No olvido, recuerdo - Manuel Moreno Castañeda - E-Book

No olvido, recuerdo E-Book

Manuel Moreno Castañeda

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El propósito de la convocatoria "No olvido, recuerdo. Crónicas Universitarias desde la Tercera Edad", cuyos resultados publicamos en este libro, fue la recuperación de las experiencias y las vivencias de personas que tienen mucho que contarnos desde distintas áreas laborales en la Universidad de Guadalajara. Historias que le han dado color, alegría, emotividad y sentimientos a la ya larga vida universitaria. En los contenidos de esta obra se rescatan relatos, algunos escritos directamente por sus protagonistas y otros recuperados mediante entrevistas, que nos permiten observar la gran diversidad de actividades que realiza la comunidad universitaria en los ámbitos académico, administrativo, directivo y de apoyo a todas estas actividades. Diez entrevistas y trece ensayos; biografías, prácticas docentes experiencias estudiantiles, anécdotas, trabajos de campo, actividades artísticas... en suma, un crisol multifacético que nos da cuenta de la diversidad de vidas que han confluido en la Universidad de Guadalajara desde sus primeros años.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla

Rectoría General

Miguel Ángel Navarro Navarro

Vicerrectoría Ejecutiva

José Alfredo Peña Ramos

Secretaría General

Manuel Moreno Castañeda

Rectoría del Sistema de Universidad Virtual

José Antonio Ibarra Cervantes

Coordinación del Corporativo

de Empresas Universitarias

Javier Espinoza de los Monteros Cárdenas

Dirección de la Editorial Universitaria

Primera edición electrónica, 2013

Coordinadores

Manuel Moreno Castañeda

Laura Topete González

Autores

© Carlos Vevia Romero, Consuelo Plascencia Vázquez, Fernando Gabriel Miranda Valdez, Luis Benjamín Flores Isaac, Humberto Ponce Adame, Isidro Casillas Limón, Juana Cordero Baltazar, Jesús Mario Rivas Souza, Olga Tello Araujo, Juan Rosales Corona, Elda Castelán Rueda, María del Rosario Covarrubias, Ricardo Figueroa Rosales, Benigno Rogaciano Gallardo González, Javier Eduardo García de Alba García, Alvaro Fernando Gutiérrez Villaseñor, Mario Eduardo Mejía Iñiguez, Joel Robles Uribe, Francisco José Zamora Briseño, Óscar Espinoza de Santiago, Ana María de la Paz Huerta Orozco, Benjamín Flores Briseño, María Llamas Gutiérrez y Cecilia Plazola Rodríguez

Entrevistas

Gabriela Rojo Díaz

Fotografías

© Luis Alberto Dorantes Meza

No olvido, recuerdo: crónicas universitarias desde la tercera edad / Carlos Vevia Romero... [et. al.] ; [coordinadores] Manuel Moreno Castañeda, Laura Topete González ; presentación Manuel Moreno Castañeda. -- 1a ed. - Guadalajara, Jalisco : Editorial Universitaria Libros que Transforman : UdeG Virtual, 2013.

Entrevistas y ensayos ganadores del Certamen “No olvido, recuerdo” crónicas universitarias desde la tercera edad, realizado en 2012.

ISBN 978-607-450-771-3

1. Universidad de Guadalajara-Historia 2. Universidad de Guadalajara-Crónicas y reportajes. I. Vevia Romero, Carlos. II. Moreno Castañeda, Manuel, coord. III. Topete González, Laura, coord.

378. 097 235 .N73 CDD

LE7 .G8 .N73 LC

D.R. © 2013, Universidad de Guadalajara

Editorial Universitaria

José Bonifacio Andrada 2679

Colonia Lomas de Guevara

44657 Guadalajara, Jalisco

www.editorial.udg.mx

01 800 UDG LIBRO

Sistema de Universidad Virtual

Av. de la Paz 2453

Col. Arcos Sur

44140, Guadalajara, Jalisco

www.udgvirtual.udg.mx

33 32 68 88 88

ISBN 978-607-450-771-3

Mayo de 2013

Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación de información, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, existente o por existir, sin el permiso por escrito del titular de los derechos correspondientes.

Diseño epub:

Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Índice

Presentación

Manuel Moreno Castañeda

No olvido, recuerdo | Ceremonia de premiación

No olvidamos lo aprendido

Elda Castelán Rueda

Acervo de historia viva

Benjamín Flores Isaac

Voces y relatos | Entrevistas

La filosofía, la historia, las letras

Carlos Vevia Romero

La dignidad del Trabajo social

Consuelo Plascencia Vázquez

Pensar y trabajar

Fernando Gabriel Miranda Valdez

Paseado y bailado

Luis Benjamín Flores Isaac

Una nueva disciplina para cambiar el mundo

Humberto Ponce Adame

Hay que hacer caso a los empleados que saben

Isidro Casillas Limón

Un alumno es un ser humano

Juana Cordero Baltazar

Entre la medicina y las leyes

Jesús Mario Rivas Souza

Entre libros y responsabilidad sindical

Olga Tello Araujo

El ser humano no tiene límites

Juan Rosales Corona

Memorias en papel | Crónicas

Estas teclas que ves

Elda Castelán Rueda

El exilio chileno en Guadalajara

María del Rosario Covarrubias

Programas de promoción, divulgación y organización de los campesinos de Jalisco. Escuela de Agricultura de la Universidad de Guadalajara, 1973-1976

Ricardo Figueroa Rosales

Remembranzas, 1964-1971

Benigno Rogaciano Gallardo González

Las «grajeadas» en Medicina

Javier Eduardo García de Alba García

Sobre la identificación de los vampiros en el occidente de México

Álvaro Fernando Gutiérrez Villaseñor

Recuento de pasos

Mario Eduardo Mejía Íñiguez

Experiencia inolvidable de un viaje con el sabio Amado Ruiz Sánchez

Joel Robles Uribe

Testimonio pedagógico de un libre pensador

Francisco José Zamora Briseño

Recuerdos de una docencia decretada

Óscar Espinoza de Santiago

Un código universitario, una historia de vida

Ana María de la Paz Huerta Orozco

Estudiante, ingeniero, padre, profesionista y docente: una mirada desde y para mi Universidad de Guadalajara

Benjamín Flores Briseño

Breve historia de la Escuela de Agricultura

María Llamas Gutiérrez

Yo presidenta

Cecilia Plazola Rodríguez

Notas al pie

Presentación

Manuel Moreno Castañeda

El propósito de la convocatoria «No olvido, recuerdo. Crónicas Universitarias desde la Tercera Edad», cuyos resultados publicamos en este libro, fue la recuperación de las experiencias y las vivencias de personas que tienen mucho que contarnos desde distintas áreas laborales en la Universidad de Guadalajara. Historias que le han dado color, alegría, emotividad y sentimientos a la ya larga vida universitaria.

En los contenidos de esta obra se rescatan relatos, algunos escritos directamente por sus protagonistas y otros recuperados mediante entrevistas, que nos permiten observar la gran diversidad de actividades que realiza la comunidad universitaria en los ámbitos académico, administrativo, directivo y de apoyo a todas estas actividades.

Diez entrevistas y trece ensayos; biografías, prácticas docentes, experiencias estudiantiles, anécdotas, trabajos de campo, actividades artísticas... en suma, un crisol multifacético que nos da cuenta de la diversidad de vidas que han confluido en la Universidad de Guadalajara desde sus primeros años.

La relevancia de testimonios como éstos radica en todo lo que nos dicen de personas y actividades que suelen pasar inadvertidas, aunque convivimos diariamente con ellas, y que propician las condiciones para desempeñar las labores esenciales de la universidad. En ese sentido, esta publicación se caracteriza por la variedad de vivencias, la pluralidad de visiones, la frescura de sus narraciones, la autenticidad de sus autores, la espontaneidad de sus emociones y su cotidianidad tan vigente.

No se pretendió hacer una crónica o una historia universitaria, porque ésta no puede ser única. La finalidad fue abrir y propiciar un espacio en el que pudiera mostrarse un abanico amplio de esas historias vividas y contadas tanto por personajes muy conocidos como por personas de las que quizá sabemos de ellos por primera vez. Así, sin jerarquías, todos ellos son universitarios que de distintas maneras y desde distintos campos vivifican y le dan rostro humano a la Universidad.

Aquí se muestran los diferentes modos de ver a nuestra máxima casas de estudios. Los hay que hablan de cambios en la estructura institucional y los que nos cuentan de cómo el lugar donde trabajaron fue siempre el mismo, aunque haya cambiado de nombres y de jefes. Es ésta una rica antología de percepciones y expresiones. No es lo mismo ver a la Universidad desde dentro, por parte de quienes aún laboran aquí, que la visión de los ya jubilados. Es muy distinto, también, observarla desde puestos directivos o de los cubículos académicos que desde los pasillos y oficinas testigos del esfuerzo de quienes han apoyado las incontables tareas dentro de la Universidad. Hay puntos de vista que son llamadas de atención y que nos obligan a mirar críticamente nuestra institución, pues todos y cada uno de los trabajadores universitarios desempeñan una labor esencial; el trabajo de unos no tendría sentido sin el de otros, del mismo modo como hay trabajos que no podrían realizarse sin otras labores que los apoyan.

Ésta es una primera recopilación de crónicas, relatos y testimonios, aunque sabemos que existen miles más en los distintos espacios de la Universidad, pero la intención es que esta publicación inicial sea sólo el principio de una colección de recuerdos históricos, una recuperación permanente de la memoria universitaria que alimente los proyectos del futuro. He aquí una valiosa fuente de conocimientos vivos donde abrevar para la construcción de nuevos horizontes.

CEREMONIA DE PREMIACIÓN

No olvido, recuerdo

No olvidamos lo aprendido

Elda Castelán Rueda

Muy buenas tardes, señoras y señores.

Con su venia, señores miembros del presídium.

Hoy me invade una alegría inmensa, pues para mí recibir un primer lugar no ha sido cosa de todos los días. Espero que la emoción no me cierre la garganta y pueda continuar hablando.

Recibí un primer lugar hace 55 años por motivos similares: mi gusto por la lectura y la escritura, hábitos que me fueron inculcados, de manera lúdica, en el seno de mi hogar.

Otra alegría que me causa este premio es el reconocimiento que ganamos todos los convocados. Agradezco a las personas que organizaron este concurso porque tuvieron la gentileza de tomar en cuenta a los mayores de sesenta años, al personal administrativo, a los pensionados, ese grupo vulnerable que en otros sectores está olvidado.

Gracias por tomarnos en cuenta. Nosotros, los adultos mayores, como nos llaman en el lenguaje «políticamente correcto», somos personas a las que algunas veces se nos olvida apagar el agua para el té o cerrar la puerta con llave. Pero todavía no olvidamos lo aprendido, y no me refiero a lo académico, sino al conocimiento adquirido a través de las lecciones de vida y de los años. Bien reza el viejo refrán: «Más sabe el diablo por viejo que por diablo».

Muchas gracias, pues, a los organizadores. Y espero que este concurso siga por muchos años. Edificar la historia de nuestra Universidad es una tarea difícil y es un legado de suma importancia para las nuevas generaciones. Estoy feliz de haber aportado un granito de arena para la reconstrucción de esta historia.

Dudé mucho en participar, no me gustan las competencias (menos esa palabra de moda: «competitividad»). Mis hermanas y personas muy cercanas leyeron mis primeros borradores y me animaron a no desistir. Muchas gracias a todas ellas. Aun así, hubo días en que pasó por mi mente no enviar nada.

Pero la idea de que me leyeran, aunque sólo fueran los miembros del jurado, me impulsó a decidirme. Además, como dijo García Márquez en una ocasión: «Escribo para que me quieran».

Cuando comencé a escribir mi ensayo me invadieron las confusiones. Me di cuenta de que lo que no está escrito se olvida. Llamé a varias amigas que habían entrado a la Universidad antes que yo. Me reuní con unas, les envié correos a otras, así entrelacé mi historia. Muchas gracias a todas ellas. En algunas fechas y en otros detalles no coincidíamos, por eso tuve muchas dudas. Yo no quería contar mentiras, algo muy típico en los mexicanos...

Me siento afortunada de haber trabajado en la Universidad de Guadalajara en los años ochenta, noventa y en el primer decenio de este siglo. Esas tres décadas marcaron una diversidad de cambios en el mundo, en la institución y en general en el comportamiento humano; en el lenguaje y, principalmente, en las tecnologías, que en los trabajos administrativos y académicos provocaron movimientos y sentimientos nuevos y por ende muy extraños.

Para terminar, me atrevo a dar una recomendación al personal administrativo, cualquiera que sea su nombramiento: busquen el cambio de oficinas y de actividades. Quien no se mueve produce moho, y éste no sirve para nada. Les recuerdo las palabras de Abraham Maslow: «Uno debe de luchar contra lo estereotipado, nunca debe permitirse llegar a acostumbrarse a algo».

Muchas gracias a los miembros del jurado, y gracias nuevamente a los organizadores de este concurso.

Muchas gracias a quienes hoy me acompañan, gracias por compartir mi alegría. Ya lo dijo Saramago: «La alegría, si uno está solo, es nada».

Muchas gracias.

Acervo de historia viva

Benjamín Flores Isaac

Buenas tardes.

No olvido, recuerdo, pero también disfruto, y mucho...

Muchas gracias a las personalidades que conforman el presídium, muchas gracias a las personalidades que se encuentran en la parte inferior, muchísimas gracias por todo, por su asistencia. Esto que culmina, si lo vemos desde una dimensión real, creo que es una cosa tremenda, inconmensurable, todos estamos más o menos vibrando en la misma frecuencia, todos hablamos de cosas similares, hablamos de permanencia, hablamos de que se extienda, hablamos de que se institucionalice esto, sería fabuloso, porque esto conforma verdaderamente la historia viva de los quehaceres universitarios.

No sólo es una compilación de evidencias, no, es un pedazo de historia de cada uno de los que ahora participamos, ojalá y en la siguiente convocatoria se duplique y hasta se triplique la participación de todos los universitarios.

Ésta es la historia de nuestras vivencias, porque muchos así lo vivimos, así lo sentimos y en algunos casos, claro, como el mío, lo disfrutamos y lo disfrutamos muchísimo y lo disfrutamos tanto que a la hora de hacer la entrevista casi me dijeron: Maestro, córtele porque ya se acabó el tiempo, ya se acabaron los 45 minutos.

Permítanme ahora unos momentitos de pensar en voz alta y para retomar lo que se dijo, qué pasaría si esto ya que se institucionalice, se agranda un poquito más y, como dijo la persona que me antecedió, quizás no como concurso, sino como muestra y entonces invitar a todos los maestros, que si nos pudiesen enseñar aquel papelito que guardan, aquella nota que alguien les dejó, aquella hoja que ustedes encontraron en algún pupitre, es parte de nuestra vivencia, es parte de la historia, es parte de la universidad, el quehacer universitario, eso vendría también agrandado. Si esto se abre también hacia el terreno de la fotografía —todos tenemos fotografías del primer grupo que tuvimos, fotografías del primer salón a donde entramos, fotografías con nuestro primer maestro y con nuestra primera maestra también. Tendríamos un acervo de historia viva, muy interesante y valiosa.

Definitivamente creo que todos los que participamos tuvimos una cierta duda o una cierta inquietud: Bueno, qué voy hacer, qué voy a decir, qué voy a platicar; a nosotros que nos hicieron la entrevista, qué voy a platicar, no sé, pero ¡híjole!, la Secretaría Técnica y sobre todo la persona que nos entrevistó, ¡híjole!, qué bonito nos condujeron. ¿Y usted qué hizo?, y nomás le dan cuerda a uno y solito se va uno por ahí. Es fabuloso y eso de ser fabuloso se convierte en mucha de nuestra actividad, como un elemento motivador, pero además de que es motivador también es vivificante. Dados los días que nos acompañan no quisiera utilizar la palabra... nos hicieron revivir nuestra historia, no, mejor nos hicieron vivificar nuestra historia, ojalá nos permitan seguir vivificando nuestra historia.

Muchísimas gracias.

ENTREVISTAS

Voces y relatos

La filosofía, la historia, las letras

Carlos Vevia Romero

Doctor en Filosofía por la Universidad Pontifìcia Comillas de Madrid; docente e investigador de la Universidad de Guadalajara desde 1974 en los departamentos de Letras y Filosofía. Fue Premio Jalisco en 2009 en el área de Literatura. Es miembro del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco y Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara.

¿Cuál fue su primer acercamiento a la Universidad de Guadalajara?

Fue como una telenovela. Yo tenía muy poca idea de México en general. Entonces se hablaba mucho de que había venido a México un número considerable de españoles después de la Guerra Civil. Yo estudiaba en Hamburgo, Alemania, el doctorado en Filosofía (para la filosofía clásica es muy importante el alemán) y para subsistir daba clases de español en una escuela de idiomas. Un día la directora me dijo: «Mire, ha venido una señorita de México de intercambio y va a estar en la escuela dando cursos de español; acompáñela usted y enséñele la escuela». Se trataba de una joven que había estudiado en la Universidad de Guadalajara durante las primeras promociones de la Facultad de Filosofía y Letras, cuando los alumnos eran tan poquitos que todos se iban juntos a tomar café: los de Historia, Filosofía y Letras.

Trabajamos juntos unos tres años y acabamos casándonos. En un viaje que hicimos a Guadalajara para visitar a sus papás, mi esposa se encontró a Adalberto Navarro Sánchez, que había sido su maestro y cofundador de la licenciatura en Letras; él le comentó su propósito de abrir la maestría en Letras y le dijo: «Oiga, tráigase a su esposo aquí, que dé un semestre y que vea cómo es esto». En ese entonces no había relaciones diplomáticas entre México y España y todos los documentos tenían que pasar por la embajada de México en Lisboa, Portugal, por ello se complicó mucho y tardé tres meses en arreglar los papeles. Esto ocasionó que no llegara al primer semestre de la maestría en 1974 (que todavía existe y es una de las más antiguas de la Universidad). Me incorporé en el siguiente semestre y aquí he estado durante treinta y ocho años, es decir, toda una vida.

El director de la maestría era el doctor Amado Ruiz Sánchez, que también estaba a cargo de otra maestría en la Facultad de Medicina. El doctor fue un personaje ilustre, incluso hay una Cruz Verde que lleva su nombre. Era muy humanista y apoyó mucho a la maestría en Letras para que saliera adelante. Nos trató con mucho cariño. Los primeros años fueron muy bonitos y ésa es la razón, como dije, de que pareciera una telenovela.

¿Cómo fueron sus primeros años en la Universidad?

Mi primer semestre en la Universidad se convirtió en más semestres. Yo tengo dos especialidades: una en Filosofía y otra en Letras, las cuales están muy relacionadas. Algunas veces daba cursos en la carrera de Filosofía y otras en la maestría en Letras o en el doctorado en Letras. Poco a poco fui conociendo a más gente, recibía invitaciones a congresos y coloquios en la zona centro de la república, por ejemplo, en la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, en Morelia; también he estado en Querétaro y Zacatecas.

Recuerdo que una temporada me iba a Aguascalientes los viernes en la tarde al terminar aquí la maestría, ya que tenía clases todo el sábado en esa ciudad, donde estaba empezando la Facultad de Letras. Así, recorrí esa parte del país que tiene historia y mucho prestigio académico.

¿Cuál fue su primera impresión de México?

Vine directamente a Guadalajara, ya que estuve sólo unas horas en la Ciudad de México. Me pareció una ciudad tranquila comparada con Hamburgo. Lo maravilloso era el sol, todo era primavera, aunque la gente decía: «¡Uy, qué frío hace!», lo que me hacía mucha gracia, pues venía de una ciudad donde pueden pasar tres años sin salir el sol, literalmente hablando, porque unas veces hay lluvia, otras hay niebla o cae nieve.

Nosotros tuvimos suerte porque no nos tocó un clima tan cerrado cuando vivíamos allá, pero sí es un clima muy duro. Al llegar aquí era la primavera y me llamaban mucho la atención todas esas bebidas elaboradas con frutas, las aguas famosas, de sandía, por ejemplo. Recuerdo unas en la calle Morelos; cuando vi esa copa tan grande, dije: «¿Esto qué es? ¡Esto va a costar un millón de pesos por lo menos!» No, son las aguas normales para la comida.

¡La jamaica, qué cosa tan exquisita! ¡Las nieves! ¡Los helados! Cuando uno va a otro país, si permanece en él una semana puede escribir un libro; después, anécdotas, diferencias y todas esas cosas. Si pasa un mes, puede escribir un artículo; si es un año, una notita, y si pasa más tiempo, ya nada, porque ya no se sabe nada realmente, se va descubriendo la complejidad del país. Por ejemplo, la sociedad mexicana es muy compleja, no es fácil entenderla de primer momento. Me quedé deslumbrado por todas estas cosas externas, que me llamaron la atención. Creo que ha habido una evolución muy fuerte, sobre todo el crecimiento de las universidades en la zona centro. Por desgracia, no conozco ni el norte ni el sureste de la república, pero sé por referencias que por todas partes se han multiplicado y replicado maestrías, doctorados, una cantidad de gente que tiene ganas de aprender; eso ha sido en estos treinta y tantos años una evolución clarísima.

Cuando llegué a la clase de Letras, inicialmente eran 25 alumnos: 23 eran hombres y dos chicas. Ahora se han invertido; la mayoría son mujeres y hay dos o tres muchachos. Fíjese cómo ha crecido Filosofía (uno dice ¿eso qué es? y ¿para qué sirven todas esas preguntas?), que tuvieron que abrir cursos durante la mañana porque no hay salones para recibir a tanta gente. Esto es en verdad muy bonito, aunque tiene sus contras y se podría hacer críticas, pero creo que más allá de todas éstas, México está evolucionando.

Dicen que algunos estudian para ganar más en su carrera, que les paguen más, y digo yo ¡que es maravilloso! Si la gente para subir de nivel en una sociedad estudia más, es maravilloso, qué más queremos; lo feo es que suba porque es amigo, hijo, sobrino o tío de alguien, mejor que suba porque tiene una maestría y otra maestría. Ha sido una grata experiencia estar en contacto con la juventud; la educación es la ventaja que tiene: renueva, porque los alumnos están friegue y friegue, quieren saber más: ¿por qué? y ¿por qué? Esto hace que el maestro, para satisfacer esas necesidades, tenga que estar constantemente estudiando, mejorándose. Es maravilloso el mundo de la educación.

Doctor, usted que venía de una universidad europea (de pronto se piensa que aquí el nivel es más bajo), ¿cómo ve la evolución de la Universidad desde su llegada hasta ahora?

Es distinto, por las personas. Una universidad alemana está habitada por alemanes y por gente del centro de Europa, que son muy diferentes; por lo tanto, todo lo que hagan va a ser distinto; tienen capacidad de concentración y de trabajo. Quizás aquí no se note al principio, pero no lo veo como hace años; ha habido una evolución increíble, un aumento de la calidad. Si viera usted cómo organizan, por ejemplo, los muchachos de la licenciatura en Filosofía todos los años un coloquio. La cantidad de gente que traen. ¡Qué bien lo organizan! Eso exige un nivel muy grande en el sentido de que no lo hacen por prestigio o algo así, sino porque conocen la materia y saben la importancia que tiene que se conozca muy bien a un autor, o una época, por decir algo, todo dentro de sus medios limitados, pero con un interés y ellos solos trabajando, con la bendición digamos de arriba. Por la crisis, es muy difícil conseguir apoyos, pero ellos se apañan y lo buscan y hacen cosas extraordinarias.

En Letras, la problemática es distinta. Los alumnos han evolucionado; son más académicos, más serios, y verdaderamente estudian literatura. En los años setenta el ideal del hombre de letras era muy bohemio, romántico, se dejaba el pelo largo, andaba en los cafés con frecuencia y ese tipo de cosas; ahora se ve otra clase de gente, que sabe estudiar los textos con metodologías que no sólo sirven para soltar el ojo y decir: «¡Ah, Cervantes, qué maravilla!», sino hacer ver por qué Cervantes es una maravilla.

¿Por qué es una maravilla Juan Rulfo? Eso es precisamente desmenuzarlo. Conocen a la perfección métodos que hay en otras partes. En ese sentido, creo que ahora hay un emparejamiento enorme en estos dos campos. En otros, no me atrevería a opinar. Veo, por ejemplo, el CUCEA, de Administración de Empresas, un centro que organiza congresos importantes, pero no conozco más. Medicina siempre ha tenido su prestigio; ellos van aparte. Las ingenierías, creo que también podría citar el caso del doctor Víctor González Romero, que fue secretario de Planeación; él es doctor en Química. Estudió su doctorado en Estados Unidos y, siendo rector de la Universidad de Guadalajara, todos los días a las siete de la mañana daba su clase de química. Es un ejemplo.

Yo nunca he tenido un compañero así en Letras o en Filosofía, pero es una maravilla que el rector esté dando su clase a las siete en punto, con la lata que es levantarse temprano, sobre todo en ciertas épocas del año. Por otra parte, ya casi se ve como imposible que un profesor en cierto nivel no sea doctor, no tenga un doctorado, eso es una evolución y más aún en una universidad gratuita. Esto no es para alabar a la Universidad de Guadalajara ni adular a nadie, porque ya estoy afuera.

Las universidades europeas son carísimas, incluso la Universidad de Madrid, por ejemplo, donde yo estudié. Por ser yo de familia muy numerosa había muchos descuentos, pero aun así era muy cara. Cuando volví a hacer el doctorado allá y presenté la tesis, me costó 25 mil pesetas la inscripción para el examen. De esto hace veinticinco o treinta años y ya entonces era mucho dinero. ¡Caramba!, se queda uno viendo visiones.

Aquí ve uno a taxistas mayores que dicen: «Mi hijo estudió, es médico de la Universidad de Guadalajara», esta frase vale todo el esfuerzo que pongamos y todos los sacrificios que hagamos. Tuvimos un jardinero, don Isidro, tenía noventa años, pero seguía yendo diario a hacer el jardincito con sus tijeras; él tenía un hijo médico de la Universidad. Eso es increíble, en otros países es inconcebible. Por tanto, hay que apoyar a la Universidad del Estado mientras se mantenga así.

Doctor, el prestigio que pueda tener una universidad o institución es gracias a la gente que está ahí, porque al final las personas son las que le ponen cara y color a una universidad. Gracias a personas como usted, que le han aportado tanto a la Universidad de Guadalajara, es que esta casa de estudios tiene cierto prestigio. Cuando lo hicieron Maestro Emérito, ¿cuáles fueron sus sentimientos, qué pasaba por su cabeza?

Siempre he sido muy frío para ese tipo de emociones, yo no tenía ni idea ni me lo podía imaginar. Fue una propuesta de personas amables. Recuerdo que fue muchísima gente, alumnos, se llenó el auditorio grande; habían puesto una cinta al principio para que sólo se llenara una parte del centro y pensaron que vendrían unas treinta o cuarenta personas, no de pie.

Trinidad Padilla, que era rector en aquel entonces, dijo: «Esto es lo que necesitamos en la Universidad». Esto que se transforma en una fiesta, que no es esa especie de liturgia del Maestro Emérito con unos maestros con barbas blancas largas, sino la juventud apoyando al maestro que ha estado tantos años y esa comunión de alumnos y maestros que antiguamente se hacía; por eso se llamó universidad, la fórmula de la universidad era universidad de maestros y alumnos, Universitas-profesorus et alumnorum.

Pienso, por ejemplo, en Fernando del Paso, un excelente escritor; en él se ve claramente que está muy bien lo de Maestro Emérito, o en Emmanuel Carballo, un hombre interesantísimo, que conoce muchas anécdotas de la vida literaria cuando empezaba con Octavio Paz, sus revistas; él vivió en México y luego en Guadalajara. En fin, todos estos hombres, pero la gente reacciona así: «¡Éste qué!, pues es un profesor... Sin embargo, la producción ha sido enorme, y no es falta de modestia, porque ha sido mucho trabajo; es otro tipo de escritor, porque no es un escritor de novelas o de poesías, sino de ensayos. También es bueno que se reconozca a los ensayistas y su producción en un sinnúmero de páginas. Hay libros que traduje de más de seiscientas páginas, y si las sumamos son miles de cuartillas de traducción de filosofía y temas relacionados que no estaban al alcance de la mano.

Algo que me dio una «sacudida» muy agradable fue un libro de la historia de los judíos en el occidente que compré y cuyo autor citaba una de las obras que yo había traducido; dije: «¡Pero esto lo he escrito yo!» Era una cita muy extensa, claro, del autor en alemán, pero yo hice la traducción. Se siente una emoción grande cuando tu trabajo puede ampliarse y ayudar a otros.

Una vez me llegó una cartita de un señor de Venezuela que había visto en internet el libro y le interesaba; afortunadamente, tenía un ejemplar y se lo mandé. Antes ¡quién iba a pensar!, pero ahora con internet es mágico, es más fácil.

He tenido muchos alumnos de quienes he aprendido mucho, aunque parezca una frase hecha. Pienso en las primeras promociones, por ejemplo, y vienen a mi mente Raúl Bañuelos, Dante Medina, José Minero y Pepe Bruqui, que aún viven e hicieron varios proyectos de revistas. Ellos se han hecho famosos. Hoy precisamente leí en el periódico que Raúl Bañuelos participaría en un homenaje al músico Juan Pablo Moncayo, nacido en Guadalajara, autor del Huapango. Algunos otros alumnos son ahora profesores de profesores, doctores en Letras. Cuando llegamos eran profesores, por ejemplo el maestro Navarro, que se había preparado a sí mismo, porque antes no había sitios de formación.

Lupita Mejía, Lupita Mercado, Gómez Loza y Dolores Padilla, todas ellas, dan clase aquí y todas tienen doctorado. Ya puedo morirme tranquilo porque queda en buenas manos la enseñanza. Lo mismo pasa en Filosofía. George Steiner ha escrito muchos libros, por ejemplo, Después de Babel, El silencio, libros sobre la maravilla del lenguaje, problemas del lenguaje a veces muy profundos. Él tiene una página bellísima en sus memorias y dice que el rozarse en los corredores con los profesores de Chicago, cuando él estudiaba ahí, era una experiencia y motivación para él, y saber que él está en buenas manos, que no está perdiendo el tiempo, sino que en verdad está aprendiendo, es casi un deber, y para el país, ¡no digamos! Aunque de repente no se nota, cuando uno mira después de cincuenta años, dice: «¡Ah!, caramba, sí funciona!», sobre todo con materias como filosofía e historia.

Recuerdo un documental que vi sobre Nueva York en el que se habla de una ciudad debajo de otra en donde se encuentran los conductos de electricidad y los de agua limpia y sucia. En ella se trabaja constantemente, día y noche; están ahí los ingenieros más capacitados, si no se produciría un caos, pero nadie lo sabe, nadie lo ve. Las personas van caminando por la calle y no saben que debajo a cincuenta o cien metros debajo del río, incluso, está todo eso. Lo comparo con algunas materias de las que dicen: «¿Esto para qué sirve?», pero son las que están formando en realidad el sustrato que se verá en personas que luego sepan convivir, que sean tolerantes, que, como políticos, busquen dentro del ser humano el bienestar de todos. Todo eso se cuece aquí en las facultades.

Así se entiende la diferencia de una persona antes de entrar a la facultad y después cuando termina una carrera. Comprende uno muchísimas cosas que parece que no tienen nada que ver, pero es porque estudió algunas materias que ahora comprende estas otras. La vida siempre está presentando problemas nuevos; eso es cierto, pero aprendiendo a disolver problemas antiguos se aprende a atacar problemas nuevos.

Por otra parte, quiero señalar que le tengo mucho cariño al Centro Universitario ubicado en Ciudad Guzmán, ¡se me hace tan bonito! Así, tan chiquito y luego cuando mira uno para un lado y se ven los montes y mira para el otro, y también. ¡Ah, caramba! Me invitaron a un curso hace dos o tres años para la apertura de la carrera de Letras, con el doctor Vicente Preciado Zacarías, quien, aunque es dentista, es un gran literato, escribe precioso, por ejemplo, sus recuerdos y memorias. Él fue quien me hizo la invitación. Como dentista, fue el primero en introducir la endodoncia como especialidad en la Universidad. Antes hacían un agujero, tapaban ¡y ya! El doctor escribió un tratado sobre ese tema que fue utilizado durante veinticinco años en todas las universidades latinoamericanas. Cuando se retiró se dedicó a escribir. Fue amigo íntimo de Juan José Arreola y cuenta anécdotas de él que no acaban nunca. Dice que se reunían durante la tardecita y le decía: «Vicente, ¿ha leído usted esto? [¡cosas rarísimas!, como las cartas del Conde Ruso], ¡pues léalas porque le encantarán!» Así era Arreola, leía y leía, y le ponía tareas todos los días.

La dignidad del Trabajo social

Consuelo Plascencia Vázquez

Estudió la carrera de Trabajo social en la Universidad de Guadalajara. Se desempeñó como docente e investigadora en el Departamento de Trabajo Social de la misma universidad. También desarrolló su profesión en la administración pública en el área penal. Fue subdirectora del Centro de Observación y Diagnóstico para Menores. Cursó una especialidad en el campo psiquiátrico en la Ciudad de México.

Hace un buen número de años egresé de la carrera de Servicio social. En la tesis que presenté para mi examen recepcional me permití plasmar unas frases que seguramente han oído y que entonces, como ahora, me parecieron de un profundo significado. Escribí como dedicatoria: «Gracias al ser que me dio la vida y gracias a la vida por lo que me ha dado». Sigo creyendo así: la vida me ha otorgado oportunidades extraordinarias; me ubicó en el seno de una familia unida, nutrida por el amor de una mujer extraordinaria, que fue mi madre, de quien me sorprendió siempre su cualidad inagotable para enseñar con el ejemplo y con la palabra sin proponérselo. Fue el modelo más significativo, ya que de ella aprendí la tenacidad, la honradez y la sencillez.

Así, después la maternidad salió a mi encuentro y me permitió reconocerme como mujer y como madre; desde entonces entiendo más el quehacer de una madre. Se requiere sabiduría para saber conducir a otros, para apoyarlos en la búsqueda de sí mismos y que alcancen su bienestar. Tal vez por eso elegí dos campos en mi vida académica: ejercer la profesión del trabajador social y mantenerme en la actividad docente formando precisamente a trabajadores sociales.

Recuerdo una mañana, hace casi treinta y tres años, cuando me dirigí a la Escuela de Trabajo Social. Muy decidida, me presenté y le manifesté a la oficial mayor: «Maestra, yo quiero dar clases». Sorprendida, me aclaró que no estaban solicitando trabajadores sociales. Muy segura de mí le respondí: «No, no estoy necesitando trabajo, yo quiero dar clases, formar alumnos a través de la descripción de lo que hace el trabajador social». En mi memoria de estudiante siempre me interesé en que mis maestros, en esa cotidianidad ejercida en el universo del aula, me dijeran que, como alumna que más encerraba el ser trabajador social, ahora yo estaba en condiciones de hacerlo, había decidido abrazar la profesión de trabajo social y, además, atesoraba la poca experiencia que fui capitalizando al quedarme trabajando en prácticas en los dos últimos ciclos escolares.

Más tarde habría de aceptar los retos de un servicio en la administración pública, y cuando menciono retos viene a mi mente la llegada a la Policía de Guadalajara como única mujer de funcionarios de esta dirección. Recuerdo que frente al director, hombre de figura y corazón fuerte, dije con voz suave, pero firme: «Quiero decirle que, de quedarme en Prevención Social, yo no me presto a ninguna irregularidad». Con tono pausado, disimulando tal vez su asombro, me respondió: «Tenga la seguridad de que nunca voy a pedirle algo así», y de este modo transcurrieron tres años de intenso y gratificante apoyo del señor director.

Elegí y amo esta profesión, también la práctica del trabajo social jurídico, que fue en lo que me desempeñé. Ésta es un área apasionante y difícil, la mayoría de las ocasiones muy cerca del dolor humano de quienes viven privados de su libertad, cuántos momentos tristes y cuántas satisfacciones, algunas están y seguirán conmigo. Lo positivo y lo no agradable me confirmaron que mi elección en la vida fue acertada.

Una experiencia significativa en otro campo de trabajo la tuve en la Penitenciaría de Oblatos, que tenía una sección que daba hacia la calle Josefa Ortiz de Domínguez. Esa sección era para mujeres, era un pasillo largo, muy largo, en donde había máquinas industriales, porque una buena forma de sobrevivir para las internas era llevando maquilas del exterior para que ellas trabajaran con un pago muy bajo y mucho trabajo. Se trataba de guantes gruesos industriales. Había dos dormitorios para procesadas y sentenciadas, eso era todo, además de un patio muy grande, un restaurante al extremo, un área acondicionada para visita íntima, pero que propiamente era el dormitorio de las custodias —les llamaban celadoras en ese entonces; mucho de la terminología ha cambiado en la actualidad.

Debió de ser a principios de 1980 cuando se suscitó un motín en la femenil. Esto obedeció al cambio de directores; la directora que estaba en funciones era una persona que actuaba con una serie de irregularidades y éstas se reflejaban en toda la institución: había una clara separación de quienes tenían determinado poder de adquisición y quienes absolutamente no tenían nada. De quienes no tenían nada, sus expedientes estaban sin duda guardados o había poca disposición en informarles y avisarles sobre sus asuntos jurídicos, muchas de ellas carecían de abogado, aun si estaba asignado por ley.

Recuerdo que... ahora que digo la palabra recuerdo, esto va ser muy recurrente, y alguna vez se los dije en clase a los alumnos: recuerdo es volver a tocar el corazón: «Si más de una vez ven que hago eso, pues entiendan que los años han pasado y probablemente a gente de mi edad nos es significativo volver a regresar al corazón».

Recuerdo que llegamos un equipo de trabajo social, tres personas, dos compañeras y yo. Entonces, cerca de sesenta personas o menos, hicimos el cambio de Oblatos a la nueva prisión de Puente Grande, al Centro de Readaptación Social, como se le llamaba. Debieron ser unas cuarenta y tantas personas con una división marcada muy claramente. Unas cinco internas, junto con la directora, tenían el poder y eso era muy evidente. Cuando sucedió el motín se vio la necesidad de intervenir y cambiar de directora; claro que esto provocó la inconformidad de las internas, porque las que tenían mayor posibilidad y privilegios iban a dejar de tenerlos.

Al anuncio del cambio de directora, en la noche, supongo que trabajaron en hacer mantas, hicieron una cantidad de cosas. Al amanecer estaba tomado el lugar, tan pequeño, e impedían algún cambio. Ya estaban las autoridades del llamado Descopres, lo que era el Departamento de Servicios Coordinados de Prevención y Readaptación Social. Las gentes del femenil impidieron esto y fue una situación muy difícil, la autoridad no pudo entrar, no hubo manera de dialogar, sólo mantas y agitación en general. Traían palos de escoba, una de ellas estaba al teléfono hablando al programa Chimeli Informa y daba toda la crónica de lo que pasaba. Era una interna, esposa de un exintegrante de la Liga 23 de Septiembre, una mujer pensante, quizá muy diferente a todas las demás internas, porque siempre estaba observando, reflexionando. Alguna vez le vi un librito que decía Comunismo científico. Yo no sabía qué era. Entonces busqué el libro y lo conseguí; me puse a leerlo y dije: «¿Qué ve la interna, qué sabe ella que yo no tengo ni idea de lo que está haciendo y trabajando?»

Durante ese motín yo ya estaba en la docencia, y casi a la par se dio mi entrada al sistema penitenciario. Antes tuve otros trabajos como profesional del trabajo social y ahora estaba como docente y profesional. Mis clases eran de siete a nueve en Belenes, muy temprano, pero muy rico, fresco, había manera de estacionarse muy fácilmente. Impartía Metodología de la investigación y técnica de la entrevista; me decían: «¡Maestra, se va ir a trabajar a la cárcel!», y les contestaba: «Sí, ya me voy a la cárcel a trabajar». Donde ahora es el CUCEA, antes era nuestro, todo. Debió quedar una pintura sobre el trabajo social, un mural que hizo un compañero alumno en la sala de maestros.

Volviendo al motín, las autoridades decidieron que tenían que entrar y tomar el control de la institución. Nos citaron a todos en la Dirección de Seguridad Pública Municipal (no recuerdo cómo se llamaba); ahí estuvimos con el director general, un hombre de apellido Santamarina, quien, muy decidido, dijo que se iba a entrar con armas y gases a someter a las internas. Esto me dio mucho susto; me imaginé a las internas con quienes yo ya había tenido trato, y estaba muy cerca de ellas. Conocía perfectamente a las cuarenta y tantas, sus asuntos de familia y su composición familiar. Yo estaba en el equipo del licenciado Sánchez Galindo, que había venido de México para reestructurar el sistema, con el antecedente del 77 de los motines de varones en Oblatos, que dejaron una huella de sangre difícil de superar por las autoridades, ya que fue una cuestión muy seria, incluso se conoció en el plano internacional.

Me atreví a enfrentar a las autoridades. No lo pensé y les dije que había niños, que había internas que tenían sus niños, algunos recién nacidos, que no era posible entrar con gases, que si no había otra manera. Sánchez Galindo me dirigió su mirada como preguntando ¿Usted quién es? Yo no era directiva, era jefa del trabajo social del área, y bueno, aceptó. Entraron en la madrugada, nos comunicaron que debíamos estar listas. Un vehículo pasó por nosotras alrededor de las dos de la mañana y, cuando llegamos, estaban todos reunidos, cuerpos policiacos algunos de ellos, después lo supe por las internas —ahora son policías investigadores, antes agentes judiciales—, estaban de civiles, cuestión que no impidió que algunas internas los reconocieran como gente que las había torturado, me lo dijeron: «Cuando vi entrar a fulano de tal y me interrogó esto y esto me pasó o esto me hizo». Situaciones muy serias, muy salvajes; nosotros estuvimos ahí listas con la bata blanca que nos dijeron que debíamos usar.

Entraron primero los antimotines, no con gases, aunque sí traían macanas o toletes. En todo el perímetro de la institución había agentes, policías o investigadores, no sabría. Recuerdo haber volteado al techo y estaban todos rodeando y otros más que entramos por la puerta. Cuando llegamos, nos sorprendimos de ver a la directora durmiendo, pues antes no había una habitación como ahora, creo que estaba en el área de sentenciados en el dormitorio, un salón grande con literas de madera. Las personas mayores utilizaban la parte de abajo y las más jóvenes la de arriba. No tenía nada en especial, las condiciones eran las mismas: una serie de literas.

Entramos el equipo técnico, vestido con bata blanca. Las internas estaban en el patio y las hicieron salir del dormitorio, algunas se cubrieron con cobijas, otras abrazaban a sus niños, porque para nada que los dejaron, los levantaron igual que a ellas. Cuando entramos una de ellas nos miró y le dijo a la compañera: «No nos va a pasar nada, ya llegaron las trabajadoras sociales». A mí esas palabras me llenaron mucho: qué pensaban que les iba a pasar, aunque no hubiéramos permitido que les pasara algo, a pesar de todo el resguardo del cuerpo policiaco. Fue una experiencia muy especial.

Otras experiencias que se quedan es cuando alguna recobraba su libertad. Cuando una de ellas se iba le entregábamos sus papeles. Recuerdo que en una ocasión una de ellas estaba sentada en la banqueta y le preguntamos: «¿Qué estás haciendo aquí?» Nos respondió: «Es que tuve miedo, a dónde me voy a ir». Se suponía que se iba a ir con una madrina, y que la investigación ya estaba hecha para que ella llegara con la madrina. Nos dijo que no pudo irse ni tomar el camión, por eso se regresó. Entonces buscamos a alguien para que la acompañara; eran las seis de la tarde, sólo así se atrevió.

Les decía yo a mis alumnos que si un hombre llega a prisión, las cosas cambian en su casa, por supuesto. Hay desintegración o se acentúa la que ya había, pero si una mujer ingresa a prisión se fragmenta todo, se acaba todo, absolutamente todo. No es posible entender o suponer que sigue una cohesión cuando la mujer es encarcelada; primero, es más reprobada socialmente, señalada, abandonada, marginada y pierde a la pareja.

Eso sí, por experiencia, alguna vez le decía a los alumnos que una fuente de las hipótesis es la experiencia: si yo les digo que si el hombre entra a prisión, la mujer sigue y lo apoya, y si la mujer entra a prisión, el hombre abandona, ¿es una hipótesis? Decían que sí y era muy clara para entender, porque la experiencia me ha dicho que cuando ella llega, los que siguen son los hijos, algunos, y los padres por lo general abandonan. Muchas de ellas están absolutamente solas; el hombre, su pareja, no espera, no sé si porque la carga social sea mucha.

También tuvimos que hacer el rescate de algunas de las parejas, pero hasta de nombre y trabajo se cambiaban, o eran cubiertos por la complicidad de los trabajadores de los compañeros. Por ejemplo, en un taller aseguraban: «No, no, ya no trabaja aquí. Qué pena, usted viene de Puente Grande». Después fuimos un poco más listas, pues dejábamos el vehículo y caminábamos sin darles tiempo de que le avisaran: «¡Oye, ahí vienen!» o «¡Escóndete!» Entonces nos aseguraban que sí irían, pero no cumplían. Después tomaban más precauciones y no los volvíamos a localizar. En cambio, vemos a mujeres en el crucero con bolsas de comida, unas embarazadas, otras con un chiquito en brazos y otro caminando. Ellas van, no hay restricción ni limitación, la mujer da de manera completa, pero el hombre no es recíproco.

Pasó el tiempo y seguí en la sección femenil. Cuando decidí separarme pedí licencia, pero me dijeron que no era posible. ¿Por qué mi separación? Contesto a esta pregunta en un capítulo de mi tesis de maestría cuyo tema de estudio fue Oblatos, en particular los testimonios que dejaron los internos varones en las paredes de Oblatos. En el caso de las mujeres, ni en los baños vi graffiti ni dibujos ni obscenidades, eran limpias. También conocí los baños y las regaderas de Puente Grande en el área de mujeres y había mayor control que en la de los varones.

Muchas veces les comenté a mis alumnos sobre la salud mental de los internos y las internas. Nosotros trabajamos muy cerca del dolor y a veces nos contaminamos, es duro. En una ocasión platiqué con una joven que estaba en Puente Grande y me dijo que una persona estaba enferma y que le faltaban todavía tres años para jubilarse, tenía veintitantos años en el sistema penitenciario. Les explicaba a mis alumnos la importancia de la salud mental de quienes trabajamos con personas y con el dolor.