No te escondas - Laura Barcali - E-Book

No te escondas E-Book

Laura Barcali

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Beschreibung

Ángel es un chico frustrado con la vida. Sin el cariño de sus padres y sin nadie en quien apoyarse, siempre ha sentido que le falta algo, que algo no encaja en su vida. Sin embargo, cuando sus padres contratan a un profesor particular para que le dé clases, Ángel verá nacer unos sentimientos nuevos y puros hacia él. El amor entre los dos surgirá, imparable, y habrá de enfrentarse a los prejuicios de todos los que los rodean.

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Seitenzahl: 390

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Laura Barcali

No te escondas

 

Saga

No te escondas

 

Copyright © 2019, 2021 Laura Barcali and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726997989

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

ADVERTENCIA

Este libro contiene algunas escenas sexualmente explícitas y lenguaje adulto que podría ser considerado ofensivo para algunos lectores y no es recomendable para menores de edad.

 

El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor.

«NO TE ESCONDAS»

Capítulo 1

Ángel aparcó en la plaza de parking que le correspondía y se bajó del coche dando un portazo casi violento. Miró su móvil y tenía cuatro llamadas perdidas de su padre, que no contestó de forma deliberada; no le soportaba. Y menos ganas tenía de escucharlo esa noche.

Hacía tan solo media hora que había cortado con la chica que sus padres le presentaron un par de meses antes, Inés, obsesionados con que tuviera novia de una vez, y de buena familia, por supuesto. Lo intentó porque era una chica maja y divertida, pero no conseguía sentirse demasiado atraído y seguir con aquello le pareció absurdo. Él no era mala persona, así que no quería hacer perder el tiempo a Inés. La hizo sufrir, pero quedaron al menos en paz ambos, pues tampoco llevaban más de dos meses de «relación», si se la podía llamar así.

En cualquier caso, aquello le cabreaba porque estaba harto de que su padre se metiera en su vida una y otra vez. Tenía ya veintitrés años, era mayorcito para saber con quién quería salir, lo que deseaba estudiar y era capaz de vivir solo. Al menos lo último era real.

Solo tenía ganas de llegar a su piso, meterse en la cama y sobar, para no tener que andar pensando en nada.

Tras subir en el ascensor y mirar los mensajes del móvil del grupo de amigos, guardó el teléfono en su bolsa y salió con las manos en los bolsillos al llegar a la quinta planta.

Ángel se quedó sorprendido al ver, junto a su puerta y apoyado en la pared, a un hombre bastante alto y algo corpulento, de cabello rubio blanquecino y con gafas de sol claras, lo cual le dejó descolocado pues era de noche. A su lado había un maletón. El hombretón se le quedó mirando, y cuando fue a abrir la puerta de su casa, le habló quitándose las gafas.

—Disculpa, ¿tú eres Ángel Bosch?

Este reparó durante dos segundos en la cicatriz que le cruzaba el ojo derecho de abajo a arriba.

—¿Quién lo pregunta? —le contestó.

—Me llamo Zenón de la Cruz y… —Le tendió la mano, pero Ángel cruzó los brazos, así que tuvo que bajarla.

—¿Y?

—… y tu padre me ha contratado para vigilarte y ser…

—¡Vigilarme! ¡¡A mí!! —interrumpió a Zenón a grito pelado, evidentemente ofendido.

—Seré como tu guardaespaldas y profesor. Algo así como un tutor. ¿No te avisó tu padre? —Zenón se mantuvo tranquilo a pesar de la reacción de Ángel.

—¡Anda ya! —El joven moreno se dio la vuelta haciendo aspavientos—. Vaya bromitas me hacen esos capullos —comentó pensando que era cosa de los muy cachondos de sus amigos.

El hombre se quedó confundido. Había ido allí pensando que Ángel sabía de su existencia.

—¡Diles que se vayan a la mierda! —Ángel levantó el dedo en señal de «que te jodan».

—En serio que me ha contratado tu padre. Voy a llamarlo y verás como es cierto.

Zenón sacó su móvil y buscó el contacto, llevándose el smartphone a la oreja.

—Buenas noches, Sr. Bosch. Sí, sí, cabo de decírselo, pero…

Antes de poder decir una palabra más, el joven le arrancó el aparato de la mano.

—¡Sois muy graciosos, cabrones! —bramó creyendo que hablaba con alguno de sus amigos.

—¡Ángel! —La voz autoritaria de su padre lo dejó más blanco que el papel. Zenón observó la cara que se le ponía—. El señor de la Cruz será tu tutor, vivirá contigo en el piso y te vigilará.

—Pero… —intentó hablar.

—No vas a las clases de Derecho, ni trabajas, ni haces nada. Además, tengo indicios de que podrían secuestrarte como hicieron con tu hermana.

«¿Secuestrarme?», pensó en los malos momentos pasados con su hermana años atrás, antes de que la soltaran tras pagar un rescate.

—Pero, ¿de qué vas? ¿Estás de broma?

—¡No! Así que hazte a la idea de que el Sr. de la Cruz te acompañará a todas partes. Buenas noches.

Y le colgó.

Ángel, totalmente ofuscado, estampó el móvil contra el ancho pecho de Zenón, para devolvérselo.

—¡Escúchame bien! —le chilló, casi histérico, mientras abría la puerta de su casa—. Si vas a vivir aquí, atente a mis normas.

Zenón le siguió sujetando su maleta y cerrando la puerta tras de sí.

—Ni fumar, ni fiestas, ni traer amistades, y mucho menos tías. — Volvió a cruzarse de brazos. De pronto sintió el cuerpo del hombre detrás de él y su contacto en los hombros.

—Sé que no te gusta que esté aquí, pero has de entender que hago mi trabajo. Espero que seamos amigos.

El moreno giró medio cuerpo y lo miró con sus intensos ojos verde esmeralda. Se acercó al rubio y le dijo:

—¡No me vuelvas a tocar! ¿Has entendido?

Zenón se quedó estupefacto y retiró las manos de sus hombros, algo ofuscado.

—¡Vale! Usted perdone, señorito —contestó con las palmas abiertas y un calor que le subió del estómago hasta las mejillas.

Ángel se frotaba la cabeza, pensando en que cuando sus amigos se entraran iba a ser el descojone durante meses o incluso años.

—¿Y dónde duermo yo?

—¡Apáñatelas tú solito, joder! ¡Por ahí tienes una habitación libre!

—¡No hace falta hablarme así! —El hombretón perdió los nervios.

—Me voy a sobar, no me molestes —sentenció.

Ángel cruzó los brazos de nuevo y se marchó hacia su cuarto, dando un portazo.

Zenón se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sofá, acalorado. Cruzó también sus brazos y suspiró intentando calmarse.

«Menudo mal genio tiene el niño pijo este. Espero acostumbrarme».

Cogió la maleta y buscó la habitación libre, intentando no entrar en la de Ángel, aunque supuso que era la que estaba cerrada, ya que la otra era el baño.

Entró y encendió la luz. La habitación era sencilla; una cama, un armario y una mesa con su silla. Pero estaba llena de trastos: cajas de consolas, videojuegos, y material de pintura como caballetes y lienzos tapados.

—Bueno, ya la arreglaré…

Estaba cansado del viaje, desde Madrid hasta Barcelona en tren, y todo el día con el Sr. Gabriel Bosch. Le había dicho este que su hijo tenía mal carácter, pero no se esperaba semejante recibimiento.

Se despojó de la ropa y buscó los pantalones del pijama en la maleta. Durmió sin camiseta, pues seguía acalorado todavía. Sus músculos estaban muy bien definidos y trabajados.

Cerró los ojos y pensó en la mirada de Ángel, intensa y verde.

«No me esperaba que fuera tan guapo y estuviera tan bueno, menudo marrón me ha tocado».

Y prefirió no pensar más.

Por su lado, Ángel se tapó hasta la barbilla, ofuscado, frustrado y asqueado de la vida.

«¿Por qué papá es así siempre conmigo?», pensó. «Quería estudiar otra cosa, pero me he vendido por un coche, un piso y una paga. Y ahora me manda a ese tío. ¡Qué mierda!».

Le costó dormir, pero al final lo consiguió, no sin pensar antes en el escalofrío al sentir las manos de Zenón tocándole los hombros con cuidado.

Capítulo 2

Zenón se levantó, como de costumbre, a las seis y media de la mañana. Hizo unas flexiones, se duchó, y se arregló la perilla, de color más oscuro que su cabello, antes de hacerse el desayuno.

El hombre se sentó para tomarse una taza de té, cuando escuchó que la puerta de la habitación del joven moreno se abría y este se le acercaba en pijama y con una sonrisa en la cara.

—¡¡Buenos días por la mañana, Zenoncito!! —lo saludó.

El rubio se quedó pasmado por cómo lo había llamado. No era precisamente un hombre de tamaño pequeño con su metro noventa. ¿Y qué eran esas confianzas?

Ángel se le sentó al lado y le pasó el brazo por los hombros.

—No hace falta que me acompañes a clase —dijo Ángel—. Te prometo asistir —continuó, acercándose más.

Zenón dejó la taza sobre la barra americana.

—Si no voy, estaré haciendo de forma incorrecta mi trabajo. ¿No te parece?

—¡Estudio Derecho por obligación! ¡No quiero ir a clase, no me da la puta gana! —El buen humor de Ángel desapareció al comprobar que no podía camelarse con tanta facilidad a su nuevo guardaespaldas.

El rubio se levantó y cruzó los brazos, mientras su compañero de piso le dio la espalda, obstinado.

—Mira, niño. Yo me saqué dos carreras, cuidé de mi madre enferma y trabajé, todo a la vez. Acepté este trabajo porque tu padre me lo paga muy bien y no terminará hasta que consigas todos los créditos que te faltan.

Se dio la vuelta dejando sentado a Ángel, callado como una tumba.

—Y ahora levanta el culo, «Angelito». —Se la devolvió—. Nos vamos a clase.

Este puso los ojos en blanco y se mordió el labio con rabia. Aquel grandote iba a ser duro de roer.

 

Tras aparcar cerca de la Facultad de Derecho, de chiripa, ambos caminaron por los pasillos del edificio. Ángel delante y Zenón detrás.

—¿Me tienes que seguir a todas partes? —preguntó el moreno, molesto.

—¿Tengo que contestar a esa estúpida pregunta? —le respondió su inseparable acompañante.

De pronto, Ángel se dio la vuelta y sujetó al hombre por la solapa de la chaqueta, levantando la cabeza porque era unos quince centímetros más bajo que él.

—Es que quedé con mis amigos en la cantina. Y si te ven, pasaré vergüenza… —comentó con una mueca infantil.

El rubio fue incapaz de no fijarse en sus ojazos y sus labios, empezando a latirle el corazón más rápido de lo que le hubiera gustado.

—¿Puedo ir sin que vengas, Zen? —le acortó el nombre sin más, mientras le ponía las manos en los hombros—. Solo un rato, por favor — añadió en un tono de voz amable.

—Bueno, vale, pero me quedaré cerca —claudicó.

Ángel se separó con rapidez dando una vuelta sobre sí mismo, pagado ante su triunfo.

—¡Te gané!

Zen suspiró resignado mientras lo seguía hasta la cafetería.

«Cuando me mira con esos ojos no sé qué me pasa», pensó mientras se quitaba un momento las gafas de sol.

—¡Mueve el culo, guardaespaldas! —le instó el moreno.

«Zenón, no seas estúpido, no es más que un niñato malcriado», se dijo mientras caminaba tras él, a una distancia prudencial.

 

Ya en la cantina, Ángel se sentó en una mesa libre esperando a que aparecieran Ignasi y Eva, sus mejores amigos. Observó la corpulenta espalda de Zenón, que leía un periódico en la barra.

«Me sabe mal ser tan borde con él, parece buen tío y solo hace su trabajo», pensó el moreno.

—¡Ángel! Ha sucedido un milagro.

Una mujer oronda, rubia de pelo corto y ensortijado apareció junto a un chico alto y delgado, moreno y de cabellos negros.

—¿Por qué dices eso, Eva?

—Hombre, has venido a clase. No puede ser más que un milagro — comentó Ignasi mientras se sentaba frente a él.

—Mi padre me dio un ultimátum imposible de rechazar —contestó agobiado.

—¿Cuál? ¿Coche, casa o dinero? ¿Qué te ha dicho que te iba a quitar?

—¡Nada de eso! Es otra cosa, pero no quiero hablarlo ahora mismo. Comentemos sobre…

—¡Como de lo bueno que está ese pedazo de rubio de allí! —Eva Señaló a Zenón sin pudor alguno—. Joder, qué follable, hasta decir basta. ¡Cosica guapa!

Ángel e Ignasi se quedaron estupefactos ante semejante lenguaje. Aunque Eva no se cortaba en mirar culos masculinos y catalogar a los hombres de menos a más follables, aquella vez estaba entusiasmada de veras.

—¿Hablas de ese tío? —preguntó Ángel.

—Sí, del que viene directo hacia aquí. Ains, qué calor tengo.

Eva lo miró con total descaro y una sonrisilla en los labios mientras Ángel entraba en pánico y sentía un sudor frío que le recorría la espalda. Zenón apoyó el brazo en uno de sus hombros y le tendió el periódico.

—Perdona, te lo has dejado antes en clase, así que te lo devuelvo —se inventó el rubio.

«Donde las dan, las toman, Angelito», pensó.

Sonrió a los amigos del joven y se despidió. Eva babeaba sin control.

—Menuda voz tiene, qué sexy.

—¡Estás fatal, Eva! —exclamó Ignasi. Luego se fijó en lo acalorado que estaba Ángel.

—¿A ti también te ha molado el tío?

—¡Qué! —chilló—. Deja de decir chorradas.

Hizo como que miraba el periódico y se encontró escrito un mensaje en él:

«Nos vamos, Angelito, mueve el culo».

Estrujó el diario entre las manos, con ofuscación.

 

Zenón, por su parte, salió por la puerta de la cantina y, sin querer, empujó a una chica morena de preciosos ojos azules, haciendo que se le cayeran los apuntes al suelo.

—¡Perdona! —se disculpó mientras le recogía los papeles.

—Tranquilo, iba despistada, pero eres tan grandote que he rebotado.

—Deja que te ayude, guapa.

—Lo siento, soy lesbiana —contestó con total naturalidad.

Zenón casi se echó a reír ante semejante franqueza.

Ambos se pusieron de pie. Él le tendió la última hoja suelta.

—Pues mira, yo soy gay, ya ves.

—¡Bien por ti, guapo! —se la devolvió.

—Soy Zenón, encantado.

—Y yo Henar, encantada también.

—Oye, disculpa la indiscreción, pero… ¿llevas un ojo de cristal? — comentó un tanto azorada, al darse cuenta de que el hombre tenía una cicatriz y un ojo fijo.

—Oh, es una prótesis ocular, pero no es de cristal. Tuve un accidente de niño y perdí el ojo completo.

Ángel, observando desde unos metros, y con el ceño fruncido, observó la escena. Ella le tocaba la cicatriz. Ya se había dado cuenta de que tenía un ojo «falso», y que por eso llevaba casi todo el tiempo gafas de sol. Pero no se atrevía a hablarle de ello.

«Acaba de llegar y ya tiene a todas las tías loquitas por él. Se supone que me tiene que hacer caso a mí, no estar ligando».

Sintió unos extraños e incatalogables celos, que le instaron en ir hasta la pareja y tocar el hombro de Zenón.

—¿No tenías tanta prisa? ¡Pues mueve el culo tú! Te espero en el coche. ¡Ya!

Y se dio la vuelta, airado.

—En fin, ese es mi simpático compañero de piso.

—¿Te gusta? —preguntó ella—. Es mono aunque sea un tío.

—Es un niño pijo con muy mala leche. Todo lo que tiene de guapo lo tiene de idiota —sentenció.

—Pues no veas la cara que se te ha quedado al verle.

Zenón enrojeció un poco y carraspeó.

—No tengo tiempo para fijarme en hombres.

—Recuerda que sobre los sentimientos no mandamos —le aconsejó la joven.

—Lo tendré en cuenta. Espero que nos veamos pronto.

—¡Toma mi número! —Se pasaron sus contactos.

—¡Hasta pronto, guapa!

—¡Hasta pronto, guapo!

Y así se separaron.

Ángel continuó enfurruñado hasta llegar al coche, seguido de Zenón.

—¿Y tu ligue? —le preguntó—. Estaba bastante buena. Esa puedes traerla a casa si quieres.

—No seas bruto. No es mi ligue, se llama Henar, y no le interesas.

—¿Tienes miedo de que te la quite? —fanfarroneó.

Zenón se le quedó mirando un momento y luego se echó a reír con ganas.

—¡De qué te ríes, «desgraciao»! —exclamó herido en su orgullo.

Lo sujetó por el pelo rubio, estirándolo, de pura rabia por las risas que se estaba echando a su costa.

—¡Auh! Simplemente la chica tiene gustos muy distintos.

—¡Claro! Le gustan los rubios altos, cachas y macizos como tú — contestó Ángel, casi sin percatarse de lo que acababa de decir.

Zenón enrojeció de golpe, al escucharle aquello. Aunque pensó que se estaba riendo de él.

—¡Vámonos! —le ordenó mientras se subía al coche.

El joven moreno se quedó de pie, pensando;

«A lo mejor no es tan malo tenerlo de compañero de piso».

—¡¿Quiere subir ya el señorito?!

—¡Ya voy! Qué pesado.

Capítulo 3

Zenón se puso el judogi y anudó la parte de arriba con su obi negro, colocando bien la vestimenta para practicar algo de judo, algo que no deseaba en absoluto dejar de hacer mientras buscaba un dôjô en el que poder seguir de forma más continua. También iría al gimnasio de la esquina a apuntarse.

Colocó en el suelo del salón una manta, a falta de colchoneta, y comenzó a realizar un calentamiento previo.

Ángel le observó brevemente desde la esquina que daba al pasillo, con una de sus muecas. Las espaldas anchas de aquel hombre le impresionaron.

Volvió a ponerse los auriculares y se dio la vuelta para volver a su cuarto a estudiar. Se echó sobre su cama y continuó pasando a limpio algunos apuntes, con anotaciones de Zenón.

Tras un rato, acabó hastiado sin entender bien aquella letra de médico. Dejó de escuchar la música y llamó a su nuevo compañero de piso a gritos.

—¡Zenón! ¡Ven aquí!

Los pasos descalzos del hombre se acercaron hasta que este apareció en la puerta, respirando con agitación y sudando un poco.

—¿Qué te pasa? —lo dijo con una sonrisa en la boca, sin acritud.

Ángel se fijó en su cicatriz y el extraño efecto de su ojo falso, aunque no le dio mucha importancia en aquellos momentos. También le pareció ver parte de un tatuaje en uno de sus marcados pectorales.

Decidió fruncir el ceño y recriminarle:

—¿No se supone que eres mi profesor también? Pues deja eso del judo y ven a ayudarme. No entiendo tu letra de mierda, tío.

El rubio se inclinó hacia él, que reculó un poco ante la cercanía.

—Tío, apestas a sudor… —Ángel arrugó la nariz, aunque no le disgustó del todo su olor corporal, e intentó entrever más de aquel tatuaje misterioso, que le pareció una especie de ala de pájaro muy simplificada.

Tuvo que mirarlo a la cara antes de que se diera cuenta de su curiosidad, enrojeciendo.

—Pues yo entiendo mi letra a la perfección.

—¡No te jode!

—Aquí pone… —Zenón se quedó callado un instante—, pone que no tengo ni idea de qué he escrito ahí.

—Pues estamos apañados.

—Puedes seguir con el otro tema y, cuando acabe, lo reviso. ¿Vale?

—Vaya profesor, que antepones eso del judo a tu alumno.

—He de hacer ejercicio cada día. ¿Quieres aprender?

—¿Tendrías que tocarme? —inquirió el moreno, con cara de asco.

—¡Volarías rápido por los aires! ¡Así que apenas! —contestó el rubio haciendo un gesto de barrido con su enorme mano.

—¡Calla, capullo! ¡No te rías de mí!

En un arranque, Ángel lo agarró de las solapas para tironear de ellas, consiguiendo que su compañero se echara a reír. Este lo sujetó por las muñecas empujándolo con facilidad hacia atrás haciéndole una pequeña llave de judo.

El más joven se quedó mirándolo fijamente, enrojeciendo al tenerlo tan cerca de pronto, con sus cabellos húmedos tocándole la frente.

—Angelito, me pone muy cachondo verte de mala leche… —Zen lo dijo con tal seriedad, que Ángel sintió que el corazón le iba a salir por la boca.

No le dio tiempo a reaccionar, pues el otro se levantó rápido, soltándolo.

—Voy a ducharme y luego te ayudo con eso.

Ángel cogió los apuntes y se los lanzó, ofuscado, aunque sin darle.

—¡No me llames Angelito, pedazo de marica!

Se cruzó de brazos y movió la pierna, nervioso ante la sensación tan intensa que acababa de provocarle ese individuo no deseado.

 

Zen, por su parte, apoyó la frente en la fría loza de la ducha, mientras el agua ardiendo le caía por la cabeza y parte de su esculpido cuerpo.

Miró la erección incontrolable y se tocó un poco, aunque dejó de hacerlo de inmediato.

—Maldita sea… Se me van las manos y no lo puedo evitar. ¿Cómo te puede gustar ese niñato?

Bajó los párpados intentando serenarse, hasta que escuchó varias veces el timbre de la puerta.

—¿Ángel? ¡Ángel! —repitió a gritos, pensando que lo estaba haciendo adrede para vengarse de su anterior broma.

Sin embargo, este no se enteró ya que estaba con los auriculares puestos, por lo que Zen tuvo que coger una toalla, ponérsela alrededor de la cintura e ir a abrir.

Primero observó por la mirilla y luego sonrió de manera ladina.

Abrió la puerta y allí se encontró cara a cara con los dos amigos de Ángel.

El chico moreno se quedó estupefacto al verlo, pero la chica le hizo un repaso con la mirada de arriba abajo, con tal perversión que sintió la necesidad de taparse con cualquier cosa.

—¿Quién eres tú y qué haces así en casa de Ángel? —indagó el chico.

—¡Angelito, ven! —gritó con fuera.

El susodicho apareció enfurecido, a punto de decir alguna de sus burradas, pero al ver a Eva y a Ignasi, con cara de no entender nada, se quedó de piedra.

Zen lo arrastró hasta él, de la camiseta, para rodearlo con sus potentes brazos.

Ángel se vio, de pronto, contra el pecho húmedo de aquel hombretón, que le dio un beso en la coronilla.

—Cariño —le escuchó comenzar—, ¿no les has contado a tus amigos lo nuestro?

Se hizo un silencio incómodo al principio, hasta que Ignasi lo rompió.

—¿Desde cuándo te van los tíos? Ya me parecía a mí que pasabas mucho de tías…

—Pero… ¡Cómo me encanta esto! —La reacción de la joven fue entusiasta.

—¡Es una broma del imbécil este! —Ángel intentó zafarse como pudo y Zen decidió que ya era suficiente venganza.

—Es verdad, es una broma. Aunque te recomiendo que les cuentes la verdad y te dejes de tonterías, Ángel —le dijo.

—¡Ya, ya! Ahora se la cuento. Ve a ponerte algo, me está dando una grima tremenda verte medio desnudo, pedazo de cabrón.

A pesar de eso, no dejó de mirarle el enorme tatuaje del pecho: dos alas, una en cada pectoral.

Como tampoco retiró la vista de su trasero prieto bajo la apretada toalla blanca.

—Bueno, ¿podemos pasar? —preguntó Ignasi.

—Adelante, como siempre, es vuestra casa.

—Ángel. Dime, por Dios, qué hace este pedazo de daddy en tu casa. Esta mañana ya lo conocías, no mientas.

—¡Eva, me haces daño en el brazo!

La rubia de cabello ensortijado lo soltó, pues lo había estrujado con intensidad.

—Bien, ¿queréis tomar…? —Ángel se detuvo al ver que Ignasi cogía una cerveza fría sin permiso. El chico le miró haciendo un gesto de hombros y dándole un buen trago.

—Ya estoy preparado —dijo al sentarse en el mullido sofá, junto a una expectante Eva.

—¿Entonces no es tu novio? —inquirió ella, con ciertas esperanzas.

—¡No! No es mi novio, ni mi amante, ni nada similar —bufó—. Es… —Chistó en diversas ocasiones, intentando encontrar las palabras para expresarse con claridad.

—Joder, Ángel, no puede ser tan complicado de explicar, pienso yo — comentó Ignasi, dejando la lata vacía encima de la mesilla.

—Bueno, a ver… Mi padre, que ya sabéis la mala leche que tiene, me ha puesto a este tío de guardaespaldas profesor, todo en un pack…

Frunció los labios, esperando una respuesta.

Ignasi y Eva se miraron, llevándose las manos a los labios, como intentando no reírse.

Zen apareció por el pasillo y estos dos le miraron, y ya no pudieron resistir más, estallando en descomunales carcajadas.

—¡Dejad de reíros de mí, cabrones, malos amigos! No me hace ni puta gracia.

—¡Qué bueno! Tu padre es mi puto ídolo, poniéndote un guardián.

Eva no fue capaz de decir nada en un rato, hasta que consiguió parar de reírse, mientras se limpiaba las mejillas húmedas.

—¿Y qué esperabas? Vas a tu puta bola, pasas de las clases, no trabajas… —dijo ella.

Ángel comenzó a ofuscarse y sentir vergüenza.

—Si quiere librarse de mí, tendrá que hacer todos los trabajos, exámenes y conseguir los créditos que le faltan para acabar la carrera — añadió Zen.

—Míralo por el lado bueno —comentó Ignasi—, conviviendo con este tío se te quitará toda la tontería que llevas encima.

—¡Idos a la mierda todos! —estalló el moreno—. ¡Fuera de mi casa!

Se dio la vuelta y caminó hasta su habitación, en la que se encerró de un portazo.

Zen, preocupado, lo llamó e intentó que saliera.

Eva se acercó con una sonrisa pesarosa.

—Déjalo, ya se le pasará. Estos arrebatos le dan a menudo.

—Pero…

Zenón quedó tocado y, tras irse la pareja, entró en el cuarto de Ángel llamando antes.

—Ya se han ido… —informó, depositando una taza de tila sobre la mesilla de noche.

Ángel permaneció a oscuras y bajo las mantas, impasible.

—Perdona por la broma de antes… —se disculpó Zenón.

—No hacen otra cosa que reírse de mí… No sé ni por qué los soporto —contestó el moreno, sin moverse.

—Tienes gente que se preocupa por ti, y te hacen bromas para que te tomes las cosas con menos seriedad. ¿No te das cuenta?

—¡A ti qué cojones te importa! —exclamó Ángel, dándose la vuelta.

Zen se dirigió hacia la puerta. La luz del pasillo dibujó su silueta oscura. Su voz profunda y agradable sonó.

—Ya te dije que quería que fuéramos amigos. Y sí que me importa.

Después de aquello, cerró la puerta y dejó solo a Ángel.

La luz de la calle daba sobre la mesilla y vio la tila. Frunció los labios, pero luego se dibujó una leve sonrisa en ellos.

Cogió la taza y sorbió un poco. La sonrisa acabó por dibujarse del todo.

 

En la otra habitación, un sentido Zenón pensaba en aquel extraño día.

Aquel chico estaba padeciendo porque él había invadido su vida.

Se planteó seriamente ir a las oficinas del Sr. Bosch, y presentar una renuncia. No se sentía preparado para llevar adelante aquel cometido.

A nivel teórico, era capaz de sobra. Tenía la carrera de Derecho, había ejercido de profesor en institutos, era un adulto preparado.

Pero, como ser humano, era un hombre muy sensible ante el sufrimiento ajeno, alguien solitario que apenas si se relacionaba.

Y Ángel no le era en absoluto indiferente.

Capítulo 4

Un trueno despertó a Ángel aquella mañana de sábado. La lluvia repiqueteaba incesante contra el cristal de la ventana.

Se deshizo del revoltijo que eran las mantas y sábanas de su cama, y observó el día gris.

La taza de tila, vacía, estaba sobre su mesilla de noche, junto al móvil. Cogió este y vio un mensaje de su hermana.

Una sonrisa triste se dibujó en sus carnosos labios.

Contestó algo que pareció animarle un poco, pues su hermana mayor le devolvió el mensaje con unos corazones.

Salió para ir al baño y, mientras miccionaba, escuchó a Zen trastear en la cocina americana, aunque ya eran las diez pasadas.

Sin hacer ruido, con los calcetines amortiguando sus pasos, se acercó hasta la parte posterior del sofá, en el que estaba sentado el hombretón, tomándose una taza de lo que le pareció café.

Le rodeó el cuello con los brazos, apretándose contra él sin poder evitar querer tocarlo de aquella manera tan íntima.

—¿Me enseñarás judo hoy, Zenoncito?

Este se quedó mirando al frente, algo tenso.

No se esperó recibir aquel extraño acto de afecto interesado.

La mano de Ángel se deslizó hasta su mejilla derecha y le cogió por el moflete.

—¿Me enseñarás o no? —susurró, meloso.

—Vale —claudicó con hosquedad.

Ángel le dio una cachetada en la cara y se apartó, camino de hacerse un café para él.

—Gracias por la tila…

Apenas fue perceptible y para Zen fue inevitable que le sonsacara una sonrisa.

—¿Qué has dicho?

—¡Me has oído perfectamente, capullo!

Fue toda contestación.

—Espera, siéntate —le pidió Zen, dirigiéndose hacia la cafetera—. Ya lo hago yo.

—¿Y cómo me vas a enseñar eso del judo?

—Lo primero prestándote un judogi.

—Eso qué es.

—La vestimenta.

—¿Y qué cinturón eres? —continuó con las preguntas.

—Negro, 4º dan.

—¡Vaya! ¿Eso es mucho? —Ángel pareció impresionado, algo que agradó a Zen.

—Bastante, diría yo. Practico judo desde que… recuerdo…

Ángel notó un deje extraño en su voz, aunque no le dio mayor importancia.

—Lo tuve que dejar de forma profesional hace unos años, por lo que mantengo el grado, pero ya no compito. ¿Haces algún deporte?

—Voy al gym de la esquina.

—¡Vaya! Yo también tengo que apuntarme. Podríamos ir juntos.

—Voy a quedar como un tirillas a tu lado… —se quejó, bromeando.

—¿Acaso tú haces una dieta especial y te entrenas cada día?

—Oh, no tengo tanta fuerza de voluntad ni quiero parecer un flipado de esos.

—¿Yo soy un flipado de esos?

—No, lo tuyo es… Bueno, joder, es tu físico natural, pero bien… cuidado.

—Hombre, por fin me piropeas —dijo, mientras le dejaba el café delante.

Ángel se lo bebió sin decir nada, algo confuso de sus propias palabras.

—¿Así que eres abogado, profesor, guardaespaldas y cinturón negro? ¿Algo más?

—Sí, niñera del señorito —apuntó el rubio, con una enrome sonrisa en su masculino rostro.

El moreno le tiró lo que quedaba del café, pero Zen consiguió apartarse a tiempo, muerto de risa.

—Ahora lo limpias tú —apuntó el hombretón, mientras se iba a por la ropa.

Ángel salió al salón con la parte de arriba del judogi abierta. Zenón se la colocó bien y pasó por su cintura el obi negro, anudándolo con fuerza. El más joven de los dos se fijó en la cicatriz, y cada vez sintió más intriga por el rubio.

—Te viene enorme, pitufo —dijo Zen, entre carcajadas—. Y es una herejía que lleves el cinturón negro, pero te lo perdono por esta vez.

—¡No te pases! Yo tengo una estatura normal, pues mido un metro setenta y cuatro. Tú, en cambio, eres enorme. ¿Cuánto mides? —indagó.

—Un metro noventa y uno.

—No pareces español, tienes una fisonomía como nórdica.

Zen tragó saliva, algo agobiado.

—No lo sé con exactitud. Perdí la memoria en un accidente de tráfico siendo ya un niño mayorcito, por lo que mi madre adoptiva tampoco pudo contarme demasiado. Así es como perdí el ojo.

—¿Es de cristal?

—No, qué va. Es sintético y el iris del mismo color castaño claro que el de verdad.

Se señaló ambas pupilas.

—¿Y te duele?

—No, fue hace mucho. Además, estas cosas están muy avanzadas y voy regularmente a que me revisen que todo está bien. Lo que pasa es que a la gente que no me conoce, le da apuro mirarme a la cara sin que se les note la incomodidad.

Ángel sintió un brote de ternura inaudito en él, y levantó la mano hasta el rostro de Zen en un acto reflejo. Le acarició la cicatriz y el párpado, que el rubio cerró por inercia.

La reacción de este último consistió en asir a Ángel por las solapas de su judogi y hacerle una llave simple de judo; con el pie y el tobillo le hizo perder el equilibrio y caer sin que se lo esperara.

No llegó apenas a tocar la manta sobre el suelo, pues Zenón lo sujetó como si no pesara nada.

—¿Qué haces? Me has asustado —admitió el moreno, agarrándose con fuerza a la vestimenta de su oponente, a la par que se dio cuenta de que este había cambiado la actitud distendida por una tensa.

—Escúchame bien, Ángel. No vuelvas a tocarme la cicatriz. —Fue tajante en sus deseos.

El chico se sintió violento, ya que no pensó que le pudiera molestar hasta ese punto.

—Vale, perdona. No volverá a pasar. No lo hice con mala intención.

Zen depositó a Ángel sobre la manta, con sumo cuidado. Y se irguió, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Levántate y te enseñaré algunas llaves básicas —le dijo en un tono imperativo.

El moreno se puso en pie, colocándose bien la ropa, rojo como la grana.

Zen pensó en que se estaba abriendo a él en exceso, contándole cosas íntimas demasiado pronto, algo que no hacía con nadie ni por asomo pues lo consideraba peligroso. Le costaba la vida fiarse de los demás, impidiéndole tener amigos. A nadie había dejado atrás en Madrid. Solo una casa vacía desde que su madre ya no estaba.

 

Tras una clase de judo algo tensa, y una relajante ducha, Ángel se vistió para salir a dar una vuelta, pues sus amigos los habían invitado a tomar algo en la cafetería del barrio a la que solían acudir con asiduidad.

Zenón, aunque estaba aún un poco seco de carácter, no puso pega alguna y esperó a que el moreno apareciera para poder acudir a la cita.

Ambos se mantuvieron callados mientras bajaban en el ascensor, de algún modo incómodos por la situación generada, hasta que Zen rompió el silencio con un carraspeo.

—¿Me recomiendas entonces el gimnasio al que vas?

—Sí, está bastante bien. Buen horario y buen precio —informó Ángel.

—Podríamos ir juntos… —propuso.

—A tu lado parezco un tirillas —se quejó el joven con su típico fruncimiento de cejas.

—No te lo voy a negar. —Zen se echó a reír para relajar el ambiente.

—Todas las tías se te van a tirar encima como perras en celo.

—Qué exagerado.

—Y algunos tíos salidos.

—Oh… —Zen se mantuvo callado ante el comentario, pues no deseaba hablar sobre su homosexualidad, pues desconocía cómo podía afectar aquel dato a la ya tensa relación que mantenía con su pupilo. No era el momento, ni el lugar.

A Ángel le picó su propio comentario. No supo si le molestó más que le rondaran mujeres a Zenón, u hombres. Ambos casos le produjeron un poco de celos, aunque no supo interpretar bien aquellos repentinos sentimientos, muy parecidos a los sentidos cuando el rubio habló con la preciosa chica de la universidad de una forma tan cercana.

—¿Por qué pones esa cara de ogro? —inquirió Zen al verlo con el ceño fruncido y expresión de mal humor.

—¿Eh?

—Si te molesta que vaya a ese gimnasio, dímelo y buscaré otro…

—Ah, no, no. Ve, no tiene importancia. Me da igual.

—Bien…

La cara de Ángel cambió, relajándose. Zen observó su perfil, pareciéndole muy atractivo, con una nariz bien definida, unos labios carnosos y una barbilla redondeada.

El corazón le latió con más brío de lo habitual y tuvo que tragar saliva y suspirar fuerte.

Unas gotas de lluvia comenzaron a impactar levemente sobre ellos. Zen adelantó la mano en señal de sentir el agua caer sobre su palma abierta y miró hacia el cielo oscurecido.

—Vaya, no hemos cogido paraguas.

—Ya llegamos, está a la vuelta de la esquina.

Ángel echó a correr sin demasiada prisa y su acompañante lo alcanzó en varias zancadas.

 

La cafetería resultó ser un lugar algo ecléctico, con mobiliario muy distinto entre sí. Zenón dedujo que, con toda probabilidad, habían comprado todo en mercadillos, restaurándolo a posteriori para utilizarlo en la cafetería, dotándola de un carácter especial.

Eva e Ignasi los estaban esperando en una mesa para cuatro, al fondo del concurrido local, tomando unos capuchinos con muy buena pinta.

—Podríais haber esperado a que llegáramos.

—Siempre llegas tarde —respondió la joven.

—Hoy no —se defendió Ángel.

—Porque vienes con tu nuevo amigo… —Eva apoyó la mejilla en la palma de la mano, y sonrió con descaro a Zenón, que enrojeció de vergüenza.

Le resultaba difícil socializar con facilidad.

Se sentaron el uno al lado del otro en el banco, dejando una distancia prudencial, y pidieron al camarero sendos café con leche.

—Lamento... haberme comportado de esa forma ayer... —El moreno pidió disculpas con la mirada puesta sobre la mesa, el ceño fruncido y los brazos cruzados. No fue la disculpa más sincera, aunque tampoco falsa. Por esa razón sus amigos lo perdonaron con una sonrisa, tras mirarse el uno al otro.

—Estás perdonado, tontito —añadió Eva.

—Intentará ser menos grosero, ¿cierto? —expuso Zen.

Este recibió, a modo de respuesta, una mirada matadora que hizo sonreír al rubio.

Eva miró a este último, con una sonrisa picaruela en el rostro.

—¿Puedo hacerte algunas preguntas? —inquirió, mirándolo.

—Claro que sí, guapísima.

Ángel rabió, ya que con él no era tan sociable a la hora de saciar su curiosidad. Le quedó muy claro que con las mujeres se comportaba de forma distinta.

Sin embargo, para Zen era mucho más sencillo al no sentirse atraído por ellas.

—Eva quiere saber si tienes pareja —interrumpió Ignasi, para fastidiarla.

—¡Déjame preguntarlo a mí! —le espetó con un ademán. Luego se giró hacia su rubio interlocutor, pero ya con cara de circunstancia—. ¿Tienes pareja, guapetón?

—Estoy solo en ese aspecto, no tengo mucho tiempo para esas cosas.

—¿Ni un ligue? —insistió la joven.

—No, no. Nada de nada —contestó, muerto de vergüenza a pesar de ser un hombretón.

—Pero, ¿cómo es posible? Con lo bueno que estás —añadió tajante y sin ningún tipo de reparo.

A Zen no le dio ni tiempo a reaccionar, sobre todo cuando Ángel se abalanzó sobre él y estrechó su cuello entre los brazos, pegando la mejilla contra la suya.

El corazón se le salió por la boca.

—¡Calla, zorra, este es mío! Es mi guardaespaldas y mi chacha.

La caliente mano de Ángel le asió por la otra mejilla.

—¿Verdad, Zenoncito?

Ángel se echó a reír con total naturalidad, a la vez que Zenón se moría de la vergüenza y sus amigos se quedaban boquiabiertos ante semejante acto que, supusieron, se trataba de una broma.

Con la mano, el moreno estiró de la mejilla barbuda de Zen hasta hacerle daño, a lo que este contraatacó.

—Perdone el señorito, pero no soy su chacha, sino su niñera particular.

Luego echó unas risas que encendieron el ego de Ángel.

—¡Te mato! —exclamó el joven, asiendo a Zen por la solapa de la chaqueta de punto gris, oliendo su aroma particular de hombre, algo que le perturbó al sentir cuánto le había gustado estar tan cerca.

El musculoso brazo del rubio le rodeó por el cuello y los hombros, abrazándole. Aquello hizo saltar su corazón.

—Ey, ya sabes que si haces eso... me pones cachondo —susurró Zen, mirándolo a los labios sin poder evitarlo.

Eva abrió los ojos como platos y en su boca se formó una «O» ovalada, pero disfrutando del espectáculo. Ignasi, en cambio, casi se quemó al sorber su taza de café caliente y derramó un poco sobre la mesa.

Nunca había visto a Ángel hacer esas cosas, ni siquiera con las dos novietas de turno que había tenido.

Aquello desprendía más tensión sexual que con ellas, si es que la hubo en alguna ocasión.

—¿En serio? ¿Y qué me piensas hacer? —Ángel se dejó llevar, casi empujando a Zen sobre el banco en el que estaban sentado.

Aquello fue demasiado para el rubio, que tuvo que escabullirse como buenamente pudo al sentir que le apretaban los pantalones.

—V-voy al baño... —Se levantó y caminó hacia los aseos, tropezando contra una silla suelta, bajo la atenta mirada de sus nuevos amigos y unas cuantas jóvenes que alucinaron con su belleza masculina.

—Tío, te has pasado —comentó Ignasi, poniéndole cara de circunstancia.

—Solo le he seguido el juego.

El camarero dejó los cafés con leche sobre la mesa rústica y Ángel echó el azúcar en el suyo, removiendo con apariencia tranquila el contenido.

Sin embargo, por dentro el corazón le iba a cien, al darse cuenta de cómo había traspasado la línea al sentir el calor y la turgencia del cuerpo masculino de Zenón.

Tuvo un ligero pensamiento con la respuesta que le había dado a Ignasi. Y sí, le seguía el juego porque le gustaba demasiado seguírselo. Y eso era algo que nunca antes le había sucedido con ninguna chica. Aunque, para ser sincero consigo mismo, era lógico pues apenas si le atraían-

 

En el baño, Zenón apoyó su amplia espalda en la puerta del compartimiento privado y posó el zapato sobre la tapa del water, con cara de enfado consigo mismo.

—Se me van las manos otra vez —se dijo en un susurro—. Siempre que me gusta un tío me entra el pánico...

Llevó su mano a la cicatriz y cerró los ojos. Le picó un poco, así que la frotó. Aquello era normal, aunque con Ángel no de la misma forma, lo cual le perturbó más de lo habitual.

De ese chico no podía alejarse.

Optó por volver e intentar hacer como si no hubiera sucedido nada en absoluto, comportándose con aparente normalidad.

Al llegar escuchó a Ángel hablar, de forma muy cariñosa, por teléfono, así que se acercó con cuidado para no molestar.

—Cuando quieras voy a verte, princesa... Claro, sí, guapa. Te quiero. Un besito.

Zenón dio por hecho que hablaba con su novia, lo cual le hizo sentirse miserable sin poder evitarlo.

Contuvo sus sentimientos lo mejor posible.

Ignasi y Eva observaban a Ángel con cara de circunstancia. Eva incluso pareció perder el color sonrosado de sus mofletudas mejillas.

—Si vas a verla, dale un beso de nuestra parte... —pidió Ignasi, afectado.

Zen estaba cada vez más confuso ante aquella situación. Algo sucedía que a él se le estaba escapando.

—Me sabe mal, Zenón, pero vayámonos. —Ángel se puso en pie, pagando los cafés de ambos.

El rubio se levantó también, sin hacer preguntas. Se despidió de Ignasi y Eva con una sonrisa de desconcierto y unas breves palabras.

—Nos vemos en la facultad —dijo Ángel a sus dos amigos.

Estos no dijeron nada, solo levantaron brevemente las manos en señal de despedida, apesadumbrados.

Zenón no pudo contener la pregunta que le quemaba en los labios justo cuando salieron, aún bajo el dintel de la puerta.

—¿Hablabas con tu novia? ¿Le pasa algo?

Ángel le miró mordiéndose el labio inferior, con ojos tristes.

—No es mi novia, sino mi hermana mayor.

—Oh, perdona por especular...

—No pasa nada —contestó, moviendo los hombros en señal de indiferencia.

—Está lloviendo mucho, ¿qué hacemos?

—Me da igual, la verdad.

El moreno se echó a la calle, bajo el aguacero. Zen lo siguió sin dudar y le colocó la capucha a Ángel para que no se mojara tanto.

Caminaron bajo los balcones de los edificios, para intentar no acabar como recién salidos de la ducha.

Casi llegando a casa, tras no decir una palabra, Ángel se detuvo y miró a Zen con una tristeza en sus hermosos ojos verdes que dejó al rubio muy preocupado.

—Tiene cáncer. Le hicieron una mastectomía doble, pero ya se le había extendido. Solo tiene treinta años...

Zen se quedó de piedra, con la boca algo abierta, que se le secó al instante. Tragó saliva antes de hablar.

—Mi madre... falleció de cáncer —dijo, sin especificar el tipo.

—Lo siento mucho.

Zen no quiso ser pesimista y pasó el brazo por los hombros de su protegido, intentando resultar afable.

—¿Y por qué no vamos a ver a tu hermana ahora? Seguro que se alegra mucho. Se nota cuánto la quieres, no dejes pasar la oportunidad de vivir instantes preciosos con ella.

Ángel sonrió y asintió con la cabeza, emocionado de descubrir a alguien que podía comprender a la perfección todos sus sentimientos.

Capítulo 5

Ángel y Zenón, tras volver a casa, se subieron al coche del moreno para dirigirse a las afueras de la ciudad, donde residían los padres en un chalet de lujo delante de la playa.

La tromba de agua cada vez fue a peor.

—Te tenías que haber puesto una chaqueta, Ángel —comentó el rubio—, o al menos cambiarte de ropa, porque te has mojado cuando volvíamos...

El joven ignoró al copiloto y puso la calefacción, pues realmente estaba aterido de frío aunque no pensaba reconocerlo de palabra.

Zen observó, en silencio, las gotas de agua impactar sobre la luna del coche, mientras los parabrisas hacían su trabajo. Miró de reojo a Ángel en un par de ocasiones, en la oscuridad del habitáculo.

Le parecía demasiado guapo. Uno de esos chicos de ojos impactantes, sonrisa pícara y que era fácil de estrechar entre los brazos.

—¿En qué piensas? —Ángel le sacó de sus ensoñaciones. Sin embargo, responder la verdad de sus pensamientos no era una opción.

—Pensaba en... —Suspiró—. En que llueve una barbaridad y te tendrías que haber cambiado de ropa.

—Y dale, qué coñazo te pones cuando quieres.

—Me preocupo por tu salud, no vaya a ser que te enfermes y dejes de acudir a clase.

—¡Ah! Ya salió la verdadera razón.

Ángel echó unas risas.

A Zen le pareció que el chico estaba más animado que tras salir de la cafetería, lo cual le alivió.

—Ya llegamos —dijo el conductor al meterse en una urbanización donde todo eran casas espectaculares, o eso advirtió Zenón entre la lluvia y la oscuridad de la noche.

El moreno entró accionando un mando que tenía en la guantera, y que hizo abrirse las verjas de seguridad.

Aparcó al principio del camino.

—¿No lo metes más adentro?

—A mi madre no le gusta que lo acerque tanto a sus parterres, jardines y esas mierdas suyas. Y con tal de tener la fiesta en paz...

—Pero...

—¡Le di una vez a no sé qué maceta y se rompió! —Hizo unos aspavientos con las manos—. En fin, que lo hago por mi hermana más que otra cosa.

—Bueno, pues vamos allá —dijo Zen, antes de abrir la puerta y salir corriendo bajo aquel diluvio universal, seguido por Ángel.

Al llegar ambos a la puerta principal, los esperaba una mujer rubia y madura, de aspecto cuidado, pero con una expresión en el rostro que denotaba su descontento por la inesperada visita.

Nada más entrar, y sin ofrecer una toalla, o algo para secarse, a los recién llegados, espetó a Ángel:

—¡Quedamos en me avisarías de cuándo ibas a venir para no estar yo presente o cerca!

—Mamá, me ha pedido Gabriela que viniese, y no tengo que pedir audiencia para ver a mi hermana, que yo sepa.

La madre de Ángel posó su disgustada mirada en Zenón, y la expresión de hosquedad pasó a convertirse en admiración ante el hombre que veía.