Noel Papá - Jorge Cuadrado - E-Book

Noel Papá E-Book

Jorge Cuadrado

0,0

Beschreibung

Después de muchos años de locuras, un padre muy particular quiere darle estabilidad a su familia. Para lograrlo no se le ocurre mejor idea que embarcar a sus seres queridos en un proyecto delirante alrededor de la Navidad. El libro de ficción que escribió Jorge Cuadrado (basado en situaciones reales) se cuenta desde la perspectiva del hijo. Él intenta comprender a ese señor extraño y evitar que se derrumbe el matrimonio con su madre, mientras el país se encuentra en guerra. Dentro de ese marco ocurren muchas situaciones desastrosas, entrañables y cómicas, y las personas terminan encontrando algo muy diferente de lo que buscaban.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 282

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Jorge Cuadrado

Noel Papá

 

Saga

Noel Papá

 

Copyright © 2013, 2022 Jorge Cuadrado and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726903232

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A los hombres equivocados

Me cago en Claudia Piñeiro. Yo había escrito una novela sobre la vida de mi padre que pensaba publicar en junio. No era gran cosa, por supuesto, pero tenía mis expectativas. Hasta que aparece ella, con toda su rimbombancia, y me planta en las góndolas del supermercado una portada con un tipo en un ridículo short de baño y una nena de la mano. Un hombre del siglo no sé cuánto, con pecho de nadador, un verdadero monstruo ante el cual la pequeña historia de mi padre sería un papelito arrugado en el cesto.

Me gusta comprar libros en el supermercado. Es agradable saber que un escritor vale lo mismo que un repositor de fideos o un productor de zanahorias. Es un acto de justicia. Pero si el libro de la Piñeiro estaba en las góndolas del Wal Mart también estaría en las librerías de todo el país. Saldrían reseñas en los diarios. Los programas culturales de la radio y la televisión le harían entrevistas. ¿Por qué se llama Un comunista en calzoncillos?, le iban a preguntar, y ella se despacharía como una lady, ignorando por completo que a un cordobés se le había ocurrido una tapa con su propio padre de espaldas, el culo al aire, un gorro de Papá Noel y la vista perdida en el otro lado del mundo.

Salimos del súper, cargamos las bolsas en el baúl y le pedí a mi esposa que manejara. El contenido era peor. El padre de la Piñeiro también era un desclasado. Lo echaban de los trabajos, vendía estupideces a domicilio, no iba a las reuniones de la cooperadora.

Cuando llegamos a casa, dije que estaba triste y que me iba a la cama.

—Primero ayudame a bajar las bolsas —dijo mi esposa—, te va a aliviar un poco las penas.

Asentí. Hasta le di de comer a la perra. Después me duché y me acosté a terminar de leer el libro de la Piñeiro. Era breve, de letras grandes. Las coincidencias comenzaban a abrumarme. Yo también había visto desnudo a mi padre y por más varón que fuera me había impresionado lo suficiente como para evitar nuevos encuentros de ese tipo. Es cierto que el padre de la Piñeiro se recomponía y les prohibía a sus hijos ver los besos que se daban por televisión, pero aun así atravesaba la novela con el regusto de los impertinentes. Igual que el mío. Me espabilé recién en la página cincuenta. Al fin y al cabo había muchos libros que hablaban del padre de los escritores. El maestro de la Piñeiro, sin ir más lejos, Guillermo Saccomanno, escribió Situación de peligro. Y está La invención de la soledad, de Auster, y Patrimonio, de Philip Roth. Digo que casi todos los libros de los escritores son acerca del padre en mayor o menor medida. Incluso hay uno, de un búlgaro o rumano si mal no recuerdo, que es una especie de decálogo de doscientas páginas que podrían resumirse en una sentencia: Nadie puede considerarse artista si no está dispuesto a perder la reputación en una obra. Después de esa frase, los demás guiños para escribir sobre el padre carecen de sentido: recuerda que todos los padres son iguales y, por más que te esfuerces en distinguirlo, el tuyo también; resuelve ya en el primer párrafo si tu padre será el que fue o el que quisieras que hubiera sido; no te mantengas al margen, si no estuvieses tú en el medio sería la historia de un hombre, no de un padre.

Quiero decir que lo que quizás hizo el libro de la Piñeiro fue acudir en mi auxilio. Plantearme preguntas. ¿Por qué había escrito yo una novela sobre mi padre?, ¿qué clase de placer encontraba en difundir algo tan íntimo, además de la impudicia de la vanidad?, ¿qué quería perdonar, o por qué quería pedir disculpas?

Mi esposa me gritó desde la cocina.

—¿Vas a cenar o seguís triste?

Resolví no dar el brazo a torcer, aunque no estaba muy seguro de la actitud que debía adoptar para lograrlo. Sobre todo porque abrí apenas la puerta del dormitorio y entró el aroma ácido pero dulzón de su salsa de portobellos.

—Sigo triste —dije.

Tenía que concentrarme en la Piñeiro y sus enseñanzas. Irme hacia atrás. Recordar el día en que decidí escribir y publicar la historia de mi padre y sacrificarlo en el altar de novedades literarias. Fue durante el regreso de Finlandia, adonde había viajado a cumplir lo que creía un mandato, un año y pico después de su muerte. Era 28 de diciembre. El invierno de Helsinki había obligado a postergar los vuelos por las tormentas de nieve y las demoras parecían una mala broma del día del inocente. Justo en Finlandia, donde tienen un cuidado extremo en no ofender gratis al prójimo. Estaba impaciente. Ansioso, mejor. Necesitaba darle un cierre al asunto.

La noche extra en el hotel finlandés no me cayó bien. Me costó dormirme. La calefacción estaba alta y el calor no cedía aunque la apagara. No había cómo amortiguar el murmullo de los aviones que habían empezado a despegar y aterrizar pasada la medianoche y la sombra de mi padre aparecía y desaparecía en cada silencio, recordándome que todavía no habíamos terminado.

No soy de los que tienen delirios místicos. Al menos en cuanto a la religiosidad del concepto. Nací ateo, pasé mi adolescencia blasfemando a los creyentes, luego, como todo universitario, me enrolé en el agnosticismo obligatorio y terminé sirviendo al inexistente ejército de los que no creen pero quieren creer. Quiero decir que había ido y vuelto lo suficiente como para que me importara un pito la sombra de mi padre. Un hombre es un hombre y punto. No le debe nada a nadie. Pero en el hotel de Helsinki sentía otra cosa. Necesidad, creo. Todas las emociones humanas empiezan en la necesidad. Tengo hambre/necesito comida, tengo miedo/necesito protección, estoy triste/necesito afecto. Matar, huir, enamorarse, apenas son reacciones.

Yo tenía necesidad de un padre, un tipo a quien pedirle consejos, un hombre parado sobre tierra firme, con rodillas y hombros capaces de aguantar la furia del universo; un oráculo con una cabeza enorme cuyas respuestas no dejaran lugar a dudas. Ser huérfano es no tener esos puntos de apoyo. Y mi padre me había dejado huérfano antes de tiempo.

Cuando por fin murió, entendí que no todo era tan simple. Por un lado, porque a pesar de lo que dijera el rumano, o esloveno, mi padre tenía el deber de ser mi padre pero también la necesidad de ser un hombre. Digo que le gustarían las mujeres, por ejemplo. Cuando pasaba una morocha, esquivaría la mirada de mi madre y trataría de mantener indemne la sensatez de su paternidad, pero en algún lado metería las ganas de llevársela a la cama. Como cualquier hombre con cualquier morocha. Y por si esto resultara insuficiente, comprendí también que la mera existencia de un padre no resuelve los problemas. Un padre es una construcción. Un personaje. Hay que crearlo, darle forma, matices. Como decía el decálogo: si yo no ayudaba a componerlo, si no le daba una función, no era mi padre, era cualquier hombre.

En mi caso, durante mucho tiempo, ese hombre estuvo allí sólo para atribuirle culpas. Para que no se le ocurriera llevarse a la cama a ninguna morocha. Pero, como si fuera una treta de mi analista, llegó al supermercado el libro de la Piñeiro para inyectarme la idea de que yo había viajado a Finlandia y había escrito una novela sobre mi padre porque sentía una pavorosa necesidad de él. Me faltaba la valentía de obrar a mi antojo y hacer con su figura lo que yo quisiera. Armar un padre. Como en el rasti o el mecano.

De todos modos, en la historia de Papá Noel la novela había atinado. Era la pieza central del juego. La cuerda que ataba los cabos. La isovida. Lo que unía lo místico y lo real, el ateísmo militante y la necesidad de entender. Finalmente, ¿la fantasía es un invento de la realidad o la realidad es una creación fantástica? Ignoro si mi padre pensó en todo eso. Es una de las tantas cosas que me hubiera gustado preguntarle. Pero ya está muerto y ni siquiera encuentro la placa que enterré contra uno de los pilares del puente. Q.E.P.D, 18/9/1941-18/9/2005. No tengo más remedio que responder por mí mismo.

Papá Noel es un gordo hermoso. Su belleza reside en la magia. Si uno revelara de dónde carajo saca los regalos, el personaje se destruiría en segundos. La gran equivocación de mi padre fue tratar de imitarlo ignorando ese dilema básico: la fuente de obtención de los regalos. Sin recursos no hay generosidad. Mi padre quería dar lo que no tenía, y eso no se llama dar, se llama prometer. Y en tanto de la dádiva se deriva una cuestión política, de la promesa sobreviene un acto de fe. Creer en una promesa es una opción religiosa.

Mi padre creía en Dios, pero le tenía bronca. Pensaba que era un político en campaña, entonces lo azuzaba con preguntas complejas y le reprochaba las guerras. Pero su relación con Papá Noel era distinta. Lo avergonzaba reconocerlo y durante mucho tiempo pretendió esconder esa ambigüedad indigna de su filosofía de vida, pero frente al gorro rojo y la barba blanca sus dogmas se derretían como un helado en manos de una criatura. Lo supe con certeza la noche en que dio un discurso para presentar su proyecto más ambicioso, un episodio medular en nuestras vidas, que ya estaba narrado en la novela antes de encontrarme con el libro de la Piñeiro.

Más allá de los análisis que puedan desprenderse de aquel evento, a veces dudo si la pretensión de mi padre de convertirse en un Papá Noel pagano, en un hombre todo generosidad, obedecía a las carencias de su infancia, como podría inferir cualquier psicoanalista, o a la voluntad adulta de cubrir sus cagadas con un acto de nobleza. Visto así, mi padre era voluntariamente una buena persona que debe haber sufrido como pocos los embates de sus reacciones. Porque (lo tengo que decir de una buena vez) era un energúmeno cuando reaccionaba. Alguien capaz de arrasar con la Biblioteca de Alejandría. O, según el decálogo del escritor búlgaro-esloveno, esa era la construcción que yo hacía de él.

En conclusión, en el viaje de Helsinki a Madrid, pero especialmente en el largo trecho de regreso entre Madrid y Córdoba, empecé a darle forma a la idea de la novela sobre mi padre, que acarreaba un título desde tiempos inmemoriales. Se lo había puesto un familiar que ha preferido mantenerse al margen de la historia. Lo comprendo. Yo mismo dudé en asumir la responsabilidad de publicarla. Ahora no. Sobre todo después del libro de la Piñeiro, que me llevó a Philip Roth y al escritor eslovaco cuyo nombre no recuerdo. El gran efecto del comunista en calzoncillos fue provocar el efecto dominó que finalmente me convenciera de que un escritor tiene que convivir con la intemperie. Eviscerarse. Y que se vaya todo a la puta que lo parió.

Mi padre había puesto un criadero de pollos en el dormitorio matrimonial de un amigo del Círculo. Dijo que quería hacerle un favor. Pobre, recién llegado a la ciudad, con dos hijos, de algo tenía que vivir. Pero como no le sobraban los recursos para hacer favores, diseñó como pudo unas luces, unas jaulitas, pidió kilos de viruta en una carpintería y compró cuatrocientos pollitos al fiado. El amigo y su mujer se mudaron a la habitación de los hijos y armaron en la suya la pollería.

Ignoro cómo se las arregló la familia para silenciar a los pollitos de noche, o si es que cuando les apagaban la luz se callaban solos. A esa edad no se me ocurría preguntar esas cosas. Mi única conciencia sobre un pollito era acariciarlo y preguntar por qué los mataban; a lo sumo curiosear cómo limpiaban la caca y el pis o hacer cara de asco por el olor. Del problema medioambiental no sabía nada. La que sabía era mamá, que trabajaba en la municipalidad. Una noche, mientras cenábamos, dijo que había llegado a conocimiento de un inspector que su marido tenía un establecimiento avícola en una casa de familia. Según ella, el inspector se lo había dicho con delicadeza, para no ofenderla, pero le avisó que algo iba a tener que hacer. Mi padre se enfureció. Apagó el pucho en un pocillo y de un puñetazo hizo saltar los platos y los cubiertos de la mesa.

—Y qué hago con Rabenko —gritó—, ¿lo dejo tirado para que se lo coman los piojos?, ¿le importa eso a tu municipalidad, a ese inspectorcito de mierda? Qué le va a importar, qué carajo le importan los pobres al mundo.

Gritó todo eso, corrió la mesa de un empujón y se fue al Círculo a jugar ajedrez. Mamá podría haber puesto ojos de asustada, pero no, juntó los platos que cayeron al suelo y capaz que se quedó pensando en solucionar el asunto. No hizo falta. Antes de que ningún inspector hiciera nada, los pollitos murieron de una infección y mi padre se consideró fundido por primera vez.

Para esa época trabajaba en la tienda más importante de la ciudad, como jefe de ventas o algo por el estilo. Y si bien en el emprendimiento había comprometido todos sus ahorros, mejor dicho los ahorros de mamá, lo mismo se las ingenió para ayudar a Rabenko a poner una rotisería.

Seguimos viéndonos con la familia hasta la noche del cumpleaños de Débora, la hija mayor. Rabenko y la esposa habían dispuesto un banquete pantagruélico, como para cincuenta personas, con varios platos judíos y milanesas de mondongo como atracción principal. Los tablones del patio rebosaban de comida y cerveza y vino y gaseosas, cosas que a juzgar por la cara de mamá habían sido compradas con dinero de mi familia. La mantelería era flamante, de hilo con bordados de figuras de bailarinas, y habían adornado el patio con guirnaldas de flores. Se ocuparon de regar la madreselva para que liberara su fragancia dulzona y por las dudas baldearon el contrapiso de cemento con aromatizante de lavanda en el agua. La noche acompañaba. Las amenazas de lluvia habían desaparecido y corría una brisa ligera y apacible. Débora estaba preciosa. Llevaba un vestido largo hasta la rodilla, blanco con vuelitos azules, y en la peluquería le habían hecho dos trenzas esmeradas que colgaban de aquí para allá.

Mamá ayudó a la señora Rabenko a terminar de acomodar las sillas y poner los buqués, mientras mi padre y el marido conversaban de política. Estábamos en plena dictadura y nadie quería hablar mucho de esos asuntos, pero a mi padre le gustaba desafiar y decir en voz alta que los milicos eran esto o aquello. En un momento dado, Rabenko miró el reloj y se puso a acomodar las sillas, a probar que los tablones no quedaran demasiado altos ni se movieran mucho y le pidió a mi padre que picara algo, que ya debía tener hambre. Mi padre rechazó la oferta, pero también miró el reloj y lo ayudó con las sillas. No esperaban que la gente del Círculo fuera demasiado puntual pero habían invitado a tantos que a esa hora ya tendría que haber habido diez o doce.

Le pedí a Débora que bailara. Casi me muero de vergüenza después del pedido, sobre todo cuando dijo que todavía no era el momento, que había que esperar al resto de los invitados. Eran tantas las maravillas que se hablaban de su destreza que recuerdo haber sentido cierta incomodidad al verla allí parada, ansiosa, esperando el momento de lucirse.

Pasaron los minutos. Quizás media hora, o más. Se terminó el long play de Mocedades, pusieron uno de Roberto Carlos y finalmente Creedence, para levantar un poco. Rabenko dijo algo respecto de la demora de todo el mundo, y mamá que ya iban a venir, que había hecho demasiado calor y estarían esperando que refrescara más, pero Rabenko hizo una mueca y mamá se calló la boca. Fue mi padre el que se largó a hablar, a despotricar contra los milicos, a criticar el mundial, la municipalidad, la televisión argentina. Y empezó a comer. Comía mucho, sin parar, y un poco de todo. Se hacía un sándwich de milanesa de mondongo y ahí nomás arremetía contra el suelze, el golabki, los blintzes de verdura, la cerveza. Comía y tomaba, o seguía hablando, hasta que Rabenko se levantó de la silla y le puso la mano en el hombro. Está bien, Raúl, no te esfuerces —le dijo—, podemos guardar para la semana. Y mi padre que bueno, que no había que hacer un drama, que seguro no habían ido por un problema de comunicación.

Dijo eso y puso dos milanesas de mondongo entre panes, juntó un poco de salsa con la cuchara, para humedecerlos, y le metió un bocado tan grande que después le costó masticar. Los demás mirábamos. La masticación del sándwich se había convertido en el atractivo principal de esa fiesta desolada y mi padre asumía el rol de protagonista a pura convicción. Luchó con el pan y el mondongo lo mejor que pudo, manteniendo la boca cerrada y casi sin hacer ruido. Procuró también no mover la mandíbula hacia los costados, supongo que para no dar la impresión de un rumiante, especialmente porque le gustaba coquetear con la señora de Rabenko.

Ya había bajado la vista cuando sonó el teléfono. Serían alrededor de las once y media y Débora salió como una exhalación a atenderlo. Ajá, la escuchamos decir, a lo lejos, y la vimos asentir con movimientos firmes de la cabeza. Regresó al patio tranquila, sin mucho entusiasmo pero con una rara expresión de certeza.

—¿Quién era? —preguntó Rabenko.

—El tío Luis.

Nadie preguntó más. Mi padre frunció el ceño, como si hubiera quedado al margen de algo, hasta que mamá hizo una seña y él volvió a concentrarse en el sándwich. No existía ningún tío Luis, aunque de eso me enteré tiempo más tarde. En ese momento esperé que Débora revelara el contenido de la conversación telefónica, las disculpas que seguramente le había pedido el tío Luis, como si hubiese sido el vocero de los ausentes. Pero Débora no dijo nada; se acercó al tocadiscos, puso Hava Naguila y empezó a bailar.

Para ser fiel a la verdad debería decir que empezó por sonreír. No era la sonrisa provocadora que con los años le vi a Lauren Rose, pero estaba claramente destinada a producir un impacto en el público y se notaba que había sido ensayada con esmero. Que los asistentes fueran cinco personas no la amedrentó. Colocó sus manos sobre las caderas y comenzó un contoneo suave, angelical, que fue subiendo en intensidad con cada compás, hasta convertirse en un torbellino de giros y ademanes en el estribillo. Los movimientos eran perfectos, de estudio. Si yo hubiera tenido algo de conocimiento habría concluido que Débora llevaba meses ensayando. A cambio la miraba con cara de bobo, hipnotizado por el despliegue de pasión adolescente, resuelto como una bailarina profesional, con un dominio absoluto del patio de cemento.

Terminó con una reverencia y recibió una ovación. O eso era lo que merecía. En realidad se escucharon algunos pares de manos golpeando con fuerza. Recuerdo no haber podido aplaudir. Débora estaba casi sobre mí, atenta a los comentarios que no eran más que hurras y pedidos de otra. Mi padre había abierto sus manazas y con los brazos bien adelante chocaba las palmas con una frecuencia y una energía desproporcionadas, quizás asumiendo que el aplauso debía ser de resarcimiento y venganza. Hacía ya algunos segundos que los demás se habían detenido y él seguía aplaudiendo, de pie, con la boca todavía cerrada por el mondongo. Cuando sus manos enrojecieron lo suficiente, se sirvió medio vaso de cerveza y lo bebió de un sorbo.

—Ma-ra-vi-llo-sa —dijo, y quiso saber si alguienimportante había vistobailar a esta chica.

Algo iba a decir la señora de Rabenko, pero el marido la detuvo:

—Ahora vamos a brindar.

Destapó una botella y sirvió cuatro copas burbujeantes. Luego se dio cuenta del olvido y puso apenas un sorbito para que Débora y yo nos mojáramos los labios. Chocamos las copas pero no hubo discursos. A mamá se le ocurrió decir que salvo mi padre nadie había comido nada, pero no le contestaron. Rabenko miró el reloj y dijo que ya eran las doce. Mi padre saludó a Débora con un beso en cada mejilla y al matrimonio con un abrazo.

—A la Navidad la pasamos en casa —dijo.

Pero no volvimos a ver a los Rabenko. Después del cumpleaños cerraron la rotisería y abandonaron la ciudad. Pasados uno o dos años recibí una carta de Débora. No alcanzaba a leerse el matasellos pero mamá dijo que por la estampillla era del Uruguay. No contaba nada de su vida, de su familia y menos de aquel festejo. Era una nota sencilla con entrelíneas para releer. Hola, qué tal, ¿tus cosas bien?, espero que todo marche como pretendés. Yo instalándome en mi nueva casa (estoy acostumbrada a las mudanzas), así que cuando se acomoden un poco los horarios te vuelvo a escribir y te cuento más. Mientras tanto andá contándome algo tuyo. Un beso grande. Débora. Le respondí luego de unos días, también así, en pocas palabras, para que le causara intriga, pero ya no recibí respuesta.

La encontré en facebook, hace un par de años. Mi memoria retuvo que ella me ubicó a través de no sé qué tipo de búsqueda, pero en realidad no estoy seguro. Debo haber sido yo el que la buscó. Probablemente de madrugada, cuando suelo terminar las cosas del trabajo. Chateamos de temas insustanciales. En qué trabajábamos, cuántos hijos teníamos. Creo que también nos preguntamos si éramos felices pero en ese contexto también resultaba una banalidad. Deberíamos habernos preguntado por la noche de aquel cumpleaños y sin embargo dimos vueltas sin tocar el asunto. Me dijo que había hecho un intento por entrar en un ballet de Montevideo pero la rechazaron y no quiso insistir. Después, tímidamente, quiso saber de mi padre. Murió, dije, ¿y el tuyo? También, respondió, pero no le creí.

Nunca escuché a mi padre decir nada sobre la desaparición de los Rabenko. Esas extrañas relaciones afectivas que entablaba eran tan intensas como fugaces. Y creo que no por culpa de él. Los amigos, por llamarlos de algún modo, normalmente eran nómades, sinuosos y transidos por la soledad. Verdaderos errantes, desprovistos de objetivos a largo plazo y absolutamente incapacitados para sacar beneficio de las oportunidades del azar. Según mi padre, los recogía al advertir su estado de aislamiento social. Mamá, en cambio, opinaba que lo agarraban de punto. Que eran avivados que en vez de salir a buscar la presa la esperaban. Y que mi padre era una presa perfecta. Mamá estaba segura de que eran estos personajes los que terminaban teniendo lástima por él y lo abandonaban antes de sacarle la última sangre.

Como fuera, la fuga de los Rabenko en vísperas de Navidad dejó a mi padre como un alma en pena. Intentaba disimularlo, pero todos en la familia notaban que esa fecha le provocaba algún tipo de urticaria. Recién hoy, que tengo algunos años encima, soy capaz de hablar de que lo fantástico forma parte de las necesidades del hombre. Como el aire y el agua. Dioses, mesías, reyes, reelecciones, biblias, manifiestos, paraísos, reencarnaciones. Somos animales que sabemos de la muerte y necesitamos derrotarla de algún modo, soñar con una entidad más allá, con algo o alguien que trascienda la finitud. Imaginarnos que hay otra vida. Pero en aquel momento el valor de la fantasía no formaba parte de lo que podía apreciar. Yo notaba la emoción de mi padre frente a las navidades en signos pequeños, invisibles para la mayoría, como sacar la vista del diario cuando escuchaba hablar del Niño Dios, jugar con el Reno Rodolfo de oro que llevaba siempre en la billetera o hacernos creer que su interés en las cartitas con los pedidos era meramente literario. En esa época yo estaba convencido de que pese a todos sus esfuerzos por demostrar lo contrario, mi padre era feliz en diciembre.

Aquella Navidad sin los Rabenko la pasamos en lo de mis abuelos maternos, con los cuatro hermanos de mi madre y una ristra de chicos entre los que yo era el mayor. La casa tenía suficientes comodidades como para que entráramos todos sin desperdigarnos demasiado. Estaba encajada en una barranca y desde el primer piso, especialmente desde la cocina, se veían las sierras grandes.

El patio era un territorio inmenso y verde, protegido por la pared talada de la montaña, con un quincho diseñado especialmente para la familia unida. Sin embargo, mi padre insistía en permanecer en los rincones, los sótanos, los pasillos, aquellos lugares donde supuestamente se sentía a salvo de la opinión ajena, excepto que apareciera mi tío Lolo, el mayor de los hermanos de mamá, para jugar ajedrez. En tal caso colocaba el tablero lo más a la vista posible, para que todos vieran lo sociable que podía volverse.

La última vez, mi tío le había ganado tres partidas seguidas y había pretextado un dolor de muelas para no darle revancha. Cuando a mi padre se le pasó la bronca, compró un reloj, alegando que mi tío pensaba demasiado, pero como el otro lo evitó un par de veces, decidió no volverle a jugar. El juramento le costaba caro pero lo cumplía, así que esa Navidad no tenía contrincante. Se había quedado a leer en el living mientras los demás acomodaban en el quincho los enseres de la celebración.

Después de la llamada de mamá, demoró sus rutinarios cinco minutos en sumarse a la mesa aunque, justo es decirlo, saludó de manera cortés a cada uno de sus cuñados y sobrinos políticos. A las doce menos cuarto, a hurtadillas, dejó la reunión y subió hacia el cuarto que nos asignaban en cada visita. Su pretendido disimulo alertó a medio mundo. A los fines de escaparse no era un Houdini precisamente. Mamá no supo qué decir y se le notó. Pronunció un adecuado hace días que viene con desarreglo pero no logró disipar las dudas. Fue entonces que decidió ir a buscarlo. Y yo tras ella.

Mi padre nos había reservado una de sus inagotables sorpresas navideñas: estaba cargando los regalos en una bolsa. Acababa de cambiarse en la habitación y llevaba puestos un gorro rojo con pompón blanco y una barba. Mamá se tapó la boca pero no pudo ocultar la risa.

—¿Qué hacés? —preguntó, tosiendo, para disimular la gracia que le causaba. Mi padre no le respondió. Posiblemente considerara obvia la respuesta. Siguió amontonando juguetes sin mucho cuidado, tirando los paquetes pesados sobre los chiquitos y desastres por el estilo. Pero mamá insistió:

—¡No vas a salir así a repartir regalos!

El gorro y la barba eran los únicos atavíos noelescos que vestía. No se había quitado el vaquero ni la chomba a rayas ni los mocasines con hebilla. Según mamá se encaminaba, al menos, a provocar la desilusión de mis primos, que todavía creían.

—¿Te das cuenta, no? —dijo él—, no hay pinchila que te venga bien; si me quedo callado en la mesa soy antisocial, y ahora que quiero demostrarte que puedo llevarme bien con tu familia me arruinás la sorpresa. ¡Quién carajo te entiende!

Me parece que tiró el gorro y la barba y, a falta de círculo de ajedrez, se fue a dormir. Digo que al gorro y la barba los tiró seguro, pero no recuerdo exactamente si se fue a dormir, salió a caminar o se fumó un cigarrillo en el balcón.

—Es Noel Papá —dijo mamá entre dientes. Cuando se dio cuenta de que yo la había escuchado se hizo la desentendida y me habló de no sé qué condimento que mi abuelo le había puesto al pollo.

Así era ella. Nada que pudiera suponerse una diferencia con mi padre salía de su boca en mi presencia. Nunca. Papá dice esto, papá piensa aquello, y cada palabra expresada con una dulzura que me costaba entender de dónde sacaba. Esa noche se dio cuenta tarde. Su Noel Papá resultó un bautismo y ya no pude quitarme el apodo de la cabeza.

¿Qué le regalarían para las navidades? Recién después del viaje a Finlandia se me ocurrió pensar en la infancia de mi padre. En los sueños que habría tenido. Los hijos no pensamos en eso. Los padres se nos instalan ya grandes y ocasionalmente nos cuentan una hazaña, una travesura, pero jamás dejamos de verlos con bigote o dando órdenes. En una ocasión mamá me mostró fotos de cuando mi padre era chico, pero tampoco su figura escuálida, anteojuda, indefensa, logró convencerme. Seguía siendo mi padre en traje de niño.

Es posible que para esa foto ya hubiera resuelto no ser deportista ni piloto de avión, como soñaba la mayoría de los chicos de su época, porque era demasiado corto de vista. “Culo de sifón”, le habrán dicho. Habrá tenido pinta de nerd y en la escuela se habrá visto obligado a demostrar que no era así. A ser inteligente y hacerse respetar por sus opiniones. Porque, claro, a mi padre le gustaba el fútbol como a ninguno, pero con esos anteojos debe haber sido un tronco. Y lo habrán hecho a un lado cada vez que jugaban, si ni para el arco servía.

¿Lo habrá sabido mamá? Por ahí, si uno pregunta bien de entrada, las cosas no lo sorprenden tanto cuando ocurren. Mi padre tenía pinta de tipo recio, impenetrable, y todo porque de chico le habían dicho Culo de sifón. Eso sí, como no era ningún nerd no se acordaba de una sola fecha. Ni cumpleaños, ni aniversarios, ni los lugares precisos adonde habían ido de vacaciones. Fuimos al mar, repetía, cuando alguien reclamaba detalles.

Mamá no era de echarle en cara sus olvidos. Lo trabajaba con sutileza. Tres o cuatro días antes de un aniversario le decía, Raúl, ¿me vas a llevar a un lugar lindo el viernes?, y mi padre invariablemente preguntaba por qué. Aun así, el viernes se olvidaba igual. Mamá se levantaba, le preparaba un desayuno con medialunas, manteca y dulce de leche, como le gustaba a él, y para cuando terminaban tenía diagramada una búsqueda del tesoro con el regalito. Una radio, una corbata; siempre algo que le sirviera, porque él prefería los regalos útiles. Mi padre no pedía disculpas. Mentía que tenía todo preparado para celebrar a la noche y salía disparado al centro a comprarle algo. A veces también se enojaba. Decía cosas como: no ves que no se te puede dar una sorpresa a vos. Después, para compensar el olvido y el enojo, regresaba con un anillo de oro o todo un set de cremas importadas o una cartera de marca. Cosas así, carísimas, para las que seguramente había empeñado los huesos.

Al principio mamá se hacía la que valoraba el gesto y en la primera oportunidad que tenía le demostraba lo agradecida que estaba. Lucía el anillo en reuniones con amigos o esperaba que él se fuera a acostar y se encremaba toda para que la viera. Pero mi padre no era de descubrir gestos. Un día que mamá se frotaba con una crema humectante, le preguntó qué estaba haciendo, pero no la dejó responder. Le quitó el potecito, lo estampó contra la pared y no le habló durante días. En otra ocasión rompió un juego entero de tazas de porcelana porque, según él, mamá le había estado coqueteando a un compañero de trabajo con el anillo que le regaló.

Pero no fue por esos ataques que mamá empezó a devolver los regalos, sino por las deudas que mi padre contraía irremediablemente cada aniversario, cada cumpleaños, cada Navidad. Con el ticket de garantía iba al comercio respectivo y reponía el objeto sin uso a cambio de saldar la deuda. La entrega que mi padre había hecho quedaba para el comerciante. No tengo presente cómo resolvían el conflicto cuando él se enteraba de la maniobra. Es decir, cuando a mi padre se le ocurría preguntar por cierto aros y mamá no encontraba pretexto para engañarlo. Ahora pienso que era como un juego entre ellos. Su manera de demostrarse amor y reprocharse cosas.

Según mis amigos, era un padre genial. Siempre tenía una salida oportuna, un consejo que en sus casas no les daban. Quizás porque mi padre era relativamente joven, o porque nunca perdió las ganas de levantarse minas, vivía hablándoles de cómo transarlas. Mirá, Ramitos, le dijo un día al Pistola Ramos, es preferible que te peguen una cachetada por caradura a que te tomen por pelotudo. Y el Pistola Ramos se quedó con eso. Con los años nos seguimos viendo y en cada encuentro preguntaba por mi padre y se acordaba del pelotudo y la cachetada. Para él, mi padre era esa frase. Y como la frase era genial porque algún trauma le había solucionado, mi padre era genial también. Incluso me reprochó que yo no fuera como él. Me lo dijo en tono de sermón, después de una cena en la que nos juntamos con las familias. Los chicos correteaban por ahí, nuestras mujeres levantaban la mesa y el Pistola me largó eso de que yo era el tipo menos parecido al padre que había conocido.