No llegaré a la hora de la cena - Michell Garcés Escobar - E-Book

No llegaré a la hora de la cena E-Book

Michell Garcés Escobar

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No llegaré a la hora de la cena es la historia de Camila y Juliana, dos hermanas que, por sus decisiones y carencias, se encuentran viviendo en ciudades diferentes y que desde el dolor de la separación nos narran sus vivencias en el marco del paro nacional que se vivió en Colombia durante el año 2021. El universo de las hermanas está conformado por sus grandes referentes: Ángela, su madre, y Socorro, su abuela, así como también por dos fantasmas: Víctor y Marcos, dos presencias que, aunque lejanas, configuran los conflictos internos y externos que atraviesan estas cuatro mujeres. Las protagonistas pondrán a prueba el vínculo simbiótico que las ha unido durante toda su vida, mientras intentan sobrevivir a la brutalidad policial que se vive en las calles.

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Seitenzahl: 430

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Michell Garcés Escobar

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-224-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A LeidyY su fuego,que es mi vida

«Llevo tu corazón conmigoLo llevo en mi corazón».

E.E. Cummings

CAPÍTULO 1

En la puerta se escucharon dos golpes fuertes. Unos segundos después fueron cuatro. Antes de permitir que los golpes se multipliquen, corrió para atender el llamado extrañamente urgente.

La señora Socorro abrió la puerta, moviéndose entre el disgusto y el temor; la fuerza interior, que siempre encontraba el camino hacia su rostro, no dejaba entrever lo segundo. Detrás de ella, Juliana y Camila, sus nietas, quienes esperaban, impacientes, para descubrir quién (o quiénes) golpeaban tan enérgicamente un miércoles a las 4 de la tarde, en un lugar sumido en el letargo de los que esperan.

—Somos la policía nacional, venimos a confiscar los bienes del hogar. ¿Nos permite el paso, señora? Esto lo podemos hacer rápido y sin mayor daño, si usted no pone resistencia.

Doña Socorro, una mujer curtida por la pobreza del campo y el trabajo de la ciudad, no entendía por qué, de buenas a primeras, en el sopor acostumbrado de los miércoles, dos hombres de verde le explicaban que debía dejarlos pasar a su casa y permitirles llevarse sus cosas. Sus cosas, las mismas que había trabajado en el pueblo y había llevado hasta la ciudad en un trasteo humilde; las que había conseguido trabajando como vendedora de tejidos; las que su hija había logrado comprar gracias a su trabajo limpiando casas. Sus cosas, que eran ella y su historia y su trabajo y su tiempo.

—¿Señora? ¿Señora? Mire, nosotros no queremos lastimarla, usted sabe la deuda que tiene su hijo y con algo hay que pagarla ¿no es cierto? Si nos deja entrar, nosotros sacamos las cosas sin tanto ruido y rápido y así ni usted, ni las niñas que están detrás de usted, van a salir lastimadas. Nosotros queremos que esto sea fácil para todos, así que le pregunto de nuevo, ¿nos permite el paso, señora?

No hizo falta que palabra alguna saliera de su boca. Su semblante férreo, herencia familiar, se instaló entre la pregunta hecha por el policía y las paredes detrás de ella. No estaba dispuesta a dejarlos pasar sin pelear, porque ese era el único lenguaje que entendía, el único que había aprendido los 60 años de su vida: el de la resistencia.

Lo que Juliana y Camila miraron fue una película de terror completa, que parecía no tener fin y que presenciaban inmóviles, llorando, completamente desprovistas de armas para hacerle frente a algo que, a pesar de tenerlas, no hubieran podido afrontar.

Miraron a la abuela luchando por impedirles el paso; la vieron rogando, convencida de que el discurso podía hacerles saber que era un error llevarse los años de trabajo que ella y su hija habían tenido que pasar para hacerse de todo. La miraron pegada al televisor, que le recordaba a su esposo; a la nevera, la que había traído, con mucho esfuerzo, desde su pueblo y que era como una reliquia; a la estufa, adquirida hace tan solo dos meses; al comedor, que había sido lo primero que compró su madre con su primer sueldo completo; a las lámparas, que eran la única herencia de su madre. Vieron a su abuela aferrada a las paredes, queriendo interponerse entre esa procesión de cosas, que eran ella, y el camión que esperaba afuera, presto a llevárselo todo.

Parecían diez las manos que se ponían entre una pared y la otra, en el pequeño zaguán de la entrada, parecían mil los pies que trepaban y parecían millones las manos que la quitaban —verdes—, que la sostenían —verdes—, que la separaban —verdes—, de lo que era.

—Le dijimos, señora, que, si nos dejaba entrar, si no se resistía, usted no saldría lastimada, pero no podíamos irnos de aquí con las manos vacías. Ustedes están pagando una deuda y nosotros solo estamos siguiendo órdenes. Entre más bien a la casa y consuele a sus nietas, que, si pudieron conseguir estas cosas trabajando, seguramente las podrán volver a comprar… en unos años.

Doña Socorro, abrazada a sus dos nietas, los vio partir en el camión, riendo, con la tranquilidad del deber cumplido.

Juliana y Camila, asustadas, se quedaron con una abuela que no conocían: la vieron llorando desconsolada, pegada a la puerta, murmurando cosas que no entendían; se sentaron a su lado y, abrazadas, lloraron con ella.

CAPÍTULO 2

Se despertó agitada, sudando, sin saber por qué había soñado, tan de repente, con esa parte recién descubierta de su infancia, con algo que no recordaba pero que, después de soñar, podía contar con absoluta claridad. Llamó a su abuela.

—Sí, mija, todo ha estado bien por acá, extrañándola mucho. ¿Cómo le ha ido en la universidad? ¿Sí ha comido bien? ¿Le hacen falta papitas? Ahora hablo con su mamá para que le mandemos algunas cositas.

Le respondió que todo estaba bien. La enternecían las preguntas que escuchaba de su parte en cada llamada, porque revelaban que toda forma de amor provenía de su preocupación por la comida; la conexión profunda con estos gestos mínimos, había aprendido, era su más grande herencia. Se sintió tentada a preguntarle por las circunstancias que rodearon al evento que recordó a través del sueño, pero decidió no hacerlo, movida por la preocupación de traerle incomodidades pasadas. El tema del tío estaba vetado, no porque la verdad no fuese conocida, sino porque esa era una herida abierta para su abuela, una que siempre estaba en la superficie, presta a alimentarse de la nostalgia o el recuerdo. Se despidió de ella, procurando tranquilizarla, darle un poco de esa seguridad necesaria para salvar las distancias que las separaban desde que ella había decidido ir a estudiar a Medellín, y que para su abuela resultaban todavía incomprensibles.

Se levantó, se bañó, se vistió. No alcanzó a desayunar y sintió la punzada de la traición; sabía que, hace pocos minutos, le había prometido a la abuela que comería bien. Lo solucionaría en la universidad, debía llegar pronto a su clase, tenía examen y había trasnochado estudiando. Sentía que no podía fallar, y no por su acostumbrado y exacerbado sentido de la responsabilidad, sino porque no quería fallar en algo que le gustaba. La materia era sobre la historia política de Colombia y la tomó porque sentía que debía hacerlo, pero pronto notó que era una de esas pocas cosas en la vida que se escapaban del terreno del deber y florecían en el terreno del deleite: por supuesto, no había forma de deleitarse con el panorama político de su país, pero sentía una satisfacción inexplicable cuando lograba entenderlo.

Salió del salón pensando en una pregunta en especial, a la que, sentía, se le había podido dar más de una respuesta. Como de costumbre, sus amigos salieron a discutir los posibles errores, las preguntas que les parecieron confusas, difíciles o a las que no pudieron responder con seguridad. Ella, por primera vez en toda la materia, no deseaba escuchar la discusión, se sentía agotada, del tema, del examen… ¿sentía hambre? Pensó en la abuela.

—Andre, ¿me acompañas a comprar algo? No desayuné y siento pegadas las tripas. Vení, antes de que tengamos que pasar a la otra clase. Con ese tono de voz de la profe, si no como, me duermo.

—¡Uy, sí! Aprovecho y me compro un cafecito pa’ resistir esas cuatro horas que nos toca ver con ella. Oíste, Juli, andas como distraída, ¿pasó algo? ¿te fue mal en el examen?

—No, Andre, imagínate que me desperté asustada. Tuve un sueño maluco y lo peor de todo es que me levanté super incómoda. No sé si ando distraída o nostálgica, lo cierto es que, de la preocupación, me levanté a llamar a mi abuela para tranquilizarme y pues obvio ella se preocupó, me preguntó sobre la comida, como siempre, y por salir temprano de la casa, no alcancé a desayunar.

—A ver, espérame. ¿Cómo así que soñaste un recuerdo? ¿Cómo es eso?

—Sí, el sueño fue incómodo, miraba a mi abuela llorando y peleando; cuando me desperté fue que me di cuenta de que ese era un recuerdo de cuando tenía por ahí siete u ocho años, ¡un recuerdo que ni siquiera sabía que tenía! Para no distraerme del examen, decidí no pensar mucho en eso, pero ahorita que la mente está libre, me siento triste e impotente, tal como me desperté.

—¿Y es que así de grave fue el sueño? Contáme, ¿qué soñaste?

—Soñaba que la policía entraba a la casa a quitarnos las cosas, que se sacaba una nevera viejita, un televisor, unas lámparas, varias cosas y que mi abuela lloraba y gritaba. Yo la veía mover los brazos, desesperada, peleando, intentando que no saquen las cosas. Ya lo último que recuerdo es que mi abuela nos abrazaba llorando a mi hermana y a mí, mientras esos tipos se llevaban lo que sacaron en un camión. ¿Cómo carajos no levantarme asustada?

—No, qué miedo y usted lejos de su casa, con esos sueños, cualquiera se preocupa. Pero ¿cómo supiste que era un recuerdo?

—Vos sabes que mis sueños son bien vívidos y todos coloridos, aunque siempre están llenos de cosas inexplicables, sin sentido, como los sueños de todo el mundo. Acá la cosa era muy real, todo tenía sentido. Cuando me desperté, me levanté con esa misma sensación y en los minutos que pasaron entre el susto y la llamada a mi abuela, supe que era real. Recordé otras cosas que no sabía que estaban ahí y por eso quise llamarla.

—¿Y le preguntaste qué onda? ¿Qué había pasado ese día? Como para saber si era real o solo fue un sueño que se sintió como real.

—No fui capaz. Mi abuela bien lejos, toda preocupada por si estoy comiendo bien, si todo va bien. No fui capaz de preguntarle, de traerle malos recuerdos, sobre todo porque todo ese problema fue por mi tío y ya sabes, ese es un tema prohibido en la casa.

—No pues claro, ahí si grave. ¿Y si le preguntas a tu mami? Quizás ella te pueda decir si eso que soñaste fue real.

—Sí, hoy tenía turno en el día, más tarde la llamo y le pregunto, porque esta sensación…

A lo lejos se escuchó un grito que atravesó toda la plaza central de la universidad.

—¡Oigan, chicas! Se hace tarde para la clase, pilas y les cierran la puerta, vengan rápido.

—Ay, Daniel sí jode. Faltan 10 minutos pa’ entrar. Oiga, Juli, ¿no le parece raro que usted, precisamente ahora que anda metida en eso de organizar las marchas, las jornadas y todo eso, le dé por soñar con policías? Pues, digo, porque ese sueño sí estuvo muy feo y mirá que todavía te tiene intranquila.

—Pues la verdad no sé, podría ser, ando muy estresada últimamente con ese tema, con los exámenes y con el trabajo. Vamos a clase, no le voy a dar la oportunidad a Daniel de que nos vuelva a gritar aquí en frente de toda esta gente.

CAPÍTULO 3

El teléfono sonaba lejano, parecía parte del sueño, pero sonó más de una vez, así que se obligó a despertarse. Miró la pantalla, era Lucas, cinco llamadas perdidas. Cerró los ojos nuevamente, esperando que volviera a llamar, siempre lo hacía. El teléfono volvió a sonar.

—Amor, son las once, quedaste de mirarte con los muchachos a la una. Llamé a despertarte porque, con la trasnochada de ayer, fijo te quedabas dormida.

—Ummm —gruñó, malhumorada—, ya me arreglo. —cerró los ojos un segundo— ¿Bajas por mí?

—No, amor, tengo que dejar listo un trabajo, pero yo les caigo apenas termine. Me llamas cuando llegues a la U. Cuídate mucho, chao.

Dejó el celular en el primer lugar que pudo y cerró los ojos de nuevo. «Cinco minutos más», se dijo. Media hora después, se despertó asustada y salió corriendo a arreglarse, sabía que, como de costumbre, llegaría tarde. No se trataba de pereza, mucho menos de falta de entusiasmo, la diferencia entre Camila y otros seres radicaba en que, para ella, el aseo personal era un rito, una forma de conectar con ella misma, un espacio absolutamente propio, inviolable, que requería de toda concentración posible; por eso tardaba, porque el ritual requería de una parsimonia solemne, que no solo le devolvía la energía que requería para el día, sino que le recordaba quién era ella, cuál era su lugar en el mundo y le permitía preparar el vehículo para andar en él. Pero el tiempo no era su aliado, así que tuvo que hacerlo todo de prisa.

Salió de casa a la una de la tarde. No alcanzó a comer. Detrás de ella salió la abuela corriendo, casi gritando que por favor no se vaya sin almorzar.

—No se preocupe, mamita, acá con los muchachos compartimos algo y almorzamos juntos. Ya vengo en la noche. Cuídese.

Corriendo, tomó la primera moto disponible. Aunque era un transporte público ilegal e inseguro, era lo que había y lo que podía pagar; si se iba caminando, tardaría media hora más. Se puso el casco y el motociclista avanzó, tan rápido como pudo, por las pequeñas y congestionadas calles de la ciudad de Pasto. Sentía el sueño encima, habían estado organizando pancartas y telas para la marcha de mañana, querían dejarlo todo listo para reunirse a decidir esa tarde cuál sería la ruta y tener todo claro a tiempo. Sabían que éste no era un esfuerzo de un solo día y que, con la marcha de mañana, medirían el apoyo de la gente y el aguante para todo lo que vendría.

Estaba entusiasmada, aunque intranquila. Esperaba que Lucas llegara pronto, no quería estar sola. Encontró a Pablo y a María en la entrada, esperándola.

—No, mija, si fuera por usted, esto acá empieza a las 5 de la tarde —señaló Pablo.

—¡Perdón! Me quedé dormida.

—¡No pues! ¡Qué novedad! —dijo María.

—¡Ya, ya, ya! Un poquito tarde, pero llegué, que es lo importante. Entremos, que me imagino que ya va a comenzar.

El auditorio de la universidad estaba repleto de gente conocida: representantes de organizaciones juveniles, estudiantiles y feministas. Habían estado involucrados en la organización de la marcha durante las últimas semanas y, sin embargo, sentía cierta incomodidad, que no podía explicar. Llamó a Lucas.

—Hola, amor. Ya llegué, estoy acá con los muchachos. La asamblea todavía no empieza, ¿ya terminaste el trabajo? —preguntó ansiosa, deseando que le dijera que estaba a punto de salir de casa.

—Me falta poquito. Dentro de unos 20 minutos termino y salgo para allá. De ahí lo que demore en bajar, amor. Me escribes para contarme cómo van las cosas. Nos vemos dentro de un rato.

La reunión inició a las 2 de la tarde y se abordaron todos los temas pendientes: organización de los colectivos, música, inclusión de sindicatos, ruta de la marcha y primera línea. Los dos últimos temas fueron los más complejos. Recordó la marcha del 21 de noviembre de 2019 y las que le siguieron. Todas terminaron en confrontación directa con la policía, desde entonces la primera línea había sido fundamental para proteger a los que estaban detrás. Era vital que estuvieran preparados para ello. Primera ruta: desacuerdos, desechada. Segunda ruta, no llegaban sindicatos, desechada. La tercera ruta acogía a todos los colectivos, pasaba por las vías principales y los dos parques importantes de la ciudad. Esa era la elegida. Finalmente, los grupos feministas hablaron sobre la importancia de que se proteja a las mujeres en las marchas, que en el 2019 se habían registrado casos de abuso de autoridad y por eso hacían el llamado para que cada amigo, pareja, compañero, permaneciera al tanto de las chicas que lo acompañaban. Se llegaron a acuerdos, se verificó que las tareas pendientes se realizaran y se dio por terminada la reunión.

La concentración para la marcha estaba programada a las nueve de la mañana. El grupo de Camila saldría desde la facultad de idiomas, a una cuadra de su casa. La reunión terminó casi a las siete. Todos se prepararían para la jornada de mañana.

Pablo y María encontraron a Juan, junto a otros amigos en común. Se reunieron y decidieron ir a tomar algo en el bar de siempre. Camila no sabía si acompañarlos. Lucas no había llegado, no contestaba sus mensajes y tenía el teléfono apagado. Estaba preocupada.

CAPÍTULO 4

—Sí, acepto.

Recordaba esas palabras, pronunciadas hace siglos, que la unieron a ese hombre que tuvo que abandonar y en el que no había dejado de pensar desde hace más de cuatro décadas.

Escuchó la voz de ese hombre en su cabeza: «Sí, acepto».

Lo recordaba con el traje café, prestado. Corriendo, para alcanzar el carro que los llevaría a la iglesia de la ciudad. No se quería casar en el pueblo, para no dar explicaciones, aludiendo a todo el romance del que era capaz en la situación, declarando que la clandestinidad le añadiría sabor al recuerdo. Más tarde se enteraría de que los padres de Víctor no estaban de acuerdo con el matrimonio y que por eso él había preferido hacerlo todo en silencio.

Habría querido devolver el tiempo para decirle que no, que no estaba lista, que no sabía lo que vendría. Habría querido que el espíritu de su hermano le susurrara al oído que todavía no era el momento, ni el lugar, ni la persona, que ese no era su destino, pero ningún ancestro llegó a rescatarla.

Un año más tarde llegó Ángela, su primera hija, y, con ella, la inocente esperanza de que algo cambiaría después de que la criatura se instalara en ese humilde hogar, construido para dos. Las visitas diarias de los amigos, el aliento a alcohol, la falta de dinero: todo siguió igual. Dos años más tarde llegó Marcos, la esperanza, para entonces, era ya recuerdo y, sin embargo, algo en el padre se transformó. Prometió dejarlo todo en nombre de ese hijo que le había sido enviado por Dios. En tres meses caducaron las promesas, pero el hijo nunca dejó de ver al padre con sincera admiración.

Veinte años soportó. Veinte años de trabajar el doble, para cuatro. Veinte años de arrepentimientos y desilusiones. Veinte años de sopor. Tarde se dio cuenta de que no había cambio posible, que de ese hombre que le prometió amor eterno en el altar no quedaba más que la carcasa. Decidida a cambiar ese destino miserable, trabajó el doble durante esos últimos diez años y pagó, con hambre y escasez, la casa que sería su salvación.

Habló de sus planes con Ángela, porque ella, al igual que su madre, había vivido, con resignación, una vida con un padre del que nunca recibió amor, del que sólo conocía el castigo y el olor a alcohol. Ella le ayudó a prepararlo todo. Juntas, empacaron la ropa de los tres, algunos libros que conservaban de su paso por el colegio, las tres camas con sus colchones, las lámparas que le había heredado su madre al morir; la nevera, posesión preciada, fruto de su trabajo; y el televisor, el único objeto que su esposo aportó durante veinte años de matrimonio y que quería llevarse, no como venganza, como muchos pensaron en el pueblo que dejó atrás, sino como un recordatorio del marido que abandonó y del destino del que escapó.

A las cuatro de la mañana de un 11 de noviembre, tomaron el camión que los llevaría lejos de esa vida, lejos del marido y del pueblo que los vio crecer, al mismo que juraron no volver. Marcos, en medio del letargo de la madrugada, subió a regañadientes al camión, solo para comprobar, a medio camino, que el viaje no tendría regreso y que, entre los tripulantes, no estaba su padre. Jamás le perdonó a la madre haber abandonado al hombre que más admiraba en la vida.

A las ocho de la mañana, Víctor llega a su casa, alcoholizado, y no encuentra más que dos o tres sillas, el fogón apagado y el silencio. No entiende lo que pasa, pero, al encontrar la nota escrita, encima de la mesa de la cocina, la borrachera se le pasó. Era de puño y letra de Socorro y, al combinarla con el vacío y el silencio, supo que lo inimaginable había pasado.

«Me casé con vos creyendo que el amor lo soportaría todo, porque no voy a mentirte, me casé enamorada. Veinte años aguanté tu aliento a borracho, los chismes en el pueblo, el odio de tu familia. Veinte años tardé en darme cuenta de que esa era la única vida que me podías ofrecer o la única que me querías dar. En veinte años lograste convertir el amor en cansancio. No te reclamo, como debería, por los veinte años en los que te di de comer, te di de vestir y te mantuve las borracheras y las salidas con tus amigos y no te reclamo, no porque no quiera, sino porque espero que sepas que me voy para no volver y que, a cambio de todo eso que te di, que fue más de lo que merecías, solo te pido una cosa: no vengas a buscarnos».

Víctor nunca pensó que esa mujer que lo había aguantado por veinte años, sin rechistar, de un momento a otro lo dejaría a su suerte, llevándose esa vida que nunca fue suya y esos hijos de los que solo conocía el nombre y las caras, que se marcaban con el tiempo. Respetó el deseo de Socorro, nunca los buscó.

Ella, agradeciendo la cobardía del marido, recordó la vida que había tenido desde entonces, lejos de él, una vida cuesta arriba, pero en libertad.

Le había contado esta historia incontables veces a sus nietas, primero, con la vergüenza del que abandona el barco cuando se hunde, después, con el orgullo del que renuncia a lo que no merece. Les contaba esta historia, hasta el cansancio, esperando que ellas eligieran un mejor destino del que ella había podido escoger. Quería verlas crecer bajo sus propios términos, tal como les había enseñado, quería verlas llegar lejos y conquistar lo imposible, y, sin embargo, no entendía por qué no podía soportar la tristeza que le causaba escuchar la voz de su nieta a través del celular, mientras la imaginaba muy lejos de su hogar.

CAPÍTULO 5

Terminó el bloque de materias de todos los lunes y salió corriendo para su trabajo, no quería llegar tarde, aunque ese primer día de la semana era especialmente difícil no hacerlo.

Siempre le había apasionado la fotografía. Le parecía apenas lógico buscar un trabajo que le ayudara a aprender y a adquirir cierta experiencia en el tema, por eso, y gracias a un amigo, logró conseguir un lugar en un estudio fotográfico. La desilusión no tardó en aparecer. Lejos de enseñarle con paciencia el oficio, los dueños del lugar la instruyeron acerca de cómo sujetar correctamente la cámara, enfocar al sujeto, tomarle la fotografía rápidamente y, por último, a sobreponer una edición preestablecida, en la que únicamente se retocaban algunas cosas y, encima de las ropas que llevaban los protagonistas, se ponían trajes de corbata, porque lo cierto es que la mayoría de clientes llegaban al lugar en busca de fotografías para las diez hojas de vida diarias que repartían, en medio del mar de desempleo que se vivía. Por supuesto, el estudio se encargaba de hacer otro tipo de trabajos: fotos de matrimonios, quince años, graduaciones, entre otros, pero estos trabajos estaban destinados únicamente a uno de los dueños, un fotógrafo más experimentado. Apenas Juliana se enteró, se pegó a él como si de eso dependiera su vida. En pocas ocasiones le permitía ayudarlo, ya sea llevando luces, el trípode u otros objetos de apoyo, pero ella, concentrada en su misión de aprender cuanto fuese posible, seguía los movimientos de este hombre de forma milimétrica, a pesar de las constantes quejas sobre sus preguntas y la cercanía excesiva, que a él le resultaba incómoda.

Había trabajado, primero, en la biblioteca de la universidad. Los horarios eran cómodos, pero la paga era mínima, por lo que decidió buscar un trabajo en una de las fotocopiadoras cercanas, en la que usualmente se manejaba una cantidad increíble de información, por lo que siempre necesitaban personal. Cuando se aburrió del monótono trabajo de sacar copias y vender lapiceros, decidió buscar algo un poco más personal, por eso, el trabajo en el estudio fotográfico le parecía como enviado por el cielo.

Con todo lo ahorrado en los trabajos que tuvo, logró comprarse una cámara pequeña que le permitiría poner en práctica lo poco que podía observar en el estudio. No podía darse el lujo de pagar un curso de fotografía, no solo porque no tenía dinero, sino porque, con el escaso tiempo libre con el que contaba, no habría podido asistir a las clases, así que aprovechaba toda oportunidad para aprender. Habría podido sacar alguna que otra cosa de videos en internet, pero lo cierto es que ella prefería el conocimiento cuando provenía de seres de carne y hueso, cuya proximidad, tono de voz y gestos le enseñaban, a su parecer, más que cualquier información distante, proveniente de una pantalla.

Sus primeras fotos habían sido de su círculo social: reuniones con sus amigos, salidas a algún parque, fotos de los eventos familiares, entre otros. Con el tiempo, logró hacer fotos más íntimas, que revelaban un poco más del sujeto que se ponía ante el lente. Empezó a registrar lo cotidiano, en busca, no solo de su singularidad, sino de respuestas ante preguntas que le suscitaban los protagonistas en las calles de la ciudad que habitaba. Prefería los escenarios cotidianos porque su presencia era imperceptible, anónima, sin expectativas. En ese tipo de fotografía no había una persona posando, esperando observar el resultado para pedir que se repita porque, a su gusto, no salió bien. En ese tipo de fotos aparecía la gente en la desnudez de lo común, en la naturalidad de lo frecuente, porque solo la ignorancia ante el observador permite la libertad; cuando su presencia se percibe, ambos se convierten en esclavos del anhelo del otro.

Faltaban diez minutos para las seis de la tarde. Tomó la última fotografía del turno, puso la memoria en el computador, aplicó los filtros preestablecidos, el traje elegante de color azul, que había escogido el cliente. Imprimió, cortó, entregó, cobró. Cerró el local con llave y salió para su casa, con el afán de la curiosidad. Quería llamar a su mamá.

Daban las ocho de la noche, seguro a esa hora ya estaría en casa. No demoró en llamar. El celular sonó dos veces, a la tercera escuchó su voz.

—Hola, hija. No te alcancé a contestar antes porque acabé de llegar. ¿Cómo estás? ¿Qué tal estuvo tu día?

—Bien ma’, todo normal, acabé de cenar. A ti, ¿cómo te fue en el turno? —preguntó por pura cortesía, queriendo acelerar la conversación.

—Estuvo un poco pesado, pero bien, hay un par de casos duritos, pero los doctores los saben manejar, todo estuvo normal. Juli, te noto como agitada, ¿te pasó algo?

—No, ma’, no te preocupes, es que quería hacerte una pregunta. Imagínate que anoche soñaba que la policía llegaba a la casa, sacaba un montón de cosas y se las llevaba en un camión. En el sueño miraba a mi abuela peleando para que no se las lleven y ya lo último que recuerdo es que ella nos abrazaba y nos quedábamos, junto con mi hermana, llorando, mientras el camión se iba. No sé, fue un sueño muy feo, me levanté asustada, llamé a mi abuela para ver cómo estaba, pero no quise preocuparla. ¿Recuerdas que algo así haya pasado alguna vez en la casa?

—Juli, andas tan metida en esas cosas de la marcha que viene, que hasta con la policía sueñas. Tienes que cuidarte hija, ya miraste lo que les pasó a ustedes el anterior año.

—Mamá, no te preocupes, todo saldrá bien mañana. Más bien, contáme qué fue lo que pasó, porque estoy casi segura de que eso no fue un sueño.

La notó indecisa. Unos cuantos segundos en silencio y después, con resignación, contestó:

—Sí, Juli, tú tenías ocho años. Por ese entonces tu tío Marcos trabajaba en lo que podía, tu abuela y yo nunca sabíamos qué hacía, pero ayudaba en la casa y, para evitar las peleas, decidimos no preguntar. Un día llegó la policía, con una supuesta orden para llevarse las cosas de la casa, porque tu tío tenía una deuda que no podía pagar. Tu abuela peleó, lloró, suplicó. Nada sirvió. Cuando llegué de trabajar, las encontré a las tres llorando, se habían llevado todo lo de valor en un camión y tu abuela, acostumbrada a pelear, no podía creer que se podían llevar las cosas de uno así de fácil. Nunca supimos si esa orden era real. Nos costó recuperarnos de esa pérdida. Tu abuela lloraba porque en ese camión se llevaron las únicas cosas que tenían un valor sentimental, ya sabes, las cosas de su mamá y de mi papá, que nunca volvieron.

—Y ¿qué pasó con mi tío? ¿respondió por algo?

—Cuando Marcos llegó a la casa y la encontró prácticamente vacía y miró a mi mamá llorando, no preguntó nada. Se paseó un buen rato por los cuartos, se cogía la cabeza, se notaba que estaba desesperado, pero ni así pronunció palabra. Luego se encerró en su cuarto. Esa fue la última vez que lo vimos. En la noche había empacado toda su ropa y dejó la casa en la madrugaba. Lo supimos porque los vecinos nos contaron que lo vieron salir temprano. No dejó ninguna carta y aunque mi mamá lo esperó semanas enteras frente a la puerta, no volvió.

CAPÍTULO 6

Ángela pudo leer la preocupación en la voz de su hija y eso la asustó. Le había costado construir una relación cercana con ella y, ahora que estaba lejos, temía que ese frágil vínculo se viera amenazado por las distancias. Era un temor sordo, que no alcanzaba la consciencia, pero que tampoco se iba. No se atrevía a admitirlo porque hacerlo sería darle cabida a que la paralice y prefería negar ese miedo primordial, antes que dejar que la invada y la deje sin voluntad. Cuando llegó a casa, Camila no estaba. Seguramente estaría con Lucas. El turno había sido agotador, así que saludó a su madre y decidió comer con rapidez para apresurar el momento de descanso. Hace mucho tiempo no pensaba en su hermano. Su relación con él nunca fue cercana. Quizá se debía a que él había decidido aproximarse con anhelo —hasta con desesperación— a ese padre que a ella nunca la miró como a una hija, lo que terminó por acrecentar la distancia entre los dos; pero era su único hermano y por eso, después de descubrir que esa mañana las había abandonado, no pudo más que sentirse traicionada. Una vez más.

Recordó a su madre llorando desconsoladamente, ya por las cosas, ya por Marcos. Sufría el doble, porque a ella la había abandonado su pasado, uno del que renegaba, pero que le recordaba lo que era. Doña Socorro pasó noches en vela aguardando al hijo ausente, tomó como puesto permanente el espacio que quedaba en frente de la puerta de entrada y se sentó silenciosa y definitivamente, en posición de espera, pero el hijo nunca llegó.

Ocho años después de que se llevaran las cosas, le llegó un mensaje a la recepción del hospital donde trabajaba:

Ángela, a nombre suyo están consignados un millón de pesos. Sé que no es mucho, pero es mi forma de pagarles esa deuda que dejé. Yo estoy bien, no se preocupen. Cuídese y cuide a la familia.

M.

Lo leyó dos veces y preguntó en recepción quién había dejado ese papel para ella.

—No, Angelita, eso fue un muchacho bajito, joven, de unos 16 años, iba con una gorra, pero solo nos dijo que el papel era para usted y se fue, sin decir nada más.

El dinero, tal como prometía la nota, estaba completo. Desde entonces, la extrañeza que había rodeado al hecho se convirtió en curiosidad. Después de que Marcos dejara la casa, supo que le debía dinero a un prestamista del barrio contiguo, cuyas ganancias generaban dudas entre los vecinos, pero nadie se atrevía a decírselo. En ese entonces, se culpó a sí misma por no estar más pendiente de lo que hacía su hermano, por no preguntar, por no averiguar, creía que eso las hubiese salvado de haber perdido las cosas y el pasado. En esta ocasión, estaba decidida a ir más allá, quería saber qué había sido de ese hermano extraño que decidió marcharse, tantos años atrás. Preguntó a todos los contactos acumulados durante los largos años que llevaba trabajando en el hospital. Aprovechó su posición como enfermera jefe para obtener alguna información de los vigilantes del lugar, quienes, era bien sabido, estaban al tanto, no solo de cualquier dinámica dentro del hospital, sino también de todo aquello que pasaba en el exterior.

Don Rolando, uno de los vigilantes más antiguos, le contó que entre sus conocidos había alguien que podría encargarse de averiguar cualquier dato de utilidad. Ángela, pidiendo total discreción, le pidió que por favor facilitara una reunión con aquella persona y no dudó en comunicarle su urgencia. La reunión se efectuó un par de días después de la solicitud, en el barrio de don Rolando. El sujeto en cuestión apresuró el relato de Ángela y, cuando éste hubo terminado, hizo toda pregunta posible. Una vez finalizado el interrogatorio, le comunicó que tardaría un par de semanas en resolverlo, por lo que tendría que ser paciente. Acordaron el precio del encargo y se despidieron. Dos semanas después, don Rolando llegaba a la recepción del hospital con un papel en donde se encontraba anotada una dirección que se ubicaba en la ciudad de Cali.

Con la excusa de un evento en ese mismo lugar, salió un fin de semana, dispuesta a corroborarlo todo. Mientras la amiga con la que viajó visitaba a su familia, ella se paseó por el barrio en el cual todas las pistas confluían. Se sentó en la panadería central (que quedaba cerca de las casas en las que, posiblemente, vivía su hermano), pidió una avena y esperó. Dos horas de espera y todavía no miraba señales de alguien mínimamente parecido a Marcos. Cuando estuvo a punto de desistir, cuatro horas después, miró a un hombre alto, de cabello negro y barba espesa, de la mano de una señora y de una pequeña niña, de no más de cinco años. Lo que le permitió dudar por unos segundos no fue precisamente lo cambiado que estaba, sino lo feliz que se miraba, al lado de una familia que ni siquiera ella hubiera soñado para él. Los miró atravesar la calle y llegar a la casa azul que se encontraba en diagonal a la panadería. La niña reía y tomaba enérgicamente la mano de Marcos. Al entrar a la casa, él beso a quien parecía su esposa y miró en dirección a la panadería, dudó unos segundos, pero finalmente cerró la puerta tras ellos.

Esperó, segura de que la había visto, y supuso que saldría a confrontarla. Tras media hora, se convenció a sí misma de que fue una ilusión, un engaño producto del discreto deseo del reencuentro. Pagó las dos avenas que se tomó y se fue del barrio. Antes de irse, pasó por la casa azul y anotó la dirección. Se prometió que nunca olvidaría ese lugar y, silenciosamente, le dijo adiós a ese hermano que, estaba segura, no volvería a ver.

Al volver a casa, sintió nostalgia por la abuela, que nunca conocería a esa nieta que estaba a ocho horas del hogar, a esa nuera, con quien nunca compartiría secretos o complicidad y, aún con el peso de la melancolía encima, con la culpa del que esconde una verdad fundamental, sabía que no podía contarle a su madre sobre el encuentro. Marcos y ella nunca habían sido cercanos, mucho menos amigos, y, sin embargo, ella decidió respetar su voluntad de permanecer en el anonimato, a ojos de su madre, como el tributo silencioso a esa complicidad que nunca los acompañó.

CAPÍTULO 7

Lo último que su mamá le cuenta en la llamada es que Camila aún no llega a casa, sabía que ese día estaría en la reunión preparatoria de la marcha de mañana, así que posiblemente está con Lucas y los muchachos. La marcha, en ambas ciudades, estaba programada para las nueve de la mañana. Se vería con Andrea, Daniel y los demás a unas cuadras de la universidad. No era una mujer de agüeros, pero le preocupó que su hermana aún no llegara a casa. Le había enviado varios mensajes, pero aún no contestaba. El recuerdo de lo que sucedido el 21 de noviembre del 2019 regresó involuntariamente.

Para entonces estaba en casa con su familia y decidió salir a marchar junto a su hermana y sus amigos. Con todo el temor encima, se atrevió a llevar su cámara y registrar lo que pudiera. Había leído sobre la mejor forma de prepararse para documentar una marcha, había visto el trabajo de otros fotógrafos y practicó un poco los días previos. Temía, sobre todo, la mirada ajena, el juicio sobre su trabajo, la pesada carga que, sentía, ponían los ojos de otros sobre el que tiene una cámara en la mano. Había admiración también, claro, pero acompañada siempre de la crítica hacia el resultado de lo que se miraba. Sobreponiéndose al terror que le producían los miles de ojos observándola, registró todo movimiento importante. No era de los afortunados que, con uno o dos disparos, lograban la toma que deseaban, ella llenaba la memoria de posibles mejores capturas, por lo que siempre terminaba con una serie de fotos repetidas, de entre las cuáles era más difícil escoger la mejor. La marcha había estado cargada de arte, música y teatro. Encontró a otros colegas en la misma y todos cruzaban con ella miradas de aprobación, al mismo tiempo que no dudaban un segundo en pelear con cualquiera por los mejores lugares para capturar el momento. Se había ataviado con un buzo de lana, porque siempre que volvía a casa encontraba que su tierra natal la castigaba con un frío que su cuerpo ya no acostumbraba soportar. Se arrepentía: el buzo la hacía sudar a chorros y entorpecía la facilidad con la que podía acceder a cualquier lugar para fotografiar lo que quería. Con todo y los obstáculos del oficio, logró lo que deseaba: perderle el miedo al ridículo, a tener las miradas encima y, en medio de eso, a tomar fotos de las que, por muy torpe que haya sido su ejecución, se enorgullecía. Mientras ella, en su arriesgada empresa por lograr cada vez mejores planos, se alejaba, escabullía, adelantaba o retrocedía, su hermana la esperaba paciente, junto a sus amigos, haciéndole siempre señas para que no perdiera al grupo en ese mar de gente. La marcha culminó en la plaza central y le seguía un acto cultural. Ellas, cansadas por todo lo caminado, decidieron volver a casa pronto. Habían ido preparadas para protegerse, por si se presentaba cualquier disturbio, pero la policía nunca apareció, así que, al subir a almorzar, dejaron en casa la cámara, junto a todo lo demás, Juliana se puso algo más cómodo y volvieron a la plaza, libres de equipaje.

Alcanzaron a llegar, a escuchar un par de grupos musicales, a bailar un poco, cuando el ruido desordenado de algo que ocurría cerca las sorprendió. La gente a su alrededor, paralizada, miraba hacia la esquina. Algunas personas estaban discutiendo con unos policías, porque estaban llegando en pequeños grupos y querían rodear la plaza. Las discusiones se tornaron cada vez más acaloradas y los policías amenazaron con agredir si se seguía faltando respeto a la autoridad que ellos representaban. Muchos se opusieron, hicieron llamados a la calma, pero el mar de discusiones que se gestó era ya difícil de controlar.

CAPÍTULO 8

El grupo, que se encontraba a unos metros de la tarima, se desplazó un poco más cerca del lugar en donde se escuchaban las discusiones y fue entonces cuando miraron que, desde la esquina de la calle 19, aparecían más policías en caballos, acompañados de la tanqueta. Lo que siguió fue el caos. Todas las personas congregadas en el lugar empezaron a correr en toda dirección posible. Camila, Juliana y sus amigos, atrapados en medio de los que peleaban y los que querían huir, se resguardaron en el edificio al lado de la gobernación, con la intención de escapar de cualquier ataque, pero entonces los policías, que llegaban rápidamente al lugar, usaban sus caballos para embestirlos, impidiéndoles el paso. Juliana, de la mano de María, alcanzó a correr a un espacio por el que pudieron escapar. Juan y Pablo las siguieron, pero Camila y Lucas seguían atrapados en el lugar. Gritaron, con desesperación, con fuerza, para indicarles por dónde salir. Sabían que, aunque peligrosos, los policías en caballos podían ser más torpes que sin ellos, pero escapar de la potencia de la salida de agua que la tanqueta tenía era otra historia. Cuando lo lograron, todos corrieron en dirección opuesta. En ese preciso instante y en la misma trayectoria de la huida, la policía lanzó dos proyectiles de gas. Todos corrieron hacia el edificio más cercano, huyendo del humo que se veía y de cualquier otro ataque. Quedaron atrapados de nuevo.

Estaban desprovistos de protección, así que tosían con fuerza, trataban de parpadear poco y de respirar despacio, pero era evidente que se ahogaban. Con los ojos enrojecidos y llorando, buscaron un lugar por el cual escapar. Encontraron una pequeña salida que daba a la cuadra siguiente, no miraron policía, así que corrieron, pegados a la pared, tan rápido como la respiración les permitía. En la calle 19, desde donde unos minutos antes había llegado la policía, estaba toda la gente que había podido escapar de los caballos, del agua de la tanqueta y de los gases. Sabían que no tardarían en bajar de nuevo a perseguirlos, así que caminaron rápido en dirección a la carrera 27.

Cuando llegaron al parque infantil, a cuatro cuadras del lugar, encontraron que mucha gente estaba reunida ahí, recuperándose de lo que había pasado en el parque Nariño. Segundos después, observaron que cerca venía otra tanqueta. Los policías, al ver gente reunida de nuevo, no dudaron en atacar, lanzando más gases y, notando que se encontraban cerca, comenzó la persecución. El grupo de Camila y su hermana, actuando con rapidez, corrió por toda la carrera 30, hacia arriba, tratando de escapar de lo que, no podían imaginar, querían hacerles.

Los persiguieron hasta la calle 16. El grupo con el que escapaban era cada vez más reducido. Se escondieron en un pequeño espacio que daba a un parqueadero residencial, esperando a que se fueran. Unos minutos después, Lucas, tratando de mirar discretamente, quiso verificar si seguían ahí y, entonces, escucharon el sonido que hace el proyectil de gas antes de salir del artefacto manual que llevaban. El gas entró por la ventana de la casa de al lado. Lo siguiente que escucharon fueron los gritos de espanto que provenían de adentro. Desde afuera, les aconsejaron que se agachen, que no toquen el proyectil, que usen leche o agua con bicarbonato. Nunca supieron si algo más grave pasó adentro, porque inmediatamente después, miraron a uno de los chicos, que se ocultaba con ellos, correr para pasar la calle. Lucas echó un vistazo y notó que unas calles más abajo algunos policías subían en moto y venían armados con marcadoras. Oyeron el estallido que la bala de goma hace al salir del artefacto y no hizo falta ninguna orden para que todos se movieran. Sólo Lucas y Camila iban de la mano. Escuchaban las balas de goma caer a tres, dos, un paso de ellos, el miedo les hacía fuertes las piernas, los pulmones no se agotaban. Juliana, que no estaba acostumbrada a correr, fue la primera en pensar que lo mejor era cruzar en la siguiente esquina y continuar cruzando entre cuadras, para así perderlos. Les gritó a todos los que estaban a unos metros de ellos:

—¡Crucen! ¡Por la esquina!

Mientras corría como nunca antes lo había hecho, miró a sus espaldas, esperando poder arrastrar a Lucas y Camila, que venían tras ella, hacia la esquina. Cuando los tres pudieron cruzar, les gritaron a los demás para guiarlos. Detrás de Pablo llegaba un chico que tenía la espalda bañada en sangre. La bala de goma le había pegado en el cuello y le dejaba una herida grande, de unos cuatro centímetros. Lo revisaron, intentaron detener el sangrado, lo ayudaron como pudieron y siguieron corriendo porque, aunque habían tomado ventaja, ellos seguían detrás.

Dejaron de correr. Rodearon el barrio y tomaron la carrera 34. Estaban a tan solo tres cuadras de sus casas cuando, desde todas las esquinas, salieron motorizados y patrullas dispuestos a cerrarles el paso. Se tomaron de la mano. Juliana y María sacaron sus celulares y grabaron.

—Nos tienen encerrados, no nos quieren dejar pasar, estamos a tres cuadras de nuestras casas y no nos quieren dejar pasar. ¡Somos solo seis personas! ¡No tenemos armas! ¡Nos están persiguiendo!

Y, entonces, la gente de los edificios que sintió la presencia de la policía y miró que tenían a un grupo de muchachos acorralados, sacaron sus ollas, sus cucharas de palo, sus parlantes de música e hicieron todo el ruido que pudieron.

—¡Déjenlos pasar, déjenlos pasar! —gritaban, una y otra vez.

La policía, consciente de que tenían muchos ojos encima, de que estaban rodeados de testigos, les abrieron el paso, no sin antes decirles:

—¡Se van a sus casas ya! Y pilas con dejarse coger de nuevo, que tal vez la próxima no haya nadie que los salve.

Con agradecimiento, con rabia, con la adrenalina en la sangre, caminaron rápido hasta llegar al barrio. Pudieron respirar sin dificultad cuando todos estuvieron seguros en casa.

Las hermanas le habían contado a mamá lo suficiente para que no se preocupara. Esa noche ninguno durmió, no podían dejar de pensar en lo que hubiera pasado si la gente no hubiese salido a su rescate.

CAPÍTULO 9

—Fresca, Juli, ya sabes que voy con los muchachos, con ellos estoy segura, corremos si hay que correr y nos cuidamos, pero sabes que hay que resistir lo que más se pueda, no podemos darle el gusto a la policía de salir corriendo cada vez que nos atacan.

—Yo sé, pero ya viste lo que nos pasó el anterior año.

—Sí, claro que lo recuerdo bien, pero mira que, al final, no nos pasó nada grave y la gente nos apoyó. Estoy segura de que esta vez será igual.

—Parce, yo lo único que te digo es que no te vayas a poner en riesgo, ustedes van sin protección, son blanco fácil para ellos.

—No nos va a pasar nada, te lo prometo —lo dijo con toda la amabilidad de la que fue capaz, aunque la insistencia de sus advertencias le pareciese exagerada—. Hoy me alcancé a asustar por Lucas —dijo, intentando poner su atención en otros temas.

—¿Qué pasó?

—Quedó de caer a la reunión en la facultad, después de terminar un trabajo de la universidad, pero se hicieron las siete, no llegó y no dijo nada, hasta tenía apagado el celular.

—Pero ¿qué? ¿ya sabes qué pasó? ¿por qué no contestaba? —Ella, que trataba de controlar el mar de angustia que la inundaba, sabía que la intensidad de sus preguntas molestaba a su hermana, pero Camila siempre tuvo la bondad de no decírselo, de validar su preocupación.

—Imagínate que la mamá, en medio de su desesperación y del miedo de que le pase algo en la marcha, le pidió el favor de que haga unos arreglos en la casa y que luego organice el garaje. Obvio Lucas se puso en eso apenas terminó el trabajo, pero se dio cuenta de que, entre más arreglaba, más cosas le pedía hacer. La miró ansiosa y le dijo que, si no las terminaba, podía seguir mañana. Se dio cuenta de que estaba preocupada y se puso a hablar con ella. En medio de todo ese trabajo que tuvo que hacer, se le pasó el tiempo y el celu se le había descargado. Después de la charla con ella, cargó el celular y me llamó.

—Es que imagínate donde le pase algo a Lucas, ella se queda solita ¡Imagínate eso!

—Y yo sin él, pero, hombre, ¡no nos va a pasar nada!

Camila preguntó si ella estaba preparada, en dónde era la concentración, con quién iba a salir en la marcha. Le hizo las mismas sugerencias que ella le había hecho, «cuídate, no te vayas a alejar del grupo», todas esas cosas que ellas se repetían, como parte del ritual de velar por la otra.

Después de los obstáculos propios de la infancia (el recelo por la intromisión de un nuevo ser en la familia, las peleas por los juguetes, la constante competencia), se habían vuelto inseparables. Camila seguía a Juliana en cuerpo y alma y esta última, arrojada a asumir un papel materno que no deseaba y del que luchó por desprenderse, le abría todos los espacios de su vida a esa hermana menor que, pronto, se convertiría en vínculo esencial. Y, sin embargo, no podían ser más opuestas. Mientras Juliana prefería las actividades en solitario, escogía el silencio y el anonimato, sufría de la impermanencia del deseo y lidiaba con un anhelo constante de escapar (de todo: relaciones, espacios, roles), Camila disfrutaba particularmente de la compañía, no podía vislumbrar la vida sin música de fondo, no le disgustaba ser protagonista de la cotidianidad, se aferraba a todo lo familiar y buscaba quedarse, en y con las personas. Por supuesto, esto las llevaba a saltar de desacuerdo en desacuerdo, y, a pesar del contraste, compartían un rasgo en común: defendían apasionadamente todo aquello en lo que creían.

Juliana, plenamente consciente de estas diferencias, buscaba excusas para conectar con esa hermana, cuyos lazos trascendían lo filial. Aprendía a escucharla, comprendía su aprecio por lo familiar y la acompañaba en su deseo de permanecer. Pronto descubrieron más puntos de encuentro. Ambas cedían a las particularidades de la otra y trazaban camino hacia esa intimidad que resignificó su vínculo. Crearon un lenguaje propio en torno a lo construido y convirtieron la complicidad en escudo: la burbuja que crearon era casi inviolable. La decisión de Juliana de estudiar en otra ciudad, bastante lejos de la propia, amenazaba —temían— con poner en jaque todo cimiento, pero, lejos de cualquier sospecha, de todos los miedos, de cada duda, ese lazo no hizo más que afianzarse, alimentado, insospechadamente, de la creciente independencia que conquistaron, que ambas merecían, y que sería el sino bajo el cual se descubrirían más allá del espejo de la otra, que, hasta entonces, era el único que poseían.

Su vínculo se transformaba, sí, aunque nadie nunca le hubiese advertido con la necesaria honestidad todo lo que eso implicaría para ella: en su conflicto por deshacerse de las responsabilidades maternas impuestas, la preocupación excesiva por su hermana se había reforzado con la distancia y, aunque se esforzaba por no inmiscuirse en esa vida que Camila estaba construyendo, a su antojo y sin ella, todavía debía vérselas con esas necesidades internas, involuntarias, que entorpecían ese papel nuevo que ambas estaban aprendiendo a jugar en la vida de la otra.

Discutían sobre política con frecuencia, porque pronto notaron que, por la naturaleza de sus elecciones y de aquello que, durante su vida, ha escapado de las mismas, era este el tema crucial que les permitiría cambiar sus condiciones, no tanto en función de lo que ellas vislumbraban a futuro para sí mismas, sino en secreto homenaje a todos los fantasmas que perseguían a su madre y a su abuela y que eran ya, en el discurso, heridas silenciosas que no sabían de qué otra forma sanar.

El paso entre la discusión y la acción les pareció obvio: ambas se involucraron de lleno en actividades en torno a la política, no con el deseo de aspirar a ocupar cargos públicos, sino con la firme convicción de que hay que preparar caminos hacia el cambio. Ambas hacían parte de movimientos feministas y se inclinaban por la pedagogía, porque habían descubierto que ésta era la mejor arma para impulsar las necesarias transformaciones a largo plazo. Asistían a cuanta marcha, plantón, evento cultural se preparaba en sus ciudades, profundamente comprometidas con esa causa común que se había convertido en una nueva forma de conectar, a pesar de los espacios y las distancias, que ya no compartían. Y, aunque sabían que en Colombia reconocer ese estatus político y ejercerlo con responsabilidad siendo mujeres era, de antemano, asumir un riesgo doble, consideraban insoportable la idea de evadirlo. De alguna forma había que cambiar el mundo, se repetían. De forma vehemente, ambas escogían la lucha.

CAPÍTULO 10