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Después de cualquier fiesta hay que baldear y todo vuelve a ser como era. El mundo sigue siendo un lugar extraño que, cada tanto, necesita explicación. Patricio Barton se atreve a algo poco frecuente: mirar lo cotidiano como si nunca lo hubiéramos visto antes. Cada cuento de No importa cuándo leas esto encuentra una manera inesperada de narrar lo familiar: lo que parece trivial de pronto se abre hacia lo absurdo, lo poético o lo desopilante. En su primer libro, Barton despliega creatividad y frescura, como si la literatura se hubiera levantado de buen humor. En la tradición de Osvaldo Soriano, Leo Maslíah o Hernán Casciari, Barton escribe con la destreza del que sabe que la risa es una de las maneras más lúcidas de leer el mundo. No importa cuándo abras este libro: siempre vas a encontrar un relato capaz de sorprenderte, una página que te descoloca, una línea que relampaguea y deslumbra. "Barton se me presentó con su poderosa fisonomía de escritor dispuesto a todo. Ahí nomás aparecieron diálogos teatrales sin pausa; preguntas que respondían otras preguntas, personajes que cambiaban de hábitos o quizá de identidad. Enseguida se me hizo patente su incontrolable vocación de sorprender. Barton se había propuesto un objetivo noble: construir un idioma poético de ocultaciones y revelaciones. Ya cerca del final pude comprender una realidad distinta: el encanto estaba en el propio Barton, con su astuto manejo de las contradicciones, de los tropos clásicos, de las cosas que son y no son al mismo tiempo, de las continuas contravenciones a la lógica" (Alejandro Dolina, del prólogo del libro).
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2025
Barton, Patricio
No importa cuándo leas esto : historias contemporáneas autopercibidas eternas / Patricio Barton ; Prólogo de Alejandro Dolina. - 1a ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2025.
(Narrativa / Constanza Brunet))
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-823-097-9
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Humor. I. Dolina, Alejandro , prolog. II. Título.
CDD A860
Dirección editorial: Constanza Brunet
Edición: Debret Viana
Coordinación editorial: Florencia Acher
Asistencia editorial: Julieta Rojas
Comunicación: Verónica Abdala
Diseño de cubierta y interiores: Hugo Pérez
Corrección: Agustina Tullio
Ilustración de cubierta: Augusto Costhanzo
© 2025 Patricio Barton
© 2025 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-823-097-9
Conversión a formato digital: Numerikes
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
A Voltaire, total qué sabe.
por Alejandro Dolina
Cuando conocí a Patricio Barton no me dejó la sensación de ser un espíritu barroco. Hago este comentario porque, a diferencia de lo que ocurre con casi todas las relaciones humanas, nuestro contacto fue durante largo tiempo solamente artístico. Compartíamos largas horas de improvisación y creación conjunta, pero, en los territorios privados, éramos estrictos desconocidos. Tempranamente celebré su dominio de la técnica de la colaboración, una sabiduría hecha de prohibiciones: no negarse, no insistir, no abandonar el camino sin dar antes un aviso. Como bien sabemos, nuestro trabajo de todos estos años ha sido solamente oral. Anoto este dato para disculpar mi desconcierto al ingresar desarmado en el complejo mundo de su palabra escrita. Quienes llevan demasiado tiempo desempeñándose como lectores clásicos suelen visitar territorios innovadores con desidia culpable. Pasan indiferentes frente a pandillas de nuevas palabras sin registrarlas, sin comprender su peligrosidad, negándose a reconocerlas, apurando el paso.
Lo diré de una vez. Apenas empezado el primer cuento, Barton se me presentó con su poderosa fisonomía de escritor dispuesto a todo. Ahí nomás aparecieron diálogos teatrales sin pausa ni didascalia; preguntas que respondían otras preguntas, personajes que cambiaban de hábitos o quizá de identidad. Enseguida se me hizo patente su incontrolable vocación de sorprender. El humorismo está siempre relacionado con la sorpresa, aunque requiere la templanza de renunciar a ella algunas veces, para no permitir al lector esperar lo inesperado, ni hacerse diestro en anticipar las ocurrencias.
Señalo inmediatamente un detalle crucial. El lenguaje cibernético y de las redes sociales invade todos los relatos. Al principio, mi comprensible reacción fue despavorida. Poco tardé, sin embargo, en comprender que Barton se había propuesto un objetivo noble: construir, con esa colección tan poco prometedora, un idioma poético de ocultaciones y revelaciones. A lo largo de los cuentos tuve la sensación de que lo estaba logrando. La enunciación de aquellas formas pedestres alcanzaba, por momentos, relumbrones de poesía. Ya cerca del final pude comprender una realidad distinta: el encanto no estaba en los vocablos provenientes de la red, sino en el propio Barton, con su astuto manejo de las contradicciones, de los tropos clásicos, de las cosas que son y no son al mismo tiempo, de las personas que están en dos lugares a la vez, de las continuas contravenciones a la lógica. Eso no es Twitter, es barroco. Es conceptismo del Gran Buenos Aires. Es culteranismo de Ciudad Evita. Ya bien convencido de estar en presencia de un cuentista del Siglo de Oro, proseguí leyendo con mayor tranquilidad, tachando (eso sí) los párrafos que pudieran venir a contradecirme.
Me esperaban, debo confesarlo, muchos otros encuentros venturosos: las perplejidades de un señor justo antes de nacer, la cotidianeidad de una mujer barbuda y un repertorio de relatos humorísticos que muchas veces se demoraban en estaciones filosóficas.
No pude evitar, sin embargo, la aparición de una inquietud clásica en los prologuistas profesionales, que consiste en el temor de no coincidir con el autor en la apreciación general de la obra. Siempre es posible que uno no comprenda bien las señales, o que pase por alto fragmentos decisivos por empecinarse en leer desde las alturas. Lo mejor, en esos casos, es recurrir a terceros y pedirles opinión sobre el libro prologado y sobre el prólogo mismo. Al cabo de varias intervenciones desinteresadas, vine a recordar la opinión de Horacio Ferrer, que creía que cada autor debía escribir su propio prólogo, ya que nadie como él está en mejores condiciones para explicar la obra y recomendarla.
Recordé también aquél libro de Borges que sólo contiene prólogos, sin la perturbación de la obra. Entonces, consulté al propio Barton. Como suele ocurrir en estos casos, el autor describió su obra como quien la escribe de nuevo, no sin algún afán de corrección. Habló de marca de época, de la caída del sistema de evidencias y de la autopercepción como razón suficiente de cualquier convicción. También mencionó el imperio del sinsentido. En general, me pareció que Barton detestaba este tiempo en que vivimos, pero sus personajes parecían acatar sus leyes sin cuestionamiento alguno. Uno de nuestros amigos comunes, que pidió mantener su nombre en secreto, me llamó la atención sobre los numerosos fallecimientos que el libro registraba. Según este anónimo colaborador, la angustia debía ser un componente significativo en casi todos los cuentos. Yo me atreví a discrepar con ese dictamen, ya que los sujetos de enunciación no aparecían angustiados en casi ninguno de los relatos. Mi amigo me respondió que ahí estaba el centro de la angustia, en comprender que nuestra época casi no habilita recursos expresivos para consignarla. Y que el lenguaje actual se empeña en construir refugios, techumbres y aleros de chapa para disimular las lluvias angustiosas de afuera y las tristezas de adentro.
Tales coberturas duplican la angustia de las almas buenas.
Un viejo maestro de mis años jóvenes me instaló una última tribulación. Después de interminables salvedades, me comunicó su sospecha de que aceptar la escritura de un prólogo implicaba instalarse en una situación de superioridad frente al escritor. Yo le expresé mi opinión de que era posible reconocer dos clases de prólogos a los que bien podríamos llamar superiores o inferiores, según la pretensión que viniera a informarlos. Al mismo tiempo, le manifesté mi intención de elegir la humildad como principio general, pero aclarando que conocía los peligros del elogio arrastrado y de la prosa reptil.
Por fin, ya en el occidente del exordio, alcanzo a vislumbrar el sendero más correcto: antes de escribir un prólogo es necesario demorarse algunos años en la práctica de la amistad, en compartir aventuras y desventuras, en cultivar el afecto y la compasión, en generar el respeto y la comprensión tolerante. Después, recién entonces, uno podrá decir que está listo para empezar el prólogo. Pero el prólogo ya estará terminado.
El presente volumen se ha nutrido de las omisiones que han hecho los millones de libros que lo preceden. Quizás ese sea el chiste fundacional de la literatura, y una clave de su insólita supervivencia. Solo cabe agradecer esa crédula y dócil forma de la voluntad que las malas lenguas llaman sumisión. Y las buenas, lectura.
No importa cuándo leas esto.
A esa hora el bar está siempre vacío. Ezequiel llegó primero y se sentó en la mesa que da de frente a la puerta de entrada. Nunca de espaldas a una ventana, aprendió.
Franco llegó un poco más tarde, pese a que el exclusivo departamento que ocupa en la torre La Porteña está solo a un par de cuadras. Sí, Franco ocupa lugares, no vive en ellos. Permanece y deja de permanecer. Quizás anoche la fiesta haya sido ahí, o en cualquier otra cueva de Puerto Madero. Pero eso ahora no importa. Todavía.
Apenas entró al café, Ezequiel le disparó la pregunta de siempre:
–¿Sos boludo?
Franco despejó las dudas encogiéndose de hombros. El movimiento fue simultáneo a la caída de los párpados y al levantamiento de las cejas. Los que inventan emojis deben haberse inspirado en su rostro –portador de cuatro o cinco gestos universales– para crear esas caritas globales y unívocas. El triunfo del esperanto fue finalmente facial.
Franco tendría que haber nacido con la piel amarilla, como los emoticones. Pero ahora está pálido, medio grisáceo, como el cielo de esta mañana y como el microcemento zen que baña los pisos y las paredes del bar para ocultar los derroches de la zona más cara de Buenos Aires.
–¿Qué querés que haga? – preguntó Franco a modo de respuesta.
Pese a su escolaridad remota y difusa, en algún lugar ambos habían aprendido a responder con interrogaciones. Podían sostener un diálogo hecho solo de preguntas.
–¿Y ahora me lo decís?
–¿Por qué no me lo preguntaste antes?
–¿Y cuándo te lo iba a preguntar?
–¿Todo te lo tengo que explicar?
–¿A vos te parece que no me debés una explicación?
–¿Y ahora qué hacemos?
–¿Eso te lo tengo que decir yo?
–¿Qué se van a servir? –preguntó el mozo cortando el flujo binario.
Mantener un discurso asertivo, pero hormigonado solamente con preguntas, crea una estructura sólida y firme que nunca tambalea porque no se dobla. Pero se rompe.
–Yo ya desayuné, no quiero nada –largó Ezequiel antes de que la cara de Franco virara a la del emoji más neutro. Hacia ahí fue la mirada del mozo que ya había perdido la fe en obtener respuestas, pero igual preguntó:
–¿Le traigo un café?
–Bueno, lo compartimos –dijo Franco, sentando las bases de la estructura de un encuentro que –como todos los anteriores– debía ser equitativo; con daños y beneficios recíprocos.
Apenas el mozo les dio la espalda, arrancó una charla que había comenzado unos años antes, cuando Ezequiel y Franco se conocieron por una novia en común.
Ambos habían estado con Ximena durante un tiempo: primero Ezequiel, después los dos y al final solo Franco.
El trío duró unos meses, los necesarios para aplacar el efecto de las drogas, y los suficientes para establecer una relación de negocios. Franco siguió un tiempo más con Ximena, pero en una de sus fiestas la perdió en brazos de otra chica.
En el colador del tiempo quedaron los buenos negocios del Dúo Maravilla, como les decían a Ezequiel y Franco en el ambiente de los brokers (especie autóctona de la fauna financiera).
–Estamos hasta las manos –dijo Ezequiel, levantándolas y apuntando las palmas hacia la cara de Franco con un movimiento simétrico que las separa desde el centro hacia los costados, y que cualquier latino entiende como el final de algo.
–Se finí –agregó, por si hiciera falta.
–Pará un poco, no seas tan dramático. Todavía no sabemos si dejó una carta, y mucho menos si nos menciona.
–No hace falta. Con que entren al departamento ya es suficiente: está todo ahí.
El mozo llega con el café. La espuma que corona al cortado dibuja una sonrisa de leche. Y otra vez la cara de Franco es parodiada por un emoji, esta vez lácteo. El mismo que se propaga con fuerza pandémica por los bares más cool de la ciudad.
El café que sonríe impone su sistema sobre la mesa y comparte la órbita con un vaso minúsculo de agua gasificada, otro vasito aún más pequeño de lo que milagrosamente sigue llamándose jugo de naranja, y un platito con dos bocaditos liliputienses de apariencia harinosa. Todo este universo de miniaturas triunfa en lugares de abundancia. Lo sabe el vendedor de relojes que ahora se acerca a la mesa e interrumpe con pudor diminutivo:
–¿Puedo robarles un minutito?
–Pensé que lo vendías –retrucó Franco, y casi en simultáneo volteó su cara de piola hacia la mirada cómplice de Ezequiel, que no tardó en decir:
–Estamos ocupados –mientras erguía el cuello con aspecto periscópico para llamar la atención del mozo, quizás para que hiciera valer su autoridad y expulsara del local al vendedor ambulante.
Tarde.
El muestrario de relojes ya está sobre la mesa y el vendedor exhibe los modelos, con aplicaciones morales:
–Este es para quedar bien con una señorita, sale muchísimo.
–Entonces debe haber salido conmigo –acota Franco con el mismo envión bromista de hace un rato, pero con el agregado de un guiño de ojo hacia su partenaire, que a esta altura no queda claro quién es.
–Este también sale mucho –dice el vendedor, que ya está lanzado a su prédica sobre cada uno de los modelos que exhibe.
–Este es para un caballero que quiere aparentar lujo. Este otro es más deportivo. Y este es una imitación perfecta de un modelo de Rolex.
–Pero ahí dice Rolek –interviene Ezequiel, desde el fondo de la trampa.
–Ese es el único detalle. Todo lo demás es igual al modelo original. Da la misma hora, pero cuesta cien veces menos.
De costos y de tiempos nadie sabe más que el Dúo Maravilla. Dejar que el vendedor diga lo suyo es del manual básico de los mercaderes. Y hacia allí va ahora el parlamento del relojero ambulante que se esfuma en el aire sin que su relato consiga que el alma de un mortal transmigre a la de un cliente. El vendedor se va, y el diálogo vuelve.
–Me tendrías que haber avisado que llevabas toda la plata y los papeles al departamento de Ximena. ¿Cómo se te ocurrió que eso podía ser más seguro? –preguntó Ezequiel.
–¿Por qué no me lo preguntaste antes? –respondió y preguntó Franco.
–¿Y cuándo te lo iba a preguntar?
–¿Todo te lo tengo que explicar?
–¿A vos te parece que no me debés una explicación?
El departamento de Ximena siempre había sido un escenario neutral y protegido. Así como la Antártida es un territorio para la paz y la ciencia, aquel bulo era un cónclave exclusivo para el encuentro sexual. Ella ya no estaba con Franco, pero seguía enviándole mensajes por WhatsApp. Cada tanto disparaba un emoji de alguna fruta o verdura con potencial erótico. A una banana le seguía un durazno. Y tras la berenjena arribaba una pera. El diálogo se extendía con idas y vueltas de emoticones vegetales. Era un juego que se había iniciado una noche cuando en su clímax ella gritó “¡Haceme vegetariana!”. Desde entonces el código sexual de la pareja fue frutihortícola y fortaleció aquella idea de que la carne es débil y cede frente a las hortalizas.
Con Ezequiel todo era distinto. La peste del amor no correspondido había añejado los encuentros sexuales, que se fueron cubriendo con un musgo de solemnidad. Y fue eso –y ninguna otra cosa, según él– lo que lo precipitó a aceptar el triunvirato y más tarde su derrota definitiva.
Con el testimonio de aquella herida, Franco había aprendido a no compartir con Ezequiel nada de lo que hiciera ni dejara de hacer con Ximena. Ni los mensajitos veganos, ni tampoco aquel último movimiento de evidencias.
–Llevé todo al departamento porque era peligroso tenerlo en “La Porteña”, por el asunto de las fiestas. Cada vez viene más gente y no sé ni quiénes son –dijo Franco.
–¿Y anoche de qué fue? –preguntó Ezequiel con la resignación clásica de quien sabe que la respuesta hubiera surgido aun sin que se lo preguntara.
–Anoche fue de conejos. Todos vinieron disfrazados de conejitos y se armó una partuza increíble.
–¿No habías hecho otra de conejos ya?
–Seee, ¡qué memoria que tenés, chanchito!
–No seas boludo. La recuerdo porque fue la última vez que fui con Ximena.
–¿Estaban ustedes? No me acuerdo.
–No te acordás porque estábamos todos disfrazados.
–Claro, esa siempre es la regla. Aunque quedemos en bolas hay que dejarse puesta la cabeza del disfraz. Anoche me abrí paso entre varios culos, y a los gritos, les dije a todos: “¡Hagan lo que quieran, pero por favor no pierdan la cabeza!”.
–¡Ese sí que es un llamado a la cordura! –dijo desde la puerta el vendedor de relojes que había escuchado la última frase del relato de Franco. Como mínimo la última frase.
El relojero volvedor se acercó a la mesa y anunció su cambio de rubro. Ahora vendía anteojos para sol.
–Pero hoy está nublado –se excusó Ezequiel.
–No importa. Los días soleados vendo paraguas. La clave de los buenos negocios es comprar cuando nadie compra. Eso deberían saberlo ustedes. El futuro es más barato si lo comprás hoy que si lo comprás mañana –dijo el vendedor, con la destreza atrevida de un mantero en ascenso.
–¿El futuro de quién? –increpó Franco con la térmica sensible.
–El futuro de ustedes.
–¿Y vos qué sabés sobre nuestro futuro? ¿Sos adivino? A ver, a ver. Dale. ¿Cómo es? ¿Cuánto cuesta? –dijo Franco mientras su rostro de emoji furioso se multiplicaba en los vidrios espejados de cada uno de los lentes que exhibía el vendedor.
–El precio podríamos hablarlo. Pero los anteojos son más baratos.
–¿Guiensó? Tomatelás –intervino Ezequiel, escaso de modales.
–Tranquilos señores, que entre hombres de negocios no nos vamos a andar pisando la chequera –dijo el vendedor con la voz engolada y a la espera de recibir un retruque que estuviera a la altura de su acting paródico. Pero nada de eso llegó.
Franco se puso de pie como para hacer algo: quizás llamar al mozo, pegarle una trompada al vendedor o salir corriendo. Pero el impulso quedó trunco y mudo. Entonces intervino Ezequiel con sus palabras.
–¿Hombre de negocios? ¿Qué sabés vos de negocios?
–Lo mío es lo clásico: capital y trabajo. Mi mercancía está a la vista. Ahora son los lentes. Y antes los relojes. ¿Cuál es la de ustedes?
–Vos no podrías comprar nada de lo que vendemos nosotros –concluyó Ezequiel.
Franco, que había quedado parado con la acción en pausa, recuperó el habla por el impulso súbito de la provocación, y dijo:
–Mirá, flaco, la verdad que ahora no tenemos tiempo de cagarte a trompadas. Pero quizás si te das una vuelta más tarde, con gusto te hacemos el favor de romperte esa cara de fracasado y cornudo que tenés.
–Perfecto, paso más tarde entonces.
Con gesto altivo, el vendedor tomó unos de los lentes espejados y se los puso para coronar el momento. En camino hacia la puerta levantó el brazo como si saludara a un lado y al otro de una pasarela de alfombra roja. La actuación fue tan buena que el mozo respondió desde atrás de la barra con una sonrisa embelesada.
–¿Quién es este forro? –preguntó Franco, que todavía no se había sentado.
–Nunca lo vi. Debe ser un loquito suelto. Sentate –le dijo Ezequiel.
Los dos se quedaron mirando hacia la puerta por donde el vendedor de anteojos acababa de emprender su salida estridente. El mozo también quedó con los ojos clavados allí. Y la acción se detuvo como si una cámara se demorara en mostrar la puerta que, tras la salida de un primer actor, ha quedado desnuda con el fondo gris de la escenografía de cartón que recortan las torres de Puerto Madero.
El paisaje corrugado es el marco propicio para que la escena del Dúo Maravilla recobre la centralidad a la que están acostumbrados.
–Ahora todos están desesperados y quieren la plata en la mano. Me estalla el celular –dice Ezequiel.
–A mí también –responde Franco, que lo último que hizo con el aparato fue clavarle el visto celeste a los vegetales de Ximena.
–El primer error fue confiar en Mauro. Y el segundo, darle todo para que lo llevara a lo de Ximena –sentenció Ezequiel.
–No se bancó la presión.
–¡Nos colgó!
–El que se colgó fue él –corrigió Franco con un gesto de sorna y arrimándose al abismo del morbo sobre el cual se precipita ahora.
–¿Se colgó de la corbata? ¿Es verdad? ¡Qué hijo de puta! Y pensar que decía que todas sus corbatas eran de seda italiana. Si hubieran sido de seda no se hubiera ahorcado. Las corbatas italianas ceden porque son muy suaves. Por eso cuando un tano se quiere suicidar no se cuelga de la corbata; se pega un cuetazo y listo, como en las películas de la mafia.
–¿Qué decís? En esas películas hay un montón de escenas de tipos que se ahorcan –corrigió Ezequiel.
–¡Pero nunca con una corbata! ¿O viste alguno?
–Me parece que no.
–Es como yo digo, entonces –concluyó Franco, acostumbrado a tender trampas para ganar discusiones.
Si no era por asuntos de dinero, para él no tenía sentido discutir sobre nada. Con Ximena no había discutido nunca. Y las pocas veces que ella había participado del negocio de los rulos financieros siempre fue la primera en cobrar.
Para el resto de las personas estaban las listas de acreedores. Al fin y al cabo, la deuda es la mercancía más vendida del mundo, y el humo ya vale más que la chimenea.
Ezequiel prometía y Franco postergaba, y con esos dos rulemanes hacían funcionar la máquina del deseo. De cualquier deseo.
Pero la máquina se rompió cuando Mauro entró al negocio.
Los dos pensaron que tener un fiscal adentro era la pata que les faltaba para moverse con más soltura por las redes financieras. Desde la fiscalía, Mauro anticipaba las jugadas más riesgosas y el Dúo Maravilla sabía premiarlo.
Cada tanto lo dejaban tomar alguna decisión importante con los contratos de mutuo. Pero a Mauro lo que más le interesaba era que le fuera delegado el diseño de las fiestas. Y de vez en cuando, Franco cedía ese derecho al talento del fiscal suicida.
La última festichola con su impronta había sido la “Fiesta Ferroviaria”, en la que los participantes debían formar trencitos enganchándose el uno al otro, de la forma más anatómica posible. La única regla –que fue cumplida a rajatabla– era que solo podían desprenderse de la formación cuando eran tocados por el guardabarrera; papel que se había reservado para sí el alma mater del jolgorio.
Todas las fiestas del fiscal eran esperadas con ansias. Asistía mucha gente de la Justicia, y Mauro tenía la deferencia de acomodar las fechas según el fixture judicial, para que los madrugones de las audiencias no interfirieran con la necesaria reparación de daños de la partuza.
En los Tribunales muchos recuerdan la Fiesta del Elefantito. También la del Marisco Rojo, y el inolvidable Festival del Jabón Caído que terminó con varios lesionados en la guardia de una clínica premium que sabe velar por la salud de los secretos.
La duración de cada fiesta nunca era suficiente para Mauro. Por eso muchas veces las extendía por varias horas en otros lugares. El departamento de Ximena fue el último sitio de ese tiempo suplementario.
–¿Por qué terminó ahí con ella? –fue la pregunta que Ezequiel hubiera preferido reservarse.
–Qué se yo. Al bulo lo usan todos. Ya sabés que Ximena siempre quiere ser sede de los Juegos Olímpicos.
–¡Medalla de oro! –gritó desde la ventana el vendedor altanero, que ya había abandonado el negocio de los lentes para desplegar ahora su talento sobre la venta de bijouterie.
–Tengo de oro, de plata, de bronce. Todo símil: símil oro, símil plata, símil bronce. Todo para el símil hombre de negocios. Todo parece, pero no es.
Como si se tratara de un teatro de títeres el vendedor desapareció por uno de los costados del marco de la ventana. La escenografía de cartón de los edificios volvió a cobrar protagonismo mientras el café intacto se enfría sobre la mesa. Desde el fondo del bar regresa el mozo para acodarse en la barra y mirar el espectáculo.
–Si llegás a entrar sos boleta –amenaza Franco gritándole a la ventana vacía.
–¿Soy qué? –pregunta el vendedor oculto, que ahora asume una voz de clown.
