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Alba siempre ha estado condicionada por la opinión de los demás. Cuando su padre sufre un grave accidente y conoce a David, el médico que le trata, se siente atraída por él. La falta de conexión con su madre la ha hecho sentirse insegura y comprende que, si quiere que eso cambie, debe enfrentarse a sí misma y a sus miedos. Dudas, desconfianzas y, sobre todo, amor harán al final que Alba y David se den cuenta de que se aman por encima de todo.
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Seitenzahl: 393
Veröffentlichungsjahr: 2021
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NO TE ARREPIENTASDE QUERERME
GEMA GUERRERO ABRIL
NO TE ARREPIENTASDE QUERERME
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2021
NO TE ARREPIENTAS DE QUERERME
© Gema Guerrero Abril
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2021.
Editado por: ExLibric
c/ Cueva de Viera, 2, Local 3
Centro Negocios CADI
29200 Antequera (Málaga)
Teléfono: 952 70 60 04
Fax: 952 84 55 03
Correo electrónico: exlibric@exlibric.com
Internet: www.exlibric.com
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ISBN: 978-84-18730-41-2
GEMA GUERRERO ABRIL
NO TE ARREPIENTASDE QUERERME
A mis padres, que me enseñaron a amar la lectura.
«Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se para… y es verdad. Lo que no dicen es que cuando vuelve a ponerse en marcha se mueve aún más rápidamente para recuperar el tiempo perdido».
Big Fish
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Capítulo 1
Alba y Sonia miraban la fachada del local embobadas, casi sin podérselo creer. Estaban cansadas de tanto pintar, limpiar, ordenar y reorganizar, pero merecía la pena.
—¡Por fin! —exclamó Sonia suspirando mientras miraban desde la puerta al interior del local.
—¡Sí! ¿Quién lo iba a decir? —le dijo Alba a su amiga, dándole un golpe de cadera y guiñándole un ojo.
—Me alegro de poder compartirlo contigo. Sin tu ayuda jamás lo hubiera conseguido. —Se volvió y acogió en sus brazos a su gran amiga.
Alba estaba encantada; por fin iba a poder ver como su mejor amiga, Sonia, abría su negocio, un pequeño local muy acogedor donde poder tomarse un café y degustar un sinfín de pastas y dulces. El Café; así de simple era el nombre del establecimiento. ¿Pero para qué más? Conciso y claro. Alba y Sonia eran amigas desde el instituto y Alba la había ayudado a llevar a cabo su sueño. Eran muy distintas en todo, pero se llevaban de fábula. Congeniaron desde el primer día que empezaron el instituto y esa amistad seguía después de tantos años.
Alba era alta, con el pelo de un color castaño claro y ondulado y un cuerpo muy bien formado, un pecho generoso y una cara con unos rasgos muy dulces. Tenía unos ojos castaños muy grandes y expresivos y unos labios bien marcados. No era una belleza, pero para los hombres resultaba muy atractiva. Un poco tímida al principio, pero cuando se soltaba era un huracán. Sonia era más bajita, casi una cabeza menos, pero con el pelo casi del mismo color, ojos marrones y una cara bonita con unas pecas que le hacían un rostro gracioso. Era delgada y fibrosa como su amiga, sin pelos en la lengua, abierta y espontánea. Las dos bailaban juntas desde hacía unos años en un gimnasio.
—Me invitarás al primer café, ¿no? —le preguntó Alba con una gran sonrisa y con un trapo aún colgando de su hombro. Llevaba un vaquero desgastado, una camiseta de algodón muy amplia que había conocido días mejores y el pelo recogido en un simulacro de coleta, pero estaba feliz de poder ver a su amiga al frente de su negocio.
—Por supuesto. Siempre que quieras. —Sonia le devolvió la sonrisa. Su atuendo era parecido al de su amiga, pero ella llevaba un pañuelo cubriéndole la cabeza.
—Por cierto, ¿Óscar no iba a venir a colocar el neón de la entrada? Creo, amiguita, que te ha vuelto a tomar el pelo. Ya debería estar aquí, ¿no?
—Me dijo que vendría sobre las cinco y ya pasa de y media. De verdad, ¡hombres! Ya se lo haré pagar luego en la cama —le comentó con una pícara sonrisa. Sonia vivía con su novio, Óscar, desde hacía más o menos cinco años y se querían como el primer día.
—No hace falta que me des detalles, imagino por dónde vas —le contestó Alba, sonriendo al ver la cara de vicio que se le había puesto a Sonia.
Ambas estallaron en una carcajada a la vez que Óscar asomaba por la esquina, cargado con una escalera en una mano y una gran caja de herramientas en la otra, silbando una cancioncilla.
Se paró delante de la puerta y sonrió. Ver a su chica tan feliz le llenaba de alegría. ¡Por fin! Habían pasado por una mala etapa, casi estuvieron a punto de dejarlo. Con los nervios de la apertura del negocio y todos los preparativos que ello conllevaba, Sonia había estado en un plan que no todo el mundo hubiera aguantado lo que él llevaba a sus espaldas, pero nada mejor que ver feliz a su chica. Se querían y se entendían, y cuando Sonia por fin comprendió que sus nervios le iban a hacer cometer una estupidez reculó y, reconociendo (gracias a las charlas con Alba) que la culpa era suya, se disculpó con su chico y prometieron no volver a discutir de ese modo nunca más.
Se habían dicho cosas que ninguno sentía y Sonia, que no se mordía la lengua y podía ser muy dañina cuando estaba nerviosa, le dijo cosas muy feas a su novio; cosas que, después de hablarlas con Alba, se dio cuenta de que estaban mal. Menos mal que Óscar era como era, que si no…
—Bueno, esto parece que va en serio, ¿no? Hola, cariño —saludó a Sonia a la vez que soltaba la escalera y la cogía de la mano para darle un beso en los labios, muy de película de Hollywood. Alba no sabía dónde meterse, aunque ya conocía las muestras de cariño de esos dos y sus enfados, reconciliaciones y demás—. Hola, Alba. Gracias por ayudar a mi chica.
—¿Bromeas? ¿Y perderme todo esto? —respondió Alba, señalando con el trapo a su alrededor—. Por nada del mundo. Así me gano un café. Además, sabes que Sonia es parte fundamental en mi vida.
—Lo sé. —Se acercó a Alba y le dio un beso en la mejilla—. Veo que habéis terminado por aquí.
—Sí, cariño. Solo falta que acabes con el neón y mañana empezaremos a funcionar. ¡Qué nervios! —Sonia daba saltitos en el sitio y aplaudía como una niña.
Óscar se puso manos a la obra mientras las dos amigas volvían a entrar en el local y seguían ultimando cosas dentro. Todo parecía estar en orden. El local no era muy grande, pero Sonia le había echado el ojo hacía casi tres años; fue amor a primera vista y no se decidía a dar el paso hasta que, después de mucho meditar, hacer números y más números, se decidió. Óscar la animó desde el primer momento que se lo planteó y al ver que no estaba sola se lanzó de cabeza a su gran sueño: ser su propia jefa.
Las seis mesas que cabían en el local estaban limpias y vestidas con sus mantelitos en un azul muy suave; la barra, al fondo, con una gran cafetera, los servilleteros relucientes y un mostrador central, cerrado en una vitrina circular, donde se exhibían las pastas y dulces para acompañar el café o cualquier otra infusión.
—Solo me faltaría una cosa para que todo estuviera perfecto —le indicó Sonia a Alba, mirándola directamente.
—¿El qué? No me digas que se te ha pasado algo por alto porque no me lo creo. Con las vueltas que le has dado a todo, no me vengas ahora con esas.
—No, petarda. ¿Sabes qué falta? —Al ver que Alba negaba con la cabeza le dijo—: Tu acompañante para mañana.
—¡Vamos, Sonia, no me jodas! Sabes que no quiero hablar de ese tema. —Alba se separó de su amiga y se puso al otro lado de la barra. Sonia siempre estaba igual y a Alba no le gustaba que la presionara tanto con eso.
—No te mosquees, anda, pero deberías salir más, conocer gente nueva, airearte. —Sonia le hablaba sin levantar la cabeza mientras doblaba unos paños dentro de la barra—. Dale a tu cuerpo alegría, Macarena —le aconsejó mirándola de reojo y reprimiendo una sonrisa.
—Si ya salgo —se defendió Alba, evitando mirar a su amiga.
—Sí, ya sé con quién sales, con los rancios de tu oficina. Vamos, no me digas que te lo pasas bien con esa gente porque no te creo.
—Bueno, no son la alegría de la huerta, pero para tomar una copa y charlar no están mal —volvió a defenderse Alba—. Además, también salgo con los del gimnasio.
—No están mal, no están mal… Tú sí que estás mal. —Y suspirando dijo—: Cuando inaugure nos vamos a ir de juerga, a celebrarlo. Y cuando digo a celebrarlo ya sabes a qué me refiero. —Le guiñó un ojo con una mirada pícara.
—¿Y qué vas a hacer con Óscar? El pobre no se merece eso. —le preguntó Alba entre risas. Bien pensado, sí que le hacía falta una salida con su amiga; hacía mucho que no se lo pasaba bien.
Últimamente, con tanto ajetreo, no había tenido tiempo para sí misma. Entre su trabajo como administrativo en el bufete en el que llevaba varios años, las clases que daba en el gimnasio tres tardes por semana y los extras en el restaurante cada vez que la llamaban algún que otro sábado no tenía ni tiempo ni ganas de desmelenarse, pero Sonia tenía razón: de vez en cuando hay que darle marcha al cuerpo, aunque luego ese cuerpo tardara días en recuperarse, que ya no tenía veinte años. Iba camino de los treinta y todo pasaba factura.
—¡Bah! Óscar se puede venir. Así nos vigila los bolsos. —Estallaron en carcajadas de nuevo.
«Esta Sonia no tiene remedio», se dijo Alba. Pobre su chico, lo que tenía que aguantar…
Óscar, desde fuera, estaba encantado de volver a oír la risa de Sonia. Hacía mucho que no la escuchaba reírse así. Por eso se paró un momento y echó un vistazo dentro del local, asomando la cabeza desde lo alto de la escalera en una postura un tanto cómica. Desde luego, esas dos no podían estar tramando nada bueno.
—¿Qué es tan gracioso? —les preguntó subido en la escalera y asomando la cabeza por la puerta del local.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! Nada, cariño. Tú a lo tuyo. Ya te contaré, ya. —Y volvieron a estallar en carcajadas.
Pasadas las nueve, Alba se despidió de sus amigos y se dirigió a su coche para llegar a su casa. Le encantaba su coche, había sido su última adquisición. Después de darle muchas vueltas y harta de perder el tiempo entre autobuses y transbordos de metro, se decidió y se compró su Citröen C4. Le encantaba salir de su trabajo y meterse en su coche sin preocuparse de la huelga de metro o de que el billete de autobús hubiera subido, la libertad de circular por Madrid con su música a todo trapo, canturreando mientras llegaba a su garaje y aparcaba en su plaza. Desde que se independizó no paraba, pero le encantaba su pequeño apartamento y la libertad que tenía. El no tener que dar explicaciones a nadie era un sentimiento maravilloso. Despidiéndose de sus amigos con una mano, se marchó a su casa con una gran sonrisa en la cara. Aún le quedaban cosas por hacer.
La inauguración del café de Sonia fue un éxito, estuvo lleno la mayor parte del día. Después de tanto tiempo de obras, la gente sentía curiosidad por ver cómo había quedado el local. Alba ayudó a su amiga a preparar cafés e infusiones, sirvió pastas, recogió mesas. Había reservado ese fin de semana para su amiga. Estaba agotada pero feliz, y más viendo a Sonia conseguir su sueño, tener su propio negocio.
Ella estaba feliz con los suyos. Había ido consiguiendo todo lo que tenía con mucho esfuerzo y trabajo, aunque a su madre no le hiciera ni pizca de gracia. Arrugó el ceño. La relación que Alba tenía con su madre no era mala, pero tampoco como a Alba le gustaría. Para Caridad, todo lo que hacía su hija no era suficiente y a Alba eso le dolía.
Las semanas pasaban y poco a poco todo volvía a la rutina de siempre. Alba iba a ver a Sonia cuando podía y de pasada, después de salir de la oficina, antes de meterse en el gimnasio donde daba clases de baile y zumba y si no tenía que ir a hacer extras los sábados por la noche. A Sonia su pequeña cafetería le iba bien, había tenido muy buena acogida, siempre había clientes que atender. Era un sitio tranquilo donde poder tomarse un buen café y un lugar de reunión para charlar con amigos. No paraba y eso le encantaba. Había contratado a una chica que la ayudaba en todo lo que podía; así Sonia disponía de algo de tiempo libre para seguir con su baile y Alba tampoco tenía que preocuparse de ayudarle tanto. Óscar también colaboraba en el pequeño negocio, sobre todo los fines de semana. Las dos se partían de risa viéndole con un pequeño delantal y tomando nota de los pedidos de los clientes que acudían a la cafetería. Era un tipo enorme, fuerte, con la cabeza rapada, ojos muy verdes y una eterna sonrisa, pero todo ternura.
Una mañana, en la oficina, mientras Alba estaba de papeleo hasta el cuello, sonó su móvil. Era su madre. Miró el reloj: las doce y media de la mañana. «¡Qué raro! —pensó Alba—. ¿Qué querrá?». Refunfuñando y poniendo los ojos en blanco lo cogió.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Algún problema? —preguntó en un tono lo más neutral posible. No se oía nada en el otro lado de la línea—. Mamá, ¿estás ahí? Mamá, contesta. —De pronto escuchó algo parecido a un gemido—. Mamá, ¿qué pasa? Me estás asustando.
—Hija, es tu padre…
—¿Qué ha pasado? —Alba tenía una relación muy especial con su padre. Se puso en tensión al momento. El estómago se le encogió de miedo.
—Un accidente terrible. Alba, tienes que venir. —De pronto su madre rompió a llorar y Alba no se enteraba de nada, la cabeza le daba vueltas. Su padre no, por favor. Se puso de pie a la vez que iba apagando su ordenador y recogiendo las cosas de su mesa.
—Mamá, cálmate, por favor. Dime dónde estás y no te muevas has-ta que yo llegue. ¿Has avisado a Jesús? —Jesús era su único hermano y trabajaba en Argentina.
—No, no he podido. —De nuevo llanto.
—Vale, yo me ocupo. Ahora tranquila, mamá. Y espérame, que voy para allá. —Colgó y salió disparada del despacho, gritándole a Beatriz que se iba, que era una emergencia, que avisara a los jefes.
Llegó a casa de sus padres en menos de quince minutos y se encontró a su madre llorando a moco tendido en el comedor. Llegó hasta ella y se arrodilló delante.
—Mamá, ¿qué ha pasado? —le preguntó bajito.
—Ha tenido un accidente, Alba. Está muy mal, me han avisado desde el hospital. Por lo visto, le han arrollado y el golpe ha sido muy fuerte. —Su madre la miraba a través de las lágrimas mientras sorbía por la nariz.
—¿En qué hospital está? —logró preguntarle con un hilo de voz, temiéndose lo peor.
—En el central.
—Vamos. Vamos, mamá, muévete.
Tirando de su madre salieron a la calle y Alba cogió su coche. No se paró a pensar en si era una buena idea coger el coche según su estado de nervios; solo quería llegar al hospital y poder ver a su padre.
Nada más llegar las hicieron pasar a una sala y no les dijeron nada más, solamente que ya vendría alguien a hablar con ellas en cuanto se supiera algo. Tocaba esperar.
Caridad, la madre de Alba, se derrumbó en una de las sillas de la sala. Gemía, porque los ruidos que emitía no se podían denominar llanto. Se tapaba la cara con las manos y seguía con su lamento.
—Ya le dije hoy a tu padre que tenía un mal presentimiento y ¡mira ahora! —Se sonó la nariz—. No me creyó. Y ya sabes que yo para estas cosas tengo un sexto sentido. ¡Si al menos tu hermano estuviera aquí…! —le dijo mirándola de reojo.
Alba suspiró. Ella nunca se había sentido querida por su madre. No tenían lo que suele decirse una buena relación y no entendía por qué. Jamás hizo algo para disgustarla. Bueno, a ojos de su madre sí…, pero era su vida. Aun así, su hermano, Jesús (aunque para ella siempre sería Pitu), era el ojito derecho de su madre; no lo ocultaba ni lo negaba y desde que se marchó a trabajar a Argentina, hacía ya más de cuatro años, las pullas que le dedicaba su madre iban a peor. Cuando su hermano estaba en Madrid tenía un apoyo (aparte del de su padre, claro). Por eso decidió comprarse su propia casa e independizarse. Aguantar a diario los comentarios dañinos de su madre la tenía hundida de moral.
—Mamá, Jesús está muy lejos. Voy a intentar localizarle, pero dudo mucho que pueda venir de inmediato, por lo que te pido paciencia.
—Paciencia… Dios sabe que tengo mucha paciencia, pero para lo que me sirve contigo… —respondió sin levantar la mirada del suelo.
—Mamá, déjalo. No vas a conseguir hacerme sentir mal. —Alba se levantó con gesto cansado y antes de empezar a discutir con su madre salió, dejándola sola en la sala.
Llamó a su hermano al móvil. No sabía qué hora podría ser allí, supuso que más o menos la hora de comer. Al ver que no contestaba la llamada le dejó un mensaje en el buzón de voz:
—Pitu, soy Alba. Verás, ha pasado algo… Papá ha tenido un accidente de coche. Aún no sabemos nada, está en el quirófano. Llámame en cuanto escuches el mensaje, por favor. Es muy urgente.
Colgó y se quedó un momento en el pasillo, apoyada en la pared y con los ojos cerrados, intentando tranquilizarse y buscar fuerzas para enfrentarse a la lengua de su madre.
Las horas pasaban con una lentitud pasmosa y nadie acudía a informarles de nada. No sabían qué era lo que había pasado, cómo estaba su padre ni la gravedad de las lesiones, solo que allí nadie venía para intentar explicarles algo. Las veces que Alba preguntó a las enfermeras recibió la misma contestación:
—Aún está en quirófano, hay que esperar.
El silencio en la sala donde esperaban solo lo rompía la madre de Alba con suspiros y sollozos. Alba, en el otro lado de la habitación, no se atrevía ni a acercarse. Le dolía ver a su madre así, pero ella no era su hermano y su madre no aceptaría ni su consuelo ni su apoyo. Le dolió, pero ya estaba acostumbrada.
«Por favor, que no le haya pasado nada grave a mi padre. Por favor, que no le haya pasado nada grave, que sea solo un susto», se decía Alba para sí misma. Pero seguían pasando las horas y no tenían noticias.
Alba se imaginaba mil cosas y ninguna de ellas la tranquilizaba. Necesitaba un café, pero no se atrevía a moverse de esa sala por si venían a informarles. Sentada en una punta de la sala, miraba a la puerta deseando que se abriera de una vez para saber. Necesitaba saber, la angustia la estaba matando.
Anochecía cuando por fin se abrió la puerta de la sala y entraron dos hombres jóvenes con bata. Alba supuso que serían los doctores que habrían operado a su padre y de un salto se puso de pie y se colocó al lado de su madre. Esta, al ver a su hija cerca, en un impulso le cogió la mano.
—Buenas tardes. ¿Son los familiares de Antonio Pascual? —El primer médico que entró por la puerta fue el primero en hablar. Era rubio, con el pelo rizado, alto, con los ojos marrones. Un guaperas.
—Sí, doctor. Yo soy su mujer, Caridad, y ella es mi hija —se presentó la madre a la vez que levantaba la mano de Alba como si estuvieran en un ring y ella fuera la vencedora del combate—. ¿Cómo está mi marido?
—De momento, estable, que es mucho decir dado el estado en el que llegó —les explicó el médico guaperas sonriendo a las dos mujeres—. Mi colega y yo le hemos operado y, de momento, no les podemos decir nada más.
—¿Se pondrá bien? —preguntó Alba con un hilo de voz, mirándole a los ojos y tragando saliva, esperando ver su reacción al contestarle.
—Esperamos que así sea. —El médico rubio la recorrió con la mirada y, con una sonrisa de medio lado, contestó sin dejar de repasarla con la vista—. De momento, solo nos cabe esperar. Las próximas veinticuatro horas son cruciales. Si para entonces no hay cambios, podremos confirmar que sí se recuperará. —Le dedicó una sonrisa a Alba que hizo que se sonrojara—. Lo único que queremos es que sepan que le hemos inducido un coma.
—¿En coma? —Caridad se llevó las manos al pecho y se tambaleó. Con cuidado y como pudo, Alba la sujetó y la ayudó a sentarse en una silla.
—Mamá, ¿estás bien? ¿Te traigo agua? —Alba le habló en voz baja y Caridad hizo un gesto con la mano derecha negando y se llevó las manos al pecho.
—Un coma inducido, señora. Tiene un coágulo en el cerebro a causa del accidente y para estos casos es lo mejor. Esperamos que con los medicamentos se reabsorba sin tener que volver a abrir. — Esta vez fue el otro médico el que habló. Se agachó junto a Caridad para intentar tranquilizarla. Era moreno, con el pelo un poco largo y ondulado, ojos muy verdes, alto, muy atractivo, treinta y pocos años.
—Pero un coma… —Caridad seguía con las manos pegadas al pecho, sollozando como una niña.
—No se preocupe, está controlado. Pero como les ha dicho mi colega, el doctor Aguirre, hasta que no pasen veinticuatro horas no podemos asegurarles nada más. Está en la UCI. Allí estará vigilado.
—¿Podemos verle? —preguntó Alba casi en un susurro.
—Me temo que no. Váyanse a casa, intenten descansar. Mañana a las ocho podrán verle si todo ha ido bien esta noche. —Su voz era muy dulce y al mirar a Alba esta se quedó sin respiración. Tenía una mirada muy profunda.
—De acuerdo, pero, por favor, si hay cualquier cambio…
El médico moreno no la dejó terminar.
—No se preocupen, les avisaremos con lo que sea, pero esperemos que no haga falta. Ahora váyanse a casa a descansar. Imaginamos que ha sido un día muy duro.
—Gracias, doctores, eso haremos. —Caridad se puso de pie; parecía más tranquila—. Vamos, hija, llévame a mi casa.
—Sí, mamá, te llevo a casa.
Se despidieron de los dos médicos y se marcharon del hospital. Alba miró su reloj; era ya de noche, las nueve y media pasadas. Dudó si quedarse en casa de sus padres con su madre o dejarla e irse a su apartamento. Por una parte, su deber era acompañar a su madre; pero, por otra, necesitaba la soledad de su casa.
Durante el trayecto ninguna habló. Caridad miraba por la ventanilla y Alba se dedicó simplemente a conducir, intentando no pensar en nada. Solo le preocupaba lo que el médico les había dicho. Un coma inducido era algo serio y un poco delicado. Tendría que confiar y esperar. Necesitaba ver a su padre para comprobar que estaba bien; era lo único que tenía, aparte de su madre, pero el apoyo de su padre para ella era lo más valioso que poseía en estos momentos.
Su hermano no estaba allí, así que desde entonces la relación con su padre fue mucho más estrecha que nunca. Él sabía de las disputas entre su mujer y su hija, pero nada podía hacer y tampoco entendía los motivos que tenía Caridad para comportarse así con su propia hija. Para Alba, que su padre estuviera siempre cerca, la escuchara, la animara y la aconsejara era muy importante. «Se va a poner bien, se va a poner bien», se repetía Alba mentalmente mientras conducía en silencio. Con la ventanilla bajada, dejaba que el aire entrara en sus pulmones mientras llevaba a su madre hasta casa. No dejaba de repetirse que lo de su padre se quedaría en un susto. Su padre era muy fuerte, saldría de esa y ella estaría con él. Respiró el aire que entraba por la ventanilla. Era principios de mayo y ya se notaban las primeras bocanadas de calor.
Al llegar al barrio de sus padres Alba aminoró la velocidad, buscando un sitio para aparcar.
—No hace falta que te quedes, hija. Estoy bien —le dijo su madre, viendo que la intención de Alba era quedarse con ella.
—Pero mamá, no sé si…
—Estoy bien. No es necesario que te quedes conmigo, de verdad. Me voy a meter en la cama, estoy muy cansada. Y tú deberías hacer lo mismo. —Ni siquiera la miró al hablarle, parecían más dos extrañas que madre e hija.
—Pero tendrás que comer algo, llevas todo el día sin comer nada. —Alba intentó razonar con su madre—. Subiré, te prepararé la cena y después me marcharé a mi casa, si es eso lo que quieres.
—Hija, de verdad, no te molestes —la volvió a rechazar su madre, chasqueando la lengua como si le fastidiara.
—¿Cómo puedes decir eso? Eres mi madre.
—Si al menos tu hermano estuviera conmigo no me sentiría tan mal —afirmó Caridad a la vez que empezaba a sollozar.
Alba se sintió muy mal. Ese simple comentario le hizo mucho daño. Vale, su hermano no estaba allí, pero ella sí, que también era su hija, ¿no? Pero estaba tan cansada que, sin ganas de discutir, dijo:
—Vale, mamá, lo que tú quieras. No me apetece entrar en esa discusión contigo otra vez. Me voy a mi casa. Mañana vendré a recogerte sobre las siete y cuarto.
—Bien, hija. Hasta mañana.
Salió del coche sin decir nada más y Alba vio cómo se metía en su portal sin volver la vista atrás.
Arrancó y se fue hasta su apartamento. Nada más llegar a su piso cerró la puerta y se apoyó en ella. Cerró los ojos un momento. Se sentía cansada y su madre… Notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Se despegó de la puerta y fue hasta su cuarto mientras se quitaba la ropa para darse una ducha. Estaba agotada por todo: el accidente de su padre, los nervios de no saber y, por si fuera poco, la actitud de su madre, que seguía siendo tan fría con ella como siempre. Lloró mientras el agua caliente caía por su cuerpo; lloró por su padre, lloró por su vida, que era tan vacía como ella se sentía ahora. Y sola, se sentía muy sola. Cuando no le quedaron más lágrimas salió de la ducha, se secó despacio y se puso una camiseta. Abrió la nevera. No le apetecía ponerse a cocinar, por lo que cogió un paquete de embutido, del armario sacó unas rebanadas de pan de molde y comió allí mismo, en la encimera de la cocina.
Recogió lo que había usado y se metió en la cama. Allí volvió a llorar hasta quedarse dormida.
Capítulo 2
Cuando el despertador sonó, a las seis y media de la mañana, Alba seguía profundamente dormida. La noche anterior le costó conciliar el sueño y ahora estaba muy cansada, pero se levantó de golpe al recordar que podría ver a su padre. Se puso en marcha recordando que debía recoger a su madre y que juntas irían al hospital. Su hermano aún no se había puesto en contacto con ella. No sabía si habría escuchado el mensaje de voz que le dejó en el móvil. Intentaría llamarlo desde el hospital después de tener noticias sobre el estado de su padre.
Se vistió con unos vaqueros ajustados y un jersey amplio de hilo en color beige, no se molestó en pintarse y se recogió su larga melena castaña en una coleta. Se calzó sus Converse y, cogiendo el bolso y las llaves, salió por la puerta.
Al llegar a la calle de sus padres vio que su madre ya estaba esperando en el portal. Miró el reloj del coche: las 7:12. Bueno, por lo menos no podría reprocharle que llegaba tarde.
Caridad abrió la puerta del coche y montó sin decir nada. Alba no se lo tomó en cuenta e intentando hacer las cosas bien preguntó:
—Buenos días, mamá. ¿Has podido descansar?
—Un poco. ¿Nos vamos? —propuso su madre mirando al frente.
Alba suspiró, pero no dijo nada. Por lo visto, no iba a haber tregua. Ni un buenos días, ni si había dormido bien… Nada. Condujo en silencio hasta el hospital, donde dejó a su madre en la puerta de urgencias mientras ella iba a aparcar el coche.
No sabía cómo acercarse a su madre. Después de tantos años todavía esperaba algo de cariño por su parte, pero ese cariño no llegaba, solo indirectas cargadas de veneno, frialdad y reproches por todo lo que hacía, desde su trabajo hasta su ya no relación con Israel.
Después de dar un par de vueltas encontró un sitio y aparcó. Se dirigió a la puerta de urgencias con la cabeza en otro sitio y antes de entrar notó que alguien la cogía de un brazo.
—Buenos días, señorita Pascual.
—Buenos días. —Alba miró al hombre que la agarraba del brazo con el ceño fruncido, sin recordar dónde había visto antes esa cara.
—Soy el doctor Aguirre, uno de los médicos que operó a tu padre ayer.
—Perdón, doctor, no le había reconocido sin la bata. —Alba le miró. No parecía mucho mayor que ella, pero en la cara se veía bien claro: ¡¡peligro!!
—¿Vienes a ver a tu padre?
—Sí, claro. Espero poder verle y… —Alba notó un nudo en la garganta; no se imaginaba cómo se iba a encontrar a su padre.
—¿Estás bien? —le preguntó el médico guaperas.
—Sí, lo siento. Es que para mí mi padre es muy especial. Si le pasara algo, yo… yo… —Se tragó el nudo que se le formó en la garganta y miró hacia otro lado; no quería llorar delante del médico—. Perdone, es que no sé.
—No tienes que disculparte, es normal. Y, por favor, no me trates de usted. Me llamo Andrés. —Le tendió la mano y Alba se la estrechó.
—Soy Alba. Mucho gusto. —Alba retiró la mano; no le gustó mucho la sonrisa que vio en los labios del guaperas—. Voy a ver dónde está mi madre. Adiós.
—Por supuesto, pasa.
Entraron al hospital y Alba fue directamente a la ventanilla de admisión para que la informaran de dónde esperar para poder ver a su padre. Notaba la mirada del doctor en su espalda (bueno, mejor dicho, en su culo). En otras circunstancias se habría vuelto, le habría plantado cara y le habría soltado cuatro frescas, pero hoy no le apetecía. Le indicaron que esperase en la misma sala del día anterior. Supuso que allí estaría su madre y antes de entrar buscó su móvil en el bolso. Tenía que hacer varias llamadas.
La primera, al bufete. Tenía que explicar su ausencia, aunque al día siguiente tendría que volver a su trabajo. Habló con Beatriz, otra de los administrativos que trabajaban allí. Le contó la situación de lo que había pasado y esta le prometió hablar con los jefes y que después la llamaría para preguntarle novedades. Le tranquilizó saber que Beatriz se encargaría de lo más urgente.
—No te preocupes, Alba. Yo me ocuparé de todo. Cuando vuelvas hablamos. Por el trabajo estate tranquila.
—Gracias, Bea. Mañana volveré a la oficina, pero hoy necesito que cojas la carpeta con el caso de los Monreal. Suárez la necesita para esta misma mañana. Está sobre mi mesa, encima de todas, la encontrarás fácilmente. Es la roja y dejé un pósit encima con el nombre del caso. Si hace falta algún dato más, en mi ordenador está el archivo del caso. Ya sabes las claves.
—No te preocupes, yo me ocupo. Ahora estate tranquila. Luego hablamos.
—Gracias otra vez. Chao.
Después de colgar volvió a marcar el número de su hermano. Al tercer tono oyó su voz, que hizo que se le doblaran las rodillas. Las lágrimas se agolparon en sus ojos a la vez que intentaba tragar el nudo que notaba en la garganta.
—Pitu, ¡gracias a Dios! Por fin te encuentro.
—Alba, ¿qué ha pasado?
—Es papá —dijo al borde del llanto—. ¿Escuchaste mi mensaje?
—Sí, nena, lo escuché. Lo vi a las diez de la noche. Ayer tuve un día muy difícil y no tuve fuerzas para llamarte, lo siento.
—Ya. Papá tuvo un accidente. Aún no nos han dejado pasar a verlo, pero creo que hoy sí. —Alba hablaba atropelladamente y a su hermano le costaba entenderla.
—Alba, tranquila, ya verás como todo sale bien. Papá es muy fuerte.
—Mamá sigue como siempre y ya no puedo con sus pullas. Pitu, te echo de menos. No sé si seré capaz de llevar esta situación yo sola.
—Y yo a ti también te echo de menos, a todos, pero dame tiempo. En cuanto pueda volaré hasta allí. Voy a intentar aligerar este proyecto para poder cogerme unos días, pero no sé si voy a poder hacerlo pronto. Esto está cada vez peor, aquí también se nota la crisis y cada vez hay más competencia.
—Por favor, que sea cuanto antes. No sé si soportaré esto mucho más. —Suspiró y se dijo a sí misma: «Paciencia, Alba. Tu hermano volverá enseguida».
—Llámame en cuanto os digan algo más. Tengo que colgar, entro a una reunión. Dale un beso a mamá. Te quiero, peque.
—Adiós, Pitu. Yo también te quiero. Un beso.
Colgó el teléfono un poco más tranquila. Había podido hablar con su hermano y saber que iba a hacer todo lo posible por venir para compartir estos momentos la libró un poco del peso que sentía en sus hombros. Jesús era casi cuatro años mayor que ella, pero siempre habían estado muy unidos y desde que se marchó a Argentina Alba se sentía muy sola. Había ido a visitarle cada año por vacaciones y Jesús pasaba las Navidades en Madrid, pero para Alba era muy duro ir a la casa de sus padres y enfrentarse a las provocaciones de su madre. Todo le parecía mal. Juzgaba su trabajo como administrativo en el bufete, ya que Alba había estudiado Derecho y no le gustaba ejercer; tampoco le gustaba que Alba diera las clases de baile en el gimnasio, pues decía que esos bailes solo eran para mujeres fáciles; y, para colmo, no veía con buenos ojos que perdiera el tiempo cada vez que la llamaban del restaurante casi sin avisar. Todo lo que hacía estaba mal pensado, mal pagado o, en definitiva, era una cría que no pensaba nada más que en sí misma. Nada más lejos de la realidad.
Y la gota que colmó el vaso fue que desde que rompió con Israel, hacía casi dos años, la relación con su madre había empeorado considerablemente. No sabía cuál había sido el motivo de la ruptura; solo lo sabían unas pocas personas y a Alba no le apetecía contar la verdad. Solo se había acabado y punto redondo. Su padre no la presionó, pero su madre era otra cosa. A cada oportunidad le lanzaba una sarta de palabras hirientes. No se preocupó nunca de preguntarle a su hija si estaba bien, si necesitaba hablar con alguien, y a Alba que su propia madre la emprendiera así con ella la sacaba de quicio.
Inspirando profundamente, se encaminó a la sala donde debía esperar. Al abrir la puerta vio a su madre hablando con el médico moreno del día anterior. La verdad, era muy atractivo y, sin saber por qué, sintió que se ruborizaba. El estómago se le licuó y notó las piernas como de gelatina. Intentó disimularlo lo mejor que pudo y armándose de valor se acercó hasta ellos.
—Buenos días —saludó Alba a la vez que se acercaba.
—Buenos días. —El médico se volvió al escuchar su voz y la miró de arriba abajo.
—El doctor me ha dicho que en un rato podremos ver a tu padre. —Su madre se acercó a ella y le sonrió. Alba le devolvió la sonrisa.
—¿Cómo está mi padre, doctor? —le preguntó intentando controlar su voz, que le temblaba ligeramente.
—Estable. No ha habido cambios y eso para nosotros es bueno. Le vamos a llevar a una habitación para que esté más tranquilo y podáis acompañarle. Le mantendremos en coma de momento —su voz era grave y hablaba despacio, parecía nervioso—, pero ese no es el problema. Le decía a tu madre que lo que más nos preocupa es el coágulo de su cerebro. Esperemos que se vaya reabsorbiendo.
—Entiendo. ¿Y del resto de lesiones cree que se recuperará?
—Confiamos en que así sea. Necesitará mucha rehabilitación, pero creo que volverá a caminar sin problema. Sus piernas han sufrido muchos daños, al igual que alguna vértebra. Necesitará mucho tiempo de rehabilitación cuando despierte y se recupere. Además, tendremos que volver a intervenirle cuando pasen unas semanas. Su espalda necesita otra intervención para retirarle las placas que le hemos puesto.
—¡Oh, vaya! —Alba abrió unos ojos como platos. «Otra operación», pensó—. Aún no sabemos qué es lo que ha pasado, cómo ocurrió el accidente y qué es realmente lo que le ha pasado a mi padre. —Se retorcía las manos, más por lo que sentía al mirar a ese doctor tan atractivo que por los nervios y la tensión de esos dos días que llevaban.
—Yo solo sé las lesiones que hemos tratado. El accidente fue muy grave. Menos mal que llevaba puesto el cinturón de seguridad y le saltó el airbag; si no…, no sé, no estaríamos aquí hablando. — El doctor la miraba a ella directamente, como si estuvieran solos. Su voz tenía un tono dulce y tranquilo.
Alba se sintió mucho mejor al escuchar las explicaciones de uno de los médicos que habían salvado a su padre. No podía dejar de mirarle. Hizo un esfuerzo por contestar.
—Entiendo. Muchas gracias por todo lo que están haciendo por él.
—No hay de qué, es nuestro trabajo. —Le sonrió y antes de marcharse les dijo—: Iré a ver cómo va el traslado de Antonio y ahora os avisarán.
Alba se sintió estúpida. Por supuesto que era parte de su trabajo el salvar vidas, pero es que ese médico la había puesto a cien. Se notaba las mejillas ardiendo. Intentó controlarse.
—Gracias, doctor. Muy amable. —La madre de Alba habló y cuando el médico salió se dirigió hacia una ventana, ya más tranquila—. No hace falta que te quedes si no quieres. Vete a trabajar, yo estaré bien.
—Me quedo, por supuesto. Quiero ver a papá. —Alba se dejó caer en una silla y sin mirar a su madre dijo—: He hablado con Jesús.
—¡Mi hijo! —Se volvió desde la ventana y clavó sus ojos en Alba—. ¿Por qué no me has dejado hablar con él?
—Estaba trabajando, mamá. Ya hablarás con él en otro momento. Le he dicho que volvería a llamarle cuando supiéramos algo más de papá.
—¿Va a venir?
—Me ha dicho que estaba intentando agilizar el proyecto en el que estaba trabajando para cogerse unos días y venir.
—Espero que no le cueste mucho trabajo venir hasta aquí, aunque con lo brillante que es en su trabajo no podrán desprenderse de él tan fácilmente.
Ese simple comentario a Alba se le grabó en el corazón. Todo lo que su hermano hacía era perfecto, mientras que todo lo que ella conseguía a base de mucho esfuerzo no lo valoraba. Por eso necesitaba que su padre se recuperara, para poder tener un apoyo. Nunca había hecho nada del agrado de su madre, todo estaba mal o era una insensata.
Se había resignado a ello, pero había veces en que los comentarios de su madre podían hacer mucho daño y en este momento era así. Parecía que su apoyo y presencia a su madre no le bastaban, pero ahora no debía pensar en eso. Tendría que hacer un esfuerzo y aguantar por su padre. Cuando pudiera ver a su padre y, en unos días, a su hermano todo cambiaría. O eso esperaba ella.
Después de una hora, más o menos, entró una enfermera para decirles que ya podían subir a ver al paciente. Les indicó la planta y la habitación donde le habían trasladado. También les explicó que la policía querría hablar con ellas en algún momento para informarles de los datos del accidente y lo que debían hacer a continuación. Alba le dio las gracias a la enfermera y le dijo que después de ver a su padre bajaría para hablar con los policías. Su madre salió sin más de la sala de espera y se dirigió a los ascensores sin mirar atrás. Alba la siguió, hundiendo los hombros, e hicieron el trayecto en silencio. Al llegar a la planta donde Antonio estaba, Caridad echó a andar delante de su hija, entró en la habitación y Alba pensó que le iba a cerrar la puerta en las narices, pero no, esta vez se equivocó. La dejó abierta.
Entraron en la habitación y vieron a Antonio tumbado en la cama, conectado a unas máquinas que pitaban según la respiración del enfermo. Tenía la cabeza cubierta por un gran vendaje, pero pudieron apreciar que en la cara no tenía ninguna herida, solo algún hematoma. Alba se acercó despacio hasta la cama donde estaba su padre para cogerle la mano.
—Hola, papá —le susurró sin soltarle la mano—. Todo va a salir bien, ya lo verás. Ahora ya estás a salvo. Estamos aquí.
—No te oye. Recuerda que está en coma —le dijo su madre desde el otro lado de la cama y sin mirarla siquiera.
—Lo sé, pero da igual. Quiero que note que estamos aquí, que se sienta tranquilo.
—Ves muchas películas de hospitales. Siempre con la cabeza llena de pájaros —le reprochó su madre en un tono seco—. Ve a ver si ves al médico, anda. Mientras, yo me quedo con tu padre.
Alba soltó la mano de su padre e hizo lo que su madre le había pedido, no quería discutir. Nada más salir al pasillo vio a una enfermera que se dirigía hacia ella. Arrastraba un carrito con diversos aparatos. Con una sonrisa entró en la habitación y enseguida vio salir a su madre con la cabeza muy alta.
—Me ha echado. Acabamos de entrar y ya me ha dicho que saliera.
—Mamá, es lo normal. Cuando tienen que hacer algo a un paciente, los familiares tienen que salir. —Alba no levantó la mirada del suelo. No quería mirar a su madre a la cara para evitar que siguiera escupiendo su veneno contra ella.
La enfermera tardó unos cinco minutos en volver a salir y al hacerlo se dirigió a las dos para indicarles que ya podían pasar. Le había cambiado el suero, había comprobado la sedación y le había tomado la temperatura y la tensión. Las informó de que todo estaba en orden, pero que su doctor las informaría cuando hiciera su ronda.
Alba le dio las gracias y la enfermera, sonriéndole a ella y dirigiéndole una mirada ceñuda a su madre, se metió en la siguiente habitación para seguir haciendo su trabajo.
Volvieron a entrar en la habitación y Alba se dio cuenta de que su padre tenía una barba incipiente. Jamás había pasado un solo día sin afeitarse, así que tomó nota de volver al día siguiente con todo lo necesario para hacerlo ella misma. Le traería flores y le leería el periódico. A su padre le gustaba mucho leer las noticias y comentarlas con ella. Desde que era una niña era algo que hacían juntos, frente a una taza de café su padre y de chocolate caliente ella, y después de los años aún lo seguían haciendo cuando su padre la visitaba en su trabajo a mediodía.
Pasado un rato, Alba no aguantaba más el silencio de la habitación y bajó para ver si podría hablar con los policías que estuvieron en el accidente. Tuvo suerte; uno de ellos acababa de llegar para lo mismo y la informó de lo ocurrido. Le aconsejó que llamara al seguro por el tema del siniestro y la indemnización y Alba cogió la carpeta que el policía le dio y apuntó todos los datos con cuidado para que no se le pasara nada. Se ocuparía de ello al día siguiente desde su oficina. Le dio las gracias al policía y volvió a subir a la habitación donde estaba su padre.
Según el policía, su padre había vuelto a nacer. El impacto había sido tremendo y gracias a que lo vio venir pudo esquivarlo un poco, pero aun así el accidente fue brutal. El agente dijo que él no había visto nunca nada parecido y que cuando los bomberos sacaron a su padre del coche se temieron lo peor. Se sorprendieron de que respirara todavía y gracias a que la ambulancia no tardó en llegar y le atendieron enseguida había podido salvar la vida. El otro conductor también estaba grave. Un fallo en los frenos del otro vehículo fue lo que provocó el accidente. No le pudo decir nada más.
El día pasó despacio, sin cambios. Alba y su madre se turnaron para bajar a comer. Cuando Alba estaba sentada, tomándose un café después de haberse comido un bocadillo, oyó que alguien la llamaba.
—Alba, ¿eres tú?
Alba se dio la vuelta y vio a una mujer de la edad de su madre, más o menos. Su cara le resultaba familiar, pero hasta que no la miró más detenidamente no supo quién era.
—Señora Carmen, ¿cómo usted por aquí?
—Hija, Pedro está ingresado otra vez. Neumonía. Esta mañana lo trajo la ambulancia. Está ingresado en la cuarta planta.
—Mi padre también está en esa planta.
—¿Tu padre? ¿Qué le ha pasado? Le vi hace unos días y estaba fuerte como un roble.
—Ayer tuvo un accidente con el taxi. Le arrollaron.
—¡Dios mío! ¿Cómo está? ¿Está muy grave?
—Le han inducido un coma, le han operado y hay que esperar. —Alba le hizo un breve resumen de la situación.
—¿Tu madre está con él?
—Sí, nos hemos turnado para bajar a comer algo. Yo ya iba a subir.
—Pues si esperas un minuto subo contigo. He venido con Nacho. ¿Te acuerdas de mi hijo Nacho? Iba con tu hermano al instituto y solían salir juntos de vez en cuando.
—Sí, claro que me acuerdo.
—Le voy a decir que subo contigo, luego ya subirá él. Así veo a tu madre y la acompaño un momento.
La vecina del barrio de toda la vida se acercó a un hombre que estaba pagando lo que había pedido, le dijo algo y este se volvió. Alba al verle se acordó de años atrás, muchos años atrás, cuando su hermano iba al instituto y ella estaba aún en el colegio. Cuando estaba en el colegio envidiaba a su hermano porque tenía amigos muy mayores, o ella los veía así. El hombre al que estaba mirando era de la edad de su hermano, pero con la misma cara que cuando era un adolescente. Lo saludó levantando una mano y él le devolvió el saludo a la vez que sonreía.
