4,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €
¿Se puede huir del amor? Maisie tiene toda su vida planeada. Es feliz y se levanta cada día con una sonrisa. Entrena y va a la universidad. Hasta que todo se rompe. La vida de James tampoco pasa por su mejor momento. Hasta que la conoce a ella. Esa chica de ojos oscuros capaz de llevarlo del uno al cien en una fracción de segundo, de hacerle sentir lo que ninguna otra persona ha logrado jamás sin ni siquiera tocarlo. Sin embargo, hay un secreto que puede destruir todos los pilares de su vida. Tensión. Drama. Secretos. Nueva York. Las Maldivas. Y un amor desenfrenado que amenaza con romperlos a ambos. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 648
Veröffentlichungsjahr: 2020
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Sarah Mey
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Nosotros sobre las estrellas, n.º 274 - agosto 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1348-700-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
A mis padres
El día de hoy me resulta terriblemente aburrido. Y para qué mentir, también temible. He de ir a una boda, y odio las bodas. Por suerte, pude escapar del ensayo esta mañana, pero ya no hay salida. En unas horas he de estar en una celebración rodeado de gente que, aunque conozco, no me apetece ver. Me miro las manos y aprieto los puños hasta que los nudillos se me ponen blancos.
Estoy seguro de que mi hermano Mike está cometiendo un error. No me gusta esa chica para él y, por primera vez en mucho tiempo, aunque no me hayan dicho nada, estoy convencido de que mis padres están de acuerdo conmigo. No me malinterpretéis, no es que Jessica sea mala persona, es solo que es una exagerada a la que le encanta ser el centro de atención. Por lo que sé, su familia también es adinerada como la nuestra. Tienen una mansión enorme en las afueras y presumen de tener diversos y lujosos domicilios en lugares tan turísticos como París, Milán, El Cairo, Río de Janeiro, Grecia, Roma…
Ningún sitio al que no pueda ir con mi avión privado en unas horas. Al menos me consuela saber que Jessica no se casa con mi hermano por dinero. Aunque el motivo por el que en un principio creí que lo hacía me resulta aún peor que ese. Y la parte más rastrera de mí sigue creyéndolo.
Me tomo unos momentos para centrarme en disfrutar del lugar donde estoy. Una suave brisa mueve mi cabello oscuro con suavidad. Lo mantiene en el aire como si fuese una fina hoja, y luego lo deja caer de golpe. Suspiro y siento el duro banco debajo de mí. Estoy sentado en un parque y observo un gran lago donde los niños y los ancianos alimentan a los patos. Muchos de ellos de color blanco. Como mi color favorito.
Me quedo mirando una pluma que cae en el agua. Dibuja unas pequeñas hondas durante un instante sobre la superficie casi transparente. Cierro los ojos. Si me centro en este momento el día no parece tan horrible como va a serlo. El cielo brilla y me da directo en la cara. Noto cómo mi piel se calienta y disfruto de la agradable sensación. Llevo unas gafas de sol que hacen que no tenga que entrecerrar los ojos, una camisa de lino y unos pantalones en marrón claro a juego con unos zapatos del mismo color, pero un poco más oscuro.
Ya casi es la hora del almuerzo y siento cómo mi estómago se queja. Dudo entre ir a almorzar a algún restaurante cercano o volver a mi casa y comer algo allí. El hecho de que vaya a tener que estar obligado a ver a toda mi familia y soportar a demasiados invitados para mi gusto hace que me decante por ir a algún restaurante cercano. Es la primera vez que vengo a este lugar. Esta mañana me apetecía conducir y he estado al menos tres horas en la carretera. Supongo que mientras conduzco y escucho música mi mente es capaz de evadirse y de centrarse solo en lo que estoy haciendo. No suelo correr. No me van esas gilipolleces. No obstante, hoy he ido más rápido de lo que debería y eso me ha hecho olvidar por unos segundos la desagradable sensación que me araña por dentro. Que se cuela en mi interior como un monstruo y que me cuenta verdades inevitables al oído. Jessica no es buena para mi hermano. No después de lo que pasó entre nosotros. Esto es una mierda. Me meto las manos en los bolsillos. Sí, esto está fatal, y aun así quiero que salga bien, por mi hermano, porque él sí que se merece una gran boda.
Conducir sin saber a dónde iba acabó agobiándome. Aun así, no quería regresar tan pronto a casa. Precisamente por eso, a la vuelta, me metí en un barrio en el que nunca había estado y que me llamó la atención por estar poco transitado. Paz. Soledad. Aire libre. Eso era lo que necesitaba. Aparqué el coche y comencé a andar. Estoy aproximadamente a unos treinta minutos de mi casa, en la Quinta Avenida de Manhattan.
Me levanto del banco de color grisáceo y dirijo una última mirada al lago. Me recuerda a uno de los de Central Park, aunque es mucho más pequeño y aquí se respira más tranquilidad. Tal vez por eso me haya quedado más tiempo de la cuenta.
—Hola, James. ¿Cómo tú por aquí?
¡Oh, vaya! ¿Cómo puedo tener la suerte de encontrarme a gente que me conoce cuando me muero de ganas de estar solo? Me enfado casi al medio segundo de escuchar mi nombre.
La voz me suena familiar y la ubico en alguien a quien mi cerebro no quiere ver. Me giro quitándome las gafas de sol, para encontrarme con una chica preciosa, de ojos celestes y pelo rubio con un cuerpo atlético. Pasé con ella una noche hace unas dos semanas. La cosa no fue a más, aunque ella me buscó. De hecho, por muy extraño que suene, es la última chica con la que me acosté, y eso, en mí, que tengo fama de ir de flor en flor, es un gran logro. Desde que salí de su cama decidí que quería cambiar algo en mi vida, y que tal vez empezar por el tipo de mujeres con las que me acuesto pudiese ser un buen primer paso. Eso, y comenzar a centrarme en los exámenes que tengo a la vuelta de la esquina.
En cierto modo, quiero ser más responsable para enseñarle a mi padre que puede dejar el negocio familiar en mis manos dentro de unos años. La Red Armonie es una de las mayores empresas de negocios de Estados Unidos y tenemos filiales a lo largo de todo el territorio. Volviendo a la chica que tengo delante de mí, me está repasando con la mirada y me doy cuenta, elevando la cabeza, de que mi presencia logra ponerla nerviosa. Sé que quiere mi atención cuando frunce el ceño, esperando una respuesta.
—¿Y tú eras…? —pregunto a posta queriendo enfadarla y que me deje en paz, pero por lo visto no lo consigo y logro exasperarme.
Admito que la boda de mi hermano me tiene de los nervios. Y que a veces soy un capullo.
—Sophie —dice rápidamente apretando los labios con disgusto.
—Oh, sí, ya recuerdo —comento distraído mirando como un niño alimenta a un pato. Reprimo las ganas de acabar la frase con un… o eso creo… No quiero tentar la suerte. No sé qué decirle, ni cómo acabar la situación con cordialidad, así que prosigo la conversación de la forma más natural posible—: ¿Qué tal estás?
Ella sonríe satisfecha y yo me doy cuenta de que le ha gustado que le dé tema de conversación.
—Muy bien, aunque te estuve llamando después de esa noche.
A ver cómo le explico a esta chica que no quiero nada con ella sin parecer un borde. Se lo dejé muy claro antes de acostarnos. O al menos eso creí. Le dije literalmente que no buscaba nada serio con nadie en ese momento, y que con ella no iba a hacer una excepción. Prefería serle sincero a comerle la cabeza con mentiras y hacerle daño. Esa no es nunca mi intención respecto a las mujeres. Mi madre me educó para que las respetase, y hasta el día de hoy, eso he hecho. Así que, precisamente por eso, siempre he ido con la verdad por delante. Nunca las engaño y me parece de cobardes hacerlo.
—Lo siento, he estado ocupado y de todas formas creía haberte dejado claro que no quería nada serio.
La chica abre los labios y yo me pregunto si he hecho mal en recordárselo. No sería la primera en decirme que necesito una clase de tacto. Una parte de mí me reprende y pienso en que tengo que aprender a decir las cosas con más delicadeza. A la otra parte, hoy le da exactamente igual todo.
—Por supuesto. ¿Por qué ibas a cambiar de opinión, verdad? —me reprocha ella.
Tras decir eso, veo cómo algo en sus ojos cambia a la rabia y se da media vuelta, dispuesta a irse. No hago ningún comentario y la veo alejarse. Eso era lo que quería, al fin y al cabo. Estar solo. Y tampoco es que me gustase absolutamente nada de lo que salía por la boca de esa chica. La noche que quedamos tan solo me habló de sus amigas, de lo malas que eran porque siempre trataban de comprarse bolsos de mejores diseñadores que ella y de cómo menospreciaban sus caros vehículos. No me dijo nada en toda la noche que hiciese que tuviese ganas de quedarme con ella. Ni tan siquiera le preocupaba su futuro ni tampoco trabajaba ni estudiaba ni tenía intención de hacerlo. Por lo que me dijo, su mayor aspiración en la vida era ser una modelo de pasarela, o una influencer, pero creo que en ambos puestos se necesita tener un mínimo de inteligencia y currárselo. O eso quiero creer.
Camino distraído y ahora despreocupado cuando me quedo absorto mirando un pájaro en una rama cercana. Es una especie de loro que probablemente se le haya perdido a alguien. ¿Por qué lo sé? Tiene un collar con letras negras que parecen dibujar un nombre y un número de teléfono. Me acerco hacia el animal distraído y no me doy cuenta de que me interpongo en la carrera de una chica que choca de lleno con mi cuerpo. La agarro rápidamente antes de que caiga al suelo y no puedo evitar abrir los ojos con sorpresa.
—¿Qué diablos…? —comienza a decir, pero su voz también se detiene al verme.
Tiro de ella para incorporarla con cuidado y me disculpo.
—Lo siento, no te he visto. ¿Te he hecho daño?
Ella se queda mirándome como si no fuese capaz de encontrar su voz. Me mira tanto y tan seria que quiero volver a preguntarle lo mismo. Es una chica que me parece muy atractiva. Ojos oscuros y expresivos. Piel bronceada. Cabello castaño tirando a rubio. Me quedo como un tonto mirando cómo tiene mechas más rubias al sol. Creo que son naturales. Le saco unas dos cabezas, y va vestida con un uniforme de alguna compañía deportiva.
—No —dice tosiendo y aclarándose la garganta, sin embargo, ambos sabemos que ha estado demasiado tiempo observándome—. A ver si tienes más cuidado.
Bufo con sorpresa por su cambio de actitud y le dirijo una sonrisa burlona. Me gustan las mujeres con carácter.
—Tú tampoco ibas atenta al camino.
Ella pone los ojos en blanco y no puedo evitar elevar levemente las comisuras de los labios ante ese gesto.
—¿Me estás vacilando? Oye, no tengo tiempo para esto, llego tarde a trabajar —se apresura a decir torciendo el gesto en una mueca.
Sale disparada sin darme oportunidad alguna de decirle nada más. Me quedo mirándola mientras se aleja. Su actitud ha logrado enfadarme, y no tengo nada mejor que hacer que seguirla a una prudente distancia, intrigado. Bueno, y coger al maldito loro para marcar el número de teléfono que viene en el collar. No me cuesta mucho trabajo y seguro que hay alguien preocupado buscando al animal. Perico, me confiesa que se llama. Y aunque al principio se resiste un poco y me da un picotazo, luego parezco caerle bien.
—¿Y tú qué diablos sabes decir, Perico?
El loro me mira y, haciéndome sonreír, responde:
—Diablos. Ohhh. Síííí…
Observo a la chica a la que aún no he perdido de vista en la lejanía y bufo ocultando una carcajada. Desde luego que el estrés de este día me está pasando factura. Me estoy volviendo loco. Eso tiene que ser. ¡Este animal no ha podido imitar un sonido erótico! ¡Me niego a pensar eso! Aún divertido y pidiéndole al loro que lo repita de nuevo, me acerco a un puesto de perritos calientes para comprar uno. El loro lo repite justo cuando la chica encargada me ofrece mi almuerzo. Ella abre los ojos al darse cuenta del sonido que está haciendo el loro. Me muerdo los labios para no decir alguna grosería y estallo en risas por dentro. La chica mira asombrada al animal. Yo noto cómo las palabras me vibran en la garganta. O digo algo o estallo. Y sobre todo cuando Perico repite otra vez lo mismo.
—Oh, diablos, oh, sí.
Enarco una ceja hacia la dependienta, quien se tensa un poco de hombros.
—Y eso no es nada. Él se entera de la mitad de lo que ocurre en mi casa —bromeo, a lo que ella también ríe por la forma en la que se lo digo mientras me alejo.
Miro el pequeño perrito caliente y pienso que con eso no voy a llenarme. Niego con la cabeza, quitándole importancia, mientras en mi hombro Perico sigue haciendo sonidos que llaman la atención de los demás transeúntes. Ya me cansaré de comer luego en la boda, y aunque esté seguro de que habrá muchas mujeres en ella, estoy convencido de que ninguna me daría largas de la forma en la que lo acaba de hacer esta chica.
Acabo de chocarme con el hombre más guapo que he visto en toda mi vida y lo más inteligente que se me ha ocurrido decir es que me dejase en paz. Sus ojos verdes y profundos me persiguen sin poder evitarlo y no soy capaz de sacarlos de mi cabeza. Ni su cara. Nunca he visto a un chico tan atractivo. De verdad. No exagero. Y por si eso fuese poco, olía tan bien a un olor varonil y fresco que nada más olerlo me quedé sin habla unos segundos. Inspiré ese aroma de una forma tan desesperada que me puse a la defensiva nada más darme cuenta de lo que estaba haciendo. Solo espero que no se percatase, ya que no quiero quedar, aparte de como una maleducada, como una loca que va aspirando olores de personas desconocidas. Esto último me sorprende en demasía porque jamás me ha pasado con nadie.
—Hola —saludo a un conocido mientras sigo deslizándome por las calles con rapidez.
Hoy estoy especialmente nerviosa porque mi hermana se casa esta tarde con un hombre al que apenas conozco, en una de las mansiones de su familia.
Miro al cielo y sonrío al ver que hace buen día. Siempre me han gustado los días soleados, y mi hermana se merece uno así en su boda. Se me hace tan extraño pensar que mi hermana se va a casar que aún estoy esperando que me diga que es una broma en cualquier momento. No puedo evitar sonreír. Mi hermana Jessica tiene veinticinco años y lleva menos de siete meses con Mike. Además, no sé absolutamente nada de su familia salvo que es adinerada, porque tanto él como Jessica se han asegurado de marcar las distancias entre ambas familias. Es más, hasta hace un mes no conocí a Mike. Sinceramente, me cayó como una patada en el estómago. Se le veía el típico niño mimado y consentido al que sus padres se lo han dado todo. Tal y como a mi hermana. Quizás por eso se enamorasen. Yo, en cambio, no quiero más de lo necesario de mis padres. Por eso estoy corriendo al trabajo el día de la boda de mi hermana. He pedido permiso para faltar, pero ni que decir tiene que al dueño le ha sido imposible dármelo debido a la gran cantidad de clientes que tenemos en estas fechas. Operación biquini lo llaman. Pongo los ojos en blanco. Lo único que hace falta para tener un cuerpo biquini es ponerte uno. Fin. Todos los cuerpos son bonitos si se ignoran los absurdos roles de perfección que la sociedad quiere imponer. Volviendo a mi jefe, como dos de mis compañeros están de baja, y su hijo, que es otro trabajador, tiene una fisura en un músculo de la pierna que le impide dar sus clases hasta dentro de unas semanas, lo máximo que ha podido hacer es decirme que me vaya unas dos horas antes de que comience la boda para que me dé tiempo a arreglarme.
La boda será a las siete de la tarde, así que he de trabajar hasta las cinco. Mis padres lo han desaprobado en rotundo, animándome a dejar el trabajo. ¡Ni que decir tiene que mi hermana me ha pedido lo mismo! Pero no, no pienso dejarlo. Me gusta sentirme útil y ser capaz de pensar que puedo ganar algo de dinero por mi cuenta.
Me llevo una mano a la parte media del abdomen. Aún noto el almuerzo en el estómago y no debería llevar este paso tan apurado, pero el ir tan rápido me ayuda un poco a calmar los nervios. Aunque en realidad mi cuerpo me pida correr, estoy segura de que no es buena idea hacerlo justo después de comer, y mucho menos con mi problema.
Vuelvo a centrar mis pensamientos en la boda. He estado en muchas bodas, pero jamás he sido dama de honor. Tal vez por eso me hace tanta ilusión esta. Además, voy a llevar un vestido pomposo y de color rosa, y aunque delante de mi hermana y de mi madre me quejase por el diseño, me hace ilusión llevarlo. Creo que no hay otra ocasión más ideal para llevar un vestido de ese tipo. Suspiro y entro por la puerta del trabajo. Go Gym me recibe con un olor mezclado y disperso. Soy la tonta de los olores. Y me encanta el olor a limpio, por eso no me gusta lo más mínimo el aroma a sudor que percibo nada más entrar en el pequeño gimnasio familiar.
Saludo a la recepcionista, Micaela, una chica nueva que lleva poco tiempo en plantilla y a la que le hice un tour el primer día para que supiese dónde estaba cada cosa. Nadie tuvo ese detalle conmigo cuando llegué, y me sentí tan fuera de lugar que quise ayudarla a sentirse más cómoda.
—¿Qué tal estás? —le pregunto.
—Genial —me responde ella—. Pásalo bien cuando salgas y disfruta mucho por mí.
Intercambiamos una sonrisa y cronometro el tiempo que voy a tener luego para llegar, ducharme, peinarme, maquillarme y vestirme. Mi hermana ha contratado a una estilista, a varias peluqueras y a varias maquilladoras, así que no creo que tenga problemas con nada de eso. No me gusta que me maquillen otras personas, ya que me gusta llevar un maquillaje natural o directamente no llevar nada, pero la ocasión merece que le de ese gusto a mi hermana.
Ella trabaja en la empresa de mi padre, aunque va solo en horario de mañana, y si todo va bien con mi carrera universitaria, yo también acabaré trabajando en alguna gran empresa. Espero no tener que recurrir a trabajar en la de mi padre ni soportar que me vean como el ojito derecho del jefe. No, no me va eso. Por mucho que mi padre insista en que trabaje para él, si entro a trabajar en algún lugar quiero que sea por mérito propio a no ser que no me quede más remedio. Hasta entonces estoy trabajando de entrenadora personal en este lugar que, bueno, aunque no paguen mucho, me sirve para tener un poco de independencia sin tocar nada del dinero heredado de mi cuenta corriente.
Saludo a todos los clientes y veo gracias a un espejo cómo uno de ellos me mira el trasero cuando le doy la espalda. Lo ignoro mientras saludo a otro con una sonrisa. En cierto modo no sé mucho sobre musculación, simplemente me hice un curso de entrenadora personal, eché varios currículums y me llamaron. Creo que a mi jefe le sirvo de más ayuda cuando se trata de arreglarle papeles que de poner un buen entrenamiento a los usuarios del gimnasio.
—Buenos días, Maisie, ¿crees que puedes echarle una ojeada a los papeles que tengo en mi despacho?
La voz de mi jefe llega a mis oídos y me hace sonreír.
—Claro que sí, sin problemas —le respondo sabiendo que es un hombre que apenas entiende de algo más que de facturas.
Entro en su despacho y me entretengo leyendo y arreglando los papeles que hay en su mesa. Estoy en el segundo curso de la carrera en Administración y Gestión de Empresas y he cumplido los diecinueve años hace poco, pero como mi padre también trabaja rodeado de papeles tengo bastante experiencia, así que no me cuesta ningún trabajo ayudar a mi jefe. En su mayoría son cosas sencillas.
Al cabo de aproximadamente una hora salgo del despacho y no puedo evitar quedarme anonadada mientras veo al mismo chico con el que me choqué en el parque. Está en el gimnasio y entrena despreocupado de una manera tan elegante y correcta que no puedo evitar quedarme mirándolo. Soy consciente de que no soy la única mujer que lo observa descaradamente. Incluso Micaela lo mira de reojo. El chico parece notar mis ojos fijos en él, porque se gira hacia mí y me atraviesa con una mirada clara de ojos verdes que me deja sin aliento, casi ahogándome como si me hubiese metido de cabeza en un lago del que no pudiese salir por mucho que lo intentase. El tiempo parece detenerse y esa mirada es capaz de absorberme. Ahora que no voy con prisa, observo su rostro fijamente. Jamás he visto tanta perfección junta. Su cabello es castaño oscuro, sus cejas y pestañas también son oscuras, sus ojos increíblemente verdes y muy intensos, su nariz fina y sus labios gruesos, pero no gordos, en un término medio que me encanta. Me resultan atractivos y poso la mirada en ellos como si fuesen una especie de imán. Lo miro con seriedad, furiosa por cómo me hace sentir con su mera presencia, como si él fuese superior a mí. Y no, nadie es superior a nadie. No tiene derecho a hacerme sentir así. ¿Qué estoy diciendo? Soy yola que le dejo causar este efecto en mí. Abrumador. Así definiría lo que siento en este preciso instante. Trago saliva y tomo una bocanada de aire justo en el momento exacto en el que uno de los hombres más sudorosos del gimnasio pasa por mi lado.
—Puaj… —se me escapa en un breve sonido que estoy segura de que nadie ha escuchado.
Nadie, salvo ese atractivo chico que creo que me ha leído los labios y que trata de ocultar una sonrisa con dos dedos sobre sus perfectos y carnosos labios. Ese gesto vuelve a mosquearme y me giro buscando algún chico o chica a los que orientar haciendo ejercicios o con los que hablar, tratando de ignorarlo a pesar de que todo mi cuerpo quiere acercarse a él con una necesidad que hasta me asusta. De nuevo, pienso que nunca antes me había pasado nada similar.
—¿Cómo vas, Greg? —le pregunto a uno de los chicos que están haciendo piernas en la prensa.
El chico me sonríe y lanza un grito de dolor al hipertrofiar los músculos con la máquina buscando su límite.
—¡Vamos, una más! ¡Tú puedes! ¡¿Es que acaso eres un novato?! ¡Una más he dicho! —le animo sacando mi lado más bestia de entrenadora personal y el chico hace no una, sino dos repeticiones más.
—¡Bien, así se hace, Greg!
—¡Eres la mejor, Mais!
Mais. Esa es su forma cariñosa de llamarme y la que ha acuñado casi todo el gimnasio para dirigirse a mí. Antes de eso tan solo mi familia me llamaba así, y tengo que reconocer que al principio me molestaba que Greg se tomase la confianza de no llamarme por mi nombre completo. Ahora, la verdad es que hasta me gusta.
Siento una presencia tras de mí y lo veo a través de otro de los espejos que cuelgan en las paredes del gimnasio. No puedo evitar ponerme nerviosa al sentir esa mirada verdosa como el más fresco roble en mí. Me giro con un pellizco de nerviosismo en la boca del estómago y me traspasa con la mirada. Su actitud es altiva y divertida al mismo tiempo, casi burlona. No puedo negar que su presencia es imponente, y fuerte. Su presencia es de esas que cuando llega a un lugar capta la atención y sabes que está ahí.
—¿Quieres algo? —le pregunto sintiéndolo tan cerca de mí que tengo el impulso de retroceder un paso.
De nuevo ese adictivo aroma me atraviesa. Greg y los demás hombres que estaban con él se han ido a otra máquina del gimnasio y me he quedado a solas con este chico. Es como si su persona me hiciese evadirme de todo, y eso me pone alerta. Demasiado alerta. Elevo la barbilla y alzo una ceja, esperando su respuesta que no tarda en llegar.
—¿Ahora sí tienes tiempo para mí?
Su voz me atraviesa sensual y ronca. Es innegablemente apuesto, y me lo parece mucho más ahora que va vestido con ropa deportiva y puedo apreciar su fibroso cuerpo.
—No puedo creerme que estés tan necesitado de atención que has tenido que venir a buscarme a mi trabajo —le respondo sin darme tiempo a pensar lo que quiero decir y soltando lo primero que se me viene a la cabeza.
Veo cómo mis palabras le molestan por la forma en la que se pasa la lengua por la boca y luego se muerde el labio. Es un gesto que no dura más de un segundo y que me ha parecido toda una eternidad. No puedo apartar la mirada de su boca. Ese gesto me ha desarmado, pero sé que mi frase ha causado el mismo efecto en él.
—Tan solo pasaba por aquí y he pensado que podía entrenar un rato. ¿Hay algún problema con eso?
La forma en la que su voz suena algo molesta me hace sonreír levemente.
—Sí, ¿qué haces que no estás entrenando?
Él suelta una carcajada engreída. Me sorprende el hecho de que no me molesta, es más, me acaba de gustar escucharlo reír. Es aún más cautivador cuando sonríe y se le forma un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha.
—Tienes razón —dice él, jactancioso—. ¿Quieres entrenar conmigo o te da miedo?
Me acaba de retar y parece que tiene la sonrisa del diablo en sus labios. Ojalá aprenda a decir que no. Ojalá pueda dejar de perderme en esos ojazos verdes y en esa dentadura perfecta.
—Me da miedo —le digo, y él parece sorprendido por mi supuesta bajada de pantalones—. Claro que me da miedo. No quiero que te lastimes por sobreentrenar si entrenamos juntos. Ya sabes… no sé si podrás seguirme.
Él vuelve a reír como si no se creyese lo que está escuchando, pero de pronto se pone serio y hay algo rematadamente sexy en su expresión.
—Me encantaría sobreentrenar contigo —dice con tanta sensualidad que todas mis hormonas responden ante él.
Su frase me ha llevado por pensamientos oscuros. Si aún tenía algo de compostura, acabo de perderla.
Noto que la he puesto nerviosa y eso hace que mi cuerpo reaccione. Me gusta causar esas emociones en las personas, pero lo que me resulta extraño es que ella logre tener el mismo efecto en mí. Nunca antes hasta ahora una chica me había dejado sin saber qué decir. Y la forma en la que me mira… joder. No puedo evitar que me guste la forma en la que me reta con la mirada.
—¿Asustada? —le pregunto, ya que no ha respondido a lo último que le he dicho—. ¿Te ha mordido la lengua el gato?
Veo cómo su expresión cambia a una soberbia y entrecierra los ojos en un gesto que me parece encantador, aunque en realidad está tratando de fulminarme con la mirada.
—Por supuesto que no. ¡Vamos, sígueme! ¡Haremos piernas!
Lo dice con tanto ímpetu que algo me dice que va a tratar de ponerme a prueba. La situación me gusta tanto que no puedo evitar volver a mojarme los labios con la lengua con lentitud. Ayer hice piernas en el gimnasio y hoy ya las tengo cansadas, aunque antes muerto que decirle nada que me haga parecer que pierdo ante esta chica. Camino despreocupado detrás de ella y no puedo evitar fijarme en su trasero. Me gusta todo lo que veo en ella, pero veo que no soy el único que la observa y eso hace que me arda la sangre de las venas. No me gusta la mirada de los otros tíos en ella. ¿Quién demonios se creen que son para devorarla con la mirada? Ni tan siquiera yo la he mirado así. Mi pensamiento es absurdo y más aún teniendo en cuenta que acabamos de saber que existimos, pero me enfurece el ver cómo la miran. Y también noto una sensación desconocida en mi interior. En las entrañas. Es como un pinchazo que me hace tener ganas de estrangularlos. Jamás he sentido nada así. Le aguanto la mirada a uno de los tíos que la miran, y entorno un poco los ojos. El chaval desvía la mirada y se centra en la máquina en la que está sentado sin ganas de pelea. Bien por ti, chaval, porque como siguieses mirándola así ibas a tener un problema.
Observo a mi ahora entrenadora personal. Se ha recogido el cabello en un moño en lo alto de la cabeza que afina sus facciones. ¿Cómo ese peinado tan simple puede quedarle tan bien? Parece salida de la peluquería. Cuando ella se para delante de una máquina, que reconozco como la multipower, no puedo evitar preguntarme si esta chica tendrá algo con alguno de los chicos de este gimnasio, o con algún otro hombre de fuera. La mera idea vuelve a enfadarme.
—Cuatro series de veinte —me dice, queriendo hacer como que sabe más que yo, cuando llevo años y años entrenando.
Quizá ella también lleve tanto tiempo como yo.
—¿Solo eso? Esperaba algo más fuerte para calentar.
Veo cómo coge aire entre los dientes y no puedo evitar quedarme mirando ese gesto. Le estoy pudiendo y lo sé. Lo noto en su actitud y me encanta la forma en la que se resiste a mostrármelo. La veo sonreír a uno de los chicos que pasan por mi lado y me lo quedo mirando. Otro estúpido que le acaba de mirar el trasero. ¿Es que ella acaso no se da cuenta? Aprieto los puños tratando de calmarme. Ella no es nada mío para que yo deje que me afecte de esta manera el modo en el que la miran otros hombres. Trago saliva y escucho su voz. Es una voz que suena segura de sí misma, como si me tratase de retar con cada palabra, pero también hay un timbre de amabilidad que no puede camuflar. El saber que es una persona amable me hace empezar con el ejercicio antes de tiempo.
—Muy bien, así. Te creía en más baja forma, moreno.
La forma en la que arrastra las palabras me parece sensual y atrayente. Es como si en ellas hubiese una provocación clara que despertase mis instintos primarios. Me contengo al tiempo que la recorro con la mirada con avidez. Espero que no se haya dado cuenta de eso.
—Tu turno, inquieta.
Ella se queda mirando mi cara como si yo fuese un monstruo verde.
—¿Inquieta?
He visto cómo ha luchado por no repetir esas palabras, pero la curiosidad ha podido con ella. Le cedo mi puesto y me sorprende que no le quita peso a la barra, sino que se queda esperando una explicación dispuesta a empezar el ejercicio tras eso.
—Creo que eres la persona más inquieta de este lugar —respondo encogiéndome de hombros como si la tontería que acabo de decir me pareciese normal.
Yo no soy así. Yo no pongo motes estúpidos a la gente. Habría sido mucho más fácil llamarla castaña, pero los destellos rubios de su pelo me gustan tanto que no haría honor a lo bonito que es si lo reduzco a castaña. Y no, tampoco soy de fijarme en los colores de pelo de las chicas. Esto es un maldito caso puntual en el que me acabo de dar cuenta de todo lo que me gusta su pelo.
Ella niega con la cabeza, pensando tal vez que soy un caso perdido y comienza el ejercicio. Por su cara veo que le cuesta mucho hacerlo, ya que le he puesto más peso de la cuenta, y algo en mí se dispone a animarla, buscando su reproche quizás.
—¡Vamos, entrenadora! ¡Tú puedes! —dice una voz.
Maldición. Me he quedado tan absorto en esta chica que no he sido capaz de ver el coro de hombres que se ha formado a nuestro alrededor. Es como si mirasen un plato de comida después de días sin probar bocado. ¡Qué bocado tan exquisito!
—Ah… —gime ella, tratando de continuar hasta el mismo número de repeticiones que yo.
—Si quieres puedo quitarle peso —me ofrezco.
No hay maldad en mis palabras. Lo juro. No lo he dicho para enfadarla, lo he dicho preocupado por ella. No digo que las mujeres no sean capaces de levantar kilos, claro que lo son, y muy capaces de todo lo que se propongan, pero al ver el esfuerzo que está haciendo dibujado en su rostro no puedo hacer otra cosa que preocuparme y respirar entrecortadamente. Lo último que quiero es que se lesione por entrenar conmigo.
—¡Vamos, Mais!
Otra voz animándola me hace volver a quedarme anonadado mirándola. Y eso tampoco es nada normal en mí. Siempre estoy atento hasta el más mínimo detalle, aunque no puedo dejar de quedarme con una única palabra de esas dos que un extraño acaba de pronunciar. Mais. Me gusta. Me encanta. Joder, qué bien suena. Mais.
La chica acaba de hacer el ejercicio y me mira con la cara sudada y la frente alta. Claramente orgullosa de lo que acaba de hacer. No puedo evitar sonreírle con sinceridad al ver que ha logrado lo que se ha propuesto. Tras eso, continuamos con las series que nos faltan en esa misma máquina, y cuando me doy cuenta de que si subo los kilos de la máquina ella no los quita luego, sino que trata de hacer las series con el mismo peso que yo, decido no poner ni un solo kilo de más por miedo a que sobreentrene y acabe haciéndose daño por culpa del orgullo. ¡Es tan cabezota!
Tras esa máquina pasamos a otra y vuelvo a dejar que ella me indique. La veo incluso pálida, pero no puedo negar que me encanta cómo trata de hacer creer a todos que está genial y cómo sigue desafiándome con sus palabras, como si no pudiese ver que está agotada por el tono que están adquiriendo sus mejillas.
—Me gusta tu nombre —le digo tratando de darle un motivo para parar y descansar un poco.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Ha vuelto a elevar una sola ceja, desconfiada. La veo mover el tobillo derecho y me quedo mirando sus piernas. Son bonitas.
—Lo escuché antes, cuando uno de los chicos te animaba, Mais.
Ella cierra los ojos, y me preocupa que esté a punto de desmayarse. Sin embargo, en lugar de caer al suelo y perder el conocimiento, hace algo bien distinto. Me corrige.
—Para ti soy Maisie.
Sonrío. Me encanta la actitud que está teniendo y me enfada a partes iguales.
—Para ti soy James.
No puedo más. Si trato de seguirle el ritmo creo que voy a desmayarme. Me falta el aire y me arden las piernas por el esfuerzo de las máquinas. Esta noche no sé cómo voy a aguantar los tacones. Aun así, hay algo en la presencia de este chico que me puede. Es una seguridad y una impoluta elegancia en todo lo que hace que me pone de los nervios.
—James… —repito su nombre como una tonta, sin ni tan siquiera darme cuenta.
Creo que he conseguido que no me llegue la sangre al cerebro.
—Bien, sabes pronunciarlo —se burla él con una encantadora sonrisa.
Maldito seas, James. ¿Por qué demonios tienes esta atracción en mí? Antes tuve que cerrar los ojos cuando pronunció mi nombre. Fue como si una corriente eléctrica me recorriese al escucharlo desde sus labios. No sé qué me pasa, pero sea lo que sea, esta sensación va a acabar conmigo. Moriré el mismo día de la boda de mi hermana. ¡Qué trágico!
—Tranquilo, no todo el mundo tiene problemas para llamar a las personas ni se equivoca con sus nombres, como tú al llamarme Mais, por ejemplo.
Veo cómo hay un brillo turbulento en sus ojos y me quedo mirándolo antes de volver a seguir con el ejercicio. Si no paro unos segundos voy a caerme al suelo.
—La que tiene problemas con mi forma de llamarla eres tú, Maisie —enfatiza la última palabra y en cierto modo también acaricia todas las sílabas con altanería, sensual.
De nuevo mi nombre en sus labios. En su voz ronca y aterciopelada. Tengo calor y necesito aire cuando siento todo el peso de su atención concentrada en mí. Jamás me ha gustado tanto ser el centro de atención de alguien, aunque al mismo tiempo me siento sudorosa e incómoda. Es una sensación muy extraña.
—No tengo ningún problema salvo que me estás haciendo perder el tiempo.
Él eleva la barbilla y puedo ver cómo su nuez sube y baja en su garganta durante unos instantes. No sé por qué me sale ser tan borde con él, pero este chico tiene algo que me hace perder los nervios.
Acabo de hacer el ejercicio, poniéndome fea al contraer mi cara por el esfuerzo, y lo miró con toda la autosuficiencia que puedo.
—Ánimo, ya te queda menos —me dice, colocándose en la máquina que yo acabo de dejar y poniéndome una mano en la cadera.
Joder, su tacto hace que todo mi cuerpo responda y se altere a partes iguales. Y de nuevo ese olor que logra marearme y engatusarme, como si todas mis hormonas respondiesen a él. Me percato de que no le pone más peso a la máquina, y no tengo nada mejor que hacer que retarle a ponerlo.
—Eso es muy poco peso para ti.
Él me sonríe, ahora parece tranquilo, pero me sigue mirando con una sombra de preocupación en los ojos que me hace contener el aliento.
—Lo es, pero es suficiente para ti, chica masoquista.
Me dice eso dejándome con la boca abierta y comenzando a hacer el ejercicio. Me miro al espejo de una pasada rápida mientras pienso en qué decirle. No quiere ponerle más peso a las máquinas porque sabe que si lo pone yo no lo bajaré. Ese gesto me enternece un poco, pero también me cabrea. Respiro con fuerza, como si todo mi cuerpo necesitase aire, y no me gusta lo que encuentro en el espejo. Por si no fuese poco el estar sudando a chorros, también estoy colorada a la vez que pálida. Creo que se me va a bajar la tensión como siga así. Mi jefe me está mirando y parece oírme pedir ayuda a gritos, porque se dirige a mí con rapidez y me habla con gesto serio.
—Mais, deberías haberte ido ya hace unos diez minutos. Deja de sacrificarte tanto por la empresa y disfruta de esta tarde.
Quiero llorar de alegría al notar el favor que me está haciendo mi jefe. Aún no es hora de irme, me quedan treinta minutos, pero creo que ha visto que estoy que no puedo hacer ni un solo ejercicio más sin caerme al suelo y viene a socorrerme.
—No te preocupes, Tom, todo va bien —le sonrío, sin embargo él niega con la cabeza y me agarra por los hombros, casi echándome del gimnasio y alejándome de James. Joder, James. James. James. Ojalá pueda dejar de repetir su nombre en mi cabeza como una idiota. James.
Me giro hacia él a modo de despedida e intercambiamos una mirada que logra traspasarme. Creo que nunca he visto una mirada en la que tenga tantas ganas de perderme.
—¿A dónde vas?
Escucho su voz y mi jefe para de empujarme al tiempo que yo me giro.
—Mi turno ya ha acabado. Otro día podremos seguir con el entrenamiento todo lo que quieras.
Me arrepiento de decir esa última frase nada más soltarla por la boca. Él se levanta de la máquina, me mira y sonríe de una forma jactanciosa.
—Estoy seguro de que lo acabaremos —responde, autoritario y sensual, haciendo que me tiemblen inconscientemente las piernas a la par que me enfado de nuevo por lo que su imponente presencia logra en mí.
Salgo del gimnasio dirigiendo una sonrisa de despedida a Micaela, la recepcionista, quien me mira preocupada por mi estado.
—¿Estás bien, Mais?
Asiento con la cabeza y le sonrío quitándole importancia.
—Por supuesto que sí —aseguro, aunque me arden las piernas con tanta intensidad que siento que en un rato no voy a ser capaz de dar ni un solo paso de las agujetas que tendré.
Ella eleva una ceja como si no se lo creyese y me vuelve a llamar cuando estoy abriendo la puerta de la calle. ¡¿Dios, cómo puede costarme tanto abrir una puerta?! Así me ha dejado el entrenamiento…
—Mais.
Me giro hacia ella e inquiero con la mirada, no tengo fuerza ni para hablar.
—Toma, te sentará bien —me dice entregándome un caramelo con azúcar.
En otro momento de mi vida habría rechazado ese caramelo por orgullo, pero ahora soy incapaz.
—Dame otro más, por favor —pido sintiendo que me falta el aire mientras me meto el caramelo en la boca.
Ella me da otro con una sonrisa y me pide que tenga cuidado. Salgo del gimnasio y tiro con fuerza de la puerta de entrada que ya de por sí pesa bastante, con rabia porque no quiero que nadie vea que me cuesta abrirla. Una mano me ayuda empujándola y me giro hacia su dueño.
No, por favor. Él otra vez no.
James me sostiene la puerta y me indica que pase con un movimiento de cabeza. Yo lo hago sin rechistar porque creedme que me siento fatal.
—¿A dónde vas?
Vuelve a preguntarme lo mismo que hace unos minutos, esta vez en la puerta de la calle. El aire fresco me sienta tan bien que no puedo evitar respirar profundamente. Y de paso, ese gesto me sirve para calmarme.
—Voy a mi casa, a ducharme.
Normalmente me ducharía antes de salir del gimnasio, pero hoy no es un día normal. Miro de arriba abajo a James. Su figura varonil y sudada me ponen nerviosa.
—¿Qué quieres? —prosigo con rabia.
Vuelvo a sonar brusca, y él parece que se está mordiendo la lengua para no replicarme. Espero que diga alguna tontería, pero en su lugar se mantiene tan serio que creo que está enfadado.
—Está bien —dice—. En ese caso, déjame llevarte.
Bufo nada más oírlo.
—No, gracias —respondo automáticamente.
No necesito que nadie me lleve. Aunque estoy a punto de desplomarme en el suelo sin fuerzas, estoy segura de que me repondré tan pronto me aleje de él. Lo observo sin saber cómo reaccionar. Es alto y fuerte y no sé por qué no me he dado cuenta antes de lo alto que es. Tiene algo más de una cabeza y media de altura por encima de la mía. Quizá un poco más. James parece disgustado, como si no estuviese acostumbrado a que le contradijesen.
—Entonces, voy a escoltarte.
¿Qué acaba de decir? ¿Qué va a hacer qué? Me quedo plantada en el sitio y lo miro como si fuese idiota.
—Ajá, claro que sí —le respondo con algo de sorna sin poder evitar quedarme mirando otra vez la curva de sus labios.
Los tiene apretados, como si volviese a callarse algo que no le gusta.
—Créeme, Maisie, no suelo acompañar a ninguna mujer a casa, pero estás así porque has entrenado conmigo y porque te has pasado. Probablemente tengas el azúcar o la tensión baja y eso no va a pasársete de un momento a otro. Puedes desmayarte de camino al coche o de camino a casa, así que te lo pondré fácil: o me dejas escoltarte con mi propio coche hasta tu casa o te llevo yo.
Su voz suena tan segura de sí misma que estoy a punto de soltar una burrada por la boca.
—Sé volver solita a casa —le digo con el ceño fruncido y poniendo mis dos manos en mis caderas.
Él parece estar perdiendo los nervios y eso solo hace que me parezca más atractivo. Se le forman unas pequeñas líneas en los ojos cuando los achica para mirarme con detenimiento.
—Estoy seguro de que sabes llegar solita a casa, pero no de que puedas llegar en tu circunstancia actual.
Nada más decir eso, siento que me estoy mareando. El maldito de James tiene razón. He de dejar de ser tan cabezota. ¿A quién se le ocurre sobreentrenar el día de la boda de su hermana? En serio, siento sonar repetitiva, pero no sé cómo voy a aguantar los tacones tan inmensos que voy a llevar hoy. Se nota que no soy una de esas chicas que adoran los tacones. En mi caso, tengo más deportivas y zapatillas que tacones.
Me fallan las piernas y él me agarra antes de que me caiga al suelo. De nuevo su tacto despierta algo en mí que me hace sentir escalofríos en mi interior. Me arde la piel donde sus manos me tocan. Ambos estamos muy cerca el uno del otro, y nuestros rostros apenas están a unos meros centímetros. Sus labios. Joder. Sus labios son tan atrayentes que…
—¿Estás bien? —me pregunta incorporándome.
Yo me tambaleó un poco aún en sus brazos. Me tiene agarrada por la parte baja de la espalda, muy cerca de mis glúteos. Demasiado cerca para mi gusto. Con una de mis manos agarro las suyas y las subo un poco más en mi espalda, alejándolas de mi trasero.
Niego con la cabeza, dejando el orgullo al lado y lo miro directamente a los ojos. Sus cejas castañas están alzadas.
—Creo que será una buena idea que me acompañes al coche.
Él asiente con la cabeza al tiempo que le indico por dónde lo tengo aparcado. Aún estoy a tiempo de llamar al chófer de mi padre para que me recoja, pero no quiero preocupar a nadie y me encuentro bien para conducir. El coche es automático así que tampoco tengo que mover mucho las piernas.
Avanzamos en silencio por el parque donde nos chocamos hace unas horas y no se me ocurre absolutamente nada que decirle. Es como si mis neuronas se hubiesen puesto todas en huelga y no funcionasen correctamente. Lo miro de reojo y veo que él mantiene la vista al frente, aparentemente indiferente, aunque una de sus manos sigue en mi cadera y la aprieta con fuerza, como si le diese miedo que me cayese al suelo.
De hecho, estoy convencida de que tengo un aspecto horrible. Hace un rato varios transeúntes se han quedado mirándome mientras avanzábamos y un hombre me ha preguntado si estoy bien.
He asentido y he dado las gracias. A mi lado, James se mantiene serio, tanto que parece que está enfadado.
—Creo que puedo seguir sola —le digo tratando de separarme de él.
Odio estar tan sudada. Me suda hasta el pelo y me parece algo asqueroso. Cada vez me arrepiento más de haber entrenado con él en este día. Voy a necesitar como unos cuatro días para recuperarme de lo que hemos hecho. ¡Qué exagerada! Pensaréis. Pues no, probad a ir al gimnasio y coger cuatro veces más de peso del que estáis acostumbradas. Al final sí que voy a ser masoquista. Cojo aire y siento cómo sus dedos aprietan más mi cadera, autoritario.
—No tengo ganas de volver a recogerte del suelo —me responde él, con lo que creo que es algo de desprecio, que me hace detenerme en seco.
—Que yo sepa, no me he caído al suelo —le corrijo.
Creo que he tenido que imaginarme eso del desprecio. Él me dedica una media sonrisa encantadora y vuelve a elevar la cabeza.
—De nada.
Me dice aquello quedándose tan ancho y tira de mi cuerpo otra vez. Muevo la cabeza para aclarar mis ideas y le doy la razón internamente.
—Aquel de allí es mi coche —le respondo ignorando su comentario y señalando un Mustang en negro.
Él se le queda mirando y luego me mira a mí.
—¿Tú sabes conducir ese coche?
Pero bueno, ¿y este chico quién se cree que soy? Me yergo a su lado y en esta ocasión soy yo quien lo miro de forma altiva. O al menos lo intento.
—Claro que sí. ¿Quieres probarlo?
Él sonríe y niega con la cabeza. Mejor, porque no pensaba dejárselo.
—Tal vez otro día —responde sensual dando por hecho que vamos a volver a vernos—. Por ahora, me conformo con conducir el mío.
Añade la última frase señalando el coche que hay aparcado justo detrás del mío. Un Ferrari en color rojo. ¿En serio tiene un Ferrari? Me encanta esa marca de coche. De hecho, me encantan todos los coches, y entiendo de motores.
—¿Sabes conducirlo? —imito su pregunta y los dos nos reímos por lo ridícula que es en ambas direcciones.
Asiento con la cabeza y ambos apretamos casi al unísono el botón que abre las puertas de nuestros respectivos coches. Él se acerca aún agarrándome y abre la puerta de mi Mustang de forma caballerosa. Siento sus suaves dedos en la piel como pequeñas descargas eléctricas.
—Conduce con cuidado, pequeña. Voy detrás de ti hasta que me indiques que estás en tu calle —me dice mientras me cierra la puerta y me guiña un ojo.
Me quedo en el asiento y abro la ventanilla rápidamente. Debería callarme, pero las emociones tan contradictorias que provoca en mi interior me lo impiden.
—¿Esa es tu forma de averiguar dónde viven las mujeres a las que acosas?
Veo que la pregunta le molesta y le hiere en su orgullo, a pesar de que se acerca a mi ventanilla y me sonríe de una forma tan atractiva que me vuelve a entrar la rabia.
—En primer lugar, no me hace falta acosar a ninguna mujer, normalmente ocurre al revés, y, en segundo lugar, no tengo ningún interés en ti ni mucho menos en acosarte. Tan solo quiero mantener la conciencia tranquila.
El aire sale de sus labios en un suspiro exasperado. No puedo evitar abrir la boca mientras se aleja a grandes zancadas sin darme tiempo a responder. Eso me lo merecía por decir las cosas sin pensar, pero vaya, no entiendo por qué me ha puesto tan triste que me diga que no tiene ningún interés en mí. En poco tiempo la tristeza pasa al enfado y lo veo montarse en su coche, el cual ahora me pregunto si es robado, y veo que espera que yo arranque. Pulso el botón que arranca el coche y respiro tratando de calmar todo lo que siento en este momento.
Tendría que haberme quedado en el parque con Perico. O con su dueño, que parecía un tío enrollado y que me dio las gracias al menos cuatro veces. No le hice ningún comentario sobre lo que decía su loro, pero tampoco hizo falta porque su novia llegó a darme las gracias con un abrazo de oso sin ni tan siquiera conocerme y Perico comenzó a repetir su frase. Los tres nos reímos en ese momento y pasamos un buen rato antes de despedirnos. Me cayeron bien. No como Mais. Perdón. Maisie. No sé qué demonios me pasa, pero su último comentario me ha enfadado tanto que me ha dado miedo. Esta chica parecía a punto de desmayarse en cualquier momento y después de querer acompañarla hasta su vehículo y preocuparme por ella acompañándola a modo de escolta en el coche de atrás, en lugar de darme las gracias va y me habla como si fuese una especie de acosador. Si no fuese porque aún recuerdo la forma en la que me retaba con la mirada y en la que trataba de hacerme creer que mi presencia no la intimidaba, creería que es tonta.
Jamás he seguido a ninguna chica con mi coche para asegurarme de que llegue bien a casa. Busco con la mirada su flamante Mustang en negro y me aseguro de que va por donde debe.
La chica por ahora va conduciendo más o menos bien, pero mantengo una mano sobre el volante preparado para pitarle en caso de que la vea salirse solo un poco de la carretera. Para mi gusto, seguía demasiado pálida cuando arrancó el motor. Y ahora también. O al menos eso veo a través de su espejo retrovisor central. De vez en cuando su mirada me busca, y hay algo en mí que se alegra de que lo haga. Y en este instante, cuando mantiene sus ojos en los míos en lugar de en la carretera, algo en mi interior se remueve.
O eso creo hasta que mi corazón se salta un latido cuando la veo salirse un poco de la calzada. Le pito y me llevo una mano al pecho. ¿Se ha desmayado? Acelero el coche y veo que está consciente. Pito de nuevo furioso al darme cuenta de que se está riendo a carcajadas. Ha querido asustarme. No sé cuánto tiempo he estado gruñendo y farfullando por lo que acaba de hacer, pero creo que ella ha estado el mismo tiempo riendo. Maldita sea. Noto el enfado en cada poro de mi piel, pero al verla reír también siento algo reverberando en mi interior que no logro descifrar.
Creo que nunca me ha importado tanto que una tía se desmaye, aunque jamás he sido el responsable de un desmayo como tal vez pueda serlo de este.
Tras más de media hora conduciendo nos acercamos a Central Park y veo a Maisie girar el coche hacia Madison Avenue. Una vez allí, más o menos a mitad de la gran avenida, soy consciente de que saca su mano del coche y me señala hacia unos lujosos pisos en color marrón oscuro, tirando a rojo.
¡Maldita seas, Maisie! ¡¿Cómo no ibas a vivir en una de las zonas más lujosas de Manhattan?! Yo mismo he dejado cientos de miles de dólares en muchas de las tiendas que hay en esta zona, muchas de ellas consideradas de lujo. Ya me ha quedado claro que tiene dinero, aunque es algo que me da exactamente igual.
Veo que mete el coche en un garaje y se despide volviendo a sacar la mano del coche y haciéndome un gesto. ¿Y ya está? Esa es mi recompensa por escoltarla a casa sana y salvo. Tampoco es que me esperase nada de su parte, pero no sé, que me gritase un gracias desde su coche. ¡Qué menos! Estoy seguro de que cualquier otra chica habría aprovechado la situación para decirme si me apetecía entrar en su casa. Ella no. Aunque puede que tenga algo que ver el hecho de que le haya dicho que no estoy interesado en ella. Tan solo es una tía más. Una tía más que me enfada sin saber por qué, y que… crispa mis nervios.
La veo meter su coche en el garaje y nuestras miradas se cruzan por una última vez. Espero no verte más, Maisie.
Me ha sorprendido el averiguar que vivimos a una media hora de distancia, contando el tráfico de Central Park. Aunque puedo llegar corriendo a su casa en unos quince minutos. Corriendo a toda hostia. Lo cual es casi imposible de hacer en Madison Avenue, ya que casi siempre está repleta de personas y sobre todo de turistas. Yo vivo en la Quinta Avenida, en un lujoso apartamento con piscina superior en el ático. Menciono esto porque es muy importante para mí. Me encanta nadar. No hay un día que no nade. Es algo así como mi momento y mi forma de evadirme del mundo. Si no quisiese heredar la empresa de mi padre estoy seguro de que me habría dedicado a la natación. A entrenar de modo profesional y a competir.
Suspiro y sigo conduciendo. He de llegar a mi casa lo antes posible para ducharme, vestirme y coger mi helicóptero privado hasta la boda de mi hermano, en un bonito apartamento de mis padres con una piscina de ochenta metros en la que estoy seguro de que acabaré a lo largo de la noche. A ser posible con una o varias chicas solteras. Ya sé que antes pensé que quería cambiar de modo de vida, pero una boda es una boda y, joder, es la boda de mi hermano. ¡Mi hermano se casa en lo que yo creo que es el error de su vida, pero se casa y nada ni nadie va a impedirme disfrutar de la boda!
O, al menos, eso creo. Seguro que entre las invitadas veo a alguna tía pesada con la que ya me he acostado y que no ha pillado el hecho de que le haya dejado claro en veinte mil ocasiones que no quiero nada serio con ninguna. Al menos hasta ahora. Bueno, hasta mañana. Mañana será el día después de la boda de mi hermano y creo que esta noche puede ser
