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Todo empieza con dos acontecimientos que derrumban toda una vida, a partir de este momento empieza una exploración de sentimientos reprimidos por una vida demasiado acomodada, como el odio o la venganza. ¿Qué se siente al matar por venganza o por un enfermizo deseo de justicia? Estos y otros sentimientos van apareciendo, como el amor, la amistad o el deseo de tener una vida plena, donde ver al final un sentido a este mundo, que no lo tiene. Pero será el lector quien tendrá que reflexionar sobre temas como el arrepentimiento o el pecado y, especialmente, sobre dónde poner los límites de nuestras acciones.
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Seitenzahl: 309
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© J. Carlos Prieto
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-534-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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A Diego, al que nunca conocí.
A Dendi, al que más quise.
A Leli, la pérdida más cruel.
Y a Pacorro, espero y deseo que sea el último.
1.-Juan
Siempre he pensado que, para que pase algo malo, y me refiero a algo realmente malo, deben ocurrir al menos dos cosas. Generalmente a la vez, aunque no siempre tenga que ser de manera simultánea. Por ejemplo: si corres mucho con el coche y se cruza un peatón, pues tienes un accidente, si solo corres mucho y no hay nada más, no debe pasar nada. Si se te cruza un peatón por la carretera pero vas a una velocidad adecuada, tienes tiempo para reaccionar para esquivarlo y que no pase nada. Muchas veces son cosas que podemos controlar, como correr más o ir a una velocidad adecuada. Otras no podemos controlarlas, como que se te cruce un peatón por la carretera. Dicho todo esto, si eres cuidadoso y responsable es más que probable que tengas una vida larga y tranquila… O no, porque dos cosas realmente malas te pueden ocurrir. A mí me ocurrieron, en el plazo de pocas semanas, y ambas escapaban a mi control.
Yo soy Juan y todo empezó el día que mi mujer me dejó por alguien mayor, más feo y más gordo, pero más rico que yo. Fue un trauma que supuso un obstáculo insalvable en una vida que, hasta ese momento estaba siendo envidiable, y de repente dejó de serlo. Como a casi todo el mundo a mí me faltaba algo en la vida, un no sé qué, un algo que no puedes explicar. Lo compensaba con unas costumbres muy burguesas que eran la envidia de cualquiera que observara mi vida desde el exterior. Todo el mundo veía un trabajo bien remunerado y una esposa más que atractiva, pero nada de lo que había de puertas para adentro. El caso es que en menos de un mes ya teníamos firmado el divorcio y hecho el reparto de nuestros bienes. Yo me quedé con el piso y la hipoteca y ella con mi coche. Digo «mi» porque el coche lo consideraba mio. Además, se quedó con el apartamento en la playa y casi todo el dinero que teníamos ahorrado en el banco en el que en ese momento estaba trabajando. De esa manera, al yo quedarme con la vivienda habitual, las dos partes estábamos más o menos compensadas. Como se puede, ver mi vida era realmente envidiable, buen trabajo, una guapa esposa, apartamento en la playa, ahorros en el banco y un buen coche en el garaje. Aunque en este punto tengo que decir que mi exmujer es irrelevante en esta historia, de hecho no vuelve a aparecer más.
En el trabajo pedí unos días de vacaciones para el papeleo y, justo el primer día de mi reincorporación, cuando aún no me había recuperado, me citó el jefe de zona en su despacho a las ocho de la mañana. Pensé que sería algo relacionado con mi divorcio, por lo que me subí tranquilo a ver a Enrique, el jefe de mi jefe, alguien al que conocía desde hacía tiempo. Aunque tenía fama de duro, yo lo apreciaba ya que se volcaba mucho con los empleados en el trabajo, y cuando había un problema con algún cliente o alguna operación lo arreglaba casi siempre satisfactoriamente. Era una persona que vivía solo y exclusivamente para su trabajo, por lo que no se podía hablar con él de algo que no fuera trabajo. No tenía aficiones ni pasatiempos, solo trabajo y mas trabajo. Me esperaba en su despacho con dos acompañantes que no conocía, los dos trajeados y con corbatas con los colores corporativos de la empresa, en contraposición con Enrique, con su corbata con elefantes con la trompa hacia arriba. Al verlos pensé que estaría ocupado y me despacharía pronto, pero no fue así. Me los presentó como dos compañeros de recursos humanos, y a continuación me lo soltó de pronto: «en vista de que tu rendimiento no es satisfactorio para esta empresa y que tenemos que reducir costes por la crisis, nos vemos obligados a despedirte».
Al principio no reaccioné, me quedé callado mirándolo sin saber qué decir o hacer. Los que iban a ser mis excompañeros de recursos humanos tomaron la iniciativa, ya estaban acostumbrados. Tenían experiencia en echar a compañeros, juraría que seguían un protocolo definido por la empresa, pues yo no era el primero al que despedían. Como en otras tantas cosas, crees que a ti no te va a pasar, eso le pasa a los demás, es como el cáncer o un accidente de tráfico. Son cosas que están a tu alrededor, por todas partes, pero crees que no van contigo, les pasan siempre a otros nunca a ti. Por supuesto jamás lo ves venir. La verdad es que no recuerdo nada más de la reunión, duró más de media hora y me dieron un montón de números de mi despido, de las circunstancias exteriores e interiores de la empresa, del mercado laboral y no sé qué más chorradas que justificaban mi despido. Yo estaba como en medio de una neblina asintiendo a todo lo que decían, pero el caso es que me fui sin trabajo, con dos años de paro y con el finiquito, que en banca hay que reconocer que es bastante generoso. Duplicaba lo establecido por la ley, por lo que protestar no iba a servir de nada, ya que más no me darían.
Estas son las dos cosas malas que me ocurrieron, la unión de esas dos cosas que producen que te pase algo malo, muy malo. En mi caso, un clic en mi cerebro, literalmente un clic dentro de mi cerebro. Fue como si alguien hubiera apretado un interruptor que sentí no figuradamente sino como algo físico, sonó «clic» y, de repente todo cambió. Algo se rompió dentro de mi cerebro, la percepción del mundo que me rodeaba cambió. Las sensaciones pasaron de ser exteriores a nacer de mi interior, el aire que respiraba tenía otra densidad. Casi podía distinguir los rayos de sol cayendo sobre la Tierra y sobre mi piel, ya no era el aire acariciándome la piel, era yo sintiendo el aire; una diferencia sutil que nadie nota, pero que se hizo una realidad en mí a partir de ese momento. Lo sentía todo a mi alrededor y, a la vez, la luz era distinta. El tiempo discurría lenta, muy lentamente. Era consciente de lo que pasaba a mi alrededor, notaba a la gente caminando, los coches echando humo por los tubos de escape, un jardinero arreglaba los parterres de la acera, en la óptica un empleado se fumaba un cigarro en la puerta, el sol lucía entre los edificios y los árboles daban una sombra agradable, el viento en mi cara… Son cosas a las que nunca había prestado atención, pero que de repente se mostraban a mis sentidos como si hubiera tenido un despertar a un nuevo mundo, que era el mio, pero solo el mío y de nadie más. La palabra empatía dejó de existir, no había sentimientos, ni odio ni amor ni nada. Pensaba en mi casi inexistente familia y pocos amigos como gente ajena, extraños que me acompañaban. No había futuro, solo existía yo rodeado de un holograma que, a modo de juego, estaba a mi alrededor para mí y solo para mí. Las personas pasaron a ser marionetas que no contaban en la historia de mi vida. Esto que parece un despertar, que incluso muchas personas buscan toda su vida, realmente fue un problema: mejorar la percepción era sentir con más fuerza la maldad que siempre había visto en las personas. Siempre he sentido que hay más maldad que bondad, pero ahora yo estaba por encima de esa maldad. Sentía la necesidad de terminar con ella, pero sabía que esa maldad no la podía erradicar. Las personas que la portan, sin embargo, sí puedo y debo erradicarlas.
El problema cuando te despiden es que pierdes tu identidad. Antes era una persona vinculada a una empresa, con unas relaciones personales de compañeros y clientes, mucha gente me conocía en función de mi trabajo. Cuando vas al médico o a un organismo público, por ejemplo, siempre conoces a alguien a quien preguntas para que te oriente. Te relacionan con una empresa y te respetan, al igual que tú, ellos te preguntan para que les orientes con algún tema financiero. Sin embargo, de un día a otro todo eso cambia. Mucha gente deja de saludarte, te mira como a alguien del que no van a conseguir nada. Al revés, solo esperan que les pidas un favor del que por supuesto no van a recibir nada a cambio. Desde ese momento dejé de tener amigos, y esa iba a ser mi nueva vida.
Al principio, como en unas vacaciones, los días vinieron uno detrás de otro, lentamente. Creo que estaba soltando todo el estrés acumulado de veintisiete años de angustioso trabajo, aguantando jefes, compañeros, familia, y lo peor de todo: clientes. Después, mi vida pasó a ser una monótona sucesión de días iguales. Todo era levantarme, un buen desayuno, limpiaba algo la casa, que ahora estaba más impoluta que nunca, compraba algo de comida, volvía para comer, jugaba algo al ordenador, cenaba y me acostaba. Esto duró dos o tres semanas, donde las únicas palabras que salieron de mi boca fueron «hola» y «gracias». Hasta que asumí mi nueva realidad: cuarenta y ocho años, parado, solo en la vida y sobre todo sin futuro, SIN FUTURO. Dos palabras que quitan el sentido a una vida, aunque el sentido lo encontré posteriormente.
Mi primer pensamiento fue el suicidio, pero… ¿cómo hacerlo? Si hubiera tenido armas de fuego me habría ido a mi antigua empresa y despachado a gusto. Incluso me vino a la imaginación cómo se desfiguraba la cara de algunas «personas» después de dispararles a la cara con una escopeta de cartuchos. Así hasta que la policía acabara conmigo de un disparo. Un «suicidio acompañado» sería un buen nombre para denominarlo. Pero no tenía armas, y algún inocente podría salir herido; no era esa mi intención, solo quería que sufrieran los que se lo merecían. Como no tenía armas tampoco podía dispararme a mí mismo: me pondría delante del espejo y pum, ya está. Nada, imposible, no se podía. Luego estaba cortarse las venas, históricamente muy popular, incluso dicen que placentero. Me imaginé cortando las venas una a una y viendo cómo salía la sangre, iba cayendo al suelo y formando un charco cada vez mayor. ¿Qué forma haría la sangre en el suelo? Como siempre, mi mente empezó a divagar sobre formas extrañas, luego se fue a las caras de Bélmez: la sangre formaba caras de muertos que me miraban a los ojos. Luego pasó por un personaje creado por la imaginación de Lovecraft que desciende del cielo para llevarse a algunas personas… No, estaba divagando otra vez, enseguida lo descarté por no verme capaz de cortarme a mí mismo. Llegué a coger una cuchilla de las que tenía para limpiar la vitrocerámica, la apoyé sobre mi muñeca izquierda y, ante una mínima presión, un dolor agudo me hizo desistir. Apareció una minúscula gota de sangre que parecía más una lágrima de desesperación que una gota de liberación. Tirarme por la ventana de mi cuarto piso me lo estuve planteando seriamente. Si me tiraba de espaldas, no vería nada y cuando llegase al final, se acabó, ya está… Qué me podría pasar por la cabeza esos segundos en el aire, ¿y si me arrepentía?, ya no habría vuelta atrás, quizás intentaría desesperadamente agarrarme a algo. ¿A qué? A nada, no hay nada, solo aire, sería un final patético para una vida patética. Mejor una infusión de adelfa. Hay muchas historias de cuando la invasión francesa de muertes por esta planta, así que me fui a San Google a ver cómo hacerlo. Fue otro fracaso, ya que indicaba que es una muerte dolorosa. Por último cogí el coche y me dirigí a la autovía, puse el coche a 180 kilómetros por hora en una larga recta, solo era necesario un volantazo, un pequeño gesto para terminar, pero mis manos no obedecieron las órdenes de mi cerebro. Conclusión: soy un fracasado hasta para terminar con una vida fracasada.
Desesperado, salí a la calle a respirar. Esto es contradictorio, ya que estábamos en verano, eran las cuatro de la tarde y hacía un calor insoportable, pero necesitaba salir a un espacio abierto y aclarar las ideas. Pensaba subir al centro o al casco antiguo, pero mis pasos me llevaron por inercia al Gran Eje. Tantos años trabajando en esa calle habían encaminado mis pasos hacia esa maldita avenida. Cuando quise darme cuenta estaba en la puerta de mi antigua oficina, confundido sin saber qué hacía allí. No me refiero solo al sitio físico donde se encontraba la oficina, sino a toda la vida que había recorrido para llegar donde estaba: tantas experiencias, cosas buenas, malas, mediocres habían desembocado en estar en mitad de una calle solitaria por el calor a la espera de poner fin a tanta mediocridad mía y a mi alrededor. Respiré hondo, el aire excesivamente caliente que entró por mi nariz me deprimió aún más, crucé la acera y me dispuse a volverme a mi casa de nuevo con una sensación de derrota desde los dedos de los pies hasta lo más alto de la coronilla.
No llevaba ni cien metros cuando vi a Enrique, el hombre que me había despedido, caminando con su maletín, su chaqueta y su corbata bajo los más de cuarenta grados a la sombra que harían a esa hora Se dirigía hacia mí, mirando hacia abajo, mientras yo miraba al frente, hacia él. Luego supe que había pisado una mierda de perro, pero en ese momento solo miraba hacia él, no hacia abajo. Por azar o destino coincidimos a la altura de una especie de pequeño pasaje. Me paré frente a él, que hasta ahora no se había percatado de mi presencia. Cuando me vio, no sé si por sorpresa o porque le entorpecía el paso, se paró en seco, primero sorprendido y después con una mirada despectiva que no pude soportar.
—Hombre, Juan, ¿cómo te va la vida? Confío en que bien, tú siempre has sido una persona que ha tenido muchos recursos.
Su mirada no acompañaba lo que decía.
—Me habéis destrozado la vida, con todo lo que yo he pasado por la empresa y ¿para qué? Con todos los perros muertos que hay sin hacer nada no entiendo por qué he tenido que ser yo.
En su mirada veía cómo quería quitarse de en medio. Hizo un gesto de fastidio.
—Mira, Juan, a alguien le tenía que tocar y te ha tocado a ti. Para mí fue muy duro tomar semejante decisión.
Enseguida se dio cuenta de que había metido la pata, indirectamente había dicho que había sido decisión suya. Pero en lugar de achicarse su mirada se volvió desafiante.
—Entonces tú fuiste el que puso el punto rojo al lado de mi nombre —dije cada vez más encolerizado.
—Mira, estoy cansado, y deberías comprender…
Pero no le dejé terminar, toda la ira acumulada la descargué con un puñetazo que le impactó entre la oreja y la nariz. Se tambaleó hacia su derecha entrando en el pasaje, fui a pegarle una patada, pero la paró con el maletín, le golpeé con el brazo izquierdo pero fue un golpe sin fuerza y apenas movió la cabeza, se pudo recomponer y me empujó con los dos brazos, tirando el maletín al suelo y adentrándonos más en el pasaje.
—Basta ya —gritó, recomponiéndose la chaqueta.
A mí no me bastaba, me iba a ir de este mundo luchando. Me pasaron por la cabeza un montón de hechos históricos que acababan con la muerte del héroe, es estúpido pero en ese momento me sentía un Julio César o un Alejandro Magno.
No volví a hablar, le lancé otro derechazo que paró con las dos manos, pero luego le di una patada en la rodilla que lo tumbó en el suelo. Le di varias patadas seguidas hasta que, con un giro, me dio en mi pierna izquierda, que era la que usaba de apoyo mientras golpeaba con la derecha. De repente era yo el que estaba en el suelo, en clara desventaja, las tornas habían cambiado. Enrique no intentó huir sino que siguió la pelea. Lanzó su pierna derecha hacia abajo para golpearme el pecho con la suela del zapato por delante. Lo logró a medias, paré parte del golpe con las dos manos, y no solté su pie, se arrodilló y empezó a soltar golpes con las dos manos. La situación empezaba a cambiar a favor de él, hasta que conseguí meter mi pierna derecha entre los dos y lanzarlo contra la pared. El golpe fue fuerte porque emitió un sonido seco producido al salir todo su aire de los pulmones, me incorporé y fui hacia él, decidido a terminar con su vida. El resto fue una liberación de varios años de dolor y frustración a través de innumerables golpes con los puños y los pies. No recuerdo nada de ese momento, ni el tiempo ni los golpes que pudo recibir, el siguiente recuerdo es verlo con la cara ensangrentada, muy deformada, e inmóvil. Respiré tres o cuatro veces y le lancé una patada que pretendía ser a la cara, pero que le dio en el cuello de la camisa. Allí le dejé una mancha marrón que se mezclaba con el rojo de la sangre: era la mierda de perro que había pisado antes. Ya me notaba más calmado, incluso mi respiración bajó bastante hasta casi tranquilizarme del todo. Me acaché, lo cogí de la cabeza agarrándole del pelo y las orejas y le golpeé la cabeza en el suelo varias veces hasta que estuve seguro de que estaba muerto.
Ya estaba hecho, todo había terminado. Sentí una paz como no había conocido nunca antes, que me tranquilizó, relajando todo mi cuerpo. Sé que debería haber estado nervioso por lo que había hecho, por las consecuencias, pero realmente fue una liberación lo que sentí. Ya no quedaba sino irse. Me giré para salir del pasaje. En la acera había un viejo comido de mierda hasta las orejas, despeinado y sin afeitar, con la ropa muy vieja y descuidada y con un cartón de Don Simón en la mano. Enseguida pensé en él como en un testigo del juicio posterior a mi crimen, pero me pareció bien. Pasé a su lado, lo miré y me fui dirección a mi casa, dejando las huellas de sangre sobre la acera cada vez más tenues hasta que desaparecieron. Pensaba en darme una ducha, no para borrar pruebas, sino para tomar un merecido descanso.
A la mañana siguiente me levanté muy relajado, con la sensación de que todo había acabado, ya estaba hecho. Me exprimí unas naranjas, hice dos tostadas y me las tomé muy tranquilamente con su aceite, su tomate y su buen jamón, sin prisa, disfrutando de cada bocado y de cada sorbo. Luego me hice un café que saboreé hasta el infinito. Lavé los platos a mano para que, cuando me detuvieran no tuviera que dejar ningún trasto sucio. Con este pensamiento me puse a recoger todo lo que pude, estaba seguro de que vendrían a por mí antes de que terminara el lavavajillas y no quería dejar los platos a medio lavar. Pero nadie vino. A la hora de comer ya estaba muy cansado, y me empezaba a preguntar a qué estaban esperando para venir a por mí. Yo estaba preparado, no pensaba oponer resistencia. Como tenía hambre me puse a comer lo primero que cogí del frigorífico, luego me dormí la siesta esperando a la policía. Me desperté tres horas después, con una sensación de pesadez horrible, como no tenía nada que hacer me dispuse a salir a la calle, de nuevo sin rumbo fijo. Otra vez mis pasos me llevaron a la Avenida de Andalucía, que en Jaén conocemos como el Gran Eje. Desde lejos nada parecía extraño, en la acera no había ningún movimiento raro. Ya no hacía mucho calor y la gente empezaba a salir a la calle. Cuando pasé por el pasaje vi que estaba vallado y había un agente de policía. Pasé de largo casi sin mirar, vi a un antiguo cliente y le pregunté. Me dijo que habían matado a alguien y que por lo visto el asesino había sido un vagabundo. Me despedí antes de que me preguntara nada.
El tiempo seguía su curso. Había pasado más de un día e imaginé que todo el trabajo policial estaría hecho, ya se habría aclarado el error del vagabundo. No me habrían detenido al no poder identificarme aún, los análisis de sangre tardan en realizarse y cuando tuviesen los resultados atarían cabos y me detendrían. Me fui a mi casa pensando que tendría un par de días más de libertad.
Sin embargo, los días pasaron y nada. Por primera vez en mucho tiempo me sentí aburrido, muy aburrido. Cuando estaba trabajando los días sin hacer nada eran un descanso, pero ahora que no trabajaba eran un aburrimiento total. No había leído la prensa ni visto la tele, por lo que no tenía ni idea de lo que se hablaba del asesinato. ¿Qué sería del mendigo? Imaginaba que ya habrían interrogado a los excompañeros de empresa, que habrían hablado de mí, de mi despido, por lo que yo tenía un motivo para cometer el asesinato, pero nadie vino a buscarme. El problema de cuando te aburres es que le das muchas vueltas a la cabeza, demasiadas. No tenía nada que hacer mientras esperaba el desenlace. Ya que había terminado con uno, podía terminar con dos, pensé. Y si había alguna persona que odiara por encima de todas las cosas, esa era Loli.
Loli, la mujer que peores ratos me había hecho pasar en el trabajo, la que peor me había tratado, la que me había dedicado las peores miradas. Las peores palabras recibidas en mi vida venían de ella. Se creía que por ser cliente tenía derecho a humillar a los trabajadores, que cobrábamos para aguantar sus impertinencias. No me extraña que fuera una solterona, no había Dios que la aguantara. Todos los días sacando veinte euros, un día sí y otro también, entre medias reclamando una compra con tarjeta por internet. Todas las semanas pagando un recibo y solo uno, para tener siempre alguno, uno como mínimo a la semana… En fin, el ejemplo idóneo de una clienta tocapelotas.
Con ella quería disfrutar, que sintiera al menos una pequeña parte del sufrimiento que había generado. Moriría despacio, pidiendo perdón y, a ser posible, mirándome a los ojos. Pero ¿cómo hacerlo? Realmente yo no era un asesino, era una persona que nunca le había hecho daño a nadie. Incluso me encantan los animales y no les deseo nada malo, al revés: creo que hay que respetarlos. No como a la asquerosa tiparraca esta. Hice uso de lo único que me quedaba en la vida, el tiempo. Tiempo para pensar cómo hacer que sintiera ese sufrimiento que tanto se merecía.
En las películas estas cosas se hacen en un sótano: la secuestro, la ato a una silla, y acabo con ella poco a poco. Pero claro, yo no tengo sótano, vivo en un cuarto piso, y los vecinos de arriba y de abajo la oirían chillar. Ya puestos, mejor hacerlo bien. Pensé en la casa del campo que heredé de mis padres. Como fue antes del matrimonio no entró en el reparto del divorcio. Es una viña en mitad de Sierra Morena donde nadie me molestaría. Como tenía tiempo, cogí las llaves, me dirigí a la estación de autobuses y me fui para mi pueblo natal. Tardé menos de una hora en llegar a Andújar, salí del autobús, me fui al supermercado y compré bastante comida, como para varias semanas. Me dirigí a un taxista y le pregunté por cuánto me subía, ya que teníamos que salir del núcleo urbano y el viaje es caro. No obstante, el precio me pareció bien, y en poco tiempo me dejó al principio del carril que da acceso a la viña. Lo despedí pidiéndole el teléfono para cuando quisiera volver. Me costó trabajo cargar tanta comida yo solo, ya que es una casa apartada, aunque eso la hace perfecta para lo que necesito. Cuando coloqué toda la comida bajé al aljibe que mi padre hizo hace años, de unos treinta metros cuadrados y más de dos de alto. Nunca funcionó, ya que tenía grietas y el agua se salía, no pudo arreglarse porque el suelo no era estable y hubo que construir otro. Quizás el destino ya había decidido para qué se iba a usar. Estaba insertado en el suelo, se accedía a él por una compuerta de no más de un metro por cada lado en la parte superior, que estaba a ras del suelo. La llave del candado no funcionaba, por lo que tuve que romperlo, abrí la compuerta, puse la escalera y bajé con mucho cuidado por si hubiera algún bicho grande o pequeño. No había nada, solo el vacío y la oscuridad.
La casa era vieja con muchos muebles, pero como la entrada al aljibe era pequeña, solo pude meter una silla. De una mesa vieja cogí las cuatro patas y con varios tablones me hice una mesa. Por último, colgué una garrucha de una viga del techo: todo lo que había visto en el cine. Me quedé un rato disfrutando del fresco que hacía dentro y de lo que pensaba hacer en unos días. Por último, salí del aljibe, le puse un candado nuevo que encontré en la casa y llamé al taxista para volverme a Jaén.
El plan que ideé era fácil: llamaría al portero diciendo que traía un paquete, pues Loli siempre esperaba paquetes de compras por internet. Me abriría la puerta y le daría un golpe para que se desmayara. No sabía bien cuándo hacerlo, hasta que una mañana sin más me decidí. Fue como si una voz me dijera que ese era el día propicio. Me puse una gorra que parecía de empresa de transportes, unos guantes, y compré en la ferretería cinta americana y una cuerda que al dependiente le dije que era para «arreglar el tendedero». No esperé más, ni siquiera estaba nervioso. Cuando no tienes nada que perder ya no tienes miedo, no temes las consecuencias. Lo peor que me podía ocurrir era que me cogieran, y lo estaba esperando hacía varios días. Como Loli era una clienta tan asquerosa, lo sabía todo de ella: tanto sacarle duplicados y mandarle cartas habían hecho que me supiera de memoria dónde vivía, qué coche tenía, que vivía sola y que le encantaba recibir paquetes. Sin vacilar llamé por el portero, distinguí su voz.
—Diga.
—Un paquete para Dolores Raez.
Y sin ninguna palabra más, le había abierto la puerta a su asesino. Pasé del ascensor y subí por las escaleras hasta su puerta, llamé, me abrió y sin más historia le di un puñetazo junto a la boca. Al caer hizo ruido, por lo que empecé a preocuparme: se había golpeado la cabeza con la pared, produciendo un sonido hueco que seguro pudo oírse en los otros pisos. Se había desmayado, pero por si acaso le puse un trapo en la boca y luego le puse la cinta americana también en la boca, rodeando toda la cabeza. No pesaba mucho. Después de cerrar la puerta la arrastré hasta el salón y la até al sofá. Estaba inconsciente. Durante unos minutos estuve callado, intentando oír a algún vecino, pero afortunadamente para mí, no escuché nada.
No me podía creer la sensación de satisfacción que tenía en esos momentos, me sentía como el león hambriento que tiene una gacela herida, pero viva, entre sus fauces, sintiendo el sabor de la sangre y sabiendo que su hambre va a quedar más que satisfecha con una carne extraordinaria. Loli era mi gacela y yo el león hambriento. Al principio me dediqué a husmear por el piso. Las llaves del coche las había encontrado enseguida, estaban en la entrada. Recorrí las habitaciones abriendo todas las puertas y cajones que encontré, empezando por la entrada, que para ser una entrada era amplia: había un mueble, un jarrón de pie y varios muebles más. A la derecha y separado por una puerta estaba el salón, amplio y limpio. Toda la casa estaba en muy buenas condiciones, con muebles clásicos pero de calidad, ninguno desentonaba. Algunos de los cuadros con motivos religiosos la verdad es que me chirriaban a la vista, demasiado barrocos para mi gusto. ¿Dónde estaban sus creencias religiosas cuando despreciaba a las personas que la rodeaban? Nunca pude encontrar respuesta a esa pregunta. Todo estaba realmente muy bien cuidado. Una puerta más a la derecha estaba la cocina, amplia y limpia también, con electrodomésticos buenos, aunque con algunos años. Sobre la mesa pude ver la cartilla que tantas veces había actualizado. Al ver el nombre de mi antiguo lugar de trabajo tuve sentimientos encontrados. Luego comí algo del frigorífico, incluso me tomé un postre riquísimo que encontré dentro. Volví al salón donde en el centro y destacando sobre el resto, Loli tenía una figurita preciosa de porcelana, que por supuesto hice añicos. En el salón había dos puertas más. Una daba al dormitorio, del mismo estilo que el resto del piso. La cama era pequeña, lo que me hizo pensar que nadie querría dormir con semejante compañía. Volví a mirar todos los cajones, y cuando encontré su ropa interior, la pisoteé como si fuera ella misma, aunque la verdad es que no sé por qué lo hice. Lo demás lo dejé tal cual estaba. De vez en cuando iba a ver si despertaba, pero como no daba señales de vida no hice nada con ella. Había otra puerta que daba a otro dormitorio, viendo el escaso mobiliario deduje que claramente no lo usaba, salvo por la tabla de planchar que estaba en medio. Cuando terminé de inspeccionar todo me puse a ver la tele. Era temprano para irse. Sobre las doce y media empezó a moverse algo, pero le di una bofetada con la mano izquierda, para que no fuera con todas mis fuerzas, y siguió inconsciente. A las dos y media la envolví en una manta, cogí las llaves de su coche y bajé al garaje, esta vez por el ascensor y esperando no encontrarme a nadie, cosa que afortunadamente ocurrió. Nada más bajar empecé a darle al botón de apertura del coche, hasta que uno encendió las luces intermitentes. Era un coche modesto para el dinero que sabía que tenía; claro que por eso tenía tanto dinero. La metí en el maletero y me dirigí directamente al aljibe de la viña, conduciendo tranquilamente, sin incumplir ninguna norma de tráfico para no llamar la atención. Llegué casi al amanecer, estaba muy cansado pero animado. Me costó bajarla por la escalera, pues la entrada era angosta y la escalera poco estable. La até a la silla que tenía preparada y me fui a dormir, un largo, profundo y feliz sueño.
Me desperté sobre la una del mediodía. A pesar de la hora me hice el desayuno: desde que me habían echado, el desayuno era uno de los mayores placeres que tenía. Saqué el jamón del frigorífico para que no estuviera muy frío, exprimí las naranjas, rallé tomate, tosté dos rebanadas de pan y con el aceite me hice dos tostadas de bandera, disfruté cada bocado. También disfrutaba porque sabía que un placer mayor me esperaba en breve. Luego me hice un café y lo tomé con la misma tranquilidad, cuando terminé recogí todo, lo puse en el lavavajillas y bajé andando al aljibe.
Loli estaba despierta. Seguía atada a la silla, pero ambas estaban en el suelo de costado. Pude sentir su mirada y otra oleada de satisfacción me recorrió la nuca al notar que me había reconocido. Creo que nunca en la vida había sentido tantos momentos de placer seguidos. Había una mancha de humedad bajo su cuerpo, se había orinado. Ya eran dos cosas que no había previsto: el problema de bajar un cuerpo por una escalera poco estable y con la entrada estrecha, y por otro lado que todo el mundo hace sus necesidades, pero como el destino era que me cogieran, no me importó. La incorporé y le quité la cinta americana y el trapo de la boca.
—¿Por qué me haces esto? Yo no te he hecho nada, tú no eres así. —Hablaba entre sollozos y su voz casi no se escuchaba, pero lo mejor era esa mirada de miedo en sus ojos.
Yo permanecía callado mientras Loli no paraba de hablar, cada vez con la voz más alta. Dijo muchas cosas, pero como no le prestaba atención, apenas recuerdo nada. Solo me acuerdo de su voz cada vez más fuerte, hasta que comenzó a gritar como una loca. La miré todo lo despacio y tranquilamente que pude, y durante unos dos o tres segundos no hice nada, pero luego, como no se callaba, la golpeé. Fue un duro golpe con la mano abierta que la hizo volver a caer de lado junto con la silla. Se hizo el silencio y, por primera vez, me sentí incómodo.
—Puedes gritar todo lo que quieras, estás en un zulo insonorizado y en mitad de Sierra Morena, la vivienda más cercana está a más de un kilómetro y no te van a oír. Te estarás preguntando qué haces aquí y te lo voy a decir: eres una mala persona y vas a pagar por ello. Es cierto que hay muchas malas personas en el mundo, pero tú has sido la peor para mí, me he sentido humillado muchas veces por tu culpa. Otras personas me han humillado, pero ninguna como tú.
—¿Pero qué dices? Yo soy una buena persona, no hago daño a nadie…—¿Te crees que pagar una cuota de una ONG, para educar una niña a miles de kilómetros, te hace una buena persona? ¿O en navidad hacer un donativo a la Iglesia te hace una buena persona? Una buena persona es la que respeta a la gente que la rodea, la ayuda, la trata con amabilidad —dije cortando sus palabras.
Me estaba aburriendo. Loli no iba a entenderme, nadie me entendía. Cuando trabajaba siempre estaba rodeado de gente y siempre me sentía como un extraño, no pensaba como nadie de los que me rodeaban. Presumo de saber cómo piensa la gente, y a todos les daba la razón: si eran de derechas, yo también, si eran de izquierdas, pues yo también. Igual con el fútbol, si apoyaban el tranvía o si no lo apoyaban, yo siempre estaba de acuerdo. Si eran monárquicos o republicanos, daba igual, no discutía con nadie. Cuando lo hice, no me gustó el resultado.
—Te he traído aquí para matarte.
Se lo dije secamente y mirándola a los ojos. Al principio me devolvió la mirada incrédula, y luego empezó a llorar. No soporto a la gente que llora: si es con razón me dan ganas de llorar a mí también, y si no lo es, me produce desprecio. Aunque en este caso fue al revés; está claro que Loli tenía razón para llorar, pero lo que me produjo fue desprecio. No estaba a gusto y me salí de allí corriendo, todo el placer que sentía y las ganas de hacerla sufrir se habían esfumado.
Me había hecho muchas ideas de lo que le iba a decir, de lo que iba a pasar, pero nada de lo que imaginaba ocurrió. Tenía que pensar en qué me estaba pasando, tomar un tiempo muerto. Había disfrutado mucho con la preparación, y al principio también sentí mucho placer, pero al empezar a hablar todo se había torcido. Eso es, no volvería a hablar, solo actuar. Además, empecé a tener miedo de no poder llegar hasta el final. Lo de Enrique había sido en caliente, pero en frío no sabía si sería capaz de matar a una persona, aunque fuera tan despreciable como Loli.
Bajé de nuevo y la desaté de la silla. Estaba tan extenuada que apenas opuso resistencia, solo hizo un pequeño esfuerzo por soltarse. La apoyé contra la pared, con la mano izquierda le tapé la boca y con la derecha cogí un cuchillo de la mesa. Mirándola a los ojos, se lo clavé entre las costillas. Abrió los ojos como si quisieran salírsele de las órbitas, notaba el pánico en ellos. Mientras retorcía el arma clavada en su cuerpo sus ojos miraron hacia arriba para luego desplomarse, al igual que todo su cuerpo. Ya estaba hecho, la había matado.
No había sido tan agradable como esperaba: había pensado en una muerte lenta y dolorosa pero todo había terminado precipitadamente. Me quedé con una sensación de insatisfacción, me había sabido a poco. Me puse a analizar la situación: todo había sido demasiado fácil, secuestrar y matar a una mujer que pesa veinte o treinta kilos menos que yo y vive sola es sorprendentemente fácil. Las mayores alegrías vienen cuando hay complicaciones, y había tenido solo dos pequeñas complicaciones. Era como ganarle a un equipo de fútbol cuatro categorías por debajo del tuyo, esperaba sentirme contento y lo único que sentía era una sensación de tranquilidad al haber hecho un trabajo.
Aunque quedaba el desagradable tema de deshacerme del cuerpo, lo tenía todo planeado. Junto a la viña hay una ladera y en la parte umbría, la que da al norte, la vegetación es muy espesa. Allí no van ni los esparragueros ni los cazadores. Junto a una alta roca hay un pequeño claro donde me solía perder cuando era adolescente y no quería ver a nadie. Cogí una pala y me fui directamente allí. Aunque la tierra no era muy dura, hacer un agujero en el suelo para enterrar a alguien es un trabajo duro, no puede ser superficial, ya que los animales lo podrían desenterrar. Calculé las dimensiones del cuerpo y me puse a cavar. Cuando llevaba unos treinta centímetros lo tuve que dejar. Era tarde y, aunque los días eran todavía largos no quedaba mucha luz, por lo que tendría que volver al día siguiente a seguir cavando.
