Nunca seré tu héroe - María Menéndez-Ponte - E-Book

Nunca seré tu héroe E-Book

María Menéndez-Ponte

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Beschreibung

Andrés está harto del colegio, de los granos, del rollo de su madre, de la plasta de su hermana, de Jorge el "birlanovias", de la vida en general y del profesor de historia en particular. Dani y él se han propuesto cambiar el mundo y hacen un conjuro que les hará inmunes a las fantasmadas de pijos, pelotas y demás aves carroñeras y los convertirá en héroes. Bueno, al menos eso es lo que estaba previsto. Si luego las cosas se tuercen...

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Seitenzahl: 289

Veröffentlichungsjahr: 2009

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A mi hijo Álvaro, que me ayudó a dar vida a los personajes de la novela.

1

Andrés, estudia. ¡¡Andrés, estudia!! Andrésestudia. Andresestudia... Andrés Estudia. Me llamo Andrés y me apellido Estudia. Me tienen harto, siempre con el mismo rollo. Mi madre, con tal de verme encima del libro y sin escuchar música, está contenta. Aunque esté pensando en las musarañas, es la leche. No entiende que yo pueda estudiar con música. Y no para de comerme la olla todo el día, que si tengo poca disciplina, que si no hago más que hablar por teléfono, que si no tuviera a Valeria Mazza en la carpeta, me distraería menos. Más me distraigo en la clase de la Rambo. ¿Cómo voy a atender si delante tengo a Belén, que es la tía más buena de la clase? Pero como para contárselo a mi madre. Es capaz de ir al instituto y pedir que me encierren en una cápsula espacial. Y no digamos cuando empieza con el rollo de la responsabilidad, menuda plasta. Si la llevo al Parlamento, acaba con todos los parlamentarios. Parece de la Gestapo: ¿dónde has estado?, ¿con qué amigos has salido?, ¿qué tomasteis?, ¿y estaba Dani? Siempre con segundas, claro. Porque a Dani lo tiene enfilado desde el día en que nos agarramos juntos un pedo monumental. Y piensa que, si voy con él, voy a beber. Está obsesionada. Menuda me armó el otro día porque estaba bebiendo una cerveza. Muda se quedó cuando se enteró de que era sin alcohol. Pero es que tiene la manía de acusar antes de preguntar nada. Y luego dice que estoy todo el día cabreado..., si es ella la que me cabrea. José sí que tiene un chollo de padres. Hasta le han comprado una moto. Y eso que no pega sello, está en cuarto de la ESO con diecisiete años... Además, le dejan ir a las discotecas hasta las tantas de la noche; y no le someten a un tercer grado; ni se meten con su modo de vestir. Tronco, tiene una chupa que mola mazo. Pero me compro yo una igual, y ya estoy oyendo los gritos de mi padre, que si parezco un punki, que si nos vestimos todos de uniforme, que si nos falta personalidad. ¿Acaso me meto yo con sus corbatas? Y eso que se pone cada horterada... Luego dice que conmigo es imposible el diálogo. Pero ¿cómo voy a dialogar si siempre está criticando a mis amigos? Y me fastidia un montón que diga que el bakalao no es música ni es nada. Y que si nos pasamos el día enchufados a los videojuegos. Y que si en su época esto y lo otro... Ostras, si es que no le gusta nada de lo que hay hoy. No sé por qué se empeña en vivir en un tiempo que ya no existe. Y en que yo sea de otra manera... Hombre, es verdad que me esfuerzo poco, pero tampoco quiero ser un pringao como mi hermano: todo el día estudiando, se le van a salir los ojos de las órbitas. Claro que tiene sus ventajas, porque al que le toca arrimar el hombro siempre es a este menda: «Ya que no estudias, por lo menos recoge la mesa...». ¡Es la leche! Y si mi hermano dice que un profesor es un capullo, le escuchan y hasta le dan la razón. En cambio a mí... Si cateo, la culpa la tengo yo: «sus motivos habrá tenido el profesor para suspenderte...». No se fían un pelo de mí. Si me dan dinero para la papelería, en seguida me están reclamando la vuelta. ¡Ni que fuera un chorizo! El caso es que mi padre presume de enrollado. Dice que estudiemos lo que queramos. Pero si le insinúo que quiero ser cantante, ni te cuento. Y no te digo bailarín. Que todo tiene que ser dentro de sus esquemas. Y si le contesto..., «¡Andrés, estás castigado!». Vamos, que, de todas todas, me pilla el toro. Claro que es peor que te quiten la novia. Y es que doy asco. Tengo más granos en la cara que una paella. Mi madre dice que es por el chocolate y la CocaCola y el chorizo y las hamburguesas. Pero no me voy a hacer vegetariano. Cuando pienso que ha sido Jorge quien me ha quitado a Sara, me sube una rabia por todo el cuerpo... ¿Cómo ha podido Sara irse con ese pelota? «Don Gerardo, he traído este libro sobre los romanos...». Es de alucine lo pelota que es. En cambio mis padres flipan con él, como va vestido de pijo. Les importa más la apariencia que la persona. Hombre, a veces son majetes. Y hasta tienen algún detalle. Como el día que saqué un sobresaliente en Química y apareció mi padre con unas entradas para ver el partido del Barça contra el Madrid. Si no me dieran tanto el coñazo con «Andrés, estudia»... Si eso ya lo sé yo, que tengo que estudiar. Pero no soy una máquina. ¿Cómo voy a ponerme a estudiar hoy si estoy hecho papilla? No puedo dejar de pensar en Sara y en ese Jorge de las narices...

–¡Andréees! ¿Quién ha dejado la merienda en la mesa?

¡Ya estamos! ¡Siempre igual! Ya está mi madre acusándome. Me pone enfermo.

–¡Vamos a ver! ¿Por qué he tenido que ser yo? ¿Es que no puedes preguntar antes?

–No te pongas como un energúmeno, Andrés, te estoy preguntando.

–No. Has dicho: «¡Andréees! ¿Quién-ha-dejado-la-merienda-en-la-mesa?». Estás suponiendo que he sido yo, como siempre.

–No me grites, Andrés.

–¿Cómo quieres que no grite si me habéis convertido en sospechoso? Pues, para que te enteres, ha sido tu niñita la perfecta, yo no he merendado galletas. Pero, claro, a ella nunca la riñes, eres la leche.

–Mira, Andrés, a mí no me hables así. Soy tu madre y me debes respeto...

–¿Respeto? ¿Y quién me respeta a mí, si se puede saber? A ver, ¡quién!, ¿eh?

–Hijo, tranquilízate y, sobre todo, no grites. Te van a oír los vecinos.

–Eso es lo único que te importa, ¿verdad?, mantener las apariencias. Te gustaría un hijo como el descerebrado de Jorge, ¿no?

–Ay, hijo, contigo es imposible mantener un diálogo normal. No sé qué te pasa. De un tiempo a esta parte saltas por todo. Tienes la agresividad a flor de piel. Nos lo estás poniendo muy difícil. Tendremos que reconsiderar lo de mandarte a un internado.

–¡Genial! ¡Muerto el perro, se acabó la rabia! Muy bien, si eso es lo que queréis, me las piro.

–¡Andréees, vuelve ahora mismo! ¿Adónde vas a ir? Andréeees...

Odio mi falta de frialdad. En lugar de tomar yo las decisiones, ellas me toman a mí. A ver qué coño hago yo ahora sentado en este banco del parque a las ocho de la tarde. Mañana nos va a preguntar el de Historia y todavía no he empezado a estudiar... ¿Por qué no me dejarán en paz? Uno no es de piedra, y si te aprietan las tuercas constantemente, acabas saltando. Pero me fastidia un montón volver a casa. Si tuviera agallas, me largaría. Claro que ¿adónde voy a ir?...

–¿Qué haces aquí?

–Tío, qué susto me has dado. ¿De dónde has salido?

–Iba de camino hacia casa, pero te he visto aquí sentado...

–Ya ves, he vuelto a tener otra bronca con mi madre.

–Qué mal rollo, ¿no? Siempre estáis igual. ¿Por qué no vienes a kárate conmigo? Descargas mogollón de tensión y haces un músculo que no veas. Precisamente ahora vengo de allí.

–Tú no conoces a mi madre, Dani. Dirá que eso me va a quitar tiempo de estudio, y que si quiero algo, me lo tengo que ganar, y que si... Oye, Dani, ¿podría pasar esta noche en tu casa?

–Pero qué dices, chaval. Mi madre en seguida llamaría a la tuya para decírselo.

–Tienes razón. Pero no sabes lo humillante que es volver a casa como si no hubiera pasado nada. Tengo que aguantar la cara de ofendida de mi madre, el sarcasmo de mi hermana, la bronca de mi padre, que siempre me pone a mi hermano de modelo... Y hoy no estoy para aguantar chorradas. Tú sabes cómo estoy con lo de Sara, hecho papilla.

–Ese Jorge es un gilipollas. Lo ha hecho sólo para fastidiarte, para darte en las narices.

–Sí, tronco, y lo que más me revienta es que ella haya entrado al trapo. ¡Claro, con la pasta que tiene, ya puede! Que si un regalito por aquí, que si una invitación por allá... Y luego esa ropa de niño pijo que lleva. Y esa cara de no haber roto un plato...

–Pero es que a las tías les va ese rollo, Andrés.

–No sé... Sara no era así. Podíamos pasar toda la tarde escuchando música o sentados en la plaza comiendo pipas y charlando de nuestras cosas.

–¡Deja ya de comerte el tarro, Andrés! A las tías no hay quien las entienda. Un día te dicen una cosa y al día siguiente hacen lo contrario. Además van de duras porque creen que así ligan más. Tú hazme caso, pasa de ella.

–No sé, Dani, no sé qué voy a hacer, estoy totalmente colgado. Ha sido un palo tremendo. Estoy hecho polvo... ¿Por qué me habrá dejado?

–Venga, anímate, mañana es viernes. Nos agarramos una moña, y te olvidas de ella.

–Veremos si me dejan salir. Tal y como están las cosas...

–Que sí, tío, ahora te vas a casa y les sueltas a tus padres el rollo del arrepentimiento y de que piensas cambiar. Eso funciona siempre. ¡Venga, hasta mañana!

¡Qué fácil es la vida para Dani! Es un tío práctico, no como yo, que estoy todo el día comiéndome la olla. Pepito Grillo a mi lado, un aprendiz. Pero, por más que diga Dani, no puedo volver a casa y hacer el paripé ese del arrepentimiento. No sé fingir. Sé que me iría mejor, me metería en menos líos. Sí, mamá, lo que tú digas, mamá. ¿Quieres que vaya al supermercado?... Y, por detrás, hacer lo que me dé la gana. Pero soy incapaz. Prefiero plantar cara. A lo mejor, a veces me paso un poco, pero si mi madre no me provocara... Si es ella la que me hace saltar. Y lo que más me cabrea es que vaya de víctima por la vida. «¡Ay, Carlos, ya no puedo más, esto es un infierno!...». Siempre quejándose a mi padre. Pues que no provoque. Y no creas que no he intentado controlarme un montón de veces, pero imposible, me caliento y luego ya no puedo dar marcha atrás. Siempre me gana la partida este maldito orgullo. Total, para acabar tragándomelo. Como ahora, que tengo que llamar al timbre porque ni me paré a coger las llaves. Y seguramente me abrirá la cotilla de mi hermana, no hace falta ser adivino para saberlo. Bueno, preparados, listos...

–¡Andrés, has vuelto! –dijo como si regresara después de haber luchado en alguna guerra durante varios años, será boba.

–¡Andrés, has vuelto! –repetí haciéndole burla. Y ella, en venganza, chilló para que se enterara todo el mundo.

–¡Mamá, Andrés ha vuelto! Te dije que vendría a la hora de la cena.

En momentos así la estrangularía.

–¡Chivata! –le solté con rabia. Y me encerré en mi habitación con los Iron Maiden a todo volumen: The evil that men do lives on and on... The evil that men do lives on and on...

–¿Qué haces?

–Oye, tía, ya te estás largando de aquí. ¿Es que no tienes nada que hacer?

–Toma, te dejo el CD de Los Rodríguez ¿No decías que te gustaba mucho?

–¿De dónde lo has sacado?

–Me lo grabó Felipe.

–¿Quién es Felipe?

–El hermano de Elena.

–¿Ese niñato que anda todo el día detrás de ti?

–Oye, Andrés, no te pases, ¿eh?, que yo no me meto con Sara.

–Bueno, ya da igual. Todo da igual, se acabó... ¡Qué asco!

–¿Qué ha pasado? ¿Ya no salís?

–Me ha dejado. No me extraña... Con este careto que tengo.

–Pues a Andrea le gustas. Está todo el día dándome la paliza. Quiere saber cuál es tu música favorita, qué haces, qué amigos tienes... Dice que eres muy guapo.

–Sí, pero es una enana.

–Oye, tú, no te pases, ¿eh?, que tenemos trece años. Y además, mira a papá, le lleva cinco años a mamá.

–Pero es distinto. Mamá ya ha crecido del todo. Y a Andrea y a ti todavía os faltan curvas. Ya sabes...

–¡Eres un cerdo! Todo el día estás pensando en lo mismo.

–Ven aquí, Paulita, anda, no te enfades conmigo, que estoy fatal, hecho papilla.

–¿Es por lo de Sara? ¿Por qué no hablas con ella? A lo mejor tiene arreglo...

–No. Está saliendo con Jorge.

–¿El pijín?

–El mismo. Dice Dani que las tías flipáis con los pijos.

–¡De eso nada! A mí ese tío me pone nerviosa. Nunca se le mueve ni un pelo de su sitio. Y es un chulo. A Soraya le hizo llorar un día...

–¡Niños, a cenaaar!

–...Corre, vamos, que nos llama mamá y no está de muy buen humor, que digamos.

–Seguro que ya le habrá dicho a papá que estoy imposible, y papá me montará la bronca en la cena.

–Tú tranquilo, no te preocupes, que yo me encargo de distraerlo.

A veces estrangularía a mi hermanita y a veces me la comería a besos. La verdad es que es una tía legal, siempre sale en mi defensa. Si no fuera tan metomentodo y tan doña perfecta...

2

Que no me pregunte. Que no me pregunte. Que no me pregunte...

–Andrés, ¿podrías decirme cuáles fueron los reinos bárbaros que invadieron Europa en el siglo VI?

–Bueno... es que... justo eso no me dio tiempo. Yo...

–¿Podrías, entonces, decir las causas de las invasiones bárbaras, o tampoco te dio tiempo?

–En realidad, no pude estudiar el tema... Tuve algunos problemas.

–¿Qué clase de problemas?

–Son... ejem... Son... un asunto privado.

–Vaya, exactamente igual que los dos ceros que ya tienes, son privados; única y exclusivamente de tu propiedad.

Qué cabrón, este Sátrapa me adivina el pensamiento. Seguro. Siempre me pregunta cuando no me lo sé. A lo mejor es que me sale algún tipo de letrero en la frente. Tendría que haber hecho como Dani, qué tío, se ha largado a su casa porque tenía ganas de cagar, es la leche. Dice que no puede hacerlo en el instituto, que necesita tranquilidad. Tiene un morro que se lo pisa. Como no hay nadie en su casa... A veces incluso se echa una siestecilla o juega una partida con la consola, y vuelve tan fresco. Encima los profes ni se dan cuenta. Lo llego a hacer yo, y ya están llamando a mi casa. Si es que soy un pringao. Lo mires por donde lo mires. Ya es la quinta vez que sorprendo a Sara y a Jorge cruzándose miraditas, ¡hay que joderse! Sara le habrá contado cosas nuestras. Normal. Lo que hacíamos, dónde íbamos... Hombre, espero que no le haya contado nuestras intimidades. No sé..., tengo la sensación de haber pasado de algún modo a formar parte de la vida de ese pijo. Y me revienta. Además no veo claras sus intenciones. Hombre, no digo que no le guste Sara, porque está como un tren, pero no creo que la quiera como yo... Tengo un nudo en la garganta que hasta me impide respirar. No hago más que rebobinar la película. Solo el roce de su mano hacía que mi corazón bombeara al doble de velocidad. Con ella estaba en otra dimensión. En cambio ahora... Las horas son como losas que me aplastan al caer. Y no hay cielo. O, bueno, si lo hay, no me entero de si es azul o gris. Y es que también el cielo tenía que ver con Sara. Decía que yo era el hombre del tiempo, porque siempre acertaba el color que iba a tener al día siguiente o al atardecer. Hasta que le conté mi secreto: era yo quien lo pintaba por las noches para ella. Y por medio de las nubes le mandaba cantidad de mensajes secretos. ¡Mira esa! ¿Sabes lo que he escrito? Al principio no daba una. Pero, poco a poco, llegamos a tener un código nuestro. ¡La de jeroglíficos que inventábamos! Ni los egipcios. Decía que era imposible aburrirse conmigo. Y ya ves. A lo mejor tiene razón mi hermana, debería hablar con ella. En cuanto acabe el Sátrapa de soltar el rollo, le pregunto si quedamos a la hora del recreo. Lo malo es que siempre tiene al moscón ese rondando...

Por una vez, me alegré de que Jorge fuera un pelota redomado. En cuanto se acabó la clase, salió disparado detrás del Sátrapa a hacerle la rosca.

–Oye, Sara, ¿podemos hablar en el recreo?

–¿De qué quieres hablar?

–Venga, no me lo pongas más difícil... De lo nuestro, ¿de qué va a ser?

–Andrés, ya te dije que estoy saliendo con Jorge.

–Bueno, pero habrá una explicación, ¿no?

–Para ti todo tiene que tener explicación, Andrés. Las cosas pasan...

–¡Hombre, Andrés Díez! Oye, qué mala pata lo del cero; lo siento, chico...

–Venga, Jorgito, déjame en paz, piérdete, ¿vale?

–No, piérdete tú. Nadie te ha dado vela en este entierro.

–Tienes razón, esto es un entierro, y tú eres el muerto.

–Te equivocas, Andrés. Tú sí que estás cadáver, y aún no te has enterado. Así que, si no puedes soportarlo, vete a llorar en el hombro de tu mamá.

–El que va a llorar eres tú, gilipollas.

En seguida se formó una piña de gente a nuestro alrededor.

–¡Que se peguen! ¡Que se peguen!...

–Bueno, ya está bien, haced el favor de callaros. Y vosotros dos dejad ya de pelearos, no seáis críos –intervino Sara poniéndose en medio. Su pelo dorado con olor a limón me rozó la nariz. Y volví a tener ganas de llorar.

Me di media vuelta y me largué de allí. ¡Será cretino el pelota ese de las narices! ¿Qué se ha creído ese tío, que por quitarme la novia tiene derecho a echarme mierda encima?

–¿Adónde vas, Andrés? No pensarás hacer pellas en mi clase, ¿verdad?

¡Qué mala pata, tío! ¿No voy y me tropiezo con el Salivazos? Yo no sé cómo hace Dani para esfumarse sin dejar rastro. A mí es que me pillan siempre. Con las chuletas de los exámenes lo mismo, es la leche. Con el esfuerzo y el tiempo que te llevan, para que luego te cacen in fraganti.

O que no puedas sacarlas. Anda que el fin de semana que me pasé escribiendo todas las fórmulas de Química con letra de pulga y enrollándolas como pergaminos dentro de un bolígrafo, ¡menuda virguería! Todos los de mi clase flipaban. Incluso me las querían comprar. Pues, ya ves, ni pude sacarlas. La Rambo me clavó los ojos y no me los quitó de encima en todo el examen. Dani dice que no tengo aplomo y que pongo cara de que voy a copiar. Es verdad, se me nota en seguida. Soy peor que el Bombilla. Me empiezo a poner cada vez más rojo, y acabo como el Gusiluz. ¡Ostras! ¡Vaya lapo me ha soltado el Salivazos! Como no te atrincheres detrás de la carpeta, te ducha entero. La cantidad de saliva que está gastando con las derivadas. Y yo sin coger onda. Como siga así, esta evaluación suspendo todas. Pero es que no puedo dejar de pensar en Sara, tronco. No quiero ponerme en plan existencialista, pero de verdad que la vida ha dejado de tener sentido. Y así es difícil hasta respirar. Es lo malo que tengo, que pierdo el norte con una facilidad... En eso tiene razón mi padre. Ando a bandazos. Tan pronto me da fuerte por una  cosa como a los dos días la dejo. ¡Cómo envidio a mi hermano! Desde pequeñito sabía que quería ser médico y allá fue, a por ello, con una fuerza de voluntad... Siempre estudiando para que le diera la media. Pero eso tampoco es vida. Porque ahora ya está en Medicina, y, hale, a seguir estudiando. Nueve años hincando los codos, que se dice pronto. Y encima luego el MIR dichoso, que, si no lo aprueba, a ver qué hace. Claro que él parece contento. En cambio yo... que si periodista, que si biólogo, que si veterinario... Hombre, me hubiera gustado ser futbolista, por ejemplo, Raúl. Aparte de tener el porvenir resuelto, lo tendría fácil a la hora de ligar. Tampoco me hubiera importado tener la voz de Michael Jackson. Pero solo la voz, tronco, porque ese tío no está bien de la azotea. Mira que blanquearse con lejía como si fuera una sábana... Bueno, él sabrá por qué lo hace. Si es que lo sabe. A lo mejor está hecho un lío, como yo. A mí lo que de verdad me gusta es dibujar, y todo el mundo dice que se me da muy bien. Pero si le digo a mi padre que quiero dedicarme a la ilustración, me dirá que pintar monos no da de comer...

–¡Chaval, vámonos al recreo, que se ha acabado la clase! ¿Esperas un bis?

–Oye, Dani, me das otra de esas y poto el desayuno. ¿De dónde has salido? ¿No te ha visto el Salivazos?

–¡Pues claro que me ha visto! Así se cree que he estado en su clase.

–Menuda potra tienes, Dani... Bueno, qué, ¿has cagado a gusto?

–Tú dirás, con el Mortadelo y Filemón. Es fundamental. Las necesidades biológicas requieren paz y concentración.

–Eso es lo que yo necesito, un poco de paz, pero sigo dándole vueltas al coco y cada vez estoy peor. Sara no quiere saber nada de mí y el Jorge ese de las narices se ha puesto gallito.

–Te dije que pasaras de ella, Andrés. A las tías les va la marcha, tú hazme caso.

–Mi hermana me aconsejó que hablara con ella.

–¿Qué sabrá una enana de trece años? Mira, chaval, hoy nos vamos de marcha y mañana estás nuevo. Ya lo verás.

Dani cree que todo el mundo funciona como las lavadoras. Aprietas el botón de la marcha, y, ¡hale!, a andar. ¡Qué tío! Nada le afecta. Bueno, a ver de qué humor están los viejos. Lo mismo me castigan sin salir. Tampoco me importaría. El plomo que llevo dentro del alma es superior a cualquier tortura. Me pesan hasta los pies. Todos los rincones de Madrid me recuerdan a Sara, por ejemplo, esta acera. La de veces que nos habremos sentado aquí, frente a la Fuente de los Delfines. Inventábamos historias de la gente que pasaba. Mira, ese tiene cara de contable. Toda su vida está ordenada, pero por las noches sueña con atracar un banco. A muchos les hacía la caricatura y luego los mezclábamos en diferentes historietas. A veces seguíamos a alguno. Sara, que tiene vocación de detective, veía instintos criminales hasta en los rostros más angelicales... Una tarde se empeñó en seguir a un narco y resultó ser un policía de paisano. Vaya corte cuando lo vimos entrar en la comisaría...

En casa me encontré a mi padre. Hecho insólito, más insólito que encontrarme un extraterrestre en mi cama, y verás por qué lo digo. Mi padre sale todos los días de casa a las ocho de la mañana (y cuando digo todos, quiere decir absolutamente todos, ya que hasta la fecha no ha faltado un solo día a su trabajo en el departamento financiero de una empresa de coches) y nunca llega antes de las siete de la tarde.

–Hola, papá, ¿pasa algo?

–No, hijo, nada. Es que estamos teniendo algunos problemas en la empresa y hoy ha habido un paro. ¿Qué tal por el instituto?

–Bien..., bueno..., como siempre... Voy a comer algo y a ponerme a estudiar. ¿Tú ya has comido?

–No, voy a esperar a tu madre, no creo que tarde en llegar.

–A ver si tienes suerte, últimamente sus bichitos la absorben demasiado. A veces no llega hasta las cuatro o las cinco.

–Pues entonces como contigo. ¿Qué menú tenemos?

–Supongo que cocido, como todos los viernes.

–Hombre, qué bien, y luego el partido del Madrid contra el Atleti, que se preparen a morir.

–Los vamos a machacar, el Atleti tiene muchas bajas. No juegan ni Luccin ni Fernando Torres.

–Entonces ganaremos 3-0. Dos goles de Sergio Ramos y uno de Raúl.

–Me parece un poco optimista. Déjalo en 2-1.

–¿Nos jugamos una merienda?

–Vale.

Mi padre analiza los partidos con la misma minuciosidad que si fueran informes financieros. Cada jugada nos puede llevar horas de discusión. Mi madre está harta de tanto fútbol. Y eso que ella tiene otra televisión. Pero dice que en esta casa no se puede hablar de otra cosa, que todas las conversaciones de una manera o de otra acaban siendo de fútbol. Anda que no cotillea ella con mi hermana de todos los que salen en el Hola o en el Diez Minutos. Además, es preferible que hablemos de fútbol, porque, en cuanto se toca otro tema, acabamos discutiendo.

Siempre es motivo de alegría que gane el Madrid, pero hoy más. Gracias a la euforia de mi padre, no tuve problemas para irme de marcha. Quedé con Dani a las ocho en la Plaza del Dos de Mayo. Cuando llegué, ya había comprado una litrona de Coca-Cola y una botella de vino para hacer calimocho.

–Esto es lo que tú necesitas, chaval, una buena medicina. Vamos a entonarnos un poco antes de que llegue la basca.

Iba a dar un trago, cuando me agarró del brazo.

–Espera, tronco, vamos a hacer un conjuro.

–Pero, tío, ¿eso no se hace con la queimada?

–¡Psch, qué más da! Esto nos vale.

–¿Y para qué sirve eso?

–¡Chist! ¡Escucha! Pijos, pelotas, rompegüevos, quitameriendas y demás aves carroñeras –empezó diciendo solemnemente mientras pasaba el calimocho de un vaso a otro–. Hoy, 20 de enero, Andrés Díez y Dani Rincón tomarán la pócima mágica que les hará inmunes a vuestras fantasmadas y se convertirán en héroes de una sociedad que nos machaca, nos oprime y nos pone todo tipo de trampas. Una sociedad que nos educa para el consumo y nos lanza directamente al paro. Una sociedad donde siempre triunfan los pelotas y los que mejor engañan. Una sociedad que solo se preocupa de que las cosas sigan como están, pero que nosotros estamos dispuestos a cambiar.

Me quedé de piedra. Nunca imaginé que Dani tuviera unos pensamientos tan profundos. Siempre da la impresión de que todo le resbala, de que pasa de todo. No quise romper la magia del momento, así que bebimos en silencio hasta que nos terminamos el vaso tamaño familiar. Luego recorrimos San Andrés y Velarde, y en la plaza de Juan Pujol nos juntamos con la basca. Empezábamos a notar los efectos del calimocho. Dani se puso a imitar a la de Física y Química cuando le dices una respuesta equivocada, pero exagerando la nota.

–¡Huy, tú estás muy enfermo, chico! Estás realmente mal, chico. Deberías quedarte en tu casa un mes, chico. Podrías contagiarnos, chico, compréndelo. Estás lleno de hipocloritos y de ácido sulfúrico y de anhídrido carbónico y de bla, bla, bla...

Es un actorazo. Nos dolía la barriga de tanto reírnos. Después imitó al Salivazos, con las comisuras de los labios llenas de saliva y soltando lapos a diestro y siniestro, hasta que todos protestamos. Luego le tocó el turno al Puella, el de Cultura Clásica, cuando nos devuelve los exámenes, que solo le falta el laurel en la cabeza.

–Como dijo César, «Alea iacta est», la suerte está echada. Y por más que os repito: Nemo repente fit sapiens, nadie se hace repentinamente sabio, no me hacéis caso. Así que luego vendrá aquello de... Alumni in selectivitate victi dolebat, los alumnos sufrían por haber sido derrotados en la selectividad.

Todos nos pusimos a corear la marcha fúnebre.  Los HareKrishna redoblaron la potencia de sus cánticos y de sus campanillas para tapar nuestras voces desafinadas. Lo mismo se pensaban que intentábamos hacerles la competencia. La plaza era un hormiguero de chavales que desafiaban la ley de la gravedad. David y Hugo se fueron a comprar más vino y CocaCola. Yo me sentía bastante mareado, pero ¿qué iba a hacer? Todos bebían, y yo también. Si no, te quedas fuera del grupo. Eso forma parte de la diversión. Luego pierdes el control y ya no te enteras de más. Cada uno se las arregla como puede. Dani se separó para ir a mear, y yo fui detrás de él. De pronto me entraron la depre y las ganas de llorar.

–Dani, tío, necessitoveraSsara. Ssoyun héroe y... y... tengoque rescatarlade las garrasdeessepelota.

–Fale, tronco, hip. Tueresssun caballero, hip, medieval, hip, y yosssoytu dragón. Preparalarmadura, que allá famos. ¡Aaaahhhh!

–Tío, apestasss a alcohol. Si tacercounacerilla, sssueltasunallamaradade aquiaChina.

3

¡Qué pedo teníamos encima! Andábamos a tropezones. Y arrastrábamos las palabras al hablar. Todo me daba vueltas. ¿O eran los edificios los que las daban? ¿Y si nos caían encima? Por más que caminábamos, no conseguíamos salir de la misma calle. Estábamos atrapados en el tiempo. Por fin llegamos a una fuente y metimos la cabeza. Era agua de la Antártida, macho, qué fría. Nuestras neuronas revivieron y nos pusimos a discutir. Yo quería ir a la discoteca, donde iban algunos de la clase que tenían pasta. Estaba seguro de que Jorge había llevado allí a Sara. Pero no me llegaba el dinero para entrar y Dani se resistía a aflojar la mosca.

–¿Y sssi luego no esstá, tronco?

–Te lo devolveré con interesesss. Un dragón no puede abandonar a ssu caballero, compréndelo. Vamosss, tío, no me dejes tirao.

Acabé convenciéndolo, y entramos en el santuario de moda. La música de bakalao nos perforó los tímpanos. ¡Vaya decibelios! A Dani le chispeaban los ojos.

–¡Menudo material, chaval! ¡Mira qué pedazo de tía!

–Dani, hemos venido a ressscatar a la princesa. No lo olvidesss. Yo ssoy tu dragón y tú mi caballero, digo, yo ssoy tu princesa y tú mi príncipe... No, no, perdona, no ssé lo que digo. Yo ssoy un héroe. Ssoy Ssuperman. Ssí, ssoy Ssuperman y voy a salvar a todoss. A esse. Y a esse. Y a essa...

–Venga ya, tronco, no seas plasta. Podemos divertirnos un poquito. Aquí hay unas tías essstupendas. Anda, vamos a atacar a esas dosss.

De pronto la vi de espaldas en la barra. Era ella, su inconfundible melena dorada...

–Ssara, Ssara. Ssoy Ssuperman. Vengo a rescatarte. Me convertiré en tu héroe...

–¿Pero qué dice este tío?

–Está borracho. Vamos, ya te estás largando, fuera de aquí.

No era ella, qué corte. Menudo mosqueo que se agarraron sus escuderos. La pista de baile daba vueltas y el suelo se movía bajo mis pies. Veía a Sara en todas partes, como un espejismo. Ahora sonaban unas sevillanas y todo el mundo me empujaba. No se veían más que brazos que no se sabía a quién pertenecían. De pronto noté una bola que me subía desde el estómago, me encontraba fatal. Tenía que llegar hasta el cuarto de baño para echar la pota. Y aquellos brazos no me dejaban salir. Me agarraban como tentáculos de pulpo. De un empujón salí despedido de la pista y conseguí llegar al meódromo. Pero sólo hasta la puerta. Allí le bañé los zapatos a uno con una pasta marronácea que olía a mil demonios. Pensé que eran todas mis vísceras, tronco. Me moría sin haber hecho testamento. Claro que tampoco tenía mucho que dejar. La minicadena, los compact, la chupa y para de contar. Ostras, vaya careto. Apenas me reconocí en el espejo. Era la cara de un muerto. Y a pesar de ello, sin vísceras me empezaba a sentir mejor, más ligero.

Intenté localizar a Dani. Hacía un calor infernal. Tú dirás, acostumbrado al fresquito de la calle... El humo me hacía llorar y el ruido me martilleaba la cabeza. Pero, sobre todo, me pesaba la soledad. Entre el follón de gente que pululaba por allí despreocupada y alegre me sentía solo, como un recién nacido.

–Andrés, ¿qué haces aquí? ¿Qué te ha pasado?

Era Sara, en carne y hueso, esta vez no era un espejismo; era la Sara de melena dorada con olor a limón. Estaba guapísima, con una minifalda negra y un jersey rosa.

–Ssara, he venido por ti, Ssara. Ssoy tu héroe, he venido a rescatarte. Mira, he traído a mi dragón, pero no sé dónde está...

–Este tío está completamente pedo, Sara.

–Sí, está muy mal, Jorge, tenemos que llevarlo a casa, no podemos dejarlo aquí.

Al salir a la calle, volví a potar. El aire frío de la noche me devolvió a la realidad. Ahí estaba yo, totalmente pedo, haciendo el ridículo delante de Sara y del pelota de las narices. Balbuceé unas palabras de disculpa y me marché al metro. Había algunos mendigos durmiendo tapados con mantas y cartones. No sé por qué me sentí cerca de ellos, solidario con su desamparo, porque también lo sentía yo. Mi familia, los amigos, el instituto y Sara flotaban lejos de mí. Notaba cómo mi alma se alejaba lentamente dejándome huérfano. Intenté atraparla y obligarla a volver a mi vida, a mi vida de siempre. Pero se borraba, se desvanecía, no conseguía ver cómo era. En realidad nunca me había parado a pensar en cómo era mi vida, por eso no me preocupaba. En cambio ahora... macho, es como tener un cuerpo prestado en el que apenas me reconozco. Como tampoco reconozco mi voz, que lo mismo le da por ser ronca como suelta unos gallos que alucinas. Y encima mi mente me recuerda constantemente que allí está ella y que a ver si la utilizo de vez en cuando, porque una mente es para pensar, para poner en orden las ideas. Pero yo no tengo ideas, por eso no puedo ordenarlas. Así que intento tenerla entretenida para que no me dé el coñazo. Un poco de música, tele, ordenador... Pero ella venga a hurgar, que si algo tendrás que hacer, que si vaya cacao que tienes, que si piensas seguir siempre igual... ¡Socorro, sálvese quien pueda! Ostras, esta es mi estación. Casi me la paso.

–¿Por qué sse mueven las escaleras? Asssí no hay quien suba.

–¿Te llevo a algún lado?

–Estoy intentando sssalir a la calle. Pero, cuando voy a poner el pie, las escaleras ssse mueven.

–Ven, apóyate en mí. ¿Dónde vives?

–Aquí al lado, en una cassa con ventanass, con muchass, muchass ventanass.

–¿Cuál es el nombre de la calle?

–Duque de Ssevilla. Pero puedo ir yo solo, en sserio. Ssé dónde está.

–¿Seguro que no necesitas ayuda?

–Sseguro, gracias. Por aquí ya no hay más escaleras. Ess usted muy amable.

–Bueno, chico, cuídate.

Ese es un tío legal, de los que te dan confianza. En vez de sermonearme, me dice que me cuide. Igualito, igualito que mis viejos. Macho, espero que hayan salido o estén ya en la cama. Como me vean así... Entraré a oscuras...