Noche entera - J. D. Victoria - E-Book

Noche entera E-Book

J. D. Victoria

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Beschreibung

En la Sicilia mafiosa de finales del siglo XIX, un padre solo a cargo de dos críos afronta el año más terrible de sus vidas hasta ese momento. Novela histórica de aprendizaje y denuncia social, habitada asimismo por fantasmas, santos y demonios, que integra un costumbrismo real maravilloso de vertiente latina con reminiscencias nostálgicas de El Gatopardo. Desde la esclavitud forzada en las minas de azufre de Lercara, apartada del mundo más cosmopolita pero no menos salvaje, hasta los frentes de batalla que abrió el Regio Ejército en tres continentes; Noche Entera es el retrato de una nación recién unificada como Reino de Italia, hasta el ascenso del socialista Benito Mussolini para instaurar un nuevo régimen autoritario con mayor aspiración imperialista, que tendrá sus días contados. Los Alfieri son personajes de su tiempo y, por ello, un espejo fiel de nuestros días. ¡Es excepcional! Con malicia narrativa y mucho oficio, el lector se transporta. Pedro Ángel Palou

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Seitenzahl: 236

Veröffentlichungsjahr: 2024

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J. D. V I C T O R I A

Noche entera

.

© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© J.D. Victoria

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-225-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Y cuando esta agua oscurezca por completo,

poseeré la noche entera con el número integral

de las estrellas visibles e invisibles.

PAUL CLAUDEL

1.

Por la indolencia de su padre, Giacomo Alfieri, al que llamaban malamente «el viejo» o «el viudo» en las minas de azufre de Lercara, Marco Antonio aprendió a interpretar el silencio. Él y su hermano Sebastián ya lo conocieron con reumas, entumecimientos vespertinos y una jaqueca insidiosa que se prolongaba durante frecuentes insomnios, manifiestos en párpados hinchados que a ratos disimulaban las ojeras permanentes. Como las canas prematuras, los desmoronamientos del cuerpo y el espíritu se le habían precipitado de súbito.

No era común que conversara; menos aún con las mujeres abandonadas que lo abordaban apostando a recobrar el sostén del hombre que habían perdido, pues el vecchio Giacomo jamás elegiría el exilio por la ilusión de América o de la anexión al continente; aunque Sicilia ya no era una isla habitable, pero nada lo unía con los italianos: ni siquiera la esperanza de otra vida posible. Por ello se empecinó en criar a sus hijos solo, en esa comarca cuyo destino compartía, porque él también, alguna vez, había sido ostentoso y magnífico.

A la reticencia del padre se sumaba la irregular educación que se podía recibir en aquellos años en la ínsula, empobrecida y quebrantada en el orgullo; después de ser considerada el Estado más próspero de la maltrecha geografía latina, la patria en el recuerdo de los críos era un rosario de privaciones acumuladas. Para los dos hermanos, la nación terminaba a unos cuantos kilómetros de donde plantaban los pies cada mañana, exhaustos en las labores del campo, aun cuando no contaban con edad suficiente para explorar los contornos del feudo donde estaban contratados por un sueldo miserable, que solo servía para acrecentar la conciencia de que nada bueno podrían esperar en esta vida. No obstante, la recreación de las jornadas garibaldinas, que conseguían enardecer los odios más recónditos de su progenitor, obraba de manera inversa en ambos niños, proporcionándoles un panorama de épicas hazañas y logros sin reservas.

En dos semanas de insomnio bajo la tutela de su padre aprendieron a leer y escribir, además de las operaciones aritméticas elementales; pero es por medio de narraciones orales de los sobrevivientes de la exigua resistencia de Francesco II, empleados después como labriegos, mineros o capataces, que Marco Antonio y Sebastián quedaron cautivados por la gesta de los Mil. La expedición de los camisas rojas se convirtió en obsesión para los dos hermanos, que invertían las noches en sumar episodios inventados en los que participaban a la par de aguerridos revolucionarios, abriendo zanjas anacrónicas en la historia, en donde concurrían los más dispares acontecimientos de su saga particular. En ella, su padre encabezaba todos los asaltos, anticipaba los asedios y rompía sitios impuestos por huestes sanguinarias; lo contrario a las que pacíficamente entraron, un día soleado de 1860, al caserío donde habitaba el joven Giacomo, al que llamaron desde lejos en un dialecto incomprensible. Al acercarse, los mercenarios a caballo le señalaron la leche que Alfieri acarreaba en cántaros, al confundirla con vino. Cedió los contenedores sin aprehensión, y después del malentendido, celebrado con guasas y empujones, aquellos húngaros «libertadores» a sueldo partieron hacia el este, de donde llegaría el plebiscito para la incorporación al Piamonte. Su pappà votó un ¡No! rotundo que le valió sanciones como enemigo de la patria: embargos, decomisos, requerimientos y confiscaciones que arruinaron la mediana fortuna familiar y amargaron a sus viejos, hasta extinguirlos antes de que mediara esa década, con solo unos meses de diferencia.

Tras abandonar a su suerte las tierras incautadas, Giacomo erró sin asideros, escabulléndose a la leva y ofreciendo sus servicios de bracero en las más disímiles tareas durante quince años. Tras los primeros meses, halló sus manos encallecidas y agrietadas, por lo que se acostumbró a la aspereza de su tacto y las caricias malogradas que brindaba a ocasionales concubinas, hasta encontrar a la mujer que Marco Antonio imaginaba rubia, y Sebastián, trigueña, ya que los chicos jamás habían tenido un referente claro de la apariencia de su madre, cuyos ojos azules apaciguaron de cualquier tribulación al guardés recién llegado a la estancia donde ella se desempeñaba como dame de compagnie de la patrona.

Hasta su enamorado ignoraba que, huérfana por ambos lados desde los cinco años de edad, la moza había conseguido labrarse una vida con mínimos contratiempos, amparada desde la infancia y hasta la adolescencia por dos tías paternas que la notaron diestra en las tareas adecuadas para una joven doncella. Fue recomendada a presentarse en Palermo ante una opulenta dama de apellido Scorza, quien le mostró su buena voluntad desde el principio, al advertir a una señorita dedicada y dócil, sin mayores pretensiones económicas ni sociales, lo que la alejaba de las galanterías de sus dos hijos, cuya única virtud que les reconocía era acrecentar el ya menguado patrimonio de una larga estirpe de ministros y obispos a través del fraude, la extorsión y el tráfico de influencias.

Sin juramentos ni convenios, aquella muchacha de mirada celeste cubrió a Giacomo de mimos ya olvidados, engendró a dos hijos suyos y desapareció sin avisar, una mañana, poco después de destetar al segundo crío. Él no la buscó ni alimentó tampoco la imaginación de los niños con la mínima imagen de quien quiso desterrar de su memoria, hasta dejarla reducida a un nombre falso con el que convocaba lo perdido: Grazia.

Envejeció de pronto, y Alfieri no podía verse al espejo más que para rasurarse y acicalar su hirsuta cabellera, grisácea y abundante.

2.

En febrero del 93, cuando aún laboraba como spisalora en lo más hondo del infierno en la mina, el padre no participó activamente en la primera revuelta, derivada del altercado entre un joven vagonero, quien hablaba en dialecto a un corro de mineros exultantes, y el capataz romano que le escupió en la boca por hacerlo. La gresca devino en golpes a mano abierta, por un lado, y azotes despiadados, por el otro, mientras los compinches del hombre mancillado con el fuete lo alentaban a recobrarse y alzar al fin los puños en contra de su agresor. Como sanción para todos, se colgó al humilde subalterno de cabeza, a un costado de las letrinas comunes, pues se pretendía obligar a que sus compañeros continuaran empleando ese espacio acotado para aliviar sus necesidades corporales, conjugando el suplicio impuesto por los jefes con la humillación de sus pares. Pero eso no sucedió.

Dos jornadas y media permanecieron medianamente pulcras las cercanías del muladar en donde, ya descolgado pero aún sujeto, el reo velaba sin recibir líquidos ni alimento, aunque satisfecho por la adhesión de los demás trabajadores. Para provocar al señor Renzi, el administrador, tres de ellos acondicionaron una vasija antigua hallada en las profundidades de la tierra para contener las aguas menores, que acumulaban para después vaciarlas en el aljibe del gerente, y utilizaron un socavón cercano para las mayores. Cuando uno de los supervisores descubrió y reportó la triquiñuela a Dirección, el vagonero fue echado sin ninguna retribución y se suspendieron durante una semana las licencias para comer y el descanso dominical de todo el personal, incluyendo los mandos medios.

Los estragos del agotamiento no mermaron los ánimos opositores entre ambos bandos, por lo que tres días después el conflicto escaló y la covacha donde se almacenaban los aperos amaneció envuelta en llamas. Y aunque la explicación más verosímil señalaba a un capataz como responsable del sabotaje, por la dificultad de acceso al queroseno utilizado para avivar el fuego, la medida correctiva fue ampliada a un mes de privaciones para los condicionados al pago por jornal, que era lo habitual en la contratación de los estratos más bajos.

Giacomo lo resintió en silencio, como era su costumbre, pero un mayoritario contingente de empleados hambrientos, desarrapados y furiosos instaló esa tarde un ruidoso cerco alrededor de la intendencia, con una pira al frente nutrida de restos inflamables del incendio que originó la disputa. Los cinco elementos de guardia a cargo de mantener el orden fueron sometidos por un centenar de hombres recios y vociferantes, armados con sus propias herramientas y unos toletes que les arrebataron, pues sus carabinas, ya inútiles, ardían en medio de la hoguera.

El patrón, incapaz de contener la embestida de los rijosos, que amenazaban con saquear las arcas bajo su custodia, ofreció la garantía de revocar las penas y mejorar las condiciones generales si los instigadores del alzamiento se entregaban a las autoridades. Las deliberaciones continuaron durante toda la noche, y al asomo del alba, cuando ya la noticia había llegado a los cuarteles, un piquete de soldados hizo su aparición para disipar la asonada.

Marco Antonio ascendió solo por la escarpada vereda del monte, pues su padre había velado en la mina, impedido para retornar la víspera, más rehén que testigo en los desmanes. Sebastián lo acompañaba hasta medio camino, pero una mujer que descendía a la carrera les vedó el paso, fuera de quicio y con las manos ensangrentadas. Forcejearon con ella hasta que el hermano menor se arrojó en sus brazos, para que el otro pudiera escabullirse.

Al llegar a la boca de la primera veta, encontró una aglomeración de carusi, resguardados por un hombre armado, sin insignias. Ninguno rebasaba los catorce años, pero su corta estatura delataba las cargas a las que eran sometidos, equivalentes a su propio peso. Descalzos y en harapos, los chiquillos valoraban el ocio recostados en las piedras o formando corros para comentar el incidente. De entre ellos destacaba un chaval muy inquieto, que al instante se ganó la simpatía de todos cuando le arrebató la escopeta a su custodio mientras orinaba de frente a los niños, que de súbito recobraron la algarabía de la infancia viendo cómo el travieso pilluelo lo retaba, amagando a carcajadas con dispararle en la cabeza, el pecho o los genitales. El celador frustrado clamaba por auxilio y piedad con gritos destemplados y llorosos, ante la bulla general, hasta que Renzi acudió al llamado, seguido por tres capataces con sendos garrotes.

El intendente sacó de su cintura una pistola y le apuntó al caruso granuja, que cedió el arma al celador víctima de escarnio sin dejar de reír, quien de inmediato tornó la gemebunda súplica de compasión en coraje desbocado y arremetió a culatazos sobre el chico, relevado por los demás gañanes, que lo molieron a golpes hasta dejarlo inconsciente.

Marco Antonio consiguió que despertara tras untarle arcilla sulfurosa debajo de la nariz. Había perdido cuatro dientes frontales y le aquejaba una punzada en el costado izquierdo, que quedó expuesto cuando el crío se enconchó en el suelo, como un caracol, para recibir la andanada.

Y ambos sonrieron al reconocerse en el otro.

—Yo soy Alonzo, ¿y tú?

—Marco Antonio.

—… como l’amante d’Egitto.

La historia del romano seducido por una faraona era aun mejor que la de los Mil de Garibaldi.

Antes de que su familia entregara a Alonzo al dueño de la mina a cambio de unos cientos de liras, como prenda por un crédito impago, la madre le narraba la vida de Cleopatra, quien postró a dos jerarcas con la ciencia de algún encantamiento que él no comprendía; sin embargo, la muerte por propia mano lo obsesionaba desde entonces.

Le mostró con orgullo sus gruesas pantorrillas, quemadas en continuas reprimendas con las lámparas de aceite que los picadores empleaban en los antros oscuros de las vetas, de donde desgajaban sudorosos, en total desnudez, aquellos minerales que los carusi debían acarrear en sacos y cestas, ascendiendo diariamente varios cientos de metros en la densa tiniebla, por pasillos estrechos de peldaños gastados y resbalosos, hasta alcanzar la superficie. Vertían luego su abultado cargamento, de treinta a cincuenta kilos, que era triturado para fundirse en enormes calcaroni, los hornos cónicos de donde emergía el nauseabundo tufo que quedaba impregnado incluso debajo de la piel.

Marco Antonio y Alonzo compartían ya a solas el frugal almuerzo dispuesto para el padre todavía retenido, una manzana pequeña y dos tiras magras de carne salada, cuando un hombre enjuto se aproximó dando gritos, babeante e ininteligible; sus rodillas nudosas y retorcidas sostenían un tronco aun más deforme, de pecho hundido y hombros desnivelados. La severa escoliosis de su joroba lo encogía otros ocho centímetros, por lo que apenas superaba la altura de Marco Antonio, que lo vio avanzar en declive con pasos despatarrados pero firmes. Estaba totalmente chimuelo y sus ojos miopes escudriñaban al rapaz desconocido como un animal que olfatea el peligro. Con menos sorpresa que curiosidad, el joven Alfieri le cedió un bocado de la fruta, y el sujeto lo engulló parsimoniosamente, después de sopesarlo con manos ansiosas.

—Mira, Fiasco, ¡ya estoy como tú! —intervino Alonzo con regocijo, mostrándole las encías desnudas en una mueca exagerada.

El giboso se encorvó más para tocar con dedos cochambrosos la boca que se le ofrecía, lacerada pero aún sonriente… hasta que Fiasco empezó a gemir sin consuelo, con secos sollozos que lo atragantaban cuando Alonzo intentó reconfortarlo con gesto de contrición.

—No importa —le dijo varias veces—, igual se me iban a caer.

Tras ser liberado, Giacomo los divisó desde arriba y descendió a trancos menos seguros que los del bobo contrahecho. Su semblante acusaba la desesperación y el desagrado por el convivio de su hijo con tales parias. Aún no digería la reciente indignación sentida cuando le ofrecieron el infame soccorso di morte, un préstamo amañado, para incorporar a Marco Antonio y Sebastián a la nueva brigada de carusi que sustituiría a los cargadores de mayor edad, promovidos a los puestos vacantes de mineros tras la destitución y arresto de los que habían orquestado el motín, aunque el sueldo de estos picadores les sería retenido a cuenta de su deuda, acrecentada cada día con estipendios absurdos por residir en las mismas pocilgas y malcomer las sobras del rancho guisado para los capataces.

Sin palabras, tomó a su vástago del hombro y juntos recorrieron la senda de regreso. No le mostró los dispersos moretones ni la herida reseca que le escocía en la espalda. Negó los muertos que la mujer de la cuesta delatara y abundó poco en los motivos del forzado receso, que lo mantuvo sanando en el hogar, solo a la expectativa, mientras los chicos retomaban las faenas de labranza, en campos siempre abiertos, donde jamás se padecía la asfixia, la cual había mermado en ese tiempo la aptitud de los pulmones del padre, por lo que últimamente lo asaltaban continuos desmayos, la visión borrosa y una tos persistente que puso sobre aviso al director, quien a menudo aprovechaba la ocasión para reclutar niños más sanos en los hospicios o de padres caídos en desgracia; por eso ya no fue requerido aun cuando reiniciaron las labores.

3.

Era el día que recibió su última paga. La mano izquierda de Giacomo sangraba con abundancia; ya tampoco reconocía dominio alguno sobre la extremidad calcinada hasta el codo que pendía a su diestra. Un cardumen de mineros lo rodeaba, como pudo atisbar apenas con uno solo de sus ojos, que lagrimaba inconteniblemente, no por lo visto, sino por la mirada para adentro de la memoria o la imaginación, confundidas al fondo de su cráneo cuando el ligamento en la muñeca cedió vencido por un golpe seco de la hachuela, y el puño en distensión fue arrojado al polvo amarillento, a los pies de Alonzo.

Alfieri frunció la boca por la patada en las costillas que lo hizo vomitar un cuajarón envuelto en hiel, con la saliva gruesa de todas las palabras que había guardado hasta entonces, como si hablar no fuera un privilegio, sino una maldición que se debía afrontar con firme continencia de asceta o penitente, pero el dolor le abrió el pecho como alfanje, con el filo de todos los agravios recibidos, en ese estado intermedio donde la vida se sostiene en vilo por un empeño que excede las normas de la naturaleza.

—¡Nuestra sangre paga su codicia! —aulló en siciliano con otra voz distinta a su habitual susurro sordo. El capataz romano se le abalanzó, blandiendo aún la cuchilla, pero un fogonazo lo contuvo; el arma humeaba, sostenida por un guardia nativo, que hizo eco de esas palabras encantadas mientras amagaba al verdugo fallido, quien gimió de impotencia y decepción, pues uno a uno se fueron sumando los hombres al clamor, elevado al unísono con el ímpetu de un volcán que despierta, cuyo estruendo agitó los linderos y descendió hasta el fondo de las excavaciones, para hallar acogida en la tierra, adonde pertenecía.

La aparición del jefe turbó el ánimo. Iba escoltado por seis mercenarios croatas, quienes a duras penas se aclimataban, bufando ostensiblemente. Tendido boca abajo, Alfieri oyó cómo la fusta que mordía su carne cimbró el aire a chasquidos, y se evocó pillado en la intendencia, hurgando entre la caja de caudales, después de recoger con desaliento su mísera liquidación.

—¡Levántate, viejo, que aún me debes algo! —tronaba Renzi, golpeándolo con saña en el lomo endurecido, costroso, seco al sol, que exhibía las llagas no cerradas, la pulpa de su piel enrojecida, cauces de sangre entrecruzados, como fieros zarpazos; bocas húmedas sin labios en la espalda, recia, tensa, muy fuerte, en resistencia; luego rota, frágil, dócil, surcada de través por las heridas; estriada, desflorada, yerta, inmóvil.

Los colmillos de Alonzo se prendieron al brazo inerme del patrón, que reaccionó extrañado con una sacudida. El mordisco era superficial, pero le punzaba quemante en el orgullo, por lo que él mismo lo tomó de los hombros y azotó al zagal contra el suelo, ahuyentando a sus custodios sorprendidos con ademán de enfado. El chico se plantó, como no pudo hacerlo Giacomo, y escupió a los pies de su captor, que alcanzó a someterlo por el cuello, presionando con fuerza y decisión, mientras el niño desdentado reía, con ojos apretados y los mocos de fuera, la lengua tímida asomándose, hasta que el gesto jubiloso se contrajo cuando sintió que verdaderamente perdía el aliento. Su estrujada garganta emitió un resuello de animal, entrecortado, que no compadecía al ogro de mirada perdida, los dedos encajados en la tierna yugular, hambriento de una estéril venganza sin respuesta, porque su joven contrincante no tenía oportunidad, desfalleciente como estaba, demacrado para su edad, que ya no podría llamar de la inocencia, pues sus tiempos eran otros: los años del desamparo.

Su berrido imperativo de advertencia reclamó atención. Fiasco sostenía un cartucho de pólvora, rengueando en dirección al azufre fundido en el interior del horno calcarone. El primer disparo le arrancó una oreja, pero no se detuvo. La siguiente descarga le dio en la nuca cuando el ardiente vaho ya lamía su rostro enajenado, en la avidez que suple a la cordura; con el cuerpo vencido, la sola inercia lo arrojó a la boca del crisol, también llamada «muerte», acarreando consigo el explosivo. Al estallar, retumbó hacia dentro la monumental cúpula, mientras una llamarada brotaba de la piquera para alcanzar un cúmulo de barras sulfurosas dispuestas para el embarque, las cuales comenzaron a arder. Con baldazos de agua y de tierra, algunos comedidos trataron de enfriar los bloques que se consumían en jirones humeantes de flamas azuladas. Pestilentes vapores ascendieron hacia un cielo gris, donde el sol mortecino de la tarde abandonaba el árido paraje, emulando la estampa del infierno en cualquier catecismo.

Alonzo, de rodillas, remecía en su pecho los despojos de Fiasco, que exhalaban efluvios azufrados de todos sus hedores, ya que el agua le era repulsiva de antaño pues el padre, un viudo fundidor, lo sumía constantemente de cabeza en las tinajas repletas hasta el borde, en un trasunto de bautismo, reclamando al Altísimo la simpleza de su hijo, que nunca articuló palabra en lengua conocida. La víspera de sus cinco años comenzó a trabajar trasladando lingotes del horno a la vagoneta, apenas unos metros que al paso de los meses se alargaron, cuando fue reclutado para cubrir algunos trechos todavía a ras de suelo, desde la bocamina, donde los carusi le entregaban su carga con la encomienda de llevarla a triturar. Más tarde ingresaría a los laberintos sofocantes, ofuscado por las vetas amarillas que, abrazadas a las rocas, debían ser extirpadas por cientos de picos en un alucinante concierto de ecos, entre pujos, quejidos e insultos. Tras el apuñalamiento del padre en una riña al intentar venderlo a un capataz por dos garrafas de vino, Fiasco siguió bregando sin pausa ni cuidado, a expensas de la caridad comunitaria, por lo que a muy temprana edad le brotó una joroba retorcida que ladeaba su cuerpo, aunque sin hacerlo perder el equilibrio incluso en las pendientes casi verticales, donde otros compañeros le reconocían que tentaba a la suerte al transitar a ciegas con el pesado bulto montado en el hombro. Mucho tiempo después, la llegada del niño vivaracho que ahora acicalaba su cadáver le brindó un auténtico remanso al sufrimiento.

—¡Caruso una vez, caruso por siempre! —recitó el intendente, con sorna. Mientras desgreñaba al muchacho, que no quería soltar el fiambre chamuscado, se asomó una mujer sollozando entre la multitud. Arropó al pequeño con el manto que le cubría la cabeza y juntos acudieron adonde estaba Giacomo, quien besó las manos de la dama justo antes de desvanecerse en su regazo.

—¡Llévenlos al dispensario! —mandó Renzi a dos guardias estoicos de la escolta. Y cuando la buscó para recriminarle su inesperada presencia, la señora había desaparecido.

4.

La devoción por la imagen de María Santísima de Constantinopla se acrecentó entre los mineros a partir del incidente. Cada domingo, y algunos días de asueto extraordinario, la parroquia de la Virgen rescatada de un arroyo por una niña de once años recibía las graves plegarias de los hombres curtidos en el rigor de la azufrera, que oraban a lágrima viva ante la figura apenas sugerida como una difusa incisión en la losa, remarcada con pintura: la reina de los cielos, de nimbo y corona radiantes, sosteniendo al Hijo bendito en su brazo izquierdo, con la custodia de cuatro angélicos infantes resguardándola bajo un lujoso palio. Incluso el señor Renzi, a su pesar, contribuyó a las muestras de veneración al sufragar una efigie de bulto, hecha a semejanza de la amada patrona, que encabezó la procesión de los trabajadores en su festividad de agosto.

El verano se animó también ese año con tres días de música, exposiciones y fuegos artificiales. El tráfico de animales y mercancías diversas alrededor de la iglesia rivalizaba con la actuación de cantantes, conciertos en la plaza y las frenéticas carreras de caballos que hacían trepidar la avenida principal, en contraste con la solemnidad de las peregrinaciones y los puntuales llamados a misa desde la torre del campanario. Farolillos precarios alumbraban los rezos de las beatas, las tertulias de los jóvenes y los improvisados juegos de apuestas donde a menudo afloraban las rencillas, por lo que a nadie sorprendió que el capataz romano recibiera una paliza al amparo de la noche.

Los ecos del holgorio no llegaban a la covacha de Alfieri, apartada de todos los caminos, al pie de una hirsuta colina que la erosión sulfúrea hacía más lúgubre. Aún convaleciente, el viejo manco madrugaba más que los hijos para arribar al yacimiento antes que los demás muleros, donde supervisaba la carga de los asnos que le asignaron para el traslado de los bloques de azufre hasta la estación ferroviaria, remedando caravanas de creyentes al santuario. Sus colegas le acondicionaron una prótesis para el muñón izquierdo consistente en una vara de metal que le sirviera para azuzar las bestias.

Por órdenes del propietario de la mina, que estaba al tanto de los rumores de huelga, Renzi se vio obligado a tolerar la reincorporación de Giacomo en la nómina, sin perder la ojeriza que le tenía, por lo que el intendente le impidió al lacio minusválido que cobrara a diario su paga, la cual recibiría a través de un esquema de vales semanales, a expensas de que los contadores le regatearan algunos viajes a manera de comisión.

Cada viernes, después de la fajina en el plantío, cuando su padre y Sebastián dormían exhaustos, Marco Antonio se encontraba con Alonzo en el pueblo para colarse a las tabernas y escamotearles unos tragos a parroquianos incautos, quienes se entretenían viéndolos huir entre ebrios trompicones; aunque no siempre eran bienvenidas sus incursiones en tugurios o «círculos» en casas de recreo adonde se jugaba a la baraja, por lo que recibieron varias tundas cuyas señales ocultaba Marco Antonio debajo de las mantas, apelando a la discreción del hermano menor, con el que compartía un colchón de paja; por su parte, aun molido, resoplaba el fugitivo Alonzo de retorno al trabajo desde la primera hora de la mañana, con temblores de resaca y sudor frío, los pies descalzos también adoloridos, la sonrisa quebrada por la falta de dientes y, con suerte, algún minúsculo botín que le servía para granjearse una ración adicional de pan y queso rancio. Deglutía ruidosamente los bocados, al borde del ahogo, hasta que el cuello se le hinchaba como a un sapo, causándole dolor en su trayecto a la panza; si bien la sensación de agobio no le era tan ingrata, habituado a respirar las fétidas emanaciones del azufre y el sudor agrio de trescientos cuerpos hacinados durante doce horas, seis días a la semana, en el claustro común de las canteras.

—¡Vamos a visitar a Fiasco! —le propuso a Marco Antonio en medio del hastío dominical, tras burlar la vigilancia del presbítero que arreaba al catecismo a niños cargadores, vástagos de peones y todos los remisos de Lercara que aún no recibían la primera comunión, obligatoria por la fe renovada debido a la supuesta aparición en la mina de la madre santa.

Recostados sobre el montón de tierra mil veces removida que cobijaba la fosa de los pobres, tramaban sus ingenuas fechorías cuando los sorprendió el descubrimiento de una quijada intacta, a unos centímetros del suelo. Escarbaron más hondo con las uñas, hasta desenterrar una lustrosa pelvis como si fuera el esqueleto improbable de una enorme mariposa prehistórica. Los despojos hallados abundaban una hora más tarde, cuando Sebastián llegó al panteón abrazando el devocionario que el párroco obsequió a los asistentes al final de la prédica, colmada de alusiones al pecado de omisión y la culpa que hierve en la cabeza del impío.

—Alguno de estos huesos debe ser suyo —afirmó Alonzo, convencido, y eligió una costilla más corva de lo usual que pulió con saliva asemejando un delgado colmillo de marfil.

Esta reliquia se convirtió en su amuleto para no perecer en un derrumbe de las grutas, por lo que se fajaba apretándola muy fuerte a la cadera con el cinto de cuero corroído que le servía para ceñir las hernias; también era su espada de centurión en las batallas imposibles que recreaba al lado de los Alfieri, garibaldinos a ultranza con sendas carabinas de madera improvisadas con horquetas.

5.

—¿A quién se los robaste, viejito? —le inquiría Renzi en tono zalamero—. Nadie te ha conocido mujer, llegaste de la nada con dos críos y ninguno de ellos se te parece.

Los compañeros que cuatro meses antes lo secundaban en un reclamo por la dignidad, ahora se reían de él, lo que contribuyó a su mayor aislamiento después de las mutilaciones físicas.

El penúltimo día de Giacomo en el pueblo, fue obligado a avalar una cuantiosa deuda y retuvieron su paga semanal a cuenta, debido a otro percance inusitado: al transitar por la ladera más agreste del trayecto habitual, una de las mulas rodó diez metros cerro abajo, arrastrando en su debacle la excesiva carga que con prudencia requería un par de viajes más, pero el apremio por surtir un pedido urgente a embarcar antes de mediodía, con la promesa de una insólita y generosa comisión adicional, propició la falta de criterio del arriero lisiado, que al verse incapaz de recuperar por sus propios medios los lingotes esparcidos a lo largo de la pendiente y estibarlos deprisa en el lomo de la acémila postrada y malherida, con fracturas expuestas en dos patas, explotó aporreándola con la fusta de hierro. Los rebuznos lastimeros espantaron al resto de la recua, por lo que Alfieri recuperó la razón de súbito, con un helado latigazo que ascendió por la columna vertebral y se alojó en su nuca; apaciguó entonces al ganado inquieto y reanudó la marcha, abandonando a la bestia moribunda, que desembarazada del agobio cesó de lamentarse y se instaló exhausta entre la maleza seca.