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La presente obra narra la historia real de una pareja oriunda de Bucaramanga (Colombia), Héctor y Alcira, quienes, tras conocerse, enamorarse y casarse, su relación fue prohibida debido a los conceptos que tenían cada una de sus familias. Esos conceptos eran principalmente diferencias de ideologías políticas en plena época de la violencia en Colombia entre liberales y conservadores. A pesar de la censura, su matrimonio fue la clave en el desarrollo y estabilidad de toda la familia involucrada, en la que un alto porcentaje de ellos terminaron haciendo sus vidas en Barranquilla, ciudad donde ellos se mudaron una vez casados. Por eso la importancia de ese matrimonio prohibido que después se convertiría en la raíz de nuestro presente, de todos.
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Seitenzahl: 208
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Luis Francisco Bermont Díaz
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-481-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Prólogo
Colombia es realismo mágico, es un país soñado, de mucha riqueza cultural, gastronómica y natural del cual estoy enamorado, orgulloso de haber nacido aquí y del que no aspiro a irme nunca para morir bajo su cielo cuando llegue mi hora. Colombia es conocida mundialmente por la calidad de sus habitantes, su acogida con quienes la visitan, su gran riqueza cultural, su gran variedad de platos, música y danzas, sus bellos paisajes y su gran biodiversidad de fauna y flora, es de los pocos países que tiene todos los pisos térmicos poseyendo el 80% de los páramos en el mundo. Solo por mencionar unos cuantos aspectos más, que hacen a Colombia resaltarse ante el mundo, es la producción del mejor café, las flores, esmeraldas, su capacidad de producción de alimentos, así como personajes que han dejado el nombre del país en alto en sus respectivas disciplinas. Solo por mencionar unos cuantos serían: Gabriel García Márquez en literatura, Carlos Valderrama en el fútbol, Nairo Quintana en ciclismo, Shakira en la música, María Isabel Urrutia en pesas, Fernando Botero en arte y muchos más. En fin, el país en el que vivo tiene tantas cosas positivas que el único riesgo que tiene un extranjero es el quererse quedar o siempre querer volver, como les ha pasado a varios conocidos.
Sin embargo, como todo en la vida, tiene sus aspectos positivos y sus negativos. Desde su descubrimiento por el reinado de España que da lugar a la época de la conquista, Colombia ha sido cruel y arbitrariamente saqueada, masacrada y explotada por los poderosos de cada época a lo largo de su historia, la cual se ha venido repitiendo con el paso de los años, con diferentes protagonistas, pero con la misma esencia que es la búsqueda del poder político para quienes no lo tienen, y el esfuerzo por conservarlo de quienes ya lo tienen, por esta razón principal, y por otros errores del pasado que se siguen cometiendo, a Colombia también se le conoce como «el país sin memoria». Solo por mencionar algunos conflictos, de manera cronológica serían: entre la corona española y los independentistas, federalistas y centralistas, liberales y conservadores, gobiernos corruptos, guerrillas, carteles del narcotráfico, paramilitares y disputas de partidos políticos tradicionales con partidos promotores de cambios. Aun así, sus habitantes siempre se han caracterizado por tratar de avanzar a punta de sacrificio, la mayoría honestamente, a pesar de siempre vivir en guerra y dificultades.
Yo, el autor de este libro, nací en la ciudad de Barranquilla el 21 de agosto de 1993, soy el primogénito de una relación entre dos personas de origen del gran Santander, mi padre del Norte, de un hermoso pueblo cerca de Cúcuta, y mi madre, aunque nació en Barranquilla, sus padres son oriundos de Santander del Sur, de la propia ciudad de Bucaramanga. Está claro que, a pesar de haber nacido en la costa colombiana, no llevo esa sangre por ninguna parte, y como experiencia anecdótica, estando en mi ciudad natal, que es donde he vivido siempre, me consideran del interior, y cuando visito a mis familiares en Santander me consideran costeño, a parte viví un tiempo muy corto pero relevante en Medellín. En conclusión, para no dar tanta explicación, a quien recién me conoce, si me preguntan, solo digo que soy colombiano.
En la vida tuve la fortuna de estudiar y ejercer mi profesión en ingeniería mecánica con énfasis en diseño, que me ha permitido darme a conocer y prosperar en el contexto laboral, pero además de tener ese don, analizándome mediante mis experiencias personales, agradezco bastante a Dios de haberme dado mucho talento para hacer muchas otras actividades que me dan mi propia identidad, las cuales son mis pasiones. Soy músico, toco varios instrumentos como la guitarra, piano, de viento y percusiones. También me gusta el deporte; desde muy pequeño manejé bicicleta, que es mi principal actividad física hoy, de niño jugaba basket, baseball y fútbol, los cuales me siguen gustando verlos y jugarlos cuando puedo. También me gusta mucho la coctelería, preparar bebidas con alcohol, y disfruto de otras actividades que me extiendo si las menciono, una de ellas es el ecoturismo.
Al hablar un poco de mí, curiosamente en mi extensa lista de gustos no mencioné la literatura como uno de mis pasatiempos, porque confieso que en realidad no lo es, y al igual que el cine y la televisión es una de las actividades que menos hago, no suelo disfrutarlas. De hecho, como experiencias anecdóticas, cuando leo un texto me cuesta mucho concentrarme, y cuando veo una película, me he quedado dormido más de una vez. Con esta explicación, los lectores se preguntarán: ¿cómo escribí un libro si no soy de ese tipo de actividades? Y por supuesto jamás estuvo en mis objetivos hacer uno. La respuesta es que en la vida tenemos excepciones solo cuando algo realmente nos llame mucho la atención o haya algo que estemos decididos a realizar, y este libro es una de esas, ya contaré la razón. Leer si es algo que muy poco hago como actividad placentera, pero en el cine y la televisión me ha pasado que me llaman mucho la atención las historias basadas en hechos reales y las biografías porque, mirándolo de otro punto de vista, es aprender de historia, la cual sí me gusta, es muy importante saber de ella, y eso para mí es como aprendizaje en cultura general, y en el caso de las biografías, para mí son motivación de que, en la vida todos tenemos dificultades y a pesar de tenerlas si se pueden cumplir los sueños y dejar un legado en la humanidad. Por esa razón es que decidí escribir este libro, para mostrarle a la gente y a mí mismo, que los sueños sí se pueden lograr y que la vida que todos tenemos no es más que el resultado y la continuidad de la historia de nuestros progenitores, la cual es la raíz de nuestro presente y nos resuelve la pregunta: ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?
Aunque en la presente historia el protagonista no soy yo, si soy una consecuencia de ella, por algo soy de sangre Santandereana y Barranquillero de nacimiento. Es verdad que todas las personas tenemos una historia que contar y que toda familia consolidada, sea recién creada o longeva, tiene su propia experiencia de vida. Esta que escribí, en particular, me llamó más la atención que todas las que en algún momento escuché, no solo porque fuera mi familia, sino por el contenido que tiene, que en mi criterio es muy interesante por todo lo que sucedió en la vida real. Por el lado de mi madre, siempre he tratado más con ella y con su familia que vive en mí misma ciudad, y con el paso del tiempo he aprendido la historia de cada uno, dándome cuenta de que la vida de mis abuelos es la raíz de la actualidad en la que vivimos todos. Su historia, al escucharla por fragmentos, siempre me pareció curiosa, y me decía a mí mismo «parece una novela, sería bueno que se hiciera». La inspiración de querer escribirla no llegaría sino hasta cuando se celebraron sus bodas de oro y como homenaje, se proyectaría un vídeo sobre el resumen de sus vidas, sin embargo, como yo no me dedico a la literatura, eso solo quedaría en idea mas no en acción, pero con el sueño de querer hacerla. No fue sino hasta siete años después gracias a una conversación fluida con una vecina, con quien me llevo muy bien, que me daría ese empuje final que me faltaba para poder sentarme junto a mi abuela, que aún vive, para que me cuente todos los detalles de la historia mientras la escribo. Un dato adicional es que el día que nació la inspiración, la celebración de sus 50 años de matrimonio, junto a mi hermano, llamado Daniel, nos presentamos tocando y cantando las canciones que ellos se dedicaban cuando eran jóvenes, fue una gran noche para el recuerdo que todos disfrutamos bastante, junto con trago, música, homenajes y baile.
Capítulo I
En la época colonial en Colombia, los españoles tenían clara su visión de expansionismo, apoderamiento de riquezas y evangelización de las comunidades indígenas para consolidar su reinado. La zona de la cordillera oriental de los Andes se caracterizaba por ser rica en minería de muchos productos como carbón y piedras preciosas, cuyos territorios eran habitados por muchas comunidades indígenas, en especial los «Guanes». Al encontrar los colonos estas riquezas y esclavos para extraerlas (los indígenas nativos), con el tiempo, el clero establecería un resguardo adscrito a la jurisdicción de Pamplona el 22 de diciembre de 1622. La fundación de esa pequeña aldea facilitaría la evangelización de los indígenas de la zona, a parte de la extracción de los minerales en cada una de las minas. El resguardo sería declarado como un «real de minas» (nombre que se le daba a una localidad cuya principal actividad económica era la minería), debido a la explotación de oro principalmente, que se realizaba en sus alrededores, convirtiéndose también en la sede de la alcaldía mayor de dichas minas y que con el paso del tiempo se convertiría en villa de Bucaramanga en el año 1821. Cuando el oro en el sector comenzó a disminuir, la villa se fue tornando gradualmente en un pueblo de criollos y mestizos, desalojando en un alto porcentaje la población indígena, sin embargo, sus habitantes encontrarían la agricultura como fuente económica que permitiría su continuidad, su crecimiento y la obtención del título como ciudad en 1857. Con el paso de los años, Bucaramanga se convertiría en la quinta ciudad más importante de Colombia debido a su desarrollo económico, social, comercial e industrial.
Colombia, durante la primera mitad del siglo XX, vivía una secuencia de conflictos políticos que se desencadenarían en guerras civiles y que daría como consecuencia una de las tantas épocas oscuras que ha tenido el país llamada: «la época de la violencia». Se le conoció de esa forma porque los dos principales partidos políticos de ese entonces, que eran: el liberal y el conservador. Se disputaban el poder de todas las formas posibles llegando a extremos como el asesinato de personas de forma masiva. Aunque las diferencias ideológicas y los enfrentamientos siempre estuvieron presentes desde la creación de los partidos a mediados del siglo XIX, el conflicto se recrudecería más desde el asesinato del candidato presidencial liberal Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948, quien, de ser elegido, era el presidente del pueblo que haría los cambios necesarios que el país necesitaba, en medio de un gobierno corrupto y sanguinario. Su magnicidio trajo consigo un gran estallido social, olas de múltiples asesinatos y actos vandálicos conocido como El Bogotazo. Ese descontento social se extendería por todo el territorio nacional fortaleciendo el odio de los liberales a los conservadores, quienes fueron los principales sospechosos, más bien culpables, al mando del presidente de la época Mariano Ospina Pérez, a quien nunca se le encontró culpable pero siempre se le acusó de ser el autor intelectual de tal hecho.
Después del asesinato de Gaitán, el presidente Mariano Ospina Pérez anularía el congreso de mayoría liberal en 1949 como decisión de un juicio político que este quería aplicarle por los hechos del Bogotazo. Este suceso trajo consigo una década de dictadura civil y militar por parte del gobierno conservador. A parte, el partido liberal se debilitaría por falta de liderazgo causando divisiones internas, razón por la que al final no pondrían ningún candidato en las siguientes elecciones y sería elegido «con voto popular» el conservador Laureano Gómez, debido a ser el único candidato disponible, elección completamente antidemocrática. Luego de un año y tres meses en el cargo, el presidente sufre un infarto y por enfermedad queda imposibilitado para seguir en el cargo, por lo que es reemplazado por su ministro de guerra: Roberto Urdaneta, quien gobernó hasta 1953. Durante ambos mandatos se recrudecería la violencia política y se crearían entre conservadores los grupos paramilitares (ilegales) apoyados por el gobierno, cuyo único fin era perseguir y matar liberales y opositores al gobierno. Tales grupos eran conocidos como «los chulavitas» y «los pájaros». Por otra parte, la fuerza pública, en especial la policía, se reforzaría y también tendrían agentes clandestinos que se infiltrarían en la sociedad civil de forma secreta a quienes les llamaban «detectives» con el mismo fin de los grupos paramilitares mencionados. Con ese fortalecimiento de parte del partido conservador, del lado liberal se fundarían las primeras guerrillas, conocidas como liberales, grupos de autodefensa campesinas: los «Cachiporros», y las autodefensas comunistas, todo en respuesta como defensa al paramilitarismo gubernamental y a la búsqueda de su salida del poder.
Todo el conflicto mencionado tuvo tanta relevancia que también se vio reflejado en la sociedad civil, donde la inclinación política marcaba también el rumbo de la vida. Las personas a medida que crecían también definían su postura política, en su mayoría por influencia de los padres. Al salir a las calles era muy común que la gente, aun sin conocerse, fuesen enemigas de manera automática, y fácilmente a cualquier persona la podían matar en cualquier esquina por el solo hecho de descubrir que tenía la ideología política enemiga o por tener la sospecha, con algo tan sencillo como vestir prendas rojas que lo identificaban como liberal o prendas azules que lo identificaban como conservador (popularmente también se les decía godos). Las excepciones nunca faltan, pero lo normal era que también las parejas, al casarse, debían ser de su mismo partido, de lo contrario habría problemas entre las dos familias. Esa ola de discriminación y violencia se vivió en todo el país, especialmente en los principales departamentos del interior, pero más en las zonas rurales como los pueblos, ocasionando migraciones masivas y desplazamientos forzados hacia las ciudades.
Desde el punto de vista cultural, se vivía en una sociedad muy controlada por los progenitores, en especial del padre quien era la máxima autoridad en una familia. Se veía una obediencia extrema de los hijos a los padres, donde el castigo y los golpes era la mejor forma de educar. En el contexto afectivo, para un joven interesado en una mujer, lo correcto era presentarse ante los padres de esta y pedir la entrada o el permiso para ser el novio, decisión que tomaban los padres por encima de la hija así no estuviera de acuerdo. Hablando ahora de la calidad de vida de las mujeres, se vivía en una sociedad muy machista donde el sometimiento a la mujer era constante, no tenían derechos como votar, solo se dedicaba a labores del hogar, a la crianza de los hijos y dependían solo de las decisiones que tomaba su esposo si eran casadas o de los padres si eran solteras. El estilo de vida no era más que un reflejo de las leyes de la época, donde no se podía denunciar el maltrato a la mujer, el feminicidio o la explotación infantil, por lo que los hombres adultos solían ser altivos y arbitrarios porque no tenían ningún control sobre sus malas acciones.
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En plena época de la violencia en Colombia, el 16 de abril de 1941 nacería en Bucaramanga el primer hijo de Luis Eduardo y Olga: Héctor. Sus padres eran una pareja muy tradicional que completarían su familia teniendo dos hijos más; Alfonso y Elizabeth. El señor Luis Eduardo era muy conocido en el sector por ser un hombre altivo, un fanático godo radical, pertenecía al comité del partido conservador en el departamento y era dueño de una muy próspera fábrica de génovas (comida muy típica en Santander), que lo mantenía en una buena condición económica. La señora Olga, por su parte, aunque no participaba en acciones políticas, era de inclinación liberal, un matrimonio que de entrada tendría una diferencia notoria. En el ámbito laboral, ella trabajaba de costurera en una fábrica de ropa, a lo máximo que las mujeres podían aspirar para aportar económicamente al hogar, se dedicaba principalmente a los hijos, la mejor cocinera que muchos podían conocer, aficionada a las plantas y era sometida a lo que el esposo decidiera, cosa que era normal en la época debido a la falta de derechos de la mujer, sin embargo, ella lo amaba incondicional.
Héctor empezaría su vida teniendo una niñez difícil. Cuando apenas tenía cinco años, su padre, en su altivez, deja a su madre para entablar otra relación con su prima hermana Rosa Lina, con la que más adelante tendría tres hijos: Miguel, Alberto y Sandra, a parte de los dos que tenía dentro de su primer matrimonio. El señor Luis Eduardo, al ya tener otra mujer y empezar a vivir con ella, se lleva de manera arbitraria a sus dos pequeños hijos, Héctor y Alfonso, de tres años, a vivir en su nuevo hogar mientras Olga se encontraba embarazada de su tercer hijo: Elizabeth, situación que le daría un golpe muy fuerte emocionalmente, que por lo grave que era corría el riesgo de perder a su bebé.
Ya en su nuevo hogar, mientras el señor Luis se dedicaba a sus ocupaciones, a Héctor y Alfonso los cuidaba su ahora madrastra Rosa Lina, y en ese trato ella les marcaría la vida de las formas más crueles. Mientras su padre no estaba, ella los maltrataba física y verbalmente de forma violenta, no les daba comida y los encerraba desnudos en el patio de la casa todo el día, todos los días. Algo cotidiano como los niños llorar y decirle «tenemos hambre» eran golpes seguros con la correa o chancleta. Solo una hora antes de la llegada pronosticada del señor Luis Eduardo a la casa, Rosa Lina a los dos ahora sí los alimentaba, los bañaba y los vestía para recibir a su padre y hacerlo creer que ella hacía sus labores correctas como mujer de la casa cuidando a sus hijos adoptivos. Mientras Héctor y Alfonso vivían de esa manera tan triste, no todo era negativo. Una tía, hermana de su padre, llamada Alcira, les calmaba el sufrimiento a ambos sacándolos de paseo y llevándolos a escondidas de su padre y de su madrastra a visitar a su madre en la fábrica de ropa donde ella trabajaba, eran momentos especiales para los tres. Pasarían dos largos años, donde a la edad de siete años, Héctor empezaría a estudiar en el colegio a pesar de la condición de vida que tenía, al menos descansaba en la mañana de su madrastra, pero Alfonso aún no podía.
Pasaría el tiempo y Rosa Lina cumplía su sueño de ser madre al tener a sus tres hijos, y a quienes, si los cuidaba dignamente, delante de Héctor y Alfonso, mientras seguía con el trato incorrecto hacia sus hijastros, algo humillante para ellos. Sin embargo, como dicen los dichos populares: no hay nada oculto entre cielo y tierra. A Rosa Lina se le vendría el mundo encima cuando un día, de manera inesperada, el señor Luis llega más temprano de lo habitual a la casa y encuentra sorpresivamente a su hermana Alcira atendiendo a Alfonso de una ruptura con sangre en una de sus cejas, dolor que no le calmaba el llanto a su hijo.
—¡¡Alcira!! Qué sorpresa encontrarla aquí. ¿Qué le está haciendo a Alfonso? ¿Por qué está sangrando? ¿Qué le pasó a este niño?
—Hola, Luis Eduardo, llegué no hace mucho a dejarle este sobre que llegó a mi casa y encuentro al niño así, llorando y con muestras de dolor, le pregunté qué le pasó y con miedo no me respondió.
Al mirar esa dolorosa escena, el señor Luis llama a Rosa Lina a preguntarle lo mismo que a su hermana, ella está todo el día con ellos y debe saber que le pasó. Cuando ella llega donde estaban todos, Alfonso reacciona con miedo cubriéndose la cabeza e incrementando su llanto.
—No sé, amor, debió ser un momento que no me di cuenta y quizás se cayó y se golpeó con algo, pero se dio duro, pobrecito.
—¿Y por qué cuando usted llega el niño se asusta? ¿Acaso usted le pegó?
—Cariño, ¿usted me cree a mí capaz de hacer eso?
—¿Y por qué cuando usted llega el chino se asusta?
—No sé amor
—¡Dígame!
—Ya le dije que no sé —Respondiendo con voz temblorosa
Al confrontar a Rosa Lina, preguntarle varias veces por lo sucedido y ella ser esquiva para decir lo que pasó, el señor Luis descubre que había sido ella la culpable, y que la herida de su hijo fue producto de una golpiza que le había propiciado ella. El señor al concluir todo el suceso sentiría un calor fuerte en el pecho, comienza a respirar hondo con los ojos cerrados, empieza a empuñar sus manos y desarrolla un ataque de ira tan fuerte e incontrolable que saca un arma de fuego de su bolso y le proporciona varios disparos con la intención de matar a su esposa, pero después de tanto apretar el gatillo, falla en el intento, ella logrando refugiarse en su cuarto muerta de miedo mientras Alcira intentaba calmarlo y el evento no pasaría a mayores. Después de lo sucedido, ya en un ambiente menos tenso, a pesar del incidente, el matrimonio seguiría estable, sin que el señor Luis tuviera total claridad del infierno que vivían sus dos hijos con Rosa Lina, cosa que después de lo ocurrido comenzó a sospechar, y la relación no volvería a ser la misma. Cabe destacar que después del incidente el trato de Rosa Lina hacia sus dos hijastros no tendría muchos cambios, pero sí un poco de más precaución.
Pasarían cuatro años, Héctor y Alfonso seguían sus vidas como la llevaban hasta que ocurriría el hecho trágico que los marcaría pero que también significaría su alivio a tanto maltrato. Héctor seguía estudiando en su colegio y Alfonso lo comenzaría, descansando por fin en las mañanas de su madrastra hasta volver a la casa. Héctor, al poco tiempo de cumplir los once años, recibiría la noticia que cambiaría su vida para siempre. Su padre al ser miembro del partido conservador y ser un gran activista godo, era seguido por miembros activistas del partido liberal, que después de tanto seguimiento logran encontrar su paradero y descubren su rutina. En un momento que el señor Luis se detiene con su carro en una calle poco transitada cerca a su casa, se le acercan cuidadosamente varios hombres armados que le proporcionan numerosos disparos que acabarían con su vida de inmediato y los señores huyendo inmediatamente del lugar.
El ruido de los disparos generaría escándalo en la comunidad y una investigación que al final nunca se esclarecería, la gente solo lo encontraría muerto lleno de sangre dentro del vehículo, pero siempre con la sospecha que habían sido los liberales los responsables del asesinato del dueño de la reconocida fábrica de génovas. La muerte de su padre resultó un gran golpe para Héctor, su familia y Rosa Lina con sus hijos, que además del dolor que significaba su deceso, daría como consecuencia para Héctor y Alfonso no poder continuar con sus estudios escolares porque ya no tenían quien se los cubriera. El quiebre de la empresa de Génovas, la huida de Rosa Lina con sus tres hijos propios a Venezuela, donde nunca más se volvería a saber de ella, y el regreso de Héctor y Alfonso a la casa de su madre Olga, quien de ahí en adelante respondería sola en su totalidad por sus dos hijos, pero viéndose obligada a entregar a su hija pequeña Elizabeth a una tía para que esta la criara, al ella quedarle difícil mantener a los tres al tiempo por cuestiones económicas. Un dato adicional es que Olga irónicamente asistiría al sepelio del señor Luis, el mismo hombre que la abandonó y quien le había arrebatado a sus hijos, donde todos los asistentes al funeral le darían el pésame a Rosa Lina en vez de a ella, razón que aumenta la duda de porque asistió.
Héctor, Olga y Alfonso
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En otro barrio de la entonces pequeña ciudad de Bucaramanga nacería Alcira, el 6 de enero de 1943, la hija menor de Daniel y Eva, los cuales completaban su familia con Amira, de diez años, Heriberto de cinco y Rubén de veinte años, quien era el hermano mayor pero solo de padre, fruto de una relación mucho antes de que llegara Eva con una prima hermana de su madre mucho menor, contemporánea con él, llamada Susana. Rubén al momento de nacer su hermana menor vivía en casa de su padre, pero también vivía con su madre por periodos largos, turnándose el hijo constantemente, o estando donde quisiera estar debido a su edad avanzada. Rubén se dedicaba a manejar una tractomula que transportaba mercancía, viajaba constantemente por las carreteras del país y en sus días de descanso vivía con alguno de sus padres mientras en Bucaramanga empezaba un vínculo amoroso con una señora treinta años mayor que él llamada Paulina, con quien, al oficializar su relación, no tendría hijos y formaría un matrimonio estable.
El señor Daniel, al momento que nace Alcira, trabajaba como chofer de taxi, mientras que la señora Eva se dedicaba al hogar y a trabajar como costurera independiente. Alcira nacería en una familia de padres con ideología
