Nunca lo supe - Daniel Gaitán - E-Book

Nunca lo supe E-Book

Daniel Gaitán

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Beschreibung

Nunca lo supe ha sido seleccionado mejor libro de cuentos 2005 por Editorial Dunken.

Primero seleccionado por Cesar Mellis por el cuento Guajira.

Segundo seleccionado libro completo por Bernardo Ezequiel Koremblit
Hay una sutíl filosofía determinista en el análisis de la cotidianeidad relatada en Nunca lo supe a través de 65 historias, en las que el enfoque del narrador se libera de preconceptos, llegando a descubrir con humor e ironía una imprevisibilidad que parece dominar las voluntades y acciones de los hombres.

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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PRÓLOGO

Si lo consideramos desde una perspectiva genérica –que es acaso el modo indicado de observarlo y estimarlo- el cuento presenta una característica propia, con color y fisonomía que le son exclusivos, con su estructura ceñida, por lo cual está alejado de la novela y no sólo por esa peculiaridad. El rigor estructural, que es inherente al género, impone el dominio del lenguaje, la sagacidad en la observación psicológica, y la capacidad de regular con habilidad el ritmo y el desarrollo de la acción. Cuanto acontece en la narración ha de estar supeditado a ese rigor, a esa insalvable perspectiva.

Dentro de lo que puede lograrse en la brevedad de los cuentos de Daniel Gaitán, el creador de Nunca lo supe es lo que bien puede denominarse un cuentista atrapador de la atención del lector. Una admirable capacidad para el retrato de tipos excéntricos, la facultad de crear atmósferas y la captación de sutiles estados anímicos… Gaitán “empieza” el asunto, lo presenta en dos y tres palabras, sigue su desenvolvimiento y alcanza el desenlace. El lector leerá el cuento con fruición, incluyendo el suspenso, la originalidad del lenguaje y la originalidad de un texto insólito.

Si en la atrapadora narración aparecen las “palabras feas” que nos censuraban la maestra de la primaria y los padres en el hogar, aquí la respuesta es urgente y pertinente: “No hay malas palabras: es vuestro miedo el que las hace malas”. Con palabras que caen como espesas gotas de lacre sellando y resellando una verdad incontestable, lo ha dicho André Gide en su memorable novela El inmoralista.

Desde los dos más grandes maestros del género, el siemprevivo Maupassant y el in senescente Checov, tanto en el comienzo como en el desarrollo la atracción ha de ser permanente, y Daniel Gaitán logra este arte y esta ciencia del cuento. En el cuento conviene suprimir las referencias sobre la luz de la luna y, en su lugar, decir qué efectos produce sobre el personaje.

El afortunado autor de Nunca lo supe emplea el lenguaje anticonvencional y sacude un mundo petrificado por la costumbre y el estomagante lugar común. Ha de reconocerse en él a un creador de ululante originalidad y a un escritor lleno de todo lo que es substancia literaria, en este turno narrativa.

Bernardo Ezequiel Koremblit

1° Premio categoría cuento 2005

Centro de Escritores de Avellaneda

Santa Fe

Era un rumor lejano. Casi un susurro distante. Creí que había llegado el momento de clarificar mis ideas, pero para eso debía ir hasta el sonido.

Se detuvo el mundo cuando busqué la distancia con mi oído. Se calló el viento y todo dejó de moverse. Fue el instante mío. El diamante que parió luz y pude encontrar al final de la nada, esas olas lejanas que venían del bosque. El mundo siguió su rutina y yo comencé mi búsqueda. Caminé por el único sendero que unía mi granja con el enjambre de verdes. A punto de entrar, me detuve. Conocía la historia de aquellos que intentaron encontrar el llamado y jamás volvieron. Las escuchaba desde chico. En la puerta de esa madeja de follaje inexplorado se me congelaron las articulaciones. Quise escapar y no pude. Mis pies avanzaron, no fui yo. De pronto me encontré del lado de las sombras, abrazado por el húmedo vegetal, o peor, casi castigado por él.

Desde mi granja hasta la entrada del bosque, hay un kilómetro, sin embargo desde el lugar donde yo me encontraba, el lejano rumor seguía siendo igual de lejano ¿Cuánto debería internarme para llegar a él? El miedo me mantenía en alerta. Anduve por más de tres horas. Estaba cansado. Me detuve y me senté en un tronco, me dejé estar y no me di cuenta de que una hiedra se me subía por el cuerpo con la rapidez de la anguila. Quise soltarme y no pude. Me esforcé por desatarme hasta que, totalmente cansado, desistí. Estaba atrapado para siempre. Sólo quedaban libres mis oídos, con ellos escuché un rumor lejano. Casi un susurro distante. Venía desde mi granja.

El camino

1° Premio

Concurso Nacional de Cuento 2005

Biblioteca Popular de Olivos

A cada paso que doy sobre el pedregullo, el sonido me recuerda el rumiar de la vacas. Trato de que mis pisadas sean parejas y constantes porque desde el portón de entrada hasta la casa, hay algo más de doscientos metros. Las sombras de los álamos que bordean el camino me mantienen fresco. Qué diferente puede darse el día a poca distancia. Si saliese del camino principal y pasase la arboleda, el sol me castigaría por mi indisciplina. Prefiero la sombra y ese ruido que hacen mis zapatos contra las piedras.

A los treinta pasos (yo siempre cuento los pasos, son 285 hasta el primer escalón) me doy cuenta de que afuera del camino se está nublando, va a llover. El chofer me acercó el auto como para que suba, pero yo no le doy importancia, ni siquiera lo miro. A mí me gusta caminar desde la entrada disfrutando lo que me gané en la vida: un hermoso y largo paseo que me lleva hasta mi mansión. Yo sé que muchos creen que estoy loco. Lo que ellos no pueden llegar a adivinar es la sensación que me da a mí, caminar por esa cinta empedrada después de haber negociado por varios cientos de miles de dólares durante el día. Lo que tampoco saben es que al ganar tanto dinero, la única forma de enfriarme y mantenerme cuerdo es sentirme pobre, como cuando era chico, como cuando para llegar a la escuela caminaba por ese camino lleno de piedras en donde a veces me caía y me lastimaba y me faltaba mi vieja, que por tener que trabajar no la tenía a mi lado para que me diera una caricia y un beso. Tan sólo si me hubiese acompañado en aquellos días, me hubiese sentido mejor. Por eso me decidí a hacer dinero. Pero cuando tuve mucho, me di cuenta de que me faltaba algo y era el recuerdo de mi pobreza y yo no quiero olvidarme de que fui pobre. Tampoco quiero que mis empleados se enteren, no necesito contarles nada para descargar como un capricho mis problemas. Que no se enteren. Yo por este camino me siento autosuficiente para seguir cada día, porque aquí vuelvo a ser pobre, como antes. Ellos no saben que cuando respiro millones estoy indefenso. Que lindo ruido hacen mis zapatos.

Ochenta y cuatro pasos van, qué rápido comenzó a gotear. A este álamo de mi izquierda siempre lo saludo mentalmente sin que nadie se dé cuenta, y el árbol me devuelve el gesto. Sí, sus hojas me saludan y yo con todo placer le hago una reverencia con la cabeza, imperceptible. Él me sonríe porque me conoce.

Afuera de los álamos está gris oscuro y el agua cae con ganas de mojar. El chofer me acerca nuevamente el auto. Ni lo miro. No me gusta la gente que quiere quedar bien conmigo, ¿para qué lo hacen? No los entiendo, en vez de pensar en cómo ganar algo de dinero, piensan en quedar bien con el adinerado. No saben vivir.

A esta altura mis pasos no hacen ruido, hacen música.

Ciento treinta y cinco pasos y me estoy mojando, el auto viene atrás como siempre, se dio cuenta de que es inútil intentar arrimarse. Ahora el chofer debe reírse al ver como me mojo. Lo que no sabe ni puede entender es que me siento bien, así, caminando pobremente. Yo no sé si algún otro podría disfrutar de algo semejante, no hablo del dinero, habló de caminar en un camino propio hecho para recordar la pobreza, hablo de eso. A veces pienso en decirle al chofer con energía “¡bájese y camine! y haga que el coche lo siga como me sigue a mí”, me causa gracia de sólo pensarlo, menos mal que está a mi espalda y no puede verme reír.

A estos álamos de mi derecha no los miró porque parecen tristes y no quiero contagiarme tristezas ajenas, tengo suficiente con las mías.

Doscientos quince pasos, parece una locura ¿no? Esto es cómo la terapia, nada más que no hay alguien que se entere. Soy yo y mis álamos, soy yo y mi camino, soy yo y mis pasos haciendo esa música con las piedras. Aquí soy yo de verdad, el pobre, el que no tiene custodia, el que no podría parar una bala asesina con dinero, estoy totalmente al alcance de que mi propio chofer acelere... pero no se anima, porque se quedaría sin trabajo.

Ya estoy empapado. Qué me importa, me gusta el llanto de los árboles. Qué lástima, se me termina el paseo. Doscientos ochenta, doscientos ochenta y uno, ya estoy llegando, doscientos ochenta y dos, doscientos ochenta  y tres, me voy a aburrir, doscientos ochenta y cuatro... ¡escalón! —No puede ser.

Miré al chofer y le grité:

—Venga para acá, rápido.

Se acercó y preguntó:

—¿Señor?

—¿Tengo cara de idiota, yo?

—No Señor ¿Por qué?

—¿Usted tuvo algo que ver en esto?

—No sé de qué me habla, jefe.

—¿Dónde está?

—¿Qué cosa?

—El doscientos ochenta y cinco. —Esperé la respuesta pero él sólo titubeaba con sonidos extraños, como cuando se guarda una carcajada. No se animó a hablar. Pensó que yo no me daría cuenta, que me lo podía robar así de fácil. Con todo el sacrificio que me costó hacer el camino, con todo el dinero que invertí y este tonto creyó que podía sacarme un paso. Me las paga.

—Subí al auto —le dije— manejo yo —y subió sin decir nada, como siempre, como todos los días y lo llevé hasta el portón. Cuando llegamos lo hice bajar y le dije —contame los pasos y más vale que hayan doscientos ochenta y cinco, porque sino, te quedás sin trabajo.

Comenzó a caminar, como todos los días y no sé por qué, a veces me parece que se ríe mientras camina. Mientras cuenta los pasos y me devuelve el que me robó. Sí, el que me robó. Porque entérense, cuando él cuenta los pasos termina en doscientos ochenta y cinco y yo lo veo en sus ojos evasivos, que no le queda más remedio que devolverme lo que me pertenece.

El hombre

2° premio categoría cuento

II Certamen Literario Nacional, Leopoldo Lugones 2003

Fundación Educacional,  Necochea

La brocha giraba en círculos para que la crema de afeitar se transformara en espuma.

—Está bien —dijo el hombre con energía, mirándose en el espejo mientras trataba de verse el perfil para afeitarse. —Reconozco que no estuve del todo bien, pero vos reconoce que también tenés lo tuyo.

Esperó una respuesta que no llegó. Hizo un gesto de desaliento. El silencio lo ponía mal y sabía que no podía esperar más que eso. De todas maneras intentó nuevamente.

—Mirá, entiendo tu enojo. Pero no todo es mi culpa. Vos sabés cuánto quise hacerte cambiar para bien nuestro. Sí, ya sé, también dirás que te conocí sabiendo como eras. Pero lo que yo quería, nos iba a hacer bien tanto a vos, como a mí.

Esperó nuevamente una respuesta en un silencio que no se quebraba. Hizo una mueca nerviosa y cambió de perfil para seguir con su afeitada. Se pasó la máquina y, señalando con la misma el espejo, continuó:

—¿Sabés por qué no me fuiste infiel? Porque te pegué a tiempo. Yo mismo te modelé para qué no ocurra. Te salvé de la bajeza y mantuve mi nombre limpio. Igual sé que no vas a reconocer nada. ¿Seguís callada, eh? Porque sabés que digo la verdad.

El silencio y la falta de respuesta lo torturaba. Se le inflamaba la vena del cuello, reteniendo un insulto que gritó por lo bajo y con los dientes apretados "Hija de puta, debería seguir pegándote hasta que pidas perdón" y salió disparado, casi enloquecido hacia el dormitorio. Abrió la puerta hasta la mitad y se quedó pensando. Desde allí pudo ver las piernas de ella sobre la cama. Las observó, eran hermosas. Podía verle casi el final de los muslos. Se pasó la toalla por la cara para sacarse el resto de espuma. Le miraba las piernas y conteniéndose mordió la toalla, pero no entró. Pensó que ella no merecía su perdón. Se alejó caminando hacia atrás. Al llegar a la puerta del baño, volvió a gritarle.

—Está bien. Me puse algo violento, pero te lo merecías, ¿o no? ¿O me vas a acusar de todo a mí? así quedás como la pobrecita de siempre, delante de los demás.

Chistó sobre el frío silencio, después dijo:

—Me voy a dar un baño mientras lo pensás un poco y se te pasa la bronca.

Abrió la ducha y se metió. Cuando salió continuó:

—Qué lindo es estar fresco y limpio, ¿me escuchas? Dale, dejáte de joder.

Esperó otra vez una respuesta. Puteó y pegó una trompada en el aire por no ir y pegarle a ella. Si algo no le gustaba era ese silencio que, de forma cómplice, estaba del lado de su mujer. Se cambió y fue a la cocina a buscar un vaso de agua que acompaño con una aspirina.

—Me duele la cabeza ¿sabés? Y es por tu culpa. De todas formas fijate que ya me afeite, me bañe y estoy cambiado. Seguro que los vecinos llamaron a la policía, como siempre, por tus gritos. Histérica. Si no te pego no te callas. ¿Escuchás la sirena? ya están llegando. ¡Qué vecinos hijos de puta!

Se acercó nuevamente al dormitorio y se asomó para mirarla.

—¿Ves lo que hacés, ves qué es culpa tuya? Cuando me tengan adentro me van a agarrar entre tres o cuatro y me van a moler a trompadas —Le dijo con bronca y con ojos libidinosos, mientras la miraba tendida en la cama, desnuda. De pronto tuvo un ataque de sensibilidad.

—Esperá, no quiero que te vean así.

Salió y regresó con una toalla. Le secó la sangre de la cara y le dijo:

—¿Si les digo que te suicidaste, me creerán?

Cuando llueva

2° premio categoría cuento breve

III Certamen Literario Nacional, Leopoldo Lugones 2004

Fundación Educacional, Necochea

Cuando llueva voy a escribir la historia de mi vida. A veces pienso ¿y por qué no en un día de sol? ¡Por qué los días de sol son para disfrutarlos! Imposible contar en un día de sol que nací desobedeciendo a mi madre que no quería tenerme. Que crecí entre retos y golpes porque me atreví a aparecer en un momento no deseado. Que en mi adolescencia me enteré de lo que conté anteriormente. Que después de muchos años, entrando en la madurez pude reacomodar un poco mi vida y ser una persona como las demás, aunque sin olvidarme que yo no debería haber estado en este mundo. Que encontré gente que me brindó su amistad y sentí el verdadero cariño y aprendí a darlo. Que ahora quiero y me quieren. Por eso digo que un día de sol, como hoy, no podría escribir mi propia historia. Prefiero que sea un día de lluvia. Como el día que me echaron de mi casa.

La fiesta del frigorífico

2° Premio

Concurso “Discurso Abierto”

Feria del Libro, 2005

Con apenas diecinueve años era cartonera. Tenía un hermoso y bien formado cuerpo. Mientras juntaba cartones por el bajo, llegó hasta las últimas calles empedradas del puerto donde en una de ellas, justo en el frigorífico, había un cartel oxidado y descolorido que decía “Gran concurso en busca de la reina”. Se detuvo y soñó. “Una vez Dios, dame un día diferente”. Tocó timbre y algo ruborizada pidió anotarse. Quienes la atendieron, se miraron y uno le dijo al otro “tomale los datos”. Después le dijeron que la elección sería con la fiesta de fin de año el próximo sábado a las 20:00, sin acompañantes, no quedaban lugares.

El sábado siguiente estuvo ahí. La recibieron en la oficina de entrada y le pidieron que esperara un momento. Al minuto vino el patrón, le pegó un vistazo y afirmando con la cabeza pidió que la hicieran pasar al cuarto que utilizarían como camarín. El gordo Paco, mano derecha del patrón la acompaño.

Después de cenar, mientras seguía corriendo el vino barato por las mesas, los  empleados del frigorífico, comenzaron a golpear sus manos al grito de que fuera Paco quien abriera el acto con un discurso. Paco, que inundaba el aire con la colonia que se había puesto para dar aspecto de recién bañado, se levantó de la mesa y caminó tratando de mantener el equilibrio, aunque cada dos o tres pasos tropezaba con sus propios pies, mareado por la bebida. Al fondo habían preparado varias tarimas como escenario, habían lavado bien las maderas para sacarles las escamas y limpiado con desodorantes para tapar el olor. Los empleados estaban contentos, se festejaba fin de año con una cena gratis y esa noche habían anunciado una sorpresa. Tal vez por eso el patrón tomaba sin parar. Paco subió al improvisado escenario. Sus compañeros aplaudieron la llegada mientras bebían. Paco intentó hablar, entonces el patrón se acercó y riendo alcohol le ofreció un pedazo de palo de escoba como micrófono. Lo tomó y una vez que paró de reír, arrancó con la lengua dormida. Los festejantes reían a carcajadas. Paco, lento y tambaleante, después de cuatro palabras que no pudo coordinar fue interrumpido por un “dale Paco, aflojá”, que gritó alguien con un vaso en la mano. Quiso continuar y lo calló el golpe de una caja tetrabrik por la cabeza. Después vio venir la segunda que esquivó. Levantó el pulgar contento de no haber sido alcanzado por el proyectil y trató de hilvanar algunas otras palabras, pero fue cortado por los gritos desaforados que pedían que apareciera la reina que habían prometido.

La muchacha, la única que se había presentado sin saber que ese tipo de concursos no se hacían desde algunos años, esperaba nerviosa y con ganas de irse. Quería que todo pasara rápido, se dio cuenta de su error un poco tarde. No le quedó más remedio que subir  al improvisado escenario. Nerviosa y avergonzada no podía casi moverse. Quiso sonreírles para caerles simpática y que se apiadasen de ella, pero sólo le brotó el llanto desesperado. Paco la abrazó como para contenerla y le apoyó el supuesto micrófono entre las piernas. Ella intentó soltarse y dio unos pasos hacia atrás. Sintió como un par de grandes manos la tomaban por los brazos mientras veía que desde las mesas los hombres se ponían de pie.

—¡Es mía! —dijo el patrón y comenzó a arrastrarla.

Ella suplicó a esa veintena de individuos que la ayudasen. El patrón la tenía dominada y la empujó adentro de un cuarto antes de que nadie pudiera llegar. Cerró con la traba. Ella quiso detenerlo pero el golpe que él le dio, de revés, la dejó atontada. La tiró sobre la cama, le sacó la diminuta malla y la violó. Detrás de la puerta se escuchaban los golpes y los gritos pidiendo a su patrón de que abriera. Entonces, después de acomodarse los pantalones abrió.

El segundo en entrar fue el gordo Paco. Cuando pasó el tercero la muchacha ya no respiraba, pero recién el sexto advirtió que estaba muerta.

Fue el patrón quien dio la orden de que preparasen la trituradora.

El aljibe

2° Premio

Sociedad argentina de escritores de Mar del Plata

Concurso nacional de cuento “Escritores en la cumbre” 2005

Pegó una pitada acariciando con los labios el cigarro, estaba de festejo. Todo había concluido. No fue difícil. Ni cuenta se dio, casi.  Buscó la llave de la puerta blindada y no la  encontró. Estaba seguro de que la había dejado sobre la madera de roble de la bodega.

Recordó cómo habían ocurrido las cosas.

Se vio trabajando con la pala en el inmenso sótano de la casa, hiriendo la tierra y escarbando con ganas de terminar el aljibe que tanto anhelaba. La tierra la sacaba al jardín que mantenía con prolijidad, y con ella rellenó el fondo dándole aspecto de barranca. El caserón estaba ubicado en las afueras del pueblo.

Cuatro metros de profundidad, por uno y medio de ancho. De esas medidas quería que fuera el pozo, donde, le decía a su mujer, pondría agua para depositar botellas de vino a temperatura fresca y natural, de paso ella recordaría el patio de su infancia. Después compró la puerta blindada, porque, también le dijo a su mujer, que no confiaba más en los bancos. Todo lo guardarían en el sótano.

Se dio el gusto de terminarlo en sólo treinta días. Había trabajado como nunca. Hasta le pareció que los músculos de los brazos estaban más firmes por el esfuerzo realizado. Pensó que a Mariana le gustaría esa dureza.

Llegó la noche de inaugurarlo y, le propuso a su mujer que lo acompañase a bajar las primeras botellas y brindar.

Mientras le daba tiempo a cambiarse, caminó por el largo pasillo hasta el escritorio donde escondió una de las dos llaves para tenerla después a mano. Al regresar la encontró con un nuevo vestido que había guardado para esa ocasión. Él le dijo que estaba bella, como hacía tanto no le decía, pero le pidió que no bajara con ese vestido, porque el sótano todavía estaba algo sucio, que se pusiera otro. Pensó en lo bien que le quedaría a Mariana, para qué arruinarlo.

Bajaron. Él dejó cerrada la puerta por dentro con dos vueltas, aunque sabía que nadie vendría hasta la semana entrante: no quería interrupciones ni sorpresas. En el húmedo silencio del sótano, se oyó el sonido de la otra llave que él apoyó sobre la madera de roble. Ella lo abrazó por detrás mientras él descorchaba un vino añejo, de los mejores. La vio  llevando la mano hacia la bodega, —¿qué hacés? —le preguntó.

—Quiero qué juguemos —respondió ella y escondió la llave en el corpiño, sin que él se diera cuenta.

—Bien, pero primero brindemos.

Ella estaba feliz. Pero nunca entendió por qué su marido no quería  decirle nada a nadie del nuevo aljibe.

“Hasta que lo inauguremos, no lo comentes” le había pedido con esa sequedad de los últimos meses. Aunque un poco sorprendida por el cambio de actitud, no le dio importancia ya que al fin, él volvía a ser un tipo cariñoso como en sus primeros años de matrimonio. Pensó que de todas formas era una buena idea pasarla solos esa noche.

Con las dos copas a medio llenar, él se apoyó en ella y la fue llevando hasta el aljibe, después, la hizo sentar en el borde de la pared. Le levantó el vestido hasta el principio de los muslos y se metió entre sus piernas. Le dio una copa y con la mano libre la acarició. Con un pequeño choque de cristal brindaron y bebieron el vino. Ella aflojó su cuerpo para entregarse, lo necesitaba, hacia tres meses que no la tocaba y comenzó a disfrutar las suaves caricias en la espalda, la boca húmeda que le besaba el cuello y ese calor tan intimo. Entonces él tomó la botella y con un movimiento ligero le tiró el golpe a la cabeza que la dejó inconsciente y ensangrentada, sostenida por el brazo fuerte de su hombre, que al retirarlo la dejó caer en el fondo del aljibe. Esperó a que dejara de moverse, tomó aire y fue a traer las bolsas de cemento rápido. Una vez que cubrió todo el cuerpo, le dio una terminación al “piso” con adoquines. Bebió el vino que quedaba, poco a poco, saboreando cada trago mientras le daba tiempo al material a que fraguara.

Después de un par de horas, y de otra botella, prendió un cigarro que le había regalado Mariana y dejó que el humo le inundara el espacio formando imágenes deformes y arremolinadas. Aspiró el olor a tabaco y, buscó la llave, la que su mujer había escondido en el corpiño.

La espera

3° premio categoría cuento breve

II Certamen Literario Nacional, Leopodo Lugones 2003

Fundación Educacional, Necochea

Me encuentro dentro de los retorcidos fierros de mi auto. Espero. Tal vez alguien haya visto que me fui de la ruta y me desbarranqué. Siento el sol que me da de lleno a través del parabrisas roto. Me hace bien, porque el aire es frío. Me gustaría ver a alguien que me aliente un poco, que me ayude a superar el dolor. No puedo más. Si no vienen rápido... no sé. Cada vez me duele más. Quisiera gritar "¡auxilio!" pero no me sale la voz. Cuando uno está herido, parece que el tiempo corre mucho más rápido. Volqué al mediodía y ya se está haciendo de noche. ¡Qué raro! No hay luna, ni una sola estrella. ¡Qué noche cerrada! Debe ser muy tarde, tengo algo de sueño. No quiero dormirme, muchos dicen que es peligroso dormir después de un golpe. Pero tengo mucho sueño. Ya es de noche y este solcito que me da calor, me hace bien. Mejor me duermo. Estoy cómodo.

Guajira

5° Premio categoría cuento

IV Certamen Literario Nacional, Leopoldo Lugones 2005

Fundación Educacional, Necochea.

Seleccionado y editado por Editorial Dunken en el libro

“Son puros cuentos”

Era una trigueña de pupilas color miel. Perfecta. Siempre que reía le aparecían  hoyuelos en las mejillas que la hacían reina entre las especiales. Desconocíamos su nombre y le decíamos Guajira, porque sabíamos que venía de ese departamento colombiano. Bailaba salsa con el candor de los que llevan la música en el cuerpo. Transmitía alegría y en cada vuelta dejaba colgada una ilusión para quienes la mirábamos, porque mal creíamos, que su danza era exclusiva para cada uno de nosotros.

Todos los viernes por la noche la cita era en “El Tropical”, y no por bailar, porque no éramos buenos para el baile, pero íbamos a verla para mantener el deseo con sólo mirarla de cerca. Ella nos había enamorado, y en el preciso instante en que pasaba bailando junto a nosotros, le declarábamos un amor eterno sin esperar nada más que el regalo de una sonrisa.

Una noche, la sonrisa me tocó a mí y creí que me explotaría el corazón. Simulé caer desmayado sobre el hombro de mi amigo y ella disfrutó de la payasada. Me sentía un ganador de primera y pedí un champán para brindar por mi suerte. A los pocos minutos lo trajeron y me quedé sin aire cuando vi que era Guajira quién lo traía. Apoyó la botella con esa sonrisa tan natural como excitante y no pudimos retener un suspiro pronunciando su nombre, mientras nos mirábamos de forma cómplice.

Ella se distendió y se sentó a nuestra mesa. Sin ingenuidad y sin malicia, me pidió que descorchara. Después preguntó por qué la llamábamos así. Nos miramos con mi amigo y entonces le expliqué que sabíamos de donde ella venía y, al desconocer su verdadero nombre disidimos bautizarla.

Ella extendió un brazo y llevándolo de un extremo a otro, con delicada precisión, dijo: —La Guajira es una hermosa ciudad —y sonrió mostrando los hoyuelos. El brazo que terminó su recorrido sobre mi cabeza cayó con suavidad en mi hombro, me llevó hacia ella y pidió que le sirviera un trago. Mi amigo, que se sintió ajeno en esa situación, se levantó, me hizo un guiño y comentó que era hora de irse.

Me quedé solo con Guajira. Creo que temblaba porque me preguntó si tenía frío. Le dije que no. Tomó champán de su copa y, por un momento, sospeché que era un artilugio para hacerme comprar otra botella. De todas formas no me importaba mucho gastar si era por estar con esa deidad colombiana.

No sé bien de qué hablábamos pero creí que Guajira recordaba un poco con nostalgia su ciudad. Le ofrecí compartir otro trago y entonces se levantó, me dijo que esperara y fue a buscar más champán. Cuando llegó le pregunté cuánto sumaba mi gasto y me sorprendió diciéndome que iban por cuenta de ella. Cuando quise explicarle que no tenía inconveniente en pagar, me hizo callar con un: “me gustas”.

No sé que cara habré puesto en ese momento, porque enseguida soltó.

—¿Me parece a mí, o quedaste espantado?

  —No. Me sorprendiste —dije, y entonces le expliqué un poco entrecortado y nervioso que para mí era una diosa inalcanzable.

—¿Te gusto, o no te gusto? —preguntó.

Tuve que decirle abiertamente que sí, que me encantaba.

—A mí me pasa lo mismo contigo —dijo, y tomándome de la camisa me llevó contra su cuerpo dándome un beso que jamás olvidé. Después me propuso que bailásemos salsa y a mí, poder tomarla de la cintura me volvió loco y en mi afán de sentirla, la empujaba hacía mi cuerpo. Ella con su gran sonrisa me decía que esperase para el contacto, que primero se danzaba con cierta distancia y que si deseaba contacto, nada más debía hacérselo saber.

Así conocí a Guajira, hace cuatro espléndidos años.

Hoy, mientras una  fina llovizna me desdibuja la ancha avenida que miro desde el séptimo piso de este hospital privado, desde lo más sentido sigo recordando los hermosos y divertidos momentos que hemos pasado juntos.

Sólo me devuelve a la realidad esta espera terrible, insostenible. Ruego por ellas y, mientras fumo y recuerdo, espero ansioso a que el obstetra salga y diga:

“Es nena, con hermosos hoyuelos en las mejillas”.

El anciano

6° Premio categoría  cuento breve

IV Certamen Literario Nacional, Leopoldo Lugones 2005

Fundación Educacional, Necochea

El anciano vivía solo en esa cabaña alejada, donde él decía haber encontrado la magia. Enfermo de tiempos acumulados y vidas multiplicadas, podía mantenerse vivo si lograba tomar a tiempo el té milagroso. La co [...]