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El libro de Beatriz Pustilnik: Nosotros, los de entonces comienza con un abuelo poeta. El zeide le revela a su nieta que un poema no está solo en los olores de la tierra sino que se desdobla y puede que esté escrito en las estrellas. Tiene razón, un poema es una constelación. En este libro, como decía el zeide, las palabras poéticas son como las estrellas: "Siempre brillan, aunque esté nublado, se agazapan detrás de la bruma y titilan sin que las percibamos". En la novela, la historia del país también se desdobla. Son los tiempos duros de represión y muerte en el país. En las calles de la ciudad, los Falcon silenciosos circulan cargados de amenaza y de muerte. Al mismo tiempo, una compañía teatral de jóvenes representa obras de teatro en las villas. El espacio teatral es un espacio de libertad. Una contratapa siempre es mezquina. Pero esas dos escenas donde la historia se desdobla en: Nosotros, los de entonces confirman que una escritura poética, sin excluir el humor, puede contar una historia tremendamente real.
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Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Beatriz Pustilnik
Nosotros, los de entonces
Novela
Baltasara Editora
Pustilnik, Beatriz
Nosotros, los de entonces / Beatriz Pustilnik. - 1a ed - Rosario: Baltasara Editora, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3905-83-4
1. Novelas. I. Título.
CDD A863
Diseño Tapa: GJC
Bordado de tapa: Natalia Epelbaum
Foto de solapa y de bordado: Helena Alderoqui
© Beatriz Pustilnik
© Baltasara Editora – Año 2020
2000 Rosario - Prov. de Santa Fe – República Argentina
Teléfono/Fax: +54 341 4210465
E-mail: [email protected]
www.baltasaraeditora.com
Libro de edición argentina. Impreso en Argentina.
Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma y por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Esta obra resultó ganadora en la
Convocatoria Editorial 2019 – Novela
del sello Baltasara Editora.
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, 28 de febrero de 2020.
Prólogo
Alberto Gerchunoff con su novela: Los gauchos judíos fundó un género y un territorio. Como todo territorio a lo largo del tiempo se fue poblando por muchas historias. No es poco para un pueblo “fundado” en la diáspora, encontrar una tierra y hacerla propia. Este libro: habla de esa tierra de sus colores, de sus olores de sus relieves, de lo que muestra y de lo que oculta.
El libro de Beatriz Pustilnik: Nosotros, los de entonces, comienza con un abuelo “poeta”. El zeide le revela a su nieta que un poema no está solo en los olores de la tierra sino que se desdobla y puede esté escrito en las estrellas. Tiene razón, un poema es una constelación. En este libro, como decía el zeide, las palabras poéticas son como las estrellas: “Siempre brillan, aunque esté nublado, se agazapan detrás de la bruma y titilan sin que las percibamos”.
En la novela, la historia del país también se desdobla. Son los tiempos duros de represión y muerte en el país. En las calles de la ciudad, los Falcon silenciosos circulan cargados de amenaza y de muerte.
Al mismo tiempo, una compañía teatral de jóvenes representa obras de teatro en las villas. El espacio teatral es un espacio de libertad.
Esas dos escenas donde la historia se desdobla en: Nosotros, los de entonces, confirman que una escritura poética, sin excluir el humor, puede contar una historia tremendamente real.
Basta que el lector se pregunte qué sucedió con nosotros…los de entonces, una generación atravesada por la militancia y la lucha política, para que se encuentre con una bibliografía que llevaría una vida, tantas como las que se llevó.
El libro de Beatriz Pustilnik fue finalista del premio Anagrama 2003 cuyo jurado estaba integrado por Enrique Vila-Matas, Jorge Herralde, Esther Tusquets, Juan Cueto, y Salvador Clotas. El ganador de ese año fue otro argentino: Alan Pauls con su novela: El pasado.
El año pasado la editorial independiente Baltasara Editora recibió la obra en su Convocatoria Editorial 2019 Narrativa (Novela). La novela resultó elegida entre cuarenta finalistas de más de cien obras presentadas. Es de destacar que en las tres instancias de evaluación en las que se realiza el proceso de selección no se da a conocer la identidad del autor/ra ni sus antecedentes.
Como lector curioso me hago esta otra pregunta ¿Por qué un libro que había llegado como finalista a unos de los premios más prestigiosos de lengua castellana quedó sin publicarse durante casi veinte años?
No apelo a la biografía de la autora porque la biografía casi nunca aclara demasiado un misterio sino más bien que lo acrecienta.
Los concursos literarios tienen la estructura de una novela de Agatha Christie. Pongamos: Los diez indiecitos. Van muriendo de a uno, al final solo queda el culpable. Con los concursos literarios suele pasar algo parecido, queda el ganador, pero qué sucedió con esos libros que llegaron hasta la instancia final, pero fueron uno de los indiecitos que quedaron en el camino.
Ya tenemos una primera intriga. ¿Por qué la autora decidió no publicar más narrativa?
Sabemos, se volcó a la dramaturgia. En la novela la protagonista escribe obras de teatro.
Segunda posibilidad, ¿la autora se dedicó a una corrección infinita del libro hasta que alguien, el editor, se lo arrancó de las manos?
Tercera posibilidad, ¿la dramaturgia se impuso como procedimiento para contar la historia, y la autora eligió ese género para escribir la novela?
Opto por una solución más simple: Nosotros, los de entonces evoca ya desde su título un transcurrir del tiempo. ¿Cuándo, sus protagonistas comenzaron a ser, los de entonces, diez, veinte años, después? Los de entonces ¿necesitaban de ese tiempo?
El plural, nosotros, nos convoca a los de ese tiempo. El entonces, si usamos la gramática de manera caprichosa puede ser adverbio de tiempo o conjunción. Creo que las dos opciones son posibles.
La solución estilística de la corrección la juzgo escasa. La escritura del libro es la primera en desmentirlo.
Todas estas conjeturas pueden ser válidas, como no serlo.
Hay un momento en que el escritor toma una decisión.
Voy a contar una historia que Graham Greene cuenta en su autobiografía. El escritor en su juventud se analizaba con un analista jungiano quien lo esperaba puntualmente.
Cuando Graham llegaba a la consulta le daba un libro de contabilidad de doble entrada para que en una columna escribiera lo que había soñado, y en la otra columna, las asociaciones. El hombre, de vientre, parece voluminoso, tomaba su reloj de bolsillo y le decía: “Tiene cinco minutos”. El joven Greene escribía con el mismo suspenso que paraliza el corazón del lector en sus novelas.
Así iban pasando los trabajos y los días. En una de esas ocasiones, declaró tímidamente a su analista: “No soñé nada”. Este le respondió: “Invéntelo”. Yo digo: ahí nació un escritor. Sin duda, un mito de ese nacimiento. Podría haber otros.
Pero con la anécdota, quiero referirme a la decisión de un escritor.
¿Qué hizo que esta dramaturga con muchas obras escritas, representadas, y publicadas, haya decidido rescatar de sus propias manos, Nosotros, los de entonces?
Buscar una causa de técnica literaria me parece pobre, tan pobre como una causa biográfica.
Pero lo cierto es que de una decisión, quizás una audacia imprevista, impensada, vio a la luz esta novela, y que como las estrellas del zeide, forma parte de la constelación: dramaturgia-narrativa, y hoy aparezca este libro que esperaba agazapado, como las estrellas que titilan detrás de la bruma.
Como dijimos, con su publicación algo de esa constelación se ha disipado. La decisión pertenece a la bruma. ¿Acaso no sucede que, cada tantos años, pueden ser muchos, se descubre una estrella?
Queda el expediente más sencillo, preguntarle a la autora. Quizás, una pregunta inútil, porque posiblemente, ella sea la primera en ignorarlo.
La última posibilidad, reside en que, en la lectura del libro, Nosotros, los de entonces, se vislumbre detrás de cada página la aproximación a este enigma.
Como lector del libro, la vislumbré. Quizás, como dice W. Faulkner que, como hombre de campo, también miraba el cielo, observó el instante: “¿Que estrella cae sin que nadie la vea?”.
Luis Gusmán
Nosotros, los de entonces
A Jorge, Ana, Nati, Brenda, Camilo, Maxi, Pablo y Hernán
A mis amigas y amigos
A Luis Gusmán
El campo del abuelo en el verano era todo el universo: el olor a tierra, a carne asada con cuero; el sol intenso del mediodía y el contacto fresco del agua del estanque donde nos zambullíamos. Después de la tormenta, nos gustaba salir a cabalgar, mi caballo era manso, el abuelo montaba el bayo, más mañoso. Yo en cambio subía a un animal cansado, lleno de mataduras, que pese a los esfuerzos no respondía a mi impaciencia. Yo quiero montar el bayo, le dije aquella tarde, y sin darle tiempo a nada, me trepé de un salto. El peón me siguió en el sulky, el abuelo en el zaino. Esa noche me mandaron a la cama sin postre, el zeide se acercó a mi catre y con un gesto me indicó que no hiciera ruido. Traía en el bolsillo una servilleta roja a cuadros anudada en los bordes, la abrió y vi tres pedazos de strudel; la miel de arriba se había pegado a la tela y le pasamos la lengua, uno de cada punta, después comí un bocado jugoso y me lamí los labios. Te voy a enseñar a montar y el bayo va a ser tuyo, me dijo en un susurro.
El abuelo ya me había regalado dos ovejas, y en época de esquila, me enviaba el dinero de la venta de lana; lo guardaba en una lata de galletitas para no gastarlo. Casi todas las tardes, él se sentaba a mirar la caída del sol. Pasó sus últimos años en Buenos Aires, y como el médico le había prohibido viajar, se conformaba con salir al balcón, a instalarse entre la maraña de plantas y de pájaros; parecía un pájaro más, enjaulado, preso, lleno de energías; puteaba con estridencia y reía a carcajadas, como desafiando el tiempo y el encierro. Los fines de semana, hablábamos de mis antiguas vacaciones en Entre Ríos, de la siembra, de las flores de lino, y notaba en sus ojos un brillo triste, que él solía disimular con una broma, un insulto en ídish o un puñetazo sobre la mesa.
Puedo oler su recuerdo de ajo y de cebolla sobre el mantel de hule, el aroma del pan fresco y redondo impregnado en aceite de girasol. Su imagen reaparece de pronto cuando veo llover en el campo u observo la caída de la tarde en un lugar abierto, y entre la nebulosa del pasado reluce una palangana vieja corroída por el tiempo, pero no por la memoria. Es la estampa nítida de un hombre que nunca había leído un poema pero que miraba el cielo con ojos de poeta. Esa es la Osa Mayor, es una constelación de estrellas, como vos, señalaba el abuelo. Después había que acostumbrarse a una pausa interminable, bastaba permanecer en silencio en medio del olor a tierra mojada y del ruido de los pájaros. Los días de tormenta corríamos a guarecernos bajo el techo de la galería para saborear las tortas fritas de la babe. La abuela daba vueltas en la cocina organizando una orgía de mates y sartenes.
Me cobijo en el encierro seguro de mi casa, una casa que tiene en la parte trasera un pequeño retazo de cielo y un cuadrado de pasto con árboles y plantas. Allí crecieron mis hijos, inventaron sus juegos, desde esas baldosas partieron en misión secreta hormigas astronautas a la luna en cohetes improvisados de madera balsa. En un patio como éste mi madre me pidió que me fuera del país: no quiero que te maten, me dijo con tristeza, mientras la gente festejaba el mundial de fútbol alrededor del obelisco.
Viajábamos en una camioneta desvencijada, llevábamos obras de teatro infantil a los barrios del Gran Buenos Aires, en bolsones de lona guardábamos el vestuario, y en cajas de cartón, azúcar, yerba, alfajores Jorgelín y caramelos Media hora. Después del espectáculo, desmantelábamos el escenario y compartíamos la merienda con los chicos. Jugábamos a las escondidas, a la maestra y a los cowboys. Al volver a casa, cubierta de barro, me metía bajo la ducha tibia: nada podía pasarme, me protegían los azulejos húmedos, la acción tan simple de girar las canillas para mezclar el agua fría y la caliente. Pregunta el padre de la Pety si saben algo, porque anoche no fue a dormir. Y una puntada en el estómago me avisó que no la volveríamos a ver. La Pety, con sus sandalias de cuero mal cosidas, su camisola de batik y los collares de madera, con su forma peculiar de agarrar la birome y las palabras incomprensibles que inventaba para nombrar objetos cotidianos. La Pety y su colección de estampitas, agujas y lapiceras compradas a los pibes de la calle.
El abuelo de pronto dejó de moverse bajo la colcha bordó. Era mi primera muerte. No podía entender cómo todo lo que significaba para mí ese cuerpo, esa cara y esas manos rugosas podía acomodarse en un cajón, en un hoyo en la tierra o en un rezo.
Se encontraron a las siete de la tarde en la esquina de Pueyrredón y Santa Fe, él compró pastillas de naranja, las que ella prefería, el clima era templado, así que prefirieron caminar hasta Sarmiento. La semana anterior habíamos decidido interrumpir las funciones hasta que mejorase la situación. Teníamos que devolver la llave del local donde ensayábamos; la Pety se ofreció a hacerlo, fue con un amigo. A las siete y media los esperaría el dueño. Lo supimos después: un Falcon verde los seguía a paso de hombre; ella sintió un temblor en las rodillas y miró a su acompañante de reojo, vio que estaba pálido y le apretó el brazo. El Falcon aumentó la velocidad y los pasó, entonces suspiraron. De pronto, el coche dio marcha atrás, frenó, salieron dos tipos enormes por las puertas traseras y los agarraron de los pelos.
Después de unos días, temerosos, nos reunimos en casa de Cecilia. Nos sentamos en almohadones alrededor de una vela, Roberto empezó a leer Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma tan temprano. Fue nuestra despedida. Marcó también el final del elenco.
Mamá sollozaba y el tío leía algo en hebreo que le había indicado el rabino, papá miraba el suelo. Yo estaba extrañamente contenta de que lloviese, pensaba que el abuelo se levantaría de la tierra y saldría a cabalgar cuando amainara. Me había contado historias de caballos que revivían y se elevaban al cielo como ángeles. Así lo imaginaba con la colcha de brocado bordó como montura, flotando entre las nubes y los truenos. Mi hermana me tiró del brazo, ¿de qué te reís?, me preguntó.
Roberto entró en el bar con el ceño fruncido: esos tipos que nos seguían están parados en la esquina y miran para adentro, dijo. Invitalos con una ginebra, se burló Cecilia. Me cago en tu idiotez, respondí dando un golpe sobre la mesa y volcando el submarino. Tito nos pidió calma: somos muchos, el lugar está lleno. ¿Qué nos pueden hacer? La nuca me sudaba y sentí ganas de hacer pis, pero el miedo me inmovilizaba. Me cago en la revolución, dije dando otro golpe. La compañera resultó una mantequita, me azuzó Cecilia. La sala me daba vueltas, me vi en el patio de casa, rodeada de muñecas dispuestas en fila frente a un pizarrón imaginario. Mamá me llamaba a tomar la leche. Tengo miedo, balbuceé. Los tipos ya se fueron, fue falsa alarma, dijo Tito. Cecilia se enroscaba un mechón de pelo en el dedo, la miré con odio. No quiero seguir con los ensayos. Roberto me acompañó hasta casa, en la puerta me apreté contra su pecho. No nos va a pasar nada, te lo prometo.
A la abuela no le gustaba que jugase con los hijos de los peones. Los miraba con desprecio; a la hora del té me llamaba aparte y los dejaba pagando. Cholita tenía las plantas de los pies rugosas como suelas, se sacaba los abrojos sin ninguna expresión de dolor ni de molestia. Le regalé alpargatas y se rio, se burló de mí, de mi necesidad de caminar sobre algo que me separase del suelo. Las voy a usar cuando vaya p'al pueblo a comprar caramelos, me dijo con una sonrisa pícara. Cholita nunca iba al pueblo y sólo comía los caramelos que le traía mi zeide del Fondo Comunal: eran redondos, con forma de rodajas de naranja.
Un domingo, llevé bolsas con ropa usada. El Tano me miró torcido. No somos del Ejército de Salvación, me dijo. Los pibes necesitan vestirse, le contesté. El Tano tiene razón, dijo Cecilia. Andá a hacer caridad a Burzaco. Miré para otro lado porque no pude contener las lágrimas. Tito hizo amague de tirar la bolsa por el camino. La Pety lo detuvo y le preguntó si estaba loco. A ver si se dejan de joder, gritó Roberto. La camioneta agarró una piedra y saltamos como muñecos.
En el estudio trato de tener un ramo de flores frescas. Me deprime entrar y encontrarlas marchitas. La señora que se ocupa de la limpieza, a veces se olvida de tirarlas. Huelen a velorio. Los judíos no acostumbran a enviar flores a sus muertos, pero siempre algún despistado las manda igual.
Al zeide lo velaron en su casa, de tanto en tanto llegaba una corona, la tía Elke abría la puerta, el empleado de la florería entraba sigiloso, las hojas verdes y puntiagudas rozaban los muebles y producían un susurro. A medida que las horas pasaban, el olor de los pétalos mezclados con el encierro y el humo enrarecían el ambiente. Mi hermana se descompuso. Me pregunté dónde estaría el abuelo, me resistía a creer que en el cajón.
Cecilia me pide que la acompañe, necesita un jean, no soporta pasar por ese trance, aumentó varios talles y hay dos prendas que no puede comprar sola: el jean y el corpiño. Que te sostenga, que no te marque los rollos de la espalda, con aro para que el busto parezca más firme, repite como una autómata. Quedamos en vernos al día siguiente.
Mamá hizo una mueca de reprobación. En mi tiempo las mujeres usábamos soutien, nos dijo. Cecilia se rio de la palabra soutien. Y claro, con esas tetazas que tenían, susurró. La hice callar. Se les nota todo, siguió sermoneando. Salimos muertas de risa porque Cecilia se puso los dedos en punta debajo de la musculosa. En el porche, me cambié la pollera por una más corta y puse la otra hecha un bollo en el bolso. Tito y Roberto nos esperaban en el local. Había mate y bizcochitos de grasa sobre una pila de libros que nos servía como apoyo.
En una de las tantas mudanzas perdí Cien años de soledad. Recorro las librerías de viejo con la idea absurda de reencontrar el mismo volumen. Compro una edición igual, mientras espero a Cecilia empiezo a leer. Hizo entonces un último esfuerzo para buscar en su corazón el sitio donde se le habían podrido los afectos, y no pudo encontrarlo. Extrañaba tanto a Úrsula que si no la recobraba, hubiese sentido que parte de mi historia se perdía junto con el pasado, con los amigos que no he vuelto a ver. A Cecilia no hay pantalón que le venga bien, se prueba cinco y todos le aprietan, o le hacen panza o le achatan la cola. No podemos hacer milagros, le digo, el tiempo pasa. Siento que me mira como si fuera responsable de su culo chato y de su panza.
Cuando volvía de jugar con los chicos, la babe me metía en una palangana de estaño, me echaba agua tibia con la jarra de la leche, me secaba con una toalla enorme y mullida. Después me ponía un polvo blanco de Coty con olor a rosas, que guardaba en el ropero en una cajita redonda de cartón con bordes dorados. El cisne parecía de plumas y me hacía estornudar. Ya se resfrió la gurisa, bufaba la babe.
Mi madre me esperó en la puerta de casa, se mordía los labios y tenía los ojos enrojecidos. Al verme llegar me abrazó con desesperación. Gracias a Dios, dijo y cerró la puerta. Me sentó en el patio: te tenés que ir Estrella, te tenés que ir. La madre de Hernán llamó, le revolvieron la casa. Entraron al mediodía, iban armados con ametralladoras. Eran cuatro. Como el perro ladraba le dieron un culatazo en el hocico. Encadenaron a la muchacha a la pata del piano, comieron, se llevaron lo que había de valor.
Entra una luz tenue a través de las cortinas del escritorio, enciendo la lámpara para seguir corrigiendo unos parciales, están plagados de faltas de ortografía. Busco una lapicera verde en el cajón, encuentro algunas escenas que garabateé intentando rescatar el pasado. Me gustaría reunir a los que quedaron vivos, incluso hasta fantaseo con hacer un viaje para entrevistar a los que todavía están afuera. Roberto me dice que es nostalgia al pedo.
Acto I- Esc. 2
(En un living dos chicas conversan en voz baja, visten pantalones oxford y remeras de batik).
CHICA 1-.Me voy a Israel, es lo más fácil, la agencia judía está sacando gente del país. Tendrías que venirte vos también.
CHICA 2-.Estuviste hablando con mamá y te pidió que me convencieras.
CHICA 1-.Tu vieja tiene razón, soldado que huye…
CHICA 2-.Yo me quedo porque tengo la esperanza de que las cosas se arreglen y aparezcan los amigos.
CHICA 1-.Vos te quedás porque te da más miedo irte que quedarte.
CHICA 2-.¿Qué haría yo en Israel?
CHICA 1-.Andáte a España. El petiso se hubiera ido a España…vos estás a tiempo.
La Chica 2 se dirige hacia al proscenio y le habla al público.
Tendría que pensar un monólogo en donde el personaje explicara lo difícil que fue quedarse, una especie de exilio dentro de la patria. No sé cómo escribirlo. Implicaba leer en los parabrisas de los autos que los argentinos éramos derechos y humanos. Entre las páginas de la revista Para ti toparse con postales para enviar a Europa desmintiendo las atrocidades que ocurrían. Quedarse fue resistir las ganas, de irse, de matarse, de gritar.
Acto II- Esc. 3
Una pareja joven charlaenel dormitorio, están recostados en la cama.
HOMBRE-.Últimamente sueño con los cuerpos de los amigos… no sé por qué recién ahora.
MUJER-.Tal vez porque ya perdimos el pánico y podemos recordar.
HOMBRE-.No es pánico,es culpa. Culpa de estar vivos.
Releo el borrador y de nuevo aparece el nudo en la garganta. Quizá para escribir la obra necesito que transcurra más tiempo. Opto por corregir exámenes y los errores de ortografía ya no significan nada.
Un pichón cayó del nido. El abuelo me ayudó a enterrarlo, tan chiquito y ya muerto, me sorprendí. Fue el viento, dijo el zeide; le pregunté angustiada por qué se moría la gente. De otra forma, mi méidale, no habría lugar para los que nacen, pero si uno ya vivió lo necesario, no debe ser tan malo. ¿Y cuándo es eso?, le pregunté acariciándole la cabeza. Supongo que el cuerpo te avisa que está cansado. Vos no te canses nunca, abuelo.
Las luces apagadas invitan al descanso. La penumbra que crea la luz de la escalera me tranquiliza, como en aquellas noches de insomnio en las que temía a la oscuridad. En el momento en que dejaba de oír las voces de mis padres en el cuarto contiguo, mi respiración se hacía más pesada, las manos se humedecían bajo las sábanas, el fantasma de la Ópera comenzaba su ascenso lento y tortuoso desde el sótano de casa hasta mi cama. Se quitaba la máscara para mostrarme sus horribles quemaduras. Narciso Ibáñez Menta me hablaba al oído y yo, Beatriz Día Quiroga, trataba de gritar pero ningún sonido salía de mi garganta. Palomita blanca de tu piel tan suave, que el monstruo no venga esta noche en su nave, repetía como cábala, y la sombra tenebrosa creada por mis miedos se desvanecía, mientras el sueño llegaba salvador a mi guarida. En la adolescencia la lectura reemplazó esa suerte de rito, y los libros acudían en mi ayuda. Imaginaba finales más felices para dormir mejor: Romeo llegaba a tiempo, Emma Bovary y Ana Karennina no se suicidaban.
Solíamos asistir a representaciones en salas instaladas en sótanos húmedos con gradas de madera como platea, después nos sentábamos largas horas en los bares de Corrientes a analizar lo que habíamos visto, a tratar de adaptarlo para chicos y llevarlo a los barrios.
En el campo había varias higueras; cuando los frutos maduraban, mi hermana y yo los arrancábamos, los abríamos con los dedos y chupábamos la pulpa dulce y pegajosa, un líquido blanco y espeso corría por el brazo y a veces lo juntábamos con la lengua, los labios nos ardían y a mi hermana se le hinchaban, yo tenía miedo de que se transformara en monstruo y ella aprovechaba para asustarme.
Habíamos alquilado un local en la calle Sarmiento para reunirnos a ensayar, nos poníamos de acuerdo con el vestuario, repartíamos los roles en medio de celos y peleas, caíamos rendidos y contentos después de pasar una tarde de sábado entre amigos. Yo me encargaba de adaptar algunas obras, Tito las corregía. Cecilia era la responsable de seleccionarlas. La Pety, Cecilia y yo siempre queríamos ser las protagonistas, así que a veces agregábamos personajes. Tito, Roberto y el Tano se burlaban de nosotras, pero Hernán se enojaba, nos decía que no nos tomábamos en serio nuestra tarea revolucionaria.
Las vacas caminaban en fila a través de los pasillos angostos separados por caños, el peón presionaba con un sacabocados la oreja y la sangre les corría por el cuello deslizándose hasta las patas, a veces goteando sobre la tierra seca. Las marcaban y ellas permanecían inmóviles, sumisas. No podía creer que el abuelo, tan sensible a la naturaleza, no detuviera esos actos de barbarie. Sólo son animales, me explicó el peón, más adelante irán al matadero. ¿Acaso no te gustan las costillitas asadas?, me preguntó. Yo era parte de la masacre y a sabiendas. La hermana de la abuela nos invitó a comer. Preguntó si queríamos pollo y caminó pesadamente hasta el fondo. Los animales se espantaban a su paso. Vi cómo tomaba un pollo por el cuello, le hacía un nudo, tiraba de los extremos y lo traía entre las manos como si fuese una lechuga. El campo no era sólo el crepúsculo y los amaneceres. La tía abuela es una mujer terrible, pensé, y le pedí al monstruo que viniera esa noche en su nave y se la llevase al sótano. Pero al día siguiente seguía viva. La vida es espantosa. Los grandes son despiadados.
El Tano tomó una valija del placard, y empezó a llenarla con su ropa. Había oído que en los chupaderos ponían a los detenidos en fila, los sentaban frente a una mesa y les hacían apoyar un brazo sobre la madera, ante cada pregunta sin respuesta, le rebanaban una parte del brazo, mientras los otros miraban lo que luego les ocurriría.
Teresa pone la mesa, mi mamá me ama, tomo la taza del asa. Aprendía a leer con atención aunque las palabras se ligaban para decir verdades incomprensibles. Qué era el asa. La señorita Elina usaba el pelo batido, lo sostenía con una peineta vertical de carey, se pintaba las uñas de rojo. El libro de lectura tenía sobre la tapa un conejo con un moño en el cuello; muchos poemas y párrafos nombraban al conejo Pon Pon. Cuando salía de la escuela, la calle se transformaba en un túnel plagado de misterios y peligros. Teresa no ponía la mesa, y no tomaba la taza del asa. Al caminar temía caer en los pozos profundos habitados por el vampiro negro o el asesino del paraguas. Palomita suave no dejes que el monstruo me lleve en su nave. En casa me esperaba mi madre, un tazón de Vascolet y tostadas con dulce. Mamá cantaba el pañuelito blanco que te ofrecí, bordado con mi pelo fue para ti. Imitaba la voz finita de Libertad Lamarque mientras tendía las sábanas en la terraza. Se ponía la mano en la cintura, ¡Qué dolor!, decía, y lo has despreciado y en llanto empapado lo tengo ante mí.
El hermano de mamá tenía un puesto de venta de carne en el mercado. Usaba un delantal blanco. Me gustaba visitarlo y oír el ruido que producía la sierra al cortar las reses. Mi tío frotando el cuchillo en la chaira parecía un emperador en medio de su reino.
Quedé en encontrarme con Roberto frente a la boletería de los cines. El Abasto está reciclado: lleno de luces, de locales de ropa, de escaleras mecánicas. Me pierdo entre tantos recovecos y me cuesta encontrar el piso donde están las boleterías. Me detengo unos minutos para relajarme pero la confusión es demasiado fuerte, así que llego tarde. Cuando por fin lo veo y mira el reloj en señal de protesta quiero explicarle lo mal que estoy: las palabras no me salen. El lugar, el olor a pochoclo, la gente que empuja y pasa sus bandejas con panchos y gaseosas por la manga de mi tapado me hacen sentir Alicia en el país de las maravillas.
López me dio una yapa de caramelos. Los abrí y un hilo pegajoso se enredó entre los dedos y en los labios. Compré Té Taragüí y el hijo de López se rio y repitió “Tetaragüí”. No vuelvo al almacén, le dije a Mamá. No me prestó atención y me mandó a hacer los deberes. Mi dormitorio daba al patio, papá había puesto caballetes y un tablón junto a la ventana, lo forramos con un nylon transparente. Me distraía al mirar las macetas, las abejas y los picaflores que se posaban sobre las rosas y los jazmines. Me aburrían las cuentas, prefería armar oraciones. Después de la hora de lectura, la maestra nos pidió que empleáramos la palabra inefable, yo no había entendido el significado pero no me atreví a preguntar. Así que inventé una oración para salir del paso. La maestra nos contó una historia inefable: había una vez una gata que se ponía zapatos para no lastimarse al subir al tejado. ¿Por qué es inefable la historia?, me preguntó la señorita Elina. No sé, le respondí, habría que preguntarle a la gata. Los chicos se rieron. Parece que Estrella está muy graciosa esta mañana. Ya que quieres divertir a tus compañeros, pasa a recitar un versito, me dijo. Caminé avergonzada hacia el frente, imaginé una multitud de ojos clavados en el moño de mi delantal, me pareció que mis mocasines no estaban bien lustrados y que mis piernas eran chuecas y muy delgadas. Cuando me di vuelta, vi la cara compinche de Carlitos, me dio valor. Recité con ganas un poema de Martí que siempre me leía mi padre: Una mora de Trípoli tenía una perla rosada, una gran perla, y la echó con desdén al mar un día: ¡Siempre la misma! ¡Ya me cansa verla! Pocos años después, junto a la roca de Trípoli ¡la gente llora al verla! Así le dice al mar la mora loca: ¡Oh mar! ¡Oh mar!, ¡Devuélveme mi perla! Yo ignoraba que conocía esos versos de memoria, recordaba la emoción que Papá ponía al leerlos y creo que transmití a mis compañeros lo que sentía al escucharlos, porque se quedaron en silencio y la maestra ya no estaba enojada. Vuelve a tu banco, mi pequeña Berta Singerman.
Siempre brillan, me dijo el zeide, aunque esté nublado, se agazapan detrás de la bruma y titilan sin que las percibamos. Me dormí en su regazo y soñé que era una estrella de verdad. El abuelo me cuidaría porque amaba las estrellas.
Se ensañan sobre todo con los judíos, continuó el Tano, no hace falta llevar una estrella amarilla para que te reconozcan. Terminó de hacer su valija y la cerró. Si no se rajan, les va a pasar lo mismo.
En la cocina no había sitio para más cacharros, la abuela amontonaba cacerolas, morochas de aluminio, lecheras abolladas. Mascullaba en ídish. Conviene arrendar el campo, había dicho el tío. Trajinaba chancleteando con rabia, iba de un lado a otro, envolvía, apilaba. El abuelo sentado en su sillón de mimbre miraba el horizonte. Me pregunté por qué los adultos tenían que renunciar a lo que los hacía felices.
Quise llevarme los libretos pero a los demás les pareció una locura. Hay que quemar los papeles y vaciar el local, dijo Roberto. Sentí que me robaban una parte de mi vida y no pude contener un sollozo. Son obras de teatro, insistí. Para los milicos no hay diferencia, me contestaron. Los guardé en una caja y los escondí en mi dormitorio.
Le dije al abuelo que el bayo era mío y no lo iba a dejar en el campo. Lo único que nos pertenece es esa línea roja, me dijo señalando a lo lejos, lo demás está arrendado. Parece que tu zeide ya no sabe de campos, ahora sólo importan los negocios, agregó con amargura. El caballo no entra en la valija, entonces no se lo puede llevar a la ciudad. Lo rodeé con mi brazo. La babe seguía con su tarea sin mirarlo, no le hablaba, tal vez un día habían dejado de decirse cosas y se quedaron con lo imprescindible: algunos gestos, una que otra palabra.
