Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Eusebio Martínez de Velazco vivió en el siglo XIX. Cultivó la Novela Histórica Española, describiendo en Noche de venganzas los episodios de la guerra de las comunidades de Castilla. La edición príncipe de esta novela la realizó la Imprenta de la Galería Literaria, Madrid, 1874. Martínez escribió diversas crónicas en diarios de la época, mantuvo una vocación por el relato histórico, por la prosa afín a la realidad. Noche de venganzas es una crónica de la gran rebelión de los llamados «comuneros», en la Corona de Castilla entre los años 1520 y 1522, durante el reinado de Carlos I.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 89
Veröffentlichungsjahr: 2010
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Eusebio Martínez de Velazco
Noche de venganzas
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Noche de venganzas.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-9816-162-5.
ISBN ebook: 978-84-9897-684-7.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 9
La vida 9
I 11
II 12
III 13
IV 14
V 16
VI 19
VII 20
VIII 21
IX 23
X 25
XI 27
XII 29
XIII 29
XIV 30
XV 31
XVI 31
XVII 34
XVIII 35
XIX 36
XX 36
XXI 37
XXII 38
XXIII 40
XXIV 41
XXV 42
XXVI 43
XXVII 45
XXVIII 46
XXIX 47
XXX 48
XXXI 49
XXXII 50
XXXIII 51
XXXIV 52
XXXV 53
XXXVI 55
XXXVII 56
XXXVIII 57
XXXIX 58
XL 58
XLI 61
XLII 61
Conclusión 63
Libros a la carta 67
Brevísima presentación
La vida
Eusebio Martínez de Velazco vivió en el siglo XIX. Cultivó la Novela Histórica Española, describiendo en Noche de venganzas los episodios de la guerra de las comunidades de Castilla. La edición príncipe de esta novela la realizó la Imprenta de la Galería Literaria, Madrid, 1874.
Noche de venganzas es una crónica de la gran rebelión de los «Comuneros», en la Corona de Castilla entre los años 1520 y 1522, durante el reinado de Carlos I.
Martínez escribió diversas crónicas en diarios de la época, mantuvo una vocación por el relato histórico, por la prosa afín a la realidad.
I
Sin disputa la ciudad de Burgos es una de las poblaciones más bellas de nuestra España.
Escrita en su recinto con páginas de piedra la historia de la patria, observa el viajero inapreciables reliquias de la civilización romana en las alturas de San Miguel y de San Quirce; comprende los encantos de las construcciones árabes en los bellos arcos de San Martín y San Esteban; se detiene extasiado ante la vaguedad sombría y mágicos adornos de su maravillosa Basílica; recuerda la severidad clásica de Ventura Rodríguez a la vista de sus grandiosas creaciones, y discurre, en fin, sobre el egoísmo y volubilidad que caracteriza a nuestro siglo al tender los pasos por las alineadas calles y deliciosos paseos con que la ha enriquecido la generación presente.
El que contemplase la orgullosa Caput Castellæ, desde la cumbre del vecino cerro que a su espalda se levanta, cuyas anchas colinas la ciñen desde Norte a Oriente, gozaría de uno de los panoramas más bellos que hubiera podido imaginarse.
Por enmedio de una vega pintoresca, y parecido a una cinta de plata que se extiende sobre el verde follaje, camina el Arlanzón histórico que baja despeñándose desde la inmediata sierra de Oca, formando vistosísimas cascadas y diáfanas corrientes; a cada lado de sus riberas se levantan magníficos edificios, de esbeltas formas y risueños colores los modernos, de severos pilares o caprichosos detalles los antiguos, como las lindas manzanas de casas que se extienden desde las murallas de los Cubos hasta el memorable Puente de las Viudas, como el arco triunfal de Santa María o la aérea espadaña del convento de San Pablo. Dominándolo todo a semejanza de los altos cedros que sacuden su espesa cabellera por encima de los árboles cercanos, divísanse las afiligranadas torres de la gran Basílica, obra de ángeles, como lo llamaba Felipe II; joya de inestimable valía que debiera estar cubierta de riquísimos encajes, según la poética expresión de Carlos I; memoria imperecedera de la religiosidad e ilustración de los ultrajados tiempos de la Edad Media, sacrílegamente escarnecidos por aquellos que no saben comprenderlos.
Más allá del extenso círculo en que se encierra la noble corte de los Jueces y Condes de Castilla, descúbrense las indefinibles torres del Hospital del Rey y de la célebre abadía de las Huelgas, coronadas de morunos adornos y ceñidas de gótica crestería; la renombrada Cartuja de Miradores, sepulcro de Don Juan II, el rey poeta, mandada construir por la incomparable Isabel la Católica; el insigne convento de San Pedro de Cardeña, solariega mansión del victorioso conde de Castilla Fernán González y tumba gloriosa del Cid, y en fin, el suntuoso monasterio de Frendesval, saqueado en 1808, devastado y profanado en 1835, casi reducido a escombros en 1840, y hoy convertido en fábrica de cerveza y bebidas gaseosas, con mengua de la decantada civilización de nuestros días.
Tal es Burgos, la soberbia Caput Castellæ, museo predilecto de las bellezas artísticas que nos legaron los pasados siglos, «donde el gusto y la elegancia de aquella mal comprendida época —como dice el sabio arqueólogo M. Bosarte—, han sacudido sus alas cubiertas de aljófar y pedrería, para dejar inundado de tesoros el suelo querido de los Fernandos e Isabeles».
II
Pero nosotros, los poetas y novelistas, que caminamos todos los días en busca de esos hechos misteriosos ocurridos en la esfera de la familia, que se escapan casi siempre a la penetrante mirada de la historia, como si esta se negase a conmemorarlos en su álbum eterno, cuando tuvimos el gusto de examinar por vez primera las bellezas de la hermosa capital de Castilla, nos detuvimos varias veces delante de una portada de sencilla apariencia, que se levanta sola, ruinosa y ennegrecida, no muy lejos de la antigua muralla que el vulgo denomina de San Lesmes.
Aquellas tristes ruinas pareciéronnos mudos testigos de uno de esos terribles dramas que se representan a veces en el sangrado recinto del hogar doméstico.
No nos engañamos.
En aquella portada, que aparecía a nuestros ojos medio escondida entre el lozano follaje del paseo de los Vadillos, ennegrecida y cubierta de musgo, pero que se mantiene en pie todavía a pesar de la carcoma de tres siglos, ha vinculado el pueblo de Castilla la tradición sangrienta que tenemos el gusto de ofrecer a nuestros apreciables lectores.
III
Allí se alzaba en otros días un gigantesco edificio, construido hacia fines del siglo XIV, de anchos pilares y severas formas, cuyas fachadas principal y posterior estaban sembradas de estrechas saeteras y largos ajimeces.
En cada uno de los ángulos de este palacio, como se decía entonces, sobresalía una pequeña torrecilla cuadrada, que podía servir a lo sumo para señalar la calificada nobleza del dueño si no la publicasen ya los macizos y toscos escudos que bordaban el centro de todas las paredes.
Desde 1393, en que la reina doña Catalina y el infante don Fernando de Antequera, tutores del señor rey don Enrique III, concedieron a don Sancho de Ossorio el título de conde y el palacio de Fuensierra, en premio de la lealtad y bravura que distinguían a aquel noble caballero, siete esclarecidos varones habían habitado sucesivamente en el solariego alcázar.
A mediados del año de gracia 1521, ocupábanle don Rodrigo de Ossorio, octavo conde de Fuensierra, y su bella hija Elena.
Era don Rodrigo un hombre de sesenta años, de ancha frente, de sonrisa benévola y mirada altiva, donde se trasparentaba todavía el brío de los años juveniles mezclado con el orgullo de raza.
Parecíase a uno de esos seres que suelen imaginar los novelistas para personificar en ellos el tipo del anciano benemérito.
Y ninguno, en verdad, más benemérito en aquellos aciagos días que el noble conde de Fuensierra: sintiendo hervir su pecho de patriótico entusiasmo al oír el grito de las comunidades de Castilla, se había constituido en defensor acérrimo de la causa de los pueblos, escarnecidos villanamente por la tiranía flamenca, más aún, mucho más que por el hijo de doña Juana la Loca.
Pero en el momento en que le presentamos a nuestros lectores, un velo de tristeza empañaba el ardiente brillo de sus ojos.
Era el 1.º de mayo de 1521.
En el fondo de una cámara espaciosa, iluminada apenas por los vacilantes rayos de la luz de una lámpara, se distinguía al venerable anciano medio oculto en un sillón de baqueta y envuelto en los anchos pliegues de una larga hopalanda morisca.
Apoyando su frente en la mano derecha, como si quisiera detener el vuelo de su imaginación excitada, meditaba por vigésima vez sobre el contenido de un pequeño pergamino, que oprimía entre sus dedos.
Este pergamino decía así:
«A media noche, para tratar de un asunto que os interesa personalmente, tendrá el honor de saludaros en vuestra casa —Diego de Omaña.»
Gruesas lágrimas, resbalándose lentamente por las arrugadas mejillas del anciano, bajaban a esconderse en el fondo de su canosa barba.
Detrás de la palabra personalmente, entreveía el conde una terrible escena de violencia y sangre: temblaba por él y por su hija... por su hija, por la dulce Elena, por el ángel querido y puro que alegraba los postreros días de su vida.
Porque Diego de Omaña era el favorito del muy alto y poderoso señor don Íñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla y co-regente del reino durante la ausencia del señor rey don Carlos V de Alemania y I de España.
Y era también el verdugo de la regencia, el que había levantado los cadalsos de Valladolid y Rioseco para los bravos Comuneros de Castilla.
IV
Sonaron las doce en el reloj de la catedral.
A los pocos momentos, un pajecillo rubio y sonrosado anunciaba a don Rodrigo la llegada de don Diego de Omaña.
Contaba a la sazón el caballero treinta y seis años, sus ojos eran pequeños y oblicuos, su frente deprimida, sus labios delgados y contraídos.
Era el tipo más perfecto de la bajeza, de la osadía y de la astucia.
Hoy servía al condestable, ayer besó el anillo y las sandalias del cardenal Cisneros, mañana se hubiera arrodillado delante de Padilla, de doña Juana La Loca o de Carlos de Gante: era un acabado modelo de esos hombres de todas las épocas que buscan su medro personal con la doblez y el servilismo.
—Sentaos, caballero —díjole don Rodrigo señalando un sitial próximo al suyo y pudiendo apenas reprimir un movimiento de aversión y disgusto.
—Perdonad, conde —respondió don Diego aceptando el asiento—; tal vez mañana llegará de Valladolid el condestable, y era preciso hablaros.
—Gracias. Decid.
—¡Oh!... Las nuevas son malas para vos.
—¿Tanto, caballero?
—Juzgad: los fugitivos de Villalar van cayendo uno a uno en poder de los soldados imperiales...
—Lo esperaba.
—Y el conde de Ureña ha desbaratado una partida de rebeldes en los campos de Benavente...
—¡Ah! No lo sabía. ¿Tenéis pliegos de la corte?
—Sin duda alguna; y en esos pliegos también he leído que don Antonio de Fonseca arrebata a los comuneros la fortaleza de Rioseco... Convenid conmigo en que apenas queda un girón de la despedazada bandera de las Comunidades.
Alzó el conde la cabeza con ademán altivo, y clavando su vista penetrante en los hundidos ojos de don Diego, dijo con acento despechado:
—Caballero, esa bandera significa la libertad de España...
Pero el secretario del condestable respondió fríamente:
