberación de endorfinas que representa ver su nombre en el dispositivo, señal inequívoca de un habemus respuesta con la fumata blanca de fondo.
Sin embargo, nada puede igualar el poder comunicacional de una charla en vivo y en directo, con todo el potencial de nuestra comunicación no verbal trabajando por encima de la capacidad permitida. Es fácil no quejarme de la distancia que debo recorrer desde el trabajo hasta mi casa, teniendo en cuenta que en parte de ese camino paso por su casa. Es inevitable caer en la entelequia de un encuentro casual, la probabilidad de verla en un horario que no es el predestinado en un día rutinario.
Bien comprendo que se trata de un ser humano más, una persona con errores y defectos. Una persona de la que puedo encontrar muchas características que por largo difieren de mi personalidad, hasta el punto de no poder comprender ciertas actitudes o pensamientos. Sin embargo, todo eso se desbarranca como un castillo de naipes armado sobre la mesa, en el mismísimo instante en que compartimos algo. Ahí es cuando las similitudes se hacen claras y las diferencias se hacen atractivas. Y es cuando ese ser humano sigue siendo uno más para el mundo, pero no uno más para mí.
Esa alucinación de encontrarla suele esfumarse con facilidad, ya que el azar no suele ser un soldado de mi lado, y la posibilidad de encontrarla por obra y gracia de la suerte se reduce a un número poco material. ¿Quién pudiera explicarle ese aditamento lógico al corazón? Se auto condena a llegar a la noche con culpas por la falta de coraje exhibida en el campo de juego. ¿Es solo un problema de coraje? ¿Qué podría suceder, más que recibir una mirada decepcionada, una excusa aleatoria, la aterrorizante ruptura de una exacerbada ilusión?
Tal vez para algunos, eso es algo de todos los días. Pero para mí, sería un baldazo de agua a temperatura cero absoluto. Al mismo tiempo, me considero un estratega. Algún dejo de estrategia tiene que mediar en una acción arriesgada a ese punto. “¿Qué es lo que hacés entonces para cumplir con tu objetivo?”. Me lo ha preguntado Mariano, un amigo de esos pocos con los que uno puede abrir hasta los candados más lacrados ubicados en las zonas más recónditas. Pues lo que hago es meramente virtual. Con el paso de las semanas, mi diálogo desde el dichoso artefacto de telefonía móvil se va haciendo más abierto, y deja paso a calificativos que van evidenciando a cuentagotas mi verdad.
***
La primaveral noche de este jueves está estrellada y una fresca brisa casi acaricia mi frente. Las luces están atenuadas al punto en donde estoy, potencian el brillo de los astros. Me gusta, una vez finalizada la jornada, subir a la terraza y echarme en una cómoda reposera a descansar mi mente. Tal vez tenga que ver con aquello de ser una persona creyente, lo creo un buen lugar de meditación. Es una linda forma de dar cierre a este día, pensando en esa mirada que aguardo ansioso a ver mañana.
Lo confieso, la sonrisa que se me dibujó tiene que ver precisamente con que mañana a la noche tenemos un cumpleaños, y es una de esas geniales excusas para hablar con ella. Lo sorprendería mi gran gusto para encontrar regalos de mujer; tal vez mi hermana me haya enseñado al respecto sin darse cuenta. Aparecerse solo en un cumpleaños donde no conocés a todo el mundo tampoco es el ideal, los compañeros de universidad solemos ser los menos. Nada mejor que coincidir para estar al mismo tiempo. Todo lo que haga referencia a compartir algo con ella ya me envuelve en una atmósfera de buen humor.
Las mañanas de viernes tienen ese no sé qué que las hacen especiales. Sol radiante, fechas de parciales definidas, ella. Hoy, para potenciar mi vuelo entre ángeles, no pudo asistir a clases una de sus compañeras habituales y al parecer la cumpleañera se tomó licencia en honor a su natalicio. Que me haya elegido para paliar esas ausencias es demasiado regalo para tan bello día. En devolución de gentilezas, no dejo de hacer chistes de dudosa calidad, pero eficiente resultado. Usaría esa risa desbaratada de ring-tone y pediría que me llamen cada cinco minutos.
Fue en una de esas risas cómplices que, como de costumbre, me quedé observando; donde ella sostuvo la mirada... y entendí que tenía que hacer algo. Que esta locura se estaba volviendo insostenible. La imagen de mi primo, que es como un hermano, ancló con fuerzas en mi mente. La culpa debe haber modificado groseramente mi gesto, a tal punto que alcancé a oír de su exquisita voz un interrogante fuera de lo común: “¿Te pasó algo?” … Si te dijera todo lo que me pasa, se terminaría furiosamente toda esta fábula de ensueños. ¿Es el momento?
El subterfugio encontrado viró por la preocupación de no haber comprado el regalo para el cumpleaños de esta noche. No hay chances de confundir culpa con una exigua remembranza, pero mi buen humor ilumina mi intelecto para salir del paso a plenas humoradas. Fue esa salida improvisada la que nos llevó a arreglar un horario para hacer juntos la compra en un shopping cercano. Escaparnos de la última clase del día —que estaba bien aburrida—para hacer algo juntos, fue como cerrar el primer tiempo anotando el 3-0 con un potente remate desde afuera del área.
Empecé a animarme a lanzar mis primeros mensajes subliminales en vivo, del estilo de “a vos te quedaría mejor”, mientras inspeccionábamos la indumentaria de un local de modas. Comentarios que la llevaron a probarse una remera color crema con un simpático dibujo que me volvía loco. Archivé esa imagen bien pegada a la definición de belleza en mi mente. Tantos días transcurridos desde la expectante posición observadora, tantos días soñé con un momento como este. Tal vez uno de esos instantes de felicidad plena que le deseo a todos.
La despedida fue algo extraña, se trató de un simple beso en esas delicadas mejillas, pero por dentro sentía la imperiosa necesidad de tirar la máscara bien lejos y abrazarla como nunca antes. Sin embargo, tal vez percibió ligeramente algo así en mi mirada baja y resultó algo incómodo. Allí estaba ella, y al lado imaginariamente apareció mi primo de brazos cruzados, a pura mirada condenatoria. Mientras se alejaba esa imagen, mi celular vibró y mostró el mensaje inequívoco de mi primo, invitándome a tomar unas cervezas a la salida del trabajo. ¿Podía ser posible semejante coincidencia? Inevitablemente sentí que estaba haciendo todo mal. Todo absolutamente mal.
La jornada de trabajo fue tan tranquila, que hasta mi jefe me dio su venia para irme más temprano de lo normal. Viernes en estado puro, mi primo me recibió en su casa animosamente, mientras afuera transcurría un caluroso anochecer. Los nervios comenzaron a subir en forma inquietante, ante una inexorable certeza: el día había llegado. La careta estaba en mi mano. Era el tiempo de decir la verdad. La televisión prendida de fondo mostraba imágenes de campos verdes y aficiones frenéticas. El chopp helado y los maníes completaban el escenario propicio para la confesión.
Habladurías deportivas mutaron gradualmente al tópico que más nos suele gustar a los hombres: las mujeres. Mi primo parecía querer llevar la conversación para ese lado, y permití que fluya en su intento. Repentinamente, de una serie de nombres femeninos que fuimos evaluando con nuestro estricto rigor científico, comenzó a repetir una y otra vez el mismo. “¿Te acordás de Florencia?” Pues sí, era una de esas chicas bien lindas del curso contiguo al mío, cuando iba al colegio.
Que la diferencia de edad, que me encantan los ojos, que la veo seguido por esto y por aquello. Mi primo me fue mostrando que, a decir verdad, estaba bastante enamorado de esta chica, a quien yo recordaba bien pero no veía hace tiempo. Llegaba el momento de las recomendaciones, de cómo te parece encararla. Y ahí sentí el nudo en la garganta. La culpa volvió a mis ojos como nunca. ¿Yo, aconsejarte a vos, que sos como un hermano y estoy perdido por una chica que fue tuya?
Y llegó el momento. Mi turno. Algunas palabras casi entrecortadas. ¿Te acordás de la chica con la que salías hace unos años? Momento fuerte. Mirada sostenida, para mostrar la más pura verdad. La culpa al desnudo. Estoy hasta las manos con ella, primo. Silencio, gesto de sorpresa, algo que no se esperaba. Sí, esa misma que te dejó hecho trizas cuando te dejó. No puedo dejar de pensar en ella. Silencio nuevamente.
“Yo pensé que me ibas a decir que era Florencia, ya te estaba por matar, primo”. Una respuesta que metafóricamente presionó el botón de reset en mi persona y me abrazó a un sentimiento de libertad difícilmente imaginado. “¿Culpa?, pero si vos necesitás que te dé un ok ahí, por mí, dale para adelante”. Como para sentenciar esa sensación de completa liberación de viejas ataduras. Terrenos allanados para avanzar a displicencia. Ligera alarma al oír que comenta lo mal que había estado en su momento pero regreso a la normalidad al rematar la idea con un “es una buena chica”.
No me había dado cuenta lo importante que era este paso, y al mismo tiempo, no me hubiera imaginado lo sencillo que sería. La charla siguió por muchos terrenos y las cervezas acompañaron la incipiente noche de viernes. Sería difícil de describir lo placentero que resultó ese golpe de paz interior que se hizo casa en mí. Así lo sentí en mi camino de regreso, mientras me preparaba para esa fiesta de cumpleaños, mientras me preguntaba cómo sería la forma más propicia de abordar el gran tema, pero esta vez con ella como interlocutora.
La hermosura que desprendía con ese delicado vestido negro solo podía inhibirme hasta el máximo exponencial. Llegar junto a ella, y que los demás nos vean como si existiera algo entre nosotros era lo más cercano a tocar el cielo con las manos. Realmente no podría definir si fue un buen cumpleaños o fue aburrido. Para mí se trataba del mejor día que pudiera haber imaginado en años. Esa sensación debe haberse traslucido en la forma en que reían algunos invitados —inclusive aquellos que ni siquiera conocía— con mis ocurrencias.
Cada vez que la miraba reír, hasta me sentía intimidado. Como nunca, sentí que todo el mundo que nos veía, sabía que por dentro moría por ella. Pero poco me importaba, porque ya no era la imagen de mi primo la que aparecía al lado, y el entorno no hacía más que envalentonar mi postura. La retirada, como no podía ser de otra manera, fue a su lado. Mientras desandábamos nuestro camino, las calles nos devolvían un apagado verde en los árboles, iluminados sutilmente por la inefable luz de la luna.
Por dentro sabía que después de un día con sensaciones tan fuertes, ya no podría verla de la misma manera el próximo lunes, cuando la universidad vuelva a encontrarnos en calidad de compañeros de curso. Ella estaba impecable como siempre, aún con el trajín de la jornada a cuestas. Pero el fuego del día se estaba extinguiendo, y su casa estaba a pocas cuadras ya. Era el momento de escupir la verdad, por segunda vez en el día, pero esta vez, a ese ser que ocupaba en forma permanente mis pensamientos.
Y apenas llegamos a la puerta de su casa, sucedió. Fue un momento que duró menos de un minuto, pero se prolongó durante mucho tiempo, recreándose perpetuamente en mi mente. La luna impactaba en sus ojos y nos quedamos mirándonos atónitos; como si estuviéramos leyendo nuestros cristalinos. Mi voz estaba completamente cortada, como si un grupo de sindicalistas hubieran prendido unos neumáticos en mi garganta impidiendo la emisión de cualquier sonido. Mi nerviosismo era evidente y como nunca entendí que ella siempre había sabido leer todas mis miradas.
Cientos y miles de miradas en diversos lugares, gritándole en silencio lo hermosa que me parecía, rasgando alfombras por una sola caricia. Pero entonces ya estaba todo dicho. Su gesto para mi sorpresa se volvió adusto, en un dejo de tristeza y compasión. Sus manos tan hermosas tomaron las mías, que estaban a esa altura temblorosas. No medió en toda la escena ni una sola palabra. Me refiero desde un punto de vista estrictamente verbal, porque implícitamente fluían torrentes de diálogo entre nuestros ojos.
Y fue entonces que entendí con claridad que algo no andaba bien. Tal vez mis ojos lo demostraron, cristalizándose pese a las estrictas instrucciones mentales de mantenerse firmes. Ella pasó sus dedos con suavidad por mi atusada barba —como siempre una postal de prolijidad— y mordió un poco el labio acercándose a mi rostro. El beso duró un instante, hasta lo sentí como un premio consuelo. Mis ojos se abrieron lentamente cuando ella alejó sus labios y volvió a acariciar mi barba.
El hechizo fue cediendo y caí en la cuenta de lo que acababa de suceder. El beso que más esperaba en toda mi vida acaba de consumarse. Así, efímero, se desvanecía como ella, luego de regalarme una última caricia. La vi ingresar a su casa y cerrar la puerta, ante mi postura rígida. No tuve el coraje de absolutamente nada más. Tan solo esa sensación de ganar un clásico de visitante, pero quedar eliminado de la Copa por diferencia de gol.
El color de mis ojos propiciaba el único matiz de la oscura imagen en mi habitación, con la ventana abierta y la brisa escurriéndose por los recovecos de todo mi universo. Qué difícil conciliar el sueño sin poner palabras a tanto silencio. Mi debilidad me llevó a abrir imaginariamente la caja donde había escondido mi máscara y volver a colocarla en mi rostro, para así hablar una vez más escondido tras esa maldita pantalla virtual.
Un “no puedo dormirme” fue suficiente. Del otro lado vinieron algunas explicaciones entreveradas, donde podemos destacar un “te quiero mucho”, aunque también un “creo que te demoraste demasiado” y un “empecé a salir con un chico hace unas semanas”. La sensación era exactamente la misma que había sentido mientras la miraba hace unas horas, pero esta vez, con palabras diseminadas, dando una forma semántica a esas sensaciones previas.
***
Es una mañana espléndida. Los días cada vez lucen más brillantes, ya en las postrimerías de la primavera. Llegué más temprano que de costumbre a la universidad. He tenido tiempo durante el fin de semana para ponerme al día con todos los resúmenes. Sentado en completa soledad vi gradualmente poblarse el aula entre libros y carpetas.
Ahí llegó ella y se sentó en la ubicación de siempre. Cuando giró su cabeza y me divisó a la distancia, su gesto mutó en una sonrisa distinta a la que estaba acostumbrado. Posiblemente se trate de la sonrisa de la verdad. El impacto de ese ademán fue semejante al de un prominente castillo derrumbándose, hasta quedar reducido a inermes bloques de cemento dispersos por el suelo. Pero ese estrepitoso derrumbe ocurrió solo en mi interior: por afuera lucía una postura firme, alegre.
Abandonó sus cosas y se sentó a mi lado. Un saludo más cariñoso de lo normal, unos comentarios de rigor, y a hablar de temas facultativos. Qué contradictorio, cómo la estaría viendo ahora si la madrugada del sábado hubiera muerto en esa declaración sobre su ocupada situación sentimental. Ella no necesitaba leer todo lo que la quería, yo sabía perfectamente que ella había interpretado cada una de mis miradas. Pero yo no podía permitir que esta historia perezca de esa forma tan incompleta. Solo me quedaba un tiro detrás de la máscara.
Mi respuesta podría haber sido un desgarrador pedido de atención, un incómodo manotazo de ahogado, exigiendo una oportunidad, una desoladora demostración de debilidad, la muestra de alguien que necesita ganar una partida de truco con dos cuatros y un ancho falso. Qué fácil es abrirse a mostrar ese dolor, pero no puedo permitirme semejante capricho. Soy un tipo creyente —creo habérselo mencionado— y, como un axioma central, suelo confiar que las cosas que suceden tienen un por qué, aunque no lo entienda muy bien.
El pasado estaba escrito, el presente mostraba un obstáculo irremediable. El inconmensurable poder de la comunicación no verbal había dictado a las claras mi propia sentencia, tan solo por mis reacciones inconscientes al tenerla a mi lado. Solo restaba dejarle en claro que, sea como fuera, ella seguía siendo especial. Le mentiría si pudiera precisar cuáles fueron las palabras exactas, pero me situaron en una ambivalente posición, oscilante entre comprensiva y cómplice.
Mi lentitud, otra persona en su vida, las culpas sobrevolando... ninguna de esas variables puede presentar batalla a mi sentimiento. Trasciende esas realidades. Así se hicieron posibles sus desbaratadas risas haciendo eco una vez más en mis oídos. Desde la comprensión de no poder exigir más, y desde la complicidad perenne de nuestras miradas.
En búsqueda de un sinfín de respuestas
Capítulo 1
“Estoy confundida”. Esos fueron los dos términos elegidos para dar el puntapié inicial al proceso de cortar nuestra aciaga relación en forma imprevista. De una imaginaria plantilla de posibles frases para dar cierre a tantos años de amor, seleccionó una muy difícil de contrarrestar, porque depositó con ella la pelota en su campo. Todos los futboleros sabemos que la mejor forma de defenderse, es con la pelota en los pies. Su rostro exhibía ese gesto típico que conocía sobremanera, de tantas riñas que otrora soportamos juntos. Su belleza se hundía, a la par que avanzaba en su discurso, en las cavernosas sombras de la más vasta oscuridad. Sujetaba con fiereza el puñal de sus palabras, que comenzaban a actuar con dolor en mi corazón.
Los nubarrones fueron cubriendo mi cielo hasta aislarme de la escena. Podía advertir sus labios al modular cada argumento, pero mi ser ya no estaba presente. Los anticuerpos emocionales de mi organismo habían creado una coraza protectora, mientras mi mente se desangraba en el intento de racionalizar los acontecimientos: «¿Qué hice mal, en qué fallé?». A partir de ese momento, se sucedieron noches y más noches de insomnio. Madrugadas con un cerebro procesando frases y circunstancias que hayan podido resultar la piedra angular para tamaña frustración. ¿De qué sirvieron tantos contratos leoninos firmados con los ojos ciegos de la flexibilidad? Tantos negocios idos a perdedor, asumiendo los costos sin oponer palabra alguna...
Con la mirada atónita hacia el techo del comedor, frente al imperturbable movimiento de las aspas del ventilador, recostado en un incómodo sofá y ante una televisión inaudible que emana luces de fondo; entiendo que no puedo estar más tiempo durmiendo con el enemigo. Vaya juego el del amor, portador de la regla menos pensada: que tu mayor aliado pueda traicionar tu confianza con semejante deslealtad. Ese individuo que duerme a tu lado, es el que puede clavarte el cuchillo por la espalda. El odio por este lecho comienza a acrecentarse, como el mayor símbolo de capricho cedido en toda nuestra relación. ¿Pero a dónde escapar? ¿Cómo puede una persona querer desalojarse, en solo un manojo de días, de todo un pasado compartido?
Qué fácil habría sido tomarse la relación como un pérfido manipulador, dejando de lado todo tipo de sentimientos de por medio. No soy un ser pasional, de hecho, suelo estar más vinculado a la frialdad de un hombre de leyes. Exhibir esta patética debilidad tan solo conlleva a una mayor sensación de derrota personal. A partir de ese “estoy confundida”, los partidos que siguieron fueron las crónicas de una muerte anunciada. Un equipo que pintaba bien en la previa, ahora empezaba a jugar condenado al descenso. Las tribunas superpobladas continuaban enajenadas aportando su aliento, como de costumbre, pero sin lograr una reacción aparente en los jugadores.
De su taxativa verborragia osó emitir un “no estamos como antes”, en un claro intento de trasladar culpabilidades y bosquejar justificativos. ¿Cambios en mi forma de ser? Tengo las mismas virtudes, los mismos defectos, y las mismas formas de encarar los problemas que tuve a lo largo de toda mi vida. Es su entorno el que experimentó grandes modificaciones en los últimos tiempos, es su fragilidad la que aún le impide comprender que esos cambios la han influenciado, a punto tal de abandonar paulatinamente sus pasatiempos, aquellas actividades que antiguamente la apasionaban.
Qué posición absurda puede tomar quien desea abandonar a su pareja sin intenciones de hacerle daño, por considerarlo una buena persona. Un director técnico no puede decirle a su figura “sos mi jugador más importante pero no entrás en mi esquema de juego”, porque la estrella, por más que ame a su equipo, va a tener que buscar nuevos rumbos si pretende mantener su carrera vigente. Y la carrera del futbolista es una sola, después llega un momento donde no queda otra que colgar los botines. Este “juego” no luce muy diferente al fútbol, aquí “el director técnico” deberá asumir su decisión y cargar con la cruz, a plena consciencia, que es el gran artífice de un sufrimiento inmerecido a una persona. Después, el tiempo morigerará culpas gradualmente.
Valeria sin dudas será una mujer con la cicatriz de esa llaga imaginaria pesando en su hombro. Tal vez así lo haya entendido ese día que me vio llorar, y solo atinó a decir “nunca te había visto llorar”. Tanto tiempo a mi lado debería haberle hecho notar que no soy un hombre que ande llorando por todos los rincones. Vaya contradicción mi propia reflexión, considerando que siempre había sido ella la que esperaba que su pareja se dé cuenta de todo lo que ocurría en su mente, sin tener que emitir un comentario al respecto... y yo no quiero caer en ese error. Todavía no existe ese canal de televisión que trasmita lo que pasa adentro del cerebro de una mujer como ella, aunque creo que sería como una eterna maratón de documentales bélicos.
