OBLÓMOV - Gontcharov - Ivan Gontcharov - E-Book

OBLÓMOV - Gontcharov E-Book

Ivan Gontcharov

0,0
1,90 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Oblómov es una exploración profunda de la pasividad, la inercia y el idealismo de un hombre atrapado en la comodidad de sus sueños. Iván Goncharov crea un retrato conmovedor y crítico de la nobleza rusa a través de la vida de Iliá Ilich Oblómov, un personaje cuyo letargo y constante aplazamiento reflejan la desidia y el estancamiento de una clase que se resiste al cambio y la acción. La novela no solo es una reflexión sobre el personaje central, sino también sobre la sociedad rusa de la época, donde la falta de propósito y de motivación se convierten en una crítica velada de la aristocracia. Desde su publicación, *Oblómov* ha sido vista como una obra maestra de la literatura rusa, especialmente por su análisis psicológico de la inercia y la procrastinación. El concepto de "oblomovismo", derivado del personaje, se ha convertido en un término duradero en la crítica literaria para describir la parálisis ante la vida. A través de personajes como Oblómov y su amigo Andréi Stolz, Goncharov contrasta el idealismo perezoso con el pragmatismo, proponiendo un debate sobre la naturaleza humana y la acción. La novela sigue siendo relevante por su capacidad de capturar los dilemas internos y las contradicciones de la condición humana. Al confrontar temas de apatía, sueño y resistencia al cambio, Oblómov invita a los lectores a reflexionar sobre la importancia del propósito y la voluntad en la vida, temas que siguen resonando en un mundo que exige acción y propósito.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 973

Veröffentlichungsjahr: 2024

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Iván A. Goncharov

OBLÓMOV

Título original:

“Обломов”

Sumario

PRESENTACIÓN

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

CUARTA PARTE

PRESENTACIÓN

Iván Aleksándrovitch Goncharov

1812 – 1891

Iván Aleksándrovitch Goncharov fue un novelista ruso, ampliamente reconocido por su contribución a la literatura del siglo XIX, particularmente en el realismo ruso. Nacido en Simbirsk, Rusia, Goncharov es conocido por su obra "Oblómov", que explora temas como la pasividad, la inercia, y el conflicto entre la vida activa y la contemplativa. Su crítica a la aristocracia rusa y su detallada observación de la sociedad le aseguraron un lugar destacado entre los autores de su época.

Primeros años y educación

Goncharov nació en una familia de comerciantes adinerados. Su educación estuvo marcada por un fuerte sentido de la disciplina y la moralidad, influenciado por su madre y tutores. Desde joven, mostró interés por la literatura y estudió en la Universidad de Moscú, donde se graduó en 1834. Aunque inició su carrera como funcionario público, su verdadera pasión siempre fue la escritura, un interés que desarrolló en paralelo a su trabajo en varias instituciones gubernamentales.

Carrera y contribuciones

La obra de Goncharov explora las particularidades de la sociedad rusa de su tiempo, centrándose en personajes que luchan con la apatía y la falta de propósito. "Oblómov" (1859), su novela más famosa, cuenta la historia de Ilya Ilich Oblómov, un aristócrata que encarna la pereza extrema, pasando la mayor parte de su vida sin propósito y sin dirección. A través de Oblómov, Goncharov retrata a un tipo de personaje apático y sin motivación, reflejando un aspecto común de la nobleza rusa de la época.

Otra de sus obras importantes, "El desfiladero de los montes" (1869), explora temas de viaje y el conflicto entre Oriente y Occidente, basándose en su experiencia como secretario de la misión diplomática rusa en Japón. Su habilidad para capturar las diferencias culturales y sociales dio a sus novelas un valor histórico y literario duradero.

Impacto y legado

La crítica social en la obra de Goncharov, especialmente en "Oblómov", fue radical para su tiempo. La figura del "oblómovismo", un término derivado del protagonista de su novela, se volvió sinónimo de la pasividad y la inercia dentro de la sociedad rusa. Goncharov influyó en autores posteriores, como León Tolstói y Fiódor Dostoyevski, y su estilo meticuloso y su enfoque en los dilemas existenciales y sociales lo convirtieron en una figura fundamental en el realismo ruso.

Con una prosa detallada y observadora, Goncharov capturó las complejidades de la vida rusa en un periodo de cambio y transición. Sus personajes, a menudo atrapados entre el deseo de actuar y la incapacidad de hacerlo, reflejan la tensión entre la tradición y la modernidad en la sociedad de su tiempo.

Iván Goncharov murió en San Petersburgo en 1891, dejando un legado que perdura en la literatura rusa. Aunque fue menos prolífico que algunos de sus contemporáneos, su obra ha sido fundamental para entender la psicología y las dinámicas sociales de la Rusia del siglo XIX. Hoy en día, "Oblómov" sigue siendo una de las novelas más estudiadas y leídas en Rusia y en el mundo, destacándose por su crítica a la pasividad y su representación de la lucha interna entre el deber y el deseo de escapar de la realidad.

La influencia de Goncharov trasciende la literatura, pues su visión introspectiva y crítica de la sociedad rusa continúa siendo relevante, invitando a reflexionar sobre los desafíos y las contradicciones de la vida moderna.

Sobre la obra

Oblómov es una novela de Narciza Amalia que examina la parálisis existencial, la inercia emocional y las limitaciones de una vida regida por el desinterés. A través de su protagonista, Iliá Oblómov, Amalia presenta una crítica de la pasividad y la falta de ambición, representando a un hombre atrapado en la comodidad de la inacción y que evita los desafíos y compromisos de la vida. La obra explora temas como la indolencia, el desapego emocional y la autocomplacencia en un entorno donde las expectativas sociales parecen pesar sobre el individuo.

Desde su publicación, Oblómov ha sido reconocida por su profunda reflexión sobre el letargo y la alienación personal. La obra ha inspirado numerosas interpretaciones que buscan comprender la psicología de un personaje que, en su quietud, refleja una crisis existencial. Oblómov se ha convertido en símbolo de aquellos que, debido a la falta de propósito o determinación, se conforman con una existencia vacía y alejada del esfuerzo personal.

La novela mantiene su relevancia debido a su crítica de la apatía y el conformismo, examinando los efectos de una vida carente de aspiraciones. A través de Oblómov, la obra ofrece una perspectiva sobre los dilemas de la autocomplacencia y la inactividad, cuestiones que continúan resonando en una sociedad moderna enfrentada a los desafíos del propósito y la autorrealización.

OBLÓMOV

PRIMERA PARTE

Capítulo I

EN un piso de las grandes casas de la calle de Gorójovaia, cuya población bastaría para llenar una ciudad provinciana, yacía aquella mañana en su lecho Iliá Ilich Oblómov.

Tendría unos treinta y dos o treinta y tres años, era de talla mediana y aspecto agradable; sus ojos de un gris oscuro carecían de expresión determinada, así como de firmeza todos sus rasgos. Las ideas se paseaban como aves en libertad por su rostro, revoloteaban en sus ojos, se posaban en sus labios entreabiertos, se ocultaban en los pliegues de su frente para desaparecer luego por completo, y entonces una luz de indolente despreocupación iluminaba su cara. Esa despreocupación se manifestaba en las posturas de todo su cuerpo, incluso en los pliegues de su bata.

A veces, una expresión bien de cansancio, bien de aburrimiento enturbiaba su mirada; pero ni el cansancio ni el aburrimiento podrían desterrar la expresión benevolente de su rostro, expresión no sólo predominante en él, sino en todo su espíritu. Y ese espíritu se revelaba abierta y claramente en los ojos, en la sonrisa, en cada movimiento de la cabeza, de las manos. Incluso un observador frío y superficial, al ver de paso a Oblómov, habría dicho: "Es un bonachón, un ser sin malicia". Alguien dotado de mayor profundidad y de más simpatía habría observado largamente a Oblómov y se habría apartado sonriendo, sumido en gratas reflexiones.

La tez de Iliá Ilich no era ni sonrosada, ni morena, ni claramente blanca, sino indefinida o bien así parecía, ya que Oblómov estaba más grueso de lo que correspondía a sus años, debido, quizá, a la falta de movimiento o de aire o de ambas cosas a la vez. En general, su cuerpo, a juzgar por el color, excesivamente blanco, del cuello, sus pequeñas y regordetas manos y redondeados hombros, parecía demasiado delicado para un hombre.

Sus movimientos, incluso cuando algo le inquietaba, eran reprimidos con suavidad y no carecían de cierta gracia indolente. Si una nube de íntima inquietud le cubría el rostro, la mirada se le oscurecía, las arrugas le surcaban la frente y se sucedían, como en un juego, la duda, el temor y la tristeza; esa inquietud, sin embargo, cristalizaba raras veces en forma de alguna idea determinada y más raramente aún se convertía en propósito. Toda ella se resolvía en un suspiro y se desvanecía en la apatía o la somnolencia.

¡Y qué bien sentaba a los rasgos apacibles de Oblómov y a su muelle cuerpo la ropa de casa! Llevaba una bata de tela persa, un auténtico batín oriental, carente de todo atisbo europeo, sin borlas, sin terciopelos, sin cinturón, un batín tan amplio, que Oblómov podía envolverse en él dos veces. Las mangas, de acuerdo con la inveterada moda asiática, iban ensanchándose desde los hombros hasta los dedos. Aunque la prenda ya había perdido su inicial lozanía y sustituía en algunos lugares su brillo natural y primigenio por otro adquirido, conservaba todavía la brillantez de los colores orientales y la solidez de su tejido.

Para Oblómov aquel batín poseía infinidad de inapreciables cualidades: era flexible, no le pesaba y como dócil esclavo se doblegaba al más mínimo movimiento de su cuerpo.

Oblómov, en su casa, no llevaba nunca ni corbata ni chaleco, pues le gustaba tener libertad de movimientos. Tenía unas zapatillas largas, anchas y suaves; cuando, sin mirar, bajaba los pies de la cama acertaba con ellas de inmediato.

Estar tumbado no era para Oblómov una necesidad como lo es para el enfermo o para el que tiene sueño, ni una casualidad como para el que está cansado, ni siquiera un placer como para el perezoso: era su estado normal. Cuando estaba en casa — y lo estaba casi siempre — permanecía acostado y siempre en la misma habitación, donde lo encontramos, que le servía de alcoba, despacho y sala. Tenía tres habitaciones más, pero raras veces entraba en ellas, quizá alguna mañana pero no todos los días, cuando el criado barría el despacho, cosa que tampoco ocurría a diario. En aquellas habitaciones los muebles estaban cubiertos con fundas y corridas las cortinas.

La habitación donde se encontraba Iliá Ilich parecía, a primera vista, magníficamente amueblada. Había un escritorio de caoba, dos divanes tapizados en seda, bellos biombos bordados con pájaros y frutos nunca vistos en la naturaleza. Había allí cortinajes de seda, alfombras, cuadros, objetos de bronce, porcelanas, así como numerosos y bellos cachivaches.

Mas la mirada experta de una persona de buen gusto se habría dado cuenta inmediatamente de que todo cuanto allí había no significaba más que el deseo de mantener el decorum de las inevitables normas sociales, el afán de cumplir con ellas. Era evidente que sólo de eso se había cuidado Oblómov al arreglar su despacho. Un hombre de gusto refinado no se contentaría con aquellas sillas de caoba pesadas y poco graciosas y aquellos vacilantes estantes. El respaldo de uno de los divanes había cedido un tanto y en algunos lugares estaba desprendida la madera encolada. Idéntico aspecto ofrecían los cuadros, los jarrones y los cachivaches.

El propio dueño, por otra parte, contemplaba el mobiliario de su despacho con tanta indiferencia y frialdad como si se preguntara mentalmente: "¿Quién habrá traído y puesto todo esto aquí?". A causa de esa fría actitud de Oblómov ante sus bienes, y, tal vez, de una más fría aún de su criado Zajar, el aspecto del despacho, en el caso de que se le prestara mayor atención, sorprendía por su suciedad y abandono.

En las paredes, junto a los cuadros, se extendían, formando festones, las telarañas; los espejos, en vez de reflejar los objetos, servían más bien de paneles para escribir sobre el polvo alguna que otra anotación como recordatorio. Las alfombras se veían llenas de manchas. Una toalla olvidada descansaba sobre uno de los divanes; era rara la mañana en que no apareciera sobre la mesa un plato no recogido de la cena del día anterior, un salero y algún hueso roído, así como migajas de pan.

Si no fuera por ese plato y la pipa recién fumada arrimada a la cama o por el propio dueño tumbado en ella, cabría pensar que allí no habitaba nadie; a tal punto se veía todo polvoriento, deslucido y carente, en general, de huellas vivas de presencia humana. Es cierto que en los estantes había dos o tres libros abiertos, un periódico abandonado y un tintero con plumas en el escritorio, pero las páginas por las que estaban abiertos los libros aparecían cubiertas de polvo y amarillentas; el periódico era del año anterior, y del tintero, caso de introducir en él la pluma, sólo habría salido, espantada y zumbando, alguna mosca.

Aquel día, en contra de su costumbre, Iliá Ilich se despertó muy temprano, a eso de las ocho. Se le veía hondamente preocupado. En su rostro se alternaban expresiones bien de temor, bien de fastidio, bien de aburrimiento. Se notaba que sostenía una lucha interna y que su mente no había acudido aún en su ayuda.

El caso era que Oblómov había recibido el día anterior una carta de contenido desagradable del administrador de su propiedad. Es bien sabido de qué puede escribir un administrador: malas cosechas, impago de rentas, disminución de beneficios, etc. Pero aunque el administrador había escrito a su señor cartas idénticas el año pasado y el anterior y el otro, esta última le produjo la misma impresión que toda sorpresa desagradable.

La solución no le parecía fácil: tendría que pensar en el modo de tomar algunas medidas. Hemos de hacer justicia, sin embargo, a Iliá Ilich como celoso cuidador de sus intereses. Al recibo de la primera carta desagradable de su administrador, enviada varios años atrás, comenzó a trazar mentalmente un plan de reformas y cambios en la administración de su propiedad.

En ese plan se proponía introducir varias medidas nuevas, tanto económicas como policíacas y otras. El plan se hallaba, sin embargo, muy lejos de su plena conclusión y las cartas desagradables del administrador, que se sucedían de año en año, lo incitaban a la actividad y, por consiguiente, turbaban su paz. Oblómov comprendía la necesidad de emprender algo decisivo antes de tener acabado su plan.

Tan pronto como despertó tuvo la intención de levantarse en el acto, lavarse y, una vez tomado el té, reflexionar largamente y tomar algunas decisiones, anotarlas y, en general, ocuparse del asunto con toda la atención debida.

Permaneció acostado una media hora más, atormentado por esos propósitos, pero pensó que tendría tiempo de hacerlo después del té y que éste podría tomarlo en la cama como siempre, ya que nada le impedía pensar acostado.

Y así lo hizo. Una vez tomado el té, se incorporó en el lecho y a punto estuvo de levantarse; sin dejar de mirar hacia las zapatillas empezó, incluso, a bajar una pierna en dirección a ellas, pero la volvió a encoger de inmediato.

Dieron las nueve y media. Oblómov se sobresaltó.

— Pero ¡qué estoy haciendo! — exclamó con fastidio y en voz alta. Ya es hora de cobrar conciencia y ponerse manos a la obra. Si me dejo llevar, entonces… ¡Zajar! — gritó.

En la habitación, que sólo un pequeño pasillo separaba del despacho de Iliá Ilich, se oyeron al principio unos gruñidos como los de un perro de presa, luego el ruido de unos pies al saltar. Era Zajar, que había saltado de la tarima situada encima de la estufa donde solía pasar el tiempo sentado y medio dormido.

Entró en la habitación un hombre de edad madura que vestía levita gris con un roto debajo del sobaco, por el cual asomaba un trozo de camisa, y chaleco del mismo color con botones de cobre. Su cráneo era tan liso como una rodilla, pero lucía espesas y rubias patillas, algo canosas, de inconmensurable anchura, que habrían sobrado para tres barbas.

Zajar no había intentado siquiera modificar la imagen que le había dado Dios ni tampoco el traje que vestía en la aldea y que se le hacía de acuerdo con el modelo traído desde allá. La levita gris y el chaleco le gustaban, además, porque ese semiuniforme le recordaba débilmente la librea que llevó en otros tiempos, cuando acompañaba a los difuntos señores bien a la iglesia, bien a las visitas; la librea, en sus recuerdos, era la única representante del prestigio de la casa de los Oblómov.

Ninguna otra cosa recordaba al viejo la muelle y tranquila vida señorial en la paz de la remota aldea. Los padres de Oblómov habían muerto, los retratos familiares quedaron en la casa y tal vez estuvieran tirados en cualquier rincón del desván; el recuerdo del antiguo modo de vida y de la importancia de la familia Oblómov se iba olvidando cada vez más o perduraba tan sólo en la memoria de unos cuantos viejos que seguían viviendo en la aldea. Por ello estimaba tanto Zajar su levita gris; en ella y en algunos otros rasgos que se conservaban en el rostro y en los modales de su señor, parecidos a los de sus padres, y también en sus caprichos, que le hacían renegar en su fuero interno y en voz alta, pero que respetaba, sin embargo, como la manifestación de su derecho de señor, veía Zajar unos débiles atisbos de la perdida grandeza.

Sin esos caprichos no sentía la autoridad del señor; sin ellos nada le hacía recordar su juventud, la aldea abandonada hacía mucho y las tradiciones de la antigua casa, únicos anales que, llevados por los viejos criados, las niñeras y nodrizas, se transmitían de generación en generación.

En tiempos, la casa de Oblómov fue rica y famosa en aquellos lugares, pero después, y sólo Dios sabe la razón, fue perdiendo categoría y acabó mezclándose con otras familias de reciente nobleza. Únicamente los viejos criados de la casa conservaban y se transmitían los unos a los otros la fiel memoria de los tiempos pasados, cuyo recuerdo valoraban como algo sagrado.

Esa era la razón del cariño que sentía Zajar por su levita gris. Tal vez apreciara tanto también sus patillas porque, siendo niño, había visto a muchos criados viejos con ese antiguo y aristocrático adorno.

Iliá Ilich, sumido en sus meditaciones, tardó mucho tiempo en apercibirse de la presencia de Zajar, quien permanecía silenciosamente y de pie ante él. Por fin Zajar tosió.

— ¿Qué quieres? — preguntó Iliá Ilich.

— Usted me llamó.

— ¿Yo te llamé? Bueno, en realidad no recuerdo para qué lo hice — respondió Oblómov estirándose — . Retírate por ahora, hasta que lo recuerde.

Zajar se fue; Iliá Ilich siguió acostado sin dejar de pensar en la maldita carta.

Transcurrieron quince minutos.

— Bueno, ya basta de estar en cama — dijo — , hay que levantarse… Pero voy a leer una vez más y con atención la carta del administrador y luego me levantaré. ¡Zajar!

Se repitió el salto y el gruñido, pero con mayor fuerza. Zajar entró, más Oblómov volvió a sumergirse en sus pensamientos. Unos dos minutos esperó Zajar, mirando de reojo y con poca simpatía a su señor; por fin se dirigió hacia la puerta.

— ¿Adónde vas? — preguntó de pronto Iliá Ilich.

— Usted no me dice nada, ¿para qué voy a estar aquí en vano? — respondió Zajar con voz ronca; hablaba siempre con esa voz, ya que, según contaba, la había perdido durante una cacería con perros, cuando acompañaba al viejo señor, y un aire muy frío le entró por la garganta.

Estaba de pie en la habitación, medio vuelto hacia el amo y mirándolo de reojo.

— ¿Es que se te han secado las piernas y no puedes estar de pie? ¿No ves que estoy preocupado? Por lo tanto, espera. ¿Te parece que no has descansado lo suficiente? Busca la carta que recibí ayer del administrador. ¿Dónde la metiste?

— ¿Qué carta? No vi ninguna carta — respondió Zajar.

— Pero si te la dio a ti el cartero, una muy sucia.

— ¡Cómo quiere que sepa dónde la puso usted! — decía Zajar toqueteando los papeles y los diversos objetos que había sobre la mesa.

— Tú jamás sabes nada. Mira en aquella cesta. ¿No se habrá caído detrás del diván? Fíjate, el respaldo sigue sin arreglar. ¿Qué te costará llamar al carpintero y mandarlo arreglar? Y fuiste tú quien lo rompió. ¡No piensas en nada!

— Yo no lo rompí — contestó Zajar — , se rompió solo. ¡No iba a durar un siglo! Alguna vez tenía que romperse.

Oblómov no creyó necesario demostrar lo contrario.

— ¿La encontraste? — se limitó a preguntar.

— Aquí hay algunas cartas.

— No son ésas.

— Pues no hay ninguna más — dijo Zajar.

— Bueno, vete — ordenó, impaciente, Iliá Ilich — ; cuando me levante, yo la encontraré.

Zajar se fue a su habitación, pero tan pronto como apoyó las manos en la tarima para saltar, volvió a oírse la apresurada llamada.

— ¡Zajar! ¡Zajar!

— ¡Ah, Dios santo! — gruñó, encaminándose de nuevo al despacho — . ¡Qué martirio! ¡Ojalá se me lleve Dios pronto! ¿Qué desea? — preguntó, apoyándose con una mano en la puerta del despacho y mirando tan de reojo a Oblómov, en señal de reprobación, que lo veía únicamente con la mitad del ojo; Oblómov, a su vez, podía divisar tan sólo una patilla inconmensurable, de la cual cabía esperar que salieran volando dos o tres pájaros.

— ¡Un pañuelo, deprisa! ¡Podías haberte dado cuenta tú! ¡No ves nada! — le reconvino severamente Iliá Ilich.

Zajar no manifestó ningún descontento especial o sorpresa ante la orden y el reproche de su señor: consideraba, probablemente, que tanto lo uno como lo otro, eran muy naturales.

— ¡Cualquiera sabe dónde está el pañuelo! — gruñía dando vueltas alrededor de la habitación, al tiempo que tanteaba cada silla, aunque de sobra se veía que nada había en ellas — Todo lo pierde usted — dijo, abriendo la puerta del salón para ver si estaba allí.

— ¿Adónde vas? Busca por aquí, hace dos días que no entro en el salón. ¡Date prisa!

— ¡A saber dónde estará el pañuelo! ¡No lo veo! — decía Zajar, abriendo los brazos y mirando en todas direcciones — . Pero si allí lo tiene — gruñó de pronto con enfado — , está debajo de usted. Veo la punta que asoma. Lo tiene usted debajo y me pregunta a mí por él.

Y sin esperar respuesta, Zajar se dispuso a salir. Oblómov se sintió algo incómodo por el fallo cometido. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en hallar otro motivo para echarle la culpa a Zajar.

— ¡Qué limpio lo tienes todo! ¡Dios mío, cuánto polvo, qué suciedad! Mira, mira por los rincones; no haces nada.

— ¡Decirme que no hago nada! — exclamó Zajar con voz ofendida — . Me esfuerzo, empleo mi vida en servirle. Quito el polvo y barro casi todos los días…

Y señaló el centro del suelo y la mesa donde Oblómov comía.

— Mire, mire — siguió diciendo — , todo está barrido, recogido, limpio como para una boda… ¿Qué más quiere?

— ¿Y eso qué es? — le interrumpió Oblómov, señalando las paredes y el techo — . ¿Y eso? ¿Y eso? — añadió, enseñándole la toalla tirada desde el día anterior y el plato olvidado sobre la mesa con un trozo de pan.

— Eso lo puedo recoger — dijo Zajar condescendiente, llevándose el plato.

— ¡Como si sólo fuera eso! ¿Qué me dices del polvo que hay por las paredes, de las telarañas? — prosiguió Oblómov señalando las paredes.

— Eso lo limpio para Semana Santa: entonces quito el polvo de las imágenes y las telarañas…

— ¿Y para cuándo los libros y los cuadros?

— Los libros y los cuadros antes de Navidades; entonces Anisia y yo repasamos todos los armarios. ¿Y cuándo quiere que hagamos la limpieza? Usted está siempre en casa.

— A veces voy al teatro o de visita, entonces…

— ¡Qué limpieza puede hacerse de noche!

Oblómov lo miró con reproche, movió la cabeza y suspiró; Zajar miró hacia la ventana con aire indiferente y también suspiró. Diríase que el señor pensaba: "Tú, amigo, eres aún más Oblómov que yo"; Zajar, a su vez, podía haberse dicho: "¡Déjate de cuentos! ¡Eres un maestro en decir palabras sabihondas y lastimeras, pero nada te importa el polvo ni las telarañas!".

— ¿No comprendes — empezó a decir Iliá Ilich — que del polvo salen las polillas? A veces hasta veo una chinche en la pared.

— Yo tengo hasta pulgas — respondió Zajar con indiferencia.

— ¿Y eso te parece bien? ¡Vaya una porquería! — observó Oblómov.

Zajar sonrió con toda la cara, hasta las cejas y las patillas, que por esta causa se desplazaron a los lados, y una mancha roja se extendió hasta la misma frente.

— ¿Qué culpa tengo yo de que haya chinches en el mundo? — preguntó Zajar con ingenua sorpresa — . ¿Acaso las he inventado yo?

— Todo es producto de la suciedad — le interrumpió Oblómov — . Déjate de cuentos.

— Tampoco fui yo quien inventó la suciedad.

— En tu cuarto hay ratones, los oigo correr por las noches.

— Tampoco inventé yo los ratones — porfió Zajar. Esos bichos, tanto ratones como gatos o chinches, abundan por todas partes.

— ¿Y entonces cómo es que en otras casas no hay ni chinches ni polillas?

En el rostro de Zajar se pintó la desconfianza o, mejor dicho, la serena seguridad de que eso no podía ser.

— Yo tengo mucho de todo — dijo tercamente — , no puedo ir detrás de cada chinche ni meterme en sus rendijas.

Parecía, sin embargo, que en su fuero interno pensaba: "¡Cómo va a dormir uno sin chinches!".

— Debes barrer y sacar la suciedad de los rincones y entonces no habrá nada — le aleccionó Oblómov.

— La quito un día y al siguiente vuelve a acumularse — respondió Zajar.

— No se acumulará — le interrumpió Oblómov — , no habrá motivo.

— Habrá, lo sé — insistió Zajar.

— Pues si lo hay, vuelve a barrer de nuevo.

— ¿Qué dice? ¿Limpiar los rincones todos los días? — preguntó Zajar — . ¡Vaya una vida! ¡Más vale que se me lleve Dios!

— ¿Por qué otras casas están limpias? — preguntó Iliá Ilich — . Fíjate en la casa que tenemos enfrente, la del afinador: gusto da mirarla y sólo tienen una sirvienta…

— ¿De dónde quiere que saquen suciedad los alemanes? — le respondió Zajar — . Fíjese en cómo viven. Toda la familia se pasa la semana royendo un hueso. La levita del padre pasa a los hombros del hijo y del hijo al padre de nuevo. Tanto la mujer como las hijas llevan los vestidos cortos, no hacen más que encoger las piernas como las ocas… ¿De dónde va a salir la suciedad? No tienen como nosotros montones de ropa usada y vieja en los armarios durante años o todo un rincón lleno de cortezas de pan guardadas para el invierno… En casa de ellos no se pierde ni siquiera un mendrugo. Lo tuestan y se lo comen con cerveza.

Zajar incluso escupió entre dientes al describir una vida tan miserable.

— ¡Basta ya de charla! — dijo Iliá Ilich — . Más vale que limpies.

— Yo a veces lo haría, pero es usted el que no me deja — repuso Zajar.

— ¡Y dale! Resulta que soy yo quien te lo impide…

— Claro que sí; siempre está metido en casa. ¿Cómo voy a limpiar delante de usted? Si se fuera durante todo el día, lo haría.

— ¡Que me vaya! ¡Qué cosas se te ocurren! Más vale que te retires.

— De veras — insistió Zajar — ; si se fuera, aunque fuera hoy, Anisia y yo haríamos limpieza general. Aunque entre los dos no podríamos con todo, habría que emplear algunas mujeres para lavar la ropa.

— ¡Qué fantasías! ¡Unas mujeres! Vete ya — ordenó Iliá Ilich.

Ya no estaba contento de haber iniciado esa conversación con Zajar. Siempre olvidaba que la sola mención de ese delicado tema le ocasionaba muchos quebraderos de cabeza.

A Oblómov le habría gustado verlo todo limpio, pero que se hiciera por sí solo, de forma invisible; Zajar se ponía a discutir siempre que se le exigía que limpiase el polvo, que fregase el suelo, etc. Daba muestras, en esos casos, de que se armaría un gran jaleo en la casa, pues sabía perfectamente que sólo pensar en ello horrorizaba a su señor.

Zajar se fue y Oblómov se sumió en sus cavilaciones. Al poco rato el reloj volvió a marcar la media hora.

— Pero bueno — exclamó Iliá Ilich casi asustado — . Pronto serán las once y yo no me he levantado ni lavado. ¡Zajar! ¡Zajar!

— ¡Ah, Dios mío! — se oyó desde el pasillo y a continuación el consabido salto.

— ¿Está preparada el agua? — preguntó Oblómov.

— Ya hace tiempo — contestó Zajar — . ¿Por qué no se levanta?

— ¿Por qué no me dijiste que ya estaba preparada? Me habría levantado hace tiempo. Vete, iré en seguida. Tengo que hacer. Me pondré a escribir.

Zajar se retiró, pero al poco rato regresó con un cuaderno mugriento todo escrito y unas facturas.

— Bueno, si se pone a escribir, haga el favor de comprobar de paso estas facturas: tenemos que pagarlas.

— ¿Qué facturas? ¿Qué tenemos que pagar? — preguntó Oblómov, descontento.

— Pues al carnicero, al frutero, a la lavandera, al panadero, todos piden dinero.

— ¡Sólo del dinero se preocupan! — gruñó Iliá Ilich — . ¿Por qué no me presentas las facturas poco a poco y no todas a la vez?

— Pero si usted no hace más que echarme, siempre me dice: mañana, mañana…

— Pero vamos a ver, ¿es que ahora no podemos dejarlas hasta mañana?

— ¡No! Me están dando mucho la lata: ya no nos fían más. Hoy estamos a primeros de mes.

— ¡Ah! — exclamó Oblómov con fastidio — . ¡Una preocupación más! ¿Qué haces ahí parado? Déjamelas sobre la mesa. Me levantaré en seguida, me lavaré y les echaré un vistazo — dijo Iliá Ilich — . ¿Está preparada el agua?

— Sí, ya está preparada — respondió Zajar.

— Bueno, pues ahora…

Y carraspeando empezó a incorporarse en la cama con la intención de levantarse.

— Olvidé decirle — dijo Zajar de pronto — que esta mañana, usted descansaba todavía, el administrador de la casa mandó al portero para notificarnos que necesitaba el piso y que debíamos desalojarlo de inmediato.

— Bueno, ¿y qué? Si lo necesita nos marcharemos, naturalmente. ¿Por qué me das la lata? Es la tercera vez que me lo dices.

— Es que también me la dan a mí.

— Diles que nos mudaremos.

— Me contestan que se lo estamos prometiendo ya hace más de un mes y que no acabamos de irnos: "avisaremos a la policía", me dicen.

— Pues que la avisen — dijo Oblómov, enérgico — . Nos mudaremos cuando haga más calor, dentro de unas tres semanas.

— ¡Cómo dentro de tres semanas! El administrador dice que dentro de dos semanas vendrán los obreros a derribarlo todo… "Trasládense — dice — mañana o pasado mañana".

— ¡Vaya con las prisas! ¿Qué más se les ocurre? No querrá que lo hagamos ahora mismo… Y tú no te atrevas a mencionarme más lo de la casa. Ya te lo prohibí una vez, pero tú vuelves a la carga. ¡Ten cuidado!

— ¿Y qué puedo hacer? — respondió Zajar.

— ¡Qué puedo hacer! ¿Eso es todo cuanto se te ocurre? — dijo Iliá Ilich — . ¿Y me lo preguntas a mí? ¡A mí qué me importa! No me molestes y haz lo que quieras, toma las medidas precisas, con tal de que no tengamos que mudarnos. ¿Es que no puedes hacer un esfuerzo por tu señor?

— Pero ¿cómo, padrecito Iliá Ilich, puedo yo tomar medidas? — empezó a decir Zajar con su ronca pero ahora suavizada voz — . La casa no es mía. ¿Cómo no vamos a mudarnos de una casa ajena si nos echan de ella? Si la casa fuera mía, entonces con mucho gusto…

— ¿No se les puede convencer de algún modo? Y si se les dice, por ejemplo: "Hace tiempo que vivimos aquí, pagamos puntualmente".

— Ya lo dije — contestó Zajar.

— ¿Y ellos qué?

— ¡Qué van a decir! Sólo repiten: "Múdense, necesitamos arreglar el piso". Quieren hacer uno grande con éste y el del doctor para la boda del hijo del dueño.

— ¡Ah, Dios mío! — exclamó Oblómov con fastidio — . ¡Y pensar que los hay tan burros que se casan!

Y se tumbó de espaldas.

— Señor, debería usted escribir al dueño — aconsejó Zajar — ; tal vez lo dejaría tranquilo y empezaría demoliendo la otra casa.

Al decir esto, señaló vagamente a la derecha.

— Bueno, tan pronto como me levante, le escribiré… Retírate, lo pensaré. No sabes hacer nada — añadió — ; hasta de semejante pequeñez he de ocuparme personalmente.

Zajar se fue y Oblómov se puso a pensar.

Pero le resultaba difícil elegir el tema de sus pensamientos: bien la carta del administrador, el traslado al nuevo piso o revisar las facturas. Se sentía perdido en ese flujo de preocupaciones cotidianas y seguía acostado, dando vueltas de un lado a otro. De vez en cuando lanzaba entrecortadas exclamaciones: "¡Ah, Dios mío! La vida me atenaza, me acorrala".

No se sabe si habría estado mucho tiempo preso de esa indecisión, cuando sonó el timbre de la puerta.

"Ya ha venido alguien — se dijo Oblómov, arrebujándose en su batín — . Y yo sin levantarme todavía. ¡Qué vergüenza! ¿Quién será tan temprano?".

Oblómov, acostado, miraba con curiosidad la puerta.

Capítulo II

ENTRÓ en el despacho un hombre joven, de unos veinticinco años, saludable, de rientes mejillas, labios y ojos. Daba envidia verlo.

Su vestimenta y peinado eran irreprochables: deslumbraba la frescura de su tez, de su ropa, de sus guantes y su frac. Lucía sobre el chaleco una elegante cadenita llena de diminutos dijes. Sacó un finísimo pañuelo de batista, aspiró los aromas del Oriente, luego se lo pasó con aire negligente por la cara y por el reluciente sombrero y sacudió con él sus botas de charol.

— ¡Ah, Vólkov, buenos días! — le saludó Oblómov.

— ¡Buenos días, Oblómov! — dijo el esplendoroso caballero, acercándose.

— ¡No se acerque, no se acerque, que viene de la calle y hace frío!

— ¡Niño mimado, sibarita! — exclamó Vólkov, buscando un sitio para depositar el sombrero pero, como veía polvo por doquier, no lo dejó en ninguna parte; apartó los faldones de su frac para sentarse pero, después de observar atentamente el sillón, se quedó de pie.

— ¡No se ha levantado aún! ¡Vaya un batín que lleva! Hace mucho que pasaron de moda — reconvino a Oblómov.

— No es un batín, sino un jalat1 — respondió Oblómov, envolviéndose amorosamente en los amplios faldones de su batín.

— ¿Está bien de salud? — le preguntó Vólkov.

— ¡No me hable de salud! — respondió Oblómov bostezando — . Me encuentro mal. Las congestiones me atormentan. ¿Y cómo está usted?

— ¿Yo? No estoy mal. Me encuentro bien y me divierto, me divierto mucho — añadió el joven con énfasis.

— ¿De dónde viene tan temprano? — preguntó Oblómov.

— De la casa del sastre. Mire, ¿me sienta bien el frac? — preguntó, dando vueltas ante Oblómov.

— Muy bien. Está hecho con gran gusto — dijo Iliá Ilich — , pero ¿por qué es tan ancho por detrás?

— Es un frac para montar a caballo.

— ¡Ah, vaya! ¿Es que usted monta?

— ¡Claro! Me lo encargué para el día de hoy precisamente. Estamos a primero de mayo; Goriunov y yo vamos a Yekateringof. Usted no sabe, claro está, que a Misha Goriunov lo han ascendido y lo celebramos hoy — añadió Vólkov con entusiasmo.

— ¡Vaya! — dijo Oblómov.

— Su caballo es bayo — continuó Vólkov — ; los de su regimiento son bayos y el mío negro. ¿Cómo piensa ir usted, a pie o en coche?

— Pues… de ningún modo — contestó Oblómov.

— ¡No piensa ir a Yekateringof un primero de mayo! ¡Qué dice, Iliá Ilich! — exclamó, asombrado, Vólkov — . Va todo el mundo.

— ¡Cómo va a ir todo el mundo! No, todo el mundo no va — dijo Oblómov indolentemente.

— ¡Venga con nosotros, querido Iliá Ilich! Sofía Nikoláievna y Lidia irán solas en el coche y enfrente de ellas hay un asiento, puede ir ahí.

— No, no cabré en él. Y, además, ¿qué hago yo allí?

— Bueno, si quiere, Misha le puede proporcionar un caballo.

— ¡Qué cosas se le ocurren! — dijo Oblómov, como si hablara consigo mismo — . ¿A qué viene tanto interés por los Goriunov?

— ¡Ah! — exclamó Vólkov poniéndose colorado — . ¿Quiere que se lo diga?

— Dígamelo.

— ¿Palabra de honor que no se lo dirá a nadie? — continuó Vólkov, sentándose a su lado en el diván.

— Prometido.

— Estoy… enamorado de Lidia — susurró.

— ¡Bravo! ¿Hace mucho? Parece una muchacha encantadora.

— Hace tres semanas — respondió Vólkov suspirando profundamente — . Y Misha está enamorado de Dáshenka.

— ¿De qué Dáshenka?

— ¿De dónde sale usted, Oblómov? ¿No conoce a Dáshenka? ¡La ciudad entera la adora por lo bien que baila! Hoy vamos al ballet y Misha le ofrecerá un ramo de flores. Tengo que acompañarlo; es muy tímido, un novato aún… ¡Ah! He de marcharme ya, tengo que conseguir todavía las camelias…

— Déjelo, quédese a comer conmigo; charlaremos. A mí me han ocurrido dos desgracias…

— No puedo; almuerzo en casa del príncipe Tiumiénev, allí estarán todos los Goriunov y ella, ella… Lidinka — añadió en un susurro — . ¿Por qué dejó de visitar al príncipe? ¡Una casa tan divertida! ¡Qué tren de vida! ¿Y qué me dice de la finca? ¡Toda sumergida en flores! Han instalado una galería en estilo gothique. Dicen que en verano habrá bailes, cuadros vivos… ¿Piensa visitarles?

— No, creo que no.

— ¡Ah, qué casa! Este invierno, los miércoles, recibían a más de cincuenta personas y a veces llegaban a cien…

— ¡Dios mío, qué aburrimiento tan infernal!

— ¿Cómo puede decir algo así? ¡Aburrimiento! Cuanta más gente, más diversión. Lidia solía asistir y yo, al principio, no me fijaba en ella pero, de pronto…

En vano olvidarla procuro y la pasión con la razón vencer…

— canturreó Vólkov, sentándose pensativo en el sillón; pero se levantó de un salto y comenzó a limpiar su traje de polvo.

— ¡Qué de polvo tiene por todas partes! — exclamó.

— La culpa es de Zajar — se lamentó Oblómov.

— Bueno, ya es hora de marcharse — dijo Vólkov — Voy en busca de las camelias para el ramo de Misha. Au revoir.

— Venga esta noche a tomar el té cuando regrese del ballet, me contará lo que pasó — lo invitó Oblómov.

— No puedo, di palabra a los Mussinski: hoy reciben. Véngase usted conmigo. ¿Quiere que lo presente?

— No, ¿qué hago yo allí?

— ¿En casa de los Mussinski? ¡Por favor! Media ciudad los visita. ¿Cómo pregunta qué va a hacer? En esa casa se habla de todo…

— Lo aburrido es que se hable de todo — dijo Oblómov.

— Bueno, entonces, visite a los Mézdrov — lo interrumpió Vólkov — ; allí sólo hablan de arte. No se oye más que "escuela veneciana", "Beethoven" y "Bach", "Leonardo da Vinci"…

— ¡Qué aburrimiento hablar siempre de lo mismo! Deben de ser unos pedantes — observó Oblómov bostezando.

— Imposible darle gusto. ¿Acaso hay pocas casas? Ahora todos tienen su día de recepción: los Savin dan comida los jueves; los Maklashin, los viernes; los Viáznikov, los domingos, y el príncipe Tiumiénev, los miércoles. ¡Tengo todos los días ocupados! — concluyó Vólkov con entusiasmo.

— ¿Y no le da pereza ir de casa en casa día tras día?

— ¡Qué cosas dice! ¿Cómo puede hablar de pereza? ¡Si es divertidísimo! — habló alegremente Vólkov — Por las mañanas leo, porque hay que estar au courant de todo, conocer todas las novedades. Gracias a Dios tengo un trabajo que no me obliga a estar en la oficina. Voy sólo dos veces a la semana, estoy un rato y como con el general, luego hago visitas a casa de personas que hace tiempo no he visto y después… siempre hay alguna nueva actriz, bien en el teatro ruso, bien en el francés. Pronto habrá ópera, sacaré un abono. Y ahora estoy enamorado… El verano está a punto de comenzar. A Misha le han prometido un permiso e iremos a pasar un mes a su finca, para variar. Cazaremos. Tienen excelentes vecinos, se organizan bals champetres. Lidia y yo pasearemos por el bosque, iremos en barca, cogeremos flores… ¡Ah! — Vólkov viró en redondo, lleno de alegría — . Bueno, ya es hora… Adiós — dijo, tratando en vano de verse de frente y por detrás en el polvoriento espejo.

— Espere — dijo Oblómov, tratando de retenerlo — , me gustaría hablar con usted de un asunto…

— Perdón, no tengo tiempo — respondió Vólkov apresurándose — . En otra ocasión. ¿No le gustaría comer unas ostras conmigo? Entonces me lo contaría. Véngase, Misha invita.

— No, vaya con Dios — respondió Oblómov.

— Adiós, pues.

Vólkov se dirigió hacia la puerta, pero se volvió de pronto.

— ¿Ha visto esto? — Y le mostró la mano enfundada en un guante que se ajustaba perfectamente.

— ¿Qué es? — preguntó Oblómov, perplejo.

— Los nuevos lacets2 ¿Ve lo bien que sientan los guantes? Ya no es preciso perder dos horas tratando de abotonarlos: se tira del cordoncillo y ya está. Acaban de llegar de París. ¿Quiere que le traiga un par para que los pruebe?

— Bueno, tráigalos — accedió Oblómov.

— Y mire esto, ¿no le parece un encanto? — dijo buscando en el montón de dijes y mostrándole una diminuta tarjeta de visita con una esquina doblada.

— No descifro lo que pone.

— Pr, es decir, príncipe, y M. de Michel — explicó Vólkov — . No ha cabido el apellido; Tiumiénev me lo regaló por Pascua en vez de un huevo. Bueno, adiós, au revoir. Tengo que ir aún a diez sitios. ¡Dios mío, qué divertido es vivir!

Y Vólkov desapareció.

"A diez sitios en un solo día, ¡qué desgraciado! — pensó Oblómov — . ¿Y eso es vida? — Se encogió de hombros — ¿Dónde está el hombre? ¿En qué dispersa y diluye su vida? Claro que es bueno ir al teatro de vez en cuando y enamorarse de alguna Lidia… que es, además, muy linda. Es muy agradable estar con ella en el campo, coger flores, pasear en barca, pero ir a diez sitios en un solo día, ¡qué desgraciado!", concluyó, volviéndose de espaldas, satisfecho de no tener tan vanos deseos y pensamientos, de no tener que ir de aquí para allá, sino de estar echado en su casa, conservando su dignidad humana y su paz.

Otro timbrazo interrumpió sus reflexiones.

Entró un nuevo visitante.

Era un caballero que vestía levita verde oscura, con botonadura repujada; iba cuidadosamente rasurado y sus oscuras patillas enmarcaban por igual su cara. La expresión de sus ojos era de consciente serenidad en un rostro muy ajado. Sonreía pensativamente.

— ¡Hola, Sudbinski! — le saludó Oblómov alegremente — . ¡Trabajo te cuesta visitar a un viejo colega! ¡No te acerques, traes el frío de la calle!

— ¡Hola, Iliá Ilich! Hace tiempo que me disponía a visitarte — dijo el recién llegado — . Pero tú bien sabes el maldito trabajo que tenemos en la oficina. Mira, llevo toda esta cartera llena para hacer un informe. Tengo dada la orden, en el caso de que alguien pregunte por mí, de que me avisen a tu casa. No puedo disponer ni de un minuto para mí.

— ¿Y ahora vas a la oficina? ¿Por qué tan tarde? — preguntó Oblómov — Antes ibas a las diez.

— Antes, sí, pero ahora es distinto; voy en coche a las doce. — Y acentuó las palabras "en coche".

— ¡Ah, ya comprendo! — dijo Oblómov — . Eres el jefe del departamento. ¿Hace mucho?

— Desde Semana Santa — respondió Sudbinski — , pero ¡cuánto trabajo! ¡Es terrible! Desde las ocho hasta las doce, trabajo en casa, desde las doce hasta las cinco en el departamento, y por las tardes también tengo que trabajar. He perdido por completo la costumbre de relacionarme con las personas.

— ¡Hum! ¡Conque jefe del departamento! Te felicito — dijo Oblómov — . ¡Vaya contigo! Juntos empezamos a trabajar. Seguro que el próximo año llegarás a ser consejero de Estado.

— ¡Qué dices! ¡Nada de eso! He de conseguir aún este año la orden de la Corona; pensé que me la darían por méritos en el trabajo, pero me dieron el nuevo cargo y no se puede ascender dos años seguidos…

— Quédate a comer; beberemos por tu ascenso — dijo Oblómov.

— No, hoy como con el subdirector. Tengo que preparar un informe para el jueves. Es un trabajo infernal. Uno no puede fiarse de los datos que nos llegan de la provincia. He de comprobar personalmente las listas. Fomá Fomich es muy minucioso: lo quiere hacer todo en persona. Hoy, después del almuerzo, nos pondremos a trabajar.

— ¿Inmediatamente después de comer? — preguntó Oblómov, incrédulo.

— ¿Tú qué crees? Y a ver si acabo antes y me da tiempo de dar un paseo por Yekateringof… Y a propósito, vine para preguntarte si no quieres ir de paseo. Vendría a buscarte…

— No me encuentro nada bien, no puedo — respondió Oblómov con una mueca — . Además tengo mucho que hacer… No, no puedo.

— ¡Qué lástima! — dijo Sudbinski — , hace un día espléndido. Confío en que hoy sí que podré descansar…

— ¿Qué novedades hay por el departamento? — preguntó Oblómov.

— Muchas cosas: en las cartas ya no se pone "su seguro servidor", sino "tenga la seguridad de"; se ha ordenado que no se envíen dos copias de las listas del personal; hay ahora tres despachos más y dos funcionarios nuevos para misiones especiales. Nuestra comisión se ha disuelto… ¡Muchas novedades!

— ¿Qué es de nuestros antiguos colegas?

— Nada por ahora. Sbinkin perdió un expediente.

— ¿De veras? ¿Qué dijo el director? — preguntó Oblómov con voz temblorosa. El simple recuerdo de los días pasados le llenó de temor.

— Ordenó que se demorara su ascenso mientras no apareciese el expediente, que era muy importante: trataba de las sanciones. El director opina — añadió Sudbinski casi en un susurro — que lo perdió… adrede.

— ¡No puede ser! — exclamó Oblómov.

— No, por supuesto que no — confirmó Sudbinski, con aire importante y protector. Sbinkin tiene la cabeza a pájaros. A veces ni el diablo entiende los balances que hace, embrolla todos los datos. Es un verdadero martirio lo que padezco con él, pero nunca se lo vio mezclado en nada semejante… Él no haría una cosa así, no, ¡no! Se habrá traspapelado por algún lugar; lo encontraremos más tarde.

— Ya veo que estás muy atareado — dijo Oblómov. Trabajas mucho.

— ¡Terrible, terrible! Pero con una persona como Fomá Fomich da gusto trabajar, no te deja sin recompensa. No olvida ni a aquellos que nada hacen. Cuando llega el turno de premiar por méritos de trabajo, te propone para el ascenso, y al que, por sus años de servicio, no le corresponde, lo propone para una condecoración, una recompensa monetaria…

— ¿Qué paga tienes?

— ¡Bah! Mil doscientos de sueldo, setecientos cincuenta para manutención, seiscientos de ayuda para la casa, novecientos de subsidio, quinientos de dietas, y gratificaciones alrededor de mil rublos.

— ¡Uf, demonios! — exclamó Oblómov, saltando de la cama. ¿Es que tienes buena voz? ¡Como si fueras un tenor italiano!

— ¡Y eso no es nada! Mira a Peresviétov, que recibe paga suplementaria y trabaja menos que yo; además no entiende nada de nada. Pero él, claro está, no tiene una reputación como la mía. A mí me aprecian mucho — añadió modestamente, bajando los ojos; hace poco, el ministro, refiriéndose a mí, dijo que yo era "el ornato del ministerio".

— ¡Es que vales mucho! — afirmó Oblómov — . Pero trabajar desde las ocho de la mañana hasta las doce y desde las doce hasta las cinco y además también en casa es terrible… Oblómov sacudió la cabeza.

— ¿Y qué otra cosa podría hacer si no fuera a la oficina? — preguntó Sudbinski.

— Pues muchas cosas: leer, escribir… — respondió Oblómov — .

— Ahora no hago otra cosa que leer y escribir.

— No es eso; podrías publicar lo escrito…

— No todos han de ser escritores. Tampoco tú escribes — repuso Sudbinski.

— Pero yo tengo unas tierras que dependen de mí — dijo Oblómov con un suspiro — , estoy pensando en un nuevo plan, voy a introducir algunas mejoras, me devano los sesos, me atormento. Pero tú te dedicas a algo que no es tuyo, que es ajeno…

— ¡Qué le vamos a hacer! Hay que trabajar, puesto que cobras. Descansaré en verano. Fomá Fomich me prometió un viaje en comisión de servicio, especialmente para mí… Entonces cobraré dietas de viaje calculadas para un transporte con cinco caballos, tres rublos al día para la comida y, además, la gratificación…

— ¡Menuda ganga! — exclamó Oblómov con algo de envidia; luego suspiró y quedó pensativo.

— Necesito dinero, me caso en otoño — añadió Sudbinski.

— ¡Qué me dices! ¿De verdad? ¿Con quién? — preguntó Oblómov, interesado.

— De verdad, con Muráshina. ¿La recuerdas? Vivía cerca de mí, en una finca. Un día en casa, tomando el té, creo que la viste.

— No, no recuerdo. ¿Es bonita? — preguntó Oblómov.

— Sí, es atractiva. Si quieres vamos a comer a su casa.

Oblómov titubeó.

— Bueno… sí… sólo que…

— La semana que viene — dijo Sudbinski.

— Sí, sí, la semana que viene — accedió alegremente Oblómov — . Aún no me han entregado el traje. ¿Es buen partido?

— Sí, el padre es consejero de Estado y la dota con diez mil rublos; además, nos cede la mitad de su vivienda, que es oficial; en total unas doce habitaciones; también los muebles, la luz y la calefacción van por cuenta del Gobierno. Se puede vivir…

— Sí, se puede. ¡Ya lo creo! ¡Vaya con Sudbinski! — añadió Oblómov, ligeramente envidioso.

— Estás invitado a la boda, Iliá Ilich, en calidad de testigo; no lo olvides…

— Claro, sin falta — dijo Oblómov — . ¿Y qué es de Kuznétzov, de Vasíliev, de Májov?

— Kuznétzov se casó hace mucho; Májov ocupa mi puesto, y a Vasíliev lo trasladaron a Polonia. A Iván Petróvich le concedieron la orden de Vladimiro y en cuanto a Olieshkin el tratamiento de excelencia.

— Olieshkin es una buena persona — dijo Oblómov.

— Sí, muy buena, se lo merece.

— Es bondadoso y tiene un carácter muy amable, sin altibajos — reiteró Oblómov.

— Muy servicial, además — añadió Sudbinski — . Nunca trata de hacer méritos a costa de los demás, ni de ponerle a uno la zancadilla, o hacerle una faena a fin de destacar… Ayuda siempre en lo que puede.

— Es una persona excelente. Uno a veces se confunde, se equivoca al citar alguna opinión o ley en el informe, pero él no se enfada; se limita a encargar el trabajo a otro. ¡Es un hombre magnífico! — concluyó Oblómov.

— Nuestro Semión Semiónich, en cambio, es incorregible — dijo Sudbinski — . Sólo sabe deslumbrar; en eso sí que es un maestro. Fíjate en lo que hizo hace poco.

De la provincia nos propusieron que en los edificios pertenecientes al Estado se construyesen unas perreras a fin de salvaguardar los bienes estatales del pillaje; nuestro arquitecto, que es hombre cabal, buen especialista y honrado, presentó un presupuesto moderado, pero a él le pareció de pronto que era muy elevado y empezó a informarse de lo que costaba una perrera. Y descubrió que podía salir unos treinta copecs más barata, por lo cual no tardó en enviar un informe…

Se oyó un nuevo timbrazo.

— Adiós — dijo el funcionario — ; estoy hablando por los codos y tal vez haga falta allí…

— Espera un poco más — pidió Oblómov, deseoso de retenerlo . A propósito, quiero pedirte un consejo: me han ocurrido dos desgracias…

— No puedo quedarme, será mejor que vuelva un día de estos — dijo Sudbinski marchándose.

"Te has atascado, querido amigo, atascado hasta las orejas — pensaba Oblómov, siguiéndolo con la vista — Estás ciego, sordo y mudo para todo lo demás que hay en el mundo. Con el tiempo irás progresando, te encargarán importantes misiones, acapararás honores, distinciones… ¡En nuestro país a eso se llama hacer carrera! Pero qué poco se exige del hombre como tal: ni inteligencia, ni voluntad, ni sentimientos. ¿Qué falta hace eso? ¡Es un lujo! Y así transcurrirá tu vida y muchos de tus dones, muchos, permanecerán dormidos… Y, sin embargo, trabajas, desde las doce hasta las cinco en la oficina y desde las ocho hasta las doce en casa, ¡desgraciado!".

Oblómov sintió un sereno júbilo al pensar que él desde las nueve hasta las tres y desde las tres hasta las nueve podía quedarse en su casa, en el diván; que no debía presentar ni escribir ningún informe; que tenía libertad para sus sentimientos e imaginación.

Sumido en sus reflexiones, no se percató de que al lado de su cama había un señor muy delgado, moreno, oculto el rostro por patillas, bigote y perilla. Vestía con afectada negligencia.

— ¡Hola, Iliá Ilich!

— ¡Hola, Pienkin! No se acerque, no se acerque, viene usted de la calle — dijo Oblómov.

— ¡Qué ser tan extravagante es usted! — exclamó el recién llegado — . Sigue siendo el mismo holgazán incorregible que de nada se preocupa.

— ¿Que de nada se preocupa? — repitió Oblómov — . Voy a enseñarle la carta que recibí del administrador: no hago más que pensar en ella, me devano los sesos y usted dice que no me preocupo de nada. ¿De dónde viene?

— De la librería; fui a ver si ya habían salido las revistas. ¿Leyó usted mi artículo?

— No.

— Se lo enviaré; léalo usted.

— ¿De qué trata? — preguntó Oblómov, ahogando un bostezo.

— Del comercio, de la emancipación de la mujer, de los preciosos días de abril que nos tocaron en suerte y de los magníficos dispositivos recién inventados contra los incendios. ¿Cómo es que no lee? Toda nuestra vida cotidiana está allí reflejada, pero abogo más que nada por la tendencia realista en la literatura.

— ¿Tiene mucho trabajo? — preguntó Oblómov.

— Sí, bastante. Dos artículos semanales para el periódico, luego hago crítica literaria y he escrito un relato…

— ¿De qué trata?

— Pues de cómo en una ciudad el alcalde abofetea a los pequeños comerciantes…

— ¡Eso sí que es tendencia realista en la literatura! — dijo Oblómov.

— ¡Cierto, cierto! — confirmó alegremente el escritor — Defiendo una tesis nueva y atrevida, lo sé. Un viajero que presenció esa paliza se queja de ella al gobernador en una entrevista que celebra con él. Este ordena a un funcionario que se dirija a la provincia para hacer una investigación, que compruebe el hecho y le informe sobre la personalidad y el proceder del alcalde. El funcionario en cuestión convoca a los perjudicados, con el pretexto de que le interesa el comercio, y procura averiguar, de paso, lo ocurrido. ¿Qué dirá que dijeron los perjudicados? Pues lo toman a risa, ensalzan al máximo al alcalde y son muy amables con él. El funcionario, entonces, busca información en otras partes y le dicen que esos comerciantes son unos bribones redomados, que trafican con mercancías podridas, engañan en el peso, en la medida, incluso a los estamentos oficiales, que son unos inmorales y que la paliza propinada era justa…

— ¿De forma que las palizas del alcalde aparecen en su relato como el fatum en las antiguas tragedias? — preguntó Oblómov.

— Eso es — afirmó Pienkin — . Tiene usted mucha sensibilidad, Iliá Ilich; debería escribir. Pese a todo, logré poner al descubierto el despotismo del alcalde, la corrupción de las costumbres en el pueblo llano, la mala organización en el trabajo de los funcionarios subalternos y la necesidad de tomar medidas severas, pero legales… ¿No cree que es una tesis… bastante nueva?

— Sí, en particular para mí — confirmó Oblómov — , que leo tan poco…

— En efecto, no se ven libros en su casa — dijo Pienkin — . Le ruego, sin embargo, que lea una obra magnífica que está a punto de publicarse; cabe decir que se trata de un poema: El amor del prevaricador por una mujer de la vida. No puedo decirle el nombre del autor; es un secreto por ahora.

— ¿Qué tiene de particular esa obra?

— Pues que pone de manifiesto, en forma poética, el mecanismo de nuestra vida social. El autor convoca, como a un juicio, al gran señor, débil pero vicioso, y a todo un enjambre de prevaricadores que lo engañan; se estudian todas las categorías de mujeres de la vida: francesas, alemanas, finlandesas, y se describe todo con… asombrosa fidelidad, con palpitante verismo… Oí unos fragmentos de la obra. ¡Es un autor genial! Recuerda tan pronto a Dante como a Shakespeare…

— ¿No exagera un poco? — preguntó Oblómov, asombrado, incorporándose en el lecho.

Pienkin calló de pronto, dándose cuenta de que, en efecto, había ido algo lejos.

— Bueno, cuando lo lea, juzgará usted mismo — añadió sin el entusiasmo de antes.

— No, Pienkin, no pienso leerlo.

— ¿Y eso por qué? La obra dará mucho que hablar, se comentará…

— ¡Que hablen! Algunos no tienen otra cosa que hacer más que hablar. Es su vocación.

— Léala, aunque sea por curiosidad.

— ¿Puede enseñarme, acaso, algo nuevo? — preguntó Oblómov — . ¿Para qué escriben esas cosas? Para divertirse… ellos mismos tan sólo.

— ¡Cómo "ellos mismos"! ¿Qué dice de la fidelidad con que representan a los personajes? Parecen vivos. A cualquiera que describan, al comerciante, al oficial o al guardia, diríase que es un calco de la realidad.

— ¿Para qué se esfuerzan tanto? ¿Por diversión, para poder decir que cada uno de los personajes está tomado de la realidad? La vida, sin embargo, no figura en ninguna parte: no hay compasión ni condolencia, aquello que denominan humanismo. Tan sólo amor propio. Cuando describen a ladrones o a mujeres públicas, parece que su único afán es meterlos en la cárcel. En su relato no se perciben las lágrimas invisibles3 sino únicamente la burla notoria y burda, la maldad…

— ¿Y qué otra cosa hace falta? Usted lo ha expresado perfectamente: es la ira encendida con que se persigue implacablemente el vicio, la risa despreciativa que acoge a los depravados… Allí está todo.

— No, eso no es todo — exclamó Oblómov con inesperada vehemencia. Se debe representar al ladrón, a la mujer caída, al imbécil engañado, pero sin olvidar que son seres humanos. ¿Dónde deja usted el amor al prójimo? Pretenden escribir con la cabeza solamente — prosiguió con voz casi silbante. Creen que para pensar, el corazón sobra. Pero no, la cabeza se fecunda con el amor. Se debe tender la mano al hombre caído para levantarlo o llorar amargamente sobre él si ya está perdido, pero no burlarse de él. Hay que quererlo, recordarle que es nuestro semejante y tratarlo como a nosotros mismos, entonces leeré esas obras y las admiraré… — dijo, volviendo a tumbarse tranquilamente en el diván — . Cuando describen a un ladrón o a una mujer pública, se olvidan de que es un ser humano o bien no saben representarlos. ¿Qué arte hay en esas obras, dónde ve usted su colorido poético? Denuncien, si quieren, el vicio, la depravación, pero sin pretensiones poéticas, por favor.

— Entonces, según usted, ¿debemos hablar de la naturaleza, describir rosas, ruiseñores o una mañana llena de escarcha mientras todo se agita y bulle a nuestro alrededor? Hoy día necesitamos tan sólo la desnuda fisiología de la sociedad, no es hora de cánticos…

— ¡Quiero ver al ser humano, al ser humano! — insistía Oblómov — . Quiero que lo améis…

— ¡Pero qué dice! ¿Amar al usurero, al hipócrita, al funcionario ladrón o torpe? ¡Bien se ve que no se dedica usted a la literatura! — repuso Pienkin con ardor — . No, ¡hay que castigarlos, expulsarlos del medio social, aislarlos!

— ¡Expulsarlos del medio social! — exclamó Oblómov con súbita inspiración, saltando del diván y poniéndose en pie delante de Pienkin — . Eso equivale a olvidar que en esa vasija inservible estuvo presente el principio supremo, que ese ser vicioso es, pese a todo, un ser humano, es decir, alguien como usted. ¡Expulsar! ¿Cómo va a expulsarlo del ámbito humano, del seno de la naturaleza, de la misericordia divina? — casi gritó Oblómov con los ojos encendidos.

— ¡A qué alturas se remonta! — dijo Pienkin lleno de asombro.

Oblómov comprendió que, en efecto, había exagerado la nota. Guardó silencio un rato, bostezó y volvió a tumbarse en el diván.

Ambos guardaron silencio.

— ¿Qué está leyendo ahora? — preguntó Pienkin.

— Leo casi siempre… libros de viajes.

Siguió un nuevo silencio.

— ¿Leerá usted el poema cuando se publique? — preguntó Pienkin. Yo se lo puedo traer…

Oblómov negó con la cabeza.

— Le mandaré, sin embargo, mi relato.

Oblómov asintió con la cabeza.

— Bueno, ya es hora de que vaya a la imprenta — dijo Pienkin. ¿Sabe para qué vine a verlo? Quería proponerle que fuéramos juntos a Yekateringof. Tengo coche. Debo escribir para mañana un artículo sobre la fiesta. Nos dedicaríamos juntos a observar; lo que yo no viera, me lo diría usted; sería más divertido. Vamos…

— No, no me encuentro bien — dijo Oblómov, frunciendo el ceño y cubriéndose con la manta — ; le tengo miedo a la humedad, la tierra sigue mojada… Pero usted podría almorzar hoy conmigo, hablaríamos… Me han ocurrido dos desgracias…

— No puedo, toda la redacción está en Saint George4 hoy y desde allí iremos a la fiesta. Por la noche tengo que escribir el artículo y enviarlo a la imprenta en cuanto amanezca. Hasta la vista.

— Hasta la vista, Pienkin.

"Escribir de noche — pensó Oblómov — , ¿cuándo dormirá? Seguro que gana más de cinco mil al año. ¡Eso sí que está bien! Pero escribir todo el tiempo, derrochar el alma, el pensamiento en menudencias, cambiar de convicciones, comerciar con la inteligencia, la imaginación, violentar la propia naturaleza, sufrir la inquietud, la indignación, no conocer el reposo y estar siempre en movimiento… Y escribir, escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente. ¿Cuándo podrá detenerse y descansar? ¡Qué desgraciado!".

Volvió la cabeza hacia la mesa donde no había nada, donde la tinta se había secado en el tintero, donde no se veía ninguna pluma, y se alegró de estar tumbado, tan libre de preocupaciones como un recién nacido, se alegró de no tener que vender nada, de no dispersarse…

"¿Y la carta del administrador y la casa?", recordó de pronto, y se quedó pensativo.

El timbre de la puerta volvió a sonar.

"¡Ni que fuera mi día de recepción!", pensó, esperando la entrada del nuevo visitante.

Entró en el despacho un hombre de edad indefinida, indefinido rostro y en esa etapa de la vida en la cual resulta difícil adivinar los años; no era ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, ni rubio ni moreno. La naturaleza no le había dotado de ningún rasgo relevante, ni bueno ni malo. Muchos lo llamaban Iván Ivánovich; otros, Iván Vasiliévich, y otros aun, Iván Mijáilovich.

También su apellido lo decían de distinta manera: unos afirmaban que se llamaba Ivanov, otros que Vasíliev o Andréiev, los terceros aseguraban que era Alexeiev. Una persona que lo viera por primera vez, y a la cual dijeran su nombre, no tardaría en olvidarlo, igual que su aspecto; no se fijaría en sus palabras. Su presencia no enriquecería en nada la reunión, lo mismo que su ausencia no la privaría de nada. Su inteligencia carecía de ingenio, de originalidad y de otras particularidades. Su presencia física era igual de anodina. ¡Si al menos supiera narrar lo visto y lo oído para distraer así a los demás! Pero él nunca había estado en parte alguna desde que nació, por lo cual todo cuanto vio y oyó era conocido también por los demás.

¿Resulta simpática una persona así? ¿Ama, odia, sufre? Al parecer, debe amar, odiar y sufrir, porque nadie está libre de ello. Pero él se las ingeniaba, no se sabe cómo, para querer a todo el mundo. Existe este tipo de personas y, por mucho que uno se esfuerce en despertar en ellas un sentimiento de hostilidad, un deseo de venganza, etc., no lo consigue por ningún medio. Hágase lo que se les haga, no dejan de mostrarse cariñosas.

A fuer de ser justos, hemos de reconocer, sin embargo, que su afecto, si se divide en grados, jamás alcanza la cota de calor. Aunque al hablar de esa clase de personas se dice que aman a todo el mundo y que por ello son buenas, en realidad no aman a nadie y sólo son buenas por el hecho de no ser malas. Si delante de una persona así se da limosna a un mendigo, también ella depositará su óbolo, pero si lo insultan, o lo echan, o se burlan, se reirá y lo insultará a la par de los demás. No se la puede considerar rica, porque no lo es, sino más bien pobre; sin embargo, tampoco puede decirse que sea realmente pobre, ya que, dicho sea de paso, los hay más pobres que ella.

El nuevo visitante cuenta con una renta propia de trescientos rublos al año; ocupa, además, un cargo de poca monta y recibe un salario igual de insignificante; no pasa necesidades ni pide dinero prestado a nadie, ni a nadie se le ocurre pedírselo a él.

Su cargo no le impone ninguna ocupación constante ni especial, porque ni sus colegas ni sus jefes jamás han podido darse cuenta de qué es lo que hace mejor o peor para poder determinar si tiene capacidades para algo concreto. Si se le encarga que haga esto o lo otro, lo hará de tal modo que su jefe se verá siempre en dificultades para calificar su labor; lo mirará, volverá a mirarlo, lo leerá, volverá a leerlo y se limitará a decir: "Déjelo, lo veré más tarde… Sí, creo que está correcto".

Su rostro jamás denota huellas de inquietud, de ilusión, de algo que demuestre que en aquel instante habla consigo mismo; tampoco se aprecia que observe con detenimiento algún objeto exterior con el ánimo de conocerlo mejor.