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Este libro es la suma de las capacidades inventivas y la búsqueda sin tapujos de Elena Broilo de esas criaturas condenadas a la oscuridad y el olvido, y que ella rescata con la devoción y el respeto por la diversidad humana. Nos recuerda que "la magia de la vida está en proteger otras vidas". Una mano tendida amorosamente desde sus páginas hacia las nubes de un cielo que merecemos en esta tierra. Jorge Felippa
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Seitenzahl: 130
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Broilo, Elena María
Nubes en mis manos / Elena María Broilo. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
140 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-943-8
1. Cuentos. 2. Relatos Personales. I. Título.
CDD 808.883
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Broilo, Elena María
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Nubes de mis manos
A mi hermana, mis sobrinos, sobrinos nietos, primos, amigos y todos los que de alguna manera hacen feliz mi vida.
Y en especial a Fanny por su paciencia.
Carta de un lector anticipado
Al menos para mí, no es frecuente recibir una propuesta de trabajo al final del año. Es decir, cuando la mayoría está pensando en las fiestas familiares o en las vacaciones, que, como la utopía, uno persigue durante tiempos incalculables.
Aclaro: trabajo de lector durante nueve meses y a veces, menos de lo que debiera, escribo. Como ahora, que intentaré ser lo menos aburrido posible y acercarles una suerte de carta de navegación por las páginas de este libro que tienen entre sus manos, amables lectores.
Elena, en un acto de arriesgada confianza, me pidió ser el “curador” de sus textos para poder publicarlos. Como quizás algunos de ustedes saben, “curador” es un término que se usa en las artes plásticas. Pero, desde hace unos años, lo han trasladado al ámbito editorial. Ahora hay “curadores” en la feria del libro, por lo menos de Córdoba. Mi “quiero y retruco” fue: “Si aceptás, te lo edito: leo, corrijo, selecciono, sugiero y ordeno tus textos hasta alcanzar el formato que le llevarás a la editorial”. Ellos le pondrán su sello y el resto del trabajo que les corresponde.
Acordamos que estas palabras debían ser breves, austeras y con toda la honestidad intelectual posible. Puedo afirmar entonces que en contadas ocasiones he recibido un volumen de escritos con un nivel tan parejo para entusiasmar al lector. Detecté enseguida tres grandes ejes temáticos, que son los que conforman las partes y el orden de estos relatos.
En su gran mayoría, con un fuerte componente autobiográfico; la memoria afectiva que con sus redes rescata nombres luminosos de la infancia y adolescencia: “Las tías de Las Perdices”; “Las primas” o “La tía Juana”. Personajes que habitaron esos lugares que ahora solo perduran en un recuerdo entrañable: los sitios de aventuras y vacaciones en esos pueblos de la pampa gringa con “el arroyo Tegua” y el río de “Pampayasta”, espacios donde el lino derramaba su celeste “ternura de campo”, y esa “Casa vieja” que ahora es un triste muestrario de lo que ya fue.
Estos relatos van al principio porque son los que forjaron la sensibilidad y la mirada, curiosa, audaz y atrevida de Elena. Y ella los escribe siempre con los cinco sentidos alertas. Es la herencia de esas mujeres que la cuidaron, en un tiempo cuando la solidaridad era el pan nuestro de cada día, esos “ángeles de la guarda” que siguen presentes, porque ella los rescata del olvido y la soledad.
Luego hay toda una serie de personajes cuya singularidad los hace inolvidables. Desde el “Tristán” que abre el libro, “Jorge”, “La Peinshe” o “Los gitanos” nos ponen al descubierto otras sensibilidades, muchas veces a contramano de los mandatos religiosos o la estigmatización. Seres imperfectos para la moral de épocas no tan pretéritas, que nos dejan un sabor agridulce al confrontarnos con nuestros miedos y prejuicios descalificatorios.
Por último, así figuran en el índice, pero no es necesario llevarle el apunte —cada uno de ustedes puede ingresar al libro según su propio “manual de lectura”—, al final, llegamos a más de una docena de cuentos en los que la ficción es la llave maestra. Son auténticos ejemplos en los que la “mentira verdadera” se sostiene íntegra, para llevarnos sin preámbulos ni anestesia. Hay textos con personajes extraordinarios como “Eduviges”, los hermanos enfrentados de “La tierra prometida”, la desgarradora historia de “La vía”, o el amor prohibido de “Una historia diferente”.
Este libro es la suma de las capacidades inventivas y la búsqueda sin tapujos de Elena Broilo de esas criaturas condenadas a la oscuridad y el olvido, y que ella rescata con la devoción y el respeto por la diversidad humana. Nos recuerda que “la magia de la vida está en proteger otras vidas”. Una mano tendida amorosamente desde sus páginas hacia las nubes de un cielo que merecemos en esta tierra.
Jorge Felippa
Enero de 2024
I
Con nombre propio
Tristán
Los años que duró la pandemia avivaron los fuegos de las cremaciones. Fosas comunes en donde echamos los diablos y todos sus sueños amontonados en un retorcijo de carne y virus letal. Esperanzas irregulares permanecen por toneladas amontonadas en los hilos de fina lana de oro, que cubre de tonos solares las bacanales extinguidas. Demonios enfermizos se apoderan de mi memoria y me llevan a otros años de fogosa juventud, cuando los cristales empañados de las caretas que me puse para sobrevivir estallaron en pequeñas gotas de dolor.
Los poetas del sur debieron trasladarse para que no les incomode el sometimiento. Los paseos de los jueves convertidos en aventuras de perros. Impecable injusticia que extremó las resistencias y produjo hachazos de vértigo en las frentes más sudorosas. Y pienso en Tristán. ¿Por qué no terminé el cuento de la vida de él, que era feliz con su familia, con su trabajo y con sus sueños de un pueblo sin fronteras? No terminé el cuento de Tristán porque Tristán murió de covid-19 el día menos pensado. No encontraron cama para internarlo cuando comenzó la fiebre y la neumonía, y dando vueltas en la ambulancia, hizo un paro cardiorrespiratorio que lo llevó volando en segundos. Atravesó el arcoíris, a siete días de su nuevo cumpleaños.
Una vuelta más al sol ennegrecido por tantos muertos. Los pozos de la tierra con tanto cadáver envenenado, se me ocurre que serán el próximo petróleo que las futuras generaciones encontrarán al hacer las excavaciones en búsqueda de la razón por la cual desapareció la vida en la Tierra en los albores del siglo veintiuno.
Y también dicen que se quedaron con gusto a poco, con necesidad de saber más. Como que el cuento quedó inconcluso. Amor mío, hermanita mía, tesoro indestructible de mis ancestros, todos los cuentos quedan inconclusos, interrumpidos por el atropello de la muerte que llega sin avisar y trunca los sueños más potentes. Pues imagínatelo al final del cuento, yo no tengo por qué contártelo. No es mi estilo. No está en mis manos. No soy bruja para saber que en segundos todo quedará fulminado. La luna y el sol y la sonrisa de los niños en las plazas. Los árboles que plantamos en nombre de los desaparecidos.
Esos son mis enemigos, los imponderables acontecimientos de la historia que llegan sin previo aviso. Si cae un avión en pleno océano, es que las olas y algas marinas necesitan esos seres desparramados en pedazos de brazos para seguir nutriendo a los peces que luego otros seres irán a pescar. Misterio milagroso esta vida que se nos escapa de las manos. Esos son mis enemigos. No los puedo derrotar porque no los veo, no los siento, no puedo atraparlos. En mis sueños febriles me asaltan, me muestran colores y sabores y parten riendo como si nada. Así de la nada desaparecen como verdad cantada. Declaradas inundaciones de deseo a flor de piel y seres llorantes que desesperan. Esperá y no te desesperes. Que la esperanza no te descubra que la perdiste.
Las tías de Las Perdices
Una tarde de verano, salimos del pueblo rumbo al campo. Unos cinco kilómetros era la distancia. Mis tías: Adela, Juana y Ángela, mis primos, mi hermana y yo éramos de la partida. Salimos a la ruta, caminamos bordeando los alambrados hasta la curva de la feria y ahí tomamos el callejón de tierra. Era una aventura, de esas que cuando niño quedan grabadas en la mente. Íbamos con gorritos para atajar el sol y zapatillas para alivianar los pies. Cada tanto pasaba una chata o un carro con caballos y nos enterrábamos en la nube que levantaba, más la transpiración, nos reíamos de nuestras caras que iban quedando negras.
Cuando llegamos al campo, el sol estaba cayendo. Trepamos la tranquera y saltamos del otro lado, entre las huellas del callejón bordeado de álamos. Algún que otro tero nos delataba. Una liebre disparó desde los matorrales. Las vacas pastaban ya encerradas en el corral para ser ordeñadas a la mañana siguiente. Al acercarnos al cañaveral, hicimos silencio con el gesto del dedo cruzando la boca. Ya estábamos en peligro de ser descubiertos. Nos sentamos detrás de los galpones, donde ataban los sulkis, a esperar ver en la tranquera, allá lejos, el auto que venía con nuestros pertrechos. Lo vimos llegar con la última luz del día.
La tía Chicha se bajó, abrió la tranquera, el Falcon celestito entró por el callejón. Habíamos calculado muy bien la hora. Muy despacito el Falcon se acercó hasta el cañaveral, con las luces apagadas. Nosotras ya no aguantábamos las risas y más de una había orinado entre las ruedas de los carros. Bajamos del Falcon los pantalones largos, las camisas, las caretas de carnaval y los palos con hatillos de ropa en la punta para semejarnos a crotos, linyeras. Arrancó el Falcon con luces encendidas, llegaron frente a la casa y tocaron bocina. De adentro salieron los otros tíos con gestos de alegría a recibirlos. Entraron.
Nosotras espiábamos detrás de los galpones. Pasado un rato, salimos, llegamos a la casa y golpeando las manos pedíamos algo de pan, ayuda, ropa, caramelos para los chicos. Salió el tío Adolfo, él siempre con su escopeta, que vaya a saber si estaba cargada, y medio borracho como de costumbre, gritaba que nos fuéramos o nos cagaría a escopetazos. Tuvo que intervenir uno de los tíos y decirle que era una joda para que no dispare.
Esa noche comimos un asadazo memorable y a la hora de los postres empezó la tía Ángela con el sifón. Tapaba el pico con el dedo índice apuntando a la cara de alguno y apretaba. Y ya todos manotearon los sifones y cuando se terminaron, nos tirábamos con restos de lechuga y después con los vasos, y las jarras, a cargarlas con agua en el pico que estaba frente a los laureles, hasta que yo, que iba con un vaso, choqué con una jarra que llevaba Chicha y el vaso reventó en mi mano; mi dedo pulgar derecho lanzó un chorro de sangre cuando me quitaron el vidrio de adentro. Y ahí nomás se terminó la joda.
La tía Ana trajo una servilleta para hacer un vendaje, cuando quedó roja, trajo otra y después un pedazo de sábana. Nos volvimos al pueblo, el doctor me hizo seis puntos, previo aviso de que él podría desmayarse.
Quedamos tranquilas por un tiempo. Hasta que una noche de tormenta me despertó un ruido extraño, pegué un salto en la cama. Yo dormía en la misma habitación que tía Juana; ella se despertó gritando: “¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué pasa?!”. Me escondí en el pasillo porque los ruidos seguían, eran como garras rascando la persiana. Yo imaginaba algo terrorífico, hasta que se escucharon las carcajadas de la tía Adela y la tía Ángela, que habían salido al patio para hacernos la broma. Entonces, una noche, con una idea que me dio el tío Aldo, mientras la tía Adela estaba en el baño, ya para luego acostarse, me metí debajo de su cama y cuando vino y se sentó para quitarse la ropa, yo le puse mi mano sobre el empeine. Menudo grito que pegó esa noche.
Otra tardecita se me apareció la tía Ángela con una bolsita de papel, la acercó a mis manos y me dijo que sacara un caramelo. Metí la mano muy feliz en la bolsita, la saqué como tiro y salí corriendo y gritando, y ellas a mearse de la risa. Había un horrendo sapo en la bolsita. Ellas los agarraban como si nada, se los apoyaban en la cara, decían que les quitaba el dolor de muelas; esa espantosa panza fría de sapo.
Una noche me dice la tía Ángela que mi mamá había mandado una encomienda con unos vestidos muy lindos. Que fuera a verlos, que estaban en la pieza del fondo, la que usaban la tía Adela y mi hermana. Estaba oscuro, fui de memoria por el pasillo y cuando prendí la luz de la pieza, el terror me paralizó. Un hombre con medio cuerpo asomado en la ventana, la cara roja y las manos enormes, listas para agarrarme. Otra vez las carcajadas de las tías. Era un muñeco que habían armado con dos escobas, como un espantapájaros, con los guantes de lavar los platos y las famosas caretas.
Una vez estaba yo sentada en el inodoro, muy concentrada en lo que estaba haciendo, y vi por la ventana/banderola asomarse dos manos marrones y una voz gruesa que me decía “Vení”. Salí de raja con los calzones colgando, gritando: “¡Un monstruo, un monstruo!”. Era la tía Adela.
Estas y miles de anécdotas más tengo para contar, solo que acá dejo. Teniendo en cuenta que recién llego del funeral de la tía Ángela que, a sus noventa y cuatro años, decidió hacer la última broma: irse de este mundo.
Las primas
Hasta mis dos añitos viví en Las Perdices. Desde entonces y hasta los quince años, pasé todas mis vacaciones en mi pueblo natal. El 3 de septiembre de 1971 murió la tía Adela, alma mater de la fábrica de tejidos. Ella era la que hacía los moldes y cortaba las piezas de lana que tejían en esas enormes máquinas el tío Aldo, la tía Juana y la tía Ángela. La tía Lita era la encargada de las máquinas de coser.
A partir de la muerte de la tía Adela, se vendió la fábrica y compraron el campo en el río Quillinzo. De ahí en adelante, las vacaciones se trasladaron a El Quillinzo. Vale decir que trece años de mi vida pasé vacaciones de invierno y de verano en Las Perdices, con mi hermana. Obvio, mis padres nos dejaban y salían solos. Total, ellos sabían que no podíamos estar en mejores manos.
Lo que nadie se esperaba era que yo empezara a salir con un chico de Las Perdices. Habré tenido 12 años y mi prima me hizo la mano con este chico. Una noche, en mi casa de Córdoba, mi prima y yo buscamos una foto linda mía y nos encerramos en el baño. Arrodilladas frente al inodoro, con la tapa baja, lo usamos de escritorio. Detrás de la foto, mi prima escribió por mí una carta de amor. Y cuando llegó a Las Perdices, sin pérdida de tiempo se la hizo llegar a él.
No sé cómo mi tía se enteró y en la peluquería coincidió un día con la otra tía. La tía le pasó el dato a mi papá y adiós vacaciones por un año. Ese verano conocí a un chico acá en Córdoba y cuando mi papá se enteró, volví a las vacaciones en Las Perdices. Ya todo se había enfriado. Mi corazón vivía las vacaciones partido al medio.
Con las tías me divertía con las ocurrencias de ellas. Jugábamos a la tómbola, a las cartas, a la payana. Bordábamos. Nos malcriaban como solo los tíos saben hacer con los sobrinos. A tres cuadras vivían las primas. Íbamos a la pileta del Club 9 de Julio. Salíamos a andar en bicicleta. Recuerdo que una vez nos fuimos hasta el campo. Era toda una aventura, había que salir a la ruta. No avisábamos dónde íbamos porque sabíamos que no nos dejarían.
